Work Text:
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"El asesoramiento no era necesario", es lo que pensó Takemichi, ¿por qué?, porque sus calificaciones en sociales no eran buenas pero tampoco tan malas, como para que le asignen un tutor. Aun así; a regañadientes tuvo que aceptar la petición de su madre.
"Aunque seas un alfa, no significa que tendrás todo a manos llenas". Su madre siempre le repetía lo mismo cada vez que podía.
Takemichi término de leer las anécdotas donde tendría que sacar las respuestas a su tarea. Bostezó fastidiado y miró la hora en el celular. La noche ya estaba entrando.
—No puede ser —lloriqueó.
Viernes, inicio de fin de semana, ¿y él? estudiando. Cuando, bien podría estar con los chicos en el karaoke o correteando por los bosques; y no sentado en medio de su habitación, estudiando.
Su parte lobuna andaba aburrido, tenía días encerrado y ya le hacía falta estiramiento.
Pero el sonido estridente de su celular lo sacó de sus berrinches internos. Con una mueca de fastidio agarró el celular, las notificaciones empezaron a llegar una tras otra.
Curioso por saber que mandaba su grupo de amigos, Takemichi revisó los mensajes para ver de quién se trataba. Se sintió prisionero en su propia casa al ver las fotos que le mandó Chifuyu; mostrando lo bien que se divertían los chicos; adjuntado con un mensaje escrito en donde le decía: «De los que te pierdes socio. Ven a divertirte. ¡Es fin de semana!».
Resignado, apagó su celular. Por más que quisiera ir no podía; se lo había prometido a su madre tras haber sacado una mala nota en su anterior evaluación. Y si quería tener todas las vacaciones próximas libres, no podía echarse atrás.
Takemichi giró la cabeza en dirección a Sanzu, su tutor. Era su segundo día con él como su maestro. No iba a negar que no hacía mal su trabajo dándole clases.
Parecía distraído con su celular también, y con un semblante inusualmente relajado.
Para Takemichi, Haruchiyo era complicado de entender; hasta tratar de entablar una conversación amistosa por unos segundos con él era indiscutiblemente imposible. Solo bastaba con ver la forma en la que lo trataba a veces: Como si fuera un vil gusano salido del estiércol. Torció la boca con una mueca de disgusto.
Takemichi lo miró y arqueó una ceja ¿por qué aceptó ser su tutor? Siempre parecía mostrar que lo odiaba.
Entonces, decidió preguntarle por querer saber por qué aceptó ayudarle, ya que siempre parecía querer asesinarlo con la mirada: —Sanzu...
Nada más alcanzó a decir porque fué abruptamente interrumpido.
—¿Qué? ¿Ya terminaste el mapa mental? —la mirada mostraba un brillo sombrío que calaba los huesos y que parecía decir "No me interrumpas o te mato"; así que Takemichi solo negó, guardó silencio y se encorvó en su sitio.
Sanzu siempre traía un aura aterradora.
No le temía a nada ni a nadie. Incluso; era increíble ver cómo se le plantaba, no le tenía miedo aún sabiendo que era un alfa.
Sí, Sanzu todavía no presentaba su segundo género. Y por su complexión y algunas características; lo más comprensible, era que su segundo nacimiento sea a un alfa.
«¿Será bipolar?» Takemichi contempló de arriba a abajo al joven que regresó toda su atención a la pantalla del celular; parecía contestar mensajes con total concentración. Tenía una pizca de felicidad en los ojos.
Quiso saber a qué se debía ese brillo inusual, pero...
Regresó a sus deberes. No quería hacerlo enojar.
Sanzu llevaba un rato ignorándolo.
«¿Con quién se estará mensajeando tanto?» No podía dejar de preguntarse ni concentrarse en su tarea.
Cada tanto lo miraba de reojo.
Porque la pequeña sonrisa que desprendía Sanzu le llamaba mucho la atención. Era extraño verlo sonreír de tal manera: radiante y cautivador. Era una rareza, de esas pocas veces que se dejan ver en la vida.
Suspiró involuntariamente, suave y relajado sin darse cuenta. Pero alguien a su lado sí lo vió, lo escucho; no dijo nada.
«Tiene una sonrisa muy bonita» Takemichi sintió como su rostro elevó su temperatura. Enseguida su imaginación empezó a trabajar.
«¡¿Algún pretendiente?!» pensó. Arrugó el entrecejo, intentando leer sus gestos.
