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Las heridas sanan, aunque dejan cicatrices

Summary:

Después de su cirugía por el disparo de un ignoto, Spencer debe permanecer en el hospital un par de días como parte de su recuperación. Durante su estancia, recibe una inesperada visita de Hotch, quien está recluido en el mismo hospital tras el ataque de Foyet.

El hombre no habla de inmediato, ni siquiera parece querer moverse. Aún así, Spencer aguarda, sabe que no vino hasta su habitación solo para ver cómo está. Su jefe, después del ataque y la despedida de Haley y su hijo, necesita la compañía y el rostro de alguien conocido, aunque no lo admita en voz alta.

Es por ello que, a partir de esa visita, empieza a desarrollarse entre ambos una relación de apoyo mutuo, una intimidad pasajera que, dadas las circunstancias, es necesaria para la sanación.

Notes:

HOLAAAA—

Bueno, resulta que por el cumpleaños de cierta persona hermosa tuve que adelantar la publicación de este fic, pero no pasa nada, estaba listo de todas formas hjahs

ESTAS SON LAS MAÑANITAS, QUE CANTABA EL REY DAVID, HOY POR SER DÍA DE TU SANTO TE LAS CANTAMOS A TI. 🗣️🎉

Bueno, he de aclarar también que es el principio de una nueva serie, así que, aquí vamos.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El agotamiento pesa en los músculos de Spencer, como si cargara plomo sobre sus hombros. La sensación es incómoda, arrolladora, extenuante; genera en él un odio profundo que empeora al comenzar a abrir lentamente sus ojos.

Antes de hacerlo, su nariz intercepta nuevamente el intenso aroma a alcohol y antiséptico de la habitación, un olor que sintió al despertar por primera vez luego de la cirugía. También lo odia, pero tiene el consuelo de que el personal desinfecta lo suficiente el lugar.

Una preocupación menos, aunque es lo mínimo que debe hacer un hospital.

La primera persona que vio en aquel momento fue a JJ, quien le preguntó con preocupación como se sentía.

—Como si me hubiesen dado un tiro en la rodilla —bromeó él.

Después de eso preguntó por Hotch, preocupado por su desaparición durante en el caso. La mujer suspiró con pesadez, como hacen las personas antes de dar las peores noticias. Por un segundo Spencer se asustó, pero ella le explicó la situación punto por punto: las heridas de Hotch, la visita de Haley y Jack, la triste despedida de los tres antes de que la mujer y su hijo entraran a protección de testigos.

Spencer procesó y analizó con sumo cuidado la información, se concentró en ello, casi como si uniera las piezas de un nuevo e importante caso, como si hiciera el perfil geográfico. En cierto sentido, de eso trata, un nuevo ignoto que se atrevió a tocar directamente a un agente federal y su familia.

Es un tipo peligroso.

Justo con ese pensamiento en mente termina de abrir los ojos. La luz blanca y brillante le llega directo, algo que le hace lagrimear. No esperaba esto, ni siquiera debería estar la luz encendida si él estaba durmiendo.

Quizás fue la persona que está cerca, porque, claro, sabe que alguien está ahí, a su lado. Sintió dicha presencia antes de abrir los ojos, puede ser que fuere lo que acabó por despertarlo. No puede saberlo.

Aunque cree que es la enfermera que vigila su estado, parpadea varias veces al ver que no se trata de dicha mujer.

—Hotch… —susurra con su voz aún adormilada.

La presencia del hombre parece casi un fantasma, alguien irreal que Spencer no está seguro de poder tocar. Su cerebro aún no lo comprende del todo, algo raro para un genio tan excéntrico, aunque no inesperado si tiene en cuenta lo sucedido en las últimas horas.

No, miente. Jamás esperó que su jefe estuviera de pie junto a él al despertar en una habitación de hospital, no cuando él mismo está internado por heridas peores que las propias. La carga del hombre es mucho más pesada, a diferencia de su subordinado, quien podía ser atacado en en cualquier momento —igual que otros en el equipo— y lo soportaría, para ello fue entrenado; en cambio, nadie nunca se prepara para que un monstruo rompa el núcleo familiar y separe los pedazos.

Su corazón duele al pensarlo. Pese a no saber si tiene derecho a sentirse de tal manera, no puede evitarlo cuando Hotch muestra un aspecto que nunca, en todos los años desde que lo conoce, había visto antes, sin importar que tan trágica fuera la situación.

Sin embargo, mientras lo observa, la fragilidad en él es palpable. No solo es la bata de hospital, los vendajes que cubren sus heridas o el tripié con el suero. Ojalá fuese tan sencillo.

Hotch también lo ve, con la mirada perdida y en silencio, como si necesitara un puerto al que anclarse. De esta forma, Spencer se mueve y sostiene el peso de su torso sobre los codos, antes de aclarar su garganta y preguntar:

—¿Que haces aquí?

Hay una pausa, llena de una tensión casi insoportable. Luego, el hombre solo dice:

—Dave me contó lo que pasó.

—No deberías caminar en tu estado.

—Al parecer tú tampoco.

—Sí, bueno, yo no soy quien salió de mi habitación.

Otra pausa, más larga esta vez.

—Necesitaba ver como estabas.

Necesitar.

Una definición muy fuerte para una persona como Hotch, alguien que por lo general no suele necesitar cosas más allá de lo esencial para la existencia de un ser humano. Él quiere, desea y anhela, como lo hacía al pensar en Haley, aunque no lo dijera en voz alta. No hacía falta, volver a tu primer amor, pese a considerarse un imposible, es un milagro que el corazón siempre soñará.

Quizás confunde su soledad con una necesidad, él mismo siente que se vuelve loco en este lugar, aun con las visitas que ha recibido. No imagina como es para el otro después de todo lo ocurrido, esto es más que un mal sueño. Después de todo, de ellos puedes despertar, sin embargo, la realidad siempre seguirá allí, hagas lo que hagas.

Probablemente es lo que sucede, así que está dispuesto a ayudar en algo.

—¿Que haces? —pregunta Hotch al ver a Spencer intentar bajar las barandas de la camilla.

—Al menos deberías sentarte si vas a estar aquí. —Exhala al conseguir por fin su objetivo—. Aunque si ya te vas…

No dice más, no cree que haga falta, pero deja una invitación abierta cuando hace un espacio a su lado, en espera de la aceptación de Hotch, quien duda tras ver la mueca de dolor de Spencer cuando se mueve, por más que el chico se esforzara en ocultarla.

Le insiste que está bien, «por favor, no dejes que se desperdicie mi esfuerzo» dice, para luego dejar escapar un largo suspiro. Puede considerarse un chantaje o similar, pero es lo primero que llega a su mente hiperactiva. Y funciona, dado que Hotch, despacio, acaba por sentarse.

Spencer nota lo difícil que se le hace. El dolor de las heridas recibidas, sumado al esfuerzo de parecer fuerte, descosen puntada a puntada su cuerpo, aunque no se de cuenta. O quizás lo haga, pero finge que puede con ello, como con todo desde que es jefe de unidad. Una máquina seria y fuerte de combate: no importa el daño percibido, siempre puede volver a como era antes de dicha pelea.

No obstante, el paso del tiempo se va contra las máquinas también. Quizás por eso Spencer detesta la tecnología, solo se desgasta y se reemplaza, a diferencia del ingenio y conocimiento humano, que ha existido desde que la humanidad nació y les ayudó a sobrevivir hasta llegar a este punto.

Así que odia pensar en Hotch como un avance tecnológico, una invensión de una gran compañía multimillonaria que solo piensa en como hacer más dinero a costa del sufrimiento del mismo mundo. Él, Aarón Hotchner, solo es un hombre de carne y hueso, un ser sintiente que vive una experiencia traumática en medio de un contexto que le pide sobrellevarlo en silencio y con calma, como si esto fuera un pinchazo en la llanta de su automóvil.

Pero su silencio en la habitación dice una historia distinta, una donde esto no es un simple cambio de agenda o el dolor de cabeza rutinario que deja solo hablar con Strauss, sino más bien una abrupta y obligada deconstrucción de todo lo que hasta ahora conoce y le importa.

