Work Text:
Una joven de al menos unos veintiséis años hace una recapitulación de su amor de secundaria: Hirose Aiko, una chica que sabía que jamás devolvería sus mismos sentimientos, porque tenía la certeza de que ella no era igual a ella. En aquellos tiempos era una chica tímida y lesbiana de clóset, razón por la cual no tenía ningún amigo, además de ser demasiado seria y con un aura oscura para la vibra de sus compañeros o, en general, de las personas de su edad; siempre cumpliendo con lo que se pedía, zapatos bien lustrados, uniforme sin ninguna prenda extra fuera de la institución, falda por debajo de las rodillas, corte y peinado apropiado y un lenguaje formal y educado. Era feliz en su propio mundo, imaginando cómo sería su vida junto a su amor imposible, preguntándose como reaccionaria al ver su "verdadero yo", soñando despierta y anhelando volver a clases para volver a verla; simplemente observando era feliz o eso se decía a si misma.
Un día, su distraída naturaleza le ganó un reporte con una de sus profesoras. Al terminar las clases, se acercó con ella pidiéndole —rogándole— que no citara a sus padres, no quería darles problemas o que estos llegarán a cuestionarle el por qué de esto ¡si sopechaban demasiado incluso podían revisa su habitación y encontrar sus mangas GL! aunque eso era mucha atención que pedir de parte de sus padres. Su maestra terminó solo preguntando el porqué había bajado en sus notas, porqué parecía tan ida y porqué se le veía triste. Su profesora, Otogiri Sou, era alguien admirable: joven, atractiva, de ojos y cabello de color azabache, siempre con una calma imparable ante cualquier situación, siempre ayudando a los demás como si no fuera nada y dando la cara por sus alumnos. Algunas veces vestía el uniforme de profesora de manera desalineada, lo que al parecer de sus otros compañeros le daba un aura más "genial" (aunque ella no lo entendiera del todo); era una de las únicas profesoras que se había ganado el respeto de los alumnos sin tener que recurrir a castigos o regaños.
Ahora estaba ahí, ofreciéndose a escucharla. No sabía lo mucho que necesitaba de esa atención hasta que sintió cómo ella misma empezaba a llorar sin poder detenerse. La profesora no hizo nada; simplemente se quedó ahí, observando, esperando a que terminara. Contaba en voz baja y entre sollozos el cómo se ponía y lo que realmente era, desesperada por dejar de llorar y restregándose los ojos con fuerza para que las lágrimas dejaran de salir. Desnudó su alma en aquel salón oscuro de música mientras que su profesora no hacía más que observar en silencio, simplemente dejándola desahogarse. Esa noche se volvieron un poco más cercanas.
Aunque respetara a su maestra, nunca había sido una gran fan; simplemente era alguien que los cuidaba y enseñaba su materia, lo que cualquier profesor debería ser. Pero desde aquel día, no pudo evitar mirar hacia arriba a su profesora. Notó cómo desde aquella vez empezó a ser más paciente con ella, permitiéndole entregar las tareas un poco más tarde, corregir sus malas respuestas y explicándole por aparte su materia; cómo en las clases su mirada se mantenía en ella más que en todos los demás, incluso decidió ocupar uno de los lugares de la fila de enfrente en cuanto hubo oportunidad con la excusa de que no podía escuchar bien estando en la parte de atrás.
Habían llegado a un pequeño acuerdo: aquel reporte se transformó en tutorías privadas fuera del horario escolar. Su profesora, sin duda, tenía un don con las palabras y sus padres la dejaron ir en total confianza con ella. Nunca había sido cercana a su familia; ciertamente, esta nueva dinámica los hizo interactuar un poco más. Cada cena en familia venía acompañada de preguntas acerca de sus tutorías. Su madre ahora la presumía con sus amigas, iban juntos a comprar vestidos y zapatos para sus presentaciones y la ponían a solas en su cuarto para practicar; incluso habían insonorizado su pequeña habitación para que pudiera hacerlo con total libertad sin tener que molestar a nadie aunque por desgracia tuvieron que mudar a Ikkun al pasillo de su casa para no perturbarlo con el constante sonido del violín día y noche. Le habían obsequiado un violín de color negro —el instrumento y color favorito de su profesora—, aquel que simbolizaba el poder, el misterio, la sensibilidad y la oscuridad de las noches que tanto disfrutaba su tutora. Le había elogiado que quedaría muy bien con alguien como ella y que le daba más a su porte elegante, el cual destacaba de entre los demás. Lo tomó como su nuevo objeto más preciado desde entonces.
