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Todo estaba raro.
Demasiado raro.
Algo que le decía que su deplorable y cruel bomboncín ya no tenía ojos para ella (bueno, nunca los había tenido, pero ahora era ese no es el caso, estamos con algo más importante).
Al principio eran cosas sutiles que nadie se habría dado cuenta, salvo si eres una loca obsesa, digo… una joven enamorada y Demencia era capaz de detectar hasta el más mínimo cambio de humor de su bomboncín infernal.
Primero empezó a desaparecer sin dar ningún aviso, lo cual ya fue raro porque siempre advierte qué pasará si se les ocurre holgazanear en su ausencia, luego empezó a verlo de buen humor, incluso sonreía.
Repito, en serio, esto es un dato importante: ¡sonreía! Y sin venir a cuento, normalmente una sonrisa asomaba en sus labios cuando alguien moría o sufría el más terrible de los dolores, pero no, Black Hat sonreía sin venir nada a cuento, como si se acordara de algo que no pensaba contárselo a nadie más.
Se le notaba de mejor humor, ya no solía matar al primer secuaz que no cumpliera bien con su trabajo, simplemente lo torturaba un poquito como advertencia y le ordenaba que siguiera con lo que había ordenado.
Lo peor de todo es que lo empezó a notar más distraído. Black Hat no era de los que se distraían por nada en el mundo, podían estar asesinando gente delante suyo y aun así seguiría pendiente de todo lo que ocurría alrededor, pero últimamente parecía tener la cabeza en otra parte.
Demencia sabía perfectamente lo que eso significaba, no había que ser un genio para ello.
Seguro que había una mujer. Alguna gata desgraciada rompe hogares, manipuladora y probablemente feísima estaba intentando seducir a SU hombre. Y cuando la encontrara, iba a lamentar el mismísimo día en que nació.
El problema era que no encontraba pruebas por ninguna parte. Había rebuscado basura, perseguido empleados, amenazado clientes, interrogado criaturas infernales y revisado ropa sucia buscando cualquier cosa sospechosa, pero no había nada.
Eso solo le daba muy pocas pistas sobre esa roba maridos y es que o era invisible, o una fantasma o, algo mucho peor, una bibliotecaria. De solo imaginarlo se estremecía ante ese horror.
Cuando intentaba hablar de ello con Flug, este le decía que se fuera de su laboratorio y dejara de intentar destrozarlo todo con sus manazas cuando ella solo quería hacer cosas científicas y crear un rayo destructor de destroza hogares.
- ¡Te digo que alguien intenta seducir a mi lord Black Hat! - gruñó histérica al notar de nuevo ese humor extraño en su jefe - ¡Lo noto en mis tripas asesinas! ¡Cuando pille a esa perra la voy a…! – agarró un hatbot ayudante de la cabeza y lo destrozó con sus manos sin mucho esfuerzo.
Flug casi se atraganta cuando vio esa muestra de violencia gratuita, manchando parte de su bata de café.
- ¡Demencia! ¡Esta era mi última bata limpia! – reprendió - ¡Deja de intentar entorpecer mi trabajo y vete! ¡No quiero que destroces nada más!
- ¿Por qué no me haces caso? ¿Es que no te doy pena? Quieren robar a mi amorcín – se llevó el dorso de la mano a la frente - ¿Qué será de mi vida si esa desgraciada me roba a mi sombrerito sexy? Claro, a ti te da igual porque un nerd como tú jamás se podría enamorar – le sacó la lengua.
- ¡No hay ninguna mujer, así que déjalo de una vez! – insistió, harto de aquello.
- ¡¿Que no?! – cerró los puños y fue hacia la puerta - ¡Te lo voy a demostrar! ¡¡Os lo voy a demostrar a todos!! ¡Ya verás! ¡¡Cuando la pille le agarraré de los pelos y verá qué es lo que pasa cuando quieren llevarse lo que es mío!! – gritó dando un portazo en el laboratorio, rompiendo la puerta en el proceso.
Con eso, empezó a idear algún plan (por primera vez en su vida) para intentar saber quién quería llevarse a su hombre.
Horas más tarde, cuando Flug le ordenó irse a su celda a dormir, se coló en el agujero que llevaba años haciendo e intentó, una vez más, entrar en los aposentos de su jefe para conseguir alguna pista. Si no estaba por la casa, a lo mejor es que estaba escondido allí, seguro que habría alguna carta perfumada, o un regalo cursi, o puede que un cabello largo, o una escama de piel. Cualquier cosa que le diera una pista para ir y moler a palos a esa desgraciada.