Spencer sabe que no hablara sobre el tema, no ahora y probablemente no con él, aunque espera que lo haga pronto con alguien de confianza, no es bueno que lo retenga sin siquiera permitirse intentar sanar en voz alta. No presiona, aguarda y observa, hasta que piensa que es el mejor momento para hablar.

—¿Cómo lograste que nadie te viera al salir?

Puede notar que Hotch se sobresalta ligeramente cuando escucha su voz, pero Spencer no dice nada.

—Escabullirme en silencio es una de mis especialidades como agente federal.

—Van a regañarte.

—Lo sé.

—No debiste venir.

—¿Por qué insistes con eso? —La voz de Hotch denota fragilidad y enojo en la superficie. Quizás odia lo que oye—. ¿Me intentas correr?

Spencer suelta una risa seca—. No es eso, solo… Me preocupa como esto puede afectar tu recuperación.

Hotch no responde, pero lo observa fijamente, como si analizara con cuidado sus palabras. Lo examina pieza a pieza, como las pistas de un caso importante, algo que, honestamente, no sabe como tomar. Finalmente, obtiene un simple:

—Estoy bien.

Odia escucharlo, porque sabe que es mentira. Lo nota en su postura, su voz y sus ojos, parece un animalito perdido en el bosque, con el único deseo de regresar a casa con los suyos. Y quiere más que nada ayudarlo, pero le atan las manos si el hombre responde con tal descuido.

¿Basta con su sola presencia? No está seguro, y eso le abruma.

—¿Tú como estás? —Hotch se atreve a preguntar después de un rato.

—Estoy bien —repite las palabras de Hotch. Cuando se da cuenta continúa—: La verdad odio este lugar.

—Sí, es realmente asfixiante.

—Aunque la gelatina es buena.

—¿Te gusta esa gelatina? —Frunce el ceño—. ¿De verdad?

—¿Que tiene de malo?

—Eh… —Hotch traga saliva, aun con la misma expresión—. ¿Todo?

El entrecejo de Spencer se hunde al abrir y cerrar la boca como un pez fuera del agua, acaban de insultar sus gustos, y fue alguien que no esperaba, puede decir que experimenta una traición. Lo puede esperar —siempre lo hace— de Morgan o Prentiss, pero no de quién lo acompaña.

—¿Acabas de insultar mis gustos? —pregunta él, incrédulo.

—No, solo que… Reid, esa gelatina es terrible.

—¿Disculpa?

—¿Cómo pasas del café azucarado a eso?

—No, no, ahora no metas mis gustos en el café en esto. No digo nada en contra de la amargura del tuyo.

—Ahora lo estás haciendo —señala Hotch—, y solo así disfrutas el verdadero café, no una taza de azúcar con cafeína.

—En serio dudo que alguien pueda disfrutar de algo así. —Nota como Hotch está por decir algo y añade—: Además de ti, por supuesto.

—Deberías darle una oportunidad, y así te pasas al lado correcto.

Spencer resopla. —Creo que ahora sí quiero que salgas de aquí.

El comentario hace sonreír a Hotch, mínimamente, el gesto no llega a sus ojos, pero ahí está, algo que aliviana el pecho de Spencer. El cambio repentino de tema funcionó, así que deja caer su cabeza en la almohada y sonríe también.

Esta vez el silencio no es incómodo o fuera de lugar, sino más bien un soplo de aire suave en medio del enorme desastre que ahora enfrentan, no porque llegara a su fin, sino porque ambos se detuvieron a respirar antes del colapso inminente de sus pulmones.

Está por decir algo más cuando nota la respiración superficial de Hotch y que parece más disociado que en el momento que llegó. Eso enciende todas las alarmas de Spencer, quien se mueve para tocarlo y entender que sucede, aunque no sabe si es buena idea dicho contacto, así que su mano flota cerca de su espalda.

—¿Hotch?

No responde.

—Hotch, háblame.

Nada.

—Por favor, dime algo.

El hombre parece querer responder, pero solo le ofrece una mueca, mientras intenta mantener la espalda recta pese al evidente dolor que siente. Spencer entra en pánico, sabía que esta visita era mala idea, para un paciente como Hotch es primordial que se mantenga quieto para su recuperación, ¿por qué no insistió en que debía volver a su habitación? Tenía que ayudar en eso, no en bromas tontas sobre gelatinas de hospital.