Su vida parecía haber cambiado para bien. La profesora la llevaba y traía hasta su casa en su auto negro y de vidrios blindados; incluso, algunas veces sus padres la invitaron a quedarse a cenar con ellos, agradeciéndole por ser este ser de cambio en la vida de su hija, algo que ellos no fueron capaces de siquiera intentar.
...
Su rutina cambió completamente. Esas tardes solitarias fueron reemplazadas por clases privadas de violín y, en secreto, las salidas se volvieron cada vez más lejanas, terminando en un pequeño pueblo fuera de la ciudad. Ella tomaba el asiento del copiloto —un lugar que tantas veces se le había negado y relegado a ir en los asientos de atrás junto con su hermano menor, que parecía odiarla—. En aquel pueblo el aire era fresco y el cielo de un azul brillante, con poca gente y las comodidades que un entorno rural puede darle a una chica de ciudad; e incluso tenía una pequeña playa, se la pasaban comiendo en algunos restaurantes locales, hablando con los adultos del pueblo y disfrutando de aquellas cosas tan simples de la vida que nunca pensó vivir de primera mano.
Su pequeño crush de preparatoria pasó a segundo plano cuando los recitales, clases y salidas empezaron a llenar su mente. Seguía sin poder entablar una conversación apropiada con sus compañeros de clase, pero no los necesitaba; tenía mejores cosas con las que ocupar su mente. Debía esforzarse en esto, no perder aquella cosa que podría llenar su vacío; no podía permitirselo. Un día, incluso, llegó a tener una pequeña charla con su amada acerca de su habilidad en la música; la otra chica parecía ser una fan de su profesora. No podía parar de agradecerle a su maestra por brindarle la oportunidad de vivir todo esto; pequeñas charlas que se formaban entre ellas y se iban alargando cada vez más. ¡Por Dios, incluso consiguió su número de celular! No podía ser más feliz.
Sin darse cuenta, el año escolar terminó, y el siguiente, y el siguiente. No supo cuándo estaba por fin junto a sus padres tomando la foto de graduación ¡incluso consiguió una foto con Aiko! Apenas terminar, fue corriendo con su maestra, presumiendo emocionada este gran logro en su vida y pidiendo que, aunque su vida de preparatoria haya acabado, no quería dejar esto: el violín. Aparte de su carrera en biología marina que había postulado para la universidad, obvio.
En un salto del tiempo, ahora en el presente con aquella joven adulta recargada en la barandilla al lado del mar, Nakamura Okuto observaba el horizonte mientras los colores del anochecer se asomaban, su estuche de violín en la espalda y luciendo un hermoso vestido de color negro junto con un abrigo del mismo color, elegante y pulcro, pensando sobre las noticias de su crush de la preparatoria: se estaba por casar, bien por ella.
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Termino de dar su presentación, estaba guardando sus cosas cuando sintió un fuerte tirón en su espalda y el peso de alguien más encima suyo, brazos alrededor de su cuello, abrazándola por detrás.
—¡Okutooo~!
Ella reconoció inmediatamente aquella voz, Aiko nunca entendió el concepto de espacio personal, a ella nunca le molestó eso sin embargo sentía como el agarre le empezaba a hacerle difícil el respirar.
—¡Upsi!
La más baja soltó a su amiga mientras Okuto sentía la sonrisa formándose en su cara instantáneamente al ver a Aiko ahí. Nakamura había dado un estirón desde la preparatoria, le sacaba bastantes centimetros a Aiko ahora ¿Sabían que la altura ideal para besar es de 15 a 25 cm? su expresión paso rápidamente a una expresión de sorpresa al darse cuenta: ¡¿Qué estaba haciendo Aiko allí?! ¿Siquiera le había dicho que estaría dando una presentación hoy?
—¡Estuviste genial hoy!
De un momento a otro se dio cuenta de que aún no le había dirigido la palabra a su amiga, sonriendo tímidamente antes de hacerlo. Acomodando las arrugas que el abrazo dejo en su vestido mientras respondía.
—Muchas gracias... No- no esperaba verte por aquí está noche.
—Oh por favor, no hace falta que me lo digas, sabes que soy tú fan~
Esto último le saco un pequeño sonrojo a la pelinegra, acomodando uno de sus largos mechones de cabello detrás de su oreja, dejando al descubierto como un pequeño clip de una pequeña mantarraya de color negro brillante le sujetaba el flequillo de lado, dejando sus ojos al descubierto y sus expresiones más claras que nunca, sacándole una brillante sonrisa a la chica que tenía al frente.
