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A Juan le parecía siempre estar corriendo.
Con los pulmones quemando y sus piernas moviéndose en grandes zancadas, siempre tras alguien o tratando de arreglar el desastre que los demás dejaban en su camino y solo el parecía notar.
Recuerda sus primeros años en el castillo, persiguiendo a un Roier de 4 años, resbalando en los pisos recién pulidos, tratando de enlistar en su cabeza todos los lugares en los que un mocoso de ese tamaño podría caber.
También recuerda su adolescencia, cuando a sus dieciséis Vegetta puso en sus hombros el peso de ser su secretario particular. Juan lo miró con ojos brillantes como estrellas pero su entusiasmo apenas aguanto hasta el ocaso antes de darse cuenta de que el hecho de que ya no cuidaba a los hijos del rey no significaba que sus pies dejarían de doler o su garganta dejaría de sentirse destrozada después de vociferar todo el día contra gente que parecía no tener una pizca de sentido común.
Juan había aprendido a vivir con eso, había aprendido a mover sus pulgares de la manera correcta contra los músculos de sus pantorrillas para aliviar el escozor y a pedir un té de lavanda a los criados después de que el sol se pusiera para curar su garganta irritada.
Pero Juan nunca había dejado de correr, ni siquiera ahora a sus 29 años.
La noticia había tomado por sorpresa a todos menos a el. La única hija de el rey estaba comprometida con el príncipe heredero del reino de el Régimen.
La noticia había levantado muchas cejas como las de la propia Molly, y había fruncido otras, como las de Aldo, quién salió furioso de la sala del trono antes de que el rey terminara de hablar.
Juan había tenido apenas doce años, viajando por primera vez —en dirección al Régimen después de una amenaza de guerra— en un barco que lo hizo marearse hasta el punto del vomito. En su mente habían quedado los grandes muros del castillo del Régimen, gris y tosco, había poca opulencia a la vista, pero en vez de antojarsele débiles a Juan le parecía que tenían un secreto que parecían querer que nadie supiera.
Recuerda al hombre de piel morena y rizos hasta la cintura contenidos en una trenza estrechando la mano de Vegetta firmemente, mirada dura como la obsidiana, y atrás de el un niño de su edad, tal vez más joven, postura recta que nada tenía que ver con lo encorvado y nervioso que se veía Juan.
Este fue el primer secreto de muchos que el rey le pidió que guardara, y el lo hizo, con el orgullo inflandole el pecho cada que recordaba lo leal que era su corazón al Norte.
Todos habían tenido un año para prepararse. Molly practicó sus votos hasta la hartanza y las telas más finas llegaron en un barco desde Asia y Europa para los trajes de toda la familia real.
Aldo no había salido de el patio de armas en una semana después de la noticia, solo salió después de haber sido reprendido por haber herido de gravedad al maestro de armas. El príncipe tomó sus cosas y le exigió a su padre un barco, cosa que el aceptó con la condición de que Aldo estuviera de vuelta para la boda.
Eso había sido hace alrededor de 10 meses, y ahora Juan seguía corriendo de un lado para otro, los asuntos diplomáticos cambiados por tediosas conversaciones sobre banquetes, los pergaminos cambiados por muestras de tela que el tenía que examinar por su cuenta y clases de reforzamiento de etiqueta que tenía que agendar para el Príncipe Roier como si el hombre no tuviera ya veintiséis años.
Juan había escuchado que hoy llegaba el Príncipe Ash, vio a Vegetta salir de la sala del trono hoy más temprano con la princesa, flanqueados de guardias y dirigiéndose hacia el puerto real para recibir al prometido de Molly.
El prometido —al menos por lo que Juan había leído— llegaba apenas días antes de la boda, pero el Régimen no era un reino apreciado por la gente y Ash tendría que cambiar eso, haciendo un cortejo público que borrara en su totalidad el terror que la gente le parecía tener gracias a las amenazas de su enfermo padre.
