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Ser parte de la realeza nunca ha sido algo fácil para Roier, todas las formalidades exageradas, las reglas estiradas, la sensación de superioridad sólo por nacer en cuna de oro no pegaban del todo con él.
Sí, era un príncipe, uno heredero, por supuesto que eso le subiría el ego a las nubes de vez en cuando, pero apreciaba por sobre todo su libertad, el poder hacer las cosas por su cuenta, aprender de su propia mano y poner a prueba su inteligencia era inigualable en casi todos los aspectos.
Lamentablemente su familia no opinaba lo mismo.
“Te vas a casar con Pressea y no hay discusión”, sentenció el rey Vegetta, su padre, después de una fuerte discusión entre ellos en la que nadie se interpuso.
“No voy a dejar que eso pase”, le prometió Aldo con determinación al ver su mejilla lastimada por el golpe que le había dado su padre.
Y ahora, parado en frente de aquella iglesia en la cima de la colina con el mejor traje negro que podría haber comprado un rey para su hijo empezó a sentir algo de nervios.
Él le prometió semanas atrás que lo impediría, pero desde entonces nada había pasado realmente con ese asunto pero no lo culpaba, es decir… las cosas se pusieron complicadas en casa y Aldo terminó por irse.
Había sido difícil para todos en el Norte… bueno, para él no, él siempre estuvo a su lado y Aldo nunca lo había dejado realmente, no era capaces de alejarse como los otros sí lo hicieron, no cuando esa tensión aún existía entre ellos, un sentimiento que siempre estuvo presente desde el primer momento en que se vieron a los ojos hace tantos años. Es por eso que cada vez que él pidió apoyo, él se lo dio, en silencio, en acciones y Aldo le retribuyó con su confianza una vez más, llamándolo cada vez que lo necesitaba, pidiendo consuelo sin decirlo, necesitando un abrazo… o algo más…
“Te amo”, lo sorprendió en medio de su consuelo con un susurro sollozante una noche trágica, manchado de sangre y lágrimas de un enfrentamiento que nunca quiso que ocurriera y del que fue obligado a actuar como verdugo.
“Yo también te amo”, le contestó murmurando sobre sus labios antes de unirlos suavemente en su primer beso, uno que hasta ese día le sabía cómo el más dulce de todos.
Y desde ese momento, su relación había sido un secreto para todos, uno tan bien guardado que incluso ellos perdieron de vista el peligro de aquel compromiso que fue adelantado de sorpresa.
Aldo había prometido impedirlo cuando aún no eran más que amigos.
— Pressea, ¿aceptas al príncipe Roier como tu esposo?
— Acepto.
Y él siempre cumplía sus promesas…
— Y tú, príncipe Roier, ¿aceptas a Pressea como tu esposa?
… ¿cierto?
— Yo-
Los vitrales de colores se vieron opacados de un segundo a otro, el fuerte sonido de unas turbinas inundó el ambiente, los murmullos confundidos de los presentes no se hicieron esperar… y entonces la primera explosión sacudió la iglesia.
Roier cubrió su cabeza cuando el impulso de la explosión lo mandó hacia atrás, sus oídos quedaron ensordecidos y su vista aturdida por un segundo, los gritos de pánico se escuchaban amortiguados y el dolor del impacto lo hizo quejarse.
Pero todo eso dejó de importar cuando levantó su vista y lo vio, agarrado de su cola de mono y una mano de una cuerda unida a un elevador de oro que brilló casi cegadoramente ante el sol que delineó su figura, imponente y corpulenta, aterradora incluso para algunos por sus alas de cuervo desplegadas y con sus cuernos rotos, pero que para Roier en ese momento se asemejo a ver a un ángel descendiendo desde el cielo.
— ¡¿Aldo?! — Exclamaron incrédulos Foolish y Tina la vez detrás de un banco derribado.
— ¡Roier! — Exclamó él por su parte sacando al príncipe de su estupor, ignorando a los demás por la única persona que le importaba realmente.
— Aldo… — Roier se levantó con una sonrisa que no pudo evitar esbozar con alivio y se acercó al mencionado, que aún suspendido en el elevador y una expresión calmada le extendió su mano enguantada.
— Ven. — No necesitó otra palabra para tomar su mano al instante, Aldo apretó un botón y ambos fueron levantados por el elevador en medio de la confusión de la gente derribada en la iglesia.
— ¡Hey!, ¡se roba al novio! — Exclamó Jeremy más con sorpresa que con espanto.
— ¡Ese es mi prometido! — Exclamó Pressea furica.
— ¡¿Qué leches?! — Vegetta corrió junto a Juan pero fue tarde, ambos ya estaban muy elevados para alcanzarlos.
