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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-06-17
Words:
5,130
Chapters:
1/1
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1
Kudos:
14
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123

Lo que hay tras una ilusión

Summary:

No le toma demasiado tiempo notar que Nami es perfecta. No porque su sonrisa sea brillante ni su nivel de atractivo tal que vuelve loco a Sanji. Es perfecta porque su actitud es cruda. Su sonrisa más brillante aparece con el reflejo de sus berris y su ceja desafiante cuando algo la saca de quicio. No se molesta en ocultar eso. Y entonces ella toma lo que quiere, sin más.

Notes:

Disclaimer: One Piece no me pertenece.
Este one-shot guarda relación con Lo que hay en el mar, pero puede ser leído de manera individual y no habrá mucho que perder.

Work Text:

El sol era abrasador, la madera de la cubierta estaba a segundos de arder como el suelo del infierno. No lo molestaba. Sus pies se derretían dentro de sus botas, podría tirarlas por ahí y evitar eso, pero no había ni la más mínima brisa fresca. No valía la pena. En cambio se mantuvo firme, levantando la pesa con control y precisión.

El clima no iba a cambiar hasta que traspasaran una línea invisible en el espacio, por desgracia. La señal de que entraban en la zona del mar abierto o una nueva isla. Apenas despidieron a Alabasta unos minutos atrás, con Vivi agitando los brazos con efusividad y probablemente llorando ante la despedida. Era una chica sentimental, guiada por su corazón al punto de que era doloroso siquiera mirarla.

Aunque habría esperado que los demás estuvieran por ahí, parecía que los días agotadores bajo el sol de Alabasta habían sido suficiente cuota de masoquismo. Usopp no iba por ahí con sus herramientas, Luffy no gritaba de aburrimiento e incitaba a los demás a hacer estupideces. El silencio lo atrapó sin esfuerzo. Por lo general lo disfrutaba, concentrándose en la flexión de su bíceps y en mantener una postura efectiva para el ejercicio. Mente en blanco. Cuerpo sintiendo.

Removió sus pies, acomodándose a pesar de ya estar bien. Su mente se centró en el cosquilleo del sudor recorriendo su sien. Luego en la imagen borrosa, como una ilusión frente a él. Gruñó.

Por una vez el silencio era perfecto. El que no colaboraba era él.

La puerta que daba al camarote sonó con fuerza. Lo sintió en su cuerpo pero no volteó. Los pasos firmes, la suela chocando con ritmo, un suspiro hastiado. Nami cruzó desde el inicio de la escalera hasta las cajas que Usopp había insistido en guardar, por si acaso, por si aparecía otro gordo come barcos. Él lo dudaba.

Se sentó y cruzó las piernas, ni siquiera le dirigió la mirada a pesar de que él había estado absurdamente consciente de su presencia desde el primer segundo. No importaba. Exhaló con fuerza, siguiendo el movimiento del ejercicio.

Nami movió el pie de forma casual, balanceándolo, al mismo tiempo en que revisaba el rumbo. Una vez se mostró satisfecha con su revisión apoyó la espalda en el mástil y deslizó su cabello tras su oreja derecha. El arete hizo un movimiento breve.

Cuando sintió su mirada él ya había regresado la suya a un punto en el mástil, aún borroso por la temperatura del ambiente.

—Son unos idiotas.

Gratuito. Estaba seguro de que él estaba incluido. La forma en que lo había dicho se lo confirmaba.

—Pero los admiro —No, no era un halago—. El clima está horrible y puedes pararte bajo el sol como si nada ocurriera con tus enormes pesas. ¿Te quemó las neuronas?

Le dirigió la mirada, enarcando su ceja un poco. Optó por guardar silencio.

La noche anterior, durante la celebración, le había parecido casi encantadora. Solía actuar como una niña caprichosa cuando estaba ebria —él no era mejor—, había dicho que en su primera pelea había tardado menos que él en ganar. Pero tras encontrarse de nuevo tuvo que cargarla. Aún podía sentir su vocecita demandante en su oído. Eso no habría pasado si pensara aunque fuera una vez a la semana en ejercitar su cuerpo. No porque necesitara reflejar algo en el cuerpo, sino por ganar resistencia.

