Work Text:
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El motel se llamaba Starlight Inn, que era exactamente el tipo de nombre que ponían los moteles que no tenían nada de especial ni único. El letrero de neón en la fachada parpadeaba con la regularidad de algo que está a punto de rendirse pero todavía no ha tomado la decisión definitiva. Una de las "n" de la palabra Inn brillaba por su audencia. La habitación olía a ambientador de pino artificial y a años de gente que había dormido ahí sin dejar rastro de quiénes eran, que era exactamente lo que Dean buscaba en un motel: anonimato, funcionalidad, nada que te pida que seas algo concreto.
Dos camas. Una mesa. Una ventana con una cortina que no cerraba del todo y dejaba entrar una franja de luz artificial anaranjada del aparcamiento. Sam estaba en la cama más cercana a la puerta, como siempre, porque Sam había aprendido hace años que esa posición le daba a Dean la sensación de tener una salida de por si acaso aunque ninguno de los dos la necesitasen.
Cas en la silla junto a la mesa, repleta de papeles de bienvenida, lugares emblemáticos de los pueblos de alrededor y alguna que otra recomendación del bar de al lado. Algo de la mejor hamburguesa de la carretera 96.
Dean llevaba veinte minutos mirando el techo.
No era insomnio exactamente. Era, más bien, que su cabeza no había encontrado todavía el interruptor de apagado. Que la misión de mañana seguía reproduciéndose en bucle con la insistencia de algo que sabe que importa y no puede dar con ello en ese instante. Era una misión complicada. Todas lo eran a estas alturas, pero esta tenía un tipo de complicación específica que Dean no acababa de saber cómo clasificar. Una variable que no cuadraba del todo con ningún esquema que conociese, algo que llevaba días notando en la forma en que Cas miraba los mapas y callaba cuando debería hablar.
—No vas a dormir —dijo Cas, en voz baja. No llegando a ser una pregunta del todo.
—Estoy intentándolo —dijo Dean, igual de bajo, porque Sam respiraba con la regularidad de alguien que duerme de verdad y ninguno de los dos quería cambiar eso.
—No lo parece.
Dean giró la cabeza hacia él. Cas seguía en la silla, con el abrigo puesto todavía, como si no hubiese considerado que la noche era para otra cosa que estar sentado en sillas de moteles de carretera esperando que amaneciera. Tenía las manos sobre las rodillas. Los ojos fijos en algún punto del suelo que no contenía nada especialmente interesante.
—¿Tú sí puedes? —preguntó Dean.
—Los ángeles no necesitamos dormir.
—Ya lo sé. Te he preguntado si puedes.
Cas no respondió de inmediato. Eso en sí mismo era una respuesta, aunque no del tipo que Dean sabía cómo leer todavía.
—No —dijo al fin.
Dean se incorporó despacio, haciendo crujir sus hombros al estirar los brazos por encima de su cabeza. Se sentó en el borde de la cama con los codos en las rodillas y la cabeza un poco baja, la postura que adoptaba cuando algo pesaba demasiado para estar tumbado con ello.
La franja de luz de la ventana cortaba el suelo entre ellos, creando una línea física de color amarillenta y pobre que dividía la habitación en dos mitades sin que nadie le hubiese pedido que lo hiciera. La separación era tanto física, como sentimental. Dos pares de ojos que no se miraban del todo y dos personas que parecía que no hablaban lo suficiente.
—¿Qué pasa, Cas?
—Nada.
—Llevas tres días con esa cara.
—Tengo la misma cara desde que llegué aquí.
—Ya lo sé —dijo Dean—. Y llevo desde ese momento intentando aprender a leerla. Así que te lo vuelvo a preguntar.
Silencio. Sam se movió levemente en su cama, un ajuste inconsciente que se tiene en sueños, y los dos esperaron sin moverse hasta que su respiración volvió a ser regular. Era un silencio diferente al que habría si estuviesen solos: más cuidadoso, más consciente de sus bordes, no construido alrededor de la presencia dormida de Sam como el agua construye su camino alrededor de las piedras.
—Mañana va a salir bien —dijo Cas. Y algo en su voz era raro. No falso exactamente. Raro de otra manera, de la manera en que suena algo verdadero cuando lo que no se dice es más grande que lo que sí.
Dean lo miró.
Cas seguía sin mirarle. Los ojos en el suelo, las manos quietas sobre las rodillas, el abrigo todavía puesto como si fuese una armadura.
—¿Para quién? —dijo Dean, despacio.
Cas no respondió.
Y Dean sintió algo moverse en el centro del pecho, frío y rápido, como cuando pisas en falso en la oscuridad y el estómago cae antes de que el resto del cuerpo entienda lo que ha pasado.
No lo dijo en voz alta. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, porque Sam dormía y porque decirlo en voz alta lo haría real de una manera diferente. Le daría una textura que ninguno de los dos estaba preparado todavía para manejar. Pero Dean lo supo en el momento en que Cas no respondió. Lo supo con la certeza sorda e inmediata de las cosas que ya sabías pero que habías estado evitando saber, y el techo del Starlight Inn con su gotelé beige y su bombilla de cuarenta vatios se convirtió de repente en el lugar donde Dean Winchester entendió lo que Cas no le estaba diciendo.
Se levantó de la cama.
No hacia la puerta para marcharse, sino hacia la silla.
Cas levantó los ojos cuando Dean se acercó, y Dean sintió lo de siempre: ese impacto menor y constante que llevaba años produciéndole esa mirada, la de alguien que te mira de verdad, sin filtro, sin la capa de educación o indiferencia con que la mayoría de la gente amortigua el contacto visual. Cas nunca había aprendido a mirar de otra manera, o quizá simplemente había decidido no hacerlo, y el resultado era que cada vez que te miraba sentías que era la primera y la última vez al mismo tiempo.
—Levántate —dijo Dean.
—Dean...
—Levántate, Cas.
Cas se levantó. Despacio, con la gravedad que ponía en los movimientos cuando algo le pesaba, ocupó el espacio frente a Dean con esa manera suya de estar en un sitio que era completamente física y completamente otra cosa al mismo tiempo.
—Dímelo —dijo Dean. Muy bajo. La voz que usaba cuando no quedaban capas, cuando se había quitado todo lo que normalmente llevaba puesto encima—. Lo que no me estás diciendo. Dímelo.
—Si te lo digo —dijo Cas, igual de bajo— vas a intentar cambiarlo.
—Sí.
—Y no puedes.
—Me da igual.
—Dean. —El nombre en su boca tenía una forma específica. Siempre la había tenido, desde la primera vez que lo había pronunciado en aquella pequeña iglesia donde se conocieron. Pero ahora tenía también algo más, algo que Dean identificó con un retraso de un segundo como la voz de alguien que está memorizando—. No puedes. Ya lo he calculado. He tardado tres días en calcularlo porque no quería que el resultado fuese este, pero lo es. Y si te lo cuento vas a pasar la noche buscando otra salida y no la hay y mañana vas a estar agotado y distraído y eso sí que podría salir mal.
—¿Así que me lo ibas a ocultar?
—Te lo estoy ocultando. En presente.
Dean se pasó una mano por la cara. Exhaló despacio, por la nariz, el gesto de quien está intentando mantener algo dentro que quiere salir con demasiada fuerza. La franja de luz de la ventana seguía en el suelo. Sam seguía respirando. El letrero de neón del aparcamiento seguía parpadeando, fiel a su ritmo de casi-rendirse-pero-todavía-no.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que ibas a hacer esto? —dijo Dean.
—Desde que encontramos la información sobre el ritual.
—Eso fue hace una semana.
—Sí.
—Una semana, Cas.
—Lo sé.
—Llevas una semana sabiendo que mañana ibas a... —Se detuvo. No terminó la frase porque terminarla era darle forma y era demasiado concreta para esta habitación, para esta noche, para la franja de luz que aún seguía dividiendo el espacio y la respiración regular de Sam—. Y no me has dicho nada.
—No —admitió Castiel—. No te he dicho nada.
—¿Por qué?
La pregunta era sincera. No era un reproche, aunque pudiese parecerlo; era la pregunta real, la que Dean necesitaba que tuviese respuesta porque sin ella todo lo demás era demasiado grande para caber en ningún sitio.
Castiel tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era quieta y directa y tenía esa calidad específica de las cosas que se dicen cuando ya no queda motivo para no decirlas.
—Porque quería estas noches —dijo—. Las de esta semana. Quería cenar con vosotros y conducir en el Impala y escuchar a Sam quejarse de la música y verte discutir con él. Quería las cosas normales. —Hizo una pausa—. Contigo.
Dean no dijo nada.
—Si te lo hubiese dicho hace una semana —siguió Cas— habrías pasado estos días intentando arreglarlo. Buscando otra salida. Enfadado conmigo o con la situación o con las dos cosas a la vez. No sé. Y no habría habido cenas. No habría habido el Impala.
—No habría habido el Impala —repitió Dean, muy despacio, como si necesitase escucharlo en su propia voz para creerlo.
—No.
Silencio.
—También es una putada enorme.
—Lo sé —dijo Castiel, y algo en su voz cambió: se alivió un milímetro, como si la tensión de haberlo dicho hubiese costado más de lo que parecía y soltarla fuese fisicamente notable—. Lo sé.
Dean se quedó mirándole. Cas le devolvió la mirada con esa atención completa que tenía, la que no se perdía nada, la que procesaba a Dean Winchester con una precisión que a veces resultaba aterradora y otras veces era lo único que hacía que Dean sintiese que era real, que existía más allá de lo que hacía o lo que no había podido salvar.
—¿Qué quieres? —dijo Dean al fin—. Esta noche. Lo que quieras.
Cas parpadeó. Era un gesto pequeño pero notable porque Cas no parpadeaba con la frecuencia normal de los humanos y cuando lo hacía, solía significar que algo le había cogido desprevenido. Como ese momento.
—¿Qué?
—Que qué quieres —repitió Dean—. Tienes una noche. Dime qué quieres hacer con ella y lo hacemos.
Castiel lo miró durante un momento largo. Detrás de ellos Sam siguió durmiendo ajeno a todo aquello, y el neón siguió parpadeando, y la franja de luz siguió dividiendo el suelo en dos mitades. Dean esperó con una paciencia que no era habitual en él pero que Cas siempre le producía, la paciencia de alguien que ha aprendido que este silencio específico vale la pena esperar.
—Esto —dijo Cas al fin—. Quiero esto.
—¿Estar de pie en un motel?— Se rió por lo bajo, sin alzar la voz.
—Estar aquí contigo —dijo Cas—. Sin que mañana sea todavía hoy. Sin que ninguno de los dos tengamos que ser lo que somos fuera de esta habitación.
Dean asintió despacio.
—Eso puedo hacerlo —dijo.
Salieron sin despertar a Sam.
No era difícil: Sam dormía con la solidez de alguien que había aprendido a descansar cuando podía porque nunca sabía cuándo iba a poder volver a hacerlo, y Dean cerró la puerta con el cuidado exacto que requería la situación, sin ruido, con la mano en el pomo hasta el último momento para que el pestillo no sonase.
El aparcamiento del Starlight Inn a las dos de la mañana era un rectángulo de asfalto agrietado con tres coches, una máquina expendedora con la mitad de las ranuras vacías y el neón parpadeante que desde aquí era todavía más evidente en su agonía eléctrica. El aire tenía ese frío limpio de las carreteras secundarias lejos de cualquier ciudad, el tipo de frío que no huele a nada porque no hay nada cerca que le preste su olor.
El Impala estaba en el extremo izquierdo del aparcamiento, justo al lado de una cabina abandonada de teléfono.
Dean no dijo nada. Fue hacia su coche sin pensarlo dos veces y Cas fue con él, y eso era suficiente, eso era exactamente lo que ambos necesitaban sin que ninguno tuviese que articularlo: moverse, salir de las cuatro paredes que olían a pino artificial, respirar el aire de fuera aunque el frío no fuese especialmente invitador (aunque solamente lo fuese para uno de ellos dos)
Se sentó en el capó.
