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Jack había firmado su sentencia. La intensidad del enfrentamiento contra Ralph había encandecido su temperamento, y sin miramientos; renunció a su posición dentro de la arcaica civilización que habían construido.
— Esto es estúpido, no te necesito Ralph… me largó! Quien viene conmigo?
Hizo el llamado a sus iguales, o al menos, de quienes Jack creía ser su principal representante, pero en vez de voces de solidaridad ante su oposición contra el régimen de Ralph, controlado por piggy. Jack se encontró con rostros llenos de vergüenza, que evitaban el mirarlo. Así bien, Jack había sido exiliado… por su propia mano.
—Bien! Haré mi propio campamento… Solo!
Terminó su sentencia en un tono agudo, parecido a un chillido, sin intención, su rostro se tiño de rojo. Repaso por última vez aquellas caras que aún se abstenían de mirarlo, y sin más dio la vuelta, alejándose deprisa; buscando acortar la humillación.
Tras los primeros pasos, la braveza desapareció, en su lugar, un angustioso sabor a hiel y desesperación se alojó en lo más profundo de su garganta. Por un momento, tan corto, consideró dar la vuelta. Regresaría corriendo a los brazos de su comunidad, apelaría su misericordia, pediría disculpas, y tras tal acto de madurez al aceptar sus errores, sería absuelto y se restablecería su posición.
Ralph lo vería nuevamente y lo reconocería; como un amigo.
Pero la idílica ensoñación se quebró en un instante. La cara de Ralph se descompuso en mil pedazos, dando lugar a la cara regordeta y fofa de Piggy, que al abrir la boca, soltó exasperantes quejidos a través de la mente de Jack.
Jack odiaba de tal manera la forma en la que Ralph se había dejado envolver por la mentalidad ridicula de Piggy, quien no había hecho nada más, desde que se conocieron, que quejarse.
Piggy se vanagloriaba así mismo, alzándose como quien tiene el derecho de juzgar a quien irrumpe en su concepto del “como debe ser las cosas ”.
Jack no había pasado por alto, tampoco, las miradas de desprecio, que soltaba a sus compañeros del Coro, ahora conocidos como “los Cazadores”. Puesto no pensaba, ni comprendía la necesidad de la tarea que desempeñaban, y desestimaba la posición de Jack, entre sus allegados.
Pero bien sabía que, a pesar de su sentimiento de superioridad, Piggy resultaba tan patético como el cerdo que ha de ser cazado; que ante el primer atisbo de peligro, tiembla y se repliega sobre sí.
Jack ensimismado, camino por la ladera, sus pasos levantaban ceniza; de la vegetación que fue devorada por el fuego, de su primer día en la isla.
Se adentró en la maleza de la selva, encontrando cobijo en las sombras de los grandes árboles, los delgados rayos del sol, que se filtraban por las hojas, caían oblicuos sobre su cuerpo. Jack atravesó entre las enredaderas y trepadoras que caían en doseles, sus pies reconocían ya el terreno irregular, esquivando con maestría los troncos partidos y las rocas musgosas. Camino hasta dar con una trocha, bardeada de flores de un color pálido.
Siguió la trocha hasta que esta se fundió con el soto de la ribera, del lago, en el corazón de la selva.
Ahí Jack, simplemente se derrumbó sobre si mismo, dejándose caer sobre la orilla. el dolor del alma lo obligaba a soltar sollozos lastimeros, mezclado con hipidos, mientras las gruesas lágrimas enmarcaban su rostro. Y una cruel fuerza le oprimía el pecho, dificultándole el respirar.
La humillación junto la traición lo habían herido de tal manera, que se sentía morir.
Jack no sabía que iba a hacer, puesto que encontraba en su soledad, la sombra peligrosa de la muerte, ¿sería él capaz de sobrevivir… solo?
Su desesperación se acrecentaba ante cada pensamiento que se arremolinaba en su mente, como un enjambre de avispas iracundas. Ahora completamente solo, su decisión se sentía como una condena aplastante.
Estaba a punto de caer en un ataque de pánico, cuando unos pasos detrás de él, lo sacaron de su ensimismamiento. Sin pensarlo y como impulsó, saltó al lago, buscando así, que sus lágrimas no fueran reconocidas.
Su rostro emergió del agua, buscando al intruso, quien tal vez, sería su nuevo aliado.
— Jack…
Simón estaba parado en la orilla, mirando fijamente a Jack.
— Simón.
~~~
La partida de Jack había dejado sumida la Colina en un trance. La mirada colectiva absorta en la dirección donde jack había desaparecido, expectante, como si de alguna forma, esperaran que reapareciera y retornará a ellos. Nadie hablaba o siquiera se movían, como si temieran romper la fragilidad del momento, y dar lugar a la hecatombe que se cernía sobre ellos.
El único que parecía no haber sido afectado era piggy, que entre murmullos, seguía lanzando su diatriba contra Jack. Ajeno a los gigantesca tensión que había nublado la colina.
Simón, no daba crédito a lo sucedido, puesto la situación había escalado tan rápidamente; El barco, el fuego, la culpa y la traición. Todo había explotado en tan solo un instante, que no hubo ningún margen para reaccionar, ahora solo quedaban las cenizas de la catástrofe, que Caían sobre ellos.
No se dio cuenta que había comenzado a caminar, hasta que la aguda voz de piggy lo sacó de su trance.
— ¿Simón? ¿a dónde vas? ¡Simón!
desde la ladera, volteo la vista. Todos seguían en su lugar, como si dudaran aún, de la veracidad de la situación. Decidido a ignorar a Piggy; Simón fijó su mirada en Ralph, aún de pie, mirando a la nada. Su camisa gris, cubierta de sudor y salitre, que se negaba a quitarse, fungía como el ancla a la civilización, a quien fue antes de la isla. Pese a la clara preocupación, Ralph aún así lucía férreo, pues sobre sus hombros descansaba la responsabilidad de todos sus compañeros. Simón no había pensando en lo difícil que era ser el jefe, y al comprenderlo, no envidio a Ralph.
Sus miradas se cruzaron, y como quien despierta de un sueño, los ojos de Ralph se abrieron ante la compresión de las acciones de Simón, y sobre sus rasgos se dibujaron la obra de la traición. Ralph había sido herido dos veces ese día, la segunda con más fuerza que la primera, pero aún así Simón no se atrevió a pronunciar palabra, puesto no había forma de recompensar lo que haría. Su decisión ya estaba tomada y su destino marcado.
Solo pudo lanzar una mueca de disculpa a Ralph, antes de darse la vuelta y seguir los pasos de Jack, fundiéndose en la maleza.
A Simón no le resultaba ajena la selva, pues en varias ocasiones había acudido al cobijo que proporcionaba, refugiándose del ajetreado campamento.
El sol estaba en su auge, las largas sombras de los árboles se fundían con las enredaderas. Simón había aprendido a existir en sintonía con la naturaleza de la isla, como un visitante que no quiere ser visto, ponía mucha intención en no perturbar el frágil paisaje que la selva le proporcionaba.
A veces le sorprendía lo ajena que parecía ser; puesto ciertas partes de la isla permanecían tan impasibles, ignorantes a el campamento situado en la playa, y sus escandalosos habitantes. Bajo esa perspectiva a Simón la parecía tan nimios los problemas que afrontaban; el rescate, la fogata; Jack y su cazadores, y sus disyuntivas con Ralph. Todo parecía perder su sentido.
siguió un sendero hasta dar con el lago, situado en el corazón de la selva, ahí donde Simón había admirado a las libélulas sobrevolar las flores de color carmesí, que emergían del agua. Ahí, de espaldas, estaba Jack, inclinado sobre sí mismo.
Simón creyó oír sollozos, y le hubiera supuesto una sorpresa, si es que no hubiera visto a jack en peores condiciones con anterioridad.
Simón caminó, fascinado con la idea de la fragilidad de Jack, cuando esté, repentino, saltó al lago.
Simón se detuvo en la orilla, confundido. Fijó su vista en aquella figura que se retorcía bajo el agua, hasta emerger a la superficie. Jack le devolvió la mirada.
— Jack…
Su voz estaba llena de incertidumbre, puesto no se había planteado cómo reaccionaría Jack ante su presencia. Seguramente preferiría encontrarse con Maurice, Robert, Bill… o Incluso Roger. Simón no sabría que hacer si se suscitara un rechazo, pues no tenía lugar donde regresar. Había traicionado a Ralph en pos de Jack, sin saber siquiera si Jack lo aceptaría como un igual…
— Simón.
La voz de Jack cortó de golpe la hilera de pensamientos tan súbitos que se habían instalado en su mente.
Había sido poco más que un susurro, pero para Simón bastaba, Jack lo había reconocido. Una sonrisa involuntaria y avergonzada adornaba ahora su pecoso rostro.
~~~
Jack salió del agua, listo para enfrentar a Simón, quien le sonreía con su rostro pecoso teñido de rojo. Jack le sonrió de vuelta mientras mantenía el contacto visual.
Para Jack tener a Simón ahí le resultaba un deleite, como si Dios, el destino o la retorcida lógica de la isla hubieran conspirado en pos de sí. No solo por la complicidad secreta, que antaño habían tejido, donde Simón había sido confidente de Jack, y por lo que no sentía ningún temor de mostrarse ante él, pese a su humillante situación.
Si no más, por la dulzura del conocimiento de que a pesar de la unánime victoria de Ralph sobre jack, su triunfo no había resultado impecable, pues uno de sus más preciados pilares se erguía ahora ante Jack buscando su aprobación.
Era aún mejor puesto Ralph ignoraba totalmente la idea de que la lealtad de Simón se disputaba entre los dos, ya que sin miramientos, había dado por sentado el favor de Simón para si.
¿No es más doloroso la pérdida de aquello que se posee, y se cree imposible perder, sobre aquello que su pertenencia se duda?
Así Jack se coronaba, Simón siempre le había pertenecido. Pues a pesar de su negativa a formar parte de cazadores, Simón aún era parte del Coro, que le pertenecía de forma única a Jack. Y aun con eso, su compleja relación era tan estrecha que parecía imposible de disolver.
Aún así Jack no iba a ignorar las repetidas veces que sin saberlo Simón lo había subestimado, eligiendo a Ralph sobre Jack, desde que llegaron a la isla.
— ¿Qué haces aquí? Pensé que te habías quedado en la colina como todos los demás —
— No podía, simplemente… estaba preocupado por ti. —
— ¡No necesito tu lastima! Simón —
— Lo sé, Jack… —
— Entonces ¿porque no regresas? Estoy seguro que Ralph estará muy contento, pues parecían muy cercanos —
— ¿qué? ¿De que hablas?
— no trates de hacer que no sabes, por la forma en la que siempre convenías en todo lo que Ralph, o el estúpido de piggy decía. Siempre hablando, quejándose en esas estúpidas asambleas, por absolutamente todo. ¡Al diablo con las asambleas! ¡Con piggy! ¡Ralph! Y esa… ¡estúpida concha!
— ¡Ralph era el jefe!. Él solo quería lo mejor para todos, para el campamento; ¡así como yo!.—
— ¿Era?… ¿Ralph era el jefe?…
Simon desvió la mirada, la vergüenza ya pintaba su rostro, la intensidad de lo que había hecho, caía sobre ellos. El rechazo definitivo hacia Ralph. Simón se acomodó en una roca, mirando profusamente a la laguna. Mientras una sonrisa de estupefacción afloraba en el rostro de Jack.
— Dijiste que harías tu propio campamento, solo pensé que tal vez… sería mejor si no estuvieras solo —
Claramente Simón evitaba mirar a Jack, con su vista fija hacia la nada.
— Acaso estas preguntándome… ¿si puedes ser parte de mi campamento? —
Jack se inclinó hacia Simón, buscando enfrentar su rostro, cara a cara, lleno de diversión. Simón puso los ojos en blanco, y empujó a Jack, que cayó sobre su trasero. Sus miradas se cruzaron y después de una expresión de fingida molestia; con una febril complicidad, rompieron en carcajadas.
~~~
La isla volvió a sentirse idílica, como el primer día. Por un momento; la risa se convirtió en su lengua materna. Jack embriagado por la euforia, haciendo cabriolas, se paró sobre sus manos; mientras las risas se acompasaban, compartió una mirada cómplice con la visión invertida de Simon. Jack dejó caer sus pies sobre el suelo, para tomar carrera y zambullirse en el lago nuevamente.