Ella lo habría hecho cargarla en sus hombros por el desierto eventualmente si no hubiera aparecido Luffy con el camello.

No le había tomado mucho tiempo descifrar el comportamiento de Nami. Al inicio pensó que era una mujer sin trabas, en el sentido negativo. Alguien que iba a tirarlos al mar para quedarse con el bote si era necesario. Pero resultó que tenía una manera poco ortodoxa para hacer las cosas, pero lógica, teniendo en cuenta que había sobrevivido como una ladrona.

Había una ilusión frente a ella, como ese espacio que se veía borroso por el calor. Nami actuaba con intención, siempre con un propósito, mientras lo ocultaba muy bien. Reflejaba lo que quería que vieran.

Pero había ocasiones donde sus ojos no podían mentir. Como esa, como la noche anterior, como cuando desvió el ataque por ella en las calles de Alabasta. Mantenía la ilusión sobre ella, pero en las partes más difuminadas, había una verdad. Duda, sentada frente a él. Emoción, mientras le decía que había ganado con voz calmada y suave. Miedo y un destello diferente cuando evitó que la convirtieran en tiras de carne.

Ella respiró ruidosamente, con esfuerzo, se abanicó el rostro con su propia mano. No entendió qué hacía ahí, estaba claro que odiaba quedarse sentada bajo el sol, a duras penas protegida por la sombra del mástil, cuando podía estar en la cocina con Sanji rondando y ofreciéndole uno y mil jugos refrescantes para el calor. Estaba dudando. Le hacía pensar en alguien que planeaba lanzarse de un barranco aún cuando sufría de vértigo.

—¿Por qué—?

—Deberías—.

Su sugerencia quedó a medias cuando escuchó su voz en el mismo momento. Silencio. No le incomodaba, pero no podía definirlo más allá de eso.

—Deberías entrar. Cejas rizadas estará dispuesto a abanicarte mientras te ofrece una bebida.

Usualmente Zoro no se jactaría de saber leer a las mujeres. Sabía cosas, muchas instintivas. Podía ver a una mujer observándolo con interés, podía ver a algunas rechazando a Sanji con incomodidad. Cosas que mucha veces no se miraban realmente, se percibían. Lo que mejor podía reconocer era la duda, el remordimiento, la angustia y la ira. Los había visto todos en los ojos de Kuina. Se manifestaban de forma diferente en un hombre y una mujer. Gracias a eso su cuerpo los sentía como sentiría un elefante en medio de la cubierta.

—Vengo de ahí —Dijo con simpleza.

Entendía.

—Si entrenaras podrías golpearlo más fuerte cuando sea necesario.

—Mi mayor cualidad es ser bonita —Superficial. Una ilusión.

Zoro sintió su sonrisa traicionarlo. Hubiera preferido mantenerse imperturbable.

—Para ser fuerte estás tú.

—Eso no incluye golpear a Sanji por ti. Por otros motivos, tal vez.

—No quiero golpearlo. Solo —dudó— espacio.

Ahí estaba, una de las partes poco claras en su artimaña.

—Dilo.

Nami resopló. Sí, bueno, también entendía eso. Ya lo había hecho antes, pero Sanji estaba muy metido en su propia ilusión.

—Extrañaré a Vivi, por muchos motivos genuinos —Murmuró—. También porque Sanji debía dividir su tiempo.

Esta vez él sonrió sin siquiera esforzarse en ocultarlo.

Mientras eso ocurría, sintió la misma duda que ella en una parte de él. La que se instalaba en el pecho y la garganta cuando no estabas seguro de decir lo que pasaba por la cabeza.

—Al inicio, habría jurado que adorarías esa atención.

Nami levantó una ceja.

—¿No me estabas incitando a regresar con Sanji hace... nada?

—Tengo derecho a molestarte —Antes de que ella replicara, continuó—. Si no puedo ir en contra tuya por la deuda, al menos lo haré con eso.

—Un lado vengativo, interesante —Alzó la mirada para cruzarla directamente con la de él—. Al inicio habría sido así. ¿Qué cambió?

—Te conozco.

