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En alguna dimensión suspendida más allá de la existencia y del dominio de los dioses, el tapiz del destino se extendía sin principio ni fin. Sus hilos eran tan vastos como el tiempo mismo y tan dorados como la sangre divina. Como siempre, todo confluía en la unión de cada fibra, el punto exacto donde el Desconocido estaba destinado a despertar, permitiendo que los pocos hilos restantes continuaran su rumbo infinito.
El Desconocido necesitaba del destino para despertar; después de todo, un ser desprovisto de él sería relegado al olvido hasta desvanecerse, una sumisión que aquel dios corrompido jamás permitiría.
Sin embargo, en algún rincón del tapiz, tres hilos recorrían la misma corriente. Solo dos de ellos se encontraban entrelazados; no de manera natural, sino por un artificio divino y forzado. El tercer hilo giraba a su alrededor, errante, buscando aún su contraparte perdida.
De pronto, uno de los hilos fuertemente vinculados llegó a su fin. No terminó de la forma habitual en que mueren los hilos del destino, sino que su trayecto se cortó abruptamente, como si su camino hubiese sido robado por una fuerza invisible. al instante, el hilo que giraba en busca de su compañero detuvo su danza; ya no era capaz de sentir la presencia de su fibra anhelada.
Mientras tanto, el hilo que antes yacía entrelazado con el desaparecido se mostró indiferente, estático, como si nada hubiera ocurrido. Como si aquel lazo impuesto por manos divinas no hubiese sido más que un sueño lejano. El hilo restante, ahora perturbado por el nerviosismo, fue tirado con violencia desde alguna dimensión remota, creando un nodo: un pequeño y oscuro punto focal. Tras esto, el hilo se calmó. No porque su compañero original hubiera regresado, sino porque, de algún modo, comprendía que ese nodo era indestructible e inalterable.
En la infinita penumbra del tapiz del Hechizo, algunos hilos vibraban alterados, corruptos. Pero la única persona capaz de sentirlos y atestiguar su existencia se encontraba demasiado sumida en su propia amalgama de dolor y alivio. Nadie sabría cuánto tiempo permaneció en ese letargo, y nadie podría decírselo; después de todo, provenía de un lugar ajeno a la temporalidad de la realidad.
[Despierta, Trascendida Cassia.]
[Tu pesadilla ha terminado.]
Y así, todo concluyó.
Años de tortura psicológica y aislamiento social, soportados en su intento por convertirse en una constante dentro del tapiz del destino, habían llegado a su fin. Ya no habría más conspiraciones que dependieran de manipular a los demás a través de sus futuros. Ya no habría más planes diseñados para hacer sufrir a esa persona. Había superado la prueba final.
El tormento de la Tercera Pesadilla terminaba al fin; ciclos e infinitas repeticiones temporales morían ahí, donde su propia versión corrompida, Tormento, y la contraparte distorsionada de él, el Príncipe Loco —una facción fusionada con el destino mismo—, habían diseñado el bucle perfecto para que todos lograran salir con vida de ese maldito lugar.
Cassie habría llorado de alegría o de profunda tristeza, si no fuera porque las lágrimas se le habían agotado hacía ya mucho tiempo. Después de todo, no era fácil aceptar el precio: olvidar y, posiblemente, destruir a la persona que amabas con tal devoción que estuviste dispuesta a desmoronarte con tal de salvar su futuro.
De repente, Cassie experimentó el frío real. Un frío físico. Recobró la conciencia en algún punto de la Antártida, un páramo que habían recorrido hacía poco más o menos de un año. Un lugar donde todo pudo haber salido mal y donde, sin embargo, cada pieza encajó según su plan. Sospechaba que en ese preciso instante se encontraba sepultada bajo toneladas de escombros. Podía liberarse usando un destello de su fuerza trascendente, pero estaba exhausta. No deseaba mover un solo músculo; necesitaba un maldito descanso mental.
Agudizó sus sentidos, intentando percibir los hilos del destino a su alrededor. Como era de esperarse, el tejido se estaba colapsando. Se obligó a cortar la conexión; sentirlo era una experiencia desconcertante. Ahora, bajo su estatus de Santa, no debería ser un problema, a no ser por todo el caos que ella y él habían provocado...
«Sunny...»
. . .
«¿QUÉ?»
Cassie sintió que la espalda se le contraía, aprisionada por el gélido y duro abrazo de los escombros. Un escalofrío, agudo como un relámpago, le recorrió la espina dorsal. Un torrente de emociones estalló en su pecho y un sinfín de conjeturas inundaron su mente, pero todo el ruido fue eclipsado por una intensa mezcla de ansiedad y júbilo.
Preguntas contradictorias y febriles daban vueltas en su cabeza, provocándole náuseas en medio de ese remolino de pensamientos. Sin embargo, todo se detuvo al encallar en una frágil y fría conclusión.
