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Hacía unos veinte minutos que Hyoma apoyaba el rostro sobre el brazo y el brazo sobre la cuna. Observaba, sin moverse, la expresión adormilada de su hija, que se aferraba a un peluche desgastado de un gato a la vez que suspiraba cada tanto. Estaba limpia, recién salida de la ducha, y estrenaba un nuevo pelele blanco estampado por florecitas rosadas, del mismo color claro que su cabello más largo de lo habitual en bebés de su edad. Recordaba perfectamente que a los diez meses a Hajime todavía no se le notaba el pelo. Sakura, sin embargo, presumía del acelerado desarrollo de su melena, que se notaba que sería abundante cuando creciera.
Hyoma se sentía impaciente por ello. Deseaba ver a su hija con el cabello hasta la cintura y las mejillas brillantes, luciendo los peinados que él le hiciera y con una sonrisa adornándole el rostro. Deseaba verla dando vueltas y ondeando preciosos vestidos. Había pasado siete años desde que parió a su primer hijo, y por fin el anhelo de traer una niña al mundo se había hecho realidad. Sakura vivía sin nombre en su mente desde hacía tiempo incontable, hasta que en el tercer intento ella llegó y su pareja fue quien la nombró.
Y le sentaba de maravilla aquel nombre. Sus suspiros se sentían como la brisa agitando las flores de cerezo en primavera y su tacto era tan suave como los pétalos cayendo sobre la piel. Sus ojos, rodeados por largas pestañas como las suyas, presentaban un hermoso verde que a Hyoma le recordaba al tallo de las flores.
Se hizo la media hora cuando Sakura se movió entre sueños y el peluche desapareció de entre sus brazos. Fueron treinta y dos cuando a Hyoma le extrañó el silencio a lo largo de todo el piso. Eita llevaba horas fuera de casa, aunque, si se tratara de él, el silencio sería el pan de cada día. Lo que le daba rareza a la situación eran sus otros dos hijos, Hajime y Akemi, que estaban en esa edad en la que, aún por tarde que fuera, querían quedarse despiertos para acompañar a sus padres —y por sentirse mayores, claro estaba—.
Hyoma levantó la cabeza, apretando un poco la barra de la cuna. La puerta de la habitación estaba abierta, así que alcanzaba a mirar el pasillo todavía sentado en la cama, situada junto a la cuna; así estuvo unos cuantos segundos hasta que decidió levantarse. Esperó unos pocos más. Y, tras acariciar la mejilla de su pequeña y dedicarle una última sonrisa, se dirigió hacia el exterior.
Las dos puertas de los cuartos estaban cerradas, al igual que el armario del pasillo pero al contrario que el baño. Avanzó hasta el salón, donde el desorden le recordó la ausencia de Eita en la casa. Llegaba tarde. Mucho. Y le había prometido que sería él quien limpiaría el caos que los niños habían dejado tras jugar aquella tarde.
Pudo observar a lo lejos un marco tirado en el suelo, al lado del sofá, por lo que atravesó los juguetes repartidos por el suelo para agarrarlo. Ahí encontró una fotografía del año pasado tras un vidrio roto. Al parecer el golpe había sido duro. En ella se veía a un Hajime de seis años, sonriente, frente a la puerta del colegio junto a su padre Eita, que cargaba a Akemi —de cuatro años— en sus brazos. El hijo mayor hacía el signo de la paz con una mano mientras su padre apoyaba la mano en su cabello blanco —el cual presentaba verde en la nuca—; a Akemi apenas se le veía el perfil, pues tenía el rostro pegado al cuello de Eita y su pelo pelirrojo con mechas blancas era más largo que el de su hermano. Le recordaba a cuando él era pequeño.
