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Language:
Español
Collections:
Seoul Nights VI
Stats:
Published:
2016-11-18
Completed:
2016-11-18
Words:
33,883
Chapters:
8/8
Comments:
3
Kudos:
16
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1
Hits:
295

Finis Terre

Summary:

Pese a que Do Kyungsoo todavía no lo supiese, el segundo curso en la Universidad Nacional de Magia iba a implicar decisiones equivocadas, promesas rotas y más imprudencias de las que en ese momento podía imaginar. Pese a que Do Kyungsoo todavía no lo supiese, todo ello se debería a una persona en concreto: Byun Baekhyun, ese aprendiz de mago hiperactivo con picardía en la mirada y promesas de nada bueno en los labios.

Chapter 1: Primera parte: tierra

Chapter Text


Primera parte: tierra
Los magos con espectro de tierra son brotes
de vida donde sus pies descalzos dejan huella, son hiedras
enredándose en muñecas, son terremotos de frustración y son
la seguridad de un refugio de madera, son sueños de
esmeralda infinita, son columpios de infancia y confesiones
de amor y de pétalos de primavera.



Esa noche, lo despertó un relámpago a altas horas de la madrugada, seguido de un estruendo que hubiese podido despertar a los ancestros de cualquiera y de un fuerte olor a chamuscado. Se levantó, extrañado. No porque en esa ciudad las tormentas eléctricas fuesen muy distintas, sino porque ni en el exterior de la ventana se veía ninguna tormenta eléctrica ni el relámpago había venido de fuera.

Apartó la cobija y, tropezando con algunos de los antiguos volúmenes prestados de la biblioteca, que habrían caído de la cama después de que se quedara dormido leyéndolos, llegó hasta la puerta de su habitación, que abrió con cuidado. Al otro lado de la cocina-comedor-sala multiusos estaba la habitación de Jongdae, su compañero de piso desde hacía más de un año, y frunció el ceño cuando vio que por el resquicio de la puerta se filtraba algo de luz.

Cuando abrió la puerta de la otra habitación, Jongdae se giró, quitándose las gafas redondas y de vidrio esmeralda de protección que se ponía cada vez que hacía experimentos.

—Oh, Kyungsoo, ¿te he despertado?

Él hizo un gesto de negación con la mano, quitándole importancia. Pese al rayo salido de la nada ocasional, Kyungsoo no tenía motivos para quejarse de su compañero de piso. Algo excéntrico, como la mayoría de los magos con espectro de rayo, eso sí, pero un buen compañero de piso de todos modos.

—¿Sigues con la generación espontánea? —le preguntó, observando los distintos artilugios dispuestos sobre la mesa del otro. Reconocía la mayoría: metales raros, esencias de lugares recónditos, ámbar con distintos insectos y flores disecadas de todas las formas y colores. Kyungsoo tenía exactamente los mismos guardados aún en sus envoltorios protectores hasta que los necesitaran en la clase de ungüentos. Jongdae, sin embargo, los había abierto el mismo día que habían llegado a la universidad, ansioso por experimentar en su intento de encontrar algún elemento que aún no estuviese registrado en la tabla periódica o de generar vida de la nada. Algún día Kyungsoo se atrevería a decirle que, más que generación espontánea, lo que estaba haciendo eran transformaciones o incluso combustión, a juzgar por las pequeñas volutas de humo que salían de una gema iridiscente desechada a un lado del escritorio.

—Esta vez estaba segurísimo de que había dado con la combinación perfecta —explicó, rascándose la barbilla y removiendo fragmentos de estaño con unos palillos de metal. Seguramente los mismos con los que había estado comiendo del envase de fideos instantáneos que sobresalía de la papelera al lado del escritorio. Kyungsoo hacía tiempo que había dejado de juzgar sus hábitos en un acuerdo de mutuo respeto por las peculiaridades del otro—. No entiendo qué puede haber salido mal.

Kyungsoo, que ya se había asegurado de que seguía sano y salvo y el piso no iba a empezar a arder, al menos no esa noche, le deseó buena suerte en su proyecto de investigación amateur y regresó a su propia habitación. Se metió en la cama, contemplando si mirar el reloj e inevitablemente contar las horas que le quedaban de sueño o si irse a dormir con la incógnita y que fuese lo que los astros quisieran.

Venció su parte más racional y calculadora.

Sin embargo, al mirar la pantalla del móvil, que se iluminó tan solo con el contacto de la mano con una intensidad suficientemente débil para no deslumbrarlo, no fue tan solo la hora lo que lo extrañó —las cuatro y media de la madrugada, Kim Jongdae, quizá al fin y al cabo sí iba a juzgarlo—, puesto que tenía una notificación del sistema de mensajería de la universidad. En ella, le comunicaban brevemente que una de las optativas de segundo en las que se había inscrito, la de prismas y sustancias catalizadoras, había tenido que cancelarse en el último momento debido a que no llegaba al mínimo de estudiantes. También le rogaban que se dirigiera a la oficina en cuanto antes para sustituirla por otra optativa.

Volvió a dejar el móvil en el alféizar de la única ventana de la habitación, donde siguió cargándose lánguidamente con la tímida luz de la luna.



