Chapter Text
La sensación empezó tres cuadras antes de llegar al instituto. No fue algo que escuché, porque la batería de Weezer me retumbaba en los oídos y aislaba bastante bien el ruido mediocre de la mañana parisina. Fue algo físico. Un cambio apenas perceptible en la temperatura del aire detrás de mis hombros, una presión constante instalada en la nuca que me hizo ajustar la correa de la cartera hasta dejar los nudillos blancos.
Me detuve frente a una vidriera opaca, fingiendo interés en una pila de libros viejos cubiertos de polvo. Desde el reflejo intenté encontrar algo; una silueta, un movimiento, cualquier cosa que justificara la sensación desagradable que me venía siguiendo desde hacía varias cuadras. Pero no había nada. La vereda estaba prácticamente vacía, atravesada solamente por el sol de agosto que caía de lleno sobre el asfalto y levantaba ese olor seco a piedra caliente que siempre me terminaba revolviendo el estómago. Seguí caminando, aunque el ritmo de mis botas ya no era el mismo. Se sentía extraño, como si estuviera marcándole el paso a alguien más.
— Qué insoportable —mascullé.
Mi propio acento sonó raro en medio de la avenida. Más grave, quizás. Como una advertencia que nadie alrededor estaba prestando atención para escuchar.
Cuando doblé en la esquina del Sweet Amoris me corrí hacia un costado y saqué el paquete de Victoria Slim de la cartera. Necesitaba hacer algo con las manos, bajar un poco la sensación incómoda que me caminaba por la espalda desde temprano. El clic del encendedor rompió el silencio pesado de la cuadra y después el humo dulce me llenó la boca con una familiaridad que consiguió relajarme apenas los hombros.
Me quedé ahí unos segundos, fumando despacio mientras observaba la calle por encima del cigarrillo. Después giré la cabeza hacia atrás con una actitud casi desafiante, sosteniendo la vista sobre la vereda vacía como si realmente esperara encontrar a alguien observándome desde algún rincón entre los autos estacionados. Pero otra vez no había nada. Apenas un camión de basura doblando a lo lejos y el aire caliente deformándose sobre el asfalto.
Sin embargo el picor en la nuca seguía ahí. Era una mirada. Una fija, invasiva, incómodamente precisa. Sentía que me atravesaba la blusa sin dificultad, como si pudiera distinguir perfectamente dónde terminaba la seda y dónde empezaba mi piel. Tragué humo con fastidio y tiré la colilla a medio terminar antes de cruzar finalmente la entrada del instituto.
El umbral del Sweet Amoris se sintió como una frontera. Apenas mis botas atravesaron el marco de la entrada, el calor seco de la calle fue reemplazado por una corriente de aire más fresca, aunque completamente viciada, cargada de olor a cera para pisos, humedad y encierro. Los pasillos estaban llenos de voces adolescentes mezcladas con el chirrido de las puertas y el zumbido constante de los tubos fluorescentes del techo. Todo sonaba lejano igual, como si estuviera escuchando una radio mal sintonizada en una frecuencia que todavía no terminaba de entender.
No llegué demasiado lejos antes de que una figura rígida se interpusiera en mi camino. La directora parecía un bloque de granito envuelto en un traje rosa demasiado formal para el calor que seguía pegándose a las paredes del edificio. Incluso quieta transmitía algo duro, inflexible. Me observó por encima de sus anteojos con una expresión completamente plana.
— Señorita Cloutier, la estaba esperando —dijo, sin molestarse en presentarse. Su voz era recta, prolija, desprovista de cualquier matiz— Hace unos instantes hablé con su tía. Ernestine me aseguró que llegaría temprano.
— Buenos días —respondí. Mantuve la espalda recta y una cordialidad perfectamente medida, aunque sin regalarle una sonrisa innecesaria.— Sí, mi tía suele ser bastante puntual con sus asuntos.
— Me alegra escucharlo. Faltaron completar algunos datos básicos en su formulario de ingreso. —Sus ojos bajaron apenas hacia mi cartera— ¿Trajo la foto carnet como fue solicitado?
— Así es.
Abrí el cierre de la cartera despacio, sin apurarme. Entre mis dedos apareció la foto pequeña; mi propia cara me devolvió una mirada seria y perfectamente acomodada, con el pelo rubio oscuro cayéndome prolijo alrededor de los hombros.