Hyoma pudo pasar el pulgar por el papel, lento. En parte por apreciar el momento capturado y en parte para no cortarse. Mientras recogía los pequeños trozos de vidrios del suelo, después de aquel gesto, pensó en que él no aparecía en la fotografía. Ni en esa ni en muchas otras. Y por eso mismo también pensó que no quería que eso volviera a suceder. Ahora que Sakura estaba ahí quería arreglar el error que cometió con sus dos primeros hijos: no guardar recuerdos con ellos. No era que eso no hubiera pasado, sino que Hyoma siempre se había quedado detrás de la cámara, lo cual carecía de sentido considerando su adoración por las fotos.
Quizá tan solo había estado tan ocupado centrándose en ellos que se había olvidado de sí mismo, lo que en realidad resultaba peor, pues lo llevaba a teorizar motivos que no le agradaban mucho. Le llegó a la mente la posibilidad de esforzarse tanto para que no se notara el vacío que todavía sentía, aquel que todavía estaba a la espera de una niña que abrazar.
Ese pensamiento fue incómodo. Cogió el marco una vez más, contemplando otra vez la imagen. A los cerezos del fondo hasta les sobraban flores, y uno de los pétalos se había colado en la esquina de la fotografía. Sin embargo, como eran sus hijos y su pareja quienes estaban enfocados, el pétalo se veía como un manchurrón rosado. Se olvidó de ese detalle en cuanto sus ojos volvieron a encontrar el rostro de su segundo hijo. Vestía un peto que fue pensado como ropa para Hajime cuando fue comprado.
Dejó el marco en la mesa. Se encontró a sí mismo arrastrando la mano por su vientre, colada bajo la camiseta del pijama. Recordó el momento exacto de la fotografía. A Hajime le emocionaba su primer día en primaria, al contrario que otros muchos compañeros. Aquello se debía a que Akemi continuaba en el preescolar, por lo que se sentía todavía más mayor de lo que era, con más autoridad, si es que pudiese tener alguna. Claro, por eso Eita cargaba a Akemi y él escondía el rostro: Hajime se estuvo burlando de él y Eita tuvo que consolarlo para que quisiera salir en la foto.
La foto, claro. Hyoma había sacado esa fotografía cuando su vientre estaba tan abultado que cualquier sensación diferente se convertía en una alerta por si se ponía de parto. Caminaba siempre con las manos en las caderas y sus hijos se pasaban las tardes apoyando la oreja en su panza por si a la bebé en el interior se le ocurría patalear.
Contuvo las ganas de llorar. El silencio todavía le picaba por dentro, y, ahora que había recorrido casi toda la casa —le faltaban cocina y terraza—, se percató de la ausencia del gato. Abrió la puerta más cercana a la entrada al salón y cocina: como pensaba, habitación sin vida. La estaban amueblando de nuevo para convertirla en el próximo cuarto de Sakura, para cuando dejara de dormir con él y con Eita. Por ende, fue a la habitación contigua, la cual abrió con cuidado. La escena que encontró le provocó un calorcito en el corazón que se encargó de mover lentamente las comisuras de sus labios.
La luz prendida permitía ver sin problema a Hajime arrinconado en su cama, con las piernas encogidas hacia un lado y las manos, sosteniendo al gato, llevadas hacia arriba. El niño llevaba los ojos al techo y la oreja al cuerpo del animal, concentrado en quién sabía qué, y moviendo nada más que las cejas de vez en cuando. Hyoma también alzó las suyas al toparse tal situación. Por suerte, en la cama de la otra pared, la colcha tapaba casi por completo a Akemi, ajeno a todo aquello, en su propio mundo de sueños.
—¿Qué estás haciendo, hijo?
El niño lo miró, apartando solo un poquito al gato. Hyoma se acercó unos cuantos pasos.
—Lo escucho.
—¿Lo escuchas?
—Sí. Por dentro —Hajime volvió a aproximar la oreja al cuerpo del felino—. Le suenan las tripas. Y el corazón. Está vivo.
Al adulto se le escapó un soplido en forma de risa. Terminó de acercarse y se hizo delante de él, inclinando la cabeza hacia un lado en todo momento. Era un gesto inevitable.
