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No es como si Zoro quisiera que sucediera así. Al contrario de lo que creen sus amigos, detrás de todas sus acciones hay realmente un proceso de pensamiento coherente, y cuando la acción es proponerle matrimonio a su novio—su dolor de cabeza, su imbécil de cejas enroscadas y el amor de su vida—entonces uno puede apostar que el proceso de pensamiento se ha extendido durante varios meses y ha sido la causa de muchas noches contemplativas y sin dormir.
Tenía un plan. Más o menos.
Bueno, no realmente, pero Zoro nunca ha sido muy planificador en primer lugar. Él impulsivamente había invitado a Sanji a salir después de una pelea en un callejón con unos tipos a los que Luffy había hecho enojar, tras la cual el rubio estaba cojeando de forma bastante evidente y Zoro probablemente tenía una conmoción cerebral de grado 2. Le pidió a Sanji que se mudara con él un año después, cuando se había despertado una mañana con el olor a huevos fritos y café y a Sanji en su cocina usando nada más que un par de boxers y el estúpido delantal con la cara de Rilakkuma que Perona compró como chiste. Nunca invitó a Sanji a una cita oficial, porque todas las citas que inicia Zoro son él perdiéndose y llevándolos a algún lugar con una gran vista sin darse cuenta, o él decidiendo que deberían tomarse un día libre no planificado para ver películas y/o rebautizar cada mueble de la casa.
Dado que su relación lleva aproximadamente cinco años de espontaneidad, Zoro sabe que si por casualidad reservaba un viaje o una cita en un restaurante elegante, Sanji se daría cuenta de inmediato de que planeaba algo. Así que todo se reducía a esperar el momento oportuno.
Simplemente no había esperado que El Momento fuera en medio del supermercado a dos cuadras de su departamento, viendo a Sanji discutir con uno de sus vecinos por las papas.
En realidad, es culpa suya. Bajó la guardia. Es tarde en la noche y la tienda está casi vacía, el aire sintiéndose húmedo y cálido por el verano de una manera que le hace querer acurrucarse en algún lugar y tomar una siesta.
A un par de metros de distancia, Sanji está forcejeando para quitarle varias patatas a su adversario—. Te he visto profanar brócoli en perfecto estado en el microondas con mis propios ojos, Travis —espeta él, acunándolas protectoramente en sus brazos—. Me rehúso a permitir que las trates de la misma manera.
Travis responde algo que Zoro no oye, demasiado ocupado toqueteando la caja del anillo en su bolsillo. La ha estado llevando consigo desde hace semanas—una sencilla sortija de platino que se divide en dos arcos de plata que se curvan alrededor de una piedra del color de la espuma de mar. Nami lo había ayudado a elegirlo durante un viaje de compras de fin de semana increíblemente intenso a cambio del derecho a ser su dama de honor, como si él no tuviera ya una deuda de por vida con ella. A veces le gusta sacarlo de la caja y mirarlo—cuando Sanji está en otra habitación o cuando está preparando la cena—solo para poder disfrutar de la ignorancia del rubio ante su existencia e imaginar su expresión cuando finalmente, por fin, lo vea.
Ciertamente, no tiene intención de sacarlo ahora, con Sanji parado a apenas unos pasos de él, pero cuando saca su celular para enviar al chat grupal una foto del rubio en el pasillo, con el cabello erizado y frenético como los gestos de sus manos, accidentalmente empuja la caja del anillo. Esta se cae del bolsillo de su sudadera, una eternidad entera pasando mientras desciende desde allí hasta el piso de linóleo, y Zoro simplemente se queda allí parado como un idiota y observa cómo sucede.
La cabeza de Sanji se gira hacia él ante el ruido estrepitoso. Este abre la boca, probablemente para decirle que se calle o que lo ayude a liberar las papas, pero entonces ve la caja en el suelo y se congela.
Hay un silencio muy, muy largo.
—Eh —dice Zoro, con la mente acelerada mientras su vida pasa ante sus ojos—. Esto no es lo que parece.
Las cejas enroscadas de Sanji se elevan directamente a la estratosfera—. ¡Será mejor que no lo sea! —balbucea él, casi histérico—. ¡Porque eso significaría que planeabas proponerme matrimonio en medio de un maldito supermercado!
Se quedan mirando el uno al otro durante otro largo momento. El rostro de Sanji está cambiando rápidamente para coincidir con el tono de los tomates cherry que están a su lado, y Zoro supone que al suyo no le está yendo mejor.
Bueno, ya cavó su tumba. Más vale que yazca en ella también.
Con movimientos lentos y forzados, Zoro recoge la caja del anillo del suelo y se pone sobre una rodilla. Abre la caja.
