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Fell miró el reloj por cuarta vez en los últimos cinco minutos. Las manecillas apenas se habían movido unas pocas posiciones, lo cual era de esperar dada la insistencia con la que el trabajador intentaba controlar que el tiempo avanzase. Algo que, sin duda, no era posible. Se movió entre las estanterías, reorganizando libros, colocando otros que se habían deslizado un poco fuera de estas, y limpiando las pequeñas motitas de polvo en aquellas más apartadas, donde la gente nunca se asomaba. Suspiró, en un intento desesperado de calmar las mariposillas que revoloteaban en su estómago, y de deshacer el nudo en su garganta, que no se aliviaba por mucho que tragase saliva.
¿Cuándo había sido la última vez que había sentido un flechazo tan intenso como el de hacía unos minutos? La respuesta era nunca; porque a su edad era la primera vez que se sentía así. En cuanto aquel hombre, Anthony Crowley, había puesto un pie en la librería, su campo de visión se había visto reducido hasta ocupar solamente su presencia. Un hombre alto, delgado, con el pelo de un precioso color cobrizo y una sonrisa sincera, radiante, dirigiéndose hacia él de forma directa para preguntar si tenían libros de astrofísica. Se regañó a sí mismo por la torpeza y el nerviosismo con el que había preguntado a Derek dónde se encontraba el material de esa temática, pero había sido inevitable. Su entero ser había temblado ante su presencia, igual que si alguien hubiese pulsado un botón de encendido, provocando que su cuerpo y su alma vibrasen y se sacudiesen, como si una fuerte descarga, o incluso un rayo, hubiese caído sobre él sin piedad. En otro mundo, en otro universo desconocido para él, la sensación podría haberse descrito como si un ángel llamado Cupido le hubiese atravesado el corazón con una flecha. Pero, desgraciadamente, no era el caso, y el señor Fell no habría entendido la referencia aunque se la contasen.
Una voz a su espalda le sobresaltó, haciéndole pegar un pequeño brinco. El dueño de la librería se encontraba tras él, con una sonrisa divertida en sus labios.
— ¿Por qué no sales ya y vuelves mañana? No creo que venga mucha clientela hasta la hora del cierre y, si lo hacen, estoy más que capacitado para atenderles yo.
— Pero Derek, aún es pronto para que me vaya.
— Yo considero que es algo tarde, dado el creciente interés que pareces tener para salir ya de aquí y encontrarte con ese escritor.
Fell tragó saliva, apretando los labios y dejando escapar un ruidito de apuro. Al volver a entrar al establecimiento, tras salir corriendo y pedirle tanto su firma, como su número de teléfono, confesó a su compañero que puso toda la carne en el asador y le invitó a cenar. Derek en ese momento aplaudió su valentía, pues era raro verle tan lanzado en cuanto a temas de amor se trataba. Aun así, hablar de ello con quien consideraba su jefe era ligeramente vergonzoso.
— No sé para qué te digo nada… —murmuró Fell, bajando cada vez más la voz hasta ser apenas audible, lo que provocó que Derek comenzase a reírse—. ¡Por favor, para! Ya es suficientemente bochornoso el haberlo hecho y que no haya salido corriendo.
— ¡Ya te he dicho que le gustas! Un cliente no mira con esos ojos a alguien que le está vendiendo un libro. Confía en mí, no me equivoco en estas cosas.
— Pero…
— Nada de peros. Coge tus cosas y márchate. Seguro que está igual de impaciente que tú, esperando a que salgas.
— Yo… —miró hacia el exterior de la tienda, para luego volver su atención a su compañero. Sonrió con levedad, bajando la cabeza en un gesto de agradecimiento—. Gracias, mañana vendré a trabajar un poco antes.
— No es necesario. Venga, fuera, fuera, nos vemos mañana —Derek le hizo gestos con el brazo para que se marchase de allí, sin borrar la sonrisa de sus labios. Solo por ver a Fell tan contento ya merecía la pena.
El rubio agradeció una vez más el gesto generoso del trabajador, pasó a la trastienda para coger su gabardina clara y sus pertenencias, y salió apresurado de allí. O eso le habría gustado hacer, porque se detuvo un instante, tan solo uno, en la puerta, con el brazo extendido sobre la manilla de esta. Se sentía tan, pero TAN nervioso, que se quedó bloqueado en el lugar. Sus manos comenzaron a sudar, no por miedo, sino por la impaciencia y la curiosidad de cómo se desarrollaría la cita, si es que se podía considerar como tal. ¿De qué podrían hablar? ¿Qué le gustaría a su recién conocido acompañante? Eran demasiadas incógnitas que quería resolver, aunque necesitase tiempo para ello. Escuchó el carraspeo inconforme de Derek ante tal bloqueo, y con un leve gesto de la mano a modo de despedida, salió de allí.