Sacudió la cabeza. ¡Es inaudito! ¡Y más con el carácter difícil que se carga!
Sanzu se mantenía con la cabeza gacha, enfrascado en el aparato. Conversaba con su hermana sobre Takemichi.
Hasta dónde Takemichi sabía, Haruchiyo no tenía intereses amorosos por alguien, o eso es lo que siempre demostraba. También sabía que Sanzu tampoco era un adicto a las redes sociales; por tal motivo era extraño verlo tan distraído en el celular.
¿Estaría mensajeandose con los chicos de Toman...? Con, ¿Mikey?, ¿Baji?
Su celular vibró de nuevo. La Mizo había mandado videos de su noche en el arcade. Él lo ignoró; solo le bajó el volumen a las notificaciones.
No quería ser entrometido; pero... ¡la curiosidad lo estaba matando! ¡Queria saber! ¡Quería saber la razón de su sonrisa tonta!
Takemichi levantó un poco la cabeza y sus ojos se detuvieron en la boca de Sanzu; donde todavía traía la sonrisa marcada, genuina y suave.
Han sido pocas las veces que lo ha visto sonreír de esa forma... tan linda. Incluso podría contarlas con los dedos de una mano, y le sobrarían.
Pensó y pensó, ¡solo había una respuesta a aquella sonrisa!
«¡Una relación secreta!» ¡Sanzu tenía pareja! Abrió los ojos sorprendido, intrigado. Y se estiró de golpe, irguiendo la espalda.
Sanzu se le quedó viendo, su mirada mostraba su descontento "¿Qué te pasa?", eso entendió Takemichi.
Sí, su reacción creo que fue demasiado exagerada. En cada rincón de la expresión de Sanzu decía: "¡Deja de fastidiar! ¡Eres una molestia!".
Takemichi sonrió nervioso y se volvió a encoger en su lado de la mesita. Apenado.
Pero la duda lo carcomía. Sí, era un metiche de primera. Resopló con desgana.
Al notar que Takemichi dejó de verlo con esa cara de inepto, Sanzu regresó a lo suyo. No le gustaba que el apestoso se le quede viendo demasiado. Lo ponía nervioso.
Lo miró de soslayo.
Era extraño, pero... algo le picó el estómago; una comezón diferente a cuando tienes curiosidad. Así que, no le tomó mucha importancia.
—Termina tu labor —Dijo con fastidio. Y se removió en su lugar; aquella incomodidad en su interior empezaba a ser molesto.
Takemichi asintió, y dejando aún lado su curiosidad se concentró en sus libros que descansaban sobre la mesa. Por el momento.
La noche entró; y con ella el fresco nocturno vatio la habitación. El verano empezaba a dar entrada al otoño y las brisas refrescantes que se colaban por las ventanas eran un alivio al sofocante y húmedo calor.
—Terminé —dijo, exhausto Takemichi, se estiró.
—Ya era hora —Sanzu jaló la libreta de Takemichi para revisar sus anotaciones.
Acento su celular en la mesa, y Takemichi al ver la pantalla dentro de la aplicación de mensajería, intentó echar un vistazo; pero antes de siquiera poder llegar a ver algo, apagaron el celular.
Sanzu lo miró mal y él se hizo el desentendido.
Unos segundos después de fingir contar motas de polvo.
Takemichi miró a Sanzu con detenimiento. Algo que no podía ignorar; y mentir así mismo, era que no podía dejar de observar a Sanzu. No importaba la forma tan grosera o denigrante que lo tratara; no podía evitar mirarlo.
Siempre se preguntó por qué.
Observó como el aire tranquilo que entraba por la ventana mecía las cortinas suavemente; entre su paso por la habitación balanceaba algunos cabellos rosas del joven que tenía enfrente.
Sanzu leía las notas, marcaba y escribía algunas también en la libreta y el libro. Parecía no notar la forma en que era observado.
Takemichi lo siguió fijamente, con un detenimiento inexplicable; una calma tan apacible que le erizo la piel. Desvió los ojos por un momento y se regañó mentalmente. Parecía un acosador desagradable, ¡un cerdo! por su comportamiento inapropiado.
Haruchiyo siempre le pareció guapo, un chico lindo y nada más. Aunque... ¿por qué al mirarlo sonreír dulcemente, sintió extraño dentro de él? Y extraño, se refería a algo agradable.