—Entonces. Probablemente no es así como imaginabas que pasaría esto. —El peliverde hace una mueca al oír lo extraña que suena su voz, incómodamente consciente de todas las personas mirándolo fijamente. Dios, ¿qué está pasando con su vida?— Realmente no planeaba hacer esto aquí. Ni siquiera he planeado qué decir todavía. Es difícil expresar lo que siento con palabras, y aún así, no soy el romántico de los dos.
Él respira profundamente, para después mirar a Sanji.
—No voy a decir que mi vida estaba incompleta antes de conocerte, o que me cambiaste para siempre o alguna otra tontería de ese tipo. Yo ya sabía quién era, y sabía lo que quería, y sé que tú también. Somos las personas que somos, juntos o no. Pero aun así–cuándo estoy contigo, mi vida se siente plena. —Siente que su boca se curva en una pequeña sonrisa impotente, como siempre tiende a suceder cuando está cerca de Sanji—. Hoy ni siquiera hicimos nada. Tú despertaste e hiciste bagels. Yo me desperté después porque tú siempre me dejas dormir hasta tarde. Almorzamos con los demás. Fuiste a verme enseñar kendo porque el viejo te dio el día libre. Luego cenamos y me gritaste por haber manchado el mantel con salsa.
—Quiero tener este día mil veces, un millón de veces–para siempre, si me lo permitieras —dice Zoro—. Quiero pelear contigo todos los días. Quiero comer tu comida. —Si estuviera sosteniendo la mano de Sanji, la apretaría, pero como ambos brazos de este todavía están ocupados agarrando todas esas papas, se conforma con apretar la caja en su lugar—. Cocinero, eres el hijo de puta más fuerte, más valiente, más amable y más molesto del mundo, y quiero que me molestes por el resto de mi vida. ¿Te casarías conmigo?
El supermercado está en completo silencio, salvo por los pulverizadores automáticos activándose sobre las verduras. Zoro suda bajo las luces fluorescentes y la mirada en blanco y de ojos ampliamente abiertos de Sanji.
—Mierda —dice el rubio—. Carajo, joder, mierda, maldito imbécil–
Él arroja las patatas nuevamente a su verdulero, para después chocarse contra Zoro.
La mano derecha de este vuela hacia su espalda, su izquierda casi dejando caer el anillo. Sanji lo levanta del suelo y agarra su rostro con ambas palmas, besándolo fuerte en la boca, y es como si todo el supermercado desapareciera, dejando solo a ellos dos juntos.
Sanji rompe el beso rápidamente, abrazando a Zoro dolorosamente fuerte antes de alejarse—. Dame eso —exige él, con voz ronca y débil—. Dámelo, quiero ver–
Con un poco de esfuerzo, el anillo sale de la caja y se pone en su dedo. Sanji lo asimila sin palabras, la sortija plateada brillante como una estrella contra su piel pálida y la piedra azul brillando en el centro, y emite un ruido como de sollozo.
—Ni siquiera podías decir mi maldito nombre en tu discurso, ¿verdad, marimo? —dice él sonriendo a Zoro, con lágrimas y cariño en los ojos—. Claro que me casaré contigo, idiota.
—Me lo estaba guardando para nuestros votos —dice Zoro, y Sanji simplemente llora con más fuerza y lo besa de nuevo. Los tres cajeros en la entrada del supermercado comienzan una ronda de aplausos, mientras que la anciana de la sección de quesos les silba.
—No toques mis putas papas, Travis —gruñe Sanji de repente contra su boca, y Zoro abre los ojos para ver al hombre en cuestión retirar sus manos de la pila—. Puede que esté llorando ahora mismo, pero todavía puedo patearte el trasero.
Travis refunfuña algo en voz baja, pero al final admite la derrota, empujando su carrito hacia la fila de caja—. Felicidades —dice él, sonando genuinamente sincero—. Igual, usar el microondas es un método perfectamente aceptable para cocinar alimentos.
—No estás invitado a la boda —replica Sanji, pero está sonriendo, su mano izquierda aferrada a la de Zoro.
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yo: [.png]
yo: Dijo que sí
luffy: 🎉🍖😍💥💯💯💯
usopp: OMG FELICIDADES CHICOS!!
nami: ya era hora, compraste ese anillo hace años
nami: espera
nami: Maldito Roronoa Zoro
nami: Es Eso Un Puto Supermercado
usopp: sí lmao yo también me di cuenta que onda con eso?
sanji: El cerebro de musgo accidentalmente me pidió matrimonio junto a las papas
usopp: accidentalmente???
nami: Y LE DIJISTE QUE SÍ?