—Claro que está vivo. Es un gato.
Hajime dejó al animal en la cama, que se sacudió y se movió hasta encontrar el regazo de Hyoma. Él lo acarició, pero el niño se mostró claramente ofendido ante aquello.
—¿Por qué te quiere más a ti?
—Eso no es cierto.
—Sí lo es. No me gusta este gato.
—No digas eso, hijo —Hyoma hizo un gesto con la mano que le indicó que se acercara, así que se arrastró por la cama hasta llegar a él—. Y ya sabes que se llama Kuro.
Hajime se pegó más a él, hundiendo el rostro en su cuerpo pero sin apartar los ojos de la mascota. A Hyoma se le presentaba una imagen adorable e incluso le daban ganas de pellizcarle las mejillas.
—Bueno, no me gusta este gato llamado Kuro.
«Qué mentira tan descarada», Hyoma pensó, acariciándole la cabeza a su hijo. La manera en la que lo estudiaba antes ya era una gran señal de que sí le gustaba. Y no solo por ello: Kuro había crecido a la vez que Hajime. Antes de tomar la decisión de tener hijos, Hyoma y Eita adoptaron a un gato callejero para dejar de sentir la casa tan vacía. Se dieron cuenta meses después de que no era aquello lo que necesitaban, y, para cuando Hajime llegó al mundo, Kuro ya tendría alrededor de tres años.
El día que Hyoma regresó del hospital con el pequeño Hajime, Kuro lo observó con los ojos muy abiertos desde un rincón. Eita se asustó, así que no dejaron que se acercara al niño durante los primeros días. El momento llegó antes de lo esperado, cuando Hyoma se había dejado la puerta de la habitación abierta al ir al baño. Al regresar, se encontró a Kuro tumbado junto al bebé, rodeándole la cabeza con la cola. El pelirrojo quiso sentarse junto al bebé otra vez, pero el gato le bufó.
Aquello se repitió tanto con Akemi como con Sakura. Sin embargo, para ello Hajime sí que tenía memoria. Kuro había sido igual de apegado y protector con sus tres hijos, pero Hajime decía que él no le agradaba al gato porque siempre lo encontraba con Sakura. Esa envidia infantil le resultó tierna, sobre todo cuando Hajime alzó la cabeza hacia él.
—¿Por qué te callas de la nada? —indagó el niño.
—Estaba pensando.
—¿En qué? —Hajime empezó a sacudirlo al no recibir una respuesta rápida—. Dímelo, dímelo, dímelo. Por favor, papá, dímelo.
—Vas a despertar a tu hermano.
—Perdón —susurró moviendo la boca exageradamente—. ¿Qué pensabas?
—¿Sabías que Kuroo también te cuidaba cuando eras pequeño?
—¡Mentira!
—Hajime, la boca.
Él agachó el rostro, avergonzado. Al mirar de nuevo a su padre, se llevó la mano a los labios para simular que cerraba una cremallera.
—Era más pequeño, así que jugaba contigo. Pero también te cuidaba de vez en cuando.
Hyoma empezó a acariciar la cabeza del niño; también aprovechó para peinarlo, ya que el contacto de antes con el gato le había revuelto una parte del cabello.
—Yo no me acuerdo de eso —murmuró él, dejándose hacer. Solía ser más revoltoso en esas situaciones. Peinarlo siempre había sido un suplicio, y por eso era el que tenía el pelo más corto.
—Akemi tampoco se acuerda. Y Sakura tampoco se acordará.
—¿Por qué no?
—Nadie recuerda su vida cuando era un bebé.
Hajime resopló a modo de respuesta. El pelirrojo terminó con su labor, así que le agarró la cara para terminar de mirarlo. Así, sus manos le apretaban las mejillas, de modo que sus labios se juntaban como los de un pez y apretaba un poco los ojos, incómodo. Le jodía admitir que era prácticamente igual a Eita. Lo único que compartía con él era el puente de la nariz y los pómulos.
—Esto lo recordarás.
—Qué adorables.
Tanto padre e hijo dieron un pequeño respingo. El gato se removió encima de su regazo, pero enseguida recuperó la tranquilidad, tumbándose estirado. Hyoma se giró a mirar a Eita, que se apoyaba en el marco de la puerta con las cejas alzadas mientras cruzaba los brazos. La mano de Hyoma viajó instintivamente al pecho de Hajime; notó su corazón golpear rápido en el momento del susto para después calmarse. Él pegó un suspiro cansado y el niño rió, saludando a su otro padre con un gesto animado con la mano, avisando que Akemi estaba dormido.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le echó en cara el pelirrojo.
—El suficiente para que me odies.
—¿Odias a papá?
El rostro de Hajime se alzó velozmente hacia él, sus ojos agrandados todo lo que pudieron. Hyoma se giró hacia Eita, quien le observaba interesado, a lo que tuvo que apretar los labios para contener la risa.
—No odio a tu padre. Es él quien siempre dice tonterías.
El niño miró a Eita por unos segundos y luego a Hyoma. Repitió el gesto de nuevo, para después acercarse más al pelirrojo, tapándose la boca por un lado.
—Las tonterías de papá son graciosas.
—¿De verdad?
Hajime asintió con velocidad.
—No lo digo yo, lo dice él —Eita encogió los hombros.
—¡Oye, no tienes que escucharme!
El otro adulto levantó los brazos en señal de rendición, moviendo la cabeza de un lado a otro. Hyoma imitó el gesto para negar. Ahora que su pareja ya estaba ahí, era momento de acostar a Hajime e irse. Había sido suficiente.
Quiso acariciarle la cara por última vez antes de hablar, pero se vio incapaz de hacerlo. De algún modo le hirió el falso intento de moverse. Observó el rostro risueño de su hijo frente a las palabras de su otro padre, al que halló de reojo haciendo gestos de pistola con los dedos en dirección a su hijo.
Se encontró a sí mismo añorando un momento aún presente.
El gato dio media vuelta encima de sus piernas, incómodo, así que Hyoma actuó antes de arrepentirse: le pidió a Eita que trajera la cámara instantánea —aquella en el mueble de la entrada, la que Hyoma siempre cogía antes de salir a la calle—. Al regresar con ella, Hyoma apretó más a Hajime contra él, indicándole que sonriera; además de aquello, también levantó el dedo índice y corazón, como en la mayoría de veces. Eita tardó poco en sacar la fotografía, la cual salió lentamente por el cabezal de impresión; su pareja la ondeó con expresión victoriosa, a lo que, entonces, él pudo darse el capricho de levantarse.
Kuro salió corriendo de inmediato, colándose entre las piernas de Eita para salir de la habitación. Hajime extendió la mano hacia el animal, pero terminó por retirarla, mostrando un mohín en la cara. El pelirrojo le dio un beso en la mejilla.
—Acuesta a tu hijo —le habló con autoridad a Eita mientras se dirigía a la cama de Akemi. A él, que continuaba con su sueño pesado, también lo besó mientras su pareja entraba del todo al cuarto.
Hyoma se despidió del todo desde la puerta y Hajime le devolvió el gesto asomándose tras el cuerpo de su padre, quien batallaba para que se metiera bajo la colcha.
La comodidad de la cama matrimonial le recorrió todo el cuerpo nada más estirarse encima. Hacía años que se tumbaba en ese mismo colchón noche tras noche, mas esta vez se asentó en él una sensación pesada y agradable al mismo tiempo. Se vio incapaz de moverse por gusto propio. Llevó las manos a su frente, cerrando los ojos y exhalando varias veces, en busca de aquello que le perseguía.
