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Multi sabía poco o casi nada sobre Aldo. Al principio solo rumores que habían llegado hasta sus oídos, sobre cómo él en su momento Generalísimo del norte se había entregado a la Federación, historia que no le interesaba en lo más mínimo.
Alguna mirada, una sonrisa fugaz, un asentimiento cortés cuando sus caminos se cruzaban. Nada que, en cualquier otra circunstancia, hubiera bastado para que Multi le dedicará una segunda mirada.
Pero Aldo era distinto.
Había algo en él que lo hacía un espécimen raro, casi fascinante. Y para un científico como Multi, los especímenes raros eran imposibles de ignorar.
Sus primeras dos reuniones oficiales, destinadas a acentuar las bases de su alianza, solo avivaron ese interés. Descubrió que, más allá de compartir un odio visceral hacia el Régimen y su líder, Aldo poseía una lealtad feroz, casi obsesiva. Bastaba observar su relación con Roier, para entender que aquel hombre sería capaz de reducir el mundo a escombros por quienes amaba.
Y para multi, que recientemente había acumulado traiciones y abandonos, se había vuelto -aunque odiaba admitirlo en voz alta- vulnerable.
Quizá por eso prolongó deliberadamente cada encuentro antes de formalizar cualquier trato.
Y eso los había llevado al presente.
Aldo observaba con evidente admiración las instalaciones del reactor. Sus ojos recorrían los gigantescos conductos, los paneles luminosos y el corazón palpitante de energía con una mezcla de asombro y respeto. Era claro que deseaba explorar, pero se mantenía deliberadamente al margen, manos entrelazadas detrás de la espalda, como si temiera profanar su lugar sagrado.
Multi sonrió para sí mismo, complacido.
Le encantaba esa cualidad suya: esa forma de demostrar respeto sin necesidad de palabras.
—Entonces, Doc ¿Tenemos un trato?
La voz de Aldo sonó sospechosamente impaciente.
Multi parpadeó, saliendo de golpe de su monólogo. Se había perdido demasiado en sus propios pensamientos. Su mirada volvió a enfocarse en el moreno, que ahora se recostaba cómodamente sobre las vigas metálicas, cruzado de brazos sobre el pecho en una pose relajada y peligrosamente atractiva.
Tragó saliva.
Aldo era jodidamente atractivo, aún más con ese aire rebelde que parecía llevar tatuado. La luz fría ayudaba a resaltar sus rasgos fuertes y la leve curva arrogante de su sonrisa.
Multi recordó su primer encuentro. Esa noche, probaron junto a Ewroon y Roier ese nuevo modelo de carro patrocinado por Mango. Aldo había sido inusualmente amable, dispuesto a sacrificar su propia diversión por él sin dudarlo. Aquel gesto había provocado un escalofrío extraño en su cuerpo, y la cercanía del híbrido…ese calor embriagador que emanaba de él, tan opuesto a su propia temperatura anormalmente fría, había despertado una necesidad casi desesperada de acercarse, de frotarse contra él, hasta perder la razón.
Y ahora, con Aldo tan cerca nuevamente, esa necesidad regresaba con fuerza, arrastrando una sequedad absurda, haciendo que su cabeza diera vueltas.
—uh…sí, por supuesto —respondió torpemente, llevándose una mano a la sien para masajearla, intentando disimular el repentino malestar —Tenemos un trato.
Aldo noto el cambio al instante. Enderezó su postura y extendió una mano en su dirección, sin llegar a tocarlo todavía.
—¿Doc? ¿Todo bien? Te ves…
—no es nada…solo dame un minuto, yo…—Multi no alcanzó a terminar la frase. Sus piernas flaquearon y el mundo se inclinó bajo sus pies. Maldijo internamente mientras la gravedad lo reclamaba.
Pero nunca llegó a tocar el suelo.
Un par de brazos fuertes lo rodearon con brusquedad, deteniendo su caída en seco. El impacto repentino de un cuerpo cálido contra el suyo fue abrumador.
Intentó enfocar la mirada, pero las punzadas en su cabeza habían nublado su visión. Sintió cómo Aldo le retiraba la mascarilla con una delicadeza inesperada. Las manos ásperas del híbrido rozaron su rostro, provocando una sensación cosquillosa que, lejos de molestarle, le gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Doc, ¿me escuchas? ¿Qué te ocurre?
Multi paso saliva con dificultad. La sed le ardía en su garganta, seca y exigente por alivio. Lo único que deseaba en ese momento era hundirse más profundamente en el calor que emanaba el cuerpo de Aldo, dejarse envolver hasta que el frío desapareciera.
—Yo…tengo mucha sed…—murmuró con voz ronca y quebrada.
En medio de la neblina, su mente recordó lo obvio: no había bebido sangre en demasiado tiempo. Aquel descuidó le estaba pasando factura.
Casi por instinto, su mano temblorosa se deslizó a uno de los bolsillos de su cinturón, buscando el frasco que siempre guardaba allí. Un gimoteo resignado escapó de sus labios al darse cuenta que estaba vacío.
Había sido demasiado obvio. Quackity, quien había sido su proveedor voluntario en estos últimos meses, había decidido inesperadamente irse por un tiempo indefinido. Incluso había sido generoso al dejarle algunas reservas, pero esas reservas se habían agotado hacía días. Y multi, inmerso en sus propios asuntos, había ignorado las señales constantes que su cuerpo le transmitía.
Aldo acomodó su cuerpo con facilidad, cargando todo el peso de multi contra sí. Con cuidado, dejó que su cabeza descansara en el hueco entre su cuello y hombro.
Grave error.