La sensación era primeriza, nunca había sentido una calidez como esa con anterioridad. Incluso el calor de los abrazos de su mamá eran diferentes.
Takemichi abrió los ojos ensimismados, rebosantes de la ilusión juvenil al ver a Haruchiyo acomodar su cabello detrás de su oreja mientras repasaba las notas.
Se veía tan delicado.
«Por Dios..., es como un hada» no pudo evitar su pensamiento porque ni él sabía con exactitud qué era ese sentimiento.
«Estoy enloqueciendo». Los inicios del otoño traían locura en el aire. ¡Sí, era por eso!
—Eres como mirar el primer brote de una sakura en la primavera... —expresó bajo sin apartar la mirada del chico, sin darse cuenta que Sanzu ya había visto la forma en la que lo miraba.
Lo escuchó.
Haruchiyo alzó la cabeza para posar sus ojos en el apestoso, con la mirada curiosa y una ceja arqueada— ¿Qué dijiste?
Hanagaki se tapó la boca, temblando como un chihuahua en medio de un aguacero.
Los nervios le ganaron al escuchar la pregunta y su cuerpo se paralizó al ser pillado—¡¿...Heh?! —fue lo único que pudo articular.
Se cacheteo mentalmente; su estúpida boca nunca podía mantenerse cerrada.
¡Lo habían escuchado! ¡Fue escuchado! ¡Estupido! ¡Estupido! ¡Estupido!
—¿Estás seguro? —Sanzu sonrió juguetón, posando su mentón en la mano apoyada en la mesita, mientras se abanicaba al sentir calor. Ya que la temperatura del ambiente bajó con la caída de la noche; era extraño que empezara a sudar así.
Quería saber si Takemichi en verdad pensaba así de él.
—Yo... yo —empezó a tartamudear por lo nervioso que sintió, mirando a los lados buscando una forma de escapar.
Sintió terror.
Las palabras se sintieron tan espesas que no pudo articularlas como eran debido.
—Anda, repítelo de nuevo. ¿Qué soy cómo qué...? Te escuchó, Ta- ke- mi- chi —lo miró coqueto y profundo, pero había una pizca de burla en sus ojos que ponían la piel de gallina en Takemichi.
Quería oír a viva voz de nuevo al alfa.
No era simplemente molestarlo, quería saber el significado de esas palabras.
El pulso de Takemichi se aceleró, su rostro se calentó al punto que pensó que iba a estallar en cualquier momento. Su corazón latió fuerte y rápido. Nervioso al extremo. Se sintió chiquito, encerrado y no entendió por qué— Yo...
«!Cielos!».
Haruchiyo río al mirarlo tan nervioso y rojo al igual que una cereza recién cortada —Cálmate, solo estoy jugando —dijo para calmarlo. Aunque no era del todo cierto.
Dentro de sí, se sintió feliz por la reacción de Takemichi; ya que al chico le gustaba. Al mismo tiempo se sintió algo decepcionado, porque quería escucharlo de nuevo y decir esa frase. Saber que siente lo mismo que él. Pero no debía presionar las cosas.
No quería asustarlo más de lo que ya lo hacía.
—Alfa cobarde —murmuró. Se limpió el sudor de la frente. Detestaba el calor.
Takemichi desvío la vista y se sintió mal por alguna razón.
Sanzu pensó lo que dijo y bufó; no quiso decir aquello. Desvío la mirada a un punto no fijo.
El viento sopló ligero y un aroma dulzón llegó al olfato de Takemichi. sin darse cuenta sus labios se movieron, saboreando en su paladar.
Almendras y miel.
¿Su mamá estaría horneando galletas o pan? No le tomó mucha importancia, sin embargo; su estómago rugió de hambre.
Haruchiyo resopló acalorado entre risas burlescas, el bochorno en su interior se intensificó. Sintió el calor acrecentarse en su vientre. «¿Fiebre?».
—¡Je! —Takemichi se inclinó apenado por lo sucedido y el calor en sus mejillas ardió. Ni siquiera cuando Hina le propuso ser su novio se avergonzó de tal manera.
Bajo la cabeza, sus dedos jugueteaban entre sí «Me gusta», se detuvo enseguida, mordió y meditó unos instantes ese pensamiento que salió de la nada. «¿Qué fue...? ¡¿Qué?! ¡¿Me gusta?!», se preguntó de nuevo mirando al chico de reojo; que parecía algo inquieto en su lugar y sudoroso, con las mejillas rosadas, como si hubiera estado horas bajo el sol de mediodía.
