Chapter Text
La vida de Chuuya después de graduarse de la universidad, había sido relativamente normal. Un empleo en el área de marketing para una gran empresa, ganando lo suficiente como para solventar más que una habitación pequeña.
El día que llegó a su pequeña casa con jardín, pensaba iniciar de cero, tal era comprar pocos electrodomésticos, con la idea de tal vez, comenzar a pensar en el amor. Se había limitado en la universidad a ser el mejor estudiante, olvidándose de que era un estudiante que también necesitaba divertirse entre el alcohol y las malas decisiones. Ya era un adulto, razón, por la que comenzaría a tomarse su vida de manera más libre y más seria.
Se había prometido aceptar citas, pensar en que pronto serían dos y así, seguir con su vida...Sin imaginar que tan pronto se mudaría, inmediatamente dos comenzaron a habitar ese lugar.
Un pequeño gato indefenso llegó a su jardín, maullando, rompiéndole el corazón al verlo sucio y desahuciado. No era una sorpresa que Chuuya era un amante de los animales. Siempre tuvo perros en casa de sus padres, por lo que, no pudo negarle el acilo a aquel pequeño gato que poseía únicamente un collar con el nombre de "Osamu D".
El gato poseía un pelo negro, con tonalidades cobrizas que en el sol resplandecían. Sus ojos eran de un profundo color ámbar, y su cola, esponjosa, que le hacía recordar a un gato de angora. Estaba sucio y desnutrido, pensando que posiblemente era de algún vecino. Lo bañó, lo alimentó, encontrando una peculiaridad en el gato, ya que las croquetas las rechazaba e inclusive le arañaba.
—Maldito gato bastardo—gruñó al sentir la herida de las garras sangrar.
Los dientes y las uñas del gato se mostraron, irritando a Chuuya, quién apretaba sus puños para así evitar desatar su furia.
—Son croquetas, estúpido—le movió el pequeño cuenco, moviendo las pequeñas croquetas de pescado, haciendo un sonido representativo a las maracas—. Si no comes, te voy aventar a la calle otra vez.
Como si lo que hubiera dicho, invitara a Osamu a ponerse a la defensiva, el gato rápidamente saltó a rostro, arañándolo, subiéndose en su cabeza, logrando que Chuuya se levantara de inmediato, tratando de quitarse al maldito gato de su cabello—. ¡Maldito! ¡Quítate! ¡Muévete!
Palabras salían de su boca, rindiéndose minutos después, reteniendo el odio que ya comenzaba a sentir hacía el estúpido gato que le miraba con recelo desde la esquina de la habitación.
Estuvo a punto de sacarlo a patadas de su casa, sabiendo que, si hacía eso, su maldito cuñado lo reprendería por ser insensible con un gato. Su familia le había enseñado valores. No importaba cuanto odiara al estúpido gato, lo alimentaria, y le buscaría a su maldita familia para así poder decir que hizo algo bueno en honor de Arthur.
En un descuido del gato, lo tomó de la enorme cola, metiéndolo en una caja vacía que había usado en la mudanza. No tenía transportadora, no tenía anteriormente intención de tener una mascota, así que, ¿para qué gastar en esas cosas? Hizo lo que pudo con lo que tenía, tal las croquetas baratas que compró en un seven-eleven de la esquina, así como el hecho de que tomó sus propia vajilla para darle comida.
Al llegar a la veterinaria, salió de su auto con la caja, así como un gato que se la vivía maullando. Trató de ignorarlo, pasando por la puerta, haciendo sonar una campanilla, mientras la secretaria de la veterinaria se encargaba de darle algunas medicinas al conejo de una pequeña niña.
—Buenas tardes—saludó la secretaria al ver al pelirrojo, quién forzaba su mejor sonrisa ante la incomodidad de todos al ver la caja con algo que maullaba—. ¿Tiene cita?
—No yo...—se sentía como un idiota al no saber explicar su situación.
La secretaria pareció entender, sabiendo que había muchos rescatistas que llegaban con animales en jaulas improvisadas—Kyoka-chan, deberás traer a tu conejo la próxima semana para valoración, ¿te parece bien a las cuatro de la tarde?—la niña asintió, mientras la mujer le agendaba—. ¡Perfecto, hasta entonces cuida mucho de Chappy! ¡¿El paciente Pepinillo está aquí?!—un señor se levantó con otro gato—. Por aquí, señor, la doctora le espera—cuando el hombre desapareció, la secretaria nuevamente apareció, admirando a Chuuya quién sentado en la sala de espera, movía un pie rápidamente, molestando al gato, que había hecho una pequeña abertura, mostrando su patita—. Después de que la doctora revise a pepinillo, tendrá un espacio para usted. Supongo que no tiene un historial médico, ¿cierto?