-–Te ves espectacular hoy! ¡Bueno siempre lo haces pero sabes lo que digo! Sin duda los deslumbrante allá fuera.
Le iba a empezar a doler la cara si seguía sonriendo tanto.
-Muchas gracias, me hace muy feliz saber que disfrutas mi trabajo, Aiko. Simplemente fue sorpresivo... —Okuto desvió la mirada un segundo hacia el estuche de su violín, dejando salir esa confianza juguetona que había desarrollado con los años—. Aunque, si de verdad eres mi fan número uno, espero ver que compres la mercancía oficial del concierto. Escuché que los pósteres firmados se agotan rápido, ¿sabes? No querría que te quedaras sin el tuyo.
—¡Oye! ¡Claro que lo compraré! —protestó Aiko, inflando los cachetes de esa manera tan suya que a Okuto siempre le había parecido adorable.
Verla así le dio un vuelco al corazón. Okuto pensaba que ya había superado a Aiko hace mucho tiempo. Sin embargo, en ese instante, algo detrás de su cabeza le picaba; una sensación extraña a la que no podía —ni quería— darle un nombre. Prefería ignorarlo y limitarse a apoyar a Aiko en todo lo que pudiera. Al fin y al cabo, sabía lo feliz que era ahora.
—Es broma —sonrió Okuto, suavizando el tono—. Sé que siempre me apoyas.
—¡Sí, lo sé, perooo...! ¡Tengo noticias importantes! —Aiko dio un pequeño salto de emoción, juntando sus manos frente a su pecho mientras sus ojos brillaban con intensidad—. ¡Me voy a casar, Okuto! ¡Tsukasa por fin me lo pidió anoche!
Exclamó la más baja, extendiendo su mano izquierda para presumir un sencillo pero brillante anillo en su dedo.
—¡Aún no puedo creerlo! —Aiko la tomó de las manos, desbordando felicidad—. Tsukasa ha estado conmigo toda mi vida, y ahora... bueno, ¡tienes que ir a la boda! Oficialmente eres mi mejor amiga de la preparatoria, así que guardas el puesto de honor. ¡Te mandaré los detalles por mensaje!
Oomori había sido la mejor amiga de Aiko desde la infancia; el puesto de "mejor amiga" para Okuto solo había quedado libre en el preciso momento en que Tsukasa ascendió a prometida. El peso de esa realidad y el brillo del anillo congelaron a Nakamura. Hubo un tiempo, oculto en el pasado y del que nadie supo jamás, en el que Aiko intentó acercarse a ella con otras intenciones, pero la timidez de Okuto levantó un muro tan alto que Aiko terminó rindiéndose. Okuto nunca lo sospechó. Solo sabía que Oomori Tsukasa se merecía esa felicidad por haber estado a su lado siempre.
Aun así, el dolor de lo que nunca fue la golpeó de frente.El recuerdo se rompió de golpe.
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El sonido de un claxon la sacó de su trance. Rápidamente se volteó, dejando de mirar el anochecer para ver un auto de color negro y esas ventanas blindadas; reconociéndolo, empezó a caminar en esa dirección, sentándose en el asiento de copiloto mientras echaba su violín a los asientos traseros. A su lado estaba su antigua profesora, aún con sus prendas del trabajo y bajando un poco su ventana para echar fuera la calada del cigarro que se estaba fumando antes de recibirla con un pequeño beso en la frente, mientras le preguntaba sobre su pequeña presentación, hablando sobre la próxima reunión con su familia y algunas compras que debían hacer para la casa, terminando por acariciarle la cabeza y revolviendo su peinado como lo había hecho todos esos años atrás.
Algunos días no puede evitar pensar el cómo hubiera sido su vida si simplemente dejaba que sus padres fueran por ese reporte a la escuela, no haber llorado en ese salón de clases o simplemente, al menos, intentar haber tenido un futuro con su crush de la preparatoria; pero lo hecho, hecho está. No niega haber disfrutado todas esas salidas, el poder acercarse aunque sea un poco más a su familia y vivir experiencias que con su personalidad y habilidades propias jamás habría podido experimentar por cuenta propia. Su vida era buena: tenía una carrera, una "pasión" y persona(s) con las que compartir. Sin embargo, algunas veces no puede evitar sentir la culpa de no poder ver con los mismos ojos a aquella persona que le dio todo alguna vez.
¿Sería buena idea asistir a la boda de su "amiga" con su antigua profesora? Sabe que la mirada que recibirá de su parte no será la mejor, por una u otra cosa.
Tal vez deba ir sola...
