Chapter Text
POV OMNISCIENTE
– Ah… ah… Por favor, para.
El jadeo era constante. Nakamura apenas podía sostenerse, las piernas temblando ligeramente y su pecho inmerso en un sube y baja. La interminable faena competía con el calor de la temporada. Un movimiento que antes era rápido ahora perdía fuerza por la humedad.
–Nakamura…
La voz detrás de él sonaba tranquila, a través de sus labios que pronunciaban su nombre entre vocales entrecortadas. Eso era lo peor. Cómo alguien podía sonar tan calmado, en control, mientras él estaba al borde del colapso.
–No puedo más…
Okuto apoyó ambas manos contra la pared, su frente casi tocando el concreto tibio. Era tan molesto tenerlo así de cerca, llamando su nombre en ese tono tan obsceno, mientras el sudor le corría por el torso y se le pegaba la camisa a la espalda. Iba a morir ahí, entre el ruido urbano que se filtraba por las grietas del callejón. Demonios, de verdad que le costaría tanto moverse en la mañana siguiente.
–Nakamura, en serio, espera…
Ahí estaba otra vez. Era una verdadera tortura saber que aparte de tener un buen rostro, era lo suficientemente bueno en deportes como para aún así poder seguir pronunciando su nombre de esa manera, alguien con esa resistencia era imposible de vencer.
Fue ahí, a un paso del colapso, cuando finalmente estalló.
–¡QUE PARES! – giró sobre sí mismo, casi tropezando con sus propios pies, y señaló al chico detrás de él con la mano temblorosa y una cara de disgusto, – ¿Puedes dejar de seguirme? ¡Llevamos más de media hora corriendo!
Matsumura, a una distancia que Nakamura consideraba inaceptablemente cercana para alguien tan detestable, solo necesitó de un par de respiraciones para estabilizarse. Su cabello seguía perfecto. Perfecto, como si hubiera salido del maldito salón de belleza y no de una persecución de seis cuadras desde el instituto Hoshimi.
¿Es que acaso su suerte no podía seguir empeorando?
Llevaba más de un par de días así, donde no estaba seguro de sentirse bien, pero tampoco quería aceptar que algo pasaba. Desde que se enteró, todo había adquirido esa textura extraña. Sabía que el mundo, aún si parecía un completo caos, no tenía la decencia de detenerse y ofrecerle un segundo para procesarlo.
Hirose y Hana
Hana y Hirose
No importaba cuanto cambiase el orden, si omitía la última letra o evitaba el nombre, el resultado era el mismo.
–¡Sabía que esto pasaría! –Una voz temblorosa resonó en todo el cuarto. Llantos ahogándose por las lágrimas y la almohada en una cacofonía arbitraria–. No entiendo porque me cuesta tanto aceptarlo.
Nakamura lloraba mucho últimamente. No había forma de competir, no con ella, no con lo que Hana representaba. Se había sumergido tanto en su propia atracción por Hirose que, por alguna razón, nunca se le había ocurrido que las cosas rara vez son tan sencillas como acercarse a alguien y esperar que el universo haga el resto.
Quizá era verdad que todo este tiempo no había estado más que escribiendo fantasías en nubes que siempre estuvieron destinadas a ser llevadas por el viento. Porque dentro de Nakamura aún vivía esa pequeña esperanza alimentada por miles de películas y mangas románticos donde los personajes siempre terminaban juntos, incluso en las situaciones más complicadas. Pero en esas historias la norma era distinta, el dolor no era más que un conductor para un “felices para siempre" y el único requisito para que se cumpliera era que su personaje principal tuviese una historia que valiera la pena contar. Nakamura no estaba seguro de poder cumplir con eso. No después de aferrarse a ideas vagas y sueños.
Miró a su izquierda. El reloj del escritorio marcaba las 2:33 AM. La luna seguía en lo alto, testigo indiferente de plegarías y las mejillas empapadas. No podía dormir, se encontraba dándole vueltas a la fotografía que se habían tomado juntos, cuando aún creía que volverse su amigo era el mayor logro posible, cuando todo parecía un destino a punto de escribirse. Por algunos meses, esa fue su posesión más preciada, aquella que le daba fuerza para seguir, para sonreír a pesar de las derrotas.
Esa madrugada, la foto terminó en el bote de basura.