La directora observó la foto apenas un segundo antes de asentir.
— Bien. Acompáñeme a la sala de delegados. Nathaniel va a ayudarla a terminar de formalizar el legajo.
Se dio media vuelta enseguida, obligándome a seguirla por el pasillo. La luz del sol se filtraba por las ventanas altas formando rectángulos polvorientos sobre el linóleo gastado, y el eco de nuestros pasos se mezclaba con el murmullo lejano de las aulas que ya habían empezado las clases.
La sala de delegados estaba escondida al final de uno de los corredores laterales. La directora abrió la puerta sin tocar y el olor a papel, café frío y carpetas viejas me golpeó de inmediato.
Nathaniel estaba sentado detrás de un escritorio exageradamente ordenado. Carpetas alineadas, lapiceras acomodadas por tamaño, hojas perfectamente apiladas. Incluso él parecía colocado ahí como parte del mobiliario. Cuando nos vio entrar levantó la vista enseguida y se puso de pie con una eficiencia casi automática.
— Nathaniel, terminá de procesar la ficha de la señorita Cloutier y después acompañala al aula del señor Farrés —ordenó la directora antes de desaparecer otra vez por el pasillo— Ya deben estar empezando Historia.
La puerta se cerró detrás de ella y el silencio del despacho se volvió mucho más evidente.
Me quedé parada unos segundos observando el lugar mientras Nathaniel volvía a sentarse detrás del escritorio. Había algo casi clínico en el orden de esa oficina, como si alguien hubiera intentado eliminar cualquier rastro de caos humano del ambiente.
— Hola. Sentate, por favor —dijo señalando la silla frente a él.
Su voz era amable, aunque tenía el tono cansado de alguien acostumbrado a repetir exactamente las mismas frases todos los días. Me senté dejando la cartera en el suelo antes de cruzarme de piernas. Nathaniel tomó una ficha y empezó a escribir algo sin levantar demasiado la vista.
— Amarante Cloutier, ¿no? La directora me dijo que faltaban un par de cosas. ¿Trajiste la foto carnet?
— Sí, acá la tenés.
Mi voz salió plana, arrastrando apenas las vocales con ese ritmo del sur que todavía seguía pegado a mí incluso después de semanas en París. Busqué la foto dentro de la cartera y se la extendí por encima del escritorio. Nathaniel la tomó y se quedó observándola unos segundos antes de levantar finalmente la vista hacia mí. Fue un cambio mínimo, pero evidente; como si recién en ese momento hubiera dejado de leer un formulario para registrar mi presencia real sentado enfrente suyo.
— Tenés un acento bastante marcado —comentó, y por primera vez algo parecido a una sonrisa le aflojó un poco la rigidez de la cara— Es sureño. ¿Venís de Niza?
Me acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja mientras sostenía su mirada con neutralidad.
— Se nota mucho, por lo visto. ¿Tanto se me escucha?
— Un poco. —Nathaniel soltó una sonrisa mínima— Mi familia iba bastante seguido de vacaciones allá. El acento del sur se distingue enseguida; tiene otro ritmo. El de París parece atropellado todo el tiempo.
— Es distinto —admití. No tenía demasiadas ganas de darle detalles de mi vida, así que dejé la frase suspendida ahí, sin desarrollar nada más.
Nathaniel asintió como si entendiera perfectamente el límite, pegó la foto en la ficha con cuidado y cerró la carpeta con un golpe seco pero controlado antes de extenderme una hoja con mi horario.
— Bueno, Amarante. Está todo listo. Ahora te toca Historia. Vamos antes de que Farrés decida matarte por llegar tarde el primer día. —Se puso de pie enseguida. No había ni un rastro de desorden ni en su escritorio ni en la forma en que acomodaba las cosas antes de salir. Me hizo una seña hacia la puerta y lo seguí otra vez al pasillo. — Tu aula es esta, justo enfrente —dijo señalando una puerta de madera con un cartel gastado que decía Aula A— No vas a tardar mucho en ubicarte acá adentro.
El trayecto hasta el aula fueron apenas unos metros, pero el pasillo ya no estaba vacío.
