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Trazos en la Penumbra

Summary:

El Atelier siempre ha sido su refugio, un espacio de tintas compartidas y rutinas silenciosas. Sin embargo, ahora que Coco es una bruja de pleno derecho, las miradas y los susurros de la sociedad mágica en Karoon amenazan con destruir su delicado equilibrio. Atrapado entre el miedo a manchar el brillante futuro de su antigua alumna y un amor secreto que lo consume, Qifrey decide que la única forma de protegerla es construir un muro entre los dos.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El sonido de una pluma rasgando el pergamino era el latido del Atelier. Era un ritmo constante, familiar, que marcaba el paso de las horas mejor que cualquier reloj de arena.

Qifrey levantó la vista de su propio escritorio. Frente a él, bañada por la luz dorada de una esfera lumínica suspendida en el aire, estaba Coco. Ya no era la niña de ojos desorbitados que tropezaba con los dobladillos de su túnica de aprendiz. Los años habían estirado su figura, suavizado la redondez infantil de sus mejillas y afilado la precisión de sus manos. Su cabello rubio, que antes volaba libre y desordenado, ahora caía en una trenza floja sobre su hombro derecho, apartada estratégicamente para no rozar la tinta fresca.

Llevaba el manto de una bruja de pleno derecho.

Coco frunció el ceño ligeramente, un gesto que Qifrey conocía de memoria. Trazó una curva con el pincel, la respiración contenida, y luego exhaló despacio al cerrar el círculo. El glifo brilló con un tenue fulgor plateado antes de asentarse en el papel.

—Ese ángulo en el sello de agua sigue siendo un desafío —murmuró ella, sin levantar la vista, sabiendo que él la observaba. Nunca necesitaban mirarse para saber dónde estaba el otro.

—Estás aplicando demasiada presión en el trazo descendente —respondió Qifrey. Su voz era suave, un murmullo que se mezclaba con el crepitar del fuego en la chimenea—. Deja que la tinta fluya por gravedad, no por fuerza.

Coco sonrió, una pequeña curva en la comisura de sus labios. Limpió la punta del pincel y lo dejó sobre el tintero. Se puso de pie, estirando los brazos por encima de la cabeza, y la túnica se ciñó a su cintura. Qifrey apartó la mirada hacia sus propios apuntes, sintiendo un calor súbito e irracional en la base del cuello.

Era un sentimiento nuevo. O, al menos, la aceptación del mismo lo era. Durante años, su devoción por ella había estado escudada bajo el manto del deber: el maestro protegiendo a su alumna, el adulto guiando a la ignorante. Pero en algún punto de los últimos dos años, cuando las lecciones terminaron y Coco decidió quedarse en el Atelier como investigadora independiente, la línea se había desdibujado.

Ya no la veía buscando instrucción, sino debatiendo teorías con él hasta la madrugada. Veía la forma en que sus dedos, manchados de tinta, sostenían una taza de té; la manera en que su risa llenaba los pasillos húmedos del Atelier; la curva de su cuello cuando se inclinaba sobre un grimorio antiguo. Qifrey la adoraba. Era un secreto que guardaba con más recelo que los misterios del Sombrero de Ala Ancha, porque este secreto tenía el poder de destruirla a ella.

Coco caminó hacia la pequeña cocina integrada en el estudio. Sin preguntar, encendió el fuego bajo la tetera con un rápido trazo en el aire.

—¿Manzanilla y anís estrellado? —preguntó ella, abriendo los frascos de cristal.

—Sabes que es mi favorito a esta hora —respondió él, apoyando la mejilla en el puño, permitiéndose observarla de nuevo.

Era su rutina. Una danza silenciosa de costumbres compartidas. Coco conocía exactamente cuánta azúcar necesitaba él cuando había pasado mala noche por el dolor en su ojo derecho. Qifrey sabía que ella necesitaba la ventana ligeramente abierta para sentir la brisa, incluso en invierno, porque el encierro prolongado le traía malos recuerdos. Vivían entrelazados, como las líneas de un hechizo complejo donde alterar un solo trazo desmoronaría la magia entera.