Hay cosas que no cambian por más fuerte que sea el deseo de uno. Mucho menos cuando dependen de la voluntad de alguien más. Así, entre tanta tristeza acumulada, la propía zozobra terminó perdiendo sentido.
–¿Qué debería hacer, Icchan? – Murmuró, mirando a la pecera donde aquel pulpo se movía ajeno a todo, su único confidente en este desastre.
Había desperdiciado tanto tiempo, sí, desperdiciado era la palabra correcta ¡Vamos, tú puedes Nakamura!, se había repetido durante meses. Pero ahora no quedaba nada de lo que antes alimentaba esa esperanza.
La verdad es que a Nakamura siempre se le había dado bastante mal dejar ir las cosas.
Cuando era apenas un niño, Okuto tenía un pequeño pulpo de felpa. Un regalo de su familia que terminaba llevándolo a cada uno de los rincones de este planeta, si eso fuese posible.
Siempre estaba con su peluche: a la hora de la siesta, mientras hacía los deberes, incluso mientras comía. Era su universo entero, su mundo y felicidad sostenidos dentro de las cuatro paredes de un pecho relleno de fibra de algodón. Por ello, dada su naturaleza frágil, era inevitable que algún día se rompiera.
Era vergonzoso recordarlo. Su pequeño yo, llorando en medio del patio de juegos, viendo a su amado pulpo perecer con el relleno de fuera, ¿Es que acaso no había nadie que pudiera salvarlo? ¡Vamos, alguien llame a una ambulancia!
Pero no: la tela se había desgastado tanto que se había vuelto tan delgada como una hoja de papel, las costuras estaban muy sueltas y el viento no tenía piedad con llevarse el poco relleno que aún quedaba. En ese momento, para él, era como ver morir a su mejor amigo.
Lloró muchísimo, demasiado. Las maestras trataron de consolarlo, le prometieron uno nuevo, pero él no podía consolidar la idea de un extraño ocupando el lugar de alguien tan cercano como su pulpo. Así continuaron un buen tiempo, y las maestras, al ver sus esfuerzos esfumarse por la terquedad de un niño pequeño, llamaron a su madre.
Fue ella quien, durante el camino a casa, le contó una pequeña historia sobre un cangrejo que vivía lejos del mar. Nakamura no tenía todos los detalles, pero sí recordaba cómo se había sentido al escucharla: como si alguien le hubiera abrazado en medio del llanto. Las lágrimas no desaparecieron de golpe, pero algo en el pecho le hizo sentirse cálido. Al menos de esa forma había podido avanzar un poco.
En retrospectiva, que forma tan anticlimática de sermonear a un niño por haber roto un peluche y ser una molestia para sus maestras.
Y sin embargo, ahí estaba, más de diez años después, llorando en la madrugada por algo que tampoco podía repararse.
Quizá su pequeño yo tenía razón en algo: cuando algo se rompe y no hay forma de arreglarlo, lo único que queda es decidir qué hacer después. No quería volver a ser esa molestia que le fastidiaba el día a los demás, ni ese niño terco que no podía dejar de llorar. Así que, entre un frenesí impulsado por la vergüenza extraña, sacó una pluma (que definitivamente no era la que había comprado para él y Hirose), junto con papel.
Si había logrado formular planes, investigar durante meses para acercarse a Hirose, podía hacer exactamente lo mismo para alejarse de él de manera completamente normal hasta que naturalmente dejara de sentir algo.
Ese lunes por la mañana comenzó su plan de diez pasos efectivos para dejar ir a Hirose y volver a su vida normal, aunque sin saberlo, ese mismo plan sería la razón por la que terminaría a merced de un idiota obsesivo.
…
8:00 AM.
Eran las ocho de la mañana, las malditas ocho de la mañana, y el corazón de Nakamura latía con una fuerza desproporcionada, mientras cruzaba la puerta corrediza del salón de clases de su curso.
Usualmente la puntualidad era una característica más que Nakamura procuraba practicar. Pero hoy era el eje central de su nueva vida. No porque un minuto de atraso fuera a derrumbar su plan, sino porque necesitaba hasta el último segundo de los veinticinco minutos antes de comenzar clases para prepararse mentalmente. Para respirar y recordarse a sí mismo que podía hacer esto.
Había repasado su plan una y otra vez desde que lo escribió, inspirándose, con cierta ironía amarga, en todos sus intentos fallidos de acercarse al castaño. La lógica era simple: si de forma natural todo salía mal, fallar a propósito debería ser pan comido.
¿Hablarle como una persona normal? Claro, si el silencio incómodo sin salida visible era lo que esperaba al intentarlo tres veces seguidas.
¿Ayudarle con algo? Mágicamente aparecían mil personas más capacitadas justo en ese momento.
¿Regresar juntos a casa? Justo cuando reunió el valor para preguntarlo, a Hirose se le ocurrió ponerse en pareja.
Cada intento tenía su propio desenlace que llevaba por un camino de humillaciones y lamentos. Como si el universo hubiese convertido su vida en una opereta y él fuera el único que no había recibido el guión. Así que si el universo quería comedia, pues bien, esta vez él también participaría en el chiste. Fallar a propósito era su “no” rotundo, él sosteniendo la dignidad que le quedaba, volcando la ironía a su favor.
Aunque conociendo la misteriosa forma en la que las cosas funcionan, no se sorprendería que su propia suerte se viese afectada por ese doble negativo implícito.
Empezaría con algo simple. No quería ser cruel, no quería asustar a Hirose ni herir lo que quedaba de su dinámica de amigos. Solo necesitaba distancia. Espacio, un poco de oxígeno.
El día de hoy, cuando Hirose entrara al salón, Nakamura no le devolvería el saludo.
Sí, pueden reírse. Para Okuto, esto representaba un antes y un después. Un gran determinante. Eso le demostraría que no estaba disponible, que las cosas habían cambiado, que él había seguido adelante. Definitivamente no era porque dirigirle la mirada se sintiera como una odisea y quedarse viéndolo por un segundo de más garantizara un viaje urgente al baño para vomitar todo lo que su corazón aún sostenía.
No. Era por dignidad.
Con esa nueva meta firmemente instalada en la cabeza, Nakamura no podía dejar de jugar con el borde de la manga de su uniforme. Su pierna derecha tampoco cooperaba, moviéndose arriba y abajo en un ritmo nervioso que no lograba controlar. Tenía los ojos levemente hinchados, consecuencia de desvelarse y terminar llorando otra vez, algo que definitivamente no iba a admitir en voz alta.
Estaba en su lugar con la mirada fija en el escritorio, ligeramente inclinado hasta que el borde de madera presionaba contra su estómago. Estaban cerca de la primavera y el calor ya era palpable: una condensación ligera en las ventanas, el aire dentro del salón se sentía espeso, demasiado quieto. Algunos alumnos ya habían entrado y charlaban entre ellos con esa facilidad que a Nakamura siempre le había resultado un idioma extranjero. Ninguno lo miraba, como era de costumbre, se volvía una silueta camuflajeada en el fondo.
Levantó la vista hacia el reloj.
Solo habían pasado cinco minutos.
El tiempo, decidió que se volvería su enemigo personal. Cada movimiento de las manecillas acercaba la llegada de Hirose, pero cada segundo que avanzaba lo mantenía en este limbo donde el nudo de su estómago no tenía a dónde ir. Era una disyuntiva absurda: le aterraba que llegara, tanto como le aterraba que no llegase.
Decidió no pensar en eso. Sacó el celular, las clases técnicamente no habían comenzado, los coordinadores no podían decir nada, y dejó que su dedo se deslizara por la pantalla con el único destino de apagar su mente por un momento.
Fue entonces cuando lo vio. El cielo al fin se alineaba para darle una buena noticia. Un anuncio. El CD drama de ese manga BL que seguía desde hacía meses, el que tenía en lista de espera, el que–
Oh. Cielo. Santo.
De verdad estaba pasando.
Se reincorporó en su asiento con una velocidad que había avergonzado a cualquier alumno que estuviera intentando pasar desapercibido y se inclinó sobre la pantalla. Los comentarios eran un caos glorioso: todo el mundo tenía una opinión sobre la dirección creativa, cobre el cast, sobre las decisiones del autor y su guión. Nakamura se permitió, por primera vez en días, opinar mentalmente sobre algo que no fuese Hirose. Claro que sí, como si el mangaka no tuviera suficiente con lidiar con editores que solo querían vender otro isekai genérico.
“Nuevo video disponible: PREVIEW del capítulo 1”.
Nakamura no lo dudó. Sacó sus audífonos del bolsillo, estaban enredados, pero no tenía tiempo para mirarlos bien y con algo de prisa presionó play.
…
…
El video tardaba en cargar. Nakamura esperó. El salón seguía con su ruido de fondo, sillas moviéndose, gente riéndose a un lado de él. Normal. Todo normal.
–Buenos días.
–Buenos días –, respondió Nakamura de manera inmediata.
El silencio llegó medio segundo después, cuando sus propios músculos se tensaron y su cerebro procesó lo que acababa de ocurrir.
Levantó la vista.
Hirose estaba ahí, a unos pasos de su lugar, con esa sonrisa familiar que Nakamura había memorizado sin querer durante meses. Entraba junto a Ohmori, acercándose a su asiento con la naturalidad de alguien que no sabe el daño que hace solo con existir. Y Nakamura le había respondido. Sin pensar. Con tanta naturalidad que ni siquiera había procesado el saludo hasta que ya era demasiado tarde.
Soltó los audífonos.
Se llevó las manos a la cabeza, cubriéndose la boca con ambas palmas, maldiciendo en silencio con una intensidad que por poco sintió como si se hubiese abofeteado. Su única tarea. La única cosa que tenía que hacer esta mañana. Arruinada en tres segundos por un CD drama que le robó toda la atención.
No podía ser. ¿Qué más faltaba para que…?
"¡No tengo dinero!"
"Entonces tendrás que conseguirlo... con ese cuerpo."
La voz salió por la bocina del teléfono a un volumen que no dejaba lugar a dudas. El preview se había reproducido solo, los audífonos nunca conectaron, y ahora esas palabras flotaban en el aire del salón con una claridad cristalina y absolutamente implacable. Demonios, ni siquiera sabía que la calidad de la bocina de su celular fuese así de buena.
El silencio que siguió le dio el suficiente tiempo para sonrojarse y apagar su teléfono. Se puso de pie y sin mirar atrás, salió del salón.
Parecía que el universo se había tomado como reto personal convertir cada uno de sus días en un nuevo ritual de humillación y suicidio social garantizado.
…
Tras el desastre de la mañana, Nakamura no pudo evitar desmotivarse, sentía su ánimo en los suelos. Pero no todo estaba perdido, todavía quedaba algo que podría sacar a flote su lado verdaderamente comprometido con la nueva causa. Todavía había un paso dos.
El cual era, en términos simples: mantener al mínimo cualquier interacción con Hirose.
No se trataba de ser frío. Tampoco de ser el chico cool que actuaba desinteresado, porque eso era justamente lo contrario a como se sentía. Solo necesitaba distancia operativa. Espacio suficiente para que su sistema nervioso recordara como funcionar con normalidad cerca de Hirose.
10:40 AM.
Nakamura se mantenía firme. Ojos al frente, completa atención al profesor Otogiri, quizá demasiada. Resolvía los ejercicios con una concentración que nunca había aplicado en su vida académica y que probablemente nunca volvería aplicar. Si alguien lo hubiera visto en ese momento, habría pensado que era el estudiante más dedicado de todo el instituto Hoshimi. En realidad, eso último solo estaba en la cabeza de Nakamura, pero le daba una motivación para seguir adelante.
El problema llegó durante el horario de descanso entre clases, cuando el cambio de periodo era evidente y los alumnos charlaban o se levantaban en lo que llegaba el siguiente profesor. Repentinamente, algo golpeó el costado de su zapato izquierdo, con un pequeño impacto sordo. Nakamura frunció el ceño y se inclinó sobre el escritorio para investigar.
Debajo de él, un borrador, pequeño y con las esquinas desgastadas.
Sin pensarlo, extendió la mano para recogerlo, y en ese preciso instante, otra mano llegó desde el lado contrario. Las yemas de sus dedos rozaron algo cálido antes de que su cerebro procesara lo que estaba pasando. Como esos malentendidos de manga shoujo que había leído demasiadas veces como para no reconocerlos.
–Gracias, Nakamura –. Hirose recogió el borrador con una sonrisa que le abultaba levemente las mejillas, cerrando los ojos en un gesto de disculpa –. Takeuchi lo lanzó, no pensé que llegara hasta aquí.
Giró un segundo para dedicarle a Takeuchi una mirada reprobatoria y sacarle la lengua.
Nakamura casi se cae del asiento.
Antes había batallado semanas enteras para conseguir que Hirose lo mirara directamente. Meses planeando cómo acortar la distancia entre sus escritorios sin que pareciera intencional. Y ahora que ya no lo quería, ahora que había tomado la decisión madura y razonable de soltar todo eso, el universo decidió ponerlo a cuarenta y siete centímetros de su cara, con esa sonrisa, sin previo aviso.
Recordó, con una claridad dolorosa, todas las veces que había deseado que a Hirose se le cayera algo para poder recogerlo. Lo mucho que había manifestado ese momento específico. Lo completamente inútil que había sido toda esa manifestación hasta ahora, que ya no lo necesitaba para nada, ni siquiera para alimentar sus ilusiones.
–C-Claro, no hay problema. –Respondió con la voz de alguien que definitivamente no estaba sonrojado.
Hirose asintió con la cabeza y regresó a su asiento.
Silencio.
Nakamura miró la nada durante varios segundos con la expresión de alguien que acaba de recordar que existe la gravedad.
Pero aún quedaba tiempo. Se dijo a sí mismo mentalmente: “Si un maratonista se cae a mitad de carrera, no regresa al inicio, sigue”. Aunque Nakamura no estaba en una carrera, ni tenía la condición física para un maratón, ni estaba completamente seguro de que esa fuera la metáfora correcta. Pero el principio valía. Tenía que valer.
Volvió a mirar al frente. Respiró. Siguió.
12:25 PM.
La campana de la hora del almuerzo resonó por los pasillos y Nakamura se permitió, por primera vez en horas, algo parecido al alivio.
Lo había logrado. Había sobrevivido la mañana sin incidentes mayores (el CD drama y el borrador no contaban, eran variables externas fuera de su control). Y lo mejor: Hirose saldría con sus amigos a la cafetería, como siempre, lo cual le daba varios minutos de margen para respirar un poco, adelantar ejercicios y recuperar algo de terreno emocional.
Satisfecho con ese plan, metió la mano en su bolso para buscar su cuaderno de ejercicios del siguiente periodo.
La movió de un lado al otro.
Siguió moviéndose.
Mierda.
Se le había olvidado el libro de matemáticas.
Resopló contra el escritorio con la energía de alguien que lleva demasiadas horas siendo castigado por fuerzas que no comprende en su totalidad. Tendría que pedírselo a alguien. Lo cual significaba acercarse a alguien. Lo cual significaba iniciar una conversación sin haberla planeado previamente, algo que terminaba siendo una ligera molestia. Intentado convencer a un "conocido" (solo por verse en el salón todos los días, a pesar de nunca haberse dirigido la palabra antes) durante algunos minutos hablando de forma incómoda.
Ante la idea de tener que pasar por eso, revisó el bolso por tercera vez, por cuarta, por quinta… El libro no apareció por arte de magia en ninguna ocasión.
Se levantó con un gran pesar que intentaba disimular con la mirada baja, aunque su aura oscura era demasiado evidente. El grupo más cercano estaba a tres filas de distancia, cuatro chicos que habían estado hablando animadamente hasta que Nakamura se acercó y las conversaciones cesaron con esa naturalidad incómoda que tienen los silencios con un tipo que aparece de la nada.
–Hola, yo… –Empezó, evitando a toda costa el contacto visual –. Tenemos clase de matemáticas después y salí algo apresurado esta mañana. Se me olvidó el libro.
Hubo un silencio. Nakamura entró en pánico, seguramente ellos no necesitaban saber todo eso, parecía más un comentario que nada tenía que ver con los chicos.
Así, volvió a hablar–: Así que… si alguno de ustedes pudiera…
–Nakamura.
Se giró. Hirose estaba ahí, con el libro de matemáticas extendido hacia él, con esa expresión tranquila. Seguramente aún no había salido a la cafetería y él se olvidó de prestarle atención ante su pequeño inconveniente. Cualquiera que sea la razón, seguía ahí.
–Puedo darte el mío si lo necesitas. Aún me faltan algunos ejercicios, pero puedes echarle un vistazo mientras tanto. ¡Ah! No te preocupes por mí, yo puedo compartir con alguien más.
Nakamura lo miró sin decir nada durante un segundo demasiado largo.
–¿Por qué?
Hirose bajó levemente la vista hacia el libro antes de responder.
