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Mi Elemento

Summary:

Un inesperado reencuentro en una cancha de pádel confronta a Max con el dolor de lo que pudo ser y la realidad del presente.

Notes:

Esto también lo subí a Wattpad. Sé que tengo otro fanfic que necesito actualizar pero he tenido un grave bloqueo artistico en todos los sentidos, así que me puse a escuchar Enjambre, el albúm de Eydie Gorme y Los Panchos, y la intro de Anohana en bucle. No voy a negar las ganas que me carcomían desde hace un buen tiempo por escribir algo relacionado con ellos, pero en realidad nunca me habia animado del todo ha hacerlo.

No lo pienso traducir al ingles, soy demasiado vaga para hacer eso.

Espero lo disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Y pensar

Que en mi vida fuiste flama
Y el caudal de mi gloria fuiste tú
Y llegué a quererte con el alma
Y hoy me mata de tristeza tu actitud

¿Y a qué debo, dime entonces, tu abandono?
¿Y en qué ruta tu promesa se perdió?
Y si dices la verdad, yo te perdono
Y te llevo de recuerdo junto a Dios

 

Max se observa fijamente en el reflejo de la ventana del hotel por quinta vez en los pocos minutos que lleva esperando en la bahía vehicular. Bajo el techo que lo protege del sol de otoño, intenta encontrar algo en su apariencia que le dé seguridad, pero el espejo solo le devuelve la imagen de su propia inquietud.

La Ciudad de México se despliega ante él ajetreada y calurosa. La humedad del ambiente se le pega a la piel, humedece su ropa y le reseca la boca; sin embargo, Max sabe que esa respuesta fisiológica tiene más que ver con la anticipación que con el clima. Los nervios hacen que la playera blanca se le adhiera al pecho, y aunque tanto su short como su gorra son de materiales técnicos ligeros, siente que todo le pesa una tonelada. Incluso la maleta con su equipo de pádel parece haber cobrado un peso inusual. El otoño aquí se manifiesta como una melancólica madurez en el ambiente, un sutil desapego que flota en el aire y que parece marcar, de forma silenciosa, el cierre inevitable de un ciclo.

Vuelve a consultar su reloj. Una brisa fresca le pega en el rostro; no era tan fría como las gélidas ventiscas de los países europeos, sino más bien un recordatorio templado del paso de los años. Fue tal vez una mezcla de condiciones, pero fue suficiente para que sus mejillas se sonrosaran y su corazón latiera con fuerza. De nuevo con la vista al frente, el chirrido de unas llantas capta su atención. Justo a las nueve en punto, una camioneta negra se detiene frente a él. De ella desciende una mujer con elegancia, el cabello recogido en un moño impecable y lentes de sol oscuros que ocultan su expresión. Tiene puesta una camisa con el logo de la empresa en el pecho; los colores distintivos de la escudería, donde el azul predomina y el rojo y el amarillo se mezclan con el toro. A pesar de ello, Max no logra recordar bien su rostro. Ella extiende la mano y Max, dudoso, la toma con cautela.

—¡Señor Verstappen! Buen día —exclama ella con un entusiasmo que contrasta con el estado mental de Max.

Su mano se siente pesada y, por un instante, piensa que la sostiene por más segundos de lo estrictamente necesario; sin embargo, el recuerdo de un nombre ambiguo que pertenece a ese rostro parece quedarse justo en la punta de su lengua, impidiéndole alejarse. La muchacha lo mira impasible, ninguno se mueve y ella parece lo suficientemente amable como para restarle importancia. Al instante, la vergüenza lo invade.

—Hola. Buenos días —responde Max con las mejillas coloradas, mientras recorre la mirada por encima del hombro. Luego aparta su mano de un tirón, esperando no parecer demasiado grosero.

Su mirada se detiene un instante en la maleta de pádel y, tras un segundo de duda, se la extiende. Ella la toma con agilidad, rodea el automóvil para guardarla en la cajuela abierta y Max aprovecha ese momento para entrar a la cabina. Se recarga contra la puerta con el celular entre las manos y, en cuanto la joven ocupa el asiento del conductor, el coche arranca con suavidad.