Apoyado contra la pared, justo al lado del marco de la puerta de Historia, había un chico que parecía absorber toda la luz del corredor. Tenía el pelo rojo, de un tono violento y desprolijo que resaltaba todavía más contra la palidez de la piel, y llevaba una campera de cuero negra que se veía completamente insoportable para el calor pegajoso de agosto. Movía un caramelo de menta de un lado a otro dentro de la boca con una parsimonia irritante, como si el tiempo dentro del instituto no aplicara para él de la misma manera que para el resto.
Y apenas pasé a su lado, la sensación de la mañana cambió.
El peso en la nuca que me había seguido desde la plaza era frío, silencioso, una presencia inmóvil que me erizaba la piel sin mostrar nunca la cara. Esto era distinto. Mucho más evidente. La mirada del pelirrojo era ruidosa de una forma casi insolente; frontal, invasiva y cargada de una seguridad que me produjo bronca inmediata.
Ni siquiera intentó disimular. Sentí cómo sus ojos me recorrían de arriba abajo con una lentitud descarada antes de detenerse apenas un instante sobre el escote de mi blusa. Después levantó la vista hasta encontrar mis ojos.
Fue solamente un segundo, pero alcanzó. Un choque seco entre dos personas que todavía no se conocían y que aun así parecían haberse sacado conclusiones instantáneas el uno del otro. Él arqueó apenas una ceja mientras hacía chocar el caramelo contra los dientes con un sonido corto y seco. Yo le sostuve la mirada con toda la frialdad que fui capaz de reunir, esperando que alcanzara para mantenerlo a distancia. No funcionó. Había algo pesado en la forma en que miraba. Arrogante. Burlón. Como si el simple hecho de observar a alguien ya fuera una provocación deliberada. Nada que ver con la presencia silenciosa de la calle.
Nathaniel, ajeno o quizás demasiado acostumbrado al espectáculo constante del pelirrojo, abrió la puerta del aula sin siquiera mirarlo.
— Suerte, Amarante —murmuró antes de hacerse a un lado para dejarme pasar.
El aula olía a tiza, humedad y calor acumulado. El profesor Farrés estaba escribiendo fechas en el pizarrón con una lentitud cansina que hacía parecer que incluso mover el brazo le demandaba un esfuerzo enorme. Ni siquiera dejó de escribir cuando entré, apenas giró la cabeza lo suficiente como para observarme por encima del hombro.
— ¿Alumna? —preguntó con una desidia absoluta.
— Amarante Cloutier.
Mi voz atravesó el murmullo del aula con bastante más claridad de la que esperaba. Algunas cabezas se levantaron apenas por curiosidad antes de volver a hundirse en los cuadernos. Farrés suspiró por la nariz y señaló vagamente el fondo del salón con la tiza.
— Siéntese allá, con la chica peliblanca. Es el único lugar vacío. Y no interrumpa más la clase.
Caminé hasta el fondo sintiendo varias miradas apoyarse encima mío durante el trayecto. Dejé la cartera al lado del banco y me senté despacio, acomodando la caída de la blusa contra el respaldo de madera antes de apoyar el cuaderno sobre la mesa.
Me tomé un segundo para alisar la primera hoja del cuaderno con la palma de la mano, recuperando de a poco la neutralidad que solía usar como escudo. La chica sentada a mi lado no tardó demasiado en hablarme, aunque tampoco lo hizo con desesperación social. Tenía el pelo blanco, larguísimo, y una mirada despierta que parecía registrar detalles incluso mientras fingía prestar atención a la clase.
— Soy Rosalya —susurró, inclinándose apenas hacia mí con una habilidad evidente para hablar sin llamar la atención del profesor—. No te envidio el lugar. Estar sentada al lado mío significa escucharme durante toda la clase, aunque por lo menos estamos lejos de Farrés. —Giré apenas la cabeza para mirarla. Rosalya contrastaba tanto con el resto del aula que parecía pertenecer a otro escenario. Había algo vibrante en ella, incluso quieta; una energía liviana que rompía bastante con el gris cansado del instituto.
— Amarante —respondí, manteniendo ese tono pausado que todavía arrastraba el calor del sur incluso cuando intentaba sonar neutra— No me molesta escuchar. Aunque no garantizo demasiadas respuestas.
Rosalya soltó una risita muda, claramente divertida. No parecía de esas personas que buscan aprobación constante. Más bien daba la impresión de reconocer rápido cuándo alguien le seguía el ritmo.
