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El imponente castillo se alzaba sobre la periferia, en las faldas de un lago al este y un inmenso bosque al oeste. Miles de criaturas se habían aglomerado en sus orillas, puertas y límites colindantes. Los nobles, líderes y guerreros de la luz se hallaban nerviosos, mirándose unos a otros, la mayoría revestidos con sus trajes de batalla; unos pocos, con manchas de sangre sobre ellos.
La tarde caía mientras los alaridos de la señora del reino —su reina— se elevaban por los dolores de parto. Algunas damas de la corte se encontraban arrodilladas en los peldaños del gran salón que daban hacia el segundo piso del castillo, rezando a Merlín y a cuanta deidad existiera para que la criatura naciera sana y del sexo correcto. Al reino le urgía un varón. Un niño para el trono Chevalier.
Hacía un par de años, el reino enemigo había concebido un heredero varón: Draconius Brian Leclerc. Su reino no podía quedarse atrás. La concepción de una niña era aterradora y desalentadora para el reino Chevalier. Por mucho que adorasen a sus reyes, una niña solo traería incertidumbre. ¿La amarían? Sin duda alguna. Pero el reino entero esperaba un varón: un guerrero, un luchador, un rey.
La concepción del bebé de sus reyes debía ser un varón, costase lo que costase, o el reino se vería en dificultades, pues sus monarcas eran ya muy mayores y el rey se rehusaba fervientemente a buscar una madre concubina si su amada reina concebía una niña. Si el bebé llegase a ser una mujercita, el reino pasaría a manos de unos primos lejanos del rey.
Nadie deseaba al déspota, arrogante y sádico Arthur McDerly, ni a su despreciable hijo, Ronald, en el trono.
El aire se estancó, colectivo, en los pulmones de la población cuando dejaron de escucharse los gritos de la reina. El bebé había nacido. Los minutos siguientes estuvieron cargados de un nerviosismo denso. La impaciencia se hizo presente en algunos, quienes, inquietos como nunca, optaron por abrir las botellas de whisky de fuego y vaciarlas en medio de la desesperante espera.
Minutos después, la hermana menor del rey, Molly, emergió por la abertura al final de la escalera, con semblante resignado.
- Mellizos: una niña hermosa —la reina la ha llamado Hermione Jean Chevalier— y un varón vigoroso, cuyo padre le ha otorgado el nombre de su propio padre: Harrison James Chevalier —anunció la mujer, con el gesto aún contrariado, antes de desaparecer por donde había venido.
El reino entero estalló en alegría. Un varón. Su amada reina les había dado un heredero. La fiesta inició sin importarles siquiera el nacimiento de la niña, quien, curiosamente, era la legítima heredera al trono por ser la primogénita.
