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Amarás azaleas

Summary:

Jin siempre vivió rodeado de una pureza inexplicable que lo ayudaba a respirar pese a lo dañados que estaban sus pulmones. Cuando comprende que su entorno estaba siendo contaminado por algo nuevo, vio en los orbes de ella el coral de los capullos soeces que marcarían una sentencia en su vida y aunque su corazón, los cigarrillos y el dulce olor en su habitación, eran fragmentos indelebles apresados por las raíces de la estudiante honoraria, su instinto más sabio le advierte sobre la realidad inhóspita de la mujer convertida en azaleas.

Notes:

Espero puedan disfrutar de esta historia, es parte de mi HC de que Jin, por mucho que le guste MC, siente odio hacia ella :D

Work Text:

❝A la mujer neurótica que cose sin anestesia sus afrentas❞

En la vida de Kamurai nada se consideró una pérdida de tiempo. Incluso las experiencias banales formaban parte de una red funcional dentro de su propósito insondable, por lo cual todavía permitía que Tohma lo regañara diariamente por los problemas cotidianos que no dejaban de pesarle sobre los hombros.  

Qué extraño. Jin estaba seguro de que había perecido hace mucho tiempo, pero su corazón seguía latiendo.

Sus ojos cerúleos se abrirían en la oscuridad mientras el agua fría comenzaba a derramarse. Sus manos se aferraron al borde blanco, impulsando su peso hacia muerto adelante. Al girar el rostro, el vidrio empañado reflejó, bajo la luz de la luna, la desnudez de sus carnes pálidas y la mirada ausente en su rostro. 

—  Patético   Las palabras salen antes de darse cuenta de que las había dicho. Suspira apresurado mientras enreda las hebras blancas de su cabello entre sus dedos.

Y como muerto viviente, arrastrándose por su mundo errabundo, balancea su cuerpo hacia las fauces de su fría alcoba aunque no sea tarea sencilla; no logra llegar sin luchar, tropieza con las camisas blancas en el piso, sus piernas largas esquivan con poca precisión las marañas de telas que formaban sombras espeluznantes en la habitación, y cuando logra alcanzar la cama, deja que las cobijas cubran la cáscara apática que era su cuerpo al adentrarse en ellas. Sus dedos se deslizan debajo de la almohada y la luz del encendedor ilumina su rostro, avivando sus pupilas para luego volver a apagarse cuando el cigarrillo entre sus labios se enciende y posteriormente, termina expulsando el humo de sus labios color carmín. 

Resulta entonces, no obstante, que el clima en su habitación aún tenía lo suficiente como para irritarlo aunque estuviera en un estado de solitario ocio. Su mente se encontró sumergida en la vorágine de sentimientos sin significado que no lograba encajar en el rompecabezas que él se había encargado de dirigir y protagonizar.

En consecuencia, la situación era una ironía en sí misma porque, desde afuera, para cualquier estudiante que intuyera lo mínimo a realizar desde su rol de rey, pensaría que ser el capitán de la casa Frostheim debería ser suficiente suplicio en su vida, como para que, alguien como Jin, tuviera aunque sea la intención de atisbar la sola posibilidad de extraviarse en temas sin importancia; sin embargo, pese a eso, perceptible o imperceptiblemente, las barreras en su conciencia eran falacias baratas que siempre lo hacían retornar al mismo punto. 

Ella.

En definitiva, aquella intrépida castaña era como una especie de bruja maléfica que había absorbido cualquier atisbo de racionalidad en él, casi como una acción antinatural.

Jin siempre había creído que el cariño se trataba de cartografiar cada centímetro de un individuo relacionado a sus funciones y estatus, devoto a quien él era y en lo que aspiraba a convertirse dentro del ámbito de su familia. Pese a ese mantra interno, naturalmente la complicidad con la que la figura menuda de la estudiante destacada se había acercado desde el inconsciente a su frío espacio lo hizo crecer mentalmente, sus ideas ya no eran suyas o las de su familia; mutaron hasta convertirse completamente en lo que ella quería e hicieron perecer cualquier otro juicio, aunque no hubiera ni un mínimo de romance de parte de la estudiante hacia él.

Perfila la mejor mueca de desaprobación en su rostro, lanza el cigarrillo hacia la mesa de noche a lado derecho de su cama, restándole importancia a lo que sea que Tohma hubiera dejado allí temprano en la mañana y con su mano, ahora libre, toma otro cigarrillo para repetir el proceso de encenderlo y abrazar la punta amarillenta con el borde de sus labios agrietados, una forma de detener el sosiego etéreo que experimenta al sentir que le hace falta saber dónde estaba su sirvienta y comprender el por qué no estaba ahí para él. Diminuta, sumisa y dispuesta.

