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Cálido

Summary:

En una mañana luminosa en Seúl, Dan y Jaekyung comparten besos, risas y una calma doméstica que todavía se siente como un pequeño milagro.

Notes:

Hola! He vuelto por fin con otro one shot después del capítulo 101, y dios, estoy que me muero por ahora si imaginar como es el amor de esta gran pareja. Estoy triste porque será el último capítulo, pero espero poder escribir más en lo que esperamos los side stories. En fin, espero que les guste!

Work Text:

Dos meses después, Seúl amaneció con una luz particularmente bonita.

No era una mañana gris ni pesada, de esas que parecían dejar una capa fría sobre los ventanales y las avenidas. Era una mañana clara, tibia, casi dorada, con el cielo extendido sobre la ciudad en un azul limpio que suavizaba los bordes de los edificios. El sol caía sobre las calles con una paciencia extraña, deslizándose entre los autos, los árboles que empezaban a llenarse de brotes pequeños, las cafeterías abriendo sus puertas y las personas caminando con menos prisa de lo habitual, como si incluso la ciudad hubiera decidido respirar un poco más despacio.

Había algo amable en el aire.

Una ligereza casi nueva.

El viento ya no mordía como semanas atrás. Todavía era fresco, sí, pero no cruel. Se colaba entre los edificios altos, movía apenas las ramas desnudas de algunos árboles y levantaba el vapor de las alcantarillas en líneas suaves que se deshacían bajo el sol. Los semáforos cambiaban de color, los autobuses avanzaban por las avenidas, las voces se mezclaban con el ruido de los motores y el mundo seguía su curso sin saber nada de lo que ocurría muy arriba, detrás de unos ventanales enormes, en un penthouse donde la mañana había llegado mucho antes de que alguno de los dos pensara en levantarse.

La luz entraba primero por la sala, extendiéndose en rectángulos largos sobre el piso oscuro. Tocaba la mesa baja donde habían quedado dos tazas vacías de la noche anterior, una manta mal doblada en el sofá, un par de zapatillas junto a la entrada y una bolsa de gimnasio abandonada cerca del pasillo. Todo tenía ese desorden cómodo de un lugar que ya no parecía simplemente habitado, sino vivido. Como si, poco a poco, los espacios demasiado amplios del penthouse hubieran empezado a llenarse de rutinas pequeñas: el vaso de agua que Jaekyung dejaba siempre en la mesita de Dan, las camisetas demasiado grandes que Dan terminaba usando sin pedir permiso, los libros que aparecían en cualquier superficie plana, las vendas limpias junto al botiquín, los recibos de comida pegados con imanes en el refrigerador.

Más adentro, al final del pasillo, la claridad alcanzaba la habitación.

Atravesaba las cortinas entreabiertas en líneas suaves, filtrándose sobre las sábanas revueltas, sobre una almohada caída al borde de la cama, sobre la ropa tirada sin cuidado en una silla. El aire olía a sueño, a piel tibia, a detergente limpio y a la luz fresca de una mañana que entraba sin pedir permiso.

El primer sonido dentro de la habitación no fue una alarma.

Tampoco una voz.

Fue un beso.

Un chasquido húmedo, suave, seguido de una respiración entrecortada y de otro beso que llegó antes de que el anterior terminara de deshacerse.

Después otro.

Y otro más.

Lentos al principio, casi perezosos, como si ambos estuvieran todavía atrapados entre el sueño y el deseo de seguir durmiendo. Luego más profundos, más largos, con ese ruido bajo de bocas encontrándose una y otra vez, de labios separándose solo lo necesario para tomar aire antes de volver a buscarse. La habitación, llena de luz, se había reducido a ese sonido: respiraciones mezcladas, sábanas moviéndose, dedos rozando piel caliente, una risa pequeña que moría contra otra boca.

Kim Dan estaba sentado a horcajadas sobre el regazo de Joo Jaekyung, con una rodilla a cada lado de su cuerpo y las manos apoyadas en sus hombros desnudos.

Llevaba una camiseta holgada, demasiado grande para ser suya, blanca, suave, con el cuello caído hacia un lado y una manga resbalándole casi hasta el borde del hombro. El bajo de la tela se arrugaba entre sus cuerpos cada vez que Dan se inclinaba para besarlo otra vez, subiendo por sus muslos, enredándose con las sábanas, dejando apenas el calor de su piel al alcance de los dedos de Jaekyung.