El joven asintió, pegándole a la patita del gato, quién gruñía.
—Encontré este gato hoy en la mañana—movió la caja, señalándolo.
—Ya veo—la joven tomó su propia barbilla, meditando—. ¿Sabes de quién podría ser?
—Tenía un collar con el nombre grabado. Decía "Osamu D".
—¿Osamu D? Osamu es un nombre de humano. Tal vez, sea de su dueño—buscó obviedad—. ¿Te gustaría ponerle un nombre para poder clasificarlo en mi sistema? Si encuentras al dueño, solo tendrás que decirle que nombre usaste y cuál es su número de clave.
Chuuya suspiró, asintiendo, levantándose únicamente él, dejando la caja en el suelo.
Se recargó en el aparador, pensando en un nombre adecuado para el gato bastado.
—¿Caballa podría funcionar?—la mujer río, sin embargo, el gato gruñó otra vez, como si entendiera el significado.
—Muchos ponen nombres raros a sus mascotas. Mantecas es el nombre más raro que he escuchado—se burló un poco, escuchando al gato maullar—. Parece que no le gustó el nombre, ¿por qué no intentas con otro?
Chuuya pareció meditarlo, suspirando, pensando en el nombre temporal que le pondría al estúpido gato que no soportaba más. Era bonito, no podía negarlo. Posiblemente era de raza pura, ya que su pelo esponjado reflejaba elegancia inclusive, aunque le encontró entre la suciedad y la desnutrición. Si su dueño se llamaba Osamu D. podría usar algo que le identificara como eso, ¿cierto?
—¿Samu?—cuestionó, incomodo.
La mujer pareció complacida, al igual que el gato, quién había dejado de maullar— ¡Es hermoso!
Samu iba de acuerdo con el gato. Era un diminutivo de Osamu, pero funcionaba, además, no era como que se fuera a quedar con ese nombre por siempre. Tan pronto encontrara al dueño, dejaría que regresara a su nombre original.
—Samu será.
Chuuya asintió, viendo como le era entregada una pequeña cartilla con el número del paciente, así como datos sobre posibles revisiones, vacunas, desparasitaciones, etc. La tomó, agradeciendo, regresando a su asiento hasta que el paciente saliera, llevándole algunos minutos, admirando al otro gato el cual maullaba en desesperación, mientras la secretaria agendaba otra cita. Al terminar, le dio el acceso a Chuuya, quién asentía, tomando la caja, pasando a una habitación donde una plancha metálica se rendía, en lo que una hermosa mujer de cabellos violetas, esterilizaba todo lo que anteriormente había utilizado.
—Hola, buenas tardes—saludó la doctora—. Soy la Doctora Yosano Akiko. Nunca te he visto por aquí.
Chuuya rápidamente hizo una reverencia, asintiendo—Buenas tardes. Vengo a revisar a este gato que encontré en mi jardín.
—Ya veo, entonces no es tuyo—se quitó sus guantes, lavando sus manos en el pequeño lavadero que había en la habitación, secándolas, tomando otros guantes—. ¿Viste algo que pudiera ser alarmante?—al acercarse, tomó la entrada de la caja, abriéndola, encontrándose con el gato hecho bolita—. Vaya, es muy lindo—lo alzó, recibiendo maúllos tiernos por parte del gato.
—Maldito bastardo—murmuró, Chuuya, sintiendo el ardor de cada una de sus heridas al haber intentado anteriormente agarrar al gato—. Lo encontré sucio, además, no quiere comer las croquetas que le di.
—Ya veo. ¿Tiene nombre?
El solo hecho de mencionar su nombre, hacía que Chuuya se sonrojara de incomodidad ante el gato que comenzaba a odiar—S-samu...
La mujer tomó el collar con el nombre, alzando una ceja, entendiendo de donde podría venir el nombre improvisado. No dijo nada más, solo se dedicó a ver sus dientes, así como el funcionamiento adecuado de sus pupilas. Lo pesó, todo eso ante la sumisión del gato que parecía burlarse de Chuuya, quién cada vez lo odiaba más.