El astrofísico le esperaba sentado en un banco frente a la librería, echando un vistazo por encima a las páginas del libro que había comprado. Por su parte, Fell llevaba en una bolsa el volumen firmado y dedicado por él, y aunque no entendía mucho del tema no veía el momento de llegar a casa y leerlo con avidez e ilusión. Caminó con pasos cortos y acelerados y se detuvo frente a él, con un carraspeo suave, pero a la vez nervioso. Cuando Anthony levantó la mirada, él movió la mano en un saludo rápido y breve, con una risita que dejó entrever su estado alterado.
— B-bueno, señor Crowley, ya he salido de trabajar. Es decir, vaya, es obvio, por eso estoy aquí —en su cabeza el saludo sonaba más presentable de lo que lo estaba pareciendo. Carraspeó una vez más, un tic que tenía cuando se sentía extremadamente ansioso—. Lo que quiero decir es que ya podemos marcharnos.
— Estupendo —el pelirrojo cerró el libro con un movimiento firme de manos, colocándoselo bajo el brazo. Se puso de pie y le obsequió con una sonrisa amable, y a la vez cercana—. No me muevo mucho por este lugar, así que no sé muy bien a dónde podríamos ir.
— Oh, no pasa nada, conozco el sitio perfecto. Está en esta misma zona, así que no será necesario alejarnos mucho.
— ¿De verdad? Bien, así luego no tendré problemas para encontrar donde he dejado aparcado el coche —bromeó él, riendo.
Notó que quería aligerar el ambiente y, de alguna forma, relajarlo para que no fuese incómodo. Fell estuvo seguro de que era más que consciente de su nerviosismo y, por ello, lo agradeció. Pronto se le contagió la risa, haciéndolo también junto a él. Pero antes de comenzar a avanzar, le extendió la mano de forma formal.
— Me temo que no me he presentado como es debido y me apena enormemente no haberlo hecho antes. Mi nombre es Asa Fell, y es un placer conocerle, señor Crowley.
Esperó que le estrechase la mano de vuelta, y ambos se dieron un apretón cuando así lo hizo.
— En ese caso yo soy Anthony Crowley. Podemos dejar a un lado que soy escritor cuyos libros no se venden bien, así que me presentaré como astrofísico, que suena más impresionante —no solo rio con sus labios, sino que lo hizo también con su mirada. Una cálida más allá de las gafas que llevaba. Fell no pudo evitar pensar que eran los ojos más bonitos que había visto nunca—. Aun así, por favor, tutéame. No me trates con tanta formalidad, me haces sentir más viejo de lo que soy.
Una vez rompieron el saludo alzó ambas manos, moviéndolas levemente en señal negativa.
— Oh, ¡la parte de escritor también suena muy interesante! Pero, sin duda, tiene, perdón, quiero decir, tienes que ser muy inteligente para entender cómo funciona eso de… allá arriba —señaló al cielo parcialmente cubierto de nubes, haciendo en realidad mención a las estrellas que en ese momento aún no perlaban a este—. Estoy seguro de que vamos a tener conversaciones de lo más provechosas durante la cena.
— No lo dudo —respondió él, riendo de nuevo. Por alguna razón, se le antojaba sencillo y natural hacerlo junto al hombre más bajo.
Fell emprendió la marcha, guiando a su nuevo amigo, y esperaba que en un futuro quizá algo más, hacia el que consideraba el sitio idóneo para conocerse. Era un pequeño pub que no quedaba muy lejos de la librería. No es que fuese dado a visitar ese tipo de establecimientos, pues prefería evitar los lugares donde se concentraba un gran número de personas. Pero un día entre semana como era aquel, y a esas horas, confiaba que estuviese más vacío de lo habitual. Y si no, tendría que hacer de tripas corazón. Todo fuese por hacer que esa cita saliese bien. La primera (y quizá última si salía mal) que un hombre tan introvertido como él se atrevió a pedir.
Entraron y se dirigió a una de las trabajadoras del bar, quien amablemente les indicó una de las mesas libres, algo alejada a la barra, donde la afluencia de clientes aumentaría con el paso de las horas. Ambos tomaron asiento, y eligieron sin mayor distracción qué es lo que comerían cuando la camarera les mostró el menú que tenían para cenar esa noche.
— Ah, espere. Traiga una botella de Châteauneur-du-Pape, del 88 por favor —la mujer se quedó mirándole de manera extrañada, a lo que Anthony añadió—. ¿Tenéis aquí, no es así?