Jaekyung estaba sin camisa, recostado contra el cabecero, con el cabello negro desordenado sobre la frente y los ojos medio cerrados, como si la mañana todavía no hubiera terminado de despertarlo. La luz le marcaba el pecho, los hombros anchos, los brazos fuertes que rodeaban a Dan con una seguridad cómoda, tranquila, casi posesiva, aunque ya no había nada brusco en la forma en que lo sostenía. Una de sus manos descansaba en la cintura de Dan, abierta sobre la tela fina de la camiseta; la otra subía y bajaba por su espalda, lenta, pesada, con los dedos recorriendo cada pliegue como si estuviera aprendiendo el camino de memoria.

Dan se separó apenas para respirar.

Jaekyung lo siguió de inmediato.

No abrió los ojos del todo. Solo levantó el rostro, buscando su boca con esa terquedad silenciosa que a Dan le daba demasiada ternura y demasiadas ganas de reír. Sus labios rozaron la comisura de los de Dan, luego su labio inferior, atrapándolo apenas entre los suyos antes de soltarlo con un beso corto, húmedo, provocador.

Dan soltó un suspiro que quiso ser protesta.

No le salió.

—Jae…

Jaekyung respondió con un sonido bajo, casi un murmullo contra su boca, y lo atrajo un poco más por la cintura.

Dan sintió el pecho desnudo de Jaekyung rozarse contra él a través de la camiseta. El calor atravesó la tela con una facilidad absurda. Sus dedos, que estaban apoyados sobre los hombros de Jaekyung, se movieron despacio hasta su cuello, acariciando la piel tibia, la línea fuerte de la mandíbula, el pulso que latía bajo la yema de sus dedos. Jaekyung ladeó el rostro, permitiéndole tocarlo, pero en lugar de quedarse quieto volvió a buscarlo con la boca, esta vez más profundo.

El beso cambió.

Dejó de ser perezoso.

La lengua de Jaekyung rozó la de Dan con una lentitud calculada, tibia, insistente. No fue brusco, pero sí lo bastante intenso para arrancarle un pequeño sonido de sorpresa que Jaekyung recibió como si lo hubiera estado esperando. Su mano se cerró un poco en la cintura de Dan, no para obligarlo a acercarse, sino para sostenerlo cuando el cuerpo de Dan cedió hacia adelante. La otra mano subió hasta su nuca, enredándose entre su cabello, guiando el ángulo del beso con una firmeza suave que hizo que Dan sintiera calor hasta en las orejas.

Dan intentó apartarse para tomar aire.

Jaekyung lo dejó.

A medias.

Apenas lo suficiente para que sus labios se separaran con un sonido húmedo, apenas lo suficiente para que Dan pudiera inhalar antes de que Jaekyung volviera a rozarle la boca, lento, descarado, como si no tuviera ninguna intención de terminar.

Dan apoyó ambas manos en su pecho y lo empujó apenas.

—Estás insoportable esta mañana —murmuró, con los labios todavía tan cerca que la frase casi se perdió entre ambos.

Jaekyung abrió los ojos por fin.

Tenía la mirada oscura, adormecida y satisfecha. Demasiado satisfecha.

—Tú empezaste.

Dan frunció el ceño, aunque la expresión le duró muy poco porque Jaekyung volvió a acariciarle la cintura con el pulgar, justo debajo de la camiseta.

—Yo solo te di un beso de buenos días.

—Me diste tres.

—Estabas dormido.

—Me despertaste.

—Eso no cuenta.

—Cuenta si sigues encima de mí.

Dan sintió el calor subirle al rostro.

Bajó la mirada y solo entonces pareció recordar su posición: sus rodillas hundidas en la cama a ambos lados del cuerpo de Jaekyung, sus muslos rozando sus caderas, la camiseta arrugada entre los dos, las manos de Jaekyung demasiado cómodas sobre él, como si ese fuera exactamente el lugar al que pertenecían.

Le dio vergüenza.

No la suficiente para moverse.

Jaekyung lo notó, por supuesto. Lo notaba todo cuando se trataba de él. La forma en que Dan se sonrojaba, cómo desviaba los ojos, cómo intentaba hacerse el serio aunque sus dedos seguían jugando distraídamente con la piel de su cuello.