—Necesitaré que me ayudes con algo—le pidió—. Tomaré su temperatura, ¿podrías sujetarlo con fuerza del lomo?
Oh no—pensó Chuuya al saber cómo se les tomaba la temperatura a los animales.
Gruñó en su interior, asintiendo, tomando al gato de su cuerpo, rogando porque el bastardo no lo arañara más, escuchando un gruñido y la alteración de Samu al sentir el termómetro. Por supuesto, el gato no podía dejar de arañarle los brazos, jurando Chuuya que tan pronto saliera de la veterinaria, lo aventaría muy lejos de su casa.
Al terminar, la doctora anotó todo, ignorando el odio de la mirada entre el hombre y el animal.
—Todo parece bien—comenzó su análisis—. Está bajo de peso únicamente, así que intentemos darle de comer algo diferente—se dirigió a uno de los gabinetes, sacando diferentes latas, abriendo varias, dejándolas en la plancha, todo ante la curiosidad del gato, quién alzaba su cola esponjosa, moviéndose cuidadosamente, inspeccionando las latas, oliendo todo, deteniéndose en una especial, sacando una diminuta sonrisa por parte de Chuuya al verlo comer—. No está enfermo, solo es un gato mimado—Yosano le sonrió—. Estas son latas de cangrejo Premium. Les ayuda a la digestión y a la caída del pelo. Posiblemente tendrás que combinarle su alimento con algunas otras fuentes de proteína para que no se acostumbre únicamente al cangrejo enlatado. Es un gato de angora, por lo que te recomiendo cepillar su cabello todos los días...
—Oh no—le interrumpió, Chuuya—. Yo no pienso quedármelo.
El gato dejó de comer, viéndolo, dilatando sus enormes pupilas, logrando que Chuuya cayera ante la ternura del ser, gruñendo—Parece ser que en lo que encuentras a su dueño, no tendrás de otra.
—Bien—murmuró, incómodo y molesto—. ¿Qué necesito para tenerlo conmigo?
La doctora pasó a su lado, tomando una botella de shampoo, así como cepillos para desenredar el pelo y muchas latas de cangrejo.
—Si no encuentras a su dueño, tráelo la próxima semana para revisión. Mi secretaría te dará una fecha dependiendo de tus ocupaciones.
—Bien, yo...gracias—hizo un ademan, tomando al gato para así meterlo nuevamente en su caja, dejando que el peso de sus nuevas compras no le dejara salir fácilmente. Samu pareció más calmado, por lo que, de manera agotadora, salió de la habitación, encontrándose con más citados.
—¿Todo bien con Samu?—cuestionó la agradable secretaria—. ¿La doctora sugirió alguna cita?
—Sí, la próxima semana.
—¿Qué día te parecería bien?
—El viernes después de la seis.
—¡De acuerdo! Samu tiene cita el viernes a las seis. ¿Eso también lo llevarás?—Chuuya asintió, mostrándole todo. Rápidamente, la mujer hizo las cuentas, pasándole la factura, recibiendo torpemente de Chuuya la tarjeta, tratando de que no cayera de su caja—. Eso sería todo, muchas gracias por confiar en la veterinaria "Patitas Peluditas".
Al salir hacía su casa, el gato se encontraba notablemente más calmado, dejándolo salir de su caja, observando como rápidamente se apropiaba del único sillón en la sala. El gato lamía su pelaje, y se acurrucaba, logrando molestar a Chuuya, quién señalaba el suelo.
—Abajo—le ordenó—. Ese es mi maldito asiento—el gato lo observó con pereza—. ¡Eres una molestia!
No quería discutir más con el molesto gato. Tenía una enorme mudanza, así que intentó ignorarlo, dedicándose a simplemente sacar sus pertenencias, uniéndose después Samu, quién jugaba con las cajas vacías, sacando pequeñas y tiernas sonrisas de Chuuya.
Veía las fotografías, sus libretas, su ropa, dejando después un campo de diversiones para Samu, quién se había sobreestimulado ante tantas cajas vacías.
