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La primera vez que sucede para Armando pasa totalmente desapercibido pues se están despidiendo y no puede prestar más atención al detalle que a los papeles de la nueva colección que tiene enfrente.
—Bueno así quedamos.
—Así quedamos pues, váyase con cuidado. Juicioso.
—Siempre, chao.
Mario le da un beso bastante cerca pero sin llegar a los labios, y luego sale corriendo a su pendiente.
La segunda vez, Armando lo nota pero hasta cierto punto le parece normal.
Porque sucede coincidencialmente cuando están en su sesión de coqueteo descarado en la oficina, en dónde Armando está sentado sobre su escritorio y Mario se va acercando cada vez más de la cuenta.
—Entonces le gusta mucho mi corbata.
—Sí, mire que le ilumina esos ojos…
Mario sonríe con picardía mientras le dobla la corbata desde abajo y con cada dobles se acerca más.
Armando ríe bajo —ah me ilumina los ojos y puede verlo a través de las gafas, no se vaya a quemar.
—Mmm, no sabe a lo que estoy dispuesto por usted.
Armando arquea una ceja frente al comentario, Mario acaricia su barbilla y él lo atrae a centímetros de su cara con una mano en su nuca.
—Su labia me da miedo —le susurra muy cerca de los labios.
Y Mario sonríe divertido —no es labia, presidente… es nada más la verdad.
—Mhm.
Lo mira entrecerrando los ojos tan incrédulo que lo hace carcajear, y está tan cerca de besarlo, cuando el sonido de la manija de la puerta no le permite más que llegar a unos centímetros debajo de la comisura de su boca antes de que la puerta se abra por completo y el otro haya tomado su distancia.
—¡¿Qué?! —le pregunta casi en un grito frustrado a Marcela quien acababa de entrar.
—Uy, qué humorcito —ella lo mira indignada y se cruza de brazos— perdón si los interrumpí en alguna de sus actividades tan importantes, pero te necesitan en producción.
Mario mira la escena bastante entretenido y le da una palmada suave sobre el hombro a Armando —bueno, esa es mi señal para volver a trabajar, lo veo después —camina a la puerta por la que entró Marcela y le da un beso en la mejilla a la mujer— no te dejes, princesa.
Armando voltea los ojos viéndolo partir y se levanta del escritorio derrotado.
—Vamos a producción —dice más calmado.
Para la tercer ocasión, Armando lo nota pero intenta no tomárselo personal, tal vez solo era consecuencia del cansancio.
Recostados en su cama cubiertos nada más que por una sábana luego de que realizaron su debida limpieza exprés, Armando se da media vuelta quedando frente a él.
—¿Qué?, ¿valió la pena la espera o no? —le pregunta Mario sonriendo y le pasa una mano por el cabello.
—Todavía lo estoy decidiendo —le responde Armando bromeando en voz baja y acerca sus labios a darle besos en el hombro.
—Mmm, ¿me dejará saber cuando se haga una opinión?.
Armando sube los besos a sus labios y sonríe contra ellos —como si alguna vez me hubiera guardado algo… sí valió totalmente la pena, Calderón, pero aún así aprovecharé cada ocasión que se me presente en la oficina.
Mario ríe bajo y asiente —ya lo sé, ya lo sé, la próxima podría probar ponerle seguro a la puerta así nos ahorramos que alguien nos interrumpa, ¿qué dice?.
—¿Y dónde queda lo divertido en eso?
—Es un adicto a la adrenalina, pero luego se queja si nos dejan en pleno comienzo ¿quién lo entiende? —le sonríe Mario contra sus labios y Armando hace un pequeño puchero.
—Está bien, voy a pensarlo, hombre —Armando se recuesta de nuevo en su lugar y pega un pequeño bostezo— mm, gracias por esta noche como sea, descanse.
—Descanse, muñeco.
Armando lo ve acercarse, y vergonzosamente con el primer movimiento que percibe se dirige hacía él ya se siente impaciente por recibir otro beso, solo para enseguida llevarse una leve decepción cuando los labios de Mario no tocan más que un poco arriba de su barbilla, y vuelve a recostarse con los ojos cerrados.
Dejándolo reflexionando en el silencio y la oscuridad de su cuarto.
