Chapter Text
La luz del sol siempre había molestado a Aldo. No es que fuera de esos casos especiales que tenía reacciones alérgicas por los rayos del sol o que su piel se enrojeciera por la más mínima exposición, sino que se trataba de un problema más incómodo y personal. Sus ojos, una herencia directa de su padre, eran extremadamente sensibles a la luz solar por lo que siempre utilizaba lentes para cubrirlos. No recordaba alguna vez en la que no lo habían molestado, a él y a su hermano pequeño, por lo que restaba aclarar que odiaba los días soleados.
Justamente como estaba ahora mismo, en la primera reunión que tenía su reino junto a otra facción para firmar la paz.
Aldo debía ser honesto, no estaba molesto completamente solo porque la luz le estuviera quemando los ojos al punto de sentir que le partía la cabeza del dolor. Esta reunión era importante para el reino aunque a él le pareciera una pérdida total de tiempo. Después de todo, estaban por entablar conversaciones de paz con el líder de la facción enemiga, el que más les había hecho la vida imposible. Y aunque Aldo jamás tuvo el honor de conocerlo personalmente, la imagen que tenía de este no era para nada alentadora.
En simples palabras, lo detestaba.
– ¿Ansioso por la reunión de hoy?
La voz de su gemela lo saca de sus cavilaciones, haciéndole fruncir más el ceño. Ella no lo está viendo, su perfil iluminado por la luz con tanta naturalidad, ajena al suplicio que él soportaba por lo mismo. No está sonriendo, algo extraño en ella porque siempre lo hace, aunque algo en su postura y en el brillo en sus ojos café la delatan. Ella debía ser, junto a su padre, de las únicas personas que estaban disfrutando este momento.
– Para nada – contesta, acomodando sus lentes oscuras para evitar la mayor filtración de luz a sus ojos (lo cual era poco) –. Aprendí a mantener la mente fría en situaciones como está hace tiempo.
– Si, si, muy militar de tu parte y eso – murmura ella, lanzándole una mirada de soslayo –. Pero aún así sabes que te conozco demasiado bien.
Aldo no rebate. Después de todo, haber compartido el mismo vientre al mismo tiempo hacía cosas extrañas en los gemelos. A veces, Aldo odiaba la manera tan perfecta en la que ella lo conocía mejor que nadie.
– Solo estoy sopesando las probabilidades de una catástrofe el día de hoy – comenta, mirando hacia el lugar de reuniones donde su padre había ido a reunirse con el enemigo.
– ¿No puedes verlo con tu visión?
Le hace un gesto ambiguo justo cuando su hermano mayor llega, comentando sobre el clima hermoso que hacía, cortando su conversación. Aldo podía odiar la manera en la que sus ojos lo volvían vulnerable pero eso no significaba que los resintiera. Ellos, además de su extrema sensibilidad a la luz, tenían una particularidad que los volvían únicos: poseer el don de las premoniciones. No era algo demasiado exacto, ya que este poder se activaba al ver a personas en específico y en momentos aleatorios. Aldo podía encontrarse con un vendedor de flores y de repente le aparecía una sucesión de imágenes futuras en cuestión de segundos, mostrándole cuánto ese hombre podía alterar su vida. Solo ocurría con personas que estaban irremediablemente unidas a su camino en un futuro próximo, aunque no era para menos. Se había librado de muchas cosas y le ahorró muchos disgustos a su familia gracias a ese don, el mismo que le dió el puesto de General Supremo del reino por encima de sus otros hermanos.
Aturdido tanto por el dolor de cabeza como por las bromas que le hacía su hermano sobre su imagen de chico malo con sus lentes, Aldo casi no registra el movimiento en las puertas del Panteón hasta que prácticamente su padre está avanzando hacia ellos. Detrás de él hay tres personas más, de las cuales a dos ya las había visto y de quienes ya tenía impresiones con su visión. El tercero no llega a verlo del todo bien, oculto parcialmente por el cuerpo de su padre y los otros dos invitados.
– Y aquí vamos – comenta Roier, irguiéndose en toda su altura mientras los ven llegar –. Otro día más salvando al reino.
– ¿Cómo? ¿Solo sonriendo? – dice Molly con sarcasmo.
– Te sorprendería lo mortal que puede ser una sonrisa, Molley – les dice su hermano, dándoles su mejor sonrisa diplomática –. Mucho más que cualquier arma.