En un instante, disocia sobre la apariencia de aquella y es como si su conciencia íngrima, siempre impoluta, hubiera ido a otro dueño. Su mano izquierda se desliza bajo el desorden de las sábanas de seda, siente la tierra rozando la yema de sus dedos, haciéndole cosquillear las palmas y cuando está dispuesto a escalar sobre las curvas montañosas de sus muslos inermes para imponer su desagrado y enojo en un encuentro real consigo mismo, sus oídos son invadidos por el ruido producido por un golpeteo constante en el vidrio del ventanal que da a su balcón, logrando que se detenga de golpe; una pequeña paloma rosada desorientada buscaba llamar su atención, sus plumas alrededor de la región de su cuello simulaban la forma de pétalos y el color rosa de su plumaje parecía casi brillar ante la iluminación nocturna.

Si bien Kamurai Jin podía ser un hombre ignorante en relación a las creencias que se popularizaban en la academia, las pocas veces que salía de su habitación, escuchaba en los pasillos como estudiantes femeninas de la casa Frostheim soltaban alaridos emocionados por haber tenido encuentros con la paloma arrullando y picoteando en el espacio que visitaban con sus parejas, un manifiesto místico en donde aparecía cuando alguien pensaba románticamente sobre ti. Luego en su debilidad piensa en los ojos rosados ​​de la estudiante destacada y saborea la sangre en su lengua al morderse ligeramente. Entonces gruñe. Qué bazofia piensa él, cómo si alguien de su estatus necesitara la validación del universo sobre sentimientos que se niega a dejar aflorar. 

Flores .  Todo tiene que ver con flores . Todo lo relacionado a ellas alimenta su odio voraz hacia cada fragmento que le haga pensar en ella y el pronto despertar de Kyklos. Por lo que, recordar la sentencia de muerte lo hace parecer más un psicótico en busca de su delirio que encarna en una epidemia de pétalos a punto de marchar. Aprieta las manos hasta que sus nudillos se tornan blancos ante ese hecho.

Pese a su congoja interna, la paloma zurea en busca de admiración, insaciable por tener un lugar en su conciencia y atormentarlo —aunque en realidad toda persecución solo hallaba sentido dentro de su cabeza— , su corazón tarde tan fuerte que siente el ruido bombardeando sus tímpanos y dispuesto a detenerla, afirma con fiereza su mano sobre uno de los almohadones de su cama preparándose para lanzarlo contra el cristal; hasta que, con la rapidez característica de un felino, un gato de pelaje grisáceo, casi blanco, salta de las ramas más cercanas para tarascar el cuello del ave sin dudar, su diminuto cuerpo se retuerce y la sangre salpica en gotas pequeñas el vidrio. Y aunque la conciencia logra que la culpa le retuerce el estómago, porque al parecer le interpola la situación, al girar su mirada cerúlea, se percata por primera vez del humo que crece y reptaba desde el suelo de su hacia arriba y al alterarse, porque piensa que es la presencia de una anomalía, ya dispuesto a agarrar su espada, lo primero que se topa es a  ella

Cabello castaño corto, ojos rosados, sonrisa curvando sus labios. Jezabel encarnada. La respiración se activa en su garganta casi al instante.

—  ¿Sirvienta? ¿Cómo te atreves a...? 

Silencio. Las palabras no encuentran su camino para salir por completo.

Cubierta con el vestido de gala azul celeste, que él le había regalado tiempo atrás, decide acercarse a él sin advertencia previa, con las rodillas sobre la cama y la prenda acumulada en sus piernas; tiene la parte superior del cuerpo inclinada hacia su dirección, la capa superior de tela traslucida que subía desde la mitad de la falda hasta cubrir su pecho y brazos a penas lograba cubrir algo, Jin podía ver como su piel pálida brillaba, tentándolo. 

Cuando la estudiante honoraria está demasiado cerca, se siente enfermizo por la dicotomía de rebajarla a ese nivel ante sus propios ojos, siendo él el mayor y de mayor estatus. Sin embargo, contra su débil voluntad, que le pide encaradamente que la aparte porque la situación rosa la anormalidad típica de la academia Darkwick y mantiene su estado de anacoreta, sus manos lo traicionan y tantea con delicadeza la prenda hasta encontrar el cierre, traga saliva y acerca sus labios a los de ella, un simple roce que logra estremecerlo como un animal recién parido que aviva su deseo constante del exceso de la piel que quiere exigirle a ella, ahora mismo, como sacrificio para su juicio retorcido y desequilibrado. 