— ¡Aldo!, ¡no puedes hacer esto!,¡baja aquí ahora mismo! — Juan sonó incluso más furioso que la hámster, pero sus gritos y los de los demás fueron inútiles, no los escuchaban ya.
— ¿Estás bien?, ¿te lastimó la explosión?, siento haber llegado así, pero en cuanto supe que el compromiso era hoy no supe qué hacer más que traer a Falco y atacar. — Aldo ayudó a Roier a subir bien al elevador, su voz sonó preocupada y sus manos comenzaron a revisarlo de todos lados, haciendo al más alto reír.
— Oye, oye, tranquilo papu, tranquilo. — Roier agarró sus manos llamando su atención. — Estoy bien, ¿si?, esa explosión no fue nada.
Aldo pareció relajarse con la sonrisa suave que le ofreció Roier y lo abrazó de sorpresa.
— Lamento haberme tardado. — Murmuró contra su hombro y Roier correspondió de la misma manera a su abrazo.
— Lo importante es que llegaste por mí. — Admitió con más tremor en la voz del que le hubiera gustado, aferrándose a las ropas de su amado que lo cubrió con sus alas hasta que el elevador finalmente llegó a Falco y los sacudió ligeramente al engancharse a la nave, momento en que se separaron y se observaron, una vez más príncipe heredero y ex general se vieron con ensoñación a los ojos.
Aldo acunó su rostro entre sus manos y limpió el polvo de su mejilla con su pulgar con delicadeza en un toque que hizo sonreír a Roier que colocó sus manos sobre las de Aldo, una señal para que ambos se acercaran y volvieran a juntar sus labios, de forma algo desesperada por el terror de no poder estar juntos y el alivio de haberse salvado.
— Te amo. — Repitió Aldo como aquella noche contra sus labios en un susurro que derritió a Roier entre sus alas.
— Yo también te amo. — Volvió a afirmar Roier de forma más distraída antes de volver a besarse, más calmados al abrazarse en una confirmación de que estaban juntos y ya nada volvería a separarlos.
— ¿Nos vamos? — Dijo Aldo con una sonrisa traviesa cuando se volvieron a separar, levantando el control de la nave con una de sus manos.
— Vámonos. — Roier sonrió de la misma forma, agarró el control con una de sus manos y presionó un botón para sorpresa de Aldo que no pudo decir mucho ya que Roier volvió a abalanzarse contra él al abrazarlo del cuello.
Y desde abajo, la nave comenzó a avanzar mientras dejaba caer más bombas que hicieron a todos correr a donde pudieran, evitando las explosiones que destruyeron aún más la iglesia y parte de la montaña.
— ¡KURWA PENDEJO!, ¡ME DEBES UNA IGLESIA! — Gritó con ira Ewron en sus atavíos de padre mientras sacudía su puño a la nave que poco a poco se alejaba.
— Segunda boda a la que venimos y resultó igual de desastrosa que la primera. — Multi suspiró y negó con sus brazos cruzados mientras Quackity seguía riendo a carcajadas desde que Aldo bajó en el elevador y se llevó a Roier.
— ¡Esto es inaudito!, ¡levantaré una demanda contra ese roba maridos! — Iba gritando Pressea mientras se alejaba furiosa de la escena levantando su vestido ahora sucio y algo roto.
— ¡Vegetta!, ¡ese loco se llevó a Roier!, ¡tenemos que hacer algo! — Juan volvió a insistir al rey que sólo soltó una carcajada que lo sorprendió.
— Ay estos tontitos. — Dijo negando, claramente divertido con toda esa situación.
— Será mejor que vayamos a casa, ya no tenemos nada qué hacer aquí. — Foolish palmeó el hombro de Juan que lo vio con incredulidad.
— ¡Pero la boda-!
— Ya lo solucionaremos después, por ahora debemos ir a prepararnos para el contraataque. — Volvió a decir Vegetta con determinación y Juan comprendió su actitud. Por supuesto que no iba a dejar las cosas así.
Pero Aldo y Roier tampoco se dejarían atrapar tan fácil.
— ¿Y si nos vamos a casar a otra iglesia? — Preguntó Roier juguetonamente, abrazando a Aldo de su cuello desde atrás ya que estaba sentado en el asiento del piloto ahora.
— Podemos buscar una si quieres, la de aquí quedó fuera de servicio por el momento. — Aldo lo vio de reojo al agarrar una de sus manos para besar su dorso.
— Vamos a buscar una. — Roier sonrió con extremo encanto, haciendo a Aldo reír ligeramente volviendo su vista al cielo del atardecer.
