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Nakamura Okuto había descubierto, en las últimas semanas, que su amado tenía una habilidad.
No era nada que pudiera poner en un currículum ni mencionar en clase. No lo hacía mejor en los exámenes ni le mejoraba el promedio. Pero era una habilidad real, desarrollada con práctica silenciosa, aprendiendo con solo observar: Hirose Aiki sabía encontrar escondites.
Era algo particular en cómo el castaño miraba el espacio a su alrededor cuando caminaban juntos. Una evaluación rápida, casi imperceptible, que a cualquier otra persona le habría parecido distracción pero que Nakamura ya reconocía. Hirose miraba, calculaba. Y entonces le decía "espera" o "por aquí" o simplemente giraba y esperaba que Nakamura lo siguiera, lo cual Nakamura hacía invariablemente porque llevaba demasiado tiempo enamorado con su corazón hablando más rápido que su mente.
Había comenzado tres semanas atrás, un martes, detrás del gimnasio.
Habían estado esperando que terminara una reunión de profesores para recoger unos materiales, solos en el pasillo trasero con el sol de la tarde pegando en diagonal sin nadie a la vista, Hirose había mirado el espacio entre la pared del gimnasio y los contenedores de reciclaje con una expresión evaluativa, hablándole con tono casual de cosas sin importancia, diciéndole que a esa hora en ese sitio siempre estaba solo.
Nakamura había recordado las historias sobre fantasmas, pero concretamente no sabía a qué dónde llegar quería el castaño, hasta que sintio que Hirose tomo su mano y dirigió su mirada a sus labios.
Ahora realmente había llegado a al conclusión de que sí, en efecto, nadie pasaba por ahí a esa hora.
Y el resto lo había decidido Hirose, que para entonces ya había cerrado la mitad de la distancia entre ellos y lo miraba hacia arriba con una mirada brillante que hacía que el cerebro de Nakamura reorganizara sus prioridades de forma inmediata.
El beso había sido breve, torpe por parte de Nakamura y completamente deliberado por parte de Hirose, y cuando se separaron ambos habían redirigido sus ojos al frente durante unos segundos sin decir nada, con el lejano ruido de la reunión de profesores filtrándose por las ventanas.
—Bien —había dicho Hirose, calmado como si no hubiera sacudido el alma de Okuto.
Nakamura no había respondido porque su vocabulario había decidido tomarse un descanso. Pero cuando Hirose había recogido su mochila, comenzó a caminar, inevitablemente lo había seguido con la cara completamente roja y su pecho palpitando por las emociones.
El jueves había sido el hueco entre las máquinas expendedoras.
Hirose lo había encontrado yendo a la cafetería excusándose con Oomori pidiéndole que se adelantara y señalo con la mirada el espacio entre las maquinas halándolo hacia allá. El espacio era justo lo suficientemente ancho para dos personas si una de ellas no tenía problema con estar muy cerca de la otra, lo cual resultó no ser un problema para ninguno de los dos.
Ese beso había durado más. El mas bajo había puesto las manos en su cuello desde el principio e hizo que Nakamura olvidara momentáneamente que estaban a veinte metros de la cafetería que estaba llena de gente, y el respondió rodeando su cintura con cuidado extremo, lo cual había producido en el otro chico un suspiro pequeño y paciente.
Esta vez había sido profundo Hirose lamio los labios de Okuto para que lo dejara entrar, ambas lenguas chocaban y recorrían la boca del otro a un ritmo lento y calmado, separándose pequeñas distancias para respirar.
No fue hasta escuchar las voces de unas chicas de otra clase, que se separaron todavía con un hilo de saliva que colgaba de los labios de ambos. Hirose había soltado algo entre suspiro y risa, y Nakamura había decidido que ese sonido específico era ahora su favorito en el mundo, aunque no lo dijo en voz alta porque era el tipo de cosas que hacía que sus propias orejas se pusieran rojas sin que nadie las tocara.
Las escaleras del edificio B eran el siguiente lugar. Mientras todo el mundo estaba en educación física, el menor lo aparto del grupo y le dijo que lo siguiera; Ambos estaban sentados en un escalón, el mismo Nakamura con su espalda apretada contra la pared con uno de los brazos de su crush haciendo su soñado Kabedon mientras la otra lo sostenía por la mandíbula y esta vez eran pequeños besos mariposa, fugaces, de esos que hacen cosquillas, pero dejaban los corazones extasiados.
Y así se había construido el sistema.
El viernes llegó con el sol cayendo en diagonal y las calles vaciándose despacio.