Se entretiene durante el trayecto alternando la vista entre el paisaje urbano que pasa tras la ventana y la pantalla de su teléfono. Tiene varias notificaciones: mensajes sin leer de Kelly, algunos de su hermana y otros tantos de su círculo de amigos. Sin embargo, no encuentra la energía necesaria para responder a ninguno; lo invade la amarga sensación de que, en realidad, a nadie le importaría demasiado si lo hace o no. Es como una desdicha mansa: la contradicción de tenerlo todo y, al mismo tiempo, sentir las manos vacías. Aquella oportunidad que durante años creyó fervientemente que le pertenecería, esa gloria que asumía como su destino inevitable, se le había escapado entre los dedos con el correr del tiempo, disolviéndose sin hacer ruido. Y sin embargo, mientras observa el movimiento de la ciudad, descubre que no es infeliz.

Suelta un suspiro profundo y después, sin atreverse a prender el teléfono, lo guarda bruscamente en los bolsillos de su short.

Eran apenas las diez de la mañana cuando el vehículo se estaciona sin sobresaltos en el club. El sol de la mañana reverbera intensamente sobre el capó. En cuanto la puerta delantera se abre, Max no espera a que alguien haga lo mismo con la suya; baja con rapidez y se ajusta la gorra con un gesto mecánico, buscando su reflejo en el cristal por enésima vez.

El chofer apaga la camioneta completamente y la amable mujer saca la maleta de la cajuela. Ella la tiene entre las manos cuando Max la vuelve a ver. Sin esperar, ella consulta su reloj y pasa de largo hacia las puertas principales. Max camina a su lado para seguir sus pasos.

Avanzan por un pasillo largo que serpentea a través de un jardín impecable, de un verde vibrante, dividido por pulcros paneles de cristal. Con cada paso, Max siente el martilleo de su corazón contra las costillas, un eco sordo que aumenta a medida que se acercan a las canchas de pádel. Caminan en un silencio absoluto que Max agradece profundamente. Al llegar, la joven le entrega su bolsa deportiva; él la toma y la aprieta contra su costado, consciente de que allí dentro descansa el regalo que lleva para Sergio, esperando el momento adecuado para ser abierto.

—Alexa. Me llamo Alexa. Estoy a su servicio.

Tras una despedida amable, Alexa da media vuelta y señala detrás de él hacia las sillas que se encuentran bajo la sombra. Luego dice:

—Cualquier cosa que necesite, lo esperamos afuera del recinto.

Max no responde y, sin más, ella lo deja solo en medio del complejo.

Max suspira y, haciendo un esfuerzo monumental para mover las piernas, se acerca a las sillas. Incluso en ese momento se tienta a dar media vuelta y correr de nuevo a la camioneta. Y sin embargo, con una pesadez que le dificulta el paso, se aproxima al hombre de cabello negro sentado. Jo mira hacia abajo, absorto en su celular, mientras frunce el ceño ante la suave luz que se cuela por la copa de los árboles y le pega en el rostro.

Es hasta que el rubio se planta lo suficientemente cerca que Jo se sobresalta por completo. Levanta la vista y entrecierra los ojos en dirección de Max, quien no hace más que removerse incómodo en su lugar.

—¡¿Max?! —exclama atónito—. ¡Qué sorpresa!

—¡Jo! —responde Max, intentando sonar animado.

El hombre mayor se levanta de un salto, rodea la silla y se planta frente a él. Con una sonrisa en la cara, exclama:

—¡Pero mira hasta dónde te trajo el viento! ¡Hace años que no te veo la cara!

Suelta una carcajada mientras lo rodea por la espalda y le da unas cuantas palmadas. Max corresponde a medias; la muestra de afecto lo relaja lo suficiente como para seguir la conversación.

—¡Lo sé! —dice Max, un poco más animado. Aún sin separarse del todo de Jo, y acostumbrado a las efusivas muestras de afecto, una parte suya lo mira de forma contemplativa, esperando el golpe en el rostro que alguna vez fue prometido. Sin embargo, nunca llega.

Jo se aleja, vuelve la vista y le dice:

—¡Ven, ven, siéntate en la silla de enfrente, en la de enfrente! —señala—. Aún no han llegado los demás, llegaste temprano. Cuéntame, ¿qué tal te ha tratado la vida? Todavía estás en la contienda por el campeonato, ¿no?

Max asiente, medio aturdido. Jo regurgita palabra tras palabra y, ante aquello, Max sonríe. El antiguo entrenador no tarda en ponerlo al día.

No pasa mucho tiempo para que el juego comience en cuanto llegan los demás, medio amontonados. El sol se pone en lo alto y la suave brisa refresca el día mientras el partido llega a su fin. Max se planta a unos metros de sus otros compañeros, mirando a Jo alejarse para contestar un par de llamadas. La playera se le pega al pecho por el sudor y la boca se le siente reseca. A estas alturas del día, el objeto de su ansiedad se le ha olvidado por completo.

Intercambia unas palabras con los otros jugadores, bromeando entre ellos. Pasando de risa en risa, en algún punto alguien menciona mover la reunión a otro lugar y Max accede sin muchas vueltas. Por el rabillo del ojo ve a Jo regresar trotando; la duda le carcome el estómago y se queda plantado mientras la conversación a su alrededor se convierte en una cacofonía en el fondo de su mente.

Antes de que pueda darse cuenta, se dirige en la misma dirección y rodea la cancha. Las redes alrededor son de un color azul marino; hay otras canchas iguales a unos metros, dispuestas entre sí. El descanso donde ambos se encontraban ahora está abarrotado por un par de maletas nuevas, y su mirada las recorre con anticipación. Su propia maleta sigue en la silla que reclamó como suya. Jo regresa no mucho después, hablando animadamente con la vista sobre su hombro.

La pesadez, la misma que le quitaba el sueño, vuelve a agitar su alma. Lo invade de golpe aquella desdicha mansa, la certeza de la pérdida absoluta.

Y fue ahí, mientras la suave brisa otoñal soplaba con ligereza, donde lo volvió a ver. El ruido se convirtió en un eco de fondo cuando sus ojos se cruzaron, y un suave suspiro tembloroso salió de sus labios. Incluso con la distancia, Max nota su aspecto: las mismas pecas en su lugar, la piel ligeramente más suave y la mirada más relajada, el cabello alborotado y las mejillas sonrosadas. Sergio lo mira impasible desde el borde de la zona de descanso. El peso de sus ojos cae sobre él, y de fondo, Max tan solo puede escuchar la voz de Jo:

—¡Te dije que te tenía una sorpresa! —dice con entusiasmo el entrenador, mirando de vuelta a Sergio.

A Max se le reseca la boca al instante. Se aferra al respaldo de la silla cuando los ojos amarronados de Sergio finalmente se posan en los suyos. Por un momento, ambos se quedan helados. Max se da cuenta de que su respiración se ha vuelto irregular y teme vomitar frente a los demás. El tiempo se congela, tal vez por unos instantes tan pequeños y fugaces que parecen irreales.

Jo rompe la tensión al poner una mano en el hombro de Sergio, sacudiéndolo un poco. La acción los sobresalta a ambos.

—Iré por un café. ¿Quieren algo? —dice, alternando la vista entre los dos.

Max niega con la cabeza y Sergio contesta:

—¿Me puedes traer algo de agua? —pregunta, sin apartar la mirada de Max.

Jo asiente, guardando su billetera.

—Le preguntaré a los demás... Regreso en un rato —menciona antes de desaparecer por el pasillo.

Cuando se marcha, el silencio vuelve a reinar. Es Sergio quien se remueve, incómodo o tal vez cansado de la fijeza de su mirada, y se acerca a Max a pasos lentos.

—Hola —dicen al unísono.

Max no aparta la vista. Siente la vergüenza escocerle la garganta y por un momento se pregunta si sería demasiado tarde para correr tras Jo. Cuando Sergio se detiene lo suficientemente cerca, Max puede verlo con mayor claridad; el sol ya no deslumbra lo suficiente como para ocultar sus rasgos. Internamente, Max solo espera no oler mal tras el partido.

—Supongo que fue un gran juego —pregunta Sergio con un intento de animación. Su mirada lo recorre por completo, tiñéndose de cierta sorpresa.

—Sí, claro... fue muy... un poco intenso —se corrige Max.

En este momento no tiene nada en mente. Tiempo atrás habría sabido exactamente qué decir, antes de que todo se desmoronara como arena entre sus dedos. En otra época, cuando ambos terminaban empapados de sudor después de una dinamica, habrían continuado cualquier conversación entre risas, sin cuestionarse nada. Ahora, sin embargo, no sabe cómo romper la distancia.