Gritar probablemente tardaría más que el botón de atención al paciente, así que se apresura y lo presiona con manos temblorosas, temiendo que Hotch pueda caer inconsciente en cualquier segundo.

En menos de un minuto la puerta se abre y por ella cruza una enfermera, algo que hace a Spencer tragar saliva.

—¿Sucede…? —La pregunta queda a medio camino cuando la mujer observa a otra persona junto a quien realmente es su paciente—. ¡Por Dios! ¿Quien es?

—Por favor, ayúdelo —suplica él—. Es paciente de otra habitación.

—¡Necesito ayuda por aquí! —grita a la gente de afuera. Luego, corre y sujeta a Hotch antes de que pueda caer—. ¿¡Qué carajos hace aquí!?

Spencer está en problemas, sabe que Hotch también, pero no importa ahora. Solo quiere que esté bien.

Tiene que estarlo.

*

Lo más probable es que Spencer sea masoquista, un terco sin remedio, como un animal de granja en medio del barro, incluso como alguno de los miembros de su equipo tras recibir una clara negativa de parte del buró. Igualmente, la unidad no suele ser bien vista por los de arriba e incluso por otros departamentos dentro del FBI, así que, después de todo, dará lo mismo hagan lo que hagan.

Por su parte, además de la terquedad e irrespeto por las reglas, tiene un ego un tanto excepcional dada su posición, pero no es importante en este contexto. En lo que piensa es aquel maldito masoquismo que en ocasiones lo mete en problemas.

¿Que otro adjetivo en el diccionario se le podría adjudicar? Parece encantado con la idea de ser regañado por otros, sea o no el trabajo, sin embargo, asegura que sus razones son válidas esta vez: sabe que Hotch no puede venir a él, así que él irá hacia Hotch.

Las muletas son una mierda, pero es lo que lo mantiene supuestamente de pie ahora, sin la intervención de un tercero, aunque un enfermero sigue cerca por si acaso. También fue alguien que Spencer sobornó, pero no lo admitirá en voz alta.

Finalmente, después de un esfuerzo que le quita casi por completo el aliento, llega a la habitación de Hotch. Siente que hizo más esfuerzo físico en estos últimos que en todos los años que lleva en el FBI, fue una tortura, pero el enfermero por lo menos le ayuda abriéndole la puerta.

Cuando entra, sus ojos se cruzan con los de Hotch, quien parece sorprendido y confundido con su presencia —también con la de su acompañante—, aunque por su ceño fruncido parece más furioso que otra cosa; pero Spencer conoce las micro expresiones del hombre, probablemente por perfilarlo en los últimos días o meses quizá, a pesar de la regla no escrita sobre el tema.

—¿Qué haces aquí? —Hace la misma pregunta de Spencer cuando lo vio en su habitación la otra noche.

—Sí, bueno… —Suspira Spencer—. Hola también.

—Reid, son las dos de la mañana.

—Tan solo dos horas más tarde que la vez que fuiste a verme.

—¿Es una venganza? —Levanta una ceja.

Spencer finge considerar la idea por un minuto, hasta que sonríe y responde:

—Considéralo una devolución.

Hotch no responde, pero Spencer nota que su expresión se relaja tras el comentario. Aquello le emociona, es un regaño menos en su corta lista de gente que muy seguramente le llamarían la atención en medio de un pasillo de ser necesario, pero lo disimula bien.

Gracias a la breve conversación con su jefe, olvidó por un momento que un enfermero permanece a su lado, quieto y en silencio. Le recuerda vagamente a los espantapájaros, aunque un poco menos aterrador. El hombre les dice que saldrá por una silla de ruedas para que Spencer descanse luego del esfuerzo que hizo al llegar hasta aquí, y antes de que el chico pueda replicar, desaparece.

Spencer abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar e intenta sonreír, aunque solo aprieta los labios cuando ve a Hotch, quien parpadea despacio ante el gesto, como un gato cansado que trata de vigilar a su dueño a pesar del sueño.

—Si estás muy cansado yo puedo… —empieza él en un tono de voz modulado.