«¿De verdad me atrae de aquella forma?» mordió su labio, palpando la palabra "gustar" como si fuera algo desconocido.
—Creo que ya me enferme —Susurró Sanzu apenas audible para él, y desató unos botones de su camisa escolar, la incomodidad aumentaba.
Demasiado.
Se llevó las manos bajo el ombligo, su vientre se contrajo, una y otra vez. Palpitando pausadamente, como las olas al reventar en las orillas de la playa. Respiro profundo para intentar calmarse, no podía controlar los temblores de su cuerpo.
Takemichi seguía mirándolo; curioso de sus propios pensamientos sin percatarse del estado del chico, después de todo había un poco de calor en el cuarto, ¿cierto?
Era verdad que Sanzu llegaba a tener un problema con su carácter; al igual que un perro bravo que se suelta de su correa y se abalanza a lo primero que ve. Era indiscutiblemente peligroso.
Pero no quería decir que sea un mal chico del todo, ¿o sí?
Takemichi repasó el rostro de Sanzu, minuciosamente, como queriendo grabarse en la memoria cada poro e imperfección en él. Mandíbula afilada; labios finos y rosados, algo entreabiertos; podía ver su aliento al respirar, y su nariz... Oh, es un ángel. Fue detallando cada espacio de piel, hasta llegar a las mejillas, ruborizadas, calientes y con gotas de sudor brillando en ellos...
Takemichi se desconcertó; ahora que lo veía mejor, ¿no estaba muy agitado? Se giró a la ventana. Si hacía algo de calor; pero no era para tanto.
—¿Heh? ¿Te sientes bien, Sanzu? —preguntó algo preocupado, mirando el estado deplorable del chico- ¿Quieres algo de...?
Alcanzó nada más a decir, porque el olor a almendras y miel se intensificó en el aire y penetró en su olfato.
—¿Qué raro...? —miró al techo- No creo que sea mi madre en la cocina...
Takemichi podía ser tan... distraído.
—Sanzu, ¿no crees que...? —le iba a preguntar por el aroma, pero las palabras se atoraron en su garganta; y una corriente eléctrica sacudió su piel.
Sanzu apretó su vientre; algo ahí no se encontraba bien, podía sentirlo. Las punzadas eran constantes y dolorosas. Los bochornos eran insaciables y la humedad en su entrepierna iba en aumento.
Además... Sus costillas se abrían y cerraban sin compasión. Se quejó dolorosamente. Una opresión invadió su pecho.
Se rasgó la playera, dejando jirones de tela y su pecho al descubierto.
Se desabrochó la faja con las manos temblorosas. Su respiración se agitó más y su vista se nubló.
Takemichi paso saliva, nervioso; Sanzu se arrancaba la ropa sin reparó.
—No sabía que tuvieras un gemelo idéntico, Takemichi. —Haruchiyo tanteo el anhelo que desbordaba.
No despegaba la vista del par de ojos azules del alfa. Gimoteo. Quería sentir el tacto de Takemichi en su piel.
Su cuerpo lloraba por sentirlo.
—Alfa...
Estaba al tanto de cómo sería su primer celo; incluso se había preparado mentalmente, aunque no sabía cuando llegaría; tenía un retraso en su segundo despertar.
¿Pero esto? Era diferente. Había algo más.
Los músculos se le rompían, se desgarraba por dentro.
Entre gemidos trémulos, se le escapó una sonrisa satisfactoria; su calor llegó y tenía a Takemichi justo enfrente, para él solo.
—Sanzu... No creo, que te encuentres bien... Llamaré a mi madre. —Su voz tembló angustiada. Quiso levantarse pero sus piernas no respondieron; eran como una gelatina medio derretida.
Takemichi lo vió despojarse de la camisa. «¡Esto está muy mal!», gritó internamente.
El ardor en el cuerpo de Sanzu era demasiado y más la quemazón en sus huesos.
Sintió una necesidad de liberar su cuerpo, algo dentro de él quería salir.
Un instinto animal inexplicable.
Y por otra parte, quería ser tocado de maneras poco sugerentes. De sentir las manos de Takemichi por todo su cuerpo.
—Takemichi... —su voz salió ronca, provocativa y necesitada. Su mente se nubló.
La razón se perdía con cada segundo.