El verdadero problema de entrar en los aposentos del villano era esa… entrar. Prácticamente desde que tenía memoria de estar allí, Demencia había intentado colarse en sus aposentos varias veces a través del intrincado sistema de túneles que había hecho a base de usar sus manos y cucharas, muchas cucharas (una vez incluso un tenedor). Sin embargo, siempre había algo que lo impedía, ya fuera una criatura del averno con demasiados dientes, un portal dimensional que la escupía de nuevo en la entrada de la casa o una barrera mística tan negra como el abismo.
Pero esa noche era especial. Hoy estaba más que decidida a cumplir su objetivo e iba lista para esquivar rayos láser o morder monstruos, pero cuando llegó justo al punto donde la seguridad siempre la frenaba... no había nada. Ni una alarma, ni una barrera de energía, ni siquiera uno de los estúpidos robots guardianes del nerd de su compañero.
Ilusionada, sus ojos brillaron como dos faros y sonrió mostrando sus colmillos. ¿Su señor no había puesto ninguna clase de protección? ¿Acaso era una invitación? ¿Al fin se había dado cuenta de lo única, hermosa y especial que era? ¿De que estaban hechos el uno para el otro? ¿Al fin habría boda?
Antes de que se desvaneciera por completo en sus delirios románticos, imaginándose vestida de novia con un velo negro y a Black Hat con un esmoquin de color rojo sangre, se sacudió la cabeza. Se apresuró a gatear por el interior del tubo de ventilación, avanzando en silencio como una lagartija. Llegó a la rendija que daba directamente a la alcoba principal, lista para patear la rejilla, abrir los brazos y lanzarse sobre su amo para comérselo a besos y manosearlo como si no hubiera un mañana.
Se asomó con cuidado a través de la rendija metálica. Aunque su prioridad era abalanzarse sobre su hombretón de la oscuridad, siempre le había causado curiosidad el santuario privado de su señor, ese lugar prohibido.
Al enfocar la vista, casi le da un ataque al corazón.
Su jefe estaba allí, pero no lucía como siempre. Estaba sin su usual gabardina, llevaba las mangas de su camisa burdeos arremangadas hasta los antebrazos, la corbata ligeramente aflojada y, lo más llamativo, una fusta de cuero negro entre sus manos. Black Hat la hacía girar con cierta diversión y una elegancia sádica, mirando fijamente hacia un punto ciego que la perspectiva de la rejilla no le permitía ver a Demencia.
- Tienes suerte de que sea considerado contigo - sonrió Black Hat de manera afilada.
Movió la fusta con un latigazo seco. El chasquido cortó el aire de la habitación con un sonido crujiente. A Demencia se le erizó la piel por completo. ¡Su Lord se veía endemoniadamente sexy! Por lo general ya era atractivo, pero en ese momento desprendía un aura tan pesada y oscura que parecía encarnar el mismísimo pecado carnal y ella tomaría todo lo que él quisiera darle y más.
De pronto, Black Hat descargó otro golpe con la fusta. Esta vez no golpeó el aire; el impacto sonó seco, contra la piel, seguido inmediatamente por un... ¿lamento? Demencia parpadeó, desconcertada. Era la primera vez que escuchaba un gemido de por medio cuando su jefe torturaba a alguien y menos con un instrumento tan fuerte como ese.
- ¿No vas a darme las gracias? - la voz de Black Hat se arrastró, espesa y profunda. Su sonrisa se volvió aún más pérfida y una densa baba verde comenzó a escurrir de su boca.
- G-gracias... - murmuró débilmente una voz ahogada.
La de pelo bicolor abrió los ojos de par en par. ¡Conocía esa voz perfectamente! No tuvo tiempo de procesarlo cuando se escuchó otro golpe seco.
- Dilo bien, parásito - ordenó el ser de oscuridad con un tono que denotaba un control absoluto.
- ¡Ahg! - el lamento volvió a resonar, pero sonaba extraño, tembloroso, más parecido a un jadeo placentero que a un grito de agonía puro - G-gracias... jefecito...
Demencia se quedó completamente congelada en el conducto, hecha un lío mental. ¿Flug? ¿Qué demonios hacía el nerd de la bolsa en los aposentos del jefe? ¡Se suponía que nadie tenía permitido entrar ahí! ¿Y qué clase de metedura de pata monumental había cometido el aburrido de su compañero para que Black Hat interrumpiera su valioso tiempo de descanso solo para castigarlo en su propia habitación?