En retrospectiva, el primer curso de Kyungsoo en la Universidad Nacional de Magia había sido muy tranquilo. Era todo lo que se podía esperar de un primer curso en cualquier universidad de magia, en realidad: teoría de la magia, derecho civil y mágico, historia de la magia, filosofía, iniciación a la alquimia y pociones y remedios básicos, entre otras optativas. Todo el contenido era el que podía encontrarse fácilmente en una biblioteca bien provista, si uno sabía dónde buscar. Do Kyungsoo era un joven aprendiz de mago con la suficiente curiosidad para quedarse diez minutos más leyendo libros que ya nadie más leía tan solo para descubrir algo nuevo, algo que acallara alguna de sus múltiples intrigas, que le ayudara a entender… a entenderse. Pero con la suficiente indecisión como para limitar sus conocimientos a la teoría y al intelecto.

El primer curso había transcurrido todo lo monótono que Kyungsoo hubiese podido pedir: interminables clases magistrales, innumerables redacciones de extensas bibliografías y estudio de la magia con la mínima práctica, pese a las numerosas quejas de aprendices ansiosos por descargar toda la magia acumulada y por aprender a usar la magia aplicada que tan solo les estaba permitida a aquellos con estudios superiores.

En retrospectiva, se podría decir que había tenido suerte con Jongdae, el único al que había llegado a considerar amigo de la universidad, puesto que no le había dado demasiados dolores de cabeza.

El segundo curso no iba a ser monótono. No iba a limitarse a su zona de seguridad, esa en que podía ir a clase y aprobar asignaturas sin que hubiese miradas puestas en él, observándolo de cerca, evaluándolo y determinando aquello que más temía. No iba a limitarse a la familiaridad de Jongdae y de su presencia amigable, desenfadada, sencilla.

Pese a que Do Kyungsoo todavía no lo supiese, el segundo curso iba a implicar decisiones equivocadas, promesas consigo mismo rotas y más imprudencias de las que en ese momento podía imaginar. Pese a que Do Kyungsoo todavía no lo supiese, todo ello se debería a una persona en concreto.



Byun Baekhyun.



...es lo que leía la descuidada caligrafía en la hoja de inscripción que habían dejado justo antes que la suya. Pertenecía al chico que hablaba con el secretario de la oficina, quejándose bastante vocalmente, pese a mantener una postura desenfadada y casual, sobre la cancelación de la optativa de prismas y sustancias catalizadoras. Kyungsoo esperó educadamente. Observó al otro estudiante con atención, que ahora insistía en que eran los últimos créditos que le quedaban por recuperar y que necesitaba esa asignatura como fuera. Así que era un estudiante de tercero. Eso explicaría la familiaridad con la que se dirigía al mago.

Viendo que no había nada que hacer por mucho que tratara de negociar, finalmente se dio por vencido y se despidió del secretario. Kyungsoo lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta y luego miró al frente y dio un paso, colocándose encima de la baldosa identificadora que se encontraba justo frente a la mesa del secretario, que se iluminó brevemente.

—Do Kyungsoo —dijo el secretario, leyendo la información—. ¿Tú también vienes a cambiar la optativa de prismas y sustancias catalizadoras?

—Así es —afirmó, ojeando el montón de papeles que tenía encima del escritorio. En un rincón, había un pequeño girasol que parecía que lo observaba con la misma curiosidad que él a la flor.

—Me temo que estás en la misma situación —le explicó, con un suspiro—. Todas las demás clases están llenas, la única que aún tiene vacantes es la de compatibilidad y harmonía entre espectros.

Kyungsoo no recordaba haber visto esa optativa en la larga lista de clases de segundo, pero supuso que no habría tanta diferencia entre una u otra. Asintió, escribiendo los detalles en su hoja de inscripción y, tras terminar de arreglar algunos detalles más, salió de la oficina.

El curso no había hecho más que empezar, así que realmente no importaba si cambiaba una optativa a última hora.

No podía ser tan terrible.



Ese día transcurrió sin ninguna novedad. Al menos de momento, las clases del segundo curso no se diferenciaban tanto de las del primero. Pese a que la clase de pociones, ungüentos y salves no fuese de sus favoritas, la de astronomía e interpretación celeste le fascinaba, y consideraba que siempre se podía aprender algo de las clases de historia de la magia y magos célebres.

No obstante, pronto se dio cuenta de por qué no se acordaba de esa clase en concreto.

A la hora de compatibilidad y armonía entre espectros se sentó detrás de un grupo de chicas que hablaban, entre susurros y sonrisas poco disimuladas, de lo guapo que era el profesor. La verdad es que Kyungsoo no podía culparlas, había algo en la fisonomía prácticamente angelical del mago, que parecía demasiado joven para estar en la tarima del profesor, que transmitía una sensación de serenidad y plenitud, como el de un estanque de nenúfares.

No muy lejos estaba sentado Byun Baekhyun, el chico con el que había coincidido en la secretaría, hablando animadamente con otro chico de tez tostada y ojos somnolientos. Muy animadamente. Le recordaba al cachorro de su prima, una bola de pelo y energía que le había dado vueltas entre las piernas durante cinco minutos, hasta que su dueña había acudido a ayudarlo y había cogido al animalito en brazos. A Kyungsoo no le había entusiasmado la experiencia.