—Aquí está —anuncia el enfermero cuando regresa. Trae consigo la silla de ruedas que prometió y la sitúa detrás de su paciente—. Ven, te ayudo con esto.

El hombre se mueve ágilmente y con paciencia, como si hubiese hecho esto ya cientos de veces antes —y es así—, por lo que el proceso parece más fácil. Excepto que no lo es, Spencer se da cuenta de ello cuando, tras soltar las muletas y dejarlas en manos del otro, le toca sentarse.

—«Dolió menos recibir el disparo» —concluye con pesar.

—¿Estás bien?

La voz de Hotch suena preocupada y Spencer siente una punzada de culpa.

—Sí, solo… —Spencer inhala, exhala y repite el proceso—. Estoy bien, nada de que preocuparse.

Hotch no parece convencido, mas no dice nada. En el silencio tan intenso de la habitación, el enfermero avisa que en un rato volverá por Spencer, como si el chico fuese una mascota que deja en manos de un cuidador.

Una vez solos, Hotch cuestiona:

—¿Como lo convenciste de venir?

Spencer se anima con la pregunta y sonríe tímidamente, realmente esperaba que la hiciera.

—Oh, no eres el único que utiliza sus habilidades como agente federal.

—¿Chantaje o soborno?

—Oye. —Spencer finge ofenderse—. Solo fue un favor.

—Los favores son gratuitos.

—¿Y por qué crees que este no lo es?

—Porque te conozco.

El comentario es casual, dicho en un tono neutral, sin alguna intención detrás más que ofrecer un reconocimiento de lo que es capaz de hacer o no Spencer, fuera o no por una buena razón. Posiblemente guarde relación con todas esas veces que el chico no acató una orden desde que se unió oficialmente a la unidad, que para el dolor de cabeza de Hotch —Gideon en su momento también— fue en repetidas ocasiones.

No puede afirmar que su rebeldía va de la mano con su edad, no se ha tomado el tiempo de perfilarse a sí mismo, en un entorno seguro, pero tiene una vaga idea sobre ello. De todas maneras, su edad no es impedimento para ser profundamente estudiado y analizado por un perfilador experto como su jefe, en todo caso, es un escenario perfecto para alguien como él.

Desde que Spencer conoció a Hotch, al menos cuando lo conoció mejor, halló en su persona la necesidad imperiosa de examinar con lupa a los demás. Y, por supuesto, no es un chisme que comparta con sus compañeros, pero Spencer cree que fue el motivo por que su matrimonio con Haley acabó.

Las personas de hambre voraz no se mantienen quietas en un solo lugar, ellas necesitan alimento, y lo obtienen yendo tras las presas azarosas que muchos no se atreven a cazar por, precisamente, el riesgo que representan. Aquello implica un sacrificio importante e injusto que no todos están dispuestos a hacer, lo que no es malo; sin embargo, la clara necesidad de seguir y capturar sigue ahí, en espera de un primer movimiento que le indique acción.

Spencer no percibe a Hotch como un depredador, no uno salvaje, aunque es la mejor forma de defender al hombre de la absurdez de llamarlo animal, un intento por reducir el adjetivo; después de todo, no existe depredador manso en medio de un entorno silvestre.

Sin embargo, sabe que su jefe es una contracción en sí mismo, quizás por ello se le dificulta visualizar a Hotch como la bestia que habita una naturaleza cruda y sin corazón. Una bestia así no podría, ni en uno o dos milenios, conocer su alma y mente como lo hace él.

Debería darle miedo, bastante quizá, nadie tiene porqué saber tanto sobre su vida, pero Hotch lo observa después de aquel comentario y Spencer no cree ser capaz de sentir dicha emoción. Así que no hace más que sonreír y responder un:

—Sí, lo haces.

Hotch casi le devuelve la sonrisa.

—También sucede que el chico es un chismoso y me dijo que estabas despierto —explica Spencer—. Solo me aproveché de eso.

—Creí que eso de que los chismes se corren como pólvora, en el hospital, era solo un decir.

—Esta pólvora es más rápida que las dejadas por las armas que usamos, y ese enfermero es quien jala el gatillo.