No lo pensó mucho, sabiendo que iba a callarse si le daba una vuelta más. Porque sonaba extraño, quizá íntimo, incluso ella podía pensar que era arriesgado e idiota por creer por un segundo que la conocía. Pero no lo iba a hacer esta vez. Algo en sus ojos todavía no estaba dicho, la hacía parecer perdida y tal vez un poco vulnerable. Esa cosa que todavía no descifraba, la que había visto en Alabasta tras el miedo, rondaba por ahí.

—Tal vez deberíamos negociar la deuda. A cambio de que golpee a Sanji.

Al final decidió darle un escape, arrepentido, aunque no quisiera demostrarlo y mucho menos decirlo.

Nami se puso de pie con rapidez, captando su atención absoluta de forma inmediata. El movimiento de su pesa se hizo un poco más lento, se hizo menos consciente de sus músculos estirándose y regresando a su lugar.

—Así que me conoces —No era reproche lo que oía. Su tono afilado y, en algún tono, divertido. Parecía un gato que había percibido la presencia de un ratón. Zoro no pudo adivinar qué pasó por su cabeza, pero estaba el algo, la pieza que le faltaba para terminar de comprender—. Casi me siento halagada de que el mejor espadachín del mundo se jacte de conocerme. ¿Recibiré algún reconocimiento en el futuro cuando se cuenten tus historias?

Zoro frunció el ceño. No molesto. Demasiado concentrado en entender cada parte de sus palabras para dejar de sentir que estaba perdiéndose de algo importante. Sobre todo, ella había escogido sus palabras creídas por sobre el salvavidas que le había lanzado. Ni la mención de su deuda o la posibilidad de que él pretendiera escapar de ella la habían atraído lo suficiente. Si lo pensaba detenidamente, si buscaba en su cabeza... Alguna vez había pensado que Nami era perfecta. No en el sentido halagador y cursi que habría usado Sanji para definirla. Para Zoro la perfección rondaba en otro sentido.

La actitud de Nami era cruda, filosa y precisa como la hoja de una espada, aunque pretendiera ser todo sonrisa encantadora o solo la bruja gritona, casi por rutina. Sanji diría que su sonrisa brillaba como el sol. Él siempre piensa que cuando mejor se ve su sonrisa es cuando la acompaña el brillo de los berries bajo el sol. El lado más honesto, acaparador. Incluso su gesto más natural es cuando alza la ceja, desafiante, cuando la sacan de quicio.

A pesar de esa ilusión que usaba, nunca se esforzó por ocultar ese lado de su personalidad. A corta edad entendió que lo que una persona pasaba en la vida la definía. Si Kuina no se hubiera concentrado en cambiar la predicción de su destino en el santuario, si hubiera olvidado su lado prisionero y las palabras de su padre, estaba seguro de que su vida hubiera sido plena. Nunca creyó la mentira de que ser mujer iba a hundirla como espadachina.

Él se sintió definido por eso. Observar con frustración y luego darse cuenta de que nada iba a moverse si él no se movía antes. Lo llevó a sobrevivir, aprender, entender cómo funcionaba el mundo fuera de la isla. Ver a la mujer de la marina había sido lo que lo había convencido. No era como él, no tenía el nivel que estaba seguro que Kuina habría tenido a esa edad, pero estaba ahí. Prueba irrefutable de que se había equivocado, que él tenía razón. Y cada vez que miraba su rostro tan parecido lo perturbaba.

Había conocido a Nami como una ladrona. Pronto entendió que la libertad tomaba otro significado para ella. Vio el miedo, paralizante, pero no se había dejado derrotar sin poner resistencia.

Tras ponerse de pie caminó hacia él. Un pie tras otro, como un gato acercándose al sitio de suspenso antes de saltar a cazar. Estaba a menos de un metro de él cuando algo en el espacio se estiró con fuerza.

Entendía que Nami era perfecta, no le había tomado demasiado tiempo verlo.

—Qué atrevido.

—Tengo mis motivos para creerlo.

No había pasado tanto tiempo en la cubierta, pero ella ya estaba sudando, como si estuviera en su lugar alzando pesas tras varios minutos.

—¿En serio?

—¿Vas a ignorar la vez que me salvaste? —Arremetió de inmediato.

Un movimiento rápido, tenso, movió su ceja.

—A pesar de todo se tomaron la molestia de ir —Dijo—. Además le habría quitado al mundo un gran elemento —El sarcasmo que sacaba a relucir cuando se sentía demasiado vista lo hizo bufar con diversión.

—Qué infantil, como cuando te pasas con el sake.

—¿Tú me hablas de ser infantil?

—No lo estoy negando.

Dio la impresión de que iba a cruzarse de brazos, pero finalmente optó por poner las manos en sus caderas.

—Entonces... crees que me conoces.

—Lo sé.

Saliéndose de su escena, Nami levantó una de las manos para volver a abanicarse con rapidez, anhelante de cualquier brisa más fresca que pudiera percibir antes de que se le escapara. El movimiento de su propio brazo, completamente mecánico e inconsciente, se detuvo. Pasó la pesa a su otra mano para mantener el mismo ritmo. Nami se acercó un poco más.

—¿Estás seguro?

Sus hombros se tensaron al percibir su aliento golpear en su pecho cuando se inclinó, como si buscara una grieta en su rostro, una duda. El movimiento de su mano se volvió dubitativo. ¿Estaba usando ese tono que usaba con los desconocidos cuando buscaba sacar provecho? ¿Con él? En cuanto se conocieron le había quedado claro que no iba a funcionar con él, entonces cuál era el verdadero propósito.

—Ambos sabemos que nunca no nos conoceremos el uno al otro por completo.

Zoro entrecerró los ojos un momento.

—A menos qué—.

Nami cortó la frase con intención.

—¿A menos qué...?

Levantó la mano hasta su pecho. Lo tocó de manera superficial con un dedo. Lo suficiente para causar que su mente se convirtiera en un campo de mandarinas, brillantes y jugosas. El aroma cítrico que antes no había tenido más efecto que la familiaridad se quedó en su nariz. Vio ese algo. Y sinceramente sintió miedo.

—A menos que quieras cambiar eso —Ella sonrió, como cuando tenía un tesoro pulido frente a sus ojos. Su dedo se deslizó, siguiendo el mismo camino que antes había trazado una gota de sudor. La piel más sensible de su cicatriz lo abrumó con una sensación conocida. Nunca asociada antes con Nami.

Se sintió un poco molesto consigo mismo. Nami era una navegante increíble, el norte del equipo, la cabeza, la lógica, lo que requería mantener la cabeza fría, lo que requería solicitar ordenes precisas. Entendió la duda. Entendió por qué había algo que exigía ser dicho pero que no sabía cómo. Lo sintió en su propia piel.

Su sonrisa cambió de encantadora a astuta. Quiso cambiar el aire y la tensión que había en medio.

—Solo bromeo.

Como cuando una ola golpea el borde de la playa con excesiva fuerza y retrocede con calma.

Nami era perfecta. Siempre alcanzaba su objetivo. Excepto cuando no era una situación aislada, cuando no la involucraba solo a ella. La duda volvió a su cuerpo, haciendo que sus movimientos fueran excesivamente rígidos. Dejó caer la pesa, ocasionando un ruido seco. Nami se sobresaltó frente a él, inconscientemente buscando retroceder un paso. No miedo. Simplemente el estruendo acabando por devolverla a su órbita original. Camaradería en lugar de eso.

—¡Zoro!

Tomó su muñeca con firmeza, sus dedos cargando de ella sin mucha exigencia. Siempre dejándole una salida si lo quería. Siempre.

—¿Qué?

—¿Qué? —Repitió molesta— ¿Qué harás si destrozas el suelo? No eres tú quién lo reparará, Usopp—.

Nami era perfecta porque siempre tomaba lo que quería. Siempre tenía un objetivo. Siempre llegaba a el. Sintió decepción al ver que esta vez no fue así. Aunque entendía por qué, pero la pequeña chispa de enojo era difícil de mantener a raya.

—Tal vez deberías preocuparte por tus acciones, ladrona.

Quedó en el aire. Ladrona. Lejano, provocativo, un empujón.

—No te recordaba tan cobarde —Alzó una ceja.

Ella abrió la boca, tentada a responder de manera impulsiva. Pero se detuvo. Zoro sintió que cualquier cuota de oxígeno era insuficiente. La respiración forzada, la bruma en su cabeza, el calor que aturdía los demás sentidos, el pulso ruidoso en medio del silencio.

Decidió tirar de la cuerda.

—Creí que siempre tomabas lo que querías.

Era demasiado consciente de la presencia de Nami en ese momento. Su mano en su muñeca percibió de fondo su latido, o era el propio, quizá ambos sincronizados. Entonces su parte más consciente causó un conflicto. Faltaba algo, aunque no quería dárselo tan fácil. Sí, tenía una parte vengativa. Pero tenía que hacerlo, tirarle el salvavidas, dejarle espacio para devolverse por donde había llegado. Permitirle entender la situación, sin presiones.

Soltó su muñeca, deshaciendo el agarre firme. Se volvió superficial, apenas podía considerarse que estaba sosteniéndola, pero ahí estaba.

Una brisa traspasó la cubierta, tibia, coherente con el ambiente que se había mantenido todo el tiempo. Esperaba que eso la terminara de arrastrar lejos de él, habría sido lo más sensato. A pesar de sus acciones, Zoro no estaba seguro de si podía con la nueva certeza que se había instalado en su cabeza. En un punto entendió qué era lo que no encajaba, lo que venía desentonando hace días en la dinámica ya aprendida.

Nami lo había mirado con instinto. Como algunas mujeres que no conocía pero de cualquier manera lo observaban con atención. Con ilusión oscura. Con deseo. Y a la vez era diferente a esas ocasiones. Más curioso, más cercano, íntimo. Aplacado apenas con la idea de que el compañerismo era imprescindible para el equipo. Le costó entenderlo porque era Nami, que ni siquiera mostraba interés por Sanji, a pesar de que algunas mujeres lo consideraran atractivo. El cocinero nunca había tenido un efecto así en ella, aparentemente. Nami, que nunca la había visto coquetear en serio en los puertos o en las celebraciones por las que habían pasado juntos. Aunque no siempre estaban juntos, siempre era posible que fuera cuidadosa. Pero cuando estaba cerca ella siempre buscaba beber, diversión, tal vez un juego que le sumara una deuda de la que pudiera sacar provecho. Nunca un compañero esporádico y dispuesto.

El mar chocó con la madera del barco, el sol siguió implacable, su pesa se mantuvo ahí donde la había dejado caer, la cubierta todavía silenciosa. Nadie atreviéndose a salir a ese infierno.

Tras un segundo de duda Nami lo miró a los ojos de nuevo. Ahí estaba. Miedo, duda, un destello de valentía. Frunció el ceño.

Cayó en cuenta de que la estaba desafiando. Él suprimió el impulso de sonreír.

Tómalo.

La misma mano que él había agarrado le tomó el brazo a pesar del sudor. No se dejó mover, pero Nami avanzó de nuevo y se levantó con sus pies hasta que no le dejó opción. Sus labios, tibios, tocaron los suyos. Pensó que eso era todo, probablemente odiaría el sudor que lo envolvía por todas partes y la humedad en su boca. Pero no retrocedió, así que tal como ella cerró los ojos.

Nami abrió sus labios levemente. Él dejó de pensar otra vez. El aroma a mandarinas, el sabor dulce de los labios que hace poco habían estado bebiendo un jugo de fruta decorado con ridiculez, contrastando con el toque salado de su propio sudor. El silencio, la ocasional brisa o el calor externo del ambiente, no volvió a sentir ninguno de verdad.

Suspiró ligero cuando ella se movió del otro lado, arrastrando con suavidad en lugar de separarse. De todas formas no podía sentir nada más que no estuviera relacionado con ella, así que levantó la mano hasta su pantalón corto y la acercó, buscando. Sus cuerpos chocaron ligeramente y la obligó a separarse por el movimiento, se le hacía difícil mantener el peso en la punta de sus pies si él hacía eso. Sintió incomodidad de su parte, probablemente creía que había cortado con el momento. No le dio importancia, se inclinó buscando comodidad para ella. Esta vez Zoro separó sus labios mientras sostenía su cadera de forma superficial, solo la punta de sus dedos alcanzando a tocar algo de piel, consciente, no tomando más de lo que ella estuviera dispuesta a dar. Intentó ser cuidadoso, por si la realización se instalaba entre los dos y acababa decidiendo que era mejor apartarlo. Por si el deseo se desataba y se daba cuenta de que él quería tanto o más como ella. Por si la asustaba.

Tomó su labio superior brevemente y regresó a tomar toda su boca. La lengua de Nami tropezó con la suya, tan suave y caliente. Zoro frunció el ceño, intentando, siempre intentando no arruinarlo. Sintió el momento en que dejaba de dudar, cuando se permitió más libertad y creatividad. Nami deslizó la lengua por su labio, Zoro la atrapó un momento, la dejó para tomar esta vez su labio inferior. Ella exhaló con fuerza. Su mano se quedó en su hombro, firme, a lo que él respondió afianzando el agarre de su cadera y traspasándolo a su cintura. Su otra mano cubrió su cuello, su cabello corto haciendo cosquillas donde tocaba. Nami presionó un poco más sus labios. Él presionó de vuelta. El agarre de su mano apretó un poco, intentó conectar su cerebro, mantenerse a menos que ella avanzara primero. Pero era caliente, era una sensación de vértigo recorriéndole el cuerpo, un peso en su estómago. Comenzó a respirar más forzado cuando el toque de sus labios se apresuró. Siguió el ritmo, ascendente, ya había pasado el momento de descubrir. Más, quería más. Sus pendientes chocaron con su piel cuando se movió hacia la derecha, rozando su nariz con ella. Tomó aire, sus sentidos tomando una nueva cantidad de su aroma. El sudor se mezcló con su saliva, contra todo pronóstico a ella no le importaba.

Quiso inclinarse más, pero no había más donde ir. Aunque empujara, no podría profundizar más el beso, estaban en el límite de lo posible y aún no era suficiente. Gruñó en su boca. La mano en su cuello se movió hasta acomodarse en su cabeza, su cabello pasando entre sus dedos. Nami volvió a tocar la lengua con la suya y lo imitó, deslizando los dedos por su cuello y su cabello. Exhaló con fuerza. Su estómago volvió a tirar. Algo vibraba dentro de él, algo que seguía el ritmo desesperado de su corazón, algo que seguía la lengua de ella con especial atención. Más. Necesitaba más. Toma todo lo que quieras.

Tomó su rostro y separó sus labios apenas. Besó cerca de ellos, cerca de su mandíbula, el otro lado, volvió a su lengua. Más.

Sintió una pequeña presión en su hombro. Nami deslizó la mano hasta su hombro y empujó ligero. Fue suficiente para romper la burbuja, pero no para que Zoro deseara que acabara. Aún así se alejó de su boca. Nami lo miró a los ojos. Ella estaba tan cerca, ardiendo el infierno en sus ojos, un lugar muy adecuado para él. El destello de duda regresó un segundo. De forma inmediata su agarre se hizo superficial, una vez pasado el momento tenía que devolverle su ruta de escape.

Notó que lo miraba con atención, cada detalle, su respiración forzada, su pecho expandiéndose contra el de ella. Volvió a sus labios, húmedos, un poco abiertos. No sabía qué veía en él, pero Zoro estaba seguro de que su vista era mil veces mejor. Le había dejado los labios más rojos de lo habitual, hacía un lindo conjunto con sus mejillas. Los ojos le brillaban con intensidad. Había sido su trabajo. Quiso sonreír pero—.

Ella se alejó, intentando regresar su respiración a la normalidad. No era la desesperación por tener aire tras un escape, era más bien el anhelo sutil de recuperar el control.

Ladrona.

—Me provocaste.

—Te ayudé —Respondió en defensa.

Sus voces leves, como cuando se comparte un secreto.

—No estabas siendo muy Nami.

—¿Qué sabrás tú de eso?

—Ya te lo dije —La vio dar otro paso atrás. No absoluto, no arrepentido, solo un poco de espacio para asentar algo—. Siempre tomas lo que quieres. Casi me haces creer que me equivocaba.

Nami abrió la boca. La cerró. Buscó algo en sus ojos, en su expresión.

—¿Lo sabías?

—Hasta que usaste esa vocecita, no.

—¿Funcionó? —Preguntó, escéptica, casi asustada por la posibilidad de que ella lo hubiera seducido.

Zoro ladeó la cabeza un poco.

—No.

—¿Cómo carajos—?

—Lo querías. ¿No es suficiente con eso?

Nami guardó silencio, esta vez como si su respuesta fuera algo que no estaba dentro de sus cálculos.

Había encontrado la manera de ser directo y a la vez no. Claro que no había sido esa voz fingida, tan obvia, que no funcionaba para nada en él. Fue saber, notar lo que buscaba, encontrar que le agradaba la idea y que ella podía tomar lo que quería. Como siempre había hecho. Él no iba a ser la excepción. Lo emocionaba, incluso. Conseguir esa atención, ese lugar en su mente, usualmente organizada y precisa. De Nami, de toda la gente, que ni siquiera caía ante las atenciones del cocinero. Él, de toda la gente, sin hacer mayor esfuerzo.

—Dices que fue porque lo quería.

—Sí.

Zoro hundió los hombros, sabía lo que se venía. Intentó no parecer exasperado de forma anticipada.

—Solo porque yo quería.

—Sí.

—Aunque tú no querías.

Zoro enarcó una ceja.

—¿Dirías que no?

—Quiero decir—. ¿Es en serio? Ni siquiera pensé que te gustaran las mujeres.

No pudo evitar gruñir, molesto.

—¿Qué mierda insinúas?

Nami estrelló la mano contra su cara.

—¿Puedes culparme?

—¿Cómo? —Exigió entender su pensamiento.

—Nunca te he visto interesado en una mujer.

—Nunca te he visto interesada en un hombre. Y tu coqueteo obvio no cuenta.

Eso la molestó. Estaba bien, que tuviera un poco de su propia medicina.

—¡No es obvio!

—Lo es.

—Si es tan obvio entonces por qué—.

Ahí iba de nuevo. Su ojo empezó a temblar levemente.

—Nunca creí que realmente pudieras estar...

Interesado. Ya. Zoro pensó en explicarle, pero considerando que ya le había dicho que funcionó porque su deseo empujó el suyo y había reaccionado así —dando vueltas inútiles, no valía la pena. Además estaba molesto con el hecho de que hubiera considerado que le gustaran los hombres.

—Estamos igual.

Ella todo lo que hacía era gritarle, ignorarlo o actuar mandona antes de que ocurriera lo que fuera que ocurrió para que cambiara de esa manera su percepción. Él respondía igual, no iba a quedarse atrás. Su expresión cambió entonces. Como si algo en su mente se hubiera acomodado, retractado, entendiendo un nuevo punto de vista. ¿Cuál era? No podía suponerlo. Creía que la cabeza de Nami era un misterio. Ni siquiera entendía cómo era capaz de entender dónde estaba el norte. No podía comprenderla cuando la lógica estaba de por medio.

—Reaccionaste.

Pareció entenderlo al fin. Pero entonces frunció el ceño.

—Lo habrías hecho si cualquiera te hubiera besado.

Él la miró profundamente ofendido. ¿Cómo mierda había pasado de entenderlo a asumir que era un promiscuo que habría besado a cualquiera? Entendía el instinto, entendía cómo se hacían los malditos bebés, entendía también la diferencia entre deseo de ponerla y desear a una persona. No podías ir por el mundo, crudo y despiadado y mantener una mirada inocente, en ningún aspecto. Claro que había besado a una mujer antes, había hecho muchas cosas, pero carecía de importancia. Había sido solo utilidad. Probablemente ella hubiera hecho lo mismo. Era un ser humano.

—Mierda. No.

—Pero—.

—No hablaré esa mierda contigo justo ahora —Gruñó—. Pero no.

El silencio regresó, no tenso, no incómodo. Solo diferente. El rastro de una tormenta, desordenado, se podía vivir con eso. Nami se cruzó de brazos, una nueva idea corriendo a toda velocidad por su cabeza, directa a su boca, ni siquiera pensó en retenerlo un segundo.