El profesor empezó la clase, silenciando a los alumnos, y se presentó. Profesor Kim, primer año que empezaba a trabajar en una universidad, recién graduado de Aquamarina, una de las cuatro Academias de magia superior a la que solo aquellos magos más poderosos podían acceder.

Inició la clase escribiendo en el aire con el prisma. Los trazos de luz que ardían de color azul en el centro de la tarima. Anotó los ocho espectros de la magia: fuego, agua, luz, rayo, viento, sonido, tierra y vida.

—Como bien sabéis —enunciaba con una voz tranquila y clara—, la mayoría de magos nacen con la capacidad de dominar uno o más espectros. Los prismas —Cogió el suyo, que llevaba atado en una fina cadena alrededor del cuello—, al igual que la luz, nos ayudan a separar los ocho espectros de la magia y nos permite usar magia de los demás espectros, además del nuestro propio.

De sobre el escritorio y cogió un prisma corriente, de cristal translúcido y brillante, y dio dos pasos adelante. Luego, sujetando su propio prisma, levantó el dedo índice, del que salió un intenso rayo de luz. Éste, al atravesar el prisma de cristal, se dispersó en todos los colores del arcoíris.

Kyungsoo contuvo la respiración.

—La magia es una energía bruta y nosotros, los magos, somos los joyeros que nos encargamos de pulirla.

Posteriormente, trazó unas líneas que unieron los espectros en forma de rombos superpuestos. Fuego con luz, viento y tierra; y agua con rayo, sonido y vida. Los trazos tintineaban, sin extinguirse pese a no estar consumiendo ningún combustible.

—Estas son las afinidades de los espectros —prosiguió—. De este modo, si un mago nace con un espectro de fuego, es posible que también domine con más facilidad luz, viento y tierra —Alzó las manos y, siguiendo su silenciosa orden, los trazos en llamas del anagrama de los espectros ascendió unos metros, para que lo vieran bien todos los alumnos—. Ahora bien. En esta clase, trabajaremos en equipos para tratar de encontrar respuesta a la siguiente teoría: si un espectro es más afín con otro, ¿cuando se trate de trabajar en equipo, se coordinará mejor con otros magos de espectros afines, con magos de espectros opuestos, o la compatibilidad de un mago con otro es algo totalmente arbitrario? Para ello —Dio un paso al frente, mirando a los alumnos—, en esta clase formaremos grupos que iremos rotando para que así todos vosotros cooperéis con distintos compañeros y aprendáis el comportamiento de vuestro espectro, vuestro propio poder, cuando se combina con otro.

Kyungsoo respiró hondo. Ya recordaba por qué no le sonaba de nada el nombre de esta asignatura: la había descartado de inmediato al ver el temario. Este era exactamente el tipo de asignaturas que había tratado de evitar a toda costa.

—...así que vais a salir aquí delante de uno en uno —prosiguió el profesor, señalando el escritorio, sobre el que reposaban objetos varios relacionados con alguno de los espectros elementales—, para hacer una pequeña demostración de vuestras capacidades. Con moderación, por supuesto —añadió con una sonrisa—. Todo el material tiene que estar en perfectas condiciones para el siguiente alumno.

De este modo, los alumnos fueron desfilando delante del escritorio, encendiendo velas o bombillas, levantando plumas, generando remolinos de agua o haciendo sonar un pequeño instrumento de cuerda. El profesor Kim, mientras tanto, iba tomando notas en un cuaderno, además de sugerir a algunos de los aprendices que probaran suerte con algún otro espectro.

Kyungsoo, sin embargo, no se movió de su asiento. Mientras los demás alumnos aprovechaban la oportunidad de salir delante y ser el foco de atención durante unos instantes, Kyungsoo permaneció sentado detrás del grupo de chicas tratando de pasar desapercibido.

Trató de respirar hondo. No pasaba nada. Luego trataría de cambiarse de clase. En alguna tenía que haber alguna vacante, aunque tuviese que ir a hablar personalmente con el profesor, aunque…

—Do Kyungsoo —lo detuvo la voz del profesor cuando se disponía a salir del aula una vez terminó la clase, aún sumergido en estrategias para poder cambiar de optativa—. Eres Do Kyungsoo, ¿verdad?

Se detuvo y asintió, tragando saliva.

—¿Te importaría quedarte un momento? Me gustaría hablar contigo.

Ambos esperaron a que los últimos alumnos que aún quedaban en el aula salieran por la puerta entre charlas, risas y despedidas amigables dirigidas al profesor, que se las devolvía con la misma amabilidad. Kyungsoo se quedó mirándolo en un par de ocasiones. Brevemente, se apenó de tener que cambiar de clase.

—Has sido uno de los dos únicos estudiantes que no han querido salir a delante a hacer la demostración —empezó, hojeando la pequeña libreta. Tenía los cantos desgastados y una cinta roja que había empezado a deshilacharse—. El otro es Byun Baekhyun, pero en su caso lo entiendo. Pero, ¿y tú? ¿Por timidez, quizá?

