Work Text:
Suspiró mientras los intensos rayos de sol se filtraban entre las hojas del árbol bajo el que estaba sentado, lejos del bullicio de la Ciudad de Sumeru pero no lo suficiente como para que las voces de la gente dejaran de escucharse; eran más como un ruido de fondo.
Y, bueno, Sethos llegaba tarde.
Decidió esperar un poco más porque definitivamente era raro que no estuviera allí puntual. Casi siempre solían verse a la misma hora en el mismo punto cuando ambos habían acabado de hacer sus respectivas tareas. ¿Era algo que habían pactado? Realmente no, más bien fue algo que empezaron a hacer poco a poco y que había terminado por volverse rutina.
Wanderer se recostó hacia atrás en la hierba y se colocó su sombrero sobre el rostro, cubriéndose mejor de esos traviesos rayos de sol que se acercaban cada vez más al horizonte conforme pasaban los minutos.
No supo cuánto tiempo pasó entre el momento en el que se acostó y antes de que desapareciera de pronto el peso del sombrero de su cara.
—¡Hola, Kasacchi!
Reconoció esa cálida voz al momento y abrió los ojos para verle, incorporándose y devolviendo el saludo. Sethos mostraba una sonrisa acompañada de un gesto de silenciosa disculpa, pero en todo su rostro no era capaz de disimular el cansancio del día.
—Llego tarde, ¿verdad? ¿Cuánto rato llevas aquí?
—No mucho –mintió Wanderer, tomando de vuelta su sombrero y acomodándolo contra el tronco del árbol a su lado mientras Sethos se dejaba caer junto a él en lado contrario.
No tardó en ser ahora el castaño el que se tumbara hacia atrás. Había sido un día duro para él, pero por fin había llegado su momento favorito del día.
Era como ponerle el broche final a un traje, la guinda del pastel, como encontrar un oasis en mitad del cálido desierto, el momento en que Wanderer y Sethos se juntaban unas veces para hablar y otras muchas para descansar.
Aquel día parecía que iba a ser uno de los segundos. Wanderer había empezado a hablar, contando un poco de todo y quejándose de un poco más. Al principio recibió respuestas atentas, hasta que poco a poco éstas bajaron de frecuencia hasta desaparecer. Extrañado giró la cabeza hacia el moreno quien, efectivamente, se había quedado dormido junto a él.
Haber terminado por fin de todos sus recados había hecho que se relajara, y si a eso le sumabas la voz del Wanderer hablando (estaba prestándole atención, jurado), era como si de pronto se sintiera como un niño al que le estaban contando un cuento para dormir.
El rostro de Sethos, previamente agotado, ahora se veía tranquilo, levemente iluminado aún bajo la sombra. Obviamente Wanderer no iba a despertarlo, así que con sumo cuidado le movió un poco el brazo, sacando la parte de su traje que había pillado sin querer al tumbarse y que ahora le impedía moverse bien para poder recostarse de nuevo él también.
Cerró los ojos. Podía no dormirse, no solía hacerlo, pero el calor se sentía agradable y la compañía de Sethos era reconfortante, así que se dejó llevar por aquel breve momento de paz.
De todas maneras, ya ninguno de los dos tenía prisa en lo que quedaba de día, así que, ¿qué mejor que parar y disfrutar de aquel pequeño oasis?
