Chapter Text
El reino Ishigami llevaba meses respirando como un hombre moribundo.
Las campanas de la capital ya no sonaban con alegría, sino con esa lentitud solemne que anunciaba desgracias. Los nobles caminaban en susurros por los pasillos del castillo, los sirvientes evitaban levantar demasiado la voz y hasta el viento parecía recorrer las murallas con cautela, como si temiera perturbar la agonía del rey.
Porque el rey Byakuya Ishigami se estaba muriendo.
Y nadie podía detenerlo.
La enfermedad había comenzado como un simple cansancio. Un dolor leve en el pecho. Algunas noches de fiebre. Nada digno de alarma para un Alfa dominante tan fuerte como él, amado por su pueblo y respetado incluso por reinos enemigos. Pero entonces su cuerpo empezó a deteriorarse de formas imposibles.
Las venas se oscurecieron lentamente bajo su piel.
La fiebre jamás desapareció.
Y algo extraño comenzó a consumirlo desde dentro.
No importaban los remedios.
No importaban las plegarias.
No importaban los médicos.
Todos fracasaban.
Los sacerdotes declararon que se trataba de una maldición.
Los curanderos dijeron que ningún veneno humano provocaba algo así.
Y los ancianos de la corte empezaron a murmurar algo todavía peor: que quizá los dioses habían decidido reclamar al rey.
Pero Senku Ishigami se negaba a aceptarlo.
El príncipe heredero del reino Ishigami jamás había creído en supersticiones. Desde niño había preferido los laboratorios antes que los bailes reales, los libros de alquimia antes que las lecciones de protocolo y los experimentos antes que las ceremonias nobles. Mientras otros Alfas aprendían estrategia militar, Senku estudiaba anatomía, minerales y fórmulas antiguas.
Era brillante.
Demasiado brillante.
Pero incluso él estaba perdiendo.
Las noches dentro de su laboratorio se habían convertido en una tortura interminable. Frascos rotos cubrían el suelo de piedra. Pergaminos incompletos se acumulaban sobre las mesas. El aire olía constantemente a azufre, hierbas quemadas y metal derretido.
Senku ya casi no dormía.
Sus ojos rojizos permanecían hundidos por el agotamiento, y sus manos estaban llenas de pequeñas cicatrices provocadas por experimentos fallidos. Había probado cientos de mezclas distintas. Medicinas prohibidas. Rituales médicos extranjeros. Sustancias que podrían haber matado a cualquier otro hombre.
Nada funcionaba.
La enfermedad seguía avanzando.
Y lo peor era observar a Byakuya sonreírle aun así.
Porque incluso consumido por el dolor, el rey seguía intentando tranquilizarlo.
—No pongas esa cara, Senku —le decía algunas noches, con la voz debilitada—. Parece que fueras tú el enfermo.
Y Senku odiaba escuchar eso.
Odiaba la calma de su padre.
Odiaba la resignación de los sacerdotes.
Odiaba a todos los inútiles que repetían que debía prepararse para heredar el trono.
No quería el trono.
Quería salvarlo.
Así que continuó buscando.
Y buscando.
Y buscando.
Hasta que las leyendas comenzaron a aparecer.
Viejos textos escondidos en criptas. Fragmentos de pergaminos escritos en idiomas muertos. Historias que la Iglesia había intentado destruir siglos atrás.
Todos hablaban de lo mismo.
La Piedra Filosofal.
Un objeto imposible capaz de curar cualquier enfermedad, extender la vida humana y desafiar las leyes mismas de la naturaleza.
Pero también todos advertían algo más.
El precio.
Siempre el precio.
Los manuscritos estaban incompletos, arrancados o quemados parcialmente, como si alguien hubiera querido borrar el conocimiento del mundo. Las pocas instrucciones que sobrevivían eran contradictorias y perturbadoras. Algunos textos afirmaban que la piedra requería sangre real. Otros hablaban de sacrificios. Algunos mencionaban criaturas antiguas que no pertenecían al mundo humano.