—Ahora te haces el inocente —murmuró Jaekyung.

Dan levantó la mirada de golpe.

—No me estoy haciendo nada.

—Mm.

—No digas “mm” como si tuvieras razón.

—Tengo razón.

Dan entrecerró los ojos, indignado, y tomó el rostro de Jaekyung entre ambas manos. Le apretó las mejillas apenas, no lo suficiente para dolerle, solo para deformarle un poco la expresión seria. Jaekyung lo dejó hacer, aunque sus ojos se afilaron con diversión.

—Eres imposible —dijo Dan.

Jaekyung habló con la boca apenas apretada por sus manos.

—Y tú sigues encima.

Dan soltó una risa, clara y espontánea, y Jaekyung aprovechó el momento exacto en que sus dedos aflojaron para girar el rostro y besarle la palma.

Fue un beso pequeño.

Tibio.

Directo en el centro de la mano.

Dan se quedó quieto.

La risa se le deshizo en la garganta.

Jaekyung lo miró desde abajo, sin decir nada, con esa expresión suya que no era exactamente ternura porque Jaekyung no sabía hacer ternura sin que pareciera también una amenaza contra el corazón de Dan. Era intensa. Silenciosa. Demasiado honesta para una mañana tan luminosa.

Dan tragó saliva.

—No hagas eso —susurró.

La comisura de la boca de Jaekyung se levantó apenas.

—¿Qué cosa?

Dan intentó retirar la mano, pero Jaekyung la atrapó con la suya y volvió a besarle los dedos, esta vez los nudillos. Uno por uno. Lento. Como si tuviera toda la mañana para arruinarle cualquier intento de mantenerse tranquilo.

—Eso —dijo Dan, con la voz menos firme de lo que habría querido.

Jaekyung le besó el índice.

—¿Esto?

—Jae…

Le besó el medio.

—¿O esto?

Dan sintió que el estómago se le encogía.

No de nervios.

De algo más cálido, más liviano, más peligroso precisamente porque no dolía.

—Vas a llegar tarde al entrenamiento —dijo, buscando cualquier cosa que lo salvara.

Jaekyung dejó de besarle los dedos y lo miró.

—¿Eso te preocupa?

—A Namwook le preocupa.

—Namwook no está en esta cama.

Dan abrió la boca.

La cerró.

Jaekyung sonrió.

Fue mínimo, apenas una curva de labios, pero tuvo el efecto exacto que buscaba. Dan, acorralado por una frase tan descarada y dicha con tanta calma, no pudo hacer otra cosa que golpearle suavemente el pecho con la mano libre.

—No seas así.

—¿Así cómo?

—Así.

—Hablas mucho para alguien que me despertó besándome el cuello.

Dan se sonrojó por completo.

—¡Eso fue diferente!

—¿Por qué?

—Porque tú estabas dormido.

—Eso lo hace peor.

Dan volvió a golpearle el pecho, esta vez un poco más fuerte, aunque Jaekyung ni siquiera se movió. Solo se quedó allí, recibiendo el golpe con una expresión tan tranquila que Dan sintió la necesidad urgente de borrársela.

Así que se inclinó y lo besó.

Jaekyung respondió al instante.

El cambio fue inmediato. La broma se deshizo entre sus bocas, reemplazada por el calor lento y profundo del beso. Dan sujetó el rostro de Jaekyung con ambas manos, los pulgares rozándole las mejillas, mientras Jaekyung le envolvía la cintura y lo acercaba hasta que no quedó casi espacio entre ambos. La camiseta de Dan se arrugó contra el pecho desnudo de Jaekyung. Las sábanas se movieron bajo sus rodillas. La luz dorada cayó sobre ellos como si la habitación entera estuviera hecha para ese momento.

Jaekyung besaba con paciencia, pero no con calma.

No realmente.

Había demasiada intención en la forma en que abría la boca bajo la de Dan, demasiada hambre contenida en el roce de su lengua, demasiada seguridad en sus manos. Sus dedos bajaron por la espalda de Dan, siguieron la curva de su cintura, se detuvieron en sus caderas y volvieron a subir, como si disfrutara de cada centímetro sin prisa. Dan sintió el calor de esas manos incluso a través de la tela. Se aferró a sus hombros, hundiendo los dedos en la piel tibia, dejándose llevar por el ritmo del beso hasta que la respiración empezó a faltarle.