Cuando Coco regresó, dejó una taza humeante sobre el escritorio de Qifrey, justo al lado de su mano, evitando cuidadosamente el papel. Sus dedos se rozaron durante una fracción de segundo. La piel de Coco era cálida. Qifrey no retiró la mano, y ella tampoco. La taza quedó sobre la mesa, pero las yemas de sus dedos permanecieron rozándose, un contacto tan sutil que un observador externo ni siquiera lo habría notado.

El aire en la habitación pareció volverse más denso. Coco bajó la mirada hacia sus manos unidas por el roce, sus pestañas proyectando largas sombras sobre sus pómulos. Qifrey notó cómo el pulso de la joven latía deprisa en su muñeca. Ella también lo sentía. Esa electricidad, esa gravedad que amenazaba con tirar de ellos hasta hacerlos colisionar.

Pero entonces, Qifrey retiró la mano, tomando el asa de la taza.

—Gracias —dijo, con un tono que pretendía ser casual, pero que salió ronco.

Coco parpadeó, el hechizo roto, y asintió antes de volver a su propio escritorio.

—No es nada.

El silencio que siguió no fue el silencio cómodo de su trabajo habitual. Era pesado, cargado de las palabras que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.

Al día siguiente, los suministros de tinta y papel los obligaron a abandonar el refugio del submarino y adentrarse en Karoon, la ciudad de los artesanos.

Caminar por las calles empedradas junto a Coco era un ejercicio de autocontrol para Qifrey. En el Atelier, en la seguridad de su hogar, era fácil olvidar cómo los veía el resto del mundo. Pero aquí, bajo la luz del sol y las miradas curiosas de otros magos y comerciantes, la realidad golpeaba con fuerza.

—¡Maestro Qifrey! ¡Señorita Coco! —saludó un viejo vendedor de pergaminos, agitando una mano regordeta desde su mostrador—. Hacía semanas que no bajaban por aquí. ¿Siguen trabajando en esos sellos de purificación de agua?

—Así es, Darrow —respondió Qifrey con su habitual sonrisa diplomática, afable pero impenetrable—. Aunque el mérito últimamente es casi todo de Coco. Sus variaciones en los trazos de fluidez son fascinantes.

Coco sonrió, pero Qifrey notó la forma en que cruzó los brazos sobre su pecho, un gesto defensivo.

Mientras Darrow empaquetaba los rollos de papel, un par de brujas pasaron por la calle. Qifrey reconoció a una de ellas; era del Gran Salón. Las mujeres redujeron el paso, mirándolos de reojo. Qifrey captó el susurro, transportado por una ráfaga de viento inconveniente:

«...siguen juntos, ¿puedes creerlo? Ya es mayor de edad, podría tener su propio taller, pero sigue bajo la sombra de su maestro. O en su cama...»

«Cuidado con lo que dices. Pero sí, es... inusual. Poco decoroso. ¿Qué clase de futuro le espera a ella atada a un hombre así?»

Las palabras fueron como agujas de hielo clavándose en el pecho de Qifrey. Instintivamente, dio medio paso hacia un lado, aumentando la distancia física entre él y Coco. Se metió las manos en los bolsillos de la túnica, tensando la mandíbula.

Sabía que Coco también lo había escuchado. La vio tensarse; la curva de sus hombros se volvió rígida y su sonrisa hacia Darrow perdió todo su brillo natural. Cuando tomaron los paquetes y comenzaron a caminar de regreso, el espacio entre ellos era lo suficientemente amplio como para que pasara un carro.

El miedo de Qifrey no era por su propia reputación. Hacía mucho tiempo que había dejado de importarle lo que el mundo mágico pensara de él. Pero Coco era el sol. Era brillante, pura, llena de un talento que revolucionaría su mundo. Estar con él, ser vista como su pareja, significaría estar manchada por la sospecha. La sociedad de los brujos era tradicional y cruel con aquellos que rompían los moldes morales. Un maestro involucrado con su antigua alumna era el tipo de escándalo que cerraría puertas, que mancharía sus logros con rumores de favoritismo o manipulación.

No podía hacerle eso. No podía ser la jaula que atrapara a su pájaro cantor.

—Qifrey... —la voz de Coco era baja mientras caminaban por el bosque que llevaba a la entrada secreta del Atelier.