Era adorable, no podía negarlo, pero no era su gato, así que se había prometido al día siguiente simplemente salir y buscar carteles donde le buscaran. Cada que salía de casa, buscaba en los postes, sin encontrar nada, dudando de si ese gato realmente era de casa. Su rutina, por otro lado, se hacía más molesta, teniéndolo dormido en su cama, limpiando su pelo con la aspiradora, molestándose con Samu porque únicamente comía cangrejo enlatado. No supo cómo es que había pasado un año, pero la extraña rutina que compartía con su ahora gato, era más un ritual. Llegaba de su trabajo, limpiaba su arenero, se daba un baño, calentaba su cena, le daba más cangrejo a Samu, para así los dos quedarse sentados en el único sillón de la sala, con Samu quién ronroneaba al tener cerca a su amo.
Todo parecía una rutina divertida, donde no había soledad que les deprimiera.
Samu nunca aprendió a dormir en su castillo, a menos, no en otras temporadas que no fuera primavera. Al gato le encantaba ver a los pájaros desde la ventana. Dormía siempre en la cara de Chuuya, ya siendo para el pelirrojo, algo normal en casi atragantarse con la enorme cola del gato.
Sin embargo, algo cambió un día que la puerta fue abierta tal y Chuuya lo hacía siempre.
Samu siempre estaba feliz de verlo. Ronroneaba, aunque algunas veces le arañaba y se peleaban. Para él, era gratificante vivir su vida con Chuuya. No tenía recuerdos muy presentes. Un día, simplemente sus memorias se volvieron ¿sueños? Había algo extraño en su cuerpo, no entendía que era, pero simplemente comenzó a ronronear y maullar. Su mente, le decía que había algo raro, pero él...actuaba como gato. Con los días, dejó de pensar en que había algo raro. Le gustaba esa vida. Sentía que era donde pertenecía.
Chuuya lo consentía.
Chuuya olía a jengibre, canela y a navidad. Era lindo con él. Lo dejaba subirse en su regazo y le cepillaba el pelo a diario. Chuuya lo abrazaba cuando dormía, así también como lo mimaba al ronronear a la hora de la comida. Le gustaba ver a Chuuya bailar cuando cocinaba. Tomaba una copa de vino, y tarareaba, todo eso, mientras lo levantaba y bailaban. Algunas veces, él estaba de mejor humor y ronroneaba, otras veces, lo arañaba, aún así, después de que Chuuya lo maldijera, le acariciaba.
Habían encontrado los dos una clara comodidad que le había hecho olvidar su vida... ¿anterior?
No comprendía por qué sentía que esta era algo así como una segunda oportunidad. Le gustaba vivir la vida. Algunas veces, se encontraban pequeñas memorias de un hombre que se había arrojado de un puente, pero eso desaparecía cuando llegaba la hora de perseguir un pájaro por la mañana.
No importaba; si algo había sucedido, disfrutaría, o al menos eso creía, hasta que vio cuando esa extraña y cómoda rutina desaparecía ante la entrada de un intruso de cabello rubio.
—¡Así que esta es tu casa!—la exclamación de Albatross hizo que el gato rápidamente se erizara—. ¡Tienes un gato!
Chuuya se burló, dejando la botella de vino que Albatross había comprado para los dos.
—Te recomiendo que no lo toques—sugirió, invitando a su cita a pasar—. Samu es muy territorial.
El rubio ignoró la sugerencia, arrodillándose, tratando de acariciar al gato que agresivamente le arañaba y escapaba, logrando que un puchero se formara en los labios de Albatross, quién tomaba su mano—Es un gato amargado—Chuuya se acercó, preocupado, admirando las uñas clavadas de su gato en Albatross.
—Mierda, ven, deja te lavo—lo tomó de la mano, acercándolo a la cocina.
Samu rápidamente gruñó ante la presencia de Albatross en la cocina de Chuuya y de él, mirándolo con desdén, sabiendo que tan pronto se relajara, nuevamente le arañaría o lo mordería.
No le gustaba el amigo de Chuuya. No le gustaba que Chuuya le tomara de la mano y enjuagara sus heridas.
Estúpido, Chuuya—pensó el gato con palabras mundanas.
El agua tibia limpiaba las heridas de Albatross, que simplemente suspiraba, admirando la linda casa de Chuuya. Pequeña, con un diminuto comedor, así como una barra y un sillón en la sala. Tenía lo indispensable en la cocina, encontrando un puesto en la zona de tazas que decía "Él y Él".
—Jamás imaginé que la casa del director de marketing sería tan acogedora—señaló, escuchando como el pelirrojo se alejaba y tomaba un pequeño botiquín de primeros auxilios para así colocarle una bandita con ositos.