— Me sirve igual —dijo mientras empezaba a dibujar algo en el margen de la hoja, líneas rápidas que terminaron tomando forma de figurín— Ah, y me gusta mucho tu bolso. ¿Dónde lo compraste?
— En el centro comercial, donde está la feria americana. Es una Le Tanneur, de la línea Juliette, no la dejé pasar. —Bajé la vista apenas hacia la cartera apoyada al lado del banco.
— Claro. —Asintió con total seriedad antes de volver al dibujo—. El buen gusto es un idioma que acá muy poca gente habla.—comentó por lo bajo. Eso consiguió sacarme una sonrisa mínima. Rosalya siguió garabateando un rato más antes de volver a hablar. — Si necesitás saber quién es quién para no perder tiempo con la gente equivocada, avisame. Tengo bastante desarrollada la capacidad de detectar pelotudos.
Asentí apenas con la cabeza y empecé finalmente a copiar lo que Farrés escribía en el pizarrón. La hora avanzó lenta, marcada solamente por el ruido de la tiza contra el pizarrón y el zumbido cansado de los ventiladores de techo, que apenas conseguían mover el aire pesado del aula. Rosalya hablaba poco, pero estaba en movimiento constante; cambiaba de lapicera, se acomodaba el pelo, tachaba dibujos que no le gustaban. Yo, en cambio, me mantuve prácticamente inmóvil, observando más de lo que hablaba y dejando que el instituto terminara de mostrarme su dinámica.
El timbre del recreo rompió el silencio con una estridencia metálica que hizo que varios se levantaran incluso antes de que terminara de sonar. No llegué a guardar la lapicera cuando sentí una presencia detenerse frente a mi banco.
Levanté la vista. La chica rubia que estaba parada enfrente nuestro parecía producida específicamente para llamar la atención. El conjunto era impecable, aunque demasiado consciente de sí mismo, como si cada accesorio hubiera sido elegido después de varios minutos frente al espejo. Detrás de ella había otras dos chicas que permanecían ligeramente más atrás, casi funcionando como extensiones silenciosas de su presencia. Sus ojos recorrieron mi cara con una atención minuciosa antes de detenerse apenas un segundo de más sobre mis ojos.
— Así que vos sos la chica nueva —dijo finalmente. No sonó como una pregunta. Sonó como alguien confirmando información que ya había procesado antes. — Escuché de mi hermano que venís del sur. Soy Ámber. —me dijo mientras masticaba su chicle.
Me recosté apenas contra el respaldo de la silla mientras la observaba con calma. Ámber no tenía actitud de matona. Lo suyo era otra cosa. Parecía estar clasificándome. Midiendo rápido si yo era alguien útil para integrar a su círculo o alguien que convenía mantener vigilado.
— Amarante —respondí cerrando el cuaderno con un movimiento tranquilo—. Sí, llegué hace poco.
— Niza, ¿no? —arqueó apenas una ceja mientras analizaba mi reacción— Debe ser bastante distinto a esto. Al principio probablemente te sientas un poco fuera de lugar. Si querés, podemos ayudarte a entender cómo funcionan las cosas acá. No estaría bueno que terminaras juntándote con la gente equivocada apenas llegás.
Miré apenas de reojo a Rosalya. Ella seguía sentada al lado mío completamente en silencio, aunque la media sonrisa que le curvaba la boca decía bastante más de lo que estaba diciendo en voz alta. Volví a mirar a Ámber.
— Gracias por el ofrecimiento —contesté con una cordialidad perfectamente medida— Por ahora estoy bien. Todavía estoy intentando entender los horarios sin perderme. Pero lo voy a tener en cuenta.
Ámber entrecerró los ojos apenas un poco. Mi respuesta no le daba motivos para pelear, pero tampoco le entregaba la reacción amistosa que claramente esperaba conseguir. Se quedó inmóvil un segundo más, como si estuviera intentando decidir si mi tono era sinceridad o simplemente una forma elegante de marcar distancia. Después sonrió apenas.
— Bueno. Nos vemos entonces. —Dijo Ámber, se dio media vuelta y desapareció por el pasillo junto a sus amigas, dejando atrás una mezcla demasiado dulce de perfume caro y laca para el pelo.
Esperé unos segundos antes de levantarme. Necesitaba salir del aula aunque fuera cinco minutos. Caminar un poco. Entender la forma del edificio antes de sentir que me estaba tragando.