—Debemos revisar los sellos de la barrera exterior hoy —la interrumpió él rápidamente, mirando al frente, evitando sus ojos—. Olruggio mencionó que la presión del agua ha estado fluctuando.

Coco se detuvo en seco en medio del sendero frondoso. Qifrey dio dos pasos más antes de darse cuenta y detenerse también. Se giró lentamente.

El viento agitaba las hojas de los árboles, filtrando rayos de luz que bailaban sobre el rostro de Coco. Ella lo miraba con una mezcla de frustración y una tristeza tan profunda que a Qifrey le dolió físicamente verla.

—¿Por qué haces eso? —preguntó ella, aferrando el paquete de pergaminos contra su pecho.

—¿Hacer qué? —fingió ignorancia, aunque odiaba mentirle.

—Retroceder. Escudarte. —Dio un paso hacia él, la frustración rompiendo su usual tono calmado—. Cada vez que vamos a la ciudad, cada vez que alguien nos mira, actúas como si mi presencia te quemara. Como si fuera un pecado estar a mi lado.

—Coco... no es eso.

—Entonces, ¿qué es? —dio otro paso, acortando la distancia que él se había esforzado en crear—. En el Atelier compartimos todo. Conoces mis silencios, conozco tus heridas. A veces... a veces siento que estamos a un solo paso, a un solo aliento de... —se interrumpió, las mejillas teñidas de un rojo furioso, pero no bajó la mirada—. Pero luego salimos al mundo y me tratas como a una extraña que por casualidad camina en tu misma dirección.

Qifrey suspiró, cerrando su único ojo bueno por un momento. El peso de la verdad era agotador.

—Escuchaste a esas brujas —dijo finalmente, su voz desprovista de sus habituales florituras—. Escuchaste lo que dicen. Lo que dirían de ti si nosotros... si yo cruzara la línea.

—¿Y qué me importa a mí lo que digan un par de brujas aburridas en Karoon? —replicó ella, dando el paso final. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Qifrey pudiera oler el leve rastro a lavanda y tinta fresca que siempre la acompañaba.

—Te importará cuando el Gran Salón se niegue a financiar tus investigaciones. Te importará cuando tus pares te miren con lástima en lugar de respeto. Dirán que te he manipulado. Que soy un anciano aferrándose a tu juventud. Eres el futuro, Coco. Yo soy un hombre atado a un pasado oscuro, medio ciego y lleno de secretos. No dejaré que mi sombra apague tu luz.

Coco levantó una mano, dudando un segundo en el aire, antes de posarla firmemente sobre el pecho de Qifrey, justo sobre su corazón. El impacto del tacto lo hizo estremecerse. El corazón le latía desbocado bajo la palma de ella.

—Tú no eres mi sombra, Qifrey —susurró, su tono ahora suave, desarmante—. Eres el hombre que me enseñó a encender la luz. Y yo ya no soy una niña a la que debas sobreproteger. Sé lo que quiero.

Qifrey miró la mano de Coco sobre su pecho y luego subió la vista hacia sus ojos cálidos y decididos. El deseo de inclinar el rostro, de capturar sus labios allí mismo bajo los árboles y silenciar todas las dudas del mundo, fue abrumador. Su cuerpo se inclinó una fracción de centímetro por inercia, por pura necesidad.

Pero el crujido de unas ramas cercanas, quizás un animal o un viajero, actuó como un latigazo. Qifrey dio un paso atrás, rompiendo el contacto abruptamente.

—El agua de la barrera nos espera, Coco —dijo, la voz tensa, dándose la vuelta y retomando la marcha con pasos rápidos.

Coco se quedó allí un segundo más, la mano aún en el aire donde antes había estado el pecho de él. Luego la dejó caer a su costado, apretó los labios y lo siguió en silencio.

La noche cayó sobre el Atelier trayendo consigo una tormenta submarina. Las corrientes golpeaban las ventanas circulares, creando un sonido ahogado y rítmico que aislaba el estudio del resto del universo. Olruggio había partido esa mañana hacia la asamblea de artesanos, dejando a Qifrey y Coco en una soledad absoluta.