La entrada de Eita a la habitación lo interrumpió. Se estiró para encender la luz de la lámpara de la mesilla y así no interrumpir el sueño de Sakura. El peliblanco le agradeció, empezando a sacarse la ropa.
—¿A ti te parecen estas horas de llegar? —reclamó Hyoma, otra vez serio.
—Oh, vamos, no te enfades —Eita dejó su ropa en el cesto de la ropa sucia de al lado del armario, buscó su pijama mientras continuaba hablando—: Nos hemos distraído un poco. Mira esto.
Extendió las manos hacia él, agitando los dedos, en sus uñas brillaba un esmalte negro bajo la luz artificial. Hyoma parpadeó, lento, ahora ajeno a la bronca que pretendía echarle.
—¿Y eso?
—Aryu —explicó a la vez que se ponía el pantalón del pijama—. Me quedan bien, ¿eh?
Respondió apenas con un sonido con los labios, lo que llevó a Eita —después de vestirse del todo— a hacerse a su lado y acercar mucho el rostro al suyo. Repartió unos besos por su mandíbula, pero Hyoma se agitó y agarró el edredón para taparlos a ambos. Su pareja se alejó un poco, claramente confuso, aún sosteniendo su torso.
—¿Te ocurre algo?
Él negó sin mirarlo. Sus ojos se fijaron en la puerta desde hacía un tiempo, inmóvil, como si una cuerda lo retuviera.
—¿Estás seguro?
Esta vez asintió. En cambio, aún ajeno a Eita, pudo notar su rostro contraerse, probablemente por la preocupación.
—¿Cómo está Hajime? —Hyoma cambió el tema, sonriendo un poco.
—Bien. Se ha ido feliz a la cama.
—¿Sí? Me alegro.
La ausencia en su cuerpo llegó de golpe, lo cual le generó un frío extraño que viajó a toda velocidad por su interior. Eita se había doblado hacia la mesilla de noche, y apareció de vuelta hacia él escondiendo una mano. Él juntó las manos, toqueteándose los dedos por encima de la colcha, arrastrándola a la vez.
—¿Sabes por qué…? —Se hizo el interesante utilizando un tono dramático—. Por esto.
Con un movimiento veloz, apareció un trozo de papel que conservaba el porqué por el que su corazón se había debilitado antes. Y por el que le había dado un vuelco ahora. Si bien fue Hyoma quien pidió la fotografía, recién había podido verla y asimilar la imagen: un sonriente Hajime centrado en la cámara, él mismo con ojos de enamorado y el gato boca arriba con la vista hacia el niño. Abrió los labios por reflejo y curvó las cejas, su pecho empezando a subir y bajar lentamente. La cabeza de Eita se asomó un poco, pero no le interrumpió en ningún momento. Al contrario, agarró sus manos para dejarle la fotografía.
No supo cuánto tiempo estuvo contemplándola, arrastrando el pulgar por el papel, en busca de tatuársela en la piel. Descubrió el perdón a sí mismo que por fin pudo aceptar; aún si sus dos primeros hijos no fueron la niña que deseaba, el amor le sobraba para brindárselo a todos. No tenía que esconderse o esforzarse de más para compensar una carga que vivía en su consciencia. Había estado castigándose a sí mismo por algo que no podía manejar y, para evitar sentirse decepcionado, había llenado su mente de ocupaciones. Porque él sabía que ningún niño era una decepción; le dolía en el alma pensar en aquellos momentos en los que tanto se odió por no ser capaz de traer una niña al mundo.
Aquella misma niña empezó a llorar de la nada. Hyoma echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro cargado de cansancio, y fue interrumpido cuando quiso hacer el ademán de levantarse. Eita fue quien se dirigió hacia Sakura, cargándola en brazos y agitándola levemente en busca de su calma, así que él volvió a agacharse en dirección a la fotografía. Primero vio a Kuro, luego a Hajime y, por último, a él mismo.