El Sweet Amoris tenía algo de laberinto viejo; baldosas gastadas, techos demasiado altos y pasillos que parecían repetirse entre sí hasta volverse indistinguibles. Había generaciones enteras acumuladas entre esas paredes, y el olor permanente a encierro seguía pegado al ambiente incluso con las ventanas abiertas y el calor de agosto entrando desde afuera. Subí por una de las escaleras laterales sin pensar demasiado hacia dónde iba.
Y mientras más me alejaba del ruido del recreo, más volvía la sensación. Ese peso invisible instalado entre los omóplatos. Esa certeza incómoda de no estar sola. Me detuve en seco en medio de un corredor vacío del primer piso. El eco de mis botas murió enseguida contra las paredes y el silencio volvió a cerrarse alrededor mío con una lentitud sofocante. Giré sobre mis talones, recorriendo el pasillo con la vista. Esperaba encontrar una sombra doblando una esquina, una puerta cerrándose, cualquier cosa. Pero no había nada. Solo casilleros cerrados, polvo suspendido flotando dentro de los rayos de luz y el zumbido constante de los fluorescentes vibrando sobre mi cabeza. El aire estaba completamente quieto. Y aun así mi piel seguía erizada.
Me quedé inmóvil unos segundos más, sosteniendo la respiración casi sin darme cuenta, desafiando en silencio a quien fuera que estuviera observándome a mostrarse de una vez. Nada respondió. Solté el aire despacio y terminé desviándome hacia el baño de chicas en cuanto lo vi. El frescor de los azulejos me alivió apenas la presión en la cabeza apenas crucé la puerta. Me acerqué al espejo y abrí la canilla sin apuro, dejando correr agua fría sobre las muñecas antes de levantar la vista hacia mi reflejo.
Mis ojos amarillos se veían cansados, irritados, como si toda la mañana hubiera estado jugando a perseguir sombras que nunca terminaban de tomar forma. Me tomé unos segundos más antes de salir otra vez al pasillo, y apenas crucé la puerta casi choqué con alguien que venía caminando en dirección contraria.
Rosalya levantó la vista al mismo tiempo que yo. Se estaba pasando un bálsamo labial brillante con una concentración absoluta y guardó el tubo en el bolsillo apenas me reconoció.
— Te perdiste rápido —comentó con una sonrisa apenas marcada, sin rastro de burla, mientras guardaba el bálsamo en el bolsillo del saco— Te vi salir del aula después de lo de Ámber. No te culpo, suele ser medio… sofocante.
— Solo quería reconocer el terreno —respondí, acomodándome la cartera sobre el hombro. La presencia de Rosalya tenía un efecto raro en mí; no exactamente tranquilizador, pero sí lo bastante liviano como para que la sensación constante en la nuca aflojara un poco— Este lugar es más grande de lo que parece.
— Y más aburrido también, creeme. Vení, vamos al patio antes de que esto se llene.
Me hizo una seña con la cabeza y empecé a seguirla por el pasillo. Bajamos la escalera lateral mientras el murmullo del recreo iba creciendo otra vez alrededor nuestro. Afuera, el calor seguía pegándose a la piel con esa pesadez húmeda que París tenía en agosto. El patio estaba lleno de grupos dispersos bajo los pocos árboles que daban sombra; conversaciones superpuestas, risas demasiado fuertes, el sonido seco de una pelota rebotando contra una pared. Caminamos hasta el fondo, donde el ruido llegaba un poco más apagado.
— ¿Qué onda con la rubia de antes? —pregunté, observando de reojo a Ámber, que ya estaba instalada en el centro de un grupito como si el patio entero orbitara alrededor suyo—. Parece que salió de High School Musical.
Rosalya soltó una risita nasal y apoyó la espalda contra el tronco de un pino.
— Es que Ámber vive en su propia película —dijo, cruzándose de brazos— Necesita saber exactamente dónde encaja cada persona porque sino se pone nerviosa. Si le parecés interesante, intenta absorberte. Si no, te ignora. Igual tampoco es tan terrible como parece. Es más ruido que otra cosa.
Ruido.
La palabra me quedó dando vueltas mientras bajaba la mirada hacia la punta de mis botas. Porque sí, Ámber era ruido. El colorado del pasillo también lo era. Sus miradas tenían volumen, intención, una especie de descaro frontal. Pero lo otro no. Lo que me venía siguiendo desde la mañana era distinto. Silencioso. Quieto. Como si alguien me observara sin necesidad de acercarse siquiera.