– Hijos míos – llega la voz de su padre, armoniosa y ampulosa en ambas medidas –, me gustaría que conozcan a mis nuevos amigos. Ellos son los principales pilares del Régimen.
Su padre hace un gesto delicado de presentación cuando se hace a un lado para darle espacio a los invitados.
– Su ingeniero en jefe, Tubbo; el Comandante de Guerra, Harper; y el Líder Supremo, Ashswag.
– Es un placer conocerlos al fin, Altezas – comenta el Líder Supremo, haciendo una reverencia elegante.
– El placer es nuestro – dice Roier, inclinando levemente la cabeza –. No habíamos tenido el placer de vernos nunca, Líder Supremo.
– Prefiero que me llamen por mi nombre – dice este, sonriendo igual que el príncipe heredero –. Líder Supremo es un título que solo mis subordinados y mis enemigos utilizan para dirigirse a mi.
Su padre comenta algo que los hace reír a todos y luego Molly toma la conversación haciéndole preguntas a los tres invitados, pero Aldo pierde todo su contenido. Su visión está en una batalla interna que le quita toda su concentración para formar parte de la charla trivial. Una sucesión de imágenes entremezcladas llegan y se van de su cabeza, tan alborotadas que no llega a identificarlas. Todas generadas al encontrarse con los ojos morados del Líder Supremo del Régimen.
Todo pasa tan rápido que apenas logra retener casi nada, algo que jamás le había ocurrido. Solo logra atrapar unas pocas imágenes, las cuales le quedan grabadas a fuego en su mente.
Su padre siendo intimidado por el Líder Supremo. Este mismo, con un hacha ensangrentada en sus manos, gritos del asistente de su padre de fondo. Él mismo, arrodillado con su espada en el suelo, siendo derrotado por el Líder Supremo. Los dos, parados bajo la lluvia en un lugar que no reconoce, con la fría mirada del Líder Supremo clavada en él como si fuera lo más insignificante del mundo.
Cuando esté le sonríe al escuchar la forma en que su padre describe su puesto en el reino, Aldo sabe en el fondo de su ser que ese hombre solo traería problemas a su familia y a su reino. Y también de que él era la persona que más odiaba ahora mismo.
Ash odiaba a la familia real del Norte. Dios santísimo, el rey de por sí era irritante en ciertos momentos. Los rumores sobre su belleza no eran mentira aunque no compensaban sus maneras de comportarse tan confiado con extraños cuando agarraba un poco de confianza. ¿Un gobernante debía ser así? Ash no lo creía ni pensaba jamás dar ese ejemplo. Él era partidario de que su imagen como Líder Supremo era la de imponer respeto e incluso miedo si debía hacerlo. Después de todo, la expansión del Régimen no había sido por nada.
Sin embargo, ahí estaban, en una reunión de paz para que ambas facciones dejarán de atacarse y firmarán el tratado de alto al fuego temporal. A Ash le desagrada decirle paz a lo que estaban gestando ahora mismo, porque lo que buscaba el Norte era detener toda baja en sus líneas mientras que el Régimen buscaba dominarlos por completo aunque hubieran accedido a esa reunión estúpida.
Aún así, estaba disfrutando de la reunión. La realeza del Norte era entretenida en cierto aspecto, como una especie de bufones. Se podía permitir mezclarse un poco con ellos por diversión.
– Deberíamos dar una vuelta por aquí para conversar más tranquilamente – dice el rey Vegetta, cerrando sus ojos morados, aquellos que le traen amargos y rencorosos recuerdos –. Este Panteón es tan magnífico que me encantaría admirarlo mejor. Su arquitectura está llamando a mi lado más obsesivo, me temo.
– ¿Le gusta la arquitectura, Majestad? – pregunta Tubbo, ofreciéndole su brazo para caminar.
– Lo he estudiado mucho antes de ascender al trono. Francamente, si no fuera el rey, estaría construyendo absolutamente todos los edificios del Norte por mi mismo.
– Tenía entendido que el palacio del Norte fue construido por usted – dice Harper avanzando detrás de ellos, a la par que el príncipe heredero.
– En efecto, así fue. Junto a la colaboración de nuestro otro padre – aporta este, encogiéndose de hombros –. Ambos son unos obsesivos por las construcciones grandes.
El grupo se adelanta mientras hablan sobre los detalles arquitectónicos del edificio, dejando a Ash atrás con la princesa del Norte. Esta le sonríe y hace una leve reverencia con su falda, elegancia pura en sus movimientos.