Kyungsoo negó con la cabeza.

—No, no es eso… Yo…

Al ver que no proseguía, el otro examinó más hojas que tenía sobre el escritorio.

—Según los registros, tus espectros son tierra y agua… Lo cual es bastante curioso, si me permites.

Pese a que hubiese algunos magos con más de un espectro, estos dos espectros siempre eran afines, mas no en su caso.

—Tenía especial curiosidad para ver tu demostración en concreto —prosiguió—. Y más con ese apellido.

No era la primera vez que se lo decían. La familia de Kyungsoo venía de una larga estirpe de magos especialmente poderosos. Su padre dominaba con maestría los espectros del fuego, luz, viento y tierra; mientras que su madre el agua, rayo, sonido y vida. Como era bien sabido, en gran parte, los espectros de cada mago eran hereditarios. Así que él debería haber podido dominar al menos algunos de los espectros al mismo nivel que sus padres. Pero, en cambio…

Se acercó a las muestras, extendiendo la mano encima del jarrón de agua, sujetando el prisma con fuerza. Durante unos instantes, el agua permaneció inmóvil y plácida dentro de su receptáculo protector de cristal, hasta que se empezaron a formar unas diminutas burbujas en el fondo. Y el agua empezó a hervir.

—No tengo toda la magia que me correspondería genéticamente… ni mis espectros parecen seguir ninguna lógica —le explicó, forzándose a pronunciar cada palabra. Como miembro de esa familia, le avergonzaba admitir que nunca había estado ni podría estar a su nivel.

Cuando levantó la mirada de la jarra, sin embargo, no estaba observando su demostración, sino que lo estaba observando a él. Respiró hondo y luego miró el agua que había empezado a humear. Parecía que le costara encontrar las palabras.

—Los espectros… más bien dicho, la magia, no se comporta solamente de la forma que nosotros queremos —explicó detenidamente, como si estuviese eligiendo cada palabra con sumo cuidado—. Es caprichosa. Ella decide la cantidad que va en cada receptáculo, en cada uno de nosotros, y eso es algo que no podemos controlar. No obstante, lo que sí podemos controlar es la calidad del receptáculo que somos. Si pones agua en un jarro de cartón, no se podrá almacenar tan bien ni se podrá transportar, ¿verdad? Lo mismo pasa con los magos débiles física o mentalmente. Si nosotros, como receptáculos y procesadores de la magia que somos, tenemos algún problema, nuestra magia también se ve afectada. En cambio, un mago sano y seguro de sí mismo —cogió la jarra con ambas manos y se la entregó. Kyungsoo la aceptó y la sujetó con firmeza—, es como una jarra de cristal.

Kyungsoo miró el objeto de cristal con el ceño fruncido.

—¿Entonces…? —empezó, tratando de poner sus alborotados pensamientos en orden.

—Entonces, lo que quiero decir es que quizá sería mejor que dejaras de buscar explicaciones fuera y empezaras a encontrar soluciones dentro de ti —concluyó, señalando la jarra, con una sonrisa.

Kyungsoo no podía apartar la mirada.

Justo entonces, entró un alumno por la puerta del aula. El profesor Kim lo saludó con la misma afabilidad de siempre y el chico se les acercó, algo vacilante al ver que había entrado cuando el profesor estaba hablando con otro aprendiz de mago. Saludó a Kyungsoo educadamente, que le devolvió el saludo.

Lo había reconocido con facilidad: era el alumno que se había sentado con Byun Baekhyun, el chico de tez morena, ojos risueños y sonrisa fácil. Le hablaba apresuradamente al profesor, como si se hubiese dado prisa para llegar hasta ahí, o como si la presencia del profesor lo pusiera algo nervioso. Kyungsoo, trató de dar intimidad a esa conversación que no era para él y en cambio se fijó en el lenguaje corporal que con el tiempo se había percatado de que daba incluso más información que la misma conversación. El abrir y cerrar de ojos, las manos inquietas, la posición de los pies. Kyungsoo volvió a mirarlos a la cara, curioso.

—Muy bien, Jongin. Nos vemos en la próxima clase —terminó el profesor, con una sonrisa más amplia que las que Kyungsoo había visto hasta entonces.

—Muchas gracias —dijo el aprendiz, Jongin, justo antes de despedirse de ambos y volver a salir de clase.

—Disculpa la interrupción —dijo el profesor Kim. Kyungsoo negó con la cabeza—. A lo que quería llegar es que… tengo una propuesta, Do Kyungsoo. Cuando yo mismo era aprendiz, me enseñaron lo que hasta hoy considero la más valiosa de las lecciones. Es un hechizo antiguo, bastante difícil de dominar y aun así dudo que nunca se pueda llegar a dominar del todo.

Hizo una pausa, durante la cual Kyungsoo consideró mil y una opciones.

—¿Qué tipo de hechizo? —le preguntó al final, sin poder contener la curiosidad.

—Uno para ver la magia —le explicó—. O más bien, para percibirla. Aunque quiero que seas tú el que quieras que te enseñe, así que de momento piénsatelo y ya me lo dirás en la próxima clase.