Qifrey estaba sentado en el sofá del salón principal, sin las gafas, con una mano cubriendo su ojo derecho. La presión de la tormenta siempre le provocaba migrañas punzantes en su cicatriz. Intentaba concentrarse en la respiración, en ignorar el latido doloroso detrás de su párpado, cuando sintió el hundimiento de los cojines a su lado.

Coco no dijo nada. Colocó una pequeña compresa de tela húmeda y mágicamente fría sobre la mano que él tenía sobre el ojo. Qifrey se sobresaltó levemente por el contacto frío, pero luego relajó los hombros, bajando la mano y permitiendo que ella sostuviera la compresa contra su rostro.

—Relájate —murmuró ella. Su otra mano, libre, se posó en el cabello de él, sus dedos comenzando a masajear suavemente la tensión acumulada en la base de su nuca.

Qifrey cerró los ojos, dejándose hacer. Era humillante y a la vez el cielo mismo. Odiaba mostrarse vulnerable, odiaba que ella tuviera que cuidar de las partes rotas de él, pero el tacto de Coco era un narcótico. Sus dedos eran firmes, conocedores de cada nudo de tensión.

—Estás trabajando demasiado en ese grimorio antiguo —dijo Coco, su voz vibrando cerca de su oído.

—Debo descifrar los patrones defensivos antes del próximo ciclo lunar —respondió él, su voz adormilada, arrastrando un poco las palabras.

—Nosotros debemos —corrigió ella con suavidad—. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Qifrey abrió su ojo bueno. Coco estaba inclinada hacia él, concentrada en sostener la compresa. La cercanía era embriagadora. En la penumbra del salón, iluminados solo por la lumbre mortecina de la chimenea, el mundo exterior no existía. No había Gran Salón, no había miradas juzgadoras ni barreras de edad o jerarquía. Solo estaban el hombre y la mujer.

Sin pensar, como si estuviera bajo los efectos de un hechizo de compulsión, Qifrey levantó la mano y apartó un mechón de cabello rubio que había escapado de la trenza de Coco y caía sobre su rostro. Sus nudillos rozaron la suave piel de su mejilla.

Coco detuvo los movimientos de su mano en la nuca de él. La compresa resbaló un poco, olvidada. Sus miradas se encontraron y, esta vez, Qifrey no apartó la suya.

La respiración de Coco se volvió ligeramente irregular. Sus ojos oscilaron desde el ojo visible de Qifrey hasta sus labios, y luego de vuelta arriba. Era una pregunta silenciosa, una súplica que vibraba en el espacio milimétrico que los separaba.

Qifrey deslizó su mano desde la mejilla de ella hasta la nuca, sus largos dedos enredándose en su cabello rubio. Sentía el calor de ella irradiando contra su pecho. La atrajo hacia sí, milímetro a milímetro. Coco soltó un pequeño suspiro, un sonido apenas audible que rompió la última defensa de Qifrey. Cerró los ojos, acercándose hasta que pudo sentir el aliento de ella mezclándose con el suyo.

Un roce.

Fue apenas el fantasma de un beso. Sus labios se rozaron, una fricción suave y electrizante que hizo que el estómago de Qifrey se contrajera. Coco se inclinó más, dispuesta a profundizar, dispuesta a cruzar la línea y demoler el muro que él había construido.

Pero el muro de Qifrey estaba cimentado en años de miedo y culpa. En el último microsegundo, la imagen de Coco siendo señalada por sus colegas cruzó por su mente. El pánico, frío y paralizante, se apoderó de él.

Giró el rostro, justo cuando los labios de Coco iban a presionar los suyos, recibiendo el beso en la comisura de la boca, casi en la mejilla.

El tiempo pareció detenerse.

Qifrey mantuvo la mano en el cabello de ella, incapaz de soltarla por completo, pero la distancia había sido restaurada emocionalmente. Sintió cómo Coco se tensaba contra él. El rechazo físico colgaba en el aire, más ruidoso que la tormenta exterior.

Lentamente, Coco se apartó. Recogió la compresa caída y la dejó sobre la mesa de centro con un movimiento controlado. Qifrey no se atrevió a mirarla. Se quedó mirando las ascuas de la chimenea, el pecho subiendo y bajando de forma errática.