Juan se movió por los pasillos, sus pasos haciendo ese sonido que tanto le gusta, un clic clac lento que hacia saber a todos que no tenía prisa por llegar a dónde se dirigía. El rey le ordenó asearse antes de la cena, rechazando su propuesta de acompañarlos al puerto real como solía hacer, pisándole los talones a Vegetta a cualquier lugar al que este se dirigiera. Aldo, con sarna, lo llamaba un perro faldero, pero Juan prefería pensar que era simplemente un secretario muy leal.
Juan se dio un largo baño que no se solía permitir disfrutar, sintiendo el agua caliente correr por su espalda mientras la bañera se llenaba. Siempre le gustó como el agua parecía acogerlo y suprimirlo en un abrazo cálido, deshaciendo los nudos de sus músculos mientras la fragancia de el fino jabón real llenaba el cuarto, entrelazándose con la fina cortina de vapor que hacia un poco más difícil respirar si no mantenía la ventana abierta.
Escogió su ropa más elegante, un traje hermoso color granate que se sentía bien contra su piel. Si Juan había encontrado algo que tenían en común el Norte y el Régimen era su afición por el morado, y no pensaba desaprovecharla, le había ordenado a su sastre una pila de ropas en varios tonos de morado, si iba a hacer esto de la paz el lo haría bien.
Iba saliendo de su cuarto cuando se chocó con el Superintendente de Maquinaria, Juan conocía al hombre desde que eran adolescentes, un polaco callado pero decidido que llegó al reino después de ser desterrado de su pueblo, Juan le enseñó español como pudo y a cambio Graf le regaló cachivaches que hacía en su tiempo libre y le contó chistes que hacían que a Juan le doliera el estomago.
—¿Durando en el trabajo? —Graf le preguntó con un acento fuerte y esa sonrisa que podía hacer al propio Aldo confiarle una daga—, escuché que llega el Rey del Régimen.
—Príncipe —Juan corrigió, haciendo a Graf levantar una ceja—, el loco de su padre sigue vivo, pero está muy enfermo para venir antes de la boda, gracias a los dioses.
A Graf le pareció divertido, y estaba a punto de burlarse de Ash, su padre o tal vez de los dos, pero el sonido de las pesadas puertas de madera abriéndose lo hicieron voltear y luego escabullirse en dirección la sala de maquinas, dándole a Juan una mirada de pena que el hombre interpretó como un "buena suerte".
Juan siempre se veía impasible ante cualquier visita, pero estarlo era muy diferente, muchas veces y en cualquier circunstancia Juan tenia la inminente necesidad de vomitar.
Y esta era una de esas veces y una de esas circunstancias.
Se aguantó la bilis que le subía por la garganta y se la aclaró en silencio, no con intención de llamar la atención pero con intención de que su voz no se asemejara a el chirrido de el tenedor del príncipe Roier contra los finos platos que se usaban en los banquetes reales.
Juan contó sus pasos, calculó la fuerza de estos y su velocidad, pasando su mano por la tela morada de su ropa una vez más para asegurarse que estuviera perfecta.
Se escondió tras un pilar gigante, manos apenas rozándolo y sus ojos espiando, vio ahí a Vegetta y a su lado la princesa en su fino vestido que costaba más de lo que un campesino podría ganar si viviera 100 años y todos ellos trabajara.
La mujer le sonreía a un hombre moreno y de rizos, Juan notó el parecido que tenía el Príncipe Régimen con su padre, este era tanto que si no supiera que su padre había estaba en cama y débil pensaría que es la misma persona, la única diferencia fue un parche con el emblema del régimen que cubría uno de sus ojos y los mechones morados de pelo escapándose de su coleta .
Vegetta sonrió, una de esas sonrisas educadas que guardan poca cosa más que un interés en común y unas ganas de diversión que solo se podían sentir cuando lo habías visto todo y aún así necesitabas un poco mas.