— Sí, claro, pero no es habitual que los clientes lo pidan. No se preocupe, puedo traerla sin problema —asintió, antes de marcharse.
Fell le miró sin comprender, parpadeando extrañado. No era un experto en vinos, al contrario, lo suyo era entender más de la comida. Cuando su expresión de desconcierto fue más que notable, Anthony le dedicó un gesto despreocupado con la mano.
— Esa botella corre a mi cargo. Considero, por alguna razón que aún no termino de entender, que estaría bien acompañar la cena con un vino a la altura del encuentro.
— P-por supuesto. Perdona si no sé apreciarlo lo suficiente, no soy un entendido en vinos —confesó él con un tono apenado. Por la cara que había puesto la propia camarera al marcharse, adivinó que se trataba de una botella cara. Aunque el dinero no fuese su mayor preocupación.
— Estoy seguro de que, aunque no lo seas, lo disfrutarás —respondió Anthony, con esa sinceridad y calma con la que se había estado dirigiendo a él desde un comienzo.
La conversación hasta que les sirvieron la comida fue de lo más normal y fluida. Hablaron de sus trabajos, un poco de sus vidas y de cómo el escritor había terminado en la librería. Fell le contó que no siempre trabajó allí, sí no que, durante años, se había ganado la vida como docente, impartiendo clases en la universidad con la asignatura de literatura. Un trabajo que le había llenado durante los años en los que había trabajado de ello, pero que ahora, retirado de la enseñanza, había decidido dedicar su tiempo en intentar que el resto de personas disfrutasen de la lectura tanto como lo hacía él. Los nervios habían quedado en un segundo plano, o así quedó demostrado cuando, pasados los minutos y las horas, el rubio continuó hablando del tema sin descanso y con una pasión y emoción contagiosas.
Anthony tan solo escuchó, demostrando que era el tipo de persona que podía pasarse las horas callado, prestando atención y admirando la emoción de alguien que disfruta contando las cosas. El vino fue un acierto, así lo supo cuando la cara de Fell se iluminó al degustarlo en sus labios. Al menos su aportación, sin duda, era un completo éxito.
Estaban tomando ya los platos principales cuando, de forma momentánea, el rubio dejó de hablarle sobre sí mismo para ahora intentar centrar la charla en él. Masticó y tragó la porción de comida que tenía en la boca, permitiéndose pronunciar un sonido de puro gusto y placer. La comida, y el gran abanico de sabores y sensaciones que conllevaba, la hacían una de sus actividades más deseadas.
— Bueno, ya he hablado demasiado de mí, cuéntame sobre ti —se limpió la boca con la servilleta, depositando leves golpecitos de la tela sobre sus labios—. ¿Qué te impulsó a querer estudiar astrofísica? —Preguntó, poniendo toda su atención en él.
Anthony dio un largo trago a la copa de vino que tenía en la mano mientras Fell realizaba su cuestión, dejando con cuidado esta sobre la mesa. Se quedó pensativo unos segundos, haciendo una mueca que terminó evolucionando a una suave risa.
— No es algo tan impresionante cómo puedas estar imaginando —empezó, estirando las piernas bajo la mesa. Al contrario que el librero, él disfrutaba más de la bebida y no tanto con la comida. Pasó el dedo índice por el borde de la copa, distraído—. Desde pequeño siempre me sentí atraído y fascinado por el universo, así que cuando llegó el momento de elegir unos estudios pensé, ¿y por qué no?
— Si me permites el atrevimiento, que fuese una decisión de cuándo eras joven no le resta importancia. Si lo tenías tan claro, es que era vocación.
— Más o menos —ahí estaba, la sonrisa que había eclipsado a Fell en la tienda. Apartó la mirada al percatarse de que llevaba varios segundos hipnotizado por ella—. El caso es que mi primera opción fue la de ser astronauta, pero como puedes ver no tengo el cuerpo necesario para pasar las pruebas físicas —estalló en carcajadas, señalándose de arriba abajo.
— ¡Siempre podrías haber buscado maneras de ejercitar el cuerpo! —Exclamó Fell, casi ofendido por el hecho de que bromease sobre el tema.
Anthony hizo una negativa con la cabeza, sin dejar de reír. Se retiró las gafas unos segundos, para frotarse los ojos.
— Para nada, ojala hubiese sido tan sencillo —era mejor responder eso a decirle que nunca le había atraído en demasía hacer ejercicio—. Así que, al final, si no podía ir al espacio que tanto amaba sí podía centrarme en estudiarlo, para comprenderlo mejor y así poder ayudar a que otros lo alcanzasen por mí.