Jaekyung mordió apenas su labio inferior.

Suave.

Juguetón.

Dan se estremeció.

—Eso fue trampa —murmuró contra su boca.

—¿Qué cosa?

Jaekyung volvió a rozarle el labio con los dientes, apenas lo suficiente para hacerlo reaccionar.

Dan soltó un sonido pequeño y lo empujó por el pecho.

—Eso.

—No sé de qué hablas.

—Mentiroso.

—Mm.

Dan iba a responder, pero Jaekyung se movió antes.

Fue rápido, aunque no brusco.

Una mano firme en su cintura, la otra en su espalda, un giro controlado entre las sábanas, y de pronto el mundo cambió de lugar.

Dan soltó un jadeo sorprendido cuando su espalda tocó el colchón y Jaekyung quedó sobre él, apoyado en un brazo para no dejar caer todo su peso, con la otra mano todavía sujetándole la cintura.

La camiseta de Dan se subió un poco con el movimiento.

Las sábanas se enredaron entre sus piernas.

La luz de la mañana cayó sobre el rostro de Jaekyung desde atrás, bordeándole el cabello oscuro, los hombros desnudos, la línea fuerte de los brazos. Desde abajo, con el sol dibujándole la silueta y esa expresión lenta en los ojos, se veía demasiado seguro de sí mismo.

Demasiado satisfecho.

Dan se quedó mirándolo, con el corazón golpeándole demasiado rápido.

Jaekyung no lo besó de inmediato.

Eso fue lo peor.

Solo lo miró.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo para disfrutar la forma en que Dan había quedado atrapado bajo él, despeinado, con los labios húmedos, la respiración todavía desordenada y las manos aferradas a las sábanas.

—Ahora estás más callado —murmuró Jaekyung.

Dan tragó saliva, intentando recuperar algo de dignidad.

—Porque me tiraste contra la cama.

—Te acosté.

—Me tiraste.

La comisura de la boca de Jaekyung se levantó apenas.

—Si te hubiera tirado, lo sabrías.

El calor le subió a Dan directo al rostro.

Abrió la boca para responder, pero Jaekyung bajó un poco más, interrumpiéndolo sin necesidad de tocarlo. Sus narices casi se rozaron. Sus labios quedaron a una distancia ridículamente pequeña, tan cerca que Dan podía sentir el calor de su respiración caerle sobre la boca.

Jaekyung no lo besó.

Solo rozó la punta de su nariz contra la de él.

Suave.

Provocador.

Como si quisiera ver cuánto tardaba Dan en perder la paciencia.

Dan cerró los ojos por instinto, esperando el beso, pero Jaekyung se detuvo justo antes.

El contacto nunca llegó.

Dan abrió los ojos de golpe.

Jaekyung seguía mirándolo, con una calma insoportable.

—Estás disfrutando esto demasiado —susurró Dan.

—Un poco.

—Jae.

—Mucho.

Dan soltó una risa frustrada, baja, y levantó una mano para empujarlo por el hombro. Jaekyung apenas se movió. O quizá sí, solo lo suficiente para bajar otra vez y rozarle los labios con los suyos, tan leve que el contacto pareció más una promesa que un beso.

Dan dejó de respirar.

Jaekyung se apartó un milímetro.

Otro.

Lo justo para que Dan sintiera el vacío.

—Eso es injusto —murmuró Dan.

—Tú me despertaste besándome el cuello.

—Era un beso inocente.

Jaekyung bajó la mirada a su boca.

Luego volvió a sus ojos.

—Nada de lo que haces encima de mí parece inocente.

Dan sintió que el rostro le ardía por completo.

—Eres imposible.

—Y tú sigues sin empujarme de verdad.

El silencio entre ellos se volvió más espeso.

No triste.

No pesado.

Solo cálido, juguetón, cargado de esa tensión que hacía que Dan sintiera cosquillas en el estómago y calor en la nuca. Jaekyung seguía sin besarlo, pero estaba tan cerca que cada respiración parecía un roce. Su nariz volvió a deslizarse contra la de Dan, después por su mejilla, apenas rozando la piel, bajando hasta quedarse cerca de la comisura de sus labios.