Era algo que Dean había hecho de forma solitaria más veces de las que podría contar con todos sus dedos disponibles: en carreteras de distintos estados, bajo distintos cielos, con distintos grados de desastre personal a sus espaldas. El capó de la Impala era uno de los pocos lugares en el mundo donde sabía exactamente cómo estar y cómo sentir, donde su cuerpo encontraba la posición correcta sin instrucciones, donde el metal frío bajo los muslos y el peso del cielo sobre él eran variables conocidas en una ecuación que casi nunca era simple.
Cas se sentó a su lado. No demasiado lejos. Su gabardina hizo algo de ruido en mitad del silencio de la noche cuando se sentó sobre su tela.
El cielo sobre esta parte de ningún sitio, Iowa o Missouri o el tramo sin nombre entre los dos, era oscuro y limpio y lleno de estrellas con esa generosidad que solo tienen los cielos que no tienen que competir con la luz de ninguna gran ciudad. Dean miró hacia arriba de la misma manera en la que llevaba meses mirando hacia esa dirección, con el hábito nuevo y sin objetivo directo que se había instalado en él desde hacía tiempo. El gesto vacío del que busca sin saber ya del todo qué está buscando entre esas cuantiosas estrellas.
—¿Cuántas veces has visto este cielo? —dijo Dean sin apartar su mirada del inmenso mar negro que era el cielo.
—¿Este exacto?
—El cielo. Las estrellas.
Cas consideró la pregunta con la seriedad que le daba a todas las preguntas que Dean hacía de verdad, pero no imitó el gesto de Dean. Simplemente, se quedó mirando al chico que tenía al lado con esa inclinación tan típica del ángel cuando observaba algo.
—Millones de veces —dijo—. Desde antes de que existiese nadie que pudiese mirarlo.
—¿Y sigue pareciéndote algo?
—Sí —dijo Cas, sin dudar—. Cada vez más, en realidad. Cuanto más tiempo paso aquí abajo, más me parece.
Dean no respondió. Siguió mirando el cielo con las manos en el metal frío del capó y los hombros un poco tensos, la tensión que no se le iba del todo nunca pero que a veces bajaba un grado o dos dependiendo de dónde estuviese y con quién.
—¿En qué piensas? —dijo Cas.
—En nada.
—Dean.
—En ti —dijo Dean. Sin pausa, sin preparación, con la misma naturalidad con que se dice algo que es simplemente verdad y que ya no tiene sentido disfrazar—. Estoy pensando en ti.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Más quieto. Más cargado de la manera específica en que se cargan los silencios cuando lo que acaba de decirse no tiene respuesta fácil pero tampoco la necesita, cuando es simplemente suficiente con que exista en el aire entre dos personas.
—Llevo años haciéndolo —añadió Dean—. Por si no lo sabías.
Cas no respondió de inmediato. Miró el mismo trozo de cielo que Dean y en el perfil de su cara había algo que no era sorpresa, que nunca había sido sorpresa, y eso era quizá lo más difícil de sostener: que no era una revelación para ninguno de los dos. Que lo habían llevado los dos, cada uno a su manera, sin que nadie lo nombrara. Años enteros de eso.
—Ninguno de los dos fuimos muy valientes —dijo Cas al fin, en voz baja. Sin reproche. Solo como lo que era: un hecho.
—No —dijo Dean—. No lo fuimos.
Una nube cruzó una franja del cielo y tapó un puñado de estrellas durante unos segundos antes de seguir su camino y el frío se asentó un poco más. Dean pensó en todo el tiempo que había pasado siendo exactamente esto: alguien que tiene las palabras y las guarda, que construye distancia donde no la necesita porque la distancia es lo único que sabe manejar con consistencia. Y pensó que Cas había hecho lo mismo, a su manera, con sus propios motivos, y que quizá por eso habían encajado tan bien en el silencio durante tanto tiempo. Dos personas muy distintas con exactamente el mismo miedo.
—Mañana —empezó.
—No —dijo Cas.
Fue suficiente.
No hizo falta más: ese no tenía el peso exacto de lo que necesitaba decir, quieto y sin fisuras, y Dean lo recibió y lo dejó estar. Cerró la boca. Miró el cielo. En algún lugar detrás de ellos el neón del Starlight Inn seguía con su agonía eléctrica y nada de lo que iba a pasar mañana había desaparecido, pero Cas tenía razón y Dean lo sabía.
A veces, saber que alguien tiene razón es suficiente para dejar de pelear contra ello.
Dean lo miró. Cas le devolvió la mirada, y con la luz escasa del aparcamiento y el cielo lleno de estrellas detrás, Dean leyó todo lo que Cas no estaba diciendo con la fluidez del que lleva seis años aprendiendo ese idioma específico sin admitirlo. Siempre había sido así con Cas: la cara más honesta que había visto nunca (en el sentido de que no sabía ser otra cosa) y a veces eso era lo más difícil de sostener.
—Hay cosas que no te he dicho —dijo Dean.
—Lo sé.
—Cosas que debería haberte dicho hace mucho.
—Lo sé —repitió Castiel—. Yo también las tengo.
—¿Y qué hacemos con eso?
Cas tardó un momento. Cuando habló, su voz era quieta y directa y tenía la calidad de las cosas que se dicen cuando ya no queda mañana suficientemente lejos como para seguir aplazándolas.
—Decirlas —dijo—. Esta noche. Aquí. Sin que importe lo que pase después porque lo que pase ya está decidido. Y no podemos cambiarlo, pero esto sí podemos hacerlo. Esto está en nuestra mano todavía.
Dean asintió despacio.
Se giró hacia Cas. Seguían los dos en el capó, hombro con hombro hasta un momento antes, y ahora Dean le miraba de frente con el asfalto frío bajo los pies de ambos y el neón parpadeando a la derecha y el cielo enorme detrás. Por un momento, la imagen le pareció extraña de una manera que tardó un segundo en identificar: Cas completamente quieto, con el abrigo y esa forma suya de ocupar el espacio sin moverse, y Dean pensó que quería recordar esto, que quería que esta imagen específica se quedase en algún lugar donde pudiese encontrarla cuando lo necesitase.
Puso las manos en la cara de Cas.
No pensó en hacerlo. Simplemente ocurrió, como ocurren las cosas cuando el cuerpo toma la delantera y la cabeza llega después a intentar entenderlas. Las mismas manos con que había conducido el Impala durante veinte años, con las que había limpiado armas y cargado muertos y que ahora, en este aparcamiento sin testigos, encontraban la forma exacta de la cara de Cas como si siempre hubiesen sabido cómo era.
—Te escucho —dijo Dean.
Y Castiel habló.
No fue un discurso. No fue la declaración ordenada y elocuente que cabría esperar de un ser que llevaba milenios existiendo y que teóricamente tenía todo el vocabulario del universo a su disposición. Fue más bien lo que siempre había sido Cas cuando hablaba de verdad: directo, sin adornos, con la precisión de quien no tiene tiempo para rodeos y tampoco los necesita.
Le dijo que había aprendido lo que era querer a alguien a través de él. Que antes de Dean sabía lo que era la devoción, la lealtad, el propósito... pero que esas cosas tenían una dirección y no un objeto, eran hacia algo abstracto y no hacia alguien en concreto. Que Dean Winchester había sido la primera cosa concreta que Cas había elegido por él mismo, no porque le hubieran dicho que lo hiciese sino porque no había podido no hacerlo. Que esa diferencia era la diferencia entre todo lo anterior y todo lo posterior.
Le dijo que había habido momentos a lo largo de estos años, en los que había estado a punto de decirle. En el Impala, en muchas habitaciones de motel, en el búnker, en campos de batalla donde el tiempo se comprima de una manera que hace que la verdad sea más fácil de alcanzar. Momentos en los que la frase había estado en la punta de algo que en un ángel, no era exactamente lengua pero que cumplía la misma función... y que siempre había encontrado un motivo para no decirla. Para protegerle, suponía. Para no complicar las cosas, pensaba. Para no poner un nombre a algo que mientras no lo tuviese, podía existir sin el peso de lo que conlleva tenerlo.
Le dijo que lo sentía. No el sentimiento en sí, sino no haberlo dicho antes, haberle robado a Dean la posibilidad de hacer algo con esa información cuando todavía había tiempo para algo.
Y Dean lo escuchó todo.
Lo escuchó con las manos todavía en su cara, los ojos fijos en los suyos y sin interrumpirle, que era algo que Dean Winchester no hacía con casi nadie pero que con Cas siempre había sido diferente. Siempre había habido algo en la voz de Cas que le pedía que esperase, que escuchara de verdad, que le diera el espacio que necesitaba para terminar lo que había empezado a decir.
Cuando Cas terminó, el silencio que siguió era del tipo que solo existe después de que algo importante se ha dicho. Limpio. Irreversible. Del tipo que no se puede deshacer porque ya existe y seguirá existiendo aunque nadie vuelva a mencionarlo.
—Yo —empezó Dean.
—No tienes que...
—Cállate —dijo Dean, sin dureza—. Te he dejado hablar. Ahora me toca a mí.
Cas se calló.
Dean bajó las manos de su cara. Las apoyó en el capó y se inclinó hacia él hasta que el espacio entre los dos era demasiado pequeño para contener nada más que lo que estaban diciéndose.
—Llevo años siendo exactamente lo que me enseñaron a ser —dijo Dean—. El tipo duro. El que no necesita nada. El que funciona solo y no pide ayuda y no dice en voz alta las cosas que siente porque decirlas las hace reales y si son reales pueden quitártelas. —Hizo una pausa—. Eso me lo enseñó mi padre. Y no es culpa suya del todo, le enseñaron lo mismo, pero el caso es que lo aprendí bien. Demasiado bien.
Cas no dijo nada. Esperó.
—Y luego apareciste tú —dijo Dean—. Y no encajabas en ninguna de las cajas que tenía. No eras una amenaza porque me salvaste. No eras un aliado porque me importabas demasiado para eso. No eras humano pero tampoco eras solo un ángel. No para mí. No desde el principio. Y no supe qué hacer contigo y he estado sin saber qué hacer contigo desde entonces. Son seis años, Cas, seis años en los que has estado ahí y yo he estado aquí. Y en el medio había toda esta... cosa sin nombre que ninguno de los dos nombraba.
—Lo sé —dijo Cas, muy despacio.
—La razón por la que no la nombraba —siguió Dean— no era que no supiera lo que era. Era porque que sabía exactamente lo que era y me daba terror. Porque las cosas que me importan de verdad siempre acaban mal. Siempre. Es casi una ley del universo en mi vida particular. Y tú ya habías muerto suficientes veces como para que yo supiese que nombrarlo iba a ser lo mismo que ponerte una diana.
—Dean...
—Déjame terminar.
Cas cerró la boca.
—Lo que quiero decirte —dijo Dean, y su voz era más baja ahora, más despojada, la voz de las dos de la mañana en un aparcamiento sin testigos— es que no hay ninguna versión de estos seis años en que yo no haya sabido lo que sentía. Ninguna. Lo sabía cuando me sacaste del Infierno y lo he sabido cada día desde entonces aunque haya pasado cada uno de esos días fingiendo que no. Y si hay algo que lamento es exactamente eso: que hayas tenido que estar seis años sabiendo lo que yo sentía sin que yo te lo dijera. Porque eso no es justo y lo sé. Lo he sabido siempre y lo hacía de todas formas.
Silencio.
El neón parpadeó una vez, dos veces.
—Te quiero —dijo Dean Winchester, en voz baja, en un aparcamiento perdido a saber dónde, con el frío en los huesos y el cielo lleno de estrellas sobre ellos—. Llevas seis años siendo lo más importante que tengo. Y lo siento. Lo siento mucho, Cas.
Castiel le miró durante un momento que no tenía duración medible en ningún sistema que Dean conociese.
Y entonces Castiel hizo algo que Dean no esperaba: no respondió con palabras. Le puso una mano en el pecho de manera sencilla, sin carga, como alguien que simplemente necesita el contacto para confirmar que lo que tiene delante es real.
—No lo sientas —dijo Cas.
Dean cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, Cas seguía ahí con esa forma suya de ocupar el espacio y el tiempo. La mano todavía en su pecho. Dean pensó que había cosas que no merecían rodeos. Que había momentos en los que la única respuesta honesta era la más directa... por lo que se inclinó hacia delante y besó a Castiel en el capó del Impala bajo el cielo de una carretera sin nombre.
El beso no se parecía a ningún otro que Dean hubiese dado.
No porque fuese diferente en su mecánica, sino porque tenía debajo todo lo que había llevado hasta él: tantos años y cada momento en que habían estado a punto y no habían podido. Las palabras que acababan de decirse en el frío del aparcamiento... además de la información que Dean todavía estaba intentando procesar sobre lo que iba a pasar mañana y que se había prometido, no darle más vueltas esa noche.
Todo eso estaba en el beso. Y hacía que pesase de una manera diferente. Que fuese más lento de lo que habría sido de otra manera, más cuidadoso, más del tipo de beso que se da cuando quieres que dure porque sabes lo que viene después de que acabe.
Cas respondió con una mano en su mejilla. Simplemente ahí, como quien sostiene algo que no quiere que se vaya pero que tampoco va a retener a la fuerza. Dean tuvo los ojos cerrados todo el tiempo. No quería ver. Quería solo sentir, solo esto, solo el frío del capó bajo los muslos y el calor de Cas cerca.
Cuando se separaron, Dean no se apartó. Se quedó donde estaba, cerca, con los ojos todavía cerrados un segundo más. Respiraba despacio. Cas no se movió tampoco, y en el silencio que quedó entre ellos había algo que Dean no supo nombrar pero que reconoció de todas formas: el tipo de quietud que no pide nada, que no necesita que pase nada más para ser suficiente.
—Oye —dijo Dean, muy despacio.
—Dime.
—Mañana, cuando esto acabe... —Se detuvo. Sintió el impulso familiar de encontrar la salida, de buscar el ángulo desde el que la situación era diferente de lo que era. Lo dejó pasar. Exhaló—. Nada. Nada, Cas.
—Bien —dijo Castiel, en voz baja.
—Bien —repitió Dean.
Se quedaron así un rato más. El frío seguía ahí, fiel, y el neón seguía parpadeando con su ritmo de agonía eléctrica, y en algún momento Dean se bajó del capó y se apoyó en el lateral del coche . Cas se bajó también y se puso a su lado mirando el mismo trozo de cielo que no pedía nada y no prometía nada. Simplemente estaba, enorme y lleno de estrellas. Completamente ajeno a todo lo que pasaba debajo de él.
Uno de sus ángeles sacrificándolo todo por uno de los tantos humanos que habitaban la tierra.
Despidiéndose por primera y última vez.
No hablaron mucho más esa noche. No hacía falta. Habían dicho lo que tenían que decir y lo que quedaba después de eso era simplemente estar, que era algo que Dean no hacía bien en general pero que con Cas siempre había sido diferente.
Cuando empezó a clarear por el horizonte, entraron.
Dean se tumbó en su cama. Cas volvió a la silla junto a la mesa, que había decidido que era su sitio y Dean le miró desde la almohada con los ojos entrecerrados. El cansancio instalado en sus huesos.
—Cas —dijo.
—Duerme —dijo Cas.
—Cas— Volvió a insistir.
—Dean.
—Gracias —dijo Dean—. Por la semana. Por las cenas. Por el Impala.
Silencio.
—De nada —dijo Castiel, en voz muy baja.
Dean tardó menos de lo que Cas esperaba.
Quizá era el cansancio de la semana entera, o el peso específico de las cosas que se dicen en voz alta por primera vez. Que dejan el cuerpo más vacío de lo habitual, más dispuesto a soltar. La respiración se fue acompasando despacio, perdió los bordes irregulares de la vigilia y en algún momento entre un minuto y el siguiente, Dean Winchester se quedó dormido.
Cas esperó un poco más, por si acaso.
Luego se levantó de la silla.
No hizo ruido. No porque fuese necesario ya Dean dormía con la profundidad de alguien que ha agotado todos sus recursos por esta noche, sino porque el silencio le parecía lo correcto. Lo que merecía este momento.
Cruzó la distancia entre la silla y la cama despacio, sin urgencia, con el tipo de calma que no es frialdad sino todo lo contrario: la calma de alguien que quiere que esto dure, que está midiendo cada segundo porque sabe que no habrá más.
Se quedó de pie junto a la cama.
Dean dormía de lado, ligeramente encorvado, con una mano bajo la almohada y la otra sobre el edredón barato del Starlight Inn. La luz gris del amanecer entraba por la rendija de la cortina y caía sobre él de una manera que no era bonita exactamente, que era demasiado fría y demasiado pobre para ser bonita. Pero a Cas le pareció suficiente. Más que suficiente. La luz justa para ver lo que quería ver.
Empezó por las pecas.
Era algo que había hecho otras veces cuando Dean dormía y el tiempo entre la medianoche y el amanecer se convertía en algo que solo existía para él. Las había contado antes. Sabía el número, o lo había sabido en algún momento, aunque el número cambiaba ligeramente según la estación y la cantidad de sol que Dean hubiese recibido ese año. Ahora las contó de nuevo, despacio, empezando por el puente de la nariz y moviéndose hacia los pómulos, hacia la frente, hacia el pequeño grupo que vivía justo debajo del ojo izquierdo y que a Cas siempre le había parecido una constelación menor, sin nombre oficial, de las que solo existen para quien se toma el tiempo de mirar.
No llegó al final.
No porque perdiese la cuenta, sino porque en algún punto dejó de contar y simplemente miró. Era lo que había querido hacer desde el principio y simplemente el contar era la excusa para poder permitírselo.
Dean dormido era una versión de Dean que muy poca gente había visto. Sin la tensión habitual en los hombros. Sin la mandíbula apretada. Sin los ojos haciendo ese trabajo constante de evaluar y calcular y estar listo para lo que fuera. Era una cara que no le pedía nada a nadie, que simplemente existía. Cas pensó que era la versión más honesta de todas, más incluso que la del aparcamiento de hace un rato con las palabras diciéndose en voz alta, porque esta no había sido elegida. Esta simplemente era él.
Con cuidado. Con más cuidado del que había tenido nunca con ninguna cosa en ninguno de los universos que había visto, Cas levantó la mano y le apartó el pelo de la frente.
Solo eso.
Un gesto pequeño, sin peso, del tipo que no despierta a nadie. El pelo de Dean era rebelde incluso dormido, tenía la costumbre de caer exactamente donde no debía y Cas lo colocó despacio con dos dedos, sin premura, como si tuviese todo el tiempo del mundo aunque supiese que no era así.
Dean no se movió.
Cas retiró la mano.
Se quedó un momento más de pie junto a la cama, con las manos a los costados y el abrigo puesto todavía y el amanecer entrando cada vez con más decisión por la rendija de la cortina, tiñendo la habitación de un gris que se iba volviendo blanco poco a poco, con la paciencia que tienen las cosas que no tienen prisa.
—Ha sido suficiente —dijo Cas, en voz muy baja. No a Dean, que no podía escucharle. Quizá a la habitación. Quizá a nadie, al fin y al cabo—. Esta semana ha sido suficiente.
No dijo nada más.
Volvió a la silla junto a la mesa y se sentó con las manos sobre las rodillas y los ojos en Dean. Esperó a que llegase la mañana con la misma quietud con que había esperado siempre todas las cosas que no podía cambiar: sin resistencia, sin prisa, sabiendo que el tiempo que quedaba era exactamente eso. Y que no había manera de hacerlo más largo, pero que tampoco había ninguna razón para que fuese más corto.
Sam seguía durmiendo.
Dean también.
Y Cas los observó a los dos hasta que el neón del aparcamiento se apagó por fin, y la noche de carretera terminó de la manera en que terminan todas las noches: sin anunciarlo, sin pedir permiso, simplemente dejando de ser.