*¡Vaya! Seguro que arruinó el último invento o borró los planos de algún rayo de la muerte* pensó, divertida, soltando una risita silenciosa que tapó con las manos *¡Menudo estúpido! Mira que hacer enfadar al jefe hasta este punto...*
Incapaz de quedarse con la duda y queriendo disfrutar del castigo del científico, se metió la mano en su larga melena verde y sacó un pequeño espejo de mano. Con sumo cuidado, lo deslizó a través de una de las ranuras de la rendija, inclinándolo lentamente para obtener un ángulo de visión más amplio del suelo de la habitación.
Lo que vio la dejó desconcertada.
Flug estaba allí, pero no como ella imaginaba las torturas de Black Hat (que solían incluir ácido y otros instrumentos de tortura espectrales). El científico estaba sobre un potro de tortura de madera oscura y cuero negro. Tenía las manos fuertemente atadas a la espalda y los tobillos sujetos con cuerdas que se unían directamente a las amarras de sus muñecas, forzándolo a mantener una postura arqueada y expuesta por lo que le costaba horrores mantenerse firme debido a la tensión de las cuerdas. No llevaba su habitual bata de laboratorio, solo su camisa y sus pantalones, y su pecho subía y bajaba en jadeos erráticos mientras se retorcía sutilmente sobre el cuero.
Black Hat dio un paso al frente, la fusta rozando suavemente la espalda arqueada del científico. Flug soltó un respingo, un quejido trémulo escapando de su boca cubierta por la bolsa.
- Tu resistencia está mejorando, doctor - siseó el villano, inclinándose sobre él - Pero aún puedo hacerte rogar un poco más.
- P-por favor... mi Señor... - suplicó Flug, aunque no sonaba a terror, sino a una sumisión absoluta que Demencia, en su ignorancia, asoció con el puro miedo de morir.
De repente, Black Hat soltó un gruñido bajo. Algo le hizo por un momento dejar de atender al doctor y darse cuenta que algo estaba pasando, así que, con un movimiento rápido y felino, giró la cabeza con brusquedad exactamente en dirección a la rejilla de ventilación, pero no vio nada.
A Demencia se le heló la sangre, menos mal que fue rápida y pudo guardar el espejo antes que la pillaran, la pena es que no podría ver el castigo de Flug, pero eso no quitaba que no pudiera disfrutar con sus lamentos. Puede que fuera un compañero, pero, sinceramente, ese nerd se merecía un castigo por todas las veces que la regañaba y la ignoraba.
Black Hat seguía ligeramente mosqueado, mirando por el conducto de ventilación, afortunadamente para Demencia, un débil quejido le volvió a centrarse en lo que le importaba en estos momentos.
Demencia exhaló un suspiro silencioso. Decidió no volver a bajar el espejo para no arriesgarse; ahora solo podía ver a Black Hat a medias cuando cruzaba por su estrecho campo de visión directo a través de la rejilla, moviéndose por el cuarto con paso lento y dominante. Aunque Flug ya no estaba en su rango visual, los sonidos seguían inundando el conducto.
La dinámica continuó. Demencia escuchaba los golpes de la fusta, seguidos de los jadeos constantes, los ruidos ahogados y la fricción de las cuerdas. Para ella, todo aquello era una sesión de tortura especialmente intensa y extraña.
*Vaya, el jefe se está ensañando de verdad. Aunque el nerd sea un insufrible a veces, se ve que hoy sí se la ganó. ¡Bien merecido lo tiene por aburrido!*, pensó, asintiendo para sí misma con malicia, apoyando la barbilla en sus manos mientras disfrutaba del "sufrimiento" de su compañero. Sin embargo, no alcanzaba a percibir esa sutil corriente sensual, ese juego de poder y sumisión que flotaba densamente en el aire de la habitación.
De pronto, la atmósfera cambió. Flug soltó un grito prolongado, agudo y completamente quebrado, un sonido que resonó en las paredes de la alcoba.
- ¡J-jefe...! ¡Ya no... ya no puedo más...! – exclamó con la voz temblorosa – ¡P-por favor, déjeme...! – se escuchó otro golpe seco que lo dejó sin aliento.
Un quejido lastimero y agudo subió por el conducto, haciendo que Demencia celebrara en silencio.
*¡Eso es, mi amor, dale duro!*, pensó con una sonrisa maquiavélica.
- ¿Dejarle? - la voz de Black Hat resonó, arrastrada, peligrosamente baja y cargada de una oscura satisfacción - ¿Acaso se cree que le he dado permiso para acabar, doctor? ¿Acaso cree que su cuerpo le pertenece para decidir cuándo es suficiente?
- N-no... mi Señor... - lloriqueó Flug. El sonido de su respiración era un desastre de jadeos rápidos y húmedos - P-pero es que... estoy al límite... p-por favor... se lo ruego... tenga piedad...