Lo miró a los ojos. Sabía que no le mentía, pero su consciencia se debatía entre desear que todos los profesores de universidad fuesen como ese profesor novillo y entre preguntarse por qué querría ayudarle a él, un aprendiz de mago mediocre.

Dudaba de si iba a haber una segunda clase.

—Oh, vaya —dijo de pronto el otro—. Jongin se ha dejado esto. ¿Podrías hacerme un favor y dárselo?

Kyungsoo aceptó el libro de texto de la asignatura que Jongin se había dejado sobre la mesa.

—Claro, profesor.

—Ah, por cierto —añadió, recogiendo sus cosas y dando por finalizada la conversación—. No hace falta que me llames profesor, puedes llamarme Junmyeon.



Al día siguiente se despertó justo cuando el alba empezaba a despuntar por el este. Le había dado vueltas durante horas a las palabras del profesor, de Junmyeon, y luego se había descargado tres aplicaciones para el móvil prácticamente idénticas para tener un recuento de su actividad física. Eso haría, había decidido: trataría de encontrar respuestas en sí mismo, de volverse un receptáculo hecho de cristal. Iba a usar las tres aplicaciones.

Había algo especial, algo… mágico al hecho de levantarse y salir cuando el resto aún dormía, de recorrer lugares que siempre había asociado con cúmulos de aprendices yendo de un lugar a otro, rebosantes de magia y de vitalidad. Ahora, sin embargo, lo recibían solo los vestíbulos desiertos y las calles silenciosas. Incluso la luz, que lo bañaba todo de colores rosados y brillantes, parecía de otro mundo.

Kyungsoo determinó, a los pocos minutos, pese a la sensación de cansancio que empezaba a sentir en las piernas, que salir a correr no le desagradaba. Habían comenzado a arderle los pulmones y, con cada paso, el cansancio le pesaba más y su cuerpo le gritaba que parara aunque fuese un solo instante, mas él seguía. Sus zancadas lo condujeron por un perímetro alrededor de la residencia de aprendices de la universidad que conocía muy bien. A cada vuelta trataba de ampliarlo un poquito más, de ir por un recodo distinto, por una calle desconocida, a través de zonas y jardines por los que no recordaba haber pasado nunca.

Poco a poco, el campus iba despertando a su alrededor, y fue cuando empezó a ver los aprendices más madrugadores que se dirigían a sus primeras clases del día, a tomar el desayuno en el comedor o salían de una noche en vela de estudio en la biblioteca que terminó la vuelta alrededor de la residencia y finalmente se detuvo. Se apoyó sobre las rodillas, jadeando y secándose el sudor de la frente con el jersey.

Mañana se llevaría una toalla.

Y el mp3.



Encontrar a Jongin no fue tan difícil como le había parecido en un principio. Hacía ya rato que la mayoría de las clases de la mañana habían terminado y Kyungsoo se dirigía a la cafetería cuando, al bajar las escaleras de las aulas de astrología y cosmología, encontró a Jongin en ese mismo pasillo que daba a uno de los vestíbulos del edificio.

—¡Jongin! —lo llamó, acelerando el paso—. Eres Kim Jongin, ¿verdad?

El chico se giró, sorprendido, y sonrió cuando una chispa de reconocimiento le iluminó la mirada.

—Yo mismo. Ayer estabas con Junmyeon, ¿verdad?

Junmyeon, se repitió Kyungsoo.

—¿Te llamabas...?

—Oh, yo soy Do Kyungsoo. Ayer te dejaste el libro y me pidió que te lo devolviera —le explicó, sacándolo de la mochila.

Jongin miró el libro con los ojos como platos.

—Ni siquiera me había dado cuenta de que no lo tenía —rio, aceptándolo con ambas manos—. ¿También vas a la cafetería?

Kyungsoo dudó durante unas milésimas de segundo. Si decía que sí, eso implicaría el acuerdo inexplícito de comer juntos, así que no tendría la media hora de tranquilidad y relajación que había estado esperando desde la clase de astronomía.

Asintió.

Jongin le caía bien.

La cafetería era una amplia sala repleta de pequeñas mesas de madera blanca con seis sillas del mismo material que los estudiantes podían mover a voluntad. Del techo colgaban lámparas con una bombilla central y ocho de más pequeñitas a su alrededor que giraban a imagen del sistema solar. Grandes macetas de potus separaban grupos de mesas y Kyungsoo juraba que estaban en constante movimiento.

Al adentrarse en la cafetería, dejándose guiar por Jongin, se dio cuenta de que había algo que no había tenido en cuenta al aceptar la implícita invitación de Jongin. Éste lo llevó a una de las mesas alejadas de las colas de alumnos hambrientos para ir a buscar la comida. Y ahí ya lo esperaban tres aprendices de mago. Uno, el más alto, tenía el pelo cobrizo y una sonrisa que le ocupaba gran parte de la cara, y charlaba y gesticulaba enérgicamente. Otro se lo miraba con una sonrisa infantil, pese a que era casi tan alto como el primero; todo él parecía alargado. El tercero era Byun Baekhyun.