—Deberíamos contratarlo, sería un buen enlace de comunicaciones.

—Mhm. —Spencer mueve la cabeza de un lado a otro—. Personalmente, me gusta más JJ.

—Sí, es bastante profesional… Ella no sería capaz de aceptar el soborno de un genio adicto a la gelatina de hospital.

—En serio, ¿no me vas a dejar en paz con eso? No es tan mala como crees.

—¿Ah, sí?

Spencer cree que Hotch va a debatir otra vez sobre el tema, mas no lo hace, en cambio, extiende un vaso de dicho postre a medio comer hacia él, una prueba para intentar quitarle la razón, dado que sabe que no aceptará comer eso.

Arruga la nariz cuando se niega y ve a Hotch reprimir una sonrisa.

—¿No que te gusta? —Hotch vuelve el vaso a su lugar.

—No comeré algo que tiene la saliva de otro.

—No tengo nada raro.

—Estoy seguro de eso, pero de todas formas no lo haré.

—Quizás algún día, sin que lo notes, podríamos compartir saliva.

—¿Qué? —Spencer frunce el ceño—. No, por favor, eso es muy raro.

Hotch, igual que Spencer, arruga su nariz tras el comentario.

—Sí, lo es… Un poco.

Spencer suspira y niega suavemente con la cabeza, por lo menos la atmósfera de siente menos tensa, eso le preocupaba incluso antes de llegar aquí. Su intención no era incomodar a Hotch, era lo último que necesitaba el hombre después de un episodio tan intenso y angustiante como el de aquella noche.

No pudo siquiera dormir después de eso hasta que alguien, tras tanto insistir, le confirmó que lograron estabilizar a la persona que se escapó para estar con usted, según lo apodó la enfermera —a lo mejor el resto del personal también—. Hubiese sido gracioso si el corazón de Spencer no hubiera estado al borde un colapso o un desemboque a causa de la adrenalina.

Fueron muchas horas de reflexión y análisis, inclusive en medio de las visitas de sus compañeros, hasta que decidió que debía ser ahora él quien fuera hacia Hotch.

Y ahora está aquí, discutiendo por el tema más pedante y asqueroso, fuera de los casos, que Spencer ha debatido jamás con él; sin embargo, sabe que todo es una fachada, una máscara, un muro alto que le impide a todos ver lo que se halla atrás.

Él lo respeta, siempre lo ha hecho. Si Hotch no saca el tema, Spencer no tiene porqué. Esperará, sin importar si lo saca o no a colación. Y mientras el hombre se decide, prefiere contar esas trivialidades que todos odian oír. Es así que comienza su discurso.

Es mejor que golpear nuevamente los puntos de sutura de heridas recientes.

*

Casualmente, el día de alta de Hotch coincide con el suyo: precisamente hoy.

Los días pasaron en un abrir y cerrar de ojos, donde las visitas eran mutuas, lo que al parecer generó una ola de diversos rumores en el hospital, aunque ninguno tan malo realmente. Hotch hizo una que otra broma sobre el tema, y era divertido de cierto modo, a pesar de que al final no eran grandes carcajadas, se sentía bien.

Nadie en el equipo mencionó lo que se escuchaba en los pasillos, bien sea por ignorancia o respeto por la intimidad de ambos. De cualquier modo, fue un alivio que ninguno hiciera preguntas. Spencer y Hotch tampoco las hacían, así que todo se mantenía estable por ahora.

Pero el hombre no aparece y el chico está preocupado, aunque solo han pasado unos minutos. Debería estar aquí.

—Oye. —Spencer llama la atención del enfermo que lo acompaña después de firmar su ficha de alta hospitalaria. Usa sus muletas para voltear hacia él—. ¿Tú sabes dónde está…?

—¿La persona por la que escapabas de tu habitación?

Spencer odia ese tono burlón, sobre todo si va acompañado de una expresión de suficiencia, como si le hubiese ganado en una partida de póquer. Está seguro de que fue quien comenzó los rumores que corrieron estos días por el recinto.

Más que enlace de comunicaciones, sería el lengua larga que metería sisaña de todos con Strauss.

Pero no quiere pelear con él, así que se muerde la lengua y solo dice:

—Sí, él.