Dan apretó los dedos sobre las sábanas.

Podía sentir el peso controlado del cuerpo de Jaekyung sobre él, la mano firme en su cintura, el calor de su pecho desnudo atravesando el poco aire que los separaba. Las sábanas se habían enredado alrededor de sus piernas, y la camiseta seguía subida apenas sobre su abdomen, dejando que el frío suave de la mañana le tocara la piel.

Jaekyung lo notó.

Por supuesto que lo notó.

Su mirada bajó un segundo, siguiendo el borde arrugado de la camiseta, pero no movió la mano. Solo volvió a mirar a Dan, más despacio, como si quisiera provocarlo sin tocar donde sabía que podía hacerlo estremecer.

Dan tragó saliva.

—¿Vas a quedarte mirándome todo el día?

—Podría.

—Tienes entrenamiento.

—También podría faltar.

Dan intentó poner una expresión seria.

No le salió.

Jaekyung sonrió apenas al verlo luchar contra su propia risa, y ese gesto terminó de arruinar cualquier intento de resistencia. Dan levantó una mano y la llevó al cabello oscuro de Jaekyung, hundiendo los dedos entre los mechones desordenados. Tiró suavemente de ellos, lo justo para hacerlo bajar un poco más.

Jaekyung lo dejó hacer.

Sus ojos cambiaron.

La burla no desapareció por completo, pero algo más profundo la reemplazó poco a poco. Algo más oscuro, más cálido, más concentrado. Su boca seguía cerca, demasiado cerca, y aun así esperaba.

Dan le sostuvo la mirada, con el corazón golpeándole fuerte contra las costillas.

—Ven acá —murmuró.

Jaekyung bajó la mirada a sus labios.

—Eso sonó muy seguro para alguien que no podía ni hablar hace un minuto.

Dan tiró un poco más de su cabello.

—Joo Jaekyung.

La sonrisa de Jaekyung se volvió mínima.

Peligrosa.

—Así sí.

Y entonces lo besó.

Esta vez no hubo distancia provocadora ni respiraciones robadas a medias. El beso cayó sobre Dan con una intensidad caliente, profunda, como si Jaekyung hubiera estado esperando exactamente ese permiso para dejar de jugar. Sus labios se movieron contra los suyos con seguridad, abriéndolos poco a poco, y la lengua rozó la de Dan de una forma lenta, húmeda, deliberada, que le arrancó un suspiro antes de que pudiera contenerlo.

Dan respondió de inmediato.

Sus brazos rodearon el cuello de Jaekyung y sus dedos se enredaron todavía más en su cabello, atrayéndolo hacia abajo. Jaekyung dejó escapar un sonido bajo contra su boca, casi un gruñido satisfecho, y el beso se hizo más profundo. Más desordenado. Más vivo.

Las sábanas se movieron bajo ellos.

La mano de Jaekyung se deslizó desde su cintura hasta su espalda, levantándolo apenas del colchón para acercarlo mejor, mientras la otra permanecía junto a su cabeza, sosteniendo su propio peso. Dan sintió el roce firme del pecho de Jaekyung contra él, el calor de su piel, la respiración entrecortada que se mezclaba con la suya cada vez que sus bocas se separaban apenas para volver a encontrarse.

El mundo afuera siguió llenándose de luz.

Dentro de la habitación, en cambio, la mañana se redujo otra vez al sonido de sus besos.

Dan soltó un sonido ahogado.

Jaekyung se separó solo lo suficiente para escuchar.

—¿Qué? —murmuró, con la voz ronca.

Dan abrió los ojos a medias.

Tenía la respiración desordenada, los labios brillantes y el rostro completamente encendido.

—Nada.

La boca de Jaekyung se curvó apenas.

—Mentiroso.

Dan no tuvo tiempo de responder.

Jaekyung volvió a besarlo, más lento ahora, como si quisiera saborear cada reacción. Sus labios se movían sobre los de Dan con una calma intensa, húmeda, profunda. La lengua rozaba, se retiraba, volvía a buscarlo. Dan sintió cómo el cuerpo entero se le aflojaba bajo él, cómo las manos dejaban de empujar y empezaban a aferrarse, cómo sus piernas se acomodaban entre las sábanas sin darse cuenta.

La camiseta se le subió un poco más.