—Hyung me había hablado de ti —le explicó Jongin—. Dijo que a ti también te habían cancelado la optativa y por eso habías elegido la de compatibilidad.

Kyungsoo, de haber tenido más tiempo, le hubiese explicado que no, que técnicamente no la había elegido porque no había tenido otra opción, pero acababan de llegar junto a la mesa y todos los pares de ojos de sus ocupantes se habían fijado en él.

—Chicos, os presento a Do Kyungsoo, está con Baekhyun y conmigo en la clase de compatibilidad. Kyungsoo, éste es Park Chanyeol —Señaló al más alto y charlatán—, y éste es Oh Sehun —Señaló al alargado.

Todos lo saludaron y él les devolvió el saludo, algo cohibido con tanta gente. Jongin se sentó en el lado de la mesa en que estaban Chanyeol y Sehun, así que Kyungsoo se sentó justo enfrente, al lado de Baekhyun. Empezaron a hablar de asuntos triviales: las clases de ese día, el kimbap de la cafetería, el siguiente fin de semana…

Y, aunque prácticamente fuesen un grupo de desconocidos, Kyungsoo no se sintió aparte.

Había algo en ese grupo de aprendices que trataban de incluirlo en todas sus conversaciones que hacía que se sintiera sorprendentemente a gusto.

—Por cierto, Kyungsoo —le dijo Baekhyun de pronto—. ¿A que no sabes quién era Leurier?

Kyungsoo entrecerró los ojos mínimamente, reconociendo el reto en la pregunta, aparentemente inocente, pero que sin embargo había empezado con un a que no. Escuchó cómo Jongin se quejaba de fondo, reprochándole a Baekhyun que le preguntara cosas que sabía de sobra que nadie más conocía. Pero Kyungsoo había empezado a sonreír.

—El mago que descubrió la magia no gravitacional —contestó con sencillez. Todos se quedaron mirándolo—. Aunque solo un prototipo. Por eso todo el mérito se lo llevó Gerhard Dorn, que fue quien la terminó de desarrollar.

—Por Dios —susurró Chanyeol.

Kyungsoo se limitó a encoger los hombros.

—La historia de la magia renacentista es mi favorita —dijo a modo de explicación.

—Increíble —dijo Baekhyun—. Eres el primero que sabe contestarme a esa pregunta.

Su sonrisa era abierta y desinhibida. Radiante.

—Vamos, Baekhyun, en serio. ¿Quién más aparte de ti iba a saber sobre magos que no conocen ni en sus casas a la hora de comer? —dijo Chanyeol, exasperado.

—Kyungsoo también lo sabía, vuestro argumento es inválido —le replicó, desestimándolo con una mano.

Kyungsoo no podía negarlo: no se esperaba que Baekhyun, ese cachorro hiperactivo, tuviese también esa faceta. De algún modo, había cambiado la visión que tenía de él. Ahora le resultaba… intrigante. Había aprendido de la existencia de Leurier en una antología de magos del siglo XV y XVI, donde solo lo mencionaban en un fragmento puesto que había sido el mentor de Treviso, uno de los magos de espectro de vida más poderosos de la historia. Kyungsoo recordaba haber buscado su nombre en más libros de historia de la biblioteca y, al regresar a casa, había seguido la investigación en la red.

La intriga parecía mutua, a juzgar por cómo Baekhyun había empezado a mirarlo de reojo.

—En clase de compatibilidad no saliste a hacer la demostración —comentó, ahora mirándolo abiertamente. Sonrió con picardía—. ¿Miedo escénico?

—Podrías llamarlo así —se limitó a contestar. No era un tema del que estaba preparado para volver a hablar tan pronto. Su orgullo se lo impedía—. Pero tú tampoco saliste. ¿Cuál es tu espectro? —le preguntó, genuinamente curioso.

La sonrisa de Baekhyun se ensanchó, pero en ella Kyungsoo leyó algo más que en ese momento no supo identificar.

—Luz —contestó, simplemente.

Y Kyungsoo lo comprendió. Comprendió por qué no había querido salir delante, y por qué Junmyeon había dicho que en su caso entendía que no hubiese querido salir. Los magos con espectro de luz eran muy escasos. Pero no solo eso, y es que su fama les precedía: una de sus muchas habilidades natas era la creación de mirajes e ilusiones ópticas. Eran capaces de engañar al ojo humano, totalmente dependiente de la luz, con suma facilidad. Así pues, tenían fama de embaucadores y de gente en quien no se podía confiar.

—Y antes de que me lo preguntes, sí, ésta es mi apariencia de verdad, aunque cueste de creer. No es ninguna ilusión óptica, es solo que soy así de guapo de nacimiento —dijo, burlón, pesándose una mano por el pelo.

El resto rieron y Sehun le dio una palmada en la espalda.

—Te creo —dijo Kyungsoo, observando algo más en sus expresiones, en la tensión de sus músculos, como si fuese un tema algo delicado para Baekhyun, pese a que él tratara de restarle importancia con su actitud—. Los míos son agua y tierra —añadió, tratando de desviar el foco de atención.

Por segunda vez durante la corta hora de la comida, todos lo miraron. Le pareció que Sehun incluso tenía la boca entreabierta.