—Debe estar aún en su habitación.

Es extraño, acordaron en salir juntos.

—¡Oye! ¿A dónde vas? —pregunta el enfermero cuando ve a Spencer caminar hacia el pasillo—. ¿Que haré con esto?

—Es una mochila, solo espera.

Ignora el resoplido que escucha a sus espaldas, es lo menos importante que su cabeza puede procesar por el momento.

El pasillo parece interminable con el lento andar que le permiten las muletas, sumado a la increíble incomodidad de la experiencia, pese a que le afirmaran que con los días se lograría acostumbrar lo suficiente para no odiar su existencia. Es mentira, lo supo desde que se lo dijeron, incluso antes, pero no discutió por ello.

Parece un maratón donde la línea de meta se aleja por cada paso dado, como si de un castigo fuera él parte, a raíz de una blasfemia que nunca debió cometer. Aun así, se esfuerza por llegar, con la creencia de que tarde o temprano debe terminar, porque hasta las más horribles películas tienen su final. Y la imagen que lo recibe cuando lo hace, le enternece el corazón.

Hotch está sentado en la orilla de la cama, en medio de un aparente estado de disociación tan profundo que ni siquiera nota que Spencer abre la puerta despacio y se detiene justo allí. Observa, analiza la expresión de su jefe, es una examinación rigurosa que le permite saber si debería o no acercarse.

Decide que no. Está por dar la vuelta y regresar, cuando escucha un:

—No… No sé si pueda volver a casa.

Spencer parpadea lentamente por el comentario, incrédulo. No esperaba que Hotch, de repente, fuese honesto sobre sus sentimientos con él, no después de las muchas oportunidades que tuvo para serlo durante las visitas mutuas. Tal vez solo no estaba listo, como ahora.

Mientras avanza hasta ubicarse a su lado, permanece en silencio, respetando aquella atmósfera que el hombre creó sin darse cuenta. Y aguarda, como todos los días desde que su relación se volvió más cercana —temporalmente, al menos—.

El rostro de Hotch no voltea hacia el suyo, sus ojos siguen fijos en la entrada de la habitación, en la espera de alguien más que cruce por allí, algo que le hace a Spencer tragar saliva cuando lo nota.

—¿Cómo se supone que regrese a un lugar manchado con la presencia sucia y maldita del que me alejó de quienes amo?

—No tienes qué.

—Allí solo pensaré en la ausencia de mi hijo y en la manera tan perversa en la que arrastré a Haley a esto.

—Hotch, tú no pediste esto.

—Ella tampoco lo hizo y, aun así, es quien acaba pagando las consecuencias de mis malas decisiones.

Spencer parpadea. Una vez, dos, tres veces.

—¿Crees que debiste aceptar el trato de Foyet?

El silencio le ofrece la respuesta que necesita.

—Por Dios, Hotch. —Frunce el ceño—. No, no debías, lo único que quería ese tipo era tenerte en la palma de su mano, por eso el trato. Era pura manipulación.

—Lo sé, pero le hubiese dado a Haley la ventaja que yo le quité. Estaría en casa, con su familia, disfrutando el tiempo, no en… Algún lugar del que ni siquiera sé.

Spencer no da crédito a sus palabras, sabía que Hotch se sentía culpable, solo y desorientado, pero no al punto de creer que debió aceptar las condiciones de un asesino serial. Siempre que el hombre se mantenía en silencio entre comentarios, creía que imaginaba el clásico «hubiese», aunque no es una palabra que suele vivir en el vocabulario de Hotch, mas Spencer no es capaz de leer sus pensamientos. Tal vez está como un huésped ocasional del que no puede deshacerse tan fácilmente, sobre todo si se trata de Haley y Jack.

Mentiría si dijera que a él mismo no le aterroriza la situación, se siente como la oveja herida de un rebaño custodiado por el lobo, sin embargo, está consciente de que en este ocasión su carne no es el objetivo principal del animal. Le divierte asustarlo, por supuesto, como a los otros en el corral, pero siempre fue en contra de aquel capaz de recibir sus mordiscos y golpes. Aquel que se levanta aun después de recibir la paliza de su vida.