El borde de la tela quedó arrugado bajo las manos de Jaekyung, atrapado entre sus dedos y la piel tibia de Dan, que se estremeció apenas cuando el pulgar de Jaekyung rozó la línea descubierta de su costado. No fue un toque accidental, pero tampoco fue brusco. Fue lento. Casi distraído. Como si Jaekyung estuviera demasiado concentrado en besarlo como para darse cuenta de que sus manos seguían aprendiendo el camino por su cuerpo.

Dan inhaló contra su boca.

Jaekyung lo sintió.

Se detuvo solo un segundo, no para apartarse, sino para mirarlo.

La habitación estaba llena de luz. La mañana seguía entrando por las cortinas en franjas doradas que caían sobre las sábanas revueltas, sobre el cabello oscuro de Jaekyung, sobre la camiseta torcida de Dan y la piel que asomaba debajo de ella. Todo parecía demasiado cálido, demasiado lento, demasiado ajeno al resto del mundo.

Jaekyung bajó la mirada al lugar donde sus dedos tocaban la piel de Dan.

Luego volvió a sus ojos.

No dijo nada.

No hacía falta.

Dan sintió que el corazón se le aceleraba por la forma en que lo miraba. No era esa mirada de antes, impaciente y hambrienta, la que parecía querer tragarse todo sin esperar respuesta. Era intensa, sí, porque Jaekyung no sabía ser de otra manera, pero ahora había algo más en ella. Algo que se quedaba. Algo que observaba primero. Algo que parecía disfrutar tanto el permiso como el contacto.

Dan tragó saliva, todavía con los dedos enredados en su cabello.

—Me estás mirando demasiado —murmuró.

La comisura de la boca de Jaekyung se movió apenas.

—¿Y?

Dan intentó sostenerle la mirada, pero era difícil cuando Jaekyung estaba encima de él, sin camisa, con los labios húmedos y el cabello cayéndole hacia adelante. Difícil cuando una de sus manos seguía bajo su espalda y la otra descansaba en su cintura, tibia, firme, como si ese lugar le perteneciera solo porque Dan se lo había permitido.

—Y me pones nervioso.

Jaekyung bajó un poco más, hasta que sus narices casi se tocaron.

—No pareces nervioso.

Dan soltó una risa baja, suave, más aire que sonido.

La frase cayó entre ellos con una calma descarada.

Dan sintió el calor subírsele al rostro, pero no apartó la mirada. Jaekyung tampoco. Se quedaron así, suspendidos en ese espacio mínimo donde sus bocas casi se rozaban, donde cada respiración parecía una caricia y cada segundo sin besarse se volvía más difícil de soportar.

Jaekyung movió la mano de su cintura a su espalda, deslizándola despacio bajo la tela arrugada de la camiseta, apenas lo suficiente para tocar la piel caliente con la punta de los dedos. Dan cerró los ojos un instante. No por vergüenza. No por incomodidad. Sino porque el roce fue tan cuidadoso que le apretó algo en el pecho.

Jaekyung se dio cuenta.

Siempre se daba cuenta.

—Dan —murmuró.

La voz le salió baja, grave, más suave de lo que Dan esperaba.

Dan abrió los ojos.

—¿Qué?

Jaekyung no respondió enseguida. Bajó la mirada a su boca, después volvió a sus ojos, como si estuviera decidiendo si decirlo o no. Esa pequeña duda, esa pausa casi imperceptible en alguien que antes jamás dudaba antes de tomar lo que quería, hizo que Dan sintiera un calor distinto extenderse por su pecho.

Jaekyung tragó saliva.

—Te amo.

Dan se quedó inmóvil.

No era la primera vez que se lo decía.

Ya no.

Desde aquella noche en la calle, desde que ambos habían llorado frente al otro con las palabras saliendo tarde y torpes, el “te amo” había empezado a aparecer entre ellos de formas distintas. A veces bajo. A veces casi gruñido. A veces en medio del sueño, cuando Jaekyung creía que Dan no lo escuchaba. A veces sin mirarlo directamente, como si todavía le costara sostener el peso de decirlo despierto.

Pero esa mañana lo dijo mirándolo.

Con el sol detrás de su espalda.

Con una mano en su cintura.

Con la boca todavía brillante por los besos.

Y Dan sintió que algo dentro de él se derretía por completo.