Caminaban desde la escuela con las mochilas al hombro y la distancia razonable de siempre entre ellos, esa que cualquier observador casual consideraría normal y que Nakamura sabía que iba a reducirse en algún punto del trayecto porque Hirose ya llevaba rato mirando el espacio a su alrededor con esa expresión que él ya reconocía perfectamente.
Y lo dejo hacer sus cálculos.
Nakamura caminaba mirando al frente con su expresión habitual, la seria, la cerrada, la misma que usaba con todo el mundo y que producía esa aura de chico sombrío. Nadie que lo viera en ese momento habría adivinado que por dentro llevaba esperando minutos con ansias a que el chico encontrara lo que estaba buscando.
Hirose miró su teléfono con una concentración que era completamente finge, llevaba el mismo chat abierto desde hacía nueve minutos.
Fue él quien frenó primero. Siempre era él.
—Espera —dijo.
Nakamura frenó, con el pie izquierdo ya en el aire, y tardó un momento en recuperar el equilibrio.
—¿Qué pasa?— Pregunto Nakamura aun sabiendo que quería decir.
—Por aquí.— Dijo Hirose, casi susurrándolo.
Nakamura fue guiado a un callejón angosto entre dos edificios viejos con ladrillo en las paredes, el suelo húmedo a pesar del sol y una luz parpadeante al fondo. No era el lugar más conveniente del barrio para ningún propósito razonable, pero Hirose ya estaba entrando y Nakamura no se resistía.
—Se ve un poco… —Nakamura buscó el adjetivo correcto— ¿tétrico?.
—Nadie pasa por aquí —dijo Hirose, que claramente ya había hecho los cálculos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tiene ese aspecto.— comento el más bajo deteniéndose.
Todo en ese lugar gritaba que algo andaba mal, solitario, con poca luz y olía raro. Eso era, objetivamente, una lógica circular. Nakamura abrió la boca para señalarlo, entonces Hirose lo miró con el ceño levemente fruncido y las mejillas con ese color que aparecía a veces en el; el mas alto había aprendido a reconocerlo como la señal de que el castaño estaba sintiendo algo con cierta intensidad.
— Si no quieres, entiendo — dijo Hirose — pero llevo desde la tercera clase esperando.
Nakamura miró el callejón. Miró y Hirose. Decidió que el callejón era un problema secundario.
Hirose lo esperaba apoyado en la pared, y tomó la solapa de su saco con dos dedos, empujándolo hacia abajo inclinándolo despacio, Nakamura se dejó porque se habría dejado llevar al fondo del mar con esa misma lógica y los dos lo sabían.
El primer contacto fue suave. Hirose no se separó, se quedó cerca con el aliento rozando sus labios, sin apurarlo, el mayor entendió que el castaño no tenía prisa, que quería simplemente quedarse así un momento, y algo en esa cercanía específica le generó un problema serio en la región del pecho.
Volvieron a encontrarse con calma. Las manos de Hirose subieron hasta su cuello, sus dedos presionando levemente en la nuca de Nakamura quien cerró los ojos y lo abrazo.
El beso era lento y constante, sin urgencia pero con peso, de los que no piden permiso para instalarse sino que simplemente lo hacen. Hirose acariciaba su cabello de vez en cuando, un movimiento pequeño y sin prisa, Okuto pensó vagamente que si alguien le hubiera descrito esta situación hace un mes no lo habría creído y ahora no sabía cómo había existido sin esa calidez.
Había algo en la forma en que su amado besaba que hacia que simplemente fuera él. Amable y presente. Sus manos abrazando el cuello de Nakamura acariciando su cabello ocasionalmente para generarle una sensación de calma y tranquilidad.
Se separaron apenas para respirar y se encontraron, esta vez Nakamura tomando la iniciativa, inclinándose un poco más, y Hirose produjo un sonido pequeño de aprobación que Nakamura archivó inmediatamente en la misma carpeta que el suspiro-risa de las máquinas expendedoras.
Fue en ese momento cuando escucharon pasos.
Nakamura los oyó primero. Hirose los oyó medio segundo después y ambos miraron hacia la entrada del callejón con la expresión de personas que acaban de recordar que el mundo existe.
La luz linterna llegó antes que la persona, que resultó ser un policía de tez cuadrada, bigote horizontal y la energía específica de alguien que llevaba dos horas sin que le pasara nada interesante.
Hasta ahora.