—Pues claro —dijo Baekhyun, con una mano en la frente—. Si es DO Kyungsoo. Su familia prácticamente respira magia.

—La existencia de personas así es totalmente injusta —dijo Jongin, sin dejar de mirarlo.

—Por eso nosotros meros mortales tratamos de graduarnos en una buena universidad —añadió Chanyeol.

Kyungsoo sonrió con pesar.

Por hoy lo dejaría ahí.



Cuando Kyungsoo volvió a su piso esa noche, lo recibió el olor característico de una de las muchas velas aromáticas de Jongdae. Dejó la mochila sobre la mesa de la cocina-comedor-sala multiusos, cargada con aún más libros de su corta pero intensa expedición de esa tarde en la biblioteca.

—¿Jongdae? —lo llamó, justo cuando éste se asomó por la puerta de su habitación.

—¡Aquí estás! Pensaba que hoy finalmente sí te habían devorado los libros de la biblioteca. Te prometo que más de uno tiene vida propia —dijo, con su sonrisa afectuosa.

—¿De qué es la vela de hoy? ¿Paraíso lapislázuli?

—Noche de verano —dijo, señalando una diminuta vela en la mesilla de té.

Kyungsoo se acercó.

—¿También has comprado pollo frito? —le preguntó al ver la caja justo al lado de la vela—. ¿Hoy es algún día especial? ¿Celebramos algo?

Jongdae y él a menudo pedían comida, como estudiantes de universidad que eran, pero desde los pocos días de conocerse habían acordado que el pollo frito merecía respeto y veneración por encima del resto de comidas para llevar.

—Cada día es tan especial como quieras que sea —dijo Jongdae, dejándose caer sobre el sofá—. Y como esta noche habrá tormenta eléctrica y en la tele dan Batman, hoy va a ser un día superespecial.

Kyungsoo sonrió, embriagado del buen humor y las buenas vibraciones que siempre parecía emitir Jongdae. Entonces, se fijó en algo.

—¿No has pedido más pollo de la cuenta? —le preguntó, abriendo la caja con cuidado—. ¿Viene algún invitado?

Jongdae se levantó y se dirigió hacia la cocina, abriendo la puerta de la pequeña nevera para sacar las bebidas.

—Ah, sí. Ya sabes, Ryuhwan, no tenía nada más que hacer así que le he dicho que se apuntase —comentó desinteresadamente, rascándose la nuca mientras evaluaba el contenido de la nevera.

Kyungsoo sabía por experiencia que, aparte de las conservas de raíces y ramas de baobab, dentro de la nevera no había nada interesante que requiriera tanta inspección por parte de Jongdae. Trató de esconder su sonrisa. No era la primera vez que su compañero de piso hablaba de esa forma tan intencionadamente desinteresada de Ryuhwan, pero no comentó nada. Jongdae ya encontraría el momento para hablar del tema.

Ryuhwan llegó a los pocos minutos, con sus ojos grandes y sonrisa alegre habitual.

—Mañana recuérdame que tengo que cambiar una asignatura —le dijo a Jongdae justo cuando se sentó a su lado en el sofá.

Estaban empezando a salir los créditos de la película de Batman. Se oyeron los truenos lejanos de una tormenta que aún estaba por venir.

—Vale —le dijo Jongdae, acomodando el otro lado del sofá para que se sentara Ryuhwan.

La película empezó al mismo tiempo que la lluvia.



Jongdae no se acordó de recordárselo.



Pero de todos modos, no había podido quitárselo de la cabeza.

—Buenos días, Kyungsoo —lo saludó Junmyeon a la siguiente clase de compatibilidad.

La tormenta de la noche había dado paso a un día radiante que se filtraba por los altos ventanales de la clase y convertía en oro las diminutas motas de polvo. Esa mañana Kyungsoo había salido a correr igual de pronto que el día anterior, esta vez con una pequeña toalla y con un reproductor de música, y aun así había llegado muy pronto a clase. Solo unos pocos aprendices merodeaban por el aula.

—He decidido que sí quiero —dijo con cuidado—, que me enseñes a ver la magia.

El profesor sonrió.

—No me esperaba menos de ti —dijo con honestidad—. ¿Qué tal te va esta tarde? Yo termino mi última clase a las cuatro.

—A las cuatro va bien —se apresuró a contestar.

—Estaré en mi despacho —dijo, justo antes de dirigirle su atención a otro aprendiz que también se había acercado a hablar con él.

Kyungsoo subió las escaleras hasta encontrar el mismo sitio de la semana pasada, donde se sentó y dejó la mochila a un lado. Sacó el libro de texto y su libreta de apuntes, respirando hondo para concienciarse mentalmente para esa clase que no le iba a resultar nada fácil.

—Buenos días, hyung. ¿Puedo sentarme contigo? —le preguntó una voz que había aprendido a reconocer.

—Jongin, claro, adelante —lo invitó, apartando la mochila.

Quizá no iba a ser una clase tan difícil al fin y al cabo.

—Buenas —dijo una voz igualmente reconocible, y Baekhyun apareció justo detrás de Jongin, con la misma expresión pícara que siempre, solo que con el pelo algo despeinado, como si no hubiese tenido tiempo de arreglarse antes de salir corriendo a clase.

