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Celos de papel

Summary:

Shen Qingqiu solo quería leer una novela terrible en paz.

Luo Binghe, por otro lado, no estaba preparado para descubrir que su shizun estaba dedicando tanta atención a un protagonista ficticio, dramático, devoto y sospechosamente parecido a cierto emperador demonio.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Shen Qingqiu solo quería una tarde tranquila.

 

Una.

 

Una sola.

 

No estaba pidiendo demasiado. No exigía tesoros celestiales, ni hierbas espirituales raras, ni una secta entera arrodillada ante él cantando alabanzas a su paciencia inmortal. Solo quería sentarse en su estudio, tomar una taza de té decente y leer una novela tan mala que su cerebro pudiera descansar de los asuntos serios del mundo.

 

Porque sí, Shen Qingqiu había descubierto algo terrible:

 

las novelas malas seguían siendo útiles.

 

No buenas.

 

Jamás buenas.

 

No había que exagerar.

 

Pero útiles.

 

Una novela buena requería atención. Una novela buena exigía respeto, análisis y cierta disposición emocional. Una novela terrible, en cambio, era perfecta para apagar el alma durante unas horas y mirar con fascinación cómo el autor lanzaba la lógica por un acantilado mientras los personajes fingían que aquello era desarrollo narrativo.

 

Y después de una mañana llena de informes, discípulos, asuntos de secta y un breve pero agotador intercambio con Shang Qinghua —quien había tenido el descaro de decir “hermano pepino, esto te va a divertir” antes de entregarle tres problemas administrativos—, Shen Qingqiu necesitaba precisamente eso.

 

Basura literaria.

 

Basura segura.

 

Basura sin consecuencias.

 

Al menos, eso había pensado.

 

Sentado junto a la ventana de su casa de bambú, con el abanico cerrado sobre la mesa y una taza de té humeante a su lado, Shen Qingqiu pasó la página con una expresión cuidadosamente neutral.

 

La novela se titulaba El Señor Celestial de los Mil Amores Inmortales.

 

Un título horrible.

 

Pretencioso.

 

Demasiado largo.

 

Sospechosamente parecido a otros títulos que prefería no recordar.

 

Por supuesto, la había empezado solo para criticarla.

 

Eso era lo que cualquier lector con dignidad haría.

 

El protagonista, Ye Lianhua, era descrito como un hombre de belleza incomparable, talento inigualable, mirada profunda, cabello como tinta bajo la luna y una sonrisa capaz de hacer caer ciudades.

 

Shen Qingqiu frunció apenas el ceño.

 

Qué original.

 

De verdad.

 

Nunca antes se había escrito sobre un hombre imposiblemente hermoso con talento ridículo y una sonrisa peligrosa.

 

Nunca.

 

Siguió leyendo.

 

Ye Lianhua, según la narración, había salvado a su maestro de una desviación de qi, había derrotado a tres clanes demoníacos, había cocinado una sopa medicinal que hacía llorar de felicidad a cualquiera que la probara y, además, era tan devoto que podía esperar cien años bajo la nieve por una sola mirada de la persona amada.

 

Shen Qingqiu parpadeó.

 

Luego bajó lentamente la novela.

 

Miró la portada.

 

Volvió a mirar el texto.

 

No.

 

No podía ser.

 

¿Esto era una parodia?

 

¿Una coincidencia?

 

¿Un insulto personal?

 

La puerta del estudio se abrió en ese momento.

 

—Shizun.

 

Luo Binghe entró con una bandeja de bocadillos recién hechos y una sonrisa tan suave que cualquier persona con un corazón menos entrenado habría muerto en el acto.

 

Shen Qingqiu cerró la novela de golpe.

 

Demasiado rápido.

 

Error.

 

Los ojos de Luo Binghe bajaron al libro.

 

Luego subieron al rostro de Shen Qingqiu.

 

—¿Qué lee Shizun?

 

Nada.

 

Basura.

 

Material de investigación.

 

Un crimen literario.

 

Un objeto maldito.

 

Todo eso habría sido una respuesta razonable.