—¿Esperabas una casa más monocromática?—se burló, colocando por completo las banditas.
—Tu slogan es la elegancia—le sonrió abiertamente, coqueteándole a Chuuya, quién negaba, divertido, sabiendo que había invitado a Albatross para conocerlo mucho más que a un amigo.
—Bueno, quería algo muy diferente a mi trabajo.
—Lo noto, por eso tus banditas son ositos—le mostró su mano, no sin resaltar esa energía juvenil que desprendía.
Patético—pensaba, Dazai.
El gato admiraba la interacción con pensamientos más claros. Había destellos en su mente, donde no solo pensaba en ser acariciado, sino también en lo que veía, no evitando querer correr de inmediato a Albatross de su asiento a lado de la barra.
Hacía lo posible por frustrar lo que sea que estuviera sucediendo, gruñendo, atacando, teniendo por parte de Chuuya un <<lo siento>>, por el comportamiento de su gato mimado. El pelirrojo sabía que Samu era huraño. Él mismo lo comprobó cuando lo conoció, aún así, inclusive con su hermano Paul y su cuñado Arthur, Samu jamás se había comportado tan malcriado.
Su mayor parte de la cena había sido en acariciar a Samu, quién se le restregaba entre las piernas, así como separándolo de los pantalones de Albatross, que cada que intentaba besarlo, le enterraba las garras afiladas.
Sin duda, su cena había sido un asco, pero Albatross aún así estaba entusiasmado.
—¡Entonces le dije a Alcott que no era necesario que me operaran de la vista, pero ya había programado la cirugia!—Chuuya carcajeó.
Albatross tenía problemas de sensibilidad ante la luz. Siempre usaba gafas, por lo que todos los clientes se le quedaban mirando raro cuando llegaba a una habitación sin quitárselas. Muchos lo tacharon de grosero, por lo que rogó para que supieran sobre su condición. Llevaba viviendo con eso muchos años, por lo que siempre decía que le daba personalidad y actitud.
—No puedo imaginarte sin esas gafas.
—¡Exacto! ¡A eso me refiero! ¡Todos saben que el gran Albatross es cool por usar siempre gafas!
El ambiente volvía a ser cómodo entre los dos hombres. Albatross tuvo un flechazo inmediato con Chuuya, desde el momento que le vio, pero el pelirrojo era difícil. Nunca aceptaba citas, hasta que finalmente se armó de valor y le invitó a cenar a su casa con el fin de que viera que tan divertido era. No quería presionarlo a mucho más, por lo que se ilusionó cuando Chuuya fue ahora quién le invitó a salir.
Al adentrarse a esa casa suburbana en Yokohama, supo que todo referente a su amigo era diferente. En su trabajo, Chuuya siempre vestía trajes caros, sombreros con presencia y una elegancia sin igual, pero al verlo en su hogar, se daba cuenta que tenía algo así como una imagen que respetar.
Estuvo a punto de arriesgarse a alzar su mano para tocar la mano de Chuuya, rogando finalmente besarlo, no pudiendo, ya que el peso de una pequeña criatura llegó a sus piernas, extrañado, viendo que era el gato negro de Chuuya, quién amasaba sus piernas.
—¡Hey! ¡Mira, Chuuya! Creo que le comienzo a agradar a este amiguito.
Chuuya estaba escéptico, no creyendo que en verdad Samu haya dado su patita a torcer con un desconocido.
Albatross, por su lado, le acariciaba emocionado, sacando diminutos ronroneos del gato. No se le hizo extraño que el gatito se levantara en sus piernas y se arqueara, haciendo ruidos extraños, espantando a Chuuya qué sabía qué ocurría, sin embargo, antes de que el pelirrojo pudiera quitarle al gato de encima, Samu ya le había vomitado una enorme bola de pelos en los pantalones de Albatross, quién quedaba con las manos alzadas al no saber qué hacer ante la humedad babosa que se comenzaba a sentir en sus pantalones.
—¡Eso no se hace, Samu!—exclamó, Chuuya, quitándole al gato de inmediato, aventándolo al suelo—. ¡Mierda! ¡Lo siento, Albatross!
El rubio sonreía nerviosamente.
—Yo que creía que ya le había gustado—bromeaba, intentando no asquearse ante la sensación pegajosa del vomito.