—Lo siento —susurró él. No sabía si se disculpaba por haber estado a punto de besarla, o por no haberlo hecho.

Coco se puso de pie. Se alisó la túnica con manos que temblaban ligeramente.

—No te disculpes —dijo ella, su voz extrañamente firme, aunque carente de su calidez habitual—. Las rutinas son cómodas. Salir de ellas asusta. Lo entiendo.

—Coco, yo te... —te amo, estuvo a punto de decir. Las palabras estaban en la punta de su lengua, sabiendo a sangre y desesperación—. Yo te valoro demasiado como para arruinar tu vida.

Ella le dedicó una sonrisa triste, casi maternal, que hizo que Qifrey se sintiera increíblemente pequeño.

—Mi vida es mía para arruinarla o salvarla, Qifrey. Algún día te darás cuenta de que no puedes dibujar todos los trazos por mí.

Sin añadir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia el pasillo que llevaba a sus habitaciones. El sonido de su puerta cerrándose suavemente fue el sonido más ensordecedor que Qifrey había escuchado en su vida.

Se quedó solo en la oscuridad, con el dolor en su ojo regresando con una fuerza redoblada, y la certeza absoluta de que era el hombre más cobarde de todo el continente.

La mañana siguiente no trajo alivio, sino el inicio de una penitencia autoimpuesta. Qifrey bajó a la cocina esperando encontrar la tensión de la noche anterior, pero lo que halló fue mucho peor: una eficiencia gélida y perfecta.

Su té de manzanilla estaba sobre la mesa, humeante. Pero Coco no estaba sentada en la esquina opuesta. Estaba al otro lado de la habitación, limpiando morteros con una concentración que no requería tal tarea. Llevaba el cabello recogido en un moño estricto, sin un solo mechón suelto que él pudiera tener la tentación de apartar.

—Buenos días —dijo ella, sin girarse. Su tono era educado, plano, el tono que usaría con un cliente del Gran Salón.

—Buenos días —respondió él, sentándose frente a la silla vacía. El té le supo a ceniza.

Los días comenzaron a arrastrarse, uno tras otro, pesados y asfixiantes. El Atelier, que siempre había sido su refugio de luz cálida, de pronto se sentía sumergido en un azul profundo, casi abisal, desprovisto de cualquier calidez. Era una sombra fría y densa que se colaba por los pasillos de piedra.

Qifrey descubrió que la pérdida no era un evento súbito, sino una hemorragia lenta. Faltaban los roces accidentales al alcanzar el mismo grimorio. Faltaban las discusiones a media voz sobre las runas de agua, reemplazadas ahora por notas escritas que Coco dejaba sobre su escritorio. Letra impecable, información precisa, cero interacción.

Si antes temía que el mundo exterior los juzgara, ahora se daba cuenta de que él mismo había construido una prisión de cristal dentro del único lugar donde solían ser libres.

Una tarde, Olruggio regresó de su asamblea. La presencia del otro mago solo sirvió para amplificar el desastre. Qifrey observó, desde la sombra del marco de la puerta del estudio, cómo Coco le sonreía a Olruggio al recibir unos pergaminos nuevos de la ciudad. Era una sonrisa genuina, luminosa, que arrugaba las esquinas de sus ojos. Una sonrisa que, hasta hacía una semana, le pertenecía en exclusiva a Qifrey.

—Estás dibujando ese sello con demasiada rigidez, Qifrey —le reprochó Olruggio un par de noches después, apoyándose en el escritorio y mirando el pergamino lleno de tachones—. Y tienes un aspecto terrible. ¿El ojo otra vez?

—Algo así —murmuró Qifrey, frotándose la sien.

—Pues dile a Coco que te prepare esa infusión de corteza de sauce. Siempre sabe exactamente cómo...

—Ella está ocupada con su propia investigación —lo cortó Qifrey, más brusco de lo que pretendía. Olruggio lo miró con el ceño fruncido, su mirada alternando entre el pasillo vacío y el rostro demacrado de su amigo, pero, por fortuna, no hizo más preguntas.

El punto de quiebre llegó en la quinta noche de esa tortura silenciosa.