—Jae… —susurró.

Jaekyung bajó un poco más, rozándole la nariz con la suya.

La expresión de Jaekyung se suavizó apenas. Muy poco. Lo suficiente para que Dan lo notara. Lo suficiente para que su corazón volviera a golpearse contra sus costillas como si todavía no hubiera aprendido a soportar esa versión de él: despeinado, terco, vulnerable sin darse cuenta.

Dan tiró suavemente de su cabello para acercarlo.

—Yo también te amo.

Jaekyung cerró los ojos.

No de golpe.

Despacio.

Como si la frase lo hubiera tocado antes que las manos de Dan.

Durante un segundo no hizo nada. Solo respiró. Su cuerpo permaneció suspendido encima del de Dan, contenido por el brazo que sostenía su peso, pero su frente bajó hasta apoyarse contra la de él. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cálido, espeso, lleno de algo que ninguno de los dos necesitaba explicar.

Dan sintió cómo la respiración de Jaekyung le rozaba la boca.

—Dilo otra vez —murmuró Jaekyung.

Dan sonrió, apenas.

—¿Otra vez?

—Mm.

—Estás muy exigente esta mañana.

—Solo con eso.

La honestidad simple de la frase lo desarmó.

Dan dejó que sus dedos se deslizaran desde el rostro de Jaekyung hasta su nuca, hundiéndose en el cabello oscuro. Lo sostuvo ahí, cerca, mirándolo a los ojos con una seguridad que todavía se sentía nueva y preciosa en su propio cuerpo.

—Te amo —repitió, más claro.

La mano de Jaekyung se cerró apenas en su cintura.

—Otra vez.

Dan soltó una risa contra su boca.

—Jae.

—Una más.

—Te amo.

Jaekyung no esperó más.

Lo besó.

El beso fue profundo desde el principio, cálido, lento, como si Jaekyung quisiera guardar cada palabra dentro de su boca. Dan cerró los ojos y respondió con la misma intensidad, rodeándole el cuello con los brazos, atrayéndolo más cerca hasta sentir el pecho desnudo de Jaekyung rozar la tela fina de su camiseta. Sus lenguas se encontraron sin prisa, en un ritmo húmedo y suave que hizo que las sábanas se movieran bajo ellos cuando Dan arqueó un poco la espalda.

Jaekyung bajó más, manteniendo todavía parte de su peso sobre el brazo para no aplastarlo, pero lo suficiente para envolverlo con su calor. Su mano recorrió la espalda de Dan bajo la camiseta, subiendo despacio hasta la mitad, bajando de nuevo a su cintura, acariciando con el pulgar la piel descubierta como si quisiera memorizar el temblor que le provocaba.

Dan dejó escapar un suspiro entre el beso.

Jaekyung lo recibió con otro, más lento, más cuidadoso, aunque no menos intenso. Sus labios se separaban solo lo necesario para respirar y volvían a encontrarse enseguida. Una vez. Dos. Tres. Dan perdió la cuenta. Todo se redujo al roce de la boca de Jaekyung, al calor de sus manos, al sonido bajo de sus respiraciones mezclándose con la luz de la mañana.

Cuando por fin se separaron, Dan tenía los labios hinchados y el rostro encendido.

Jaekyung lo miró como si hubiera olvidado por completo que existía algo fuera de esa cama.

Dan tragó saliva, intentando recuperar algo de aire.

—Vas a llegar tarde.

Jaekyung no se movió.

Su mirada bajó a la boca de Dan.

—Ya llegué tarde.

—Eso no es algo que deberías decir tan tranquilo.

—Namwook va a gritar igual.

Dan intentó mirarlo con desaprobación, pero era imposible cuando Jaekyung seguía rozándole la cintura con el pulgar y mirándolo de esa manera.

—Entonces deberías levantarte.

—Deberíamos.

Dan parpadeó.

—¿Deberíamos?

Jaekyung se inclinó otra vez, pero no lo besó. Solo rozó su nariz contra la de Dan, luego bajó la mirada a sus labios con una intención tan evidente que Dan sintió que el calor le subía de nuevo hasta las orejas.

—Ducharnos.

La palabra salió baja.

Demasiado baja.

Dan se quedó callado.

Jaekyung lo miró a los ojos, luego volvió a mirar su boca, como si ya estuviera imaginando otro beso antes de que Dan respondiera.