Juan no sabía exactamente de que hablaban, pero al estar absorto en intentar entenderlo dejo su pie resbalar contra el piso pulido, el rechinar de su zapato haciendo que los ojos de el Príncipe se dispararan rápidamente tras el sonido, encontrándolo ahí y tensándose un poco.
Vegetta se giró de esa manera casi perezosa como si el pensamiento de que alguien se escabullera para escuchar sus conversaciones reales no le quitara el sueño, su sonrisa apareciendo cuando ve ahí a Juan. Molly a penas contiene una risa cuando sus ojos se encuentran con los de el, ni siquiera molestándose en voltear en su totalidad.
Juan arregló su ropa por lo que se siente la décima vez desde que se vistió hoy, y hace un sonidito parecido al de un ratón mientras se acerca, intentando verse lo más casual posible antes de hacer una reverencia para los tres, Vegetta lo mira divertido, ¿hacía cuanto Juan no hacía una reverencia?, la familiaridad entre ellos ya era demasiada a tal punto que era gracioso verlo hacer eso.
—Ash, este es Juan, mi secretario, pero me imagino que aún lo recuerdas —Vegetta dijo, volteando a ver a Juan a continuación.
Juan lo recordaba, ¿cómo no hacerlo si el Régimen en su entereza fue una experiencia que no se pudo borrar de la mente?
Claro que recuerda, Ash y el hablaron un poco, y con eso Juan se refiere a que el fue el que habló mientras Ash lo miraba de una manera muy rara, como si de verdad le pusiera atención, lo que hizo a Juan seguir hablando nerviosamente hasta que Vegetta se lo llevó arrastrando de vuelta al barco.
Ash no respondió nada a esto, sus ojos apenas deteniéndose y suavizándose en Juan antes de posarse de nuevo en Vegetta
—Si, recuerdo —dijo el hombre con un asentimiento rígido de cabeza, sus ojos desviándose para ver la opulencia a su alrededor a la cual reaccionó con desdén.
—¿Y tus hijos, Vegetta?, —Ash preguntó, ojos entrecerrándose— he de decir que hace ya algunos años no he tenido la desagradable ocasión de ver a Aldo.
La boca de Ash se frunció como si hubiera chupado un limón.
La mayor razón por la que Aldo y Ash se llevaban mal había sucedido ya hace casi una década. Juan todavía lo recuerda, porque si Aldo ahora era violento en su juventud lo fue más, haciendo un escándalo en un banquete real en el que se encontró a Ash, casi hechandosele encima gracias a el resentimiento que había cultivado después de leer tantos libros sobre guerras pasadas y como en todas se mencionaba al Régimen aunque fuera siquiera en el pie de página.
El hecho de que Senpai seguía a Aldo a todas partes en su juventud también lo empeoró, pues no hubo que detener a una persona de atacar a Ash, si no a dos.
La cara de Vegetta se frunció en una mueca culpable pero divertida, volteando los ojos a otro lado.
—De nuevo, Ash, lamento lo de aquella vez —dijo, apretando los dientes para evitar sonreír— Senpai está en la sala de armas y Aldo está fuera, Pac y Roier fueron al pueblo por unas horas.
Ash solo hizo un sonido con su boca que indicaba cierto desprecio por la libertad que el Rey le daba a sus hijos.
Juan miraba todo, sus ojos yendo a Ash y luego a Vegetta varias veces hasta que se mareó, compartiendo miradas con Molly de vez en cuando hasta que Vegetta cortó la creciente tensión con una sonrisa.
—¿Qué tal si te instalas, Ash? Van a ser un par de largos meses. Llevaremos a tu… centinela y a tu consejero a sus aposentos, ¿si?
Juan frunció las cejas por un segundo, sus ojos volteando a todos lados hasta que vio algo que destellaba en las sombras.
Un hombre con una presencia sobrenaturalmente brillante y otro atrás de el con orejas rígidas y en movimiento tal como sus ojos. Inspeccionando.
Si esta era la gente que traía el Príncipe con el, Juan podía empezar a preocuparse ahora mismo por como iba a salir todo cuando Aldo y Tina regresaran.