El problema, como lo explicó el oficial de forma progresivamente menos convincente, era que ese callejón tenía antecedentes. No de escondites románticos de estudiantes de secundaria, sino de adolescentes con cigarrillos y sustancias varias, lo cual el policía había decidido que explicaba perfectamente la presencia de dos chicos con las mejillas coloradas, el aliento agitado y la postura de personas que acaban de soltar algo que no quieren que se vea.
— Documentos — dijo el policía.
—No fumamos—dijo Hirose.
— Documentos — repitió el policía, con el tono mas servero.
El argumento de Hirose de que no olían a humo fue registrado y descartado, porque al parecer los estudiantes eran el grupo demográfico principal de los incidentes previos y el argumento de que era evidente lo que estaban haciendo ahí; Nakamura lo intentó en un momento de desesperación pero lo abandonó a mitad de frase porque completarla requería describir lo que estaban haciendo ahí.
Los llevaron a la comisaría del barrio.
Nakamura pasó el trayecto mirando por la ventanilla del coche patrulla con la expresión de alguien que está catalogando mentalmente todas las decisiones de su vida que lo habían tomado a este punto. Hirose pasó el trayecto con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mirando al frente con esa expresión suya que no era rabia sino esa molestia que siempre lo llevaba a pelear cada vez que sentía que algo era muy injusto.
El policía pasó el trayecto en silencio, que era lo más sensato que había hecho desde que apareció en el callejón.
La sala de espera de la comisaría tenía sillas de plástico naranja, un cartel de la policía que nadie había actualizado desde hacía varios años a juzgar por los uniformes ilustrados, y un olor institucional que Nakamura esperaba no volver a reconocer nunca en su vida.
Los habían puesto en cuartos separados para el interrogatorio, que resultó ser básicamente un agente joven con una libreta preguntando qué hacían en el callejón con distintas formulaciones de la misma pregunta durante doce minutos.
El problema era que la respuesta verdadera requería un nivel de información personal que Nakamura no estaba equipado para proporcionar en ese contexto. Así que dijo variantes de nada, estábamos pasando, llegamos por equivocación, con la coherencia de alguien construyendo una historia sin haber acordado los detalles con la otra parte, lo cual era exactamente lo que estaba haciendo.
Cuando lo regresaron a la sala de espera, Hirose ya estaba ahí.
— ¿Qué dijiste? — preguntó Hirose, en voz baja.
—Que no fumamos. Que pasábamos por ahí. — Nakamura hizo una pausa. — No fue muy convincente.
— Yo tampoco convencí a nadie — dijo Hirose. — Igual les dije que el callejón era paso público y que no había justificación legal para la retención.
Nakamura lo miró.
— ¿Eso dijiste?
— Con esas palabras exactas.
Nakamura imaginó al agente joven intentando procesar eso y miró al frente otra vez. Tenía las orejas rojas desde el coche patrulla y eso no había cambiado. El ardor detrás de los ojos seguía ahí también, constante, del tipo que aparece cuando el cuerpo tiene una opinión sobre la situación y no planea guardársela indefinidamente.
Hirose lo estaba mirando. Nakamura lo supo sin verificarlo.
— No hiciste nada malo — dijo Hirose.
— Estamos en una comisaría, Hi-Hirose.
— Por un malentendido.
— P-por B-besarnos en un callejón.
— Que yo elegí — dijo Hirose, con un tono que no admitía discusión sobre ese punto específico. — El error fue mío. Tú no tienes nada de qué avergonzarte.
Nakamura no respondió. No porque estuviera en desacuerdo sino porque su garganta había decidido hacer algo inconveniente y hablar en ese estado producía resultados que prefería evitar y miró el cartel desactualizado de la pared.
Hirose observó eso en silencio. No hizo preguntas. Se recorrió un poco en la silla hasta quedar más cerca y se quedó ahí, con el hombro rozando el de Nakamura, sin convertirlo en nada más que lo que era.
Pasaron así un momento.
— Llamaron a nuestros padres — dijo Hirose.
— Lo sé— respondió Nakamura en un hilo de voz suave.
— Llegarán en veinte minutos.
— Mmh.
— Nakamura.
Nakamura giró la cabeza. Hirose lo miraba con esa expresión suya, la que no preguntaba pero que lo leía todo de todas formas, y el ardor detrás de los ojos de Nakamura subió un grado sin pedir permiso.
— Estoy b-bien — dijo.
Hirose no dijo que no lo parecía. No repitió la pregunta, ni señaló el nerviosismo, ni hizo ninguna de las cosas que la gente normalmente hace cuando no le creen a uno. Solo mantuvo la mirada un momento más y luego la dirigió al frente también, con el hombro todavía contra el de Nakamura.
