Chapter Text
Como hace décadas había dejado de ocurrirle, se siente como puro instinto, la manera en que se mueve ahora mismo. Es una sensación extracorpórea, como si no fuera él mismo quien dictara cada una de sus acciones, pero sorprendentemente no se siente incorrecto. Y así, se deja llevar.
Se mueve incluso antes de lo que sus reflejos deberían permitirle, casi como si ya hubiera realizado todo esto antes. Si una o mil veces, sinceramente no tiene idea, pero tampoco le interesa lo suficiente como para siquiera comenzar a imaginar en tratar de averiguarlo.
Deja atrás a James Potter, tan profundamente inconsciente que pensarán que está muerto, porque algo le dice que sería un error matarlo. No le dedica una segunda mirada porque de hecho no es relevante, no ha venido hasta aquí por él.
Se deja llevar tan absolutamente por esta fuerza desconocida que ni siquiera se da cuenta de que ha subido las escaleras y entrado en una habitación hasta que se encuentra ante la cuna de Harriet Potter, tras igualmente haber dejado atrás a su madre, inconsciente.
La niña lo mira con sus brillantes ojos verdes, con tanta curiosidad y tal ausencia de miedo que de hecho es lo que le hace salir de esa especie de trance en el que se había hundido.
Levanta su varita para acabar de raíz con la maldita profecía antes de que tenga oportunidad de ocurrir, pero una vez más algo le dice que hacerlo sería un error.
Y entonces sólo lo sabe: si esta niña de verdad crecerá para oponerse a él, si de verdad un día llegará a ser una amenaza para él, a rivalizar con él, ¿qué acaso eso no significaría que un día ella será una joya absoluta? ¿No sería una verdadera pena extinguir todo ese potencial ahora, cuando puede solucionar el asunto de la amenaza que ella puede representar de otra manera?
Así, levanta a la pequeña en brazos. Vuelve un par de pasos y redirige su varita hacia el lugar que hasta hace un instante ambos ocupaban, preparándose ahora para organizar el engaño del siglo, si debe decirlo.
Con un poco de Alquimia tan avanzada, prohibida y olvidada que nadie en Gran Bretaña jamás podrá reconocer ni mucho menos distinguir, deja restos orgánicos impregnados con su esencia y la de la pequeña Harriet Potter, dispersos sobre la cuna y el sitio en el que hasta hace poco estaba parado.
Entonces, lanza un Avada Kedavra exactamente encima de los restos que acaba de colocar, tan poderoso como es capaz de reunir todo su odio. Tanto que incluso él mismo se sorprende. Es al menos una decena de veces mayor de lo que inicialmente había tenido la intención de usar para eliminar a la pequeña Harriet, quien ahora de hecho se ha acurrucado más cerca de él, como si supiera que no corre peligro en sus brazos.
Y finalmente para rematar, una explosión para volar parte del techo, porque algo le dice que exactamente así debería ser.
La escena claramente contará toda la historia: él intentó matar a la niña, la maldición rebotó, y ambos fueron consumidos por el poder puro de la reacción.
“Y uno de los dos deberá morir a manos del otro”. La profecía se ha cumplido.
Y este cuento se ha acabado.
