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Español
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Published:
2026-05-16
Words:
3,132
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1/1
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249

Gallito ciego

Summary:

¿Que puede pasar entre Lionel, Pablo y una corbata?
Un juego...¿Un juego?
Y un resultado inevitable:
rumores de pasillo.

Work Text:

Pablo estaba sentado en la silla mientras la maquilladora le ponía la base. Mientras junto a él una vestuarista acomodaba el cuello de la camisa blanca Inmaculada de Lionel.

 

Mientras el pujatense se movía como pez en el agua y disfrutando del momento, el de rulos, sin embargo, por dentro estaba bastante molesto, toda una vida evitando ir al programa de Susana o a algún almuerzo en lo de Mirtha Legrand, incluso después de haber ganado el Mundial.

 

Habían llegado a un acuerdo de rechazar todo tipo de invitación a programas de televisión y más si estos no tenían nada que ver con el deporte. Pero el acuerdo entre Tapia, la Shell y la Chiqui había sido que la señora haría la publicidad siempre y cuando el dúo dinámico de Pablo y Lionel fueran a almorzar a su programa. Obviamente el presidente de AFA no iba a perder la oportunidad de sumar a un sponsor más y con ello un poco más de dinero. Y Lionel al fin y al cabo no era más que un empleado, y debía obedecer órdenes. Era eso o perder el lugar de técnico de la mayor, el trabajo con el que había soñado desde su retiro.

 

El mas alto lo miraba, la cara de frustración y enojo de Pablo era atractiva, y con la camisa blanca pegada a sus pectorales con los botones sin terminar de cerrar, provocaba en el pujatense unas cosquillas excitantes difíciles de controlar. Sus rulos hacía tiempo que no estaban tan armados, los había extrañado tanto.

 

- Señor, ¿se va a poner corbata? – le preguntó la vestuarista a Scaloni interrumpiendo su concentración y contemplación a su pareja: - señor- repitió, Lionel no quería volver de ese momento, su novio estaba demasiado lindo. Solo asintió para no ser interrumpido.

 

Pablo vio que la vestuarista estaba a punto de colocar aquel elemento en el cuello del mas alto, y algo de celos le recorrió el cuerpo, Lionel no era el único que estaba sintiendo deseos y cosquilleos. No podía perderse la oportunidad de satisfacer sus fantasías, y menos que menos, no aprovechar el momento más íntimamente excitante de colocarle la corbata.

Lanzó una mirada encendida, perspicaz y atrevida al más alto que supo que el de rulos tramaba algo, pero no sabia que.

 

Pocas veces Pablo tomaba la iniciativa, pero cuando lo hacia generaba que todo fuera un fuego alrededor, incluso en ellos, así que sospechando por donde venia la mano, el pujatense comenzó a inquietarse, sintiendo una imperiosa necesidad de que se fueran todos para poder quedarse solos:

 

- Me gustaría ponerle yo la corbata- dijo con una voz muy calma el de rulos, la vestuarista lo miró: - y me gustaría quedarme solo con él, tenemos muchas cosas de que hablar- su voz ahora sonó firme y amenazante con una mirada que atravesó a Lionel y le dio a entender que estaba en problemas.

 

Scaloni tragó con dificultad, no sabia si pedirles que no los dejaran solos o que se fueran para saber que se traía su novio entre manos. Pablo, por su lado, era una mezcla de enojo, y atrevimiento. Podía o decirle que lo odiaba, o arrancarle la camisa con botones y todo, y ambas posibilidades, en ese momento estaban haciendo que la mente de Lionel estallara en éxtasis y miedo.

 

Se escuchó la puerta cerrarse, el mas bajo se puso de pie, caminó lento y cerró con llave, al darse vuelta, su mirada era la de alguien encendido, como un felino que acababa de ver a su presa y estaba decidido a cazarlo… y Lionel… estaba muy decidido a dejarse cazar.