— La próxima vez busco un sitio con mejor historial — dijo Hirose, en un tono completamente neutro.
Nakamura parpadeó.
— ¿L-la próxima vez?
— Con ventanas visibles desde la calle para verificar cámaras. Mejor iluminación. — Hirose hizo una pausa. — Menos olor.
Algo en el pecho de Nakamura se movió en una dirección que no era exactamente la vergüenza.
— Eres — empezó.
— Ya sé — dijo Hirose.
— No iba a decir nada malo.
— Ya sé eso también.
Nakamura miró al frente. Sus orejas seguían rojas. El ardor detrás de los ojos había bajado un poco, no del todo, pero lo suficiente como para que respirar fuera un proceso menos complicado que hacía cinco minutos.
Desde el pasillo llegaba el sonido de pasos y voces apagadas. La maquinaria institucional de la comisaría continuaba sin particular interés en ellos, lo cual era lo más reconfortante del lugar.
Los padres de Nakamura entraron primero. Su madre con la expresión de alguien que lleva veinte minutos construyendo preguntas y necesita respuestas antes de que se le agote la paciencia, su padre un paso detrás con la misma cara cerrada de siempre, la que Nakamura había heredado y que en él significaba que estaba procesando y todavía no había terminado.
Los padres de Hirose llegaron después. Su madre entró con la energía de alguien que ha hecho el trayecto en tiempo récord y desde la puerta ya buscaba a su hijo con los ojos. Su padre entró detrás de ella con una expresión más contenida, pero del tipo que se contiene activamente.
— Aiki — repitió, y lo abrazó de todas formas.
Hirose lo recibió con la paciencia de quien sabe que protestar es inútil y ha hecho las paces con eso.
El padre de Hirose entró detrás con una expresión más contenida, pero del tipo que se contiene a propósito.
La madre de Nakamura miraba a su hijo. Su padre también lo miraba, más quieto, sin hablar todavía.
— ¿Estás bien? — preguntó su madre.
— Sí.
— ¿Te hicieron algo?
— No. Fue un malentendido.
Su padre miró al agente con la libreta, luego volvió a mirarlo a él, y en ese orden había una pregunta que no formuló en voz alta pero que Nakamura recibió igual.
El agente explicó. Zona de incidentes previos, conducta sospechosa, retención preventiva, sin cargos formales, dos menores sin explicación coherente. Lo dijo con el tono de quien recita procedimiento y preferiría estar en otro lugar.
— ¿Qué conducta — dijo el padre de Hirose, sin alzar la voz.
— Estaban en el callejón y al ser interrogados no proporcionaron una explicación de su presencia.
Cuatro pares de ojos miraron a los dos chicos.
Nakamura miró el suelo.
Hirose miró al agente.
— ¿Qué explicación habrían considerado coherente para retener a dos menores sin ningún cargo?
— Aiki — dijo su padre.
— Es una pregunta legítima.
— Ya lo sé. Cierra la boca igual.
Hirose la cerró. Por estrategia, evidentemente.
— ¿Qué estaban haciendo ahí? — preguntó la madre de Nakamura.
Nakamura siguió mirando el suelo.
— Okuto.
— P-pasábamos por ahí.
— El callejón no conduce a ningún lugar — dijo el agente.
— Okuto — repitió su madre.
El padre de Nakamura seguía sin decir nada. Eso, en la escala familiar, era más significativo que cualquier cosa que hubiera podido decir.
La presión fue aumentando con la lógica inevitable de estas cosas. La madre de Hirose miraba a su hijo con preocupación genuina. El padre de Nakamura seguía callado. Su madre tenía la postura de alguien que esta noche no se va a dormir sin una respuesta.
Hirose miró a Nakamura.
Nakamura seguía con los ojos en el suelo, las mejillas encendidas, los hombros levemente contraídos, y desde ese ángulo Hirose podía ver el brillo que había estado ahí desde la sala de espera, el que aparecía en los bordes cuando Nakamura llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo que pesaba.
— Estábamos besándonos — dijo Hirose.
El silencio duró tres segundos completos.
— ¿Cómo? — dijo el agente.
— En el callejón nos estábamos besando. Buscamos un lugar sin gente. No había ninguna sustancia involucrada en ningún momento. Si la primera pregunta del interrogatorio hubiera sido esa en lugar de asumir lo que asumieron, esto se habría resuelto hace cuarenta minutos.