Al día siguiente vuelve a ocurrir con toda la deliberación, y Armando lo comprueba porque hasta entonces creía se lo había estado inventando.
Para la hora del almuerzo Armando se tomó 1 hora antes para tener tiempo de llegar a su casa y organizar algo diferente (especial) para cuando Mario lo acompañara.
Pidió su comida favorita, colocó los platos y cubiertos en la mesa de manera elegante y para cubrir la cuota de romanticismo obligatoria tratándose de Mario Calderón, le compró un ramo de tulipanes bastante bonito pero discreto.
Que apenas ve al entrar lo hace sonreír como le encanta a Armando, con ambas cejas levantadas, labios apretados y sus hoyuelos tan marcados que podría pasar el día en ellos. Es una sonrisa de sorpresa e incredulidad que jamás admitirá en voz alta pero adora.
—¿Y eso? —Mario termina de dejar su maletín en el sofá y se acerca a abrazar a Armando con fuerza, hundiendo su cara contra su cuello— ¿este es todo el misterio que se traía?
—Uhum —Armando le da un beso en la cabeza— ¿le gusta?.
Mario se separa suavemente sin apartar una mano de su espalda y asiente mucho viendo la mesa a detalle.
—Se lució, mi querido, ¿pero puedo preguntar si hay algún motivo en especial? porque si se me olvidó mi propio cumpleaños o la fecha en la que empezamos a salir hace 3 meses, me voy a preocupar.
Armando ríe bajo y lo empuja suavemente con su hombro —no es su cumpleaños, ni nada de eso, siéntese ande, solo quería hacer algo especial ya que hemos estado tan atareados los dos y apenas ayer tuvimos algo de tiempo juntos.
—Es un encanto —Mario toma asiento seguido por él y abre el paquete de comida— mmm salmón en salsa de limón, y mariscos, usted quiere llevarme a la cama.
Armando suelta una carcajada y come un bocado de su comida —¿esa es su conclusión?
—No, es mi esperanza —le sonríe Mario divertido y toma su mano sobre la mesa para comenzar a comer también— gracias por todo esto, valió cada segundo del interrogatorio enorme que me tragué hace rato con la Fernández, parece que extrañó a todos con su salida temprano.
—¿En serio?, ¿qué le preguntó?.
—Estaba bastante convencida de que terminamos, o que yo le había hecho algo —Mario come un poco más y limpia su boca con la servilleta— pues le dije que no que yo supiera.
Armando ríe y luego come —son muy chismosos por allá, son imposibles.
—Mhm, somos la novedad, déjelos hablar lo que quieran.
Mario le acaricia la mano con la yema de su pulgar y Armando sonríe un poco.
—Lo quiero.
—Y yo a usted.
Ambos siguen comiendo junto a una conversación amena, de todo un poco, para cuando les dan los 40 minutos el reloj de Mario comienza a pitar y ahí ambos se apuran a terminar.
—Yo recojo aquí, no se preocupe —dice Mario levantándose con ambos platos vacíos en las manos mientras Armando le agradece y va al baño a lavar su boca.
—Estoy a nada de dictar una extensión en el almuerzo así no nos tenemos que apurar siempre —dice secándose la boca.
Mario termina de limpiar la mesa y le sonríe divertido —uhm, una hora más nos daría tiempo de muchas cosas, piénselo bien…
—Ajá, yo sé… le daría tiempo para estacionarse como se debe al regresar por ejemplo.
—¿Y quitarle el trabajo a Wilson? —Mario chasquea la lengua tres veces y niega— no sea egoísta, Armando.
Dice bromeando y es su turno de lavarse la boca y las manos para volver con él a tomar sus cosas.
—¿Nos vamos? puedo irme en su carro si de verdad tiene ganas de presumir su talento nato de conducción.
—Vamos —Armando rueda los ojos y camina a la puerta— espere, ¿le gustaron las flores?.
—¿Está bromeando?, no podía quitarles los ojos de encima, están preciosas, excelente elección, muy romántico de su parte.
Mario lo detiene antes de salir abrazándolo por la espalda y ahí está, lo que Armando había estado esperando: está por besarlo, pero sus labios no se tocan, Mario solo deja la huella de sus labios sobre su mentón del lado izquierdo y luego lo suelta con delicadeza para caminar con él afuera.