 

Los pasos del de rulos era espaciados, como agazapado, para tomar a su presa por sorpresa, cuando llegó frente al mas alto tomó los extremos de la corbata y sonrió de una manera lasciva, picara, como si mostrara los colmillos para intimidar al pujatense, que ya estaba totalmente entregado, con las manos a sus espaldas apoyadas en la mesa, detrás de él.

 

Su cuerpo ya había comenzado a responder a los estímulos visuales que recibía por parte de cordobés. Quien se mordió el labio inferior, provocando que su prisionero lanzara un involuntario y casi inaudible gemido.

 

Aimar empezó a jugar con la corbata, haciendo que pasara por la nuca contraria en un vaivén:

 

- Teníamos un acuerdo vos y yo- le dijo en una voz redonda, profunda, viril y arrastrando las palabras: - y no lo cumpliste- enrolló los extremos de la corbata en sus manos haciendo que Lionel bruscamente acercara su rostro a él:

 

- Es que…el chi..chiqu…- Lionel estaba tan prendido fuego dentro de él que no podía hilar dos palabras como la gente:

 

- Que me importa el Chiqui- le dijo Pablo apretando la corbata entre sus manos: - me haces enojar, y además me volvés loco en esa camisa a medio prender- su voz sonó casi como un siseo, que al salir de sus labios entro en los oídos contrarios, Scaloni estaba totalmente flojo, apretando los bordes de la mesa tratando de aguantar las ganas de devorar los labios ajenos.

 

Una vez que Pablo decidía dominar y transformarse en ese tigre de fuego, no podía echarlo a perder. Si tenia que estar a su merced y perder totalmente la compostura para que el mas bajo jugara con su voluntad, se iba a dejar sin problemas, porque sabia lo que eso significaba.

 

- no te voy a castigar- sonrió y la sonrisa se fue ladeando hacia el costado: - voy a jugar con vos- el pujatense miró la puerta cerrada y volvió a mirar al de rulos:

 

-Pablo alguien nos puede escuchar, o... - le tembló la voz.

 

Esperaba que el más bajo se detuviera ya que era más tímido y vergonzoso que él, pero por lo visto estaba poseído de deseo. Sin embargo, se detuvo, se dio vuelta y miró hacia la puerta. Cuando volvió su mirada a Lionel, era divertida, casi la de un niño que estaba por mandarse una macana, y esta vez la sonrisa era pícara:

 

- tendremos que hacerlo bajito- levantó los hombros, y luego sacudió la cabeza como para volver al personaje de cazador: - no me distraigas, que verte así me está gustando- lo retó seco.

 

El cordobés sacó la corbata del cuello de Lionel y la miró, la movía jugaba con ella entre sus manos mientras pensaba en que podía hacer con ella.

 

Levantó la vista, su pareja estaba expectante con los ojos enormes clavados en él. Y volvió a juguetear con la corbata, estudió el camarín y sus posibilidades, hasta que volvió la vista al más alto y sonrió con malicia:

 

- ¿me vas a atar? - Lionel apenas tenía un hilo de voz, Pablo negó lentamente con la cabeza sin borrar su sonrisa:

 

- nop, algo mucho mejor- le respondió, hizo una pausa y se acercó al oído del contrario: - confía en mi Gringo hermoso- le susurró lento y cálido. Lionel pudo adivinar su sonrisa en la voz.

 

El de rulos pasó lentamente la corbata suave por el rostro del más alto y se detuvo a la altura de sus ojos, una última mirada intensa, hecha flama se clavó en él.

 

De repente oscuridad, Lionel ya no podía ver nada. La seda de la corbata a rayas violetas estaba sobre sus ojos. Sintió como Pablo hacia el nudo atrás, era firme, pero no apretaba. Adivinó por sus movimientos que lo había hecho doble para asegurarse que no se saliera.
El lóbulo de su oreja fue mordido, un mordisquito pequeño, pero excitante.

 

El aliento de Pablo cálido y húmedo se esparcía por la piel de su cuello: "siempre me gustó tu perfume" Oyó la voz del cordobés.

 

Un dedo pasó sobre sus labios abiertos y sedientos, la punta del dígito fue de un lado a otro de su boca. Mientras el más bajo comenzó a sembrar de besos su cuello.

 

Pablo se quedó inmóvil un momento viendo a Lionel todavía sosteniéndose de la mesa, con los ojos vendados, la boca entre abierta que buscaba en el aire algún beso furtivo y su pecho que se movía con rapidez denotando lo agitado de su respiración.

 

El de rulos quería abalanzarse sobre aquella obra de arte frente a sus ojos, pero no quería que eso terminará tan rápido, Quería disfrutarlo. Puso sus manos en los bolsillos entrecerró los ojos y comenzó en su mente a imaginar todo lo que podría hacer con aquel lienzo en blanco que era el pujatense. Miró su reloj para calcular el tiempo con el que contaba. Era más que suficiente, si el personal del canal no comenzaba a preocuparse y llamar a la puerta.

 

Sonrió, se acercó al oído de Lionel:

 

- esperame dos segundos- y antes de irse mordió el labio inferior del más alto que estaba a punto de perder la cordura.

 

Pablo estaba jugando con su mente de una manera tan maliciosa como deliciosa.

 

Scaloni quería enojarse, pero todo lo que estaba sucediendo y el efecto en su cuerpo, no lo dejaban reaccionar, aunque tampoco quería, a pesar de todo, él también lo estaba disfrutando

 

Lionel escuchaba pasos que se alejaban y se acercaban dentro del camarín, en el medio de un silencio que envolvía todo. Movía la cabeza en la dirección en que venían los sonidos, como si sus oídos pudieran ayudarlo a adivinar que sucedía.

 

El retumbar del latido de su corazón se mezclaba con un “A ver” que oía de Pablo y lo único que pensaba era que se apurara, lo estaba carcomiendo la curiosidad y el temor de no saber que estaba tramando el otro.

 

- No voy a arrancarte la camisa porque si no la tenemos que pagar después- le dijo el de rulos, el más alto sentía el calor del cuerpo contrario y hasta podía adivinar un poco sus movimientos debido a la cercanía, oyó que dejó algo sobre la mesa, por el sonido no era algo grande, si no mas bien pequeño.

Pablo bajó lentamente sus dedos desde el mentón de Scaloni, pasando por su cuello, para tomar las solapas de la camisa y pegar un pequeño tirón. Luego, como si estuviera desactivando una bomba, desprendió botón por botón de la inmaculada prenda.

 

Sus ojos recorrían cada porción del torso de Lionel que descubría, quedaba deslumbrado con aquellos músculos en movimiento que parecían tallados por los mismos dioses. Lo acariciaba como si fuera seda, con la punta de sus dedos, totalmente abstraído por el momento. Y el hecho de que el pujatense respirase rápido haciendo que su pecho se moviera de manera pronunciada, hacia que el de rulos quisiera devorarlo cual manjar. Pero se contuvo.

 

El más alto sintió algo frio en su pecho, cremoso, pero firme que le produjo un pequeño escalofrío por lo que se sacudió apenas. Trataba de entender que era. Aquello que todavía no podía adivinar comenzó a recorrer lentamente su piel produciéndole cosquillas. De cerca podía sentir la respiración húmeda de Pablo rebotar contra su piel. Y su mano izquierda firme en su cintura sosteniéndolo para que no se moviera.

 

El de rulos se detuvo a observar otra vez y sonrió con satisfacción al observar con orgullo lo que había hecho

 

- Pa… Pablo ¿estás ahí? – no había escuchado la puerta, pero su pareja estaba demasiado silenciosa y al parecer, quieta. Temía que se hubiera sentado solo para dejarlo allí totalmente indefenso, pero algo dentro suyo le decía que el cordobés no sería capaz de hacer algo tan cruel.