—Juntos —añadió.

Dan sintió que el corazón le daba un golpe torpe.

—¿Eso cuenta como llegar tarde o como levantarse?

La sonrisa de Jaekyung apareció despacio, mínima, satisfecha.

—Como levantarse.

—Conveniente.

—Muy.

Dan soltó una risa suave, pero la risa se apagó cuando Jaekyung bajó y lo besó otra vez. Esta vez fue un beso más corto, más firme, casi una promesa. Uno de esos besos que no intentaban terminar nada, sino dejar algo encendido para después.

Cuando se separó, Jaekyung permaneció un segundo más sobre él, mirándolo desde cerca, con el cabello cayéndole hacia adelante y los ojos oscuros llenos de esa calma peligrosa que Dan ya conocía demasiado bien.

—Quédate aquí —murmuró.

Dan alzó una ceja.

—¿En serio vas a dejarme así?

Jaekyung miró su boca.

Luego su camiseta torcida.

Luego volvió a sus ojos.

—Voy a preparar la bañera.

Dan sintió que el rostro le ardía todavía más.

Jaekyung se inclinó y le dejó un beso suave en la frente, otro en la punta de la nariz y uno último en los labios. Ese último se alargó más de lo necesario, porque por supuesto que Jaekyung no sabía dar un beso rápido cuando Dan estaba debajo de él, despeinado y mirándolo así.

Dan alcanzó a rozarle la nuca con los dedos antes de que se apartara.

—Jae…

—Mm.

—Apúrate.

La sonrisa de Jaekyung se volvió apenas más clara.

—Mandón.

—Aprendí de ti.

Jaekyung soltó una risa baja, casi un suspiro, y por fin se incorporó. El aire fresco de la habitación entró de inmediato entre sus cuerpos, haciéndole notar a Dan la ausencia del calor que lo había cubierto hasta ese momento. Jaekyung lo notó también, porque antes de levantarse del todo tomó la sábana y la subió hasta cubrirle el torso, dejando solo su rostro sonrojado, el cabello revuelto y los dedos todavía aferrados al borde de la tela.

Dan lo miró desde la almohada.

Jaekyung estaba de pie junto a la cama, sin camisa, con el cabello desordenado y la luz de la mañana dibujándole los hombros. Parecía demasiado cómodo allí, demasiado suyo, demasiado real.

Durante un segundo, ninguno dijo nada.

Luego Jaekyung bajó la mirada hacia él.

—No te duermas.

Dan sonrió.

—Entonces no tardes.

La respuesta pareció gustarle. Jaekyung se inclinó una última vez, como si no pudiera evitarlo, y le robó otro beso corto antes de alejarse finalmente hacia el baño.

Dan se quedó tendido en la cama.

Las sábanas seguían tibias a su alrededor. La camiseta todavía estaba torcida, subida apenas sobre un costado. Sus labios palpitaban suavemente por todos los besos, y el pecho le subía y bajaba con una respiración que todavía no terminaba de ordenarse.

Escuchó los pasos de Jaekyung cruzando la habitación.

Luego el sonido de la puerta del baño abriéndose.

El agua comenzó a correr unos segundos después, primero como un golpe fuerte contra la cerámica, luego como un murmullo constante llenando el silencio.

Dan miró hacia el techo.

La luz dorada de la mañana se extendía sobre las molduras, suave, tranquila, ridículamente bonita. Por un momento, solo se quedó allí, respirando, sintiendo el calor de su propio rostro, el eco de la voz de Jaekyung diciéndole te amo, el peso invisible de sus manos en la cintura, en la espalda, en la piel.

Despacio, levantó una mano y se tocó los labios con la punta de los dedos.

Todavía podía sentirlo.

El beso.

La risa baja.

La forma en que Jaekyung lo había mirado antes de decir juntos.

Dan cerró los ojos y sonrió, tan enamorado que casi le dio vergüenza estar solo.

Dos meses atrás, había estado a punto de irse.

Ahora Jaekyung estaba en el baño preparando una bañera para los dos, después de haberlo besado hasta dejarlo sin aire en una mañana llena de sol.

Y Dan, tendido entre las sábanas tibias, con los labios sensibles y el corazón completamente perdido, pensó que había felicidades tan simples que parecían imposibles.