A través de la rejilla, Demencia vio pasar la silueta de Black Hat. El villano se inclinó, desapareciendo de su campo visual, pero su voz llegó clara y nítida, destilando una posesividad enfermiza que a la bicolor solo le pareció el colmo de la crueldad corporativa.
- La piedad es para los débiles, Flug, y usted es mi empleado más valioso... lo que significa que su dolor me pertenece por contrato - siseó Black Hat. Se escuchó el cuero de la fusta acariciar lentamente una superficie tensa - Demuéstreme cuánto puede aguantar por su jefe. Ruegue bien.
- ¡Ah! J-jefecito... m-más... castígueme más... no me deje parar... - suplicó el científico en un hilo de voz, completamente entregado, con un tono tan extrañamente quebrado que a Demencia le pareció que al nerd se le había terminado de secar el cerebro por el dolor - Por favor... rompa mis límites...
Se escuchó otro azote, esta vez acompañado de un gemido tan alto y agudo por parte de Flug que la rejilla de ventilación vibró sutilmente. Demencia arqueó una ceja, un poco confundida por la forma en que el nerd pedía que lo siguieran machacando.
*Vaya, sí que es masoquista el de la bolsa, mira que pedir más golpes...*, pensó, encogiéndose de hombros.
Abajo, los jadeos de Flug se volvieron insoportables, rápidos, al borde del colapso. El crujido de las cuerdas tensándose al máximo delató que el científico se estaba retorciendo con desesperación, buscando desesperadamente una liberación que su amo le tenía firmemente retenida.
Black Hat soltó una risa baja, ronca, profundamente complacido por el estado de absoluta destrucción y entrega de su subordinado, sopesó la fusta una última vez y la dejó caer sobre la mesa de noche con un golpe sordo y se hizo un silencio denso, solo roto por los sollozos y la respiración rota de Flug.
- No eres tan inútil después de todo... - pronunció Black Hat con una suavidad inusual y escalofriante, casi una caricia verbal que hizo que a Demencia se le erizara la piel sin entender por qué - Buen chico. Ahora puedes.
Justo después de esas palabras, Flug soltó un grito ahogado, prolongado, que sonó como si estuviera entregando el alma, un espasmo violento que hizo eco en las paredes antes de que toda la energía abandonara su cuerpo de golpe.
Después de eso, cayó un silencio sepulcral. Un silencio tan absoluto que a Demencia le dio un vuelco el corazón. ¿Lo había matado?
Escuchó a Black Hat soltar un largo y pesado suspiro y caminar hacia donde estaba Flug. Demencia aguzó el oído; escuchó el roce del cuero y el sonido de las cuerdas liberarse, luego lo vio cargar su cuerpo inerte entre sus brazos y fue hacia la enorme cama con dosel que se alcanzaba a ver a un lado de la habitación.
Desde su escondite, Demencia no podía ver el cuerpo entero de Flug porque las sábanas y las cortinas de la cama tapaban casi todo. Sin embargo, al inclinarse un poco más contra la rejilla, logró distinguir una imagen de lo más extraña a través del dosel: Black Hat estaba de pie junto al colchón, mientras que los pies descalzos y exhaustos de Flug asomaban por debajo de las mantas, descansando en la cama. El jefe se quedó ahí, estático, contemplando al científico desmayado en una actitud que Demencia jamás le había visto tener con nadie.
Demencia parpadeó en la oscuridad del conducto, rascándose la cabeza. No entendía absolutamente nada. ¿Por qué lo ponía en la cama si se suponía que lo estaba castigando? ¿Acaso el jefe iba a usar alguna técnica de tortura psicológica mientras dormía? ¿O lo dejaría allí para que los monstruos del colchón y las chinches infernales se lo comieran?
*¡Claro, debe ser eso!* - pensó, intentando autoconvencerse - *El jefe lo está usando como cebo para alguna de sus mascotas de pesadilla. ¡Qué genio tan malévolo!*
Sin embargo, una extraña sensación, un instinto primario de supervivencia, le advirtió que lo que estaba pasando ahí dentro era algo demasiado raro, un terreno peligroso en el que era mejor no inmiscuirse. La atmósfera se sentía extraña, pesada y ajena.
Olvidándose por completo de la supuesta "gata rompehogares" a la que iba a buscar en un principio, Demencia dio media vuelta con cuidado de no hacer ruido y comenzó a retroceder sobre sus pasos a través del tubo de ventilación, arrastrándose en silencio de regreso a su celda, con la mente llena de dudas, pero decidida a dejar que el nerd se las arreglara solo con los castigos nocturnos de su jefe.
¡Bastante tenía ella con cuidar su propio pellejo!