Sergio parece comprender su dilema y exhala un suspiro.

—Me da gusto volver a verte, Max —dice.

La confesión lo desarma por completo. Los ojos tranquilos de Sergio lo examinan con una ternura limpia y, sin poder contenerlo más, Max resopla. El sonido se rompe entre las lágrimas que, de un momento a otro, llenan sus ojos y se deslizan con suavidad por sus mejillas. No tiene tiempo de responder cuando, por puro instinto, se abalanza hacia su antiguo compañero.

Checo lo rodea con ambos brazos. Todavía tiene que ponerse de puntitas para alcanzarlo bien, y Max tiene que inclinarse para envolverlo por completo, pero ninguno se queja. Checo no dice nada cuando las lágrimas de Max empiezan a empapar su camisa; al contrario, lo sostiene con firmeza, permitiéndole fundirse completamente en el abrazo. Max se entrega a esa necesidad tan latente de refugiarse, por primera vez en mucho tiempo, en la calidez de un amor que hace años lo llenaba de dicha.

Llora por el anillo resplandeciente que se posa en el dedo de Checo. Llora por la certeza de una relación que quedó condenada al pasado, y por la esperanza tibia que aún habitaba en lo más profundo de su alma, la ilusión secreta de que el destino volvería a unirlos. Pero ahí, desmoronándose entre los brazos del otro, reaparece la contradicción: es la desdicha mansa de tenerlo todo y sentir las manos vacías, la gloria que se le escapó entre los dedos. Y sin embargo, mientras se aferra a él, lo único que experimenta después de tanto tiempo es paz.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Max, aún sin separarse.

Checo se tensa un instante bajo su agarre, pero responde con calma, su aliento rozando el cuello de Max.

—Me lo propuso hace unos meses. ¿No es lindo?

Max asiente contra su hombro.

—¿Eres feliz? —susurra, tragándose el nudo que amenaza con ahogarlo.

—Mucho —responde Sergio.

Max decide en ese instante no mencionar el regalo que aún descansa oculto en su maleta. Se lo dará en otra ocasión, cuando sus manos finalmente logren soltar a Checo sin la necesidad de aferrarse a él, cuando pueda alejar del todo el terror de perderlo una vez más. En el aire flota un mar de sentimientos complejos: una mezcla de antiguos resentimientos, malentendidos, pasión y un cariño que nunca terminó de extinguirse. Es una tristeza difuminada por el tiempo, pero tan real como el lazo que aún los une.

Sergio une sus labios una vez más a la frente de Max, presionándolos con cuidado, repitiendo el gesto de antes. Lo hace con tal delicadeza que, en un momento, Max ya no es el único que está llorando.

—Eres un desalmado —bromea Sergio cerca de su oído, con el aliento cálido.

—Lo soy —admite él de vuelta.

Cuando finalmente rompen el contacto, ninguno se aleja lo suficiente. Se quedan ahí, en ese espacio compartido donde el aire todavía se siente eléctrico. Sergio, con los ojos al borde de las lágrimas, suelta una pequeña risa nerviosa para romper la gravedad del ambiente.

—Mírame nada más... las hormonas me están matando. Hace años no le hubiera creído a Carola cuando me contaba esto de su primer embarazo. ¿Puedes creer que le dije que exageraba solo por llorar frente a una torta ahogada? Casi me golpea ahí mismo —Sergio sorbe por la nariz—. Pero creo que ahora no soy muy distinto. Solo espero que este bebé no sea como su padre de latoso... no hace más que ponerme de los nervios.

—En algo se tendrán que parecer —responde Max con una sonrisa llena de simpatía, sintiendo que el peso en su pecho se aligera por fin.

Sergio lo mira con fingida indignación y, acto seguido, le propina una patada juguetona en la espinilla. El gesto, tan típico de su antigua dinámica, hace que ambos estallen en una carcajada sin sentido, recuperando por un instante la complicidad que el tiempo y la distancia no habían logrado borrar.

Notes:

El titulo se lo puse en referencia a la canción "Elemento" del grupo enjambre. La otra es ' Y...' de los panchos.