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Te inundaba el calor de las frazadas reverberando el de tu cuerpo, la somnolencia lenta conquistaba por terrenos tus sentidos mientras te drogaba en sus canciones arrullantes. El comodín de la comodidad en el frescor del invierno jugó su mejor partida desterrándote al calor de tu cama. Pispeando el teléfono, cerca de tu rostro apoyado sobre la almohada, la hora avanzaba indiscreta y te abandonaba y a tus responsabilidades con el espíritu del tardío. Tus párpados embriagados revisaban el alrededor, buscando, encontrando, sentado al borde de la cama, como un íntimo en tu hora final, al Pierrot, con esos cascabeles mudos aún más en la mañana filtrándose en el aire.
Te hiciste notar, moviéndote con lentitud, sintiendo como la ropa se contorsionaba en arrugas contra el movimiento de tu cuerpo aplastado por las sábanas. La sombra cruzó el brillo casto de la mañana, un extremo del gorro giro acompañando a Pierrot y haciéndose escuchar, el cascabel tintineo como un ángel.
—Te quedaste toda la noche —dijiste, con esa mousse rara en la boca de la mañana.
Pierrot sonrió. —Perdóneme, mi lord. Usted dormía tan inofensivamente, no quería dejar de mirarla.
Le sonreíste, con los ojos borrachos de sueño, tu cuerpo suspirando en una convicción tan vulgar como predecible. La rareza del amor del Pierrot era enternecedora en su sadismo y acoso. Había en tu entender una aceptación voluntaria a su fútil disimulo, al cambio brusco erótico, al horror que nacía de su hambre, y tu morbo predispuesto sobre tu alma a ser devorada por el Pierrot que, envuelto en sedas, se sentaba a tu lado disfrutando su propia forma de amar. Te envolvía el pecho enrojecido en un latir que aceptaba su ritmo y lo hacía bailar al compás energético del tuyo, las telas recubriendo tus paredes, de mil colores, desnudaban tus sentimientos enturbiados por tu posesión, celosamente reservada a tus poros que tímidamente la respiraban. Existía el delicioso placer de la retroalimentación del goce mutuo.
—Que lindo que sos —jugueteaste con tu tono, moldeandolo engreído—. Hace frío ¿Querés venir conmigo? No hace falta que te descambies si no querés.
Pierrot comió su propia sonrisa. Algo indefenso pero sacudido por la intimidad, le brillaba el rostro, casi febril, con cierto deseo. Te moviste, otra vez tu ropa revuelta se movía pegada a las sábanas, te dejaba la piel desnuda al encuentro con las sábanas en su amplitud de temperaturas. Corriste las sábanas del espacio libre, y tu calor irradiaba seductor el sueño que buscaba inmiscuirse en los sentidos de Pierrot. Esperabas, consumida por las drogas del sueño, la sonrisa pícara que se dejaba vislumbrar en Pierrot, que con una rareza parcial había suspendido su cuerpo en no reaccionar, y esperaba que su propio deseo lo moviese a tu invitación, deseoso y hambriento, buscando consumir tu calor, y borrar las puertas de tus poros para envolverse en la tibieza de tu carne. Enfermo del ardor, con un desliz involuntario de ese hambre, se fue envolviendo en el espacio infinito que para sus sentidos había nacido de tu cuerpo, alborotando su locura, había una sencillez casi enternecedora en la translucidez de su rostro, tan fantasmal como la división de esa poco convencional máscara lo permitía. El desliz lento jugaba con el tiempo, estacionando ese momento en algún espacio incalculable de exquisitez mutua. Había en Pierrot una anticipación tangible, como cubierta por paños de cadenas que restringen el desequilibrio de sus sentimientos, la volatilidad de su alma tan calma en su actuación que te ofrecía, un lago teñido de un cristal turbio donde te zambullías predispuesta a abandonar tu cuerpo a sus fauces. Ahora en la lentitud del proceso, tu rostro le mostraba la calma de una ingenuidad ficticia.
El amplio infinito se contrajo súbitamente en la finitud de la cama, Pierrot no pudo más que sonreír atrapado en la tela del cuello volante.
—Ya se que te dije que podías acostarte vestido, pero el volante me hace cosquillas.
—Es un poco incómodo —dijo, tan inocente que el recambio de sus intenciones fue tierno—, pero no podría negarme, mi lord.
El fulgor fino de los ojos chispeantes de Pierrot era invasivo. La garganta infinita abriéndose en sus escleróticas en una oscuridad monstruosa, estaba invadida de las sombras del deseo al desnudo que la sutileza fallida en sus acciones trataban de esconderte, en esa recuperación de los sentidos de la realidad, en la divagación de sus intenciones, las tangibles, que tomaban formas de las sombras a tus ojos enseñandote en una pequeña obra de teatro de sombras moldeadas por la voz de Pierrot, la locura enfermiza de su corazón, aterrado y roto. En esas gargantas interminables te veías cayendo, te inundaba una voluntad ajena a pertenecer en esa oscuridad depredadora de amor, tus extremidades estacadas a una bandeja de plata, engullida todavía por la oscuridad, garras toman con gentileza tu cuerpo doblegado, desprovisto de reacción, de hilos que te sostengan, el infinito te despojó de tu voluntad. Ahora, yaciendo en sus garras gentiles, sus palmas se ciernen sobre ti y te inundan de calor, la delicadeza de la fragancia de Pierrot respira desesperación en tus labios, y sus fauces tan calculadas de ser develadas a tus ojos, se ahogan en un anhelo enfurecedor.
Respiras, atrapada, con tu voluntad extraída y tu necesidad explotada de cercanía, el aroma a la muerte que navega, sutil, el vacío de Pierrot. La inusual dulzura torcía tus pensamientos. Reíste, sin darte cuenta, atrapada en ese espacio del alma de Pierrot, que tus risas explotaban en la cama que estaban compartiendo. Los ojos de Pierrot se encandilaron por la claridad que se filtraba desde la ventana y chocaba contra su cuerpo, volviéndola un resplandor que tallaba su longitud, besando su rostro, se deslizaba como un mar hacia sus ojos, repletos de luz.
—¿Dije algo inadecuado, mi lord? —insinuó, desconcertado.
—Pierrot —respiraste, envuelta en ideas excitantes—, me gustan tus ojos, Pierrot. Tu alma es infinita.
—¿Mi alma, mi lord?
—Sí —seguiste, estirando tu mano hasta el cuello volante de mil capas—, no es diferente a la de un ser humano, son todas únicas. La tuya también… me gusta eso de vos.
—Puedo mostrarle todo lo que desee de lo que yace en mí, si eso anhela saber —fue un murmuro pasivo—, cada cosa que pida, mis más profundos anhelos.
Tu mano surcaba las telas negra y ocre del volante, enganchándose tus uñas en los filamentos de las telas, no aminoraba tu obsesiva marcha. Unos capullos reverberaron en tu estómago por el estruendo de tu hambrienta ansiedad. Tus dedos hastiados del roce de la tela mimetizando su textura contra tu piel, rozaron aliviados la piel visible del cuello de Pierrot. Era tibia, estaba tensa, pero podías sentir bajo la sorpresa del tacto, la sangre espesa irrigando al compás de una rítmica marcha. No te moviste, había un efecto hipnótico en el saber de su vitalidad, que la piel se tensaba, y los músculos le seguían, y las venas bombeaban espesas el paso de la sangre desde el remolino del corazón de Pierrot. Te asombraba su vida carnal, sentir la vida corriendo, apresurada, dentro de su cuerpo, por debajo de ese espacio desnudo de piel. Aunque Pierrot no dijese nada, había cierta cohibición surcando sus poros abiertos y palpitantes que besaban tus yemas rogando que tu roce sea finito en su piel.
—Mi lord —murmuró—, no me induzca a hacer de usted… a tener que detenerla, está tan cerca que hace dar vueltas mi cabeza.
Ese espacio existente entre el filo de la máscara y el dobladillo de lo que pareció ser una remera de seda roja cerniéndose a su cuello, era una ventana a la sinceridad de su cuerpo, que hablaba con voz vívida sus anhelos que su lengua empujaba de vuelta a su estómago, para morir allí, ser disueltas y absorbidas por sus músculos contraídos en tal horror de no poder alimentarse de tu carne tibia bajo su provocación. Te fascinaba el aprendizaje desde tu lugar de privilegio, tocando su intimidad privada de todo contacto, entendiendo a través de ella, la vulnerabilidad de Pierrot.
Lo dejaste ir todo, y en tus yemas vivió por unos momentos la textura de la piel de Pierrot. Te fuiste incorporando con lentitud, bañada por las olas en las costas de tu sueño, y las sábanas con pesadez cayendo a tus costados, mientras el peso de tu cuerpo recae en la fuerza de tu brazo, elevándote. Tu otro brazo, lánguidamente yendo a sostenerte en el costado contrario del rostro de Pierrot, envolviéndolo en su persona, aprisionándolo en la cárcel de tu cuerpo contra la cama, permitiendo que el colchón se torne una masa conteniendo el cuerpo de Pierrot en su mullidez.
—No me gusta que tapes con tus garras el sol —hablaste, afectada por el sueño—. Me gusta cuando se te escapa tu lado honesto, tan torcido que no tenes idea lo encantador que es. Me gusta que seas honesto porque siento que te hace bien a esa alma que la veo tan quebrada, que me digas lo que pensas. Tenes miedo de asustarme, a mí me altera el pecho cuando te volves un poquito más vos mismo —sonreíste—. No seas inocente, sos un payaso con varios trucos.
Pierrot te devolvió la mirada, atenta, ahogándose tratando de masticar tus palabras, que delicadas con sus brazos, querían sacar el pestillo de la pequeña puerta que se abanicaba cuando sus palabras encontraban un fragmento de espacio para decírtelas. Ahora yaciendo bajo tu cuerpo, sin el pestillo en sus pensamientos, y la picardía escribiéndose en tu rostro, en la mueca de tus labios, en tu ceja arqueada, recriminándole su decisión arbitraria de guardarse su alma horrorosa, espeluznante, para él.
Sin contención, como la flor en el apogeo de su primavera, la sonrisa de Pierrot se dibujó macabra en sus labios, desfilados por hileras filosas cual picos de hielo oscilando sobre tu corazón, sus ojos amplios se vieron llovidos por la inanición de tu cuerpo.
—Ah, mi lord —habló, deleitado—, sus palabras hacen arder mi cuerpo. Podría enloquecer ahora mismo vuelto lo que usted desea, consumirla desde adentro.
Una sonrisa cantora se escapó de tu garganta rebotando en tu pecho interno.
—Ahora quiero dormir, Pierrot —le dijiste, y dudaste— ¿Te podés quedar, o el circo te demanda de día también?
La ternura brilló en su rostro. —Puedo permanecer hasta que usted se duerma y observarla un rato para asegurarme que nada la disturbe.
No quisiste decir más. Esa afirmación invasiva dicha con una ternura retorcida te consumió la flaqueza de tu espíritu, y cayendo presurosa sobre el pecho de Pierrot, te hundiste en tu sueño, sobrecogida por el aroma sutil, a ciertos lirios, del cuerpo de Pierrot.