El lobo disfruta el olor de la sangre.

En este punto, Hotch deja de ser ese depredador en el que siempre piensa tras oír su nombre y pasa a las filas de presas en peligro de extinción. Salvaguardada, protegida y custodiada todos los días, a todas horas, procurando así sus chances de supervivencia y conservación.

Saber eso no lo hace mejor.

—Hotch, nosotros vamos a…

—Por favor, Reid —interrumpe él—, no me digas que lo vamos a atrapar, ya lo escuché de… Todos. No lo hagas tú, eres alguien de estadísticas y probabilidades, no me mientas.

—No lo hago.

Aparentemente su tono de voz firme y seguro, logra captar por fin la atención de Hotch. Sus ojos se encuentran con los de Spencer, quien permanece en silencio y tranquilo, esperando que sus palabras se asienten entre ellos. Sin escándalo, sin prisas, como las olas de la marea baja.

Está consciente de que repetir lo que ya han dicho otros no ayuda, solo espera que la intención lo haga.

Extiende lentamente su mano con la intención de tocar el brazo de Hotch, un gesto que intenta brindar consuelo en un momento de desasosiego. Sin embargo, su mano queda suspendida en el aire, a unos pocos centímetros de distancia. La duda no le permite continuar, así que se aparta y suspira, en espera de que Hotch hable otra vez.

Es lo que hizo los últimos días: tiene la intención de avanzar, como las polillas atraídas hacia la luz, pero se detiene abruptamente cuando está por llegar. En el fondo le teme al rechazo, al regaño por haber cruzado una línea que nunca le fue permitida traspasar, pese a la intimidad compartida. Por eso está ahí, en modo de espera, muy posiblemente inquieto, pero disimulando todas sus dudas para que su corazón no se alarme más de lo que está.

—No quiero mentirte, sabes que no soy capaz —susurra. Sostiene el contacto visual como nunca lo ha hecho con nadie—. Tendrás tu vida de regreso, con quien amas, y no, no será dentro de diez años. Tampoco en una semana, pero tendrás a tu hijo, Hotch, él sabrá que eres tú y que lo buscaste, porque no hay nadie a quien ames más en el mundo.

»Haley podrá perdonarte, porque no existe persona más comprensiva y dulce que ella. Sin importar qué, sabrá que no los dejaste solos, que moviste el cielo y la tierra para traerlos de vuelta. Un pedazo de ti está con ellos ahora, protegiéndolos como siempre lo has hecho, desde que te conozco fue así, antes de la llegada de Jack también. Aunque no los puedas ver, ellos se resguardan bajo tu protección.

Probablemente sus palabras se oyen cursis y empalagosas, pero no cree haber dicho nada incorrecto. Y aunque Hotch no dice nada, lo ve tragar saliva y desviar nuevamente la mirada hacia la puerta.

—Nos iremos solo cuando estés listo —dice Spencer tras un rato de profundo silencio.

—Solo… Necesito un minuto.

El camino por recorrer es largo, muy pesado y engorroso. Ninguno sabe donde acaba, ni cuántas espinas deberán pisar para llegar al final. Posiblemente lleguen cubiertos de sangre, con la ropa rasgada y llena de polvo; puede que no consigan llegar los que están ahora o simplemente alguno quiera rendirse por el cansancio.

Ninguno sería culpable si quiere irse por ello, quizás por otra razón. Las luces están apagadas en su mayoría y la gente odia la oscuridad, sobre todo si el espacio que le precede es descrito en teoría como el infierno, por lo menos mínimamente parecido; aunque, en el fondo, sospecha que nadie es capaz de abandonar el barco a pesar de la evidente grieta que lo llena de agua.

Saberlo es un peso menos, aunque le sigue doliendo el pecho al ver a Hotch, es por ello que le afirma, en voz baja y con calma, como si le hablara a un niño:

—Todo el tiempo que necesites.

Notes:

¿Y la trama? ¡Esa fue la trama! Buabuajahs😭

Uno soft, porque la cumpleañera, igual que su servidora, es altamente sensible.

Y bueno, nos estamos leyendo después. Comenten y dejen kudos, NO cobro por eso.

Jaja, shau! 🍃

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