Y en casi todos aparecía la misma frase.
“El conocimiento perfecto jamás se obtiene gratuitamente.”
Eso debería haberlo detenido.
Cualquier hombre sensato habría abandonado aquella investigación apenas comprendiera que estaba rozando magia prohibida. Incluso los alquimistas más ambiciosos evitaban pronunciar el nombre de la Piedra Filosofal en voz alta.
Pero Senku ya estaba desesperado.
Y la desesperación volvía peligrosos incluso a los hombres más racionales.
Porque cada día que pasaba veía a su padre acercarse más a la muerte.
Cada día Byakuya respiraba con más dificultad.
Cada día su cuerpo se debilitaba más.
Cada día el reino entero esperaba el momento en que el príncipe heredero tendría que convertirse en rey.
Y Senku no estaba dispuesto a permitirlo.
Aunque tuviera que abrir puertas que jamás debían tocarse.
Aunque tuviera que ensuciarse las manos con pecados.
Aunque el precio fuera demasiado alto.
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La lluvia golpeaba las ventanas del laboratorio real como si quisiera arrancarlas del castillo.
El cielo llevaba días cubierto por nubes negras, densas, interminables, y el reino entero parecía hundirse lentamente en una oscuridad silenciosa. Las antorchas ardían débiles dentro de los corredores de piedra y el olor a incienso medicinal se había vuelto permanente en cada rincón del palacio.
Pero en el laboratorio del príncipe heredero el aire era distinto.
Allí olía a metal caliente.
A pergaminos antiguos.
A desesperación.
Senku Ishigami permanecía inclinado sobre una enorme mesa cubierta de textos desgastados, frascos vacíos y símbolos alquímicos dibujados una y otra vez con tinta negra. Tenía las manos manchadas de hollín y pequeñas quemaduras recientes cubriendo sus dedos.
Llevaba tres días sin dormir.
Y aun así, sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.
Porque finalmente estaba cerca.
Muy cerca.
Frente a él descansaba el hallazgo más importante de toda su vida: un antiguo manuscrito preservado dentro de una cripta sellada bajo las montañas del norte. El pergamino estaba parcialmente quemado en las esquinas, ennegrecido por el tiempo y la humedad, pero aún podía leerse gran parte del contenido.
La receta.
O al menos… una parte de ella.
La mitad exacta de los ingredientes necesarios para crear la Piedra Filosofal.
Mercurio purificado.
Sangre real.
Lágrimas de Omega dominante.
Cenizas de mandrágora negra.
Oro tratado siete veces bajo luna menguante.
Ingredientes absurdos. Prohibidos. Antiguos.
Pero reales.
Senku lo sabía.
Lo sentía.
Por primera vez en meses, la Piedra Filosofal ya no parecía una simple leyenda.
El problema era que seguía fallando.
Siempre fallaba.
Las mezclas explotaban.
Los compuestos se cristalizaban incorrectamente.
La energía alquímica se desestabilizaba antes del resultado final.
Algo faltaba.
Algo importante.
Y no importaba cuánto analizara el manuscrito, no lograba descubrir qué era.
Porque la parte final estaba destruida.
Quemada.
Arrancada por alguien siglos atrás.
Senku apretó los dientes mientras observaba otra preparación convertirse en ceniza negra frente a sus ojos.
Otra vez.
Otra maldita vez.
El frasco explotó con un sonido seco y Chrome, que organizaba ingredientes detrás de él, dio un pequeño salto del susto.
—¡Ah! ¡Senku! ¡Casi me arrancas la cara!
El joven beta se acercó rápidamente entre montones de libros, apartando humo con las manos. Chrome llevaba años sirviendo a Senku como asistente personal en el laboratorio. Era inteligente, curioso y probablemente el único alquimista del reino capaz de seguirle el ritmo.
Pero incluso él lucía agotado.
Tenía ojeras profundas y las mangas llenas de manchas químicas.
Porque ambos sabían que el tiempo se estaba acabando.
—Falló otra vez… —murmuró Chrome, mirando el recipiente destruido.
Senku no respondió de inmediato.
Sus uñas se clavaron contra la mesa.
—Estoy cerca.
Su voz salió áspera.
Obsesiva.
—Lo sé. Estoy a un ingrediente de distancia. Solo falta algo… una pieza.
Chrome guardó silencio.
Y ese silencio dolía.
Porque los dos sabían la verdad.
Llevaban meses diciendo lo mismo.
“Estamos cerca.”
Pero el rey seguía empeorando.
Como si la muerte estuviera esperando pacientemente detrás de las puertas del castillo.
Horas después, Senku terminó caminando hacia las habitaciones reales con pasos cansados. Las antorchas iluminaban tenuemente los enormes pasillos y el eco de sus botas resonaba en el silencio nocturno.
Cuando abrió la puerta, el olor a medicina lo golpeó de inmediato.
Byakuya estaba despierto.
Demasiado delgado.
Demasiado pálido.
Demasiado cansado.
Aun así, sonrió apenas vio entrar a su hijo.
Y eso destrozó a Senku más que cualquier otra cosa.
—Sigues despierto… —murmuró el rey.
—Tú también.
Byakuya soltó una pequeña risa agotada.
—Ya no puedo dormir demasiado.
Senku evitó responder.
No quería escuchar cómo su voz sonaba más débil cada día.
No quería notar lo frías que estaban sus manos.
No quería aceptar que la enfermedad seguía ganando.
El rey lo observó unos segundos antes de hablar nuevamente.
—Senku… está bien.
El príncipe frunció el ceño de inmediato.
—No empieces.
—Estoy viejo.
—Tienes cuarenta y pocos años.
—Para una maldición antigua, eso parece suficiente.
Senku apretó la mandíbula.
Byakuya sonrió con tristeza.
—Has hecho todo lo posible. Más de lo que cualquier hijo haría. El reino ya te respeta… serás un gran rey.
Pero Senku negó inmediatamente.
Con rabia.
Como si escuchar eso lo hiriera físicamente.
—No quiero ser rey porque tú moriste.
La habitación quedó en silencio.
Incluso las velas parecieron temblar.
Byakuya lo miró largamente, con esa mezcla insoportable de orgullo y dolor que solo un padre podía sentir.
Y Senku apartó la vista.
Porque no soportaba verlo resignado.
No soportaba la idea de perderlo.
No después de todo.
Esa misma noche regresó al laboratorio más desesperado que nunca.
Y fue allí, entre libros prohibidos y velas consumidas, cuando Chrome habló.
Lo hizo con evidente nerviosismo.
—Senku…
—¿Qué?
Chrome dudó.
Luego bajó la voz.
—Otros alquimistas… hablan de algo.
Senku levantó la vista lentamente.
—¿Qué cosa?
Chrome tragó saliva.
—Pactos.
El silencio se volvió pesado.
—¿…Pactos?
—Con demonios.
Las llamas de las velas crujieron suavemente.
Chrome se apresuró a continuar antes de arrepentirse.
—Dicen que algunos alquimistas consiguen conocimiento prohibido así. Información imposible de obtener por medios humanos. Secretos antiguos. Recetas perdidas.
Senku no habló.
Porque él ya lo sabía.
Había leído sobre eso.
En uno de los libros más antiguos de la biblioteca prohibida existía un capítulo incompleto acerca de invocaciones demoníacas. Explicaba símbolos, círculos rituales y métodos para atraer entidades antiguas.
Pero también advertía algo repetidamente.
Los demonios jamás daban nada gratis.
Eran criaturas engañosas. Inteligentes. Pacientes.
Siempre buscaban beneficiarse.
Y los pagos que exigían solían destruir vidas enteras.
Almas.
Recuerdos.
Años de vida.
Hijos.
Muchos terminaban perdiendo más de lo que el favor recibido realmente valía.