—¿Querías besarme?

—Joder —Miró al cielo. Despejado, sin una sola nube, un poco abrumado con el calor pero tan espacioso como para darle un respiro—. Siempre creí que eras la lista.

—¡No puedes culparme! Tú escapas de toda lógica.

—No esperarás que responda esa estupidez.

—Sí, hazlo.

Zoro inhaló y exhaló con fuerza. Se cruzó de brazos. No a la defensiva, no molesto, solo—. Ella le estaba pidiendo que expresara con palabras lo que había pasado. A veces podía parecer que era bueno con eso, Vivi se lo había dicho en medio de la celebración, aunque él no lo había tomado tan en serio. Eso era sin dudas diferente a ser prácticamente orillado a confesar algo que apenas venía descubriendo.

—Quería besarte.

—¿Por qué?

—Tú querías.

—No de nuevo —Suspiró.

Zoro cerró los ojos. Por favor, que se acabara esa tortura. Podía ir y volver a besarla para comprobar su punto, indicando que era real, aunque no por qué. Pero esta vez ella no iba a ceder, necesitaba su maldita respuesta que él maldita sea no sabía todavía. Sintió que sus mejillas se acaloraban cuando pensó en cómo decirlo sin parecer un idiota. Pero era imposible, no había forma humana de no parecerlo en esa situación. Él era bueno actuando, tal vez recordándole a la gente que podían seguir sus objetivos, que él estaría ahí. Que todos estarían para el otro. Solo sucedía, era genuino, corazón, no había cabida para la cabeza.

Corazón. Volvió al inicio por un segundo, recordando lo que su propio cuerpo había percibido.

—Fue diferente. Tú. Tú eras diferente. Solo buscando lo que querías.

—Yo era diferente —Intentó entender repitiendo sus palabras.

—Solo sentías —Resolvió—. Yo lo sentí.

—Y... —Sus ojos dudaron.

Zoro ni siquiera estaba seguro de si era la pregunta de lo que pensó en contestar. Solo creyó que lo hecho, hecho estaba. Tocaba asumir la responsabilidad, incluso si eso incluía que Nami lo pusiera bajo una lupa y pidiera respuestas como si fuera un informe.

—Y fue la mierda más caliente que he visto.

Tragó con fuerza.

Nami se tomó un par de segundos antes de sonreír con suavidad.

—Tal vez... Me quede con eso por ahora.

Zoro hizo un esfuerzo sobrehumano por no hacer un gesto que pudiera parecer ofensivo. Si por fin estaba satisfecha no iba a meter la pata otra vez. Solo asintió. Era lo más sensato.

Nami se movió en su lugar, sus pies vacilando, tal vez sopesando si dar por acabada la situación y regresar o cualquier otra cosa. Otra vez sonrió un poco, no exagerado, sutil, calmado, sintiéndolo, acorde al ambiente que había estado entre ellos antes. Zoro relajó los hombros, pero no se movió, ni siquiera para recoger su pesa.

—Nos vemos luego.

Asintió.

—Bebe agua. No queremos que te deshidrates. Chopper se preocuparía mucho.

—Bien.

Ella dio un paso hacia la escalera. Se detuvo. Lo miró. Zoro devolvió los brazos a sus costados.

Entonces la vio acercarse, levantarse y sintió sus labios de nuevo. De inmediato cerró los ojos. Breve, sereno. Solo un beso. Nami se separó y la observó. Ahí estaba, la ladrona. Sin rastro de duda. Pero suave.

—Nos vemos —Murmuró él, sintiendo la voz un tanto más grave.

Esta vez Nami se alejó con pasos seguros. La suela sonando de forma constante, con ritmo, aceleró un poquito cuando comenzó a subir los escalones. La puerta chirrió y se cerró con cuidado.

Tras un par de segundos se inclinó y tomó su pesa. Retomó su tarea, natural, algo que se hacía porque siempre se hacía. No se molestó en contar las repeticiones. Zoro no entendía cómo había llegado a eso, pero a su corazón no le molestaba. Por ahora no importaban los detalles. Por el momento solo era.