 

Aimar volvió a mirar su reloj, pero decidió sacárselo y guardarlo en su bolsillo, el pensar en el tiempo le estaba coartando demasiado la imaginación. Cruzó los brazos, se pasó una mano por su barbilla. Ya lo estaba haciendo esperar demasiado, era hora de retomar el juego, y esta vez iría un poco mas lejos, porque las reglas las ponía él.

 

Lionel ya no podía aguantar su curiosidad, mientras el otro estaba elucubrando ideas, el más alto se soltó de la mesa y dio unos pasos torpes hacia adelante estirando los brazos buscando al de rulos. Hasta que lo encontró, comenzó a tantear su cabeza y a sentir entre sus dedos que los cabellos suaves de Pablo se enredaban entre ellos.

 

El mas bajó miró hacia arriba, y levantó el brazo para tomar con firmeza la mano contraria para quitarla:

 

- Tss, tsss, tsss- oyó Lionel, se sentía la desaprobación, aunque no hubiese pronunciado una palabra: - no, no, no, estas haciendo trampa- Lionel estaba tan a su merced, que no le costo nada empujarlo hacia la mesa nuevamente. Se desprendió la camisa y se acercó al más alto.

 

El espacio entre ambos ahora era mínimo, el silencio era distinto y la atmosfera se volvió tensa.

 

Pablo le tomó las manos a Lionel y las fue guiando para que recorrieran su propio cuerpo, despacio, tanteando, eran caricias torpes y un poco desesperadas. Al fin podía tocarlo, sentirlo.

 

Para Lionel sentir las facciones contrarias, las texturas y poder adivinar los gestos, era como si le hubieran prendido la luz. Jamás había prestado atencion a los pequeños detalles, en la fisionomía contraria. Ahora sus dedos recorrían cada lunar y podía sentir sus relieves y el camino que seguían. De alguna manera encontró una nueva belleza en Pablo, una que estaba allí esperando a ser descubierta.

 

Pablo bajó la guardia y soltó las manos de Lionel, para que ahora fuera él solo quien eligiera el camino que seguiría con sus manos. Ahora quien estaba entregado era él. Jamás había visto al pujatense así y le parecía de una hermosura tan frágil.

 

Se generó un ambiente tan íntimo, de detalles tan pequeños. Movimientos suaves, sutiles. Pablo quiso quitarle la corbata de los ojos a Lionel, para él ya había perdido el juego, vencido de amor por su pareja. Pero este le detuvo la mano:

 

- No, dejala – le pidió convencido: - quiero seguir así- entrelazó sus dedos entre los de Pablo y le bajó la mano. El de rulos estaba maravillado e incrédulo, como si un sueño se le hubiera hecho realidad.

 

Pablo trastabilló un poco para acercarse a Lionel. En puntas de pie, primero le beso la frente, y así con besitos chiquitos fue recorriendo el rostro de su pareja, mientras que Lionel un poco torpemente buscaba la cintura del de rulos para acercarlo y abrazarlo.

 

Los dos torpemente, uno por la emoción y otro porque no veía, se acariciaban. Cuando Pablo llegó a los labios contrarios, Lionel lo besó con desesperación, como si los labios ajenos fueran la ultima gota de agua en el desierto. Los movimientos eran mas apresurados y atolondrados y el clima cada vez más fogoso.

 

Toc Toc- sonó la puerta del camarín, se frenaron y quedaron inmóviles. Respirando agitados, pero tratando de no hacer ruido. “en 10 salimos sr Sscaloni” se escuchó una voz femenina del otro lado.

 

Al escuchar eso una urgencia se apoderó de ambos, Pablo le quitó la corbata de los ojos a Lionel que rápidamente comenzó a acomodar su camisa, cuando vio su pecho, levantó la vista y le sonrió a Pablo de manera divertida y picara:

 

- Perdón, me entusiasmé- le dijo el otro entre avergonzado y con un ataque de timidez, de repente había vuelto a ser el mismo de siempre.