– Al parecer quedamos solo nosotros para caminar juntos – dice ella, apuntando con la cabeza en la dirección en la que fueron los demás.
– En realidad – dice Ash con aires de galantería mientras le ofrece su brazo –, pensaba dar un paseo por el jardín del Panteón. Hay una colección de rosales que estoy seguro le encantarán.
La princesa entrelaza su brazo al suyo y está por contestarle, cuando una voz masculina los corta.
– Ella odia las rosas – dice el príncipe de lentes negros, del que se había olvidado por completo su existencia –. Es alérgica al polen.
– No, no lo soy – rebate ella, mirándolo de manera dura –. ¿Por qué mentirías sobre eso?
– No lo hago. Claro que eres alérgica.
– Deja de mentir, Aldo.
– Vayamos a ver las rosas, entonces. Veremos cómo responde el Régimen cuando la Princesa del Norte muera al no poder respirar durante una reunión donde se pensaba firmar un tratado de paz.
La princesa le recrimina ser infantil pero el príncipe parece estar viéndolo a él, con una sonrisa para nada acogedora como la del resto de su familia. Ash está contrariado y molesto por su actitud, seguro de que todo era mentira para evitar que fueran al rosal, dios sabía por qué. Estaba tentado a ir allí de todas formas, ignorando por completo sus palabras, pero una pequeña parte suya se preguntaba qué ocurriría si todo era verdad. ¿Cómo le explicaría al rey que su hija había muerto allí, cuando claramente el otro príncipe le dijo que ella era alérgica?
A la mierda la paz, supongo, se dice internamente, aunque no estaba convencido. Si entraban en una guerra con todas las letras, no dudaba de que esté príncipe haría lo que fuera por destruirlos, algo más que evidente por la forma en la que demostraba la antipatía que le tenía. Además, no sería posible su plan de debilitar al Norte y usar el factor sorpresa para atacar cuando menos lo esperaban. Arruinaría su plan de aplastarlos lentamente.
¿Dónde estaba la diversión en eso? Su victoria no sería tan dulce como se la imaginaba.
– Bueno, Su Alteza – dice Ash, girando para verla a ella y dejar al otro príncipe atrás –. También tenemos un laberinto bastante hermoso. Podemos buscar la salida juntos.
– Me gustan los laberintos – ella le sonríe y Ash no puede evitar pensar en lo bella que es, con su cabello caoba y sus ojos de otoño. Si tan solo no formará parte de sus fantasías de destruir a su reino, tal vez le habría dado una oportunidad.
Los dos avanzan por un camino de adoquines oscuros mientras hablan del clima, haciendo alusión a que esté verano no solía verse por el Norte. Ash no era muy conocedor de ese reino, pero sabía que allí principalmente reinaban las estaciones muertas, como le gustaba llamarlas. La primavera y el verano duraban menos del tiempo habitual normal, trayendo otoños repentinos e inviernos extensos. Incluso en ese aspecto, Ash no podía más que odiar al reino del Norte.
– Aunque hay días que amanecen así, sin explicación – dice la princesa, tocando con los dedos las hojas de la entrada del laberinto al pasar –. Días soleados y calurosos que duran a veces una semana. No son muy comunes pero traen un respiro de los inclementes inviernos del Norte.
– Seguramente son bien recibidos por todos allí.
– Más que bien recibidos. Son alabados.
– No todos tenemos el mismo pésimo mal gusto.
Una vez más, Ash voltea para encontrarse con el mismo príncipe interrumpiendolos. Este camina a unos pasos de ellos, sus brazos atrás, mirando más el camino de setos que a ellos. El sol se está poniendo justo por detrás de él y Ash debe entrecerrar un poco los ojos ante el brillo a contraluz que se forma detrás del príncipe, un halo de oro y bronce que lo enceguece como si fuera cobre fundido al rojo vivo.
– Que tú odies los días de sol no quiere decir que todo el mundo deba hacerlo – dice su hermana, mirándolo ceñuda –. La gente normal tiene gustos normales.
– Claro, por eso a ti te gusta lo que te gusta – la sonrisa altanera en su rostro se borra cuando lo enfrenta a él, frunciendo el ceño debajo de sus lentes –. ¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Acaso no puedo estar aquí?
Ash se traga su sorpresa al ser abordado tan descaