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Español
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Obras Del Templo de los Fickers
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Published:
2026-05-28
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2,168
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1/1
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La reina sin corona

Summary:

Ella nació con hambre; él, con honor.
En Valdoria, enamorarse fue la peor guerra que pudieron librar.

Work Text:

El reino de Valdoria había sido construido sobre piedra antigua, juramentos rotos y coronas demasiado pesadas para las cabezas que las llevaban. En las colonias altas brillaban los castillos de la nobleza; dorados bajo el sol como si los dioses hubiesen tocado aquellas murallas con las manos. Abajo mucho más abajo donde el humo de los mercados se mezclaba con el olor del petricor y el hierro sobrevivía la gente olvidada por la corte.

 

En aquel lugar olvidado del reino nació Teresa Chávez. Allí ella creció entre inviernos crueles y mesas vacías; viendo a su madre coser hasta que los dedos le sangraban mientras los hombres poderosos pasaban sin siquiera dirigirles una mirada. 

 

Ella aprendió demasiado pronto que la belleza abría puertas y la inteligencia podía ser más afilada que cualquier espada. Y acerca del amor; el amor era un lujo para quienes nunca habían conocido el hambre.

 

A razón de lo anterior, los sueños de Teresa distaban bastante de las féminas de su entorno, pues ella no ambicionaba la compañía de un buen mozo si no obtener poder.

Tampoco le interesaban los vestidos de telas extranjeras, las joyas o escuchar su nombre en elegías de trovadores enamorados.

 

Teresa deseaba aquello que haría que otros la obedecieran y jamás le arrebataran sus escasas pertenencias.

 

Quizá ella lo conseguiría. Después de todo, la fémina era hermosa con sus ojos verdes que parecían guardar el reflejo de los bosques después de la tormenta. Hermosos pero también peligrosos. Además, ella caminaba con un porte y elegancia distinguible entre las calles miserables en búsqueda de telas que ella pudiese transformar en vestidos de cortes dignos gracias a la paciencia de sus manos. 

Por supuesto, a dónde ella iba atraía miradas y no sólo por su belleza, sino por la voluntad que ardía en su mirada como si ella hubiese nacido destinada a desafiar al mundo entero.

 

En cambio, Arturo de la Barrera pertenecía a otro universo. Él era el heredero de una de las casas más antiguas de Valdoria y había sido criado entre mármol blanco, bibliotecas infinitas y armaduras heredadas de generaciones de nobles guerreros que murieron en pos de proteger a un apellido, a un legado. Los nobles pronunciaban su nombre con respeto; el reino entero conocía la firmeza de su honor.

 

La gente creía que Arturo de la Barrera jamás mentía y que su espada era tan recta como su conciencia.

 

Y quizá por eso Teresa lo detestó al primer instante de conocerlo.

 

Ambos se encontraron en la Academia Real de Leyes y Diplomacia en una tarde gris de lluvia lenta. Las velas iluminaban las paredes de piedra mientras los estudiantes debatían acerca de la justicia y lealtad ante los maestros de la corona.

 

Teresa con esa serenidad planificada y practicada con su reflejo en un balde de agua hablaba de supervivencia mientras Arturo afirmaba con carisma y seguridad acerca de dar prioridad al honor.

 

— Entonces, creéis que cualquier pecado puede justificarse si evita el sufrimiento humano cuando el sufrimiento es lo que mantiene los valores íntegros en esta sociedad— El hombre afirmó observándola desde la mesa principal con una voz calmada y profunda de quién jamás ha conocido a alguien que dude de su palabra

 

Teresa alzó lentamente la mirada hacia él con inocencia ensayada.

 

— Con su venia, creo que la pobreza obliga a las personas a elegir entre la dignidad y su vida, mi señor— Ella contestó con suavidad sin dar a notar la tormenta en su interior— Y afortunadamente quienes han estado sentados discutiendo las leyes, jamás han sentido el hambre que corroe las entrañas y esa es la razón por a cual me atrevo a calificar su juicio como dudoso.

 

El silencio descendió sobre el salón como nieve y Arturo parpadeó incrédulo de la tenacidad ajena que todavía no admiraba pero lo obligaba a pensar en existencias que resultaban tan patéticas como irreales para él.

 

Y desde aquel día ambos comenzaron a buscarse incluso cuando fingían evitarse. Discutían durante los debates como dos espadas chocando una y otra vez. Teresa se expresaba como fuego contenido y Arturo respondía con esa serenidad peligrosa con la cual ocultaba tempestades enteras bajo la piel.