— Es hermana de el delegado, Nathaniel, eso entendí. —fue mas una afirmación que pregunta, aunque Rosa igualmente asintió— ¿Y los demás? —pregunté después de unos segundos, levantando otra vez la vista hacia el patio— Parece que todos ya tienen un lugar armado acá.
— Básicamente porque es así —respondió Rosa—. Los de allá son los del club de jardinería. Los que están cerca de la reja viven en dirección. Ay lo que daría porque Alex estuviera acá... Te juro que es un cago de risa. Llegó hace poco pero te das cuenta que es buen pibe.
La escuchaba mientras ella iba señalando grupos con una naturalidad casi divertida, pero mi atención seguía dispersándose cada tanto hacia los bordes del patio, hacia las ventanas del primer piso, hacia cualquier rincón donde pudiera haber una sombra quieta devolviéndome la mirada. No vi nada. Igual la sensación seguía ahí, pegada entre los omóplatos como humedad. El timbre terminó cortando el recreo con esa estridencia metálica que tienen todos los colegios del planeta. Los grupos empezaron a desarmarse entre quejas y conversaciones a medio terminar. Me puse de pie despacio, sacudiendo una pelusa invisible de mi jean, y Rosalya soltó un suspiro dramático antes de empezar a caminar otra vez hacia el edificio.
— Ahora viene el verdadero castigo —anunció— Matemáticas. Todavía no entiendo qué son los dominios y los reales. Cada vez que veo un logarítmo siento que mi cerebro se apaga solo.
No pude evitar una sonrisa mínima.
— A mí me parece de las materias más útiles —respondí mientras subíamos la escalera. El sonido de mis botas resonaba constante contra los escalones— Mi tía me tiene todo el día haciéndole cuentas, así que ya me acostumbré.
Rosalya giró apenas la cabeza para mirarme de reojo.
— Claro, vos tenés cara de inteligente. Vas a estar re adelantada seguro.
Le sonreí apenas, entendía la frustración. Al fin y al cabo matemáticas la crearon cómplicada.
El aula estaba incluso más silenciosa que la de Historia. Nos sentamos otra vez en el fondo mientras el profesor empezaba a llenar el pizarrón de funciones y logaritmos con una velocidad absurda. De a poco el murmullo de la clase se apagó, reemplazado por el rasguido constante de las lapiceras sobre las hojas y el zumbido cansino de los ventiladores girando sobre nuestras cabezas.
Pasaron unos veinte minutos antes de que notara que Rosalya había dejado de escribir. Tenía el ceño apenas fruncido y la punta de la lengua asomando un poco entre los labios mientras miraba el ejercicio como si quisiera resolverlo por pura insistencia. Bajé la vista hacia su hoja. Se había trabado en un despeje simple, uno de esos errores mínimos que aparecen cuando ya llevás demasiado tiempo mirando números y letras mezclados en la misma página.
Sin decir nada, corrí mi cuaderno hacia el centro del banco. No se lo empujé directamente ni hice algún gesto exagerado; simplemente lo dejé abierto al lado suyo, mostrando el procedimiento resuelto paso a paso con mi letra prolija. Rosa bajó la mirada, leyó apenas unos segundos y vi cómo la tensión le abandonaba los hombros de golpe. Cuando levantó los ojos hacia mí, le sostuve la mirada con una sonrisa pequeña. No era una de esas sonrisas amplias que uso para quedar bien (porque directamente no las uso), sino algo mucho más discreto. Familiar. La clase de gesto que compartís con alguien cuando encontraste una forma menos miserable de sobrevivir a algo.
— Gracias, de verdad —susurró, y volvió enseguida al ejercicio con energías renovadas.
Después de eso, el resto de la jornada pasó envuelto en ese cansancio espeso que tienen las tardes de colegio. Las horas empezaron a mezclarse entre sí hasta volverse casi indistinguibles: geografía, literatura, más números escritos sobre pizarrones llenos de polvo. Para cuando sonó el último timbre, el sol ya estaba bajando detrás de los edificios y los pasillos del Sweet Amoris se habían llenado de sombras largas teñidas de naranja.