Armando frunce el ceño y lo sigue totalmente confundido, porque con ese ya habían sido más de un beso en la boca evadido, se lleva la mano frente a él y discretamente intenta oler su propio aliento, que objetivamente está decente, se había lavado los dientes antes de salir.
—¿Armando? —Mario lo saca de su embrollo mental y se resigna a averiguar que sucede en otro momento.
—Perdón estaba pensando en lo que tengo que hacer al llegar a la oficina, dele, ya puede subir.
Le dice después de abrir el carro y como una última prueba aquel día, lo jala de las solapas cuando está por ponerse el cinturón de seguridad para besarlo lentamente.
Mario aunque tomado por sorpresa corresponde sin pensarlo y ríe bajo contra sus labios.
—Mhm, ¿le hicieron de afrodisíacos los mariscos o qué, tigre? —murmura contra sus labios y aprovechando le muerde el labio inferior, Armando da un pequeño salto por lo inesperado y le pone las manos en el pecho mientras se separa suavemente.
—Algo así… —Armando lo mira sonrojado y rápido vuelve su mirada al frente mientras se coloca el cinturón.
Entonces no estaba renuente a besarlo, ¿o sí?.
Bueno, solo le hace falta un desaire más a Armando para poder hacerle frente; y honestamente ocurre en el peor momento.
Había llegado la segunda junta directiva del año, lo que suponía un día tenso y pesado para Armando, sobre todo cuando Daniel Valencia iba malhumorado y empeñado en sacarlo de quicio.
—Es que si todo va tan bien como dices, no veo porqué negarse a una auditoría bimestral —le repite Valencia y Armando se levanta de su asiento exaltado.
—Es que no tiene ningún sentido, quieres venir a imponer cualquier tipo de control porque no me soportas y ya, nada tiene que ver si tienes dudas o no en cuanto a mi administración porque respondo a cada una de ellas en las juntas, ahí tiene el informe, deje de joder, hermano.
—Armando —exclama su mamá mortificada ante su duro comentario.
Y Daniel se levanta también para reír irónicamente —por favor, como si no tuvieras el tiempo suficiente de junta a junta para poder inventarte el discurso en turno para tranquilizar al comité —señala a las personas de la junta.
Mario solo mira y escucha todo desde su lugar, sabiendo que si se metiera no serviría de nada más que para echar leña al fuego, y en ese momento no era necesario.
—¿Inventar?, ¡¿inventar?!, bueno sí tiene alguna acusación puntual hágala, hombre, hágala directo y ya, no se ande con tonterías, ¿quiere saber si los números ahí son de verdad o no? le traigo todos los recibos, todo y usted hace el próximo informe mejor, solo así creería o más bien, se inventaría una tragedia inexistente.
—Pues sí, traiga todas las facturas, lo que sea, ¡ridículo!.
—¡Basta! —Roberto interviene vociferando y alza ambos brazos a cada lado— ya estuvo bien los dos… no puedo creer que no haya una junta en la que no se pongan a los gritos, parecen niños. Daniel, Armando tiene razón, mientras nos siga dando cuentas claras cada junta no hay razones reales para dudar.
Daniel se cruza de brazos —pero si está tan tranquilo ¿en qué le molesta la idea de una auditoría?.
—No me saque de contexto, no me molesta, me indigna, porque es obvio lo que quiere implicar con eso.
Roberto escucha con atención a ambos y suspira —Daniel… no vamos a auditar a Armando a menos que, nuevamente: nos de una razón, ya fue suficiente, los resultados han sido claros y firmes, creo que hasta aquí ha llegado la junta ¿no? —pregunta mirando a Armando, y este asiente nada más, cansado.
—Al fin —murmura Hugo tallando su cara y sonríe poniéndose de pie— ya sé, aprovechando que están aquí Roberto y Margarita los invito a que vean los últimos diseños en los que he estado trabajando, ¿vienen?.
—Ay, sí, Hugo, estaría excelente, ¿Daniel vienes?.
Margarita logra convencerlo al final y junto a ellos, Roberto, Marcela y Gutiérrez salen de la sala de juntas, Armando promete seguirlos pronto, y Mario, obviamente se excusa para poder quedarse con él cuando se vacía el lugar.
Armando está en su asiento con las manos en la cabeza, y sin los lentes.