 

Ella llegó a llamarlo ingenuo y él la calificaba de cruel, pero jamás delante de sus cofrades porque sin importar los insultos y acusaciones veladas, las miradas de ambos se conectaban más tiempo del que podría considerarse cortesía 

 

A veces, mientras Teresa caminaba entre los jardines de la academia, envuelta en telas oscuras, ella sentía la identificable mirada de Arturo siguiéndola desde los balcones de piedra. Y otras noches, era Arturo quien descubría que no podía concentrarse en los pergaminos porque seguía recordando la forma en que la lluvia había quedado atrapada en el cabello de Teresa aquella tarde.

 

Por supuesto, aquella atracción era absurda porque ella representaba todo lo que el noble rechazaba públicamente: ambición desmedida, orgullo feroz y una facilidad peligrosa para justificar las vilezas. 

 

No obstante, Arturo jamás había conocido a alguien tan intensamente viva como la joven que caminaba erguida pese a los agujeros en su calzado.

 

 La temporada de escolapios transcurrió entre miradas, indirectas y enfrentamientos y cuando Teresa concluyó sus estudios — sin honores, dado que sólo era una doncella sin un apellido de renombre —, Don Rubén, el viejo consejero real, decidió llevarla al castillo de la Casa de la Barrera como estratega política.

 

Por supuesto, aquella decisión fue un escándalo que recorrió la corte como un incendio.

 

 Era impensable que una muchacha nacida en los barrios bajos trabajara entre nobles.Arturo se opuso inmediatamente, sin embargo, gracias a las crisis portuarias, Teresa llegó al castillo para quedarse y evitar las revueltas de los alebrestados pescadores.

 

El lugar cambió con la presencia de la damisela ahora envuelta en sedas y perfumes. Fue como si su existencia representara un ventarrón salvaje en un emplazamiento acostumbrado al silencio. 

 

Teresa enfrentó a Arturo con su hermosa faz en alto y también a las damas nobles que observaban sus vestidos con desprecio disfrazado de cortesía y a los consejeros que murmuraban sobre su origen humilde.

 

Teresa jamás escuchó a los otros y la mujer jugó la carta de la candidez a fin de sonreír con dulce hipocresía a cualquiera que estuviese cerca de ella porque hace mucho tiempo la mujer había comprendido que la humillación sólo tiene poder si le concedías a otros el poder de catalogarte.

 

Y Teresa jamas creyó en nadie más que en su imagen capaz e independiente en el espejo de sus nuevos aposentos que eran más grandes que su hogar de infancia.

 

 

Los meses transcurrieron y Arturo no podía echar a la mujer porque ella era una trabajadora diligente y forjada por el esfuerzo.

 

Y fue así que las noches comenzaron a reunir a ambos en las bibliotecas iluminadas por velas; salas de guerra cubiertas de mapas y corredores donde el eco de sus pasos parecía perseguirlos.

 

Trabajaban juntos hasta el amanecer, discutiendo sobre tratados , impuestos y rebeliones.Pero bajo cada conversación existía algo más profundo y peligroso.

 

Una noche de invierno, mientras revisaban documentos frente al fuego, Teresa habló sin apartar la vista de los pergaminos: 

 

— Las personas como yo no nacimos con el privilegio de ser honestas todo el tiempo

 

Arturo levantó lentamente los ojos hacia ella. La luz anaranjada de las llamas acariciaba el rostro de Teresa, suavizando por un instante toda la dureza que solía habitarla.

 

—No deberíais hablar como si estuvierais sola contra el mundo — Él afirmó en un tono de voz por demás impropio en él.

 

Teresa lo escuchó y sonrió en un gesto frágil y casi hermoso que atravesó su rostro antes de desvanecerse; una grieta diminuta en toda aquella orgullosa armadura.

 

— Nací sola contra este mundo y el mundo jamás dejó de recordarmélo— Teresa declaró antes de marcharse y sus palabras permanecieron en los pensamientos de Arturo por demasiado tiempo.

 

El inevitable primer beso llegó acompañado por una tormenta.La lluvia golpeaba los vitrales de la sala de guerra mientras ambos discutían sobre una familia acusada de traición a la corona. Teresa proponía manipular ciertas pruebas para evitar un conflicto mayor; Arturo se negaba con furia silenciosa.

 

— Todo tiene un límite, recuerda que no eres más que una pieza más en este juego y no una reina — Él puntualizó con amargura y su acompañante lo contempló con el cansancio arcaico de quién ya ha sostenido esa conversación al menos una vez por día durante años.

 

— Recuerda que no a todos el mundo los ha tratado con misericordia— Ella espetó y Arturo avanzó hacia ella 

 

La tormenta rugía detrás de los vitrales como un presagio antiguo; relámpagos blancos atravesaban por instantes la penumbra de la sala de guerra, iluminando los mapas desperdigados sobre la mesa y las banderas de la corona agitándose apenas con el viento que se colaba por las rendijas de piedra.