La acerca más a su cuerpo, chocando ambos pechos entre sí, baja la cremallera del vestido con absurda facilidad y nota el detalle en la espalda desnuda, entre los omoplatos, la flor de araña púrpura que le recuerda lo cerca que está de perderla. Entonces, Jin ya rabioso debido a la frustración que le trasmite, clava sus uñas en la carne de ella, la siente arquear la espalda y retorcerse ante el dolor, ojalá fuera tan fácil eliminar a Kyklos de su menuda existencia. 

Manos pequeñas y hábiles surcan la desnudez de su torso hasta llegar a sus caderas abarcándose en el corto viaje entre los pliegues de la sábana para encontrarse con su punto más expuesto en la desnudez sinvergüenza de sus carnes; Kamurai le permite que ella lo toque, como un fiel creyente devoto que encuentra en su impoluto tacto la santidad en su mansedumbre; muy en el fondo, él encuentra paz en encomendar este momento en adorarla y cuando ella aprieta la parte que lo volverá su fiel adepto, en un instante siente que no existen los suficientes adjetivos para quererla como Jin lo hacía. 

Siente la calidez en sus manos cuando la sangre sigue brotando de la espalda de ella, aprieta las costillas de la estudiante destacada y siente los huesos moverse grotescamente ante su tacto, la facilidad de herirla es tan palpable que lo marea, a lo que recuerda la paloma rosada y comprende que él, en estos momentos, era el gato que quería dentellar la delgada piel de ella hasta saciar su corazón hambriento. 

— Jin. 

¿Cuántas veces ella lo ha llamado así? Dirige sus ojos hacia ella, une sus labios con rabia porque no necesita escucharla, acurrarla contra sí no era suficiente si eso significaba que el cuerpo de ambos no era uno solo porque era la única forma de mantenerla. Algo similar le había pasado con sus extrañas interacciones con Ishibashi, el permitirle ser autónomo a todo lo que Jin desea solo logró descubrir como este seguía buscando a la casa Vagastrom antes de preferirlo solamente a él. 

La valoración entre aquellos dos le hizo sentirse traicionado, asqueado y cuando cierra los ojos para concentrarse en todo lo que le trasmite, canalizando la ira de viejos y nuevos amores en ella como si fuera la única responsable (aunque nunca se mostró enamorada de Jin y siempre fue más de todos los ghouls que de uno solo), para que luego su lengua palpara el sabor a sangre; Asustado, decide mirarla, nota la deformidad en su rostro al brotar flores de su propia piel, siente las espinas de sus brazos rozar su piel desnuda y cuando la empujón, gritando asustado, siente que despierta de una pesadilla. 

Está acostado en la cama, las cobijas enredadas alrededor de su desnudez, respiraba agitado, la piel de su abdomen se encuentra pegajosa y el sudor surca cada centímetro de su rostro. Al incorporarse, nota el humo difuso proveniente de las cerillas hipnóticas que había encendido al lanzar descuidadamente su cigarrillo tiempo atrás. Se pasa la mano por el cabello y cuando gira su cabeza hacia el ventanal, rogando internamente de encontrar algún indicio de lo que vivió era real, ya no encuentra al felino engullendo el ave, solo un rastro sutil de plumas rosáceas en su balcón. 

❝Es incapaz de morir después de haberla amado, porque el amor es inmortalidad❞

En el fondo, de la noche a la mañana, no paró de pensar en la castaña. Se durmió evocando su imagen y aunque aún era temprano, seguía pensando si todo aquello había tenido algo de realidad. Por su parte, ella ya se encontraba ahí, su sirvienta recogía el desastre en su habitación mientras indicaba lo que haría con cada paso que daba, narrando para Jin cada acción en busca de su constante validación, Ishibashi había hecho bien en traerla a limpiar desde temprano. 

Envuelto en su uniforme, desde el sofá, Kamurai la mira pero no la escucha, como normalmente hace, ve los labios delicados moverse pero es ajeno a la información que le comparte. Habla de misiones, de encargos y de su vida atareada sirviendo a cada ghoul que la necesita, pero si le presta atención solo sentirá que aquella palabrería le causa cada vez más vértigo y solo quiere disfrutar de imaginarla tocándolo tan efusivamente aquella vez. 

—  Hablas demasiado, sería más fácil si te quedaras solo en Frostheim. Le diré a Tohma que te solicita y... —  Dice Kamurai pero la estudiante destacó lo interrumpe. 

—  Jin. No es necesario. 

Kamurai chasquea la lengua. 

Nunca sería solo suya.

❝La gente que decide amar a quienes están heridos anhela el detrimento de manera diferente❞