—Ya se acabó, ya… —Mario se acerca lentamente y se sienta sobre la larga mesa justo frente a Armando, este entonces se acerca y posa su frente contra el abdomen de Mario, mientras el mismo le acaricia el cabello tratando de reconfortarlo— ese tipo si venía con unas ganas de fregar hoy…
—Mhm, ¿cuándo no? —Armando ríe bajo y alza la cabeza, intercambiando la frente por su barbilla mientras ve arriba la cara de Mario— pero creo que salió bien, ¿usted qué dice?.
Armando pregunta en un murmuro débil, y Mario se inclina más cerca —¿bien? acabó con ellos.
Armando sonríe de lado, se coloca las gafas y toma de la cintura a Mario con firmeza.
—¿No deberíamos ir al showroom con ellos? —pregunta el castaño entre risas.
—Pueden esperar —Armando se levanta de la silla y cuando Mario abre las piernas dándole espacio no duda ni un segundo en acomodarse allí, atrayéndolo más de su agarre en la cintura.
—Usted no, por lo que veo —Mario dice bromeando.
—¿Me puede culpar?.
Mario niega con una sonrisa y se acerca a él, Armando cierra los ojos al sentir su respiración tan cerca de él y las manos del contrario sobando su espalda.
Pero así como llegó la expectativa y la ansiedad: así se fue, su concentración se perdió de inmediato cuando el primer beso que Mario le dió, esquivó nuevamente sus labios, y los siguientes a ese fueron directos a su cuello y mandíbula.
—Mhm, espere, espere —Armando se relame los labios y con toda su voluntad toma su distancia de Mario, cruzándose de brazos.
—¿Qué pasa?, ¿está bien? —Mario frunce el ceño y mira a la puerta de la sala cerciorándose no se trate de una intromisión.
—Mario, ¿recuerda que quedamos en que esto solo funcionaría si ambos éramos totalmente honestos? —pregunta Armando con seriedad y Mario asiente con ambas cejas arqueadas confundido— y que si alguno quería terminarlo entonces íbamos a hablarlo antes de arruinar nuestra amistad…
—Oh, uh… —Mario ríe nervioso y se rasca la nuca— usted queriéndome terminar y yo besándolo aquí, me hubiera detenido desde antes, hombre, qué pena, Armando no… no tenía ni idea.
—¿Qué? —Armando pregunta confundido.
—¿Qué? —Repite Mario igual.
—Yo no lo voy a terminar, usted me va a terminar.
—¿Qué? —Mario repite en alto y frunce el ceño totalmente desconcertado— a ver, no entiendo ¿por qué quiere que yo lo termine?.
—Yo no quiero que usted me termine, usted es él que ya se cansó de mi, ¿no?, o ya tiene a otro, no sé… mire que está bien pero hay que ser sinceros, Calderón.
Mario vuelve a rascar su nuca y se cruza de brazos —no, pero es que le juro que ahora sí estoy perdidisimo, yo no me he cansado de usted… y si tengo a otro pues dígame quién, como quien dice: presente, porque no sé a qué se refiere, ¿por qué piensa eso?.
El confundido ahora es Armando, que toma asiento en su silla y respira hondo.
—Bueno, solo asumo que si ya no le gusta besarme, lo obvio es o que se cansó de esto o-
Mario suelta una gran carcajada y se levanta del escritorio, poniéndose a su altura de cuclillas frente a él.
—¿Que no me gusta besarlo?, ¿no es lo que estaba haciendo antes de todo este enredo?.
—Béseme entonces —Armando lo mira a los ojos y cuando Mario se abalanza primero poniendo sus labios en el mismo desesperante lugar, antes que en su boca lo aparta con cuidado del pecho— ¿ve?, y dice que no.
Mario vuelve a fruncir el ceño y lo toma de la cara para finalmente besarlo en los labios, con toda la intensidad contenida para demostrarle su necesidad.
Armando corresponde de la misma manera, como desesperado, y sube las manos a su nuca acercándolo más, haciéndolo tambalearse al frente.
—Espere, espere, cariño, me va a tirar —ríe Mario contra sus labios y se toma de los brazos de la silla en la que está Armando para no perder el balance.
Armando se separa de él apenas unos centímetros para tomar aire, sin despegar sus frentes y ríe bajo viendo a Mario bien sostenido.
—¿Ya me cree que me encanta besarlo?, ¿por qué se creyó esa locura para empezar?.
Pregunta tratando de recuperar el aire y Armando suspira —porque van varios días que no lo hace, al menos usted a mí en la boca no, siempre era el de la iniciativa yo o si me besaba era en la barbilla, no sé.
Mario se queda en silencio unos segundos y lo admira con atención.
—¿En la barbilla?.
—Ajá, o bueno, no llegaba ni a la comisura no sé si es que no le atinaba o cree que es más cursi…
Mario entonces ríe, con fuerza y para largo, dejándolo confundido y ciertamente indignado.
—¿Qué?, ¿ya se acordó o qué?
—No le besaba la barbilla, Armando —Mario sigue riendo y le toma la cara entre las manos acercando su boca hasta unos milímetros debajo de su labio inferior— ahí…
—Sí —Armando respira hondo y coloca su mano en la mejilla de Mario acariciando lentamente, al ritmo que el contrario da un beso largo y húmedo contra su piel— ¿por qué? —pregunta en un suspiro.
—Averigüelo —le susurra al oído y se levanta con una sonrisa arrogante— yo debo irme a trabajar. Y a usted tal vez todavía lo esperen en el showroom, ¿me parece?.
Le guiña un ojo y entra a su oficina cerrando directamente desde la sala de juntas.
Bueno, ahora si bien sabía que Mario no estaba harto de él, y que de hecho no le molesta besarlo —porque se lo demostró de una manera donde no había cabida a dudas—, lo había dejado todavía con la duda de por qué los besos ahí, y como si no fuera suficiente: con unas ganas insoportables.
Así no había manera que Armando se atreviera a poner un pie en el showroom, por lo que antes decide tomar el camino de la sala de juntas hasta presidencia y ahí se mete a su baño particular, para lavarse la cara, hace una cuna en sus manos para después echar el agua en su cara y tallarla delicadamente con los ojos cerrados.
Finalmente toma la pequeña toalla que cuelga y se la pasa por el rostro secándose más calmado, y ahí, en ese momento tiene su tan esperada revelación.
No puede esperar más, necesita saber si se trata de lo que piensa, avienta la toalla sobre el lavabo y vuelve por el mismo atajo hasta la puerta de Mario.
El castaño está demasiado concentrado pasando una información a la computadora cuando escucha la puerta abrirse y a Armando apuntando con el dedo de manera acusatoria.
—El lunar. ¿Me estuvo besando el lunar todo este tiempo? —repite cuestionándolo.
Mario levanta la mirada del monitor y sonríe sorprendido.
—No pensé que lo descubriera tan rapido. Sí.
Responde despreocupado y Armando frunce el ceño.
—Hubo una noche, creo que el fin de semana que cuando estaba sobre mí lo ví de cerca, puede que me haya obsesionado un poco, se le ve… muy sensual. No podía dejar de verlo y querer besarlo, lamerlo.
Mario se encoge de hombros.
—De haber sabido que lo iba a enloquecer así… lo hubiera hecho de todos modos —dice burlón y está por volver a teclear como si nada cuando Armando rodea el escritorio y empuja su silla ejecutiva haciéndolo abrir espacio para ponerse de frente a él e inclinarse.
—¿Oh, se obsesionó con mi lunar y prefiere volverme loco que decírmelo?, es un sádico, y peor: un masoquista, lo habría dejado hacer lo que quisiera de haberme contado —le susurra cerca de su oído y se aleja un poco para poder verlo a los ojos— vea, todavía podría… a menos que prefiera seguir viéndome perder la cabeza.
Mario relame sus labios viéndolo —creo… creo que sí prefiero escuchar su propuesta.
Armando sonríe triunfal y apenas da un paso atrás, Mario lo detiene con firmeza por la muñeca.
—¿Qué? nada más voy a poner seguro a las puertas, no queremos que nos interrumpan.
Mario arquea una ceja dudando, pero respira hondo y lo suelta cuando Armando alza su mano en forma de promesa.
—No se preocupe que ambos ya sufrimos lo suficiente.
Armando pone los seguros y le sonríe arrodillándose frente a su silla.
Mario le corresponde con una sonrisa ladina y vuelve a sostener su cara entre sus manos, presionando un delicado beso contra el mentado lunar para empezar.