—Dios, este estúpido gato—el pelirrojo rápidamente tomó una servilleta de la cocina, comenzando a limpiar a Albatross, quién le detenía, ignorando el asco que le daba el vómito del gato.
—No te preocupes, Chuuya—intentaba ser comprensivo—. Samu parece captar que ya es muy tarde para que esté aquí, ¿verdad?—el gato, por su lado, yacía lamiendo sus patitas, ignorando el desorden que él mismo había causado.
—Diablos, no quería que nuestra cita terminara así—sus cejas se curvearon, avergonzado por la actitud de Samu.
Albatross se levantó, alzando su mano, negando amablemente. Era su momento de retirarse; ya casi eran las once de la noche, y si quería cortejar correctamente a Chuuya, tenía que portarse decentemente para él.
—¿Qué tal si mañana nos juntamos en el almuerzo?—preguntó, recibiendo una mueca incomoda por parte del pelirrojo—. No te preocupes por esto, Chuuya. ¡Cuando nos den ese bono, podré comprar cincuenta pantalones de cuero!
El pelirrojo río, sabiendo porque había elegido tener una cita con Albatross.
Era divertido, amable y cariñoso. No sentía amor, aunque sabía que le faltaba conocerlo. Era atractivo. Su cabello rubio, ligeramente ondulado, quedaba perfecto con la trenza lateral que se peinaba. Su rostro era masculino, manteniendo varias perforaciones en su labio y en sus orejas. Sin duda, era increíble, por lo que asintió.
Se despidieron vagamente, no sin antes de que Albatross le ayudara a recoger la mesa, todo eso, para así finalmente despedirlo en la entrada de su casa, suspirando, frunciendo el ceño al recordar porqué su cita había sido arruinada, cerrando la puerta con fuerza, admirando al gato que estaba recostado en su sillón en la mítica posición de pan.
Sus patitas estaban metidas y todo su cuerpo estaba hecho bolita. El gato abría y cerraba los ojos perezosamente, sintiendo la presencia de Chuuya, quién lo cargaba y le enfrentaba.
—Lo que hiciste estuvo mal, bastardo—le gruñó, recibiendo del gato una expresión aburrida.
Chuuya tenía una debilidad y esa era el maldito gato negro que hace un año atrás había encontrado.
Samu era controlador, celoso, territorial, pero también ridículamente cariñoso. No podía enojarse con él, cuando se veía tan adorable, rindiéndose, besando su cabecita consecutivamente al adorar como el gatito solo se dejaba mimar.
Adoraba a ese estúpido gato.
Suspiró, sabiendo que intentar dialogar con un animal era casi inútil, por lo que solo le dejó en el piso, comenzando a recoger sus cosas para subir a su habitación, darse un baño y finalmente dormir para al día siguiente presentarse al trabajo y disculparse -nuevamente- con Albatross.
Al salir del baño, el gato ya se encontraba en la cama, acurrucado, esperándolo, por lo que, con la misma rutina de siempre, Chuuya puso su despertador a las siete, para así quitar las mantas y meterse a la cama, todo eso, mientras el gato se acurrucaba a un lado, sonriendo de medio lado, sabiendo que por más que Samu fuera molesto, era tierno.
Era una rutina sencilla; nada que saliera dentro del estándar de lo normal.
En sus sueños, había sentido el peso extra de su ¿gato? No lo sabía, pero algunas veces, cuando tenía pesadillas, abrazaba a Samu, por lo que, en ese momento, al hacerlo, rápidamente esperó encontrar una bolita de pelos, quedando en shock al sentir el cuerpo cálido de una persona, abriendo los ojos rápidamente, encontrándose en la cama con un ¿sujeto?
Estoy soñando—se dijo.
Siempre tenía sueños raros. Era normal en él, por eso, trató de ver todo mejor a su alrededor, encontrándose con su lámpara de noche, así como el escritorio que daba a la ventana frontal, poniéndose más nervioso, porque ese sueño era demasiado real.
¿Acaso había tomado y se había llevado a alguien a su cama?—pensó, nuevamente tratando de que el pánico no le tomara, sin embargo, antes de pensar en lo irracional que era todo, aquel sujeto se giró, dándose cuenta que no solo estaba desnudo, sino que en sus cabellos, había orejas, y en la espalda, había una cola esponjosa...cola, que le recordaba a Samu.