 

Pero Shen Qingqiu, cultivador respetado, señor de pico y persona que supuestamente ya no se dejaba intimidar por la mirada de su esposo, solo dijo con calma:

 

—Una novela.

 

Luo Binghe dejó la bandeja sobre la mesa.

 

—¿Es buena?

 

Shen Qingqiu miró el libro.

 

Recordó al tal Ye Lianhua esperando cien años bajo la nieve.

 

Sintió un tic en la ceja.

 

—No.

 

Luo Binghe sonrió.

 

—Entonces, ¿por qué la lee Shizun?

 

Pregunta excelente.

 

Pregunta peligrosa.

 

Pregunta que ningún lector de novelas malas quería responder con sinceridad.

 

Shen Qingqiu abrió el abanico y se cubrió la mitad del rostro.

 

—Para distraerme.

 

Luo Binghe inclinó la cabeza.

 

—¿De qué?

 

De ti, pensó Shen Qingqiu.

 

No porque quisiera evitarlo.

 

Bueno.

 

No exactamente.

 

Era solo que Luo Binghe tenía una presencia muy... completa. Muy envolvente. Muy imposible de ignorar. Cuando estaba cerca, Shen Qingqiu no podía leer, escribir informes ni fingir que sus emociones estaban perfectamente archivadas en una caja sellada con talismanes de negación.

 

Así que necesitaba una distracción de vez en cuando.

 

Una distracción segura.

 

Una distracción ficticia.

 

Una distracción que no pudiera mirarlo con ojos húmedos y decir “Shizun” como si esa palabra fuera una acusación y una plegaria al mismo tiempo.

 

—De asuntos de secta —respondió.

 

Técnicamente, no era mentira.

 

Luo Binghe aceptó la respuesta.

 

O fingió aceptarla.

 

Se sentó a su lado con naturalidad, como si el estudio de Qing Jing fuera su propio palacio demoníaco personal, y sirvió té para ambos.

 

Durante un rato, todo estuvo bien.

 

Peligrosamente bien.

 

Shen Qingqiu volvió a abrir la novela.

 

Luo Binghe tomó una pieza de pastel de flor de ciruelo y la puso en un platito junto a él.

 

La brisa movió las cortinas de bambú.

 

El té olía bien.

 

El mundo parecía tranquilo.

 

Entonces Shen Qingqiu leyó la siguiente línea.

 

Ye Lianhua se arrodilló ante su amado maestro y, con voz temblorosa, juró: “Aunque el cielo me destruya y la tierra me rechace, mi corazón solo pertenecerá a Shizun.”

 

Shen Qingqiu tosió.

 

Luo Binghe levantó la mirada de inmediato.

 

—¿Shizun?

 

Shen Qingqiu cerró el libro otra vez.

 

—Nada.

 

—¿Se atragantó?

 

—No.

 

—¿El té está demasiado caliente?

 

—No.

 

—¿La novela lo incomodó?

 

Shen Qingqiu apretó ligeramente el libro.

 

—La novela incomodaría a cualquier persona con sentido común.

 

Luo Binghe miró la portada.

 

—¿Puedo verla?

 

No.

 

Definitivamente no.

 

Absolutamente no.

 

Esa novela debía ser quemada, enterrada o enviada a Shang Qinghua como castigo por existir en el mismo mundo que él.

 

—No es necesario.

 

Luo Binghe sonrió.

 

—Shizun parece muy interesado.

 

—Estoy interesado en lo mala que es.

 

—Pero sigue leyéndola.

 

Shen Qingqiu se quedó en silencio.

 

Maldito protagonista observador.

 

Luo Binghe extendió una mano.

 

—Binghe también quiere saber qué clase de historia llama tanto la atención de Shizun.

 

Shen Qingqiu sostuvo el libro con más fuerza.

 

—No llama mi atención.

 

Luo Binghe miró la mano de Shen Qingqiu aferrada a la novela.

 

Luego sonrió un poco más.

 

—Entonces Shizun no tendrá problema en prestármela.

 

Silencio.