Algo había salido mal. Si aún podía recordar a Sunny, significaba que el plan había fallado lo suficiente como para que su existencia no fuera borrada de la memoria colectiva. Pero de esa misma falla nacía su alegría: ¡Sunny seguía siendo recordado! Y lo que era aún más extraño, el destino colapsaba descontroladamente en una especie de realidad aislada de la suya. Una contradicción absoluta. ¿Qué había ocurrido para provocar semejante anomalía? ¿Qué demonios se ocultaba en aquel maldito Estuario? ¿Qué clase de secreto encerraba el Verdadero Nombre que Tormento le había otorgado y luego arrebatado, para que ella lo usara en la [Luz Guía] y Sunny lo reclamara?
Cassie carecía de respuestas, pero recordaba a Sunny y el destino se caía a pedazos. En retrospectiva, todo había salido bien.
Sin embargo, también existía la alarmante posibilidad de que el vínculo que ataba a Sunny con Nephis siguiera intacto. Eso representaba un escenario nefasto; significaba que había fracasado en ayudarlo una vez más. Se sintió miserable. Le había prometido que aquello lo liberaría de sus cadenas, una emancipación que Sunny anhelaba con la misma intensidad con la que ella solía añorarlo a él.
«Dudo que esta vez me deje vivir si no le pido disculpas».
A estas alturas, solo podía agradecer el hecho de que él la apreciara lo suficiente como para no haberla matado aquel día, después de los eventos en la Aguja Carmesí. A Cassie no le gustaba pedir perdón, y menos a Sunny; sabía perfectamente que jamás merecería su perdón, un hecho que ya había aceptado. Pero lo último que él le había dicho en aquel pequeño bote de madera flotaba en su memoria: él siempre había esperado una disculpa.
Un sentimiento amargo le oprimió el pecho, pero lo desechó de inmediato. Todo el sacrificio había sido necesario para quebrar el destino, lo que se traducía en una oportunidad real de salvar el mundo. Bastaría con declarar que él estaba muerto para evitar el despertar del Séptimo Dios; así tendrían el camino libre para derrocar a los Soberanos en el futuro.
Y tal vez, en el fondo, Cassie también se alegraba de no haberse convertido en un cascarón vacío. Sunny representaba una parte inmensa de sus recuerdos, de sus visiones y de sus actos. Al no olvidarlo, ella seguía siendo ella misma... Aunque eso significara tener que presenciar cómo él se aferraba a Nephis con esa obsesión impuesta por el diseño del destino. Él proclamaba querer ser libre, pero jamás descubrió que su conexión con Nephis nunca fue del todo natural; había sido provocada por alguien, o por algo.—Ah... —suspiró.
Nadie se imaginaba cuánto agradecía que jamás le hubieran preguntado qué sentía realmente por Sunny mientras Kai estaba cerca con su detector de mentiras.
Tras descansar unos segundos más, decretó que ya había sido suficiente. Observaría qué estaba haciendo Sunny, luego pediría ayuda a Nephis, irían a la Torre de Marfil y se desplomaría en su cama por un largo rato mientras vigilaba sus pasos, tal como se había vuelto costumbre.
Invocó su habilidad de Ascendida. Buscó la marca de Sunny en el tejido y la activó...Cassie parpadeó. No una, sino dos veces.
Sunny estaba... bueno, los múltiples Sunny se miraban entre sí. Intercambiaban gestos extraños, ensayaban movimientos y se dedicaban a tareas completamente distintas. Sunny estaba experimentando con su Habilidad Trascendente que resultaba ser... ¿el poder de multiplicarse?
«Dios, qué envidia», pensó Cassie, con una punzada de frustración.
«¿Cómo me gustaría una habilidad así? ¿Tienen idea de cuánto podría descansar de Nephis si pudiera duplicarme? ¡Pero no! Yo solo obtuve el "poderoso" don de manipular recuerdos y de hurgar en los tuyos, tal como lo hacía Tormento».
Era innegable que sentía celos de un poder tan versátil.
«Al menos podría pedirle a Neph que me preste uno... ¿Pero en qué demonios estoy pensando? Él me detesta, y Nephis ni siquiera posee la capacidad celular de considerar una posibilidad tan absurda».
Tras un rato de experimentación, Sunny finalmente dirigió su atención al exterior y apareció ahí.
A lo lejos, la imponente silueta del Rey Anvil de la Espada se movía con frialdad implacable, mientras las Puertas de los Sueños trasladaban a miles de humanos comunes y corrientes. El suelo tembló con violencia telúrica y Sunny tropezó torpemente, rodando por el montículo de escombros hacia la ladera del gran cráter.
Fue entonces cuando sus ojos captaron un pilar de fuego blanco en el centro del abismo. Eran los restos de la base del clan Valor; el hormigón y las aleaciones místicas yacían fundidos en formas irreconocibles por doquier. Y en el epicentro de la destrucción, se erigía una figura de llamas níveas que iluminaba todo a su alrededor con una luz gélida y clarividente.
Cassie agradeció profundamente no estar conectada a los sentidos de Nephis. Aunque su poder no le transmitía la totalidad del dolor físico que Neph soportaba, asomarse a su mente siempre resultaba una experiencia lacerante.
«Espera... ¿ella puede convertirse en un ÁNGEL? ¡Oh, vamos! ¡Esto es el colmo!», despotricó Cassie en su fuero interno, exasperada por la disparidad de sus dotes.
Luego, vio a través de los ojos de Sunny cómo este se aproximaba a Neph... y cómo ella lo midió con una mirada cargada de precaución.
¿Por qué Nephis actuaba con tanta desconfianza?
Observó a Nephis dictar una orden y a Sunny acatarla por voluntad propia.
«Bien. Eso significa que la parte más crucial del plan funcionó», se consoló Cassie, sintiendo un peso colosal desprenderse de sus hombros. Había logrado liberarlo. Por fin, él había roto los eslabones de aquel vínculo maldito. El mismo lazo cuya culpa le arrebataba las noches de sueño.
«Bueno, ¿Qué te dije, Sunny? Esta vez tomé la decisión correcta, ¿no? ¿Ahora estamos a mano?».
Cassie se aferró a la ilusión de que, tal vez, él ya no la odiaría con tanta vehemencia.
—¿Quién es usted? —preguntó Nephis. Su voz era un témpano desprovisto de cualquier atisbo de reconocimiento.
«¿Qué?» la mente de Cassie se congeló.
Esperaba verlos enfrascados en sus habituales e incómodos intentos de entablar una conversación; esperaba que Nephis le reclamara por haberlos abandonado; esperaba presenciar cómo todo se arreglaba de una manera tan cursi que terminaría por provocarle náuseas.
Y celos. Pero ese era un secreto que nadie más tenía por qué saber, ¿verdad?
—Identifíquese —insistió Nephis, manteniendo el mismo tono gélido y formal.
«... Oh, condenación. Esto está... MUY jodido». Cassie lo comprendió en un destello de horror. No era que Sunny hubiera evitado el olvido. Era que, al parecer, el mundo entero lo había borrado de su memoria... excepto ella.
«¿Pero cómo? ¿Por qué yo?». Un alud de preguntas contradictorias volvió a colapsar sus facultades. Nada de esto tenía sentido. Ni una sola pieza de este escenario encajaba.
El efímero alivio se transmutó en un pánico ciego, y luego, en una culpa devoradora. Si sus sospechas eran ciertas, Sunny la odiaría aún más... o quizás no. Él ansiaba la libertad, ¿cierto? Pues ahí la tenía. Él mismo se lo había advertido en el pasado: debía tener cuidado con lo que deseaba. Pero si este era el desenlace que él buscaba, ¿por qué sentía este vacío nauseabundo en el pecho?
—Condenación... —murmuró entre dientes. Ahora tenía una montaña de trabajo para enmendar el tejido de la realidad y, para colmo, Sunny sumaba una nueva razón para despreciar su existencia.
A decir verdad, Cassie había sepultado la esperanza de recuperar su cercanía hacía ya mucho tiempo; desde los eventos de la Costa Olvidada, para ser exactos. Si tan solo Nephis no hubiera revelado la identidad de quien lo había traicionado, tal vez habría tenido el tiempo necesario para reparar su desastre con él aún a su lado. Sí, era un pensamiento egoísta, pero a estas alturas ya no le importaba. Había sacrificado su vida entera por los demás. «¿Acaso está mal querer algo para mí?».
—Soy yo... Sunny —respondió la voz del joven a través de la marca, sonando extraña, ajena.
—¿Afiliación?
—... El Ejército de Evacuación, supongo. Mando del Ejército. Enviado Especial.
Sunny comenzó a perder los estribos cuando Nephis pareció distraerse por unos segundos, antes de que una repentina alteración demudara su rostro.
—¡Cassie! —
gritó Neph, rompiendo a correr hacia un montón de escombros, buscando desesperadamente su rastro en la dirección equivocada.
«Estoy al otro lado del cráter, tonta», pensó Cassie con fastidio, mientras vigilaba desde la perspectiva de Sunny.
El muchacho parecía al borde del colapso, atrapado en el torbellino de su propia psique.
Sunny soltó una risa ahogada, una vibración amarga que precedió a un tambaleo que casi lo hace caer. Respirando de manera entrecortada, contempló el vacío y susurró al viento:—Soy libre...De repente, una voz suave, cargada de una ironía resignada y un cansancio infinito, resonó directamente en los pensamientos de Sunny, interrumpiendo el silencio de su epifanía:
[Emm, Sunny... lamento interrumpir tu monólogo interno, de hecho lo siento muchísimo, de verdad, pero ¿podrías venir a ayudarme? Neph está buscando en el lugar equivocado y, ya que estamos en esto, me gustaría aprovechar para preguntar algunas cosas como... ¿Qué DEMONIOS PASÓ EN EL ESTUARIO?]
Y asi, termina esta idea, notaras cambio en signos, le pedí a la IA que me corrigiera los problemas ortográficos y la maldita me cambia los signos¡, en fin, nos vemos ✌