Fell guardó silencio, abrumado por la sensación que su sinceridad provocó en él. Pensó, sin querer verbalizar, que era un gesto de lo más generoso. El poner todo tu conocimiento y esfuerzo en querer aportar algo a la humanidad, por poquito que fuese. Sin poder controlarlo, su rostro se suavizó, mostrando una expresión de lo más calmada y llena de dulzura.
— En ese caso, eso dice mucho de ti. Estoy seguro de que con tus estudios y tus publicaciones, has sido de gran ayuda para quienes sí tienen la oportunidad de explorar más allá de los límites de nuestro planeta.
— Me encantaría creer que así es —concluyó el escritor, sonriendo de igual manera, contagiado por su sinceridad.
La cena finalizó sin mayores contratiempos. La charla en ningún momento se detuvo o se vio cortada o forzada. Hablaron y hablaron durante horas, desconectados del bullicio que con el avance del tiempo les acompañó. Fell se sintió en su propia burbuja, hasta el punto de no ser consciente de la gran cantidad de gente que llenó el local. Algo que en otra situación habría sido muy diferente. Llegó a pensar, a sentir, que eso no era un primer contacto, sino un reencuentro con alguien muy querido a quién hacía mucho tiempo que no veía. Fluyó con tal naturalidad, que deseó con todas sus fuerzas que el astrofísico se hubiese sentido igual, queriendo repetir el encuentro al menos una vez más.
Una vez en el exterior, se dieron cuenta de que sus caminos debían separarse. La casa de Fell estaba en una dirección, mientras que Anthony tenía el coche aparcado justo en la opuesta. Se hizo el silencio, y el librero tragó saliva, bajando la mirada al suelo. Tenía que hacer algo, puesto que, aun con todo, no había conseguido su número de teléfono, por lo que no había opción a una segunda cita. Le dio vueltas a la cabeza, buscando de forma casi desesperada una excusa más que válida para que el pelirrojo estuviese dispuesto a repetir el encuentro. Pero su voz le sacó de los pensamientos, volviéndole de golpe a la realidad.
— ¿Te gustaría que nos viésemos el fin de semana en algún otro lugar de la ciudad? —Preguntó, manteniendo la mirada fija en él, como si no conociese la vergüenza—. Es decir, ¿tienes algún día libre en el que no trabajes y descanses?
Fell le miró emocionado sin poder ocultar, ni aun queriendo, lo que esa petición había causado en él. Una sonrisa iluminó su rostro de tal manera que Anthony pudo jurar que, con él, brillaba todo a su alrededor. Se quedó unos segundos sin aire, a la espera de una respuesta que se le antojó incluso eterna. El librero asintió levemente, casi brincando de forma adorable por la emoción.
— ¡Claro, el sábado lo tengo libre! Me encantaría volver a verte —dijo con sinceridad, aun sabiendo que hacerlo le causaba una vergüenza sin igual—. Podemos dar una vuelta por algún sitio disfrutando de la mañana. Han dicho que hará buen día y que no lloverá durante el fin de semana.
— Bien, en ese caso —Anthony se llevó una mano a la barbilla, pensativo. A los pocos segundos chasqueó los dedos, haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza—. ¿Qué te parece quedar a las nueve en St. James’s Park? Por la zona del lago.
Fell sintió que algo se removía dentro de él. Desde siempre, y por alguna razón que nunca había llegado a terminar de comprender, algo tiraba de él hacia ese lugar, como si su cuerpo o su mente sintiesen una nostalgia difícil de explicar. Es por esa razón, que mucho de sus días libres los había dedicado a devorar libros en uno de los tantos bancos situados donde el astrofísico quería quedar. Asintió casi con desesperación, de nuevo con una expresión que era capaz de iluminar hasta la más completa oscuridad.
— Me encanta ese lugar. Es muy especial para mí —afirmó, llevándose al pecho de forma instintiva la bolsa que contenía el libro que horas antes había comprado y ahora tenía dedicado por su acompañante—. Allí estaré.
— Nos vemos entonces —una despedida directa, pero para nada fría.
Fell vio como el hombre se alejaba, no sin antes levantar la mano y agitarla con levedad en el aire. Sus nervios desaparecieron con el más alto, como si al irse se los estuviese llevando con él. Una sensación de satisfacción le embargó por completo, y aunque trató de poner nombre a lo que sentía o comprenderlo, le fue imposible. Nunca antes se había sentido así, o al menos, no lo recordaba.
Pero, desde luego, por fin sentía que, de alguna forma, había encontrado a alguien que le hacía sentir completo.