 

Después de que Lionel se prendió el ultimo botón, Pablo le colocó la corbata, y como si aquel acto le devolviera aquel Aimar juguetón su rostro se tornó otra vez audaz y de cazador, hizo el nudo lentamente mientras el más alto temía que volviera el juego.

 

El de rulos apretó el nudo afirmándolo bien y tiró de la corbata atrayendo al pujatense hacia él, una vez que lo tuvo milimétricamente cerca, lo atravesó con la mirada. Se fue hacia el oído del mas alto y le susurró al oído “guardala” y volvió a mirarlo a los ojos guiñándole, dándole un beso apurado antes de soltarlo: - salgo yo primero- agregó terminando de ponerse la camisa dentro de los pantalones y acomodarla.

 

Lionel vio salir a Pablo y quedó un momento allí, apoyado aun en la mesa de maquillaje. Notó que nunca se había alejado de ella. Se pasó la mano por la corbata, como si tocándola se asegurara de que todo lo ocurrido antes había sido verdad.

 

Resonó en sus oídos el ultimo susurro de Pablo y cierto cosquilleo subió por su columna como un escalofrió excitante. Aun un poco consternado sacudió un poco la cabeza para terminar de bajar a la realidad. Caminó hacia la puerta, lento como si el suelo pudiera desaparecer bajo sus pies. Tomó el picaporte, suspiró y salió.

 

Fuera, una joven de anteojos y carpeta lo miró de arriba abajo. Se tomo el micrófono que tenía enganchado en su oreja y hablo con alguien: “si, acá esta, está todo bajo control” volvió a mirarlo con extrañeza, estudiándolo detenidamente: - sígame- le dijo hizo una pausa: - tiene mal abrochada la camisa- le avisó. El pujatense le siguió los pasos cortos y apurados acomodándose con la misma urgencia que llevaban.

 

Cuando llegó al estudio y Mirtha lo presentó, sonrió, ahora era el momento de disimular.

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Los diarios deportivos del lunes tenían una sola noticia que el DT Lionel Scaloni y su ayudante de campo Pablo Aimar habían discutido acaloradamente en el camarín de Canal 13 previo a la cena con Mirtha Legrand.

 

Pablo leía los titulares en su celular y meneaba la cabeza divertido - que había pasado algo acalorado era verdad- pero sólo ellos sabían lo que había sucedido.

 

El café caliente le enviaba un aroma acogedor, y la experiencia vivida en el camarín lo hacía sentir más seguro y mucho más convencido que no estaba mal que tomara la iniciativa de vez en cuando.

 

Tomó la taza y dio un sorbo a la infusión mientras vio que Lionel venía con la corbata en la mano, fingiendo estar enojado, aunque un brillo risueño se le asomaba en los ojos:

 

- estaba ordenando la ropa mientras escuchaba la radio y prestaba atención a lo que decían- le comentaba jugueteando con la corbata de una manera sugerente: - ¿viste lo que están diciendo? - Pablo se echó hacia atrás en su silla con una expresión de satisfacción nunca vista y asintió: - voy a tener que salir a desmentir todo, por tu culpa- el de rulos no hacía más que mover la cabeza en un sí a cada cosa que decía el más alto.

 

Lionel se acercó a la mesa y se apoyó en ella con ambas manos, lo miro incisivo y fijamente: - no te voy a castigar, vamos a jugar- una sonrisa lasciva y enorme se dibujó en el rostro de ambos.

 

El cordobés se puso de pie y caminó por el comedor hasta quedar frente a su pareja:

 

- Bueno… - dijo lento arrastrando la palabra, como si todavía se estuviera convenciendo, se acercó al oído del contrario: - Prometo no hacer trampa - le susurró y luego lo miró con una picardía que le brillaba en los ojos.