 

Shen Qingqiu pensó en Ye Lianhua.

 

Pensó en la frase del juramento.

 

Pensó en Luo Binghe leyéndola.

 

Pensó en Luo Binghe reconociendo cada paralelismo accidental —o quizá no tan accidental— y entrando en alguna clase de espiral emocional imposible de controlar.

 

No.

 

El libro debía permanecer sellado.

 

—Es literatura de baja calidad —dijo Shen Qingqiu con dignidad—. No vale la pena.

 

—Si no vale la pena, Shizun debería dejar de leerla.

 

—Precisamente porque no vale la pena puedo leerla.

 

Luo Binghe parpadeó.

 

—No entiendo.

 

Por supuesto que no entendía.

 

Luo Binghe había crecido comiendo gachas quemadas en una secta hostil, entrenando hasta sangrar y luego conquistando reinos. No había tenido la experiencia espiritual de leer una novela mala a las tres de la mañana solo para insultar al autor mentalmente y aun así no poder soltarla.

 

—Es complicado —dijo Shen Qingqiu.

 

—Shizun puede explicármelo.

 

No, no podía.

 

No sin revelar demasiado sobre sus hábitos de lectura, su vida anterior y su vergonzosa tendencia a terminar historias que odiaba solo para confirmar que, efectivamente, seguían siendo horribles hasta el final.

 

Luo Binghe bajó la mirada al libro.

 

—¿De qué trata?

 

Shen Qingqiu dudó.

 

—De un cultivador.

 

—¿Qué cultivador?

 

—Uno ficticio.

 

—¿Cómo se llama?

 

Shen Qingqiu miró hacia la ventana.

 

El bambú se movía con la brisa.

 

Qué bonito.

 

Qué conveniente sería saltar por ahí.

 

—Ye Lianhua.

 

La sonrisa de Luo Binghe no cambió.

 

Pero algo en el aire sí.

 

Una sombra mínima.

 

Una presión suave.

 

Una oscuridad apenas perceptible.

 

—Ye Lianhua —repitió Luo Binghe.

 

Shen Qingqiu cerró los ojos.

 

Ya estaba.

 

Ya había empezado.

 

—Es un personaje inventado.

 

—Mn.

 

—No existe.

 

—Entiendo.

 

No entendía nada.

 

Luo Binghe tomó la tetera y volvió a servirle té a Shen Qingqiu con una calma demasiado perfecta.

 

—¿Y qué hace ese Ye Lianhua?

 

Shen Qingqiu abrió los ojos.

 

—Cosas.

 

—¿Qué cosas?

 

—Cosas de protagonista.

 

La mano de Luo Binghe se detuvo.

 

—¿Es el protagonista?

 

Shen Qingqiu sintió una alarma interna.

 

No sabía por qué, pero esa pregunta sonaba peligrosa.

 

—Sí.

 

Luo Binghe dejó la tetera.

 

—¿Shizun está leyendo una novela sobre otro protagonista?

 

Shen Qingqiu lo miró.

 

—Binghe, en las novelas suele haber protagonistas.

 

—Pero Shizun no suele leerlas con tanto interés.

 

—No estoy interesado.

 

—La escondió cuando entré.

 

—Porque era vergonzosa.

 

—¿Por qué?

 

Shen Qingqiu abrió la boca.

 

La cerró.

 

Luo Binghe sonrió con suavidad.

 

—¿Qué clase de cosas vergonzosas hace ese protagonista?

 

Oh, esto era malo.

 

Muy malo.

 

Shen Qingqiu pudo sentir cómo la conversación se desviaba hacia un abismo del que no habría retorno.

 

—Nada importante.

 

Luo Binghe apoyó la mejilla en una mano.

 

—Entonces puede decírmelo.

 

Shen Qingqiu sostuvo su mirada durante tres segundos.

 

Perdió.

 

Con un suspiro, abrió la novela en una página anterior y leyó rápidamente por encima, buscando una descripción menos problemática.

 

Error.

 

Todas eran problemáticas.

 

Ye Lianhua preparó con sus propias manos una sopa de loto espiritual para su maestro enfermo.

