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TOXIC TILL THE END

Summary:

"Toxic till the end" terminó.

Ahora Rosé está aprendiendo a ser "Number one girl"... de alguien que siempre estuvo ahí.

Cuatro años de amistad. Cuatro años de miradas que decían más que las palabras. Cuatro años de ___ esperando en silencio, sin pedir nada, sin esperar nada.

Cuando Rosé huye de un amor que la estaba destruyendo, ___ es su refugio. Pero pronto descubre que lo que siente por su amiga no es solo gratitud. Es algo que lleva años creciendo bajo la superficie.

¿Se atreverá a llamarlo amor?

Una historia sobre cicatrices que sanan, corazones que se eligen y la diferencia entre querer a alguien por necesidad... y quererlo por decisión.

Chapter 1: El Jardín de Espinas

Chapter Text

La primera vez que vi a Rosé llorar, supe que algo había cambiado para siempre.

No fue un llanto ruidoso, de esos que reclaman atención. Fue un derrumbe silencioso en el balcón de su departamento, a las dos de la mañana, con la ciudad de Seúl titilando detrás de ella como un fondo indiferente. Sus dedos sostenían el teléfono con una fragilidad que delataba horas de tensión acumulada, y cuando levantó la mirada hacia mí; yo acababa de salir al balcón para buscar aire fresco después de ayudarla a ordenar la cocina, sus ojos avellana parecían dos espejos rotos.

—¿Siempre fue tan obvio?— preguntó, y su voz sonó como madera astillándose.

No necesité preguntar a qué se refería. Llevaba tres años con Jaehyun. Llevaba tres años viéndola desaparecer en sí misma, pieza por pieza, como una fotografía expuesta al sol. Y yo, con mis manos apoyadas en la barandilla de metal frío, había jurado no decir nada. No era mi lugar. No era mi historia.

—El amor no debería doler así - respondí en lugar de contestar su pregunta. El viento nocturno movió mi cabello, y sentí el peso de mi propia contradicción: porque había algo en mí que dolía desde mucho antes de esa noche, pero ese dolor no era el que ella estaba nombrando.

Rosé soltó una risa que no llegó a sus ojos. Tenía el cabello rubio recogido en un moño desordenado, y llevaba un suéter enorme que probablemente era de él, y ese pequeño detalle me desgarró de una forma que no quería analizar.

—Lo sé. Lo sé. Pero cuando estás dentro, no ves los bordes. Solo ves el hueco que dejaría si te fueras. 

Esa era Rosé. Siempre encontrando la metáfora exacta para su dolor, incluso cuando el dolor la estaba consumiendo.

Nos conocíamos desde hacía cuatro años. La había visto enamorarse de Jaehyun en una fiesta de fin de año, con la ingenuidad de quien cree que la intensidad es lo mismo que la profundidad. La había visto mudarse con él, cambiar su forma de vestir porque "a Jae no le gusta tan llamativo", dejar de ver a ciertos amigos porque "él se pone incómodo", reír menos fuerte, ocupar menos espacio. Y yo, ___, la amiga leal, la compañera de estudios en la universidad de artes, la que siempre estaba ahí con una taza de té y un silencio cómplice, había aprendido a tragar mis propios sentimientos como si fueran piedras.

Porque sí. Por supuesto que sentía algo por ella. ¿Cómo no hacerlo? Rosé era magnética incluso en sus peores días, incluso cuando su sonrisa temblaba al borde de romperse. Y yo no era ciega. Pero también era alguien que entendía los límites, que sabía que el amor no se impone, que había decidido que verla feliz (aunque fuera con alguien que la estaba destruyendo lentamente) era suficiente.

Hasta esa noche.

—___—, dijo mi nombre como si fuera una pregunta, y cuando giré la cabeza hacia ella, la luna llena iluminó su rostro de una manera que me recordó por qué los poetas siempre escriben sobre la luz.

—¿Tú crees que hay personas destinadas a ser lastimadas?

Moví la cabeza con firmeza, apoyando mis codos en la barandilla para acercarme un poco a ella, sin invadir su espacio. Mis ojos cafés, ese tono cálido que la gente siempre dice que da confianza, buscaron los suyos con una intensidad que normalmente ocultaba.

—No. Creo que hay personas que se acostumbran a un dolor que confunden con amor. Pero no es lo mismo.

Rosé parpadeó dos veces, y luego rompió a llorar de verdad. No fue el llanto contenido de antes, sino algo más visceral, más desordenado. Los sollozos sacudieron sus hombros mientras se cubría la boca con una mano, como si avergonzada de hacer ruido, como si hubiera aprendido que sus emociones eran una molestia.

Y yo, la chica que siempre mantiene la calma, la que entrena boxeo en sus ratos libres, la que nunca sabe cómo reaccionar ante el lleno ajeno, hice lo único que me salió natural. Extendí un brazo. No para abrazarla, no todavía. Solo para ofrecerle el dorso de mi mano, un punto de contacto mínimo, una pregunta silenciosa.

Rosé miró mi mano. Luego mis ojos. Y después, sin decir nada, entrelazó sus dedos con los míos.

Su piel estaba fría. Mis dedos, más cálidos por naturaleza, envolvieron los suyos con una presión suave pero firme, y sentí cada uno de sus nudillos como si fueran puntos en un mapa de su fatiga. No hablamos. El ruido de la ciudad seguía ahí abajo, los autos, las sirenas lejanas, la vida que no se detiene por los corazones rotos. Pero en ese balcón, en ese minuto, existíamos nosotras y la verdad que ninguna de las dos estaba lista para nombrar.

— Me voy a quedar esta noche— dijo finalmente, con la voz rota pero decidida. — No puedo volver a ese departamento. No esta noche.

Asentí, soltando su mano con cuidado, sin hacer del gesto algo más de lo que era.

— El sofá es tuyo. Las mantas están en el armario del pasillo. Y hay leche vegetal en la nevera, si quieres algo caliente antes de dormir.

Rosé me miró con una expresión que no supe descifrar. Gratitud, quizás. O tal vez sorpresa, porque yo no había hecho preguntas, no había pedido explicaciones, no la había sometido al interrogatorio que sus otras amigas probablemente le harían al día siguiente. Solo había estado ahí. Como siempre.

—Eres rara, ___— murmuró, y había una sonrisa temblando en sus labios.

—Lo sé— respondí, devolviéndole la sonrisa con la mitad de intensidad. —Pero estás aquí de todas formas.

Esa noche, mientras Rosé dormía en mi sofá envuelta en una manta azul marino y yo fingía leer un libro en mi habitación, supe que algo había cambiado. No solo en su vida. En la mía. Porque durante cuatro años había logrado mantener mis sentimientos en una caja bien cerrada, etiquetada con la palabra "amistad" y guardada en un rincón seguro de mi corazón. Pero verla vulnerable, verla elegirme a mí como refugio en lugar de a cualquiera de sus otros contactos, había movido esa caja al centro de la habitación.

Y las cajas, cuando se mueven, tienden a abrirse.

No dormí. Escuché su respiración a través de la pared delgada, el ritmo irregular que se fue calmando hasta volverse profundo y parejo. Conté las grietas del techo de mi cuarto, traté de no pensar en cómo se sentía su mano entre la mía.

Fallé estrepitosamente.

A las seis de la mañana, cuando los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por las cortinas, salí de mi habitación con el sigilo de quien ha tenido mucha práctica moviéndose en espacios pequeños. Rosé seguía dormida, con el rostro vuelto hacia el respaldo del sofá y un mechón de cabello rubio cruzando su mejilla. Su respiración era suave ahora, sin el temblor de la noche anterior, y por un momento, solo un momento, me permití observarla sin el filtro de la amistad.

Era hermosa, sí. Pero no era solo eso. Era la forma en que fruncía el ceño cuando algo no le gustaba, la manera en que tarareaba canciones mientras cocinaba, la intensidad con la que hablaba de música, la risa contagiosa que aparecía cuando menos la esperabas. Era todo lo que Rosé era cuando Jaehyun no estaba cerca para apagar sus luces.

Y yo la había amado en silencio durante tanto tiempo que ya ni siquiera me dolía. Era como un hueso mal soldado: parte de mí, pero torcido, incómodo, imposible de ignorar cuando el clima cambiaba.

Me preparé un café, me senté en la esquina opuesta del sofá (el espacio que Rosé no ocupaba con sus piernas largas y su manta enredada), y esperé. No sabía qué iba a pasar después. No sabía si ella volvería con Jaehyun, si esta ruptura sería definitiva, si yo seguiría siendo solo la amiga que ofrece té y silencio. Pero mientras el sol subía sobre Seúl y los primeros ruidos de la mañana llenaban el departamento, hice una promesa silenciosa: no iba a aprovecharme de su vulnerabilidad. Si algo tenía que pasar entre nosotras, pasaría cuando ella estuviera entera, no cuando todavía sangraba por las heridas que otro le había causado.

Rosé se movió, estiró un brazo sobre la manta, y abrió los ojos lentamente. Sus pupilas tardaron unos segundos en enfocar, y cuando me vieron, esbozó una sonrisa pequeña, frágil, como un pétalo que sobrevivió a la tormenta.

—Todavía estás aquí— dijo, y su voz era un susurro ronco.

—Anuncié que me mudaría a Singapur y no te avisé— respondí con un tono seco, apartando la mirada para tomar mi café y ocultar la forma en que mi corazón había saltado al escuchar esas palabras. —Obviamente estoy aquí. Es mi departamento.

Rosé soltó una risa genuina, corta pero real, y se incorporó con el suéter enorme cayéndole sobre un hombro. 

—Dios, eres tan sarcástica antes del café.

—Soy sarcástica antes, durante y después del café. Es parte de mi personalidad.

—Lo sé.— Se estiró, bostezó, y por un momento pareció olvidar la noche anterior. Luego su expresión se ensombreció, y vi cómo el recuerdo la golpeaba como una ola. — ___...

—No tienes que hablar de eso ahora— la interrumpí suavemente, dejando mi taza en la mesa ratona. — Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites. No hay fecha de vencimiento, no hay preguntas incómodas. Solo... existe. Por hoy, solo existe.

Rosé me miró durante varios segundos, y en sus ojos avellana vi algo que nunca había visto antes. No era amor, no todavía, y quizás nunca, pero era algo parecido a la seguridad. La certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba en un lugar donde no tenía que actuar, no tenía que ser suficiente, no tenía que merecer quedarse.

—Gracias— dijo finalmente, y era una palabra tan pequeña para todo lo que significaba.

Asentí, y me levanté para prepararle un té. Mientras el agua hervía, escuché cómo se levantaba del sofá, cómo sus pies descalzos caminaban hacia el baño, cómo la puerta se cerraba con un clic suave. Y en ese pequeño espacio de soledad, me permití cerrar los ojos y respirar hondo.

El jardín de espinas en el que Rosé había vivido durante tres años finalmente estaba quedando atrás. Pero los jardines no se limpian en un día. Las espinas dejan marcas, y algunas de esas marcas tardan años en sanar.

Yo podía esperar. Lo había hecho durante cuatro años. Podía esperar un poco más.

Lo que no sabía era que Rosé, en algún momento de esa noche, había empezado a verme de una manera diferente. Y que sus propios sentimientos, enterrados bajo capas de dependencia emocional y culpa, estaban empezando a brotar como flores en tierra arrasada.

Ninguna de las dos estaba preparada para lo que venía.