Esta vez Simón lo siguió, empapándose de la sensación de su amistad recién redescubierta. Tras un corto nado, ambos emergieron a la superficie, frente al otro, chapuzando. Jack golpeó el agua, intentando mojar a Simon, quien no tardó en imitarlo. Sus risas, melodías de la juventud, musicalizaron la selva, que otrora amenazante, ahora parecía acogedora.
Después de un rato, ya exhaustos, salieron del agua, echándose en la orilla. Sus pechos subían y bajaban, en un compás, tratando de recuperar el aliento. Simon volvió su rostro hacia Jack, y la vista que encontró lo conmovió. Un claro de luz caía abiertamente sobre Jack, que mantenía sus ojos cerrados con expresión apacible. Sus cabellos de oro, brillaban soberbios, dotando a Jack de una presencia casi angelica. Como si se tratase de un advenimiento sagrado; Jack sería su Santo y Simon su ciervo.
Devoto, poso su mano sobre el pómulo de Jack, y con sumo cuidado, pasó el pulgar por su mejilla, limpiando la pintura de caza restante de su piel. Jack con satisfacción, tarareo en complacencia, disfrutando mientras Simon recorría y dibujaba sus rasgos con los dedos; su nariz, luego sus párpados, cejas, su mandíbula y por último sus labios. Obra Santa y sagrada, creada bajo el cincel del creador. Simón ahueco su rostro, disfrutando de la calidez desprendida de la piel de Jack.
Jack abrió los ojos, le dirigió una mirada a Simon, y con suavidad, cubrió su mano con la suya. Un rubor intenso recorrió su pecho hasta adornar su rostro, pero no hizo nada para retirar la mano de Simon, si no, la presionó más contra su rostro. La mirada compartida de un azul intenso y un tímido castaño, hizo sentir que el oxígeno les faltaba, como si la misma isla estuviera conteniendo la respiración.
El ambiente se había vuelto denso. Ambos buscaban al otro; acortaron la distancia, juntando sus frentes, mientras sus manos seguían entrelazadas. Sus narices se rozaban tímidamente, sus respiraciones se sincronizaban. El aroma de la tierra y el sudor volvía todo más real. Jack se sintió como un tonto, al no haber visto antes a Simon, quien siempre había estado ahí. Como un fiel creyente.
Los sentimientos que habían sido acallados por la vergüenza juvenil y la incertidumbre, ahora afloraban como las juncos en primavera. Simon y Jack eran la primavera juvenil, sus corazones ahora alzaban el vuelo, quitando el velo de la vergüenza para dejar fluir libremente los dulces sentimientos que inexpertos, habían aprendido a reprimir.
La isla era ahora suya, pues no existía la mirada cruel que, como juez y verdugo, condenaban su conducta, bajo lo que se espera de la moral sagrada. Ahora eran libres, las jaulas habían caído a la mar, hundiéndose. La selva sería su refugio, donde Jack pertenecería a Simón, y Simón pertenecería a Jack, como debió de haber sido siempre. El exilio les daba la libertad de construirse a sí mismos, alejados de las expectativas de sus compañeros, eran pues libres de ser y sentirse sin las ataduras que las sociedades les imponían, ahora todo se resumía en ellos dos, y la isla.
Jack se imaginó, fundiéndose en la selva junto a Simón; darían caza a los cerdos por el día, para la tarde regresarían a su refugio, donde cocinarían y comerían de su carne. Cantarían, bailarían, reirían y se amarían sin miedo, sería todo tan sencillo. Al final del día irían a acostarse, juntos, entrelazados, y caerían exhaustos; al dormir las estrellas los arrullarían y velarían por sus sueños.
Jack deseaba eso, deseaba a Simon. Depositó un casto beso en los labios de Simon, que se sonrojó furiosamente y abrió los ojos, sorprendido. Sin pronunciar palabra, ya se habían dicho todo lo que sentían por el otro, Jack sonrió, enamorado atrajo a Simon hacia sí, rodeándolo con sus brazos, y dejando que se acomodara en el espacio de su cuello. Simon dejó un pequeño beso en la mandíbula de Jack.
Jack ya no estaba solo, ahora tenía a Simon.