Las feromonas de Takemichi picaban su nariz. Adictivo y delicioso. Sonrió encantado. Por fin pudo olerlo, palparlo con la lengua. Lo abrazó con gusto.
Por el contrario; Takemichi se cubrió la nariz y la boca, las feromonas de Sanzu nublaban el aire en ventarrones; empalagosos y excitantes. Su miembro pálpito bajo sus pantalones ante tal invitación; su lobo dormido se agitó en su inconsciente.
Sentía el llamado. Rasgaba para salir.
—Cálmate, por favor —susurró a su lobo que se alteraba cada vez más.
«¡Márcalo! ¡Reclámalo cómo tuyo!»
—¿Por qué? —Sanzu se arrodilló y apoyó las manos en la mesa, -¿No te gusto?
Takemichi río nervioso e inquieto. - No te lo decía a tí -si no salía de la habitación enseguida, estarían en problemas, graves problemas.
—Hueles bien, Alfa —gateó sobre la mesa, sonriendo, con los ojos iluminados de deseo y de un brillo desconocido para ambos.
De a poco se fue acercando, pausado y peligroso. Necesitado.
Su cabello se meció al compás de la brisa, coqueto y juguetón; algunos se pegaban a su cara por la sudoración; provocativos a los ojos de Takemichi.
«Sanzu se ve tan lindo» tragó saliva. El corazón de Takemichi latió fuerte, muy agitado. Quería besarlo; probar ese par de labios que lo incitaban a pensar de manera indecorosa.
Cerró los ojos, apretando con fuerza, y sacudió la cabeza para sacar esos pensamientos intrusivos.
«¡Es solo un sueño! ¡Es solo un sueño!».
—Alfa, tócame. Te necesito.
El aliento febril de Haruchiyo chocó contra su rostro, abrió los ojos y el rostro de Sanzu a pocos centímetros de él; respiró hondo y se tragó el aroma de almendras y miel.
Su lobo aulló de gusto.
Su mente quedó en blanco; como una nube en medio del cielo despejado. Se dejó llevar sin pensarlo. Sin permiso. Se relajó.
—Alfa, bésame. Quítame este dolor —la voz de Sanzu fué como un susurró melódico que adormeció su subconsciente.
Y el roce suave, cálido de los hermosos labios de él en su mejilla; nariz y labios, desestabilizó su razón.
Suspiró.
Se derritió. Se desconectó.
El aroma de Haruchiyo se metió más allá de su piel, como cientos de fuegos artificiales creando intensas oleadas de un extraño calor agradable.
Su pulso se movió como una corriente de lava hirviente por sus arterias, en cada rincón de su cuerpo, que terminó de explotar en su vientre. Y como en un mar de estrellas se agitó; flotó por un momento en medio de ese océano indescriptible de gozo.
Su lobo tomó fuerza, y por un segundo sus ojos cambiaron; de azul oscuro a amarillo.
—Alfa... —el peso sobre su cuerpo y la intromisión en su boca lo sacó de su somnolencia.
Recobró la conciencia.
Sanzu temblaba sobre él.
Parpadeo varias veces hasta que enfocó el rostro ruborizado.
Sanzu lamía y mordía suavemente su boca, moviendo torpemente las caderas sobre sus piernas.
Se asustó. Respiró entrecortado al sentir las manos de Sanzu queriendo sacarle el pantalón, tanteando su entrepierna.
Sus ojos volvieron a su tono habitual.
Y lo sintió; la humedad de los dos.
Regresó a la cordura y se golpeó mentalmente.
Tuvo un orgasmo ahí mismo, con Haruchiyo sobre su regazo.
«¡Eres un maldito, Takemichi! Te aprovechaste de Sanzu y su vulnerabilidad ¡Cerdo asqueroso!». Se reprendió.
—¡Sanzu! ¡No! —lo apartó de él. Sanzu se cayó de bruces al suelo. Takemichi alzó las voz— ¡Basta!
Tenía que salir, alejarse lo más que pudiera y pedir ayuda para Haruchiyo.
El rostro de Haruchiyo se mostró perplejo por unos segundos. Su alfa lo había apartado de su lado. ¡Lo empujó! ¡Lo sacó de su lado! Su boca tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas.
«¿Hice algo mal? », sus ojos viajaron de un lado a otro sin entender. Ahora, no solo su vientre y su cuerpo dolían, también su corazón.
