Chapter Text
¿Qué es esto que estoy viendo?
No puede ser él.
Eso no fue lo que Tracy dijo.
Me quedé mirándolo hasta que la sierra descendió hacia su pecho. Mi estómago se contrajo cuando los dientes giraron a centímetros de su piel. Sin tiempo para pensar, lancé la piedra contra el cristal. El estallido atravesó la habitación.
Los disparos estallaron casi al mismo tiempo. Me tiré al suelo y me arrastré detrás de un mueble mientras los fragmentos de vidrio llovían sobre mí.
—¡La encontré! —gritó una voz.
Me jaló de la pierna. Agarré un trozo de vidrio y se lo clavé en el muslo.
—¡Maldita!
Me sujetó del cabello, me levantó de golpe y me estrelló contra la pared. El impacto me vació los pulmones. Tosí y vi gotas rojas salpicando el suelo.
Él se acercó despacio, presionando el cañón del arma contra mi mejilla.
—Tienes unos ojos muy lindos. Conozco gente que pagaría muy bien por ellos.
Me arrastraron hasta la mesa metálica donde estaba Troy.
—Perfecto. Hoy tenemos dos por el precio de uno.
Uno de los hombres preparó una jeringa con líquido transparente.
—No —ordenó el que mandaba—. Deja eso.
—Pero dijiste que le harías una intervención...
—Así es. Y aunque normalmente no solemos ser salvajes en estas cosas... —sus ojos se clavaron en mí— contigo voy a hacer una excepción, preciosa.
Antes de que pudiera girar la cara, me agarró la mandíbula con fuerza, clavándome los dedos en las mejillas, y aplastó su boca contra la mía. Su lengua entró húmeda y agresiva, sabiendo a cigarro rancio y alcohol barato. Intenté apartarme, pero solo logró que me apretara más fuerte. El asco me subió por la garganta.
En cuanto aflojó un segundo, le escupí en plena cara.
Él se limpió lentamente con el dorso de la mano y sonrió.
—Así me gusta.
Me empujó con brutalidad contra la plancha metálica. El golpe hizo que Troy abriera los ojos.
—Troy... —susurré.
Su mirada pasó de la confusión a una furia helada. Su mano encontró la mía y el roce suave se convirtió en un agarre que amenazaba con romperme los huesos.
—Prepara el extractor —ordenó el hombre.
—Troy... —intenté soltarme, pero sus dedos seguían apretando.
—Prepara también la hielera y contacta a Cathy.
Mientras ellos daban órdenes, Troy no apartaba los ojos de mí. Su agarre ardía.
—Hey, Thomas —dijo uno de los hombres— A este ya se le está pasando el efecto de los sedantes.
—No importa —respondió Thomas— Subiré el volumen para que no escuchemos sus gritos.
—Como sea. Solo espero que esta vez tu elección de música sea mejor que la anterior.
—Lo será, confía en mí.
—Por favor, Troy... —supliqué, con su mano aún clavada en mi muñeca—Tracy te necesita.
Al oír ese nombre, algo se rompió en su expresión. El agarre se aflojó hasta soltarme.
—¿Lista, preciosa? —dijo el hombre al que había escupido—Porque yo sí lo estoy.
El grito se me murió en la garganta. Él sonrió.
—Voy a disfrutar esto.
Se acercó despacio.
—¡Pon la música, Thomas!
Unos segundos después, la habitación se llenó con la alegre melodía de If you like piña coladas...
—¿Qué carajos, Thomas?
Las carcajadas llenaron la habitación mientras la canción seguía sonando de fondo.
Todo transcurría como en cámara lenta. No había adónde correr. Troy apenas estaba consciente. No tenía armas, ni ideas, ni salida.
Pero no pensaba morir así.
Deslicé la mano por la mesa hasta que el filo de la sierra me cortó la palma. Dejé que el hombre se acercara lo suficiente... y cuando estuvo a mi alcance, la encendí y se la hundí en el cuello.
La sangre brotó caliente y espesa. Él retrocedió entre gorgoteos ahogados.
El caos estalló.
—¡Mierda! —Thomas corrió hacia mí.
Atacó con la sierra, pero no logré cortarlo bien. Me derribó contra el suelo y empezó a golpearme.
—¿Qué hiciste, maldita? ¿Qué carajos hiciste? —gritaba mientras los golpes seguían cayendo—. ¡Voy a matarte!
Cerré los ojos esperando el siguiente impacto.
Nunca llegó.
El peso de Thomas cayó sobre mí, inerte. Con esfuerzo, lo empujé a un lado.
Troy estaba de pie, ligeramente encorvado contra la mesa. De su mano derecha goteaba sangre. Seguí su mirada: la sierra estaba incrustada en el cráneo de Thomas.
Nuestras miradas se cruzaron solo un segundo.