Pero ninguno de los dos apartó la mirada.

Teresa respiraba agitada. El enojo le encendía el rostro, volvía más verdes sus ojos, más peligrosa la curva orgullosa de sus labios. Arturo sintió algo romperse dentro de él al verla así: hermosa, furiosa, imposible.

 

—Siempre tenéis una excusa para justificar vuestra crueldad — Él aseguró con voz ronca y Teresa respondió con ferocidad: 

 

— Arturo, vuestra merced siempre necesita sentirse moralmente superior para dormir tranquilo— Ella soltó una carcajada cristalina y bronca.

 

Arturo se aproximó aún más a la damisela y el calor de Teresa atravesó la distancia mínima entre ambos como una llama silenciosa. Él podía percibir el aroma tenue de lluvia y jazmín atrapado en su piel; ella sentía la respiración contenida de Arturo rozándole el rostro.

Ninguno retrocedió porque aquello ya no era una discusión sino una guerra que ambos llevaban perdiendo desde hacía meses.

 

La mano de Arturo encontró la cintura de Teresa y ella alzó el mentón con desafío.

 

— No seas un cobarde — Ella sentenció y no sonó como una orden ni como un desafío, si no como una rendición.

Entonces, Arturo la besó con una desesperación contenida durante demasiado tiempo. Sus labios chocaron primero con brusquedad; torpes por la rabia, por el orgullo y por todo lo que habían intentado negar. Teresa jadeó contra su boca y sus dedos se aferraron al cuello de la túnica de Arturo como si necesitara sostenerse de algo antes de caer.

El beso cambió entonces y se volvió lento y hambriento. Dolorosamente intenso como si ambos estuvieran descubriendo algo terrible.

Arturo la atrajo más cerca, una mano perdida entre el cabello obscuro de Teresa mientras la lluvia golpeaba las ventanas con violencia creciente. Ella respondió al beso con la misma furia con la que siempre lo enfrentaba, pero había algo vulnerable escondido entre cada roce de sus labios.

Un « algo» que ninguno sabía nombrar todavía.

Teresa sintió el corazón desbocado contra el pecho. Arturo apoyó la frente contra la de ella apenas se separaron, respirando con dificultad, los ojos oscuros colmados de una emoción peligrosa.

Y durante un instante suspendido entre tormentas, coronas y guerras, el mundo entero desapareció alrededor de ellos.

 

No obstante, el camino nunca sería sencillo para dos personas construidas a partir del orgullo. Mucho menos con la aparición de Lucía Montenegro, la prometida perfecta para Arturo a ojos de la corte. Y ella comenzó a tejer rumores suaves como seda y afilados como agujas. Además, Mariano, un hombre del pasado de Teresa, regresó trayendo consigo recuerdos de pobreza y heridas mal cerradas 

 

 

Y entre intrigas, bailes reales y noches de silencios heridos, Teresa comenzó a comprender una verdad que la aterraba más que cualquier miseria:

 

Ella amaba a Arturo de una manera terrible porque él intentaba comprender hasta sus aspectos más despreciables y a razón de ello Teresa dejaba de sentirse invencible frente a él; dejaba de sentirse en guardia y Teresa Chávez nunca había aprendido a vivir sin guerra.

 

Así que la separación llegó como lo hace el invierno: lenta, inevitable y helando todo a su paso.

 

Ellos discutieron, se hirieron y se alejaron convencidos de que el amor no podía sobrevivir entre personas tan distintas.

 

Pero el destino encontró su voz en una vida latiendo en dulce sinestesia junto al corazón marchito de Teresa.

 

Y cuando Arturo fue en su búsqueda meses después; ya sin su posición social o apellido y con las heridas de las mil batallas libradas para protegerla en su repentina huida, el mundo se detuvo para ambos.

 

Teresa, una mujer mesurada en apariencia llevó lentamente la mano de Arturo hasta su vientre y los ojos de él irradiaron una emoción tan luminosa y vulnerable que Teresa sintió quebrarse algo dentro de sí.

 

Después, Arturo besó la frente de la mujer que le hizo romper todas sus reglas y perder su vida para regalarle una nueva.

 

Por supuesto, Valdoria continuó siendo un reino cruel. Los nobles seguirían juzgándolos y más a ella porque en Teresa todavía ardía la ambición Pero mientras Arturo la abrazaba bajo la luz temblorosa de las velas, La futura madre comprendió que tal vez el amor no era una debilidad aún para alguien como ella