Kyungsoo alargó una mano para arreglárselo desde su asiento, con el ceño fruncido. Baekhyun se limitó a mirarlo, desconcertado, hasta que lo entendió y también se arregló el flequillo. Satisfecho, Kyungsoo volvió a centrar su atención en la libreta de apuntes. De no haber sido así, sabía que no hubiese podido atender bien a clase.



Esta vez no hubo demostraciones en público, por lo que Kyungsoo podía considerar que la segunda clase había ido considerablemente mejor que la primera. Pese a que tan pronto como Junmyeon había sugerido que formaran grupos de tres aprendices para realizar los trabajos en grupo, los dos pares de ojos que tenía sentados al lado se habían clavado en los suyos y él no se había podido negar.

Pese a eso.



—¿Entonces quedamos esta tarde para el trabajo en grupo? —preguntó Baekhyun al terminar la clase.

—Yo tengo ensayo hasta las cuatro —dijo Jongin—. Pero luego estoy totalmente libre.

Kyungsoo titubeó.

—Yo... tengo una tutoría justo a las cuatro —explicó—. No sé cuándo va a terminar exactamente.

—Dame tú número, entonces —sugirió Baekhyun, sacando el móvil y entregándoselo—, y ya nos llamarás.

Así de fácil, así de simple. Sin complicaciones.

Kyungsoo cogió el móvil con ambas manos e introdujo su número.

Se separaron al salir de clase, cada uno con una destinación distinta pero con la promesa de volver a encontrarse más tarde. Kyungsoo tenía una notificación en el móvil de una perdida y una foránea sensación cálida en el pecho.



El despacho de Junmyeon era más caótico de lo que hubiese imaginado. Pese a que el joven profesor tuviese siempre una apariencia limpia y cuidada, su despacho parecía haber sido víctima de un huracán. O de un aprendiz de mago con espectro de viento que aún no supiese controlar bien su elemento. Eso tendría más sentido en realidad.

Unos grandes ventanales ocupaban la pared del fondo del despacho y los vidrios tintados de un color turquesa proyectaban una luz incitadora sobre la estancia. El resto de paredes estaban ocupadas por estanterías repletas de archivadores llenos de documentos y viejos volúmenes de enciclopedias que debía hacer años que estaban obsoletas. También había pequeñas macetas con cactus repartidas por las estanterías y un escritorio, que no era más que una réplica exacta de la mesa que Junmyeon tenía en la clase de compatibilidad: llena de documentos garabateados con prisas y despreocupación, y de pequeños frascos con distintas sustancias, la mayoría de las cuales Kyungsoo no sabría catalogar a primera vista.

—Puedes sentarte ahí —lo invitó Junmyeon, señalando la silla enfrente la mesa. Estaba arreglando el bebedero de una jaula de diminutos pájaros de colores dorados y anaranjados.

Kyungsoo obedeció y se sentó con cuidado, dejando la mochila a un lado y poniendo las manos sobre las rodillas. Junmyeon se sentó frente a él y lo miró a los ojos.

—Lo que vamos a hacer hoy es algo así como un ejercicio introspectivo —le contó, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas—. Quiero que trates de hacer magia mientras tratas de bloquear todo el ruido que añaden tus sentidos. Hasta que solo sientas la magia.

Fue entonces que se fijó en el objeto que ocupaba el puesto central entre el caos del escritorio. Se trataba de un cubo de cristal transparente con distintos compartimentos en su interior, como un cubo de rubik, dentro de los cuales había diversas sustancias, todas ellas relacionadas con alguno de los ocho espectros. Era el mismo cubo de rubik que usaban los niños cuando trataban de descubrir a qué espectros eran más afines.

—Primero cógelo, cierra los ojos y familiarízate con su forma y su tacto —le dijo. Kyungsoo respiró hondo, cogió el aparentemente frágil objeto y cerró los ojos. Pasó los dedos por cada hendidura, cada costado y cada panel de cristal, descubriendo sus ángulos e imperfecciones, memorizando la textura del material y la sensación sobre la yema de los dedos—. Y ahora, quiero que hagas pequeños hechizos, como más sencillos mejor, tan solo para que aprendas a sentir el flujo de la magia, cómo te atraviesa el cuerpo y cómo la transformas y transmites.

—Si suena como algo tan fácil de hacer es que tiene que ser difícil —dijo Kyungsoo, aún sin abrir los ojos, frunciendo el ceño.

Junmyeon rio.

—Aunque no lo parezca, lo es. Somos seres acostumbrados a usar magia prácticamente desde que nacemos, nos es tan fácil como el respirar. Pero sentirla es una sensibilidad que debe desarrollarse con dos cosas que no todos los magos tienen.

Kyungsoo abrió un solo ojo para estudiar la expresión de Junmyeon, que lo observaba con atención.

—Tiempo y paciencia.



Esa tarde salió del despacho de Junmyeon sin haber conseguido mucho, mas con la satisfactoria sensación de saber que estaba haciendo algo, que estaba tratando de mejorar y la resolución de seguir adelante.