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No he visto (a menos, no que yo recuerde) fanfics de Hetalia que mezclen lo histórico y lo religioso (si lo podemos llamar así). Este tratara sobre el sueño profético de la Antigua Grecia, y su negación a aceptar el futuro que le espera.
No sé si lo saben, pero los antiguos griegos tenían una mala opinión del judaísmo antiguo, como también la tuvieron del cristianismo primitivo. Roma era parecido.
Si todos los involucrados (Antigua Grecia, Antigua Israel y Antigua Roma) supieran su futuro con el cristianismo y como esta relacionado profundamente con ellos, estarían horrorizados.
Plasmare la frustración, horror y desesperación de la Antigua Grecia por la nueva fe, cuya cultura ha sido tan importante a lo largo del tiempo.
¡Espero que les guste! La Antigua Grecia se me hace un personaje interesante y no muy famoso en el fandom, la Antigua Israel menos xD
El Logos Ajeno
Grecia no dormía. O, mejor dicho, Grecia no necesitaba dormir como los mortales. Su sueño era un estado de vigilia suspendida, una meditación líquida entre el mármol y el mar, entre el mito y la razón. Pero aquella noche —en algún lugar de su eternidad, en alguna isla del Egeo donde el viento olía a sal y a retórica— algo la empujó hacia un sueño profundo, de esos que cambian el alma de las culturas.
Soñó que estaba en Atenas.
Pero no la Atenas de Pericles, ni la de los romanos, ni la de los turcos que aún no habían llegado. Era otra Atenas. Una ciudad blanca, infinita, con columnas que se perdían en el horizonte. El Ágora se extendía kilómetros y kilómetros, y en lugar de vendedores de pescado y filósofos discutiendo, había hombres y mujeres de todas las naciones: partos, egipcios, galos, judíos, romanos. Todos hablaban en griego.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Grecia, caminando entre la multitud. Su túnica blanca flotaba a su alrededor, sus pies descalzos apenas rozaban el mármol.
Un hombre viejo, con barba canosa y ojos de cielo, se volvió hacia ella. No era Sócrates ni Platón. Era otro. Llevaba un pergamino en la mano, escrito en letras que brillaban como fuego.
—Es el mundo que viene —respondió—. Donde tu lengua será la lengua de todos. Donde tus palabras —logos, polis, demos— se llenarán de un sentido que no les diste.
Grecia sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
—Soy un nombre que aún no pronuncias. Pero cuando lo hagas, todo cambiará.
El viejo desapareció entre la multitud. Grecia quiso seguirlo, pero sus pies se hundieron en el mármol, y el mármol se volvió agua, y el agua se volvió tinta, y la tinta se derramó sobre pergaminos infinitos.
Estaba en una biblioteca.
No la de Alejandría, que aún ardería siglos después. Era otra. Más grande. Las estanterías se alzaban hasta el cielo, y cada rollo de papiro tenía un título en griego. Grecia tomó uno al azar y lo desenrolló.
Κατὰ Ἰωάννην — Según Juan.
No entendió el texto completo. Había palabras que conocía: ἀρχή (principio), λόγος (verbo/palabra), φῶς (luz), ζωή (vida). Pero estaban unidas de una forma extraña, como si alguien hubiera tomado su filosofía y la hubiera mezclado con algo duro, pesado, lejano: la historia de un pueblo que había sufrido y esperado.
—Eso no es mío —susurró Grecia, soltando el rollo como si quemara.
—Pero ahora es tuyo —dijo una voz detrás de ella.
Se giró.
Era una mujer. Morena, de cabello castaño, con una túnica sencilla de lino. Israel. Pero no la Israel que Grecia conocía —la tensa, la desconfiada, la que se cubría el cabello—. Esta Israel estaba serena. Su vientre era redondo, abultado, como el de una mujer embarazada.
—¿Estás...? —empezó Grecia, señalando su vientre.
—Gestando —respondió Israel, con una sonrisa cansada—. Pero no es solo mío. Ni solo de Roma. También es un poco tuyo.
—¡No! —Grecia retrocedió, chocando contra una estantería. Rollos cayeron a sus pies—. No quiero saberlo. No quiero verlo. ¡No es mío!
—Tienes que mirar, Grecia —dijo Israel, con infinita paciencia—. Porque lo que viene te necesita.
El escenario cambió bruscamente.
Grecia ya no estaba en la biblioteca. Estaba flotando, ingrávida, sobre un mar de cúpulas doradas. Era Constantinopla. La ciudad que aún no se llamaba así, pero que ella reconoció como suya y no suya. Las iglesias se alzaban como montañas de luz: Santa Sofía, Santa Irene, los Santos Apóstoles.
Y de todas ellas, brotaba un canto.
Una voz sola, femenina, pura, comenzó a elevarse desde la gran cúpula. Era un himno en griego, pero no el griego de Homero ni el de los trágicos. Era otro. Más dulce, más penetrante, como una espada que entra y sale del alma.
Ἁγνὴ Παρθένε, Δέσποινα, ἄχραντε Θεοτόκε…
(Agni Parthene, Despina, ahrante Theotoke…)
(Virgen pura, Señora, Madre de Dios inmaculada…)
Grecia se tapó los oídos.
—¡Paraos! ¡No cantéis! ¡Esas palabras no son mías!