–Necesitabas el libro–. Una pausa breve, casi imperceptible–. Y supongo que es mi forma de disculparme. Por el llavero- No importa, solo tómalo–. Dijo restándole importancia antes de salir del salón a una dirección distinta.
El llavero.
Nakamura no dijo nada. No hacía falta, Hirose lo sabía, él lo sabía, y los dos sabían que el otro lo sabía. El llavero de cangrejo que Nakamura le había dado en el viaje escolar.
Que lo mencionara ahora, así, sin rodeos, era lo último que Nakamura esperaba.
No le quedó más que aceptar. El grupo de los otros chicos había retomado su conversación ignorándolo completamente, y mantener ese intercambio con Hirose era infinitamente preferible a quedarse parado ahí como un mueble decorativo.
Y en algún lugar que Nakamura prefería no examinar demasiado, había algo que disfrutaba de esto, y se odiaba exactamente por eso.
…
El resto de la tarde continuó en el mismo tenor inexplicable.
Esta extraña proximidad que Nakamura había pasado mese intentando conseguir, ahora le llegaba sin pedirla, sin merecerla, en el peor momento posible.
Cuando cambiaron de salón, Hirose aparecía en el mismo pasillo que él, mientras buscaba materiales. Cuando Nakamura tomó el camino más largo para evitar la escalera principal, Hirose había tomado el mismo camino, por razones que probablemente no tenían nada que ver con él. Pero aún así, el universo lo incluía en su camino como una broma de mal gusto.
Y lo peor no era la presencia de Hirose. Lo peor era que cada vez que aparecía, algo en Nakamura se relajaba antes de que pudiera impedirlo, un instante breve, involuntario, como el músculo que cede antes de que el cerebro recuerde que no debería. Eso era lo que más le costaba: no el dolor, sino los momentos en los que el dolor se olvidaba solo, sin permiso.
...
Cuando sonó la campana final, Nakamura ya tenía el bolso en la mano.
Salió primero. Subió al tercer piso. Empujó la puerta del baño de hombres y se encerró en el último cubículo como si se tratase de la retirada de algún campo de batalla.
No era huir. Era estrategia. Si esperaba el tiempo suficiente, la mayoría de los alumnos estaría fuera del edificio y podría irse a casa sin cruzarse con nadie. Sin cruzarse con Hirose. Sin la posibilidad remota y absolutamente devastadora de encontrarlo caminando con Hana, los dos juntos, con esa naturalidad de las cosas que ya tienen nombre y forma y no necesitan justificarse.
Nakamura conocía su propio límite. Y ver eso, ver lo que podría haber sido convertido en algo que pertenecía a otra persona, estaba por encima de él.
Se apoyó contra la pared del cubículo y cubrió su rostro con las manos.
¿Qué demonios había sido todo esto?
Hirose le había prestado el libro. Le había mencionado el llavero. Lo había buscado, o al menos eso parecía, aunque probablemente fuera coincidencia, probablemente Hirose solo notó que tenía los ojos hinchados y decidió, como el buen chico que era, compensarlo de alguna forma sin saber exactamente qué estaba compensando.
Eso era lo más probable. Lo más lógico.
Y sin embargo.
Nakamura presionó los talones de sus manos contra los ojos con más fuerza de la necesaria. Porque si se permitía pensar en la otra posibilidad, si dejaba que esa pequeña grieta se abriera aunque fuera un milímetro, todo el trabajo de los últimos días se derrumbaría en exactamente el tiempo que le tomaría a Hirose sonreírle de nuevo. Y entonces caería desde más alto. Con los ojos abiertos, completamente consciente, sin poder culpar al universo porque esta vez habría sido él quien eligió quedarse parado bajo algo que sabía que iba a caer.
–Deja de ser tan amable conmigo…
No. No podía permitirse esto.
La luz de la ventana se filtró en un ángulo diferente sobre los fríos azulejos. Nakamura se removió incómodo de la calidez de los rayos del sol que se comenzaban a teñir de naranja.
Afuera, el ruido de pasos y voces fue cediendo gradualmente, reemplazado por ese silencio específico de los edificios escolares cuando ya casi no queda nadie , un silencio que tiene peso propio, que se instala en los pasillos y los vuelve más largos de lo que son.
Nakamura bajó las manos.
Recogió el bolso del gancho de la puerta. Salió del cubículo. Se miró un segundo en el espejo sin detenerse demasiado en lo que vio.