«¿Su alfa no lo quería?».
—Takemichi —Sanzu tartamudeó entre sollozos.
Su tristeza se mezcló con el aire.
Un dolor abrumante se albergó en su pecho, en su interior, e hizo que su llanto se desborde.
El lobo de Takemichi se enojó con él, hizo llorar a su omega. Takemichi sintió la punzada de malestar en su pecho. Dió unos pasos para alejarse, dejando a Sanzu en el piso, temblando y llorando.
Él no quería... No fue su intención. El miedo, la incertidumbre y sobre todo, la culpa lo consumió por dentro.
—Alfa, no, no me apartes —se levantó y se aferró con tanta fuerza a Takemichi, que lo tacleo al acto e hizo que se golpearán con las puertas del closet— ¡No me apartes de tu lado! ¡Abrázame!
Fue dejando besos desesperados por toda la cara del alfa con la intención de contentarlo, mientras desprendía sus feromonas con intensidad.
—Sanzu, no hagas eso —Lo sujeto de la espalda y se hizo girar juntos, quedando él arriba y dejando a Haruchiyo abajo.
—Takemichi, por favor, calma este ardor —suplicó entre llanto, con el rostro sonrosado y húmedo por las lágrimas y el sudor.
—Yo... —dudo al ver el brillo de súplica y la urgencia del acto mecerse en los ojos de Sanzu con ferocidad.
Sanzu se removió debajo de él con torpeza; frágil y cansado. Su cuerpo se contrajo; los temblores tan erráticos lo sacudieron dolorosamente que su voz terminó quebrándose; sucumbiendo a los torrentes de sus emociones, llegó al borde.
—Takemichi... —su llanto suplicante se hizo fuerte, roto; quebradizo como su cuerpo.
Fue como caer por un precipicio y estrellarse con las laderas filosas.
«¡Consuela a nuestro omega, si no quieres que te parta por la mitad desde adentro!»
—Yo... —Takemichi no supo cómo actuar, qué hacer. Se alejó un poco, soltando al chico.
Sus dedos temblaron; la sensación en ellos era indescriptible, extraña.
Bajó de él; el cuerpo delicado y frágil, quemaba.
Haruchiyo ardía de fiebre. Su cuerpo parecía descomponerse, deformarse. Su pecho subía y bajaba de forma errática, anormal.
Sanzu gritó entre llantos incesantes cuando una enorme avalancha gélida y violenta se movió por su columna vertebral.
Gritó. Gritó hasta desgarrarse la garganta.
Takemichi entró en pánico, al ver la mirada de agonía en Haruchiyo.
Estaba sufriendo, y mucho.
¡¿Qué podía hacer?!
—Takemichi... —lo llamó entre nebulosas difusas, con la voz rota.
Su respiración errática no le dejaba hablar. Su rostro se deformó de nuevo dolorosamente al sentir otra contracción súbita. Se contrajo en el suelo, temblando y sudando.
—Ta-Takemichi...
Takemichi se sintió impotente, incapaz de poder llegar a aliviarlo.
«¡Haz algo maldita sea!» aulló su lobo con angustia.
Sin pensarlo, reaccionó.
Se inclinó hasta cubrir por completo a Haruchiyo con su cuerpo y comenzó a soltar feromonas.
—Perdóname —alcanzó a decir antes de romper en llanto también.
El silencio en la habitación apenas era roto por una respiración todavía algo agitada.
Las feromonas en el aire seguían siendo densas, pero dulces. Transmitían tranquilidad; confort, pero sobre todo; amor.
Takemichi al notar que la respiración de Sanzu estaba más controlada, rompió el abrazo y se apartó un poco.
Sanzu dormía agusto entre unas ropas de Takemichi. Sus feromonas ya no eran erráticas ni violentas.
Sonrió suave al mirarlo, tan pequeño y frágil.
«¡Es bonito,y todo nuestro!», el lobo de Takemichi aulló feliz, y Takemichi no pudo evitar reír por lo posesivo que sonó.
Jaló unas cuantas de sus camisetas y las acomodó alrededor del cuerpo pequeño de Haruchiyo, con delicadeza y cariño; tratando de no despertarlo.
Su lobito necesitaba descansar, recuperar energías.
Se quitó la camisa escolar que traía puesta y envolvió al cachorro en ella y lo acomodó de nuevo en el nido improvisado que hizo especialmente para él, dentro de su closet.