Pero el canto no cesó. Al contrario, se multiplicó. De Roma llegó otro sonido, más grave, más ordenado: el Gloria in excelsis Deo en latín, con sus frases medidas como legiones. De Antioquía, un Kyrie eleison en griego y siríaco. De Alejandría, el Christós anésti pascual. De las iglesias de Oriente, el Sanctus de la liturgia de Santiago.
Grecia cayó de rodillas sobre el mosaico de una iglesia que no conocía. El mosaico la miraba: un Cristo Pantocrátor, severo y misericordioso, con un libro abierto en la mano izquierda y la derecha alzada en bendición.
«Yo soy el camino, la verdad y la vida» —leyó ella en las letras griegas del libro.
—¡Mentira! —gritó, con lágrimas de ira—. ¡La verdad es mía! ¡La verdad es la filosofía! ¡La verdad es la duda, no la certeza!
Pero el Pantocrátor no respondió. Solo la miró, con los ojos grandes y negros, como dos pozos sin fondo.
El suelo se abrió bajo sus pies, y Grecia cayó en un desfile de siglos.
Vio a un hombre pequeño, de rostro encendido, predicando en el Areópago. Hablaba en griego, pero con acento judío. Le llamaban Pablo. Decía cosas que ella no quería oír: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas».
—¡Eso es de mi filosofía! —gritó Grecia—. ¡Eso lo dijo Jenófanes! ¡Lo dijo Platón! ¡No es tuyo!
Pero Pablo no la oyó. Siguió hablando, y la gente lo escuchaba, y algunos lloraban, y otros se bautizaban en el río Iliso.
Después, vio a un hombre alto, de barba rizada, sentado en un trono de pórfido. Llevaba una corona de perlas y una púrpura manchada de tinta. Era un emperador. Escribía cartas a sus obispos, definiendo la Trinidad, la naturaleza de Cristo, la procesión del Espíritu Santo. Grecia reconoció su perfil: era Justiniano, pero también era Basilio, y también era Constantino, y también era Paleólogo. Eran todos y era uno.
—Mira —dijo una voz a su lado—. Ése es tu hijo.
Grecia se volvió.
Un hombre joven estaba junto a ella. Tenía sus mismos ojos claros, su misma nariz recta, pero su piel era más oscura, y su túnica era de seda bordada con águilas bicéfalas. Llevaba una corona imperial y una espada cruzada sobre el pecho.
—¿Quién eres? —preguntó Grecia, con la voz quebrada.
—Soy Bizancio —respondió, sonriendo con una ternura que la desarmó—. Soy tu hijo. El que nació cuando Roma y tú os unisteis sin saberlo. El que guarda tus libros, tus iconos, tu lengua. El que ora por ti cada día, en cada liturgia, ante la Trinidad.
Grecia negó con la cabeza, histérica.
—¡No tengo hijos! ¡Yo soy Grecia! ¡Yo di a luz a la filosofía, no a la fe! ¡Yo alumbré a los Dioses Olímpicos, no a vuestro Cristo crucificado!
Bizancio no se ofendió. Al contrario, se arrodilló ante ella —un emperador arrodillado ante una mujer— y le tomó las manos.
—Madre —dijo, y la palabra era un puñal—, sé que esto te duele. Sé que no lo pediste. Pero todo lo que amas —tus poemas, tus teatros, tus columnas— vive dentro de mí. Yo los respeto. Los copio. Los canto. Y cuando muera —porque también moriré, como tú moriste con Alejandro—, otros vendrán a beber de tus fuentes a través de mí. No te pierdes, madre. Te transformas.
Grecia sollozaba. Bizancio la abrazó.
—Te quiero —susurró él—. Y siempre oraré por ti ante la Trinidad. Que el Verbo que tú ayudaste a nombrar te tenga en su gloria.
La escena se disolvió en luz.
Grecia despertó en su isla, bajo un cielo estrellado. El viento del Egeo le secaba las lágrimas. A su lado, una copa de vino se había derramado sobre la arena, formando una mancha que parecía un mapa.
Se incorporó lentamente, con el corazón pesado.
—No soy madre —dijo en voz alta, al mar—. No quiero serlo. No acepto este futuro. No acepto que mis palabras se llenen de Dios. No acepto que mis filósofos sean olvidados y que mis santos los reemplacen.
Pero algo dentro de ella —algo más antiguo que Atenas, más profundo que la filosofía— le susurró que ya era madre. Que Bizancio la había abrazado. Que los cantos de Agni Parthene seguirían sonando en Santa Sofía mil años después. Que el Kyrie eleison se cantaría en griego en iglesias de todo el mundo.
Se llevó las manos al vientre.
No estaba hinchado, como el de Israel. Pero ardía. Ardía como una lámpara de aceite que nunca se apaga.
—Me has cambiado —murmuró, dirigiéndose a ese algo que no era romano ni judío, pero que ahora la habitaba—. Y no sé si te agradezco o te maldigo.
El mar no respondió.
Pero en la arena, la mancha de vino tenía la forma de una cruz.
Y en la lejanía, una campana de iglesia —ortodoxa, bizantina, griega— comenzó a tañer, llamando a la oración.
Grecia la escuchó, y supo que nunca podría olvidar ese sonido.