No apartó la vista de su propia persona incluso cuando Sakura dejó de lloriquear y Eita ya había conseguido dormirla nuevamente. O sea, tiempo incontable. El colchón se hundió a su lado, la presencia de su pareja cada vez más cerca, hasta llevar los ojos al mismo punto donde él llevaba los suyos.
—¿Tanto te gustas a ti mismo? —bromeó su pareja.
Él sacudió la cabeza y se permitió reír un poco.
—No es eso —Hyoma se hundió mejor en la cama, arrastrando a Eita a tumbarse también—. Echaba de menos salir en las fotos.
—Vamos, tú siempre sales en las fotos.
El peliblanco agarró la fotografía después de que él se la tendiera. Estiró el brazo, por lo que ambos la observaron en lo alto, y Hyoma tragó saliva al procesar el alivio que le invadió. Se sentía nuevo, como recién salido de un largo baño de espuma bien calentito.
—Eso no es cierto —murmuró, sin embargo—. Tú sales en las fotos, y los niños también. Yo solo estoy en las de recién nacidos.
El cuerpo de Eita volvió a voltearse y, con él, se fue la foto. La luz de la lamparilla desapareció, así que se quedaron a oscuras unos pocos segundos, antes de que un teléfono iluminara sus rostros. En la pantalla brillaba una imagen de hacía años, de antes de siquiera planear tener hijos; en ella se les veía a ambos mucho más jóvenes, sentados en un banco del paseo marítimo. En el selfi su cara se veía completa, mientras que la de Eita era recortada por la pantalla para adaptarla al fondo. Aquello era nuevo. La última vez que lo había visto, tenía un dibujo de un fénix que había encontrado por internet.
Otras miles de sensaciones se apoderaron de él, pero no se vio capaz de ponerlas en palabras. El peliblanco lo desbloqueó y se metió en su galería. Deslizó en un álbum del que no alcanzó a leer el nombre, mas sí a distinguir las imágenes ahí recopiladas. Hyoma estaba en todas y cada una. Fotografías tomadas por Eita en momentos que pensó que nunca conservaría para siempre, como la primera vez que su hermana agarró en brazos a Hajime o la vez en la que Hyoma lloró de alegría cuando Akemi dijo su nombre después de tantos intentos, convirtiéndose en su primera palabra.
Hyoma sabía que Eita solía tomarle fotos desprevenidos, pero creyó que aquella costumbre había sido abandonado en la época en la que empezaron a salir. Siempre le había enviado las fotografías que hacía —y aquello terminaba en discusiones tontas que continuaban su coqueteo—, así que supuso que dejó de hacerlo cuando de golpe esos mensajes se desvanecieron. Qué equivocado había estado.
—Yo estoy siempre mirándote —Eita confesó, en voz muy baja para no intervenir en el sueño de su hija—. Como ahora.
—Joder, creo que te odio.
Las manos de Hyoma le cubrieron el rostro por completo. Llorar tan fácilmente le jugaba en contra en muchas ocasiones. De hecho, hasta ya era sorprendente que hubiera resistido tanto aquella noche.
—Oye, que lo de antes era broma. No me odies.
Recuperó el aire en un santiamén, limpiándose la cara con los nudillos. Luego, golpeó a Eita con el codo para indicarle que guardara el teléfono. Cuando así lo hizo, Hyoma se pegó a él, rodeándolo por debajo de su camiseta.
—¿Y esto?
—Solo por hoy.
—Nunca me abrazas para dormir.
—Lo sé. Pero si hubieras tenido el día que he tenido yo, también matarías por un abrazo.
—Yo no me quejo, princesa, ya lo sabes.
Esa noche, el corazón de Hyoma se había revuelto tanto que le costó encontrar un lugar donde descansar. Permaneció despierto unos minutos más, escuchando la respiración tranquila de Sakura desde la cuna y el latido lento de Eita pegado a su oído. Cuando por fin lo logró, la paz se instauró en él y lo rodeó en forma de brazos delgados.