El aroma cálido de su piel golpeó los sentidos de multi, dejando que un deseó tomara el control antes de siquiera luchar por autocontrol. Sus colmillos se extendieron al instante, afilados y palpitantes, ansiosos por perforar y beber.
Con un impulso, volcó todo su peso contra el de Aldo y, con una fuerza que ni él mismo era consciente, lo derribó hacia el suelo.
Aldo gruñó al impactar contra el frío metal, su espalda golpeó con dureza las placas. Aún así, sus brazos no soltaron a Multi ni un segundo. Sus manos se aferraron a su cintura, protegiéndolo instintivamente para que no se lastimara por la caída.
—Doc…—murmuró, la voz baja y ronca, más preocupada que alarmada.
Pero Multi ya no lo escuchaba. Solo podía sentir el latido fuerte y constante del pulso bajo la piel, el calor embriagador que emanaba su cuerpo, y la sed que le quemaba la garganta como ácido.
En un intento por llamar su atención, Aldo intentó sujetarlo por los hombros, un intento inútil. Multi fue más rápido: le atrapó las muñecas con fuerza y las presionó contra las placas del suelo, inmovilizando su cuerpo por completo.
Aldo gruñó, sintiendo cómo el cuerpo encima suyo se apretaba aún más contra el suyo, casi restregándose con una necesidad desesperada. La respiración agitada y caliente del científico contra su cuello le provocaba escalofríos.
Multi separó los labios, dejando que sus colmillos se vean bajo la luz artificial. Aldo comprendió entonces lo que estaba ocurriendo. Frunciendo el ceño, tenso su cuerpo.
—¡Multi!
El sonido de su propio nombre actuó como si hubieran tirado agua fría en su rostro. La realidad golpeó a Multi repentinamente. Horrorizado por lo que estaba a punto de hacer, se apartó con brusquedad, cubriéndose la boca con ambas manos. Su pecho subía y bajaba con violencia.
Tenía las mejillas ardientes de vergüenza. Apartó la mirada, deseando que el suelo se abriera y lo tragara para siempre mientras susurraba disculpas en polaco por los nervios.
Aunque no podía ver los ojos de Aldo por sus gafas oscuras, pero sentía su mirada ardiente sobre la piel. Esa intensidad solo consiguió que la vergüenza le quemará aún más las mejillas.
—Por favor…olvida esto —murmuró, intentando incorporarse. Su cuerpo, sin embargo, parecía traicionarlo; se resistía a abandonar el calor que emanaba el contrario.
Antes de que pudiera levantarse del todo, la mano firme de Aldo se cerró sobre su cadera, obligándolo a volver a sentarse sobre su pelvis.
Multi quiso protestar, pero Aldo fue más rápido. Sus dedos se envolvieron alrededor de su cuello, ejerciendo una presión controlada: lo suficiente para dominarlo. Lo atrajo hacía sí hasta que sus rostros quedaron a solo un par de centímetros.
—¿Tan necesitado estás, Doc?—preguntó con voz ronca y baja, casi un gruñido una sonrisa arrogante y peligrosa curvo sus labios.
Aldo inclinó ligeramente la cabeza, exponiendo de nuevo el lado de su cuello. La piel morena quedó completamente vulnerable.
—Vamos —susurro, desafiante— Toma todo lo que necesites.
Multi quiso negarse. Quiso recuperar un resto de dignidad, forcejear, alejarse…Pero en cuanto esa piel quedó expuesta, sus colmillos, que se habían retraído con dificultad, volvieron a descender. El hambre lo atravesó como una ola, borrando cualquier pensamiento coherente.
Tal como un animal desesperado, Multi se lanzó hacia adelante, clavando sus colmillos sin contenerse.
Aldo gruñó bajo, permitiendo beber. Su mano grande ascendió por la nuca del otro, enredando los dedos entre sus rastas oscuras y presionó su cabeza con firmeza contra su cuello. Un quejido ahogado escapó de la garganta de Multi, vibrando contra su piel.
Los colmillos se hundieron más profundo en la carne con avidez. La sangre caliente inundó su boca, dulce y espesa, despertando un placer casi salvaje. En medio de esa neblina roja, Multi se volvió más audaz. Sus caderas se movieron con lentitud, restregándose contra la pelvis de Aldo, sintiendo cómo el cuerpo del moreno reaccionaba bajo él: la respiración cada vez más pesada y el agarre más posesivo, sus músculos tensandose bajo su tacto.
Cuando por fin se sintió saciado, retiró los colmillos con lentitud perezosa. Se apartó apenas lo suficiente para relamer sus labios, dejando una fina y provocadora línea de sangre que resbalaba desde la comisura hasta la barbilla. Luego levantó la mirada.
Aldo lo observaba con los ojos entreabiertos, el rostro enrojecido y la respiración agitada. Multi estaba seguro que su expresión no era muy distinta.
No hicieron falta palabras. Una solo mirada a los labios del otro basto.
Se encontraron en un beso feroz, húmedo y profundo. Lenguas enredándose, sangre mezclándose en un sabor metálico y adictivo. Gruñeron al mismo tiempo cuando los colmillos rozaron la piel sensible, pero ninguno se apartó. Al contrario, se apretaron más, como si desearan devorarse hasta que sean uno.
Cuando por fin se separaron, ambos jadearon. Una fina capa de sudor brillaba en sus pieles, y el calor entre sus cuerpos era sofocante.
—¿Satisfecho, doctor? —susurró Aldo contra sus labios, con una voz ronca y baja que hizo temblar a Multi.
El solo pudo asentir obediente, aún tembloroso mientras se perdía en la mirada oscura del moreno.