Chrome dio un paso hacia él.
—No lo hagas.
Su voz tembló.
—Por favor. Esto ya es demasiado peligroso.
Y no fue el único.
Cuando Taiju se enteró, prácticamente le gritó.
Su enorme cuerpo temblaba de angustia mientras intentaba hacerlo entrar en razón.
—¡Eso no puede salir bien, Senku! ¡Son demonios!
Tsukasa, su guardia personal y el hombre encargado de protegerlo desde la infancia, fue todavía más severo.
—Si realiza ese ritual, alteza… no podré protegerlo de lo que venga después.
Pero Senku ya no podía retroceder.
Porque estaba atrapado.
Entre la espada y la pared.
Entre perder a su padre… o cruzar un límite del que quizás jamás regresaría.
Y cuando volvió a mirar los textos incompletos sobre la Piedra Filosofal, comprendió algo horrible:
La respuesta que faltaba probablemente nunca perteneció al conocimiento humano.
Así que se decidió… sin saber realmente como aquella decisión cambiaría por completo su vida.
La medianoche había caído sobre el reino Ishigami como un manto de tinta.
La medianoche había caído sobre el reino Ishigami como un manto de tinta.
La tormenta seguía rugiendo afuera, haciendo vibrar las ventanas del laboratorio real cada vez que un trueno atravesaba el cielo. Las antorchas parpadeaban inquietas alrededor de la habitación y el enorme círculo ritual dibujado en el suelo parecía respirar bajo la luz anaranjada de las velas.
Senku Ishigami permanecía de pie en el centro.
Inmóvil.
Serio.
Cubierto con una capa negra ligera para ocultar el frío de la madrugada.
La sangre de sus dedos aún goteaba lentamente sobre los símbolos antiguos grabados en piedra. Había seguido cada instrucción exactamente como aparecía en el libro prohibido. Cada palabra. Cada símbolo. Cada ingrediente.
Sal negra.
Hierbas secas.
Oro pulverizado.
Sangre real.
Y ahora solo quedaba esperar.
Aunque Chrome parecía a punto de desmayarse.
El joven beta estaba pegado contra una pared del laboratorio, abrazándose a sí mismo mientras miraba el círculo con absoluto terror.
—Esto es una mala idea… —murmuró por décima vez esa noche.
Senku ni siquiera levantó la vista.
—Lo dijiste hace una hora.
—¡Porque sigue siendo una mala idea!
Chrome tragó saliva cuando una corriente helada recorrió la habitación.
—Senku… los demonios no son normales. Los libros dicen que pueden alterar la mente de las personas, que hacen contratos tramposos y que—
—Y también dicen que tienen conocimiento imposible de obtener para los humanos.
Chrome frunció el ceño.
—¿Y si intenta llevarse tu alma?
—Entonces negociaré mejor.
—¡Tú eres un pésimo negociante!
Por un instante, Senku casi sonrió.
Casi.
Pero el cansancio era demasiado grande.
Había pasado días enteros preparando aquel ritual. Si funcionaba, podría conseguir el conocimiento que necesitaba para terminar la Piedra Filosofal. Si no…
No quería pensar en eso.
Así que respiró hondo y pronunció las últimas palabras del conjuro exactamente como aparecían escritas en el libro.
El viento rugió afuera.
Las velas titilaron violentamente.
Y entonces…
Nada.
Absolutamente nada.
El silencio llenó el laboratorio.
Chrome parpadeó una vez.
Luego otra.
—…¿Ya terminó?
Senku permaneció quieto.
Esperando.
Pero no ocurrió nada más.
Ni sombras.
Ni fuego.
Ni criaturas infernales.
Solo lluvia golpeando los vitrales.
Chrome soltó lentamente el aire contenido.
—…Tal vez eso sea bueno.
Pero Senku sintió algo romperse dentro de él.
Porque acababa de apostar lo último que le quedaba a una superstición ridícula.
Y había fallado.
Otra vez.