Una corriente anómala golpeó los cimientos del Atelier submarino con tal violencia que los tinteros vibraron sobre las mesas. Qifrey, incapaz de dormir, salió de su habitación con la túnica mal abrochada. Avanzó por los pasillos oscuros, el eco del agua bramando al otro lado del cristal mágico.

Llegó al salón principal y se detuvo en seco.

Las barreras defensivas interiores se habían activado por la presión, proyectando glifos luminosos en el aire. Y en el centro del salón, Coco estaba de rodillas, trazando un círculo de estabilización de emergencia directamente sobre las losas del suelo con tiza de plata. Estaba en camisón, el cabello rubio cayendo en una cascada caótica sobre sus hombros, respirando con dificultad por el esfuerzo mágico de contrarrestar la corriente.

—¡El flujo del canal norte está cediendo! —gritó ella por encima del ruido sordo del océano, sin mirarlo, sabiendo que él estaba allí por el sonido de sus pasos.

Qifrey no lo pensó. Su cuerpo se movió antes que su mente llena de reglas. Cayó de rodillas junto a ella, la seda de su túnica rozando la rodilla desnuda de Coco. Agarró un trozo de tiza y comenzó a completar los trazos exteriores del hechizo, conectando sus líneas con las de ella.

—¡Cierra el anillo de contención, yo estabilizaré el centro! —ordenó él.

Trabajaron al unísono, una sincronía salvaje y desesperada. Por un instante, no hubo miedos ni distancias. Solo la magia, fluyendo de ella hacia él y de él hacia ella. Cuando Qifrey cerró el último glifo, una ola de luz plateada barrió el salón, chocando contra los ventanales y silenciando el bramido del océano al instante.

La barrera se había estabilizado. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por la respiración agitada de ambos.

Coco soltó la tiza, que rodó por el suelo. Se dejó caer hacia atrás, apoyando las manos en la piedra fría, temblando ligeramente por el subidón de adrenalina y el gasto de energía. Qifrey se giró hacia ella. Tenía polvo de plata manchándole la mejilla y un corte minúsculo en el dedo índice que sangraba apenas una gota.

Sin pedir permiso, movido por un instinto que ya no podía —ni quería— domesticar, Qifrey tomó la mano de Coco.

Ella se tensó y trató de retirar los dedos, un acto reflejo tras los días de fría separación, pero Qifrey sostuvo su mano con firmeza. Sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió la pequeña gota de sangre con una delicadeza extrema.

Coco tenía la mirada baja, clavada en el suelo de piedra.

—Coco... —la llamó él, la voz ronca, rota.

—No lo hagas —susurró ella, cerrando los ojos. Su voz temblaba, y a Qifrey se le encogió el corazón al darse cuenta de que no era por el frío ni por el esfuerzo mágico, sino por dolor puro—. No vuelvas a acercarte para luego empujarme al vacío. Es cruel, Qifrey. Prefiero que me ignores a que me toques como si te importara para luego recordar que soy tu secreto vergonzoso.

Las palabras fueron cuchilladas precisas. Atravesaron todas las armaduras, todas las justificaciones nobles de "protegerla" que Qifrey se había contado a sí mismo.

Vio la miseria en los hombros caídos de la mujer que amaba. Se dio cuenta de que su cobardía la estaba destruyendo de una manera mucho más profunda y certera de lo que cualquier chisme en la ciudad de Karoon podría hacerlo jamás. Quería protegerla del mundo, y el único que la estaba lastimando era él.

Qifrey soltó el pañuelo. Con ambas manos, tomó el rostro de Coco, obligándola a levantar la vista.

—Mírame —suplicó. Sus pulgares acariciaron los pómulos de ella, limpiando el polvo de plata—. Mírame, por favor.

Coco abrió los ojos. Estaban húmedos, brillando en la penumbra del salón.

—He pasado cinco días en un infierno de mi propia creación —comenzó Qifrey, las palabras brotando como agua de una presa rota, rápidas y desesperadas—. Creí que si ponía distancia, estarías a salvo de la sombra que me sigue. Pensé que el sacrificio de perderte valdría la pena si eso significaba que tu luz brillaría sin obstáculos.