El otro hombre se lanzó contra Troy y lo derribó sobre la mesa. Troy apenas logró cubrirse con los brazos. Me moví por instinto, arrastrando el cable de la sierra, corrí y salté sobre la espalda del atacante. Pasé el cable alrededor de su cuello y tiré con todas mis fuerzas.
El hombre se resistió. Mis brazos temblaban. Las fuerzas se me iban.
—¡Troy...!
Él empujó al hombre hacia atrás. Aproveché el impulso, tiré con lo poco que me quedaba y Troy presionó con su propio peso. El cable se hundió más. Los movimientos del hombre se volvieron desesperados, erráticos... hasta que dejó de moverse.
Nuestra respiración era agitada y ronca. Apenas estábamos recuperando el aire cuando el radio crepitó:
—Thomas, Greg, Ramsi... ¿me copian?
Troy y yo nos miramos. No hizo falta hablar. Venían más. Teníamos que movernos
Después de la pelea, Troy y yo logramos salir. Con su peso apoyado sobre mí, corrimos hacia la camioneta mal estacionada detrás de los escombros. Los motores de los refuerzos ya rugían cerca.
Esquivamos balas, llegamos a trompicones. Lo ayudé a subir y corrí al asiento del conductor. Una bala me atravesó el hombro por la espalda. El dolor fue cegador, pero no me detuve.
Giré la llave. Nada.
Lo intenté de nuevo. El motor rugió, tosió y se apagó.
—¡Vamos, maldita sea!
Tercer intento. El motor arrancó. Metí la marcha y pisé el acelerador. La camioneta salió disparada, dejando atrás los disparos
Después de varios kilómetros, el mundo empezó a deformarse. El hombro me ardía como fuego líquido y la sangre no dejaba de correr por mi espalda, además el pecho me dolía cada vez más, como si me clavaran un hierro al rojo con cada respiración.
—Detén el auto... Madison —murmuró Troy. Su voz aún sonaba pastosa, pero más despierta que antes—. Estás sangrando mucho.
Apreté el volante con más fuerza, ignorándolo. Las luces traseras de la camioneta iluminaban débilmente su rostro. Estaba pálido, pero sus ojos ya tenían más foco.
—No... puedo parar —logré decir entre dientes. Cada palabra me costaba.
Troy se incorporó un poco y miró hacia atrás. Su expresión se endureció.
—Nos están siguiendo—se inclinó hacia adelante con esfuerzo y abrió la guantera. Rebuscó con manos torpes. Escuché cómo algo caía al piso de la camioneta.
—Mierda... —susurró.
Sacó una jeringa autoinyectable de color naranja brillante y un arma negra. Revisó el cargador rápidamente.
—Adrenalina —dijo, quitando el seguro naranja de la jeringa—. Esto va a doler.
No tuve tiempo de protestar. Troy me clavó la aguja en el muslo con fuerza y presionó.
El efecto fue casi inmediato.
Un fuego líquido recorrió mis venas. Mi corazón se volvió un martillo dentro del pecho. La visión se me aclaró de golpe, el dolor se retiró como una ola y una energía salvaje, casi eléctrica, me invadió.
—Respira —me ordenó Troy, aunque su propia voz sonaba tensa.
Tomó el arma, bajó la ventanilla del copiloto y se asomó hacia atrás. El viento azotó el interior de la camioneta.
Los faros de los perseguidores estaban cada vez más cerca. Dos vehículos.
Troy apuntó con ambas manos, apoyando los codos para estabilizarse. Disparó tres veces.
El primer tiro falló. El segundo impactó en el parabrisas del vehículo de adelante. El tercero dio de lleno en la llanta delantera.
El sonido del neumático reventando fue brutal. El auto perseguidor dio un volantazo violento, se cruzó en la carretera y chocó contra el segundo vehículo. Ambos se salieron del camino entre chispas y metal retorcido.
Un grito de triunfo escapó de mi garganta. La adrenalina me hacía sentir invencible.
Pero sabía que no duraría.
El fuego en mi pecho regresaba poco a poco. El corazón me latía demasiado rápido, errático. Mis manos empezaron a temblar de nuevo sobre el volante.
Troy volvió a sentarse, todavía sosteniendo el arma. Me miró con preocupación.
—Madison... ¿cuánto tiempo más puedes seguir?
No respondí. No estaba segura.
Nuevas luces aparecieron en la curva detrás de nosotros
La adrenalina se desvanecía rápido, dejando solo dolor y un frío pesado que se extendía por mis brazos. La carretera se volvía borrosa. Mis párpados pesaban.
Escuché la voz de Troy lejana, como si hablara bajo el agua:
—Madison... ¡Madison!
El volante se me escapó de las manos por un segundo.
Esta vez no estaba segura de poder mantenernos en la carretera.