Salimos juntas entre el ruido de mochilas, conversaciones cruzadas y sillas arrastrándose contra el piso. Apenas cruzamos el umbral principal, el calor de afuera volvió a pegarnos de frente, aunque ya no tenía el mismo peso sofocante de la mañana.
— Sobrevivimos —declaró Rosalya mientras se estiraba sobre la escalinata con dramatismo— Escuchame, Ama, mañana va a ser exactamente igual, así que andá preparándote psicológicamente porque es una paja. Pero si algún día te cansás de este galpón deprimente, búscame pasando el parque. Hay un shopping y justo enfrente está el local de mi novio, Rue des Roses. Vivo ahí adentro.
— Me vendría bien ver algo que no sea un pizarrón por unas horas —admití mientras acomodaba la correa de la cartera sobre mi hombro.
— Entonces ya está. Nos vemos mañana, linda.
Se alejó saludando a alguien a lo lejos con esa energía ligera que parecía seguirla a todos lados. Yo me quedé unos segundos quieta, viendo cómo el pelo blanco desaparecía entre la gente que salía del instituto. Por primera vez desde que había llegado, el Sweet Amoris dejó de sentirse completamente hostil. No agradable, tampoco. Pero sí soportable. Crucé la calle hacia La Terrasse. El café ocupaba la esquina frente a la plaza, escondido bajo toldos verdes que daban sombra a unas mesas de mimbre gastadas por el sol. Elegí una afuera, pedí un café y saqué otro Victoria Slim del paquete. Necesitaba fumar. Necesitaba ese rato de silencio antes de volver al departamento de mi tía y enfrentar todas las preguntas que seguramente iban a venir con la cena.
El humo dulce me llenó los pulmones mientras apoyaba la espalda contra la silla y observaba el movimiento de la avenida. Autos pasando, conversaciones mezcladas, el ruido constante de una ciudad que nunca parecía bajar el volumen. El café llegó caliente, amargo, perfecto. Me quedé ahí bastante tiempo, viendo cómo la luz de agosto empezaba a volverse más dorada sobre las ventanas de los edificios. Era el primer momento del día en el que no sentía que tenía que mantener ninguna postura ni medir cada palabra que decía. Cuando terminé el cigarro, me colgué la cartera y emprendí el camino de vuelta. La plaza que separaba el centro del barrio residencial estaba bañada por esa luz anaranjada del atardecer que hacía que todo pareciera un poco más lento. La gravilla crujía bajo mis botas con un sonido seco y constante. Y entonces volvió.
El picor en la nuca.
Esa sensación precisa de estar siendo observada. Mis hombros se tensaron casi automáticamente, pero esta vez había una diferencia. Ya no era el silencio helado de la mañana. Esto tenía peso. Intención.
Al cruzar uno de los senderos laterales vi una figura conocida avanzando en dirección opuesta. El chico del pasillo. Tenía las manos hundidas en los bolsillos de la campera de cuero y caminaba con esa desidia irritante que parecía natural en él. El pelo rojo le ardía bajo la luz del atardecer. No dijo nada cuando pasamos cerca. Ni siquiera frenó el paso. Pero sus ojos grises se clavaron en los míos apenas un segundo, uno lo bastante largo como para sentirse físico.
Fue un reconocimiento. Mudo. Directo.
El olor a menta volvió a mezclarse con el tabaco justo antes de que siguiéramos caminando en sentidos opuestos. No hubo sonrisas ni saludos, solo esa mirada pesada, arrogante, completamente distinta de la presencia silenciosa que me había perseguido desde temprano. Me puse los auriculares otra vez y dejé que Radiohead me llenara la cabeza mientras seguía caminando.
Llegué al departamento de mi tía cuando el sol ya había desaparecido del todo. Apenas abrí la puerta, Bowie apareció desde el living y empezó a frotar su cuerpo enorme contra mis piernas con un maullido grave y exigente. Dejé la cartera sobre el sillón y acaricié distraídamente el lomo espeso del Maine Coon mientras el silencio del lugar empezaba a acomodarse otra vez alrededor mío.
Subí hacia mi habitación más tranquila de lo que había estado en todo el día. Pero la duda seguía ahí. Porque si el pelirrojo era el de la mirada ruidosa… entonces, ¿quién mierda había sido el que me siguió desde la plaza hasta la puerta del instituto en un silencio tan absoluto esa mañana?