Coco intentó apartar el rostro, pero él la sostuvo con una firmeza desesperada, un ancla en medio de la tormenta.

—Pero fui un idiota —continuó, inclinándose hasta que sus frentes se rozaron—. Un completo y absoluto cobarde. Porque la verdad no es que quiera protegerte de ellos, Coco. Es que me aterra no ser suficiente para ti. Me aterra que algún día te des cuenta de que ataste tu brillante futuro a un hombre roto, a un maestro que rompió su juramento porque no pudo evitar amarte con cada fibra de su ser.

El aliento de Coco se enganchó en su garganta. Sus manos, que habían estado apoyadas en el suelo, subieron lentamente, vacilantes, hasta aferrarse a las muñecas de Qifrey.

—Tú no decides mi futuro, Qifrey —respondió ella, su voz ganando fuerza, la llama volviendo a encenderse en sus ojos—. Y mucho menos decides lo que mi corazón considera suficiente.

—Lo sé. Ahora lo sé. —Qifrey deslizó sus manos desde el rostro de ella hasta enredarlas en el desorden de su cabello rubio—. No puedo soportar otra mañana tomando el té en silencio. No puedo soportar verte sonreír a todos menos a mí. Si el mundo entero decide darnos la espalda mañana, que así sea. Pero no me pidas que dé un paso atrás otra vez, porque no sobreviviré a otro día sin ti.

Coco lo miró, buscando cualquier rastro de duda en su único ojo visible. Lo que encontró fue una devoción desnuda y feroz.

Ella soltó un sonido que era mitad sollozo, mitad risa, y tiró de las solapas de la túnica de él con una fuerza sorprendente.

Esta vez, no hubo vacilaciones en el último microsegundo. No hubo espacio para el miedo.

Sus labios chocaron con una urgencia que sabía a días de privación y años de anhelo contenido. Fue un beso torpe al principio, desesperado, buscando reafirmar que el otro era real, que la barrera finalmente había caído. Qifrey la rodeó con sus brazos, levantándola ligeramente del frío suelo de piedra para estrecharla contra su pecho. Coco pasó los brazos alrededor de su cuello, aferrándose a él como si fuera la única superficie firme en medio del océano.

El beso se suavizó lentamente, perdiendo la urgencia y dando paso a una profundidad embriagadora. Qifrey probó las lágrimas saladas en las mejillas de ella, mezcladas con el sabor metálico de la magia residual. La besó con todo lo que no había podido decir en los últimos dos años: en las esquinas de sus labios, en la línea de su mandíbula, volviendo a su boca con una reverencia que la hizo suspirar contra su piel.

Cuando finalmente tuvieron que separarse para respirar, permanecieron abrazados en el suelo del salón. El corazón de Qifrey latía desbocado contra el de ella. El dolor en su ojo derecho, que lo había atormentado sin tregua toda la semana, parecía haber retrocedido, adormecido por el calor que irradiaba el cuerpo de Coco.

—Eres un idiota —murmuró ella con cariño, descansando la cabeza en el hueco de su cuello. Sus dedos trazaban círculos perezosos en la nuca de él.

—El mayor de todos —concedió Qifrey, besando la coronilla de su cabeza, respirando el aroma a lavanda y sal marina que se desprendía de su cabello.

—Si alguna vez vuelves a apartarme en la calle por culpa de un par de brujas entrometidas, te juro que te dibujaré un sello de parálisis y te dejaré colgado del techo del Gran Salón.

Qifrey soltó una carcajada ronca que vibró en todo su pecho, abrazándola más fuerte. Las sombras frías, ese azul oscuro y opresivo que había inundado el Atelier, se disolvieron por completo, reemplazadas por la luz dorada y cálida de la promesa que acababan de forjar en el centro de la tormenta.

—Tienes mi palabra, Bruja Coco. De ahora en adelante, cada paso será a tu lado. A la luz del sol, si eso es lo que quieres.

Ella levantó el rostro, regalándole finalmente esa sonrisa que le había negado toda la semana.

—Es exactamente lo que quiero.



Notes:

"Ser profundamente amado por alguien te da fuerza, mientras que amar a alguien profundamente te da coraje."
— Lao Tsé