Después de asegurarse que todo estuviera bien con su compañero, salió en busca de su madre.
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Después de esa noche, Sanzu estuvo bajo observación durante varias semanas hasta que recuperó la conciencia y mostrará un desarrollo adecuado para su cuerpo lobuno.
Durante todo el transcurso en el hospital; Takemichi no se le despegó ni un solo momento.
Caricias, apapachos, y mimos no hicieron falta; el afecto de parte su alfa siempre estuvo ahí presente desde la salida del sol y la luna.
Haruchiyo era realmente feliz aunque no lo demostraba mucho.
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¡Oh! Dijeron al unísono los amigos de Takemichi al ver lo que tenía en sus piernas.
Sanzu descansaba profundamente en el regazo calentito de su alfa, mientras era acariciado con suavidad y mucho cariño.
—¿Quién iba a decirlo? Sanzu, omega —dijo Yamagishi sin poder creerlo todavía; repasando las probabilidades que nunca vió para que sucediera.
Era bien sabido que entre el grupo de conocidos de Takemichi, Sanzu tenía un problema, no se sabía con exactitud cuál, pero era el único que no lograba transformarse en su parte lobuna. Incluso se llegó a hablar entre los estudiantes que tenía un defecto genético.
Todos pensaban que cuando sucediera, Sanzu sería un alfa, no había contras a su favor. Tenía todo para serlo. Aunque, aún para saber si era un beta; no se sabía, por su falta de feromonas.
—Tienes suerte, Takemichi; Sanzu será un omega muy fuerte cuando esté al cien —dijo Akkun y todos los chicos asistieron.
—Lo sé —Takemichi ya estaba seguro que Haruchiyo lo era. Bastaba con verlo y con saber lo que sucedió esa noche.
Su rostro sereno sonrió con calidez.
—Su pelaje blanco es muy brillante —Yamagishi seguía sin dejar de mirarlo, incluso, ya tenía la cara más cerca del pequeño lobo- Es increíble. Es la primera vez que veo un pelaje tan sedoso.
La curiosidad por sentir el pelaje lo carcomía.
—¡Yamagishi, no seas entrometido! —Takuya lo reprendió y le dió un coscorrón- Vas a ser que Takemichi se enoje. No toques. Ni siquiera te acerques.
Tenía la cara tan cerca, que había rebasado los límites de espacio personal.
Ignorando a Takuya, estiró la mano, sus dedos a punto de rozar el pelaje de Sanzu...
¡PLAF!
La mano de Yamagishi quedó suspendida en el aire al igual que la de Takemichi.
Sus ojos se abrieron por la impresión y la sorpresa.
El silencio recayó en el aula, y todos tragaron en seco.
«¡Estupido cuatro ojos!», pensaron todos los presentes. Se lo advirtieron.
Takemichi le dió un manotazo cuando estuvo cerca de tocar lo suyo. No dijo nada. No reaccionó con violencia. Ese simple gesto bastó como advertencia:
«¡Si lo tocás, te mato!».
Yamagishi tragó saliva, temeroso y retrocedió.
Todos vieron como Takemichi cubrió con feromonas de protección a Haruchiyo, y también como marcaba territorio.
Akkun y Takuya, sonrieron traviesos y cómplices, su Takemichi resultó ser un sobreprotector posesivo.
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—¿Por qué Sanzu ya tiene compañero; si acaba de tener su despertar? —se quejó, mirando a la pareja con los ojos entrecerrados.
Se veían tan felices y enamorados juntos.
Las clases tenían rato de haber terminado y todos se encontraban cerca de las orillas del bosque.
Sí, Mikey tenía algo de envidia y celos. El se presentó a los doce como un alfa, y ya mero cumplía los diecisiete y todavía no tenía pareja. Lloriqueó.
—Qué te importa. Y deja de mirarlos de esa forma —lo regaño Draken.
Lo sujeto de la cabeza con la Palma de su mano e hizo que volteara a ver a otra dirección- ¡No seas metiche, enano!
—¡Pero no es justo! —Hizo puchero.
El también quería ser tratado como si fuera una flor.
—¡Kenchin! ¡Yo también quiero mimos! ¡Dámelos! —exigió.
—¡¿Heh?! ¡¿Y yo por qué?!
Draken resopló cansado; tendría un día agotador con Mikey a su lado. Y ni qué decir del resto del mes o hasta que se le pase el berrinche.
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