 

No.

 

Ye Lianhua permaneció bajo la lluvia durante toda la noche, esperando que su maestro aceptara verlo.

 

Definitivamente no.

 

Ye Lianhua, con los ojos enrojecidos, tomó la mano de su maestro y preguntó si alguna vez había ocupado un pequeño lugar en su corazón.

 

Shen Qingqiu cerró la novela con violencia.

 

El ruido resonó en el estudio.

 

Luo Binghe sonrió.

 

—Interesante.

 

—No dije nada.

 

—La cara de Shizun dijo mucho.

 

—Mi cara no dijo nada.

 

—La cara de Shizun dijo que ese Ye Lianhua es molesto.

 

—Lo es.

 

—¿Más que Binghe?

 

Shen Qingqiu se congeló.

 

Ah.

 

Allí estaba.

 

El punto exacto donde la conversación abandonaba el camino de la razón y entraba en territorio demoníaco.

 

Luo Binghe lo miraba con una expresión dulce, casi inocente. Demasiado inocente. Esa expresión nunca significaba nada bueno. Era la misma cara que ponía cuando decía “Binghe no está celoso” mientras su energía demoníaca marchitaba discretamente las flores cercanas.

 

Shen Qingqiu levantó el abanico.

 

—No se puede comparar.

 

Luo Binghe bajó la mirada.

 

—Porque él es mejor.

 

—Porque él no existe.

 

—Pero Shizun lo lee.

 

—Leo muchas cosas que no existen.

 

—¿Con tanta atención?

 

—Lo estoy criticando.

 

—Shizun también me criticaba antes.

 

Shen Qingqiu sintió que su alma salía de su cuerpo.

 

¡¿Qué clase de argumento era ese?!

 

¡¿Cómo había convertido una novela barata en evidencia emocional contra él?!

 

—Binghe —dijo con paciencia—, es un personaje ficticio.

 

—Yo también lo fui para Shizun alguna vez.

 

El abanico de Shen Qingqiu se detuvo.

 

El estudio quedó en silencio.

 

Afuera, la brisa movió las hojas de bambú con un susurro suave.

 

La frase no había sido dicha con enojo. Tampoco con tristeza exagerada. Luo Binghe la dijo casi en voz baja, como si fuera un pensamiento que se le había escapado antes de poder guardarlo.

 

Y eso fue precisamente lo que la hizo peligrosa.

 

Shen Qingqiu lo miró.

 

La sonrisa de Luo Binghe seguía allí, pero era más pequeña.

 

Menos afilada.

 

Más vulnerable.

 

Ah.

 

No.

 

Eso no estaba permitido.

 

Una cosa era que Luo Binghe se pusiera celoso de un protagonista de novela barata. Eso era ridículo, manejable y hasta ligeramente gracioso.

 

Otra muy distinta era que, debajo de esa ridiculez, apareciera algo real.

 

Shen Qingqiu odiaba cuando las bromas se volvían sentimientos.

 

Los sentimientos eran como raíces de bambú: uno creía que estaban bajo control hasta que levantaban todo el suelo.

 

—Binghe —dijo Shen Qingqiu, más bajo.

 

Luo Binghe alzó la vista.

 

—Shizun no tiene que explicarse.

 

Eso significaba, por supuesto, que quería que se explicara.

 

Shen Qingqiu cerró los ojos un momento.

 

Respiró.

 

Luego dejó la novela sobre la mesa, entre ambos.

 

—Este protagonista —dijo, tocando la portada con dos dedos— es una mala copia de demasiadas cosas.

 

Luo Binghe miró el libro.

 

—¿Una copia?

 

—Una mala. Dramática. Exagerada. Mal escrita.

 

—¿Se parece a mí?

 

Shen Qingqiu no respondió de inmediato.

 

Ese fue otro error.

 

Los ojos de Luo Binghe se oscurecieron.

 

—Shizun.

 

—Se parece a muchos protagonistas —corrigió Shen Qingqiu rápidamente—. Ese es el problema. No tiene nada propio. Todo en él está hecho para complacer al lector de la forma más barata posible.

 

Luo Binghe frunció apenas el ceño.

 

—Pero Shizun lo sigue leyendo.

 

—Porque es malo.

 

—Shizun ya dijo eso.

 

—Y porque quiero ver hasta dónde llega el desastre.

 

Luo Binghe lo observó.

 

Shen Qingqiu apartó la mirada.

 

—Además, criticar cosas malas es relajante.

 

Una pausa.

 

Luo Binghe parpadeó.

 

—¿Relajante?

 

—Mucho.

 

—¿Insultar una novela en silencio relaja a Shizun?

 

—No la insulto.

 

Luo Binghe miró su expresión.

 

—Mn.

 

Shen Qingqiu carraspeó.

 

—La analizo.

 

—Con enojo.

 

—Con criterio.

 

—Con el ceño fruncido.

 

—Ese es mi rostro normal.

 

Luo Binghe rió suavemente.

 

Fue apenas un sonido breve, cálido, pero suficiente para hacer que el aire en el estudio dejara de sentirse tan pesado.

 

Shen Qingqiu fingió beber té.

 

No porque estuviera aliviado.

 

Por supuesto que no.

 

Luo Binghe volvió a mirar la novela.

 

—Entonces Shizun no lo admira.

 

—¿A Ye Lianhua? No.

 

—¿No le parece atractivo?

 

Shen Qingqiu casi escupió el té.

 

—¡Binghe!

 

Luo Binghe sonrió con inocencia.

 

—Solo pregunto.

 

—Es tinta sobre papel.

 

—Hay pinturas muy hermosas hechas de tinta sobre papel.

 

—No empieces.

 

—Shizun no respondió.

 

Shen Qingqiu apretó la taza.

 

Este demonio.

 

Este esposo suyo.

 

Este protagonista originalmente destinado a tener tres mil bellezas en su harén y que ahora, por alguna razón, estaba sentado en su estudio compitiendo contra un personaje ficticio de una novela de pésima calidad.

 

El destino tenía un sentido del humor horrible.

 

—No —dijo al fin—. No me parece atractivo.

 

Luo Binghe se relajó de forma visible.

 

Demasiado visible.

 

Shen Qingqiu lo miró con incredulidad.

 

—¿De verdad estabas preocupado por eso?

 

—No.

 

—Binghe.

 

—Solo un poco.

 

—Es falso.

 

—Shizun también dijo que era protagonista.

 

—Eso no significa nada.

 

—Para Shizun significa mucho.

 

Shen Qingqiu se quedó quieto.

 

Luo Binghe bajó la mirada, jugando distraídamente con el borde de su manga.

 

—Shizun siempre mira a los protagonistas con ojos especiales.

 

Oh.

 

Oh, no.

 

Eso era trampa.

 

Eso era usar información emocional cargada en medio de una discusión absurda. Eso debía estar prohibido por alguna regla básica de convivencia matrimonial.

 

Shen Qingqiu dejó la taza.

 

—Binghe.

 

Luo Binghe no levantó la mirada.

 

—Mn.

 

Shen Qingqiu miró la novela.

 

Luego miró a Luo Binghe.

 

Luego miró la ventana, considerando brevemente fingir una emergencia de secta.

 

No.

 

Cobarde.

 

Bueno, sí, pero no ahora.

 

Lentamente, Shen Qingqiu empujó la novela hacia Luo Binghe.

 

—Lee una página.

 

Luo Binghe levantó la vista.

 

—¿Shizun quiere que lea?

 

—Solo una página.

 

—¿Por qué?

 

—Para que entiendas.

 

Luo Binghe tomó el libro con cautela, como si esperara que mordiera.

 

Quizá debería.

 

Abrió una página al azar.

 

Shen Qingqiu se dio cuenta demasiado tarde de que permitir eso era una pésima idea.

 

Luo Binghe leyó en silencio.

 

Su expresión pasó de la cautela al desconcierto.

 

Del desconcierto a la ofensa.

 

De la ofensa a una calma peligrosamente fría.

 

—Este hombre —dijo al fin— le dijo a su maestro que si no lo aceptaba, destruiría los cielos.

 

Shen Qingqiu se cubrió el rostro con el abanico.

 

—Sí.

 

—Después lloró.

 

—También.

 

—Después cocinó sopa.

 

—Es una novela muy repetitiva.

 

Luo Binghe pasó otra página.

 

—Aquí se desmayó bajo la lluvia.

 

—Por supuesto.

 

—Aquí volvió a llorar.

 

—Tiene mucho líquido disponible.

 

Luo Binghe siguió leyendo.

 

Su ceño se frunció más.

 

—Aquí dice que sus ojos son como estrellas heridas.

 

—Una frase criminal.

 

—Y aquí su maestro lo llama “niño tonto”.

 

Silencio.

 

Shen Qingqiu miró lentamente hacia otro lado.

 

Luo Binghe levantó la vista.

 

—Shizun.

 

—No.

 

—Shizun también me ha llamado así.

 

—Por desgracia, tú existes.

 

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

 

Luo Binghe se quedó inmóvil.

 

Shen Qingqiu también.

 

Durante un segundo, ninguno habló.

 

Luego Luo Binghe sonrió.

 

Una sonrisa verdadera.

 

Pequeña.

 

Ridículamente feliz.

 

Como si Shen Qingqiu acabara de decir algo romántico en vez de una frase desesperada para sobrevivir a una conversación absurda.

 

—Sí —dijo Luo Binghe con suavidad—. Binghe existe.

 

Shen Qingqiu sintió calor en las orejas.

 

—No lo dije de esa forma.

 

—Pero Shizun lo dijo.

 

—Binghe.

 

—Y Shizun no está leyendo a Ye Lianhua porque lo quiera.

 

—Evidentemente no.

 

—Lo lee porque es malo.

 

—Exacto.

 

—Y porque le recuerda lo afortunado que es de tener a Binghe.

 

Shen Qingqiu abrió la boca.

 

La cerró.

 

Luo Binghe sonrió más.

 

—No hace falta que Shizun lo diga.

 

—No era eso lo que iba a decir.

 

—Binghe entiende.

 

No entendía.

 

O peor: quizá sí.

 

Shen Qingqiu se levantó con toda la dignidad que le quedaba y extendió la mano.

 

—Devuelve la novela.

 

Luo Binghe la sostuvo contra su pecho.

 

—No.

 

Shen Qingqiu parpadeó.

 

—¿No?

 

—Este libro es peligroso.

 

—Es malo, no peligroso.

 

—Hace que Shizun frunza el ceño durante demasiado tiempo.

 

—Muchas cosas hacen eso.

 

—Entonces Binghe debería encargarse de todas.

 

—No vas a declarar guerra contra una novela barata.

 

Luo Binghe miró la portada.

 

—No dije que declararía guerra.

 

Shen Qingqiu lo observó.

 

—Binghe.

 

—Solo dije que es peligrosa.

 

—Binghe.

 

—Y que debería ser confiscada.

 

—Binghe.

 

Luo Binghe sonrió dulcemente.

 

—Por la salud espiritual de Shizun.

 

Shen Qingqiu se quedó mirándolo.

 

Luego, despacio, muy despacio, se sentó otra vez.

 

—¿Confiscada?

 

—Mn.

 

—¿Por ti?

 

—Binghe la revisará cuidadosamente.

 

—¿La vas a leer?

 

—Debo asegurarme de que no haya más protagonistas sospechosos.

 

Shen Qingqiu sintió una risa subirle por la garganta y la aplastó de inmediato.

 

No.

 

No debía reírse.

 

Si se reía, Luo Binghe ganaba.

 

Aunque, técnicamente, Luo Binghe ya había ganado desde el momento en que logró convertir una novela terrible en una competencia romántica.

 

—Haz lo que quieras —dijo Shen Qingqiu, fingiendo indiferencia.

 

Luo Binghe abrazó la novela como si hubiera obtenido una victoria militar.

 

—Gracias, Shizun.

 

—No era un regalo.

 

—Binghe lo cuidará bien.

 

—Espero que la quemes.

 

Luo Binghe lo miró con ojos brillantes.

 

—¿Shizun quiere que la queme?

 

Shen Qingqiu dudó.

 

La novela era horrible.

 

Absolutamente horrible.

 

Pero aún no sabía cómo terminaba.

 

Y, por desgracia, había una parte enferma de su alma lectora que necesitaba saber si Ye Lianhua finalmente destruía los cielos, lloraba bajo otra lluvia o preparaba una sopa todavía más absurda.

 

—No —dijo con dificultad—. Solo... no la pierdas.

 

La sonrisa de Luo Binghe se volvió lentamente maliciosa.

 

—Shizun quiere seguir leyéndola.

 

—Para criticarla.

 

—Por supuesto.

 

—No sonrías así.

 

—Binghe no está sonriendo.

 

—Sí lo estás.

 

—Shizun me mira mucho para saberlo.

 

Shen Qingqiu abrió el abanico con un golpe seco.

 

—Fuera.

 

Luo Binghe se levantó, todavía con la novela en la mano.

 

—Binghe traerá la cena más tarde.

 

—No hace falta.

 

—Y leerá algunos capítulos para acompañar a Shizun en sus críticas.

 

Shen Qingqiu bajó lentamente el abanico.

 

—¿Qué?

 

Luo Binghe inclinó la cabeza con perfecta inocencia.

 

—Si criticar novelas malas relaja a Shizun, Binghe también quiere aprender.

 

No.

 

No, eso era peor.

 

Eso era mucho peor.

 

Shen Qingqiu imaginó a Luo Binghe sentado junto a él durante horas, leyendo cada frase ridícula, preguntando si Ye Lianhua era más o menos devoto que él, si sus sopas eran mejores, si su llanto era convincente, si Shizun prefería protagonistas que esperaran bajo la nieve o bajo la lluvia.

 

Una pesadilla.

 

Una pesadilla doméstica.

 

Una pesadilla con té, bocadillos y ojos demasiado brillantes.

 

—Binghe —dijo Shen Qingqiu con extrema seriedad—. Nadie merece leer esa novela.

 

Luo Binghe sonrió.

 

—Entonces Shizun tampoco.

 

Shen Qingqiu se quedó sin respuesta.

 

Maldito.

 

Lo había atrapado con lógica.

 

Luo Binghe se inclinó un poco hacia él.

 

—Pero si Shizun insiste, Binghe lo acompañará.

 

El estudio quedó en silencio.

 

Shen Qingqiu miró la novela en manos de Luo Binghe.

 

Luego miró a Luo Binghe.

 

Ese hombre imposible, dramático, celoso de tinta y papel, absurdo hasta la médula y, por alguna razón inexplicable, suyo.

 

Finalmente, Shen Qingqiu suspiró.

 

—Solo un capítulo.

 

Luo Binghe sonrió como si hubiera recibido una confesión de amor.

 

—Solo un capítulo.

 

Mentira.

 

Ambos lo sabían.

 

Esa noche, en Qing Jing, el señor de pico y el emperador demonio se sentaron lado a lado frente a una novela terrible.

 

Shen Qingqiu criticó la estructura.

 

Luo Binghe criticó al protagonista.

 

La tetera se vació dos veces.

 

Ye Lianhua lloró en tres capítulos distintos.

 

Y, aunque Shen Qingqiu jamás lo admitiría en voz alta, leer basura literaria era considerablemente más relajante cuando tenía a alguien con quien burlarse de ella.

 

Incluso si ese alguien insistía, cada cinco páginas, en preguntar:

 

—Pero Shizun, ¿Binghe lo habría hecho mejor?

 

Y Shen Qingqiu, con el abanico cubriéndole el rostro, respondía siempre igual:

 

—Muchísimo peor.

 

Lo cual, por supuesto, Luo Binghe interpretaba como una victoria.

Notes:

Creo que ya me agrado la idea de escribir pequeños one-shots