El príncipe apretó los dientes y terminó llevándose una mano al rostro, frustrado.
—Tch…
Se pasó los dedos por el cabello.
Agotado.
Humillado.
—Qué estupidez…
Chrome lo observó con cautela.
Senku soltó una risa seca, amarga.
—Mírame. Heredero del reino Ishigami, genio de la alquimia… intentando invocar demonios como un idiota supersticioso.
Su voz se quebró apenas un poco.
Lo suficiente para que Chrome comprendiera cuánto le dolía realmente.
Porque Senku había llegado demasiado lejos.
Y aun así seguía sin poder salvar a su padre.
Chrome bajó la mirada.
—Senku…
—Vete a dormir.
El beta levantó la cabeza rápidamente.
—¿Qué?
—Ya terminamos aquí.
Chrome dudó.
No quería dejarlo solo.
Pero Senku lucía agotado hasta los huesos.
Así que finalmente asintió lentamente.
—…No tardes demasiado.
Y abandonó el laboratorio con evidente preocupación, cerrando las enormes puertas de madera detrás de él.
El silencio regresó.
Pesado.
Vacío.
Senku permaneció unos segundos más mirando el círculo ritual antes de soltar un suspiro largo y cansado.
Claro.
Por supuesto que no funcionó.
Los demonios no existían.
La Piedra Filosofal probablemente tampoco.
Todo aquello eran solo leyendas desesperadas creadas por personas incapaces de aceptar la muerte.
Senku cerró el libro antiguo de golpe y empezó a recoger algunos frascos del suelo, dispuesto a abandonar finalmente aquella ridiculez.
Entonces lo sintió.
Un aroma.
Flores.
Demasiadas flores.
El olor apareció de repente, intenso y envolvente, llenando el laboratorio en cuestión de segundos. No era un perfume natural; era dulce de una forma extraña, pesada, casi hipnótica.
Senku se detuvo inmediatamente.
Y entonces la neblina apareció.
Espesa.
Blanquecina.
Deslizándose lentamente por el suelo de piedra como si hubiera nacido de las sombras mismas.
El aire se volvió frío.
Las velas comenzaron a apagarse una por una.
Y el corazón de Senku se aceleró violentamente por primera vez en años.
Porque alguien estaba allí.
No había escuchado pasos.
No había visto abrirse ninguna puerta.
Pero lo sabía.
Había una presencia detrás de él.
Lenta.
Sonriente.
Observándolo.
Senku alzó la mirada.
Y lo vio.
El demonio apareció entre la neblina como una figura salida de un sueño peligroso.
Hermoso.
Inhumanamente hermoso.
Tenía un cuerpo esbelto y delicado, casi elegante, cubierto completamente por ropa negra adornada con detalles plateados. Pequeñas alas oscuras sobresalían de su espalda, demasiado negras para parecer reales, moviéndose apenas con suavidad.
Su cabello era lo más extraño de todo.
Dividido perfectamente en dos colores.
Una mitad negra como la noche.
La otra completamente blanca.
Y de esta caía un mechón largo que resaltaba entre la neblina como hilo de luna.
Su rostro parecía demasiado joven. Demasiado fino. Fácilmente podría pasar por un Omega hermoso de la nobleza… si no fuera por la presencia sofocante que emanaba de él.
Porque aquello definitivamente no era humano.
Sus ojos grises brillaron suavemente mientras observaban a Senku.
Divertidos.
Hambrientos.
Curiosos.
Y entonces el demonio sonrió.
Una sonrisa juguetona. Encantadora. Peligrosa.
—Querido Senku…
La voz fue suave.
Casi melosa.
Pero hizo que un escalofrío recorriera todo el cuerpo del príncipe.
Porque aquella criatura había pronunciado su nombre como si lo conociera desde siempre.
Y aun así…
Lo único que Senku pudo pensar, mirándolo fijamente entre la neblina y las flores, fue una verdad absolutamente absurda.
Era hermoso.