Nakamura quería ser otra persona. Físicamente. Otra persona en otro lugar.
— ¿Son novios? — dijo el agente, recalibrando toda la situación.
— Sí — dijo Hirose.
— N-no somos — empezó Nakamura.
— Somos — dijo Hirose, sin girarse.
Nakamura cerró la boca.
La madre de Hirose había hecho el trayecto completo desde la preocupación hasta algo completamente distinto en aproximadamente dos segundos. Su padre miraba a Nakamura, luego a su hijo, luego otra vez a Nakamura.
El padre de Nakamura miró a su hijo.
Nakamura tenía la cara de un color sin nombre en el espectro visible normal y miraba el suelo con una dedicación que en otro contexto habría resultado admirable.
Su padre no habló durante un momento.
Luego miró al agente.
— Entonces no hay cargos.
— No.
— Bien.
Salieron a la acera los seis. La tarde seguía ahí, el sol ya casi horizontal, y hubo un momento en que nadie habló porque había demasiadas cosas y ninguna urgencia de empezar.
La madre de Hirose fue la primera en moverse. Se giró hacia Nakamura con una expresión que él no supo clasificar inmediatamente, algo entre el alivio y el calor genuino, y le puso ambas manos en los hombros un segundo como hacen las personas que necesitan verificar que algo está bien antes de soltarlo.
— Qué susto, Okuto-kun. Me alegra mucho que estén bien.
Nakamura parpadeó. No estaba preparado para eso.
— G-gracias, señora.
— Ay, no me digas señora — dijo ella, y lo soltó, pero siguió mirándolo con esa expresión cálida que a Nakamura le resultó completamente desarmante porque no sabía dónde ponerla.
El padre de Hirose miraba a su hijo con los brazos cruzados. No había enojo en esa postura, pero sí una pregunta que todavía no había formulado y que ya sabía que iba a llegar.
— Iba a decirlo — dijo Hirose, antes de que su padre abriera la boca.
— No te pregunté nada.
— Ibas a hacerlo.
Su padre lo miró un momento.
— Sí — admitió — iba a hacerlo.
Los padres de Nakamura estaban a un paso. Su madre lo miraba con la evaluación completa todavía en curso, esa expresión suya que no soltaba hasta tener todo el cuadro. Su padre tenía las manos en los bolsillos y la cara cerrada, la misma de siempre, pero sus ojos se movían entre Nakamura y los padres de Hirose con la atención de alguien que está leyendo el lugar antes de hablar.
— Gracias por venir — dijo el padre de Nakamura, dirigiéndolo a los padres de Hirose. Seco, directo, sin adorno. Era su forma.
— Por supuesto — dijo la madre de Hirose, y había suficiente calidez en esas dos palabras para compensar la austeridad de las otras dos.
El padre de Hirose asintió hacia el padre de Nakamura con el gesto específico de dos personas que acaban de catalogarse mutuamente y han llegado a conclusiones provisionales.
Luego todos miraron a los dos chicos, porque eso era lo que quedaba.
Nakamura tenía las manos metidas en los bolsillos del saco y miraba un punto entre el suelo y el horizonte, un punto que no era nada en particular pero que requería aparentemente toda su atención. Las mejillas todavía con color. Los hombros con esa tensión que llevaba ahí desde el coche patrulla y que no había soltado del todo.
La madre de Hirose los miraba a los dos con esa expresión suya que ya había procesado todo y ahora simplemente observaba. Su padre miraba a Hirose con algo que no era exactamente una reprimenda pero que tampoco era neutralidad.
— Hubiera sido más fácil decírnoslo — dijo el padre de Hirose, sin alzar la voz.
— Lo sé — dijo Hirose.
— ¿Y?
— Y lo estoy diciendo ahora.
Su padre lo miró un momento más. Luego miró a Nakamura, que seguía con los ojos en ese punto indefinido del suelo, y algo en su expresión cambió levemente.
En ese momento, con todos mirando a Hirose y el peso acumulado de la tarde todavía en el aire, que Nakamura hizo algo que su cerebro no había autorizado del todo pero que salió igual.
— Fue mi culpa — dijo.
Todos lo miraron.
— El callejón lo eligió él, pero yo entré. Pude haber dicho que no. — Nakamura mantuvo la voz plana, la misma de siempre, aunque le costó. — No fue solo Hirose.
Hirose lo miró. Era la primera vez que lo miraba directamente desde que habían salido de la comisaría, y su expresión hizo algo que Nakamura no pudo clasificar completamente porque duró menos de un segundo antes de volver a ser la de siempre.
— Los dos tomamos la decisión — dijo Hirose, en voz baja, y había algo en ese tono específico, tranquilo, que era solo para Nakamura aunque todos lo escucharan.
El padre de Nakamura los miraba a los dos. Procesando. No dijo nada todavía.
Su madre sí.
— En casa hablamos — dijo, con el tono de quien cierra un paréntesis para abrirlo en mejor condiciones.
— Sí.
— Los dos. Con calma.
— Sí.
Su padre le puso una mano en el hombro un momento y la retiró. En su idioma eso era una frase entera, del tipo que no necesita traducción si uno lo conoce lo suficiente, y Nakamura lo conocía.
Exhaló despacio.
En la esquina donde los caminos se dividían, Hirose se detuvo.
Nakamura se detuvo también, medio paso detrás, que era donde siempre terminaba cuando Hirose paraba porque su cuerpo había desarrollado ese reflejo antes de que su cabeza lo aprobara. Los padres avanzaron unos metros con la discreción de personas que entienden cuándo retroceder, aunque la madre de Hirose lo hizo mirando hacia atrás una vez, con una sonrisa pequeña que Nakamura captó por el rabillo del ojo y no supo qué hacer con ella.
Hirose lo miró.
Nakamura tenía todavía las mejillas con color y los ojos con ese brillo que había bajado durante la conversación pero no había desaparecido, y lo miraba con su expresión habitual, la cerrada, la seria, la misma que usaba con todo el mundo. Excepto que Hirose llevaba tres semanas aprendiendo a leer debajo de esa expresión, y lo que había debajo en este momento era algo que hizo que el castaño no dijera nada durante unos segundos.
Solo lo miré.
Nakamura aguantó esa mirada durante aproximadamente tres segundos antes de que sus orejas decidieran ponerse más rojas de lo que ya estaban, lo cual no había creído posible.
— Oye — dijo Hirose, en voz baja.
— Oye — repitió Nakamura, porque no tenía nada más útil disponible.
— Lo que dijiste antes.
Nakamura no respondió. Sabía a qué se refería.
— No tenías que hacerlo — dijo Hirose.
— L-lo sé.
— Pero lo hiciste igual.
No era una pregunta. Era la forma en que Hirose registraba las cosas, en voz alta, sin adorno, con esa precisión suya que a veces resultaba más difícil de recibir que cualquier otra cosa.
Nakamura miró un punto sobre el hombro de Hirose.
— N-nunca te dejaría cargar solo — dijo, muy quieto — con algo que fue de los dos.
Hirose no respondió de inmediato. Hubo un silencio breve, del tipo que no pesa sino que simplemente ocupa el espacio que le corresponde.
— Bien — dijo Hirose.
Era la misma palabra. El mismo tono del primer martes detrás del gimnasio, de cada lugar después de ese, de todos los momentos que habían construido esto sin ponerle nombre todavía. Nakamura lo supo y Hirose supo que lo sabía.
Entonces Hirose extendió la mano, brevísimo, y rozó con los nudillos el dorso de la mano de Nakamura. No fue más que eso. Un segundo, menos. Pero Nakamura lo sintió subir directamente desde los nudillos hasta el pecho con una eficiencia que encontró completamente injusta dado el entorno.
— Mañana — dijo Hirose.
Nakamura tardó un momento en encontrar la voz.
— M-mañana — dijo.
Hirose reconoció la mochila y se fue por su calle. Su madre lo alcanzó enseguida y lo tomó del brazo con energía, inclinándose para hablarle al oído con lo que claramente eran varias cosas acumuladas. Su padre caminó al otro lado.
Nakamura los vio doblando la esquina.
Siguió mirando la esquina vacía durante un segundo después de que desaparecieran. No había nada que ver. Lo miraba igual.
— ¿Okuto? — dijo su madre, a su lado.
— Vamos — dijo Nakamura.
Caminaron media cuadra en silencio y Nakamura miró al frente con las orejas completamente rojas.
Su madre se rio, breve, la risa de alguien que ya tomó su decisión sobre si la situación era graciosa.
— Es bajito — dijo su madre, en tono completamente neutro.
— Mamá.
— Solo lo menciono.
— Tiene buena presencia — dijo su padre, como si estuvieran haciendo una evaluación objetiva y razonable entre los dos.
Nakamura decidió que el resto del camino lo haría en silencio absoluto, lo cual no iba a funcionar, pero era lo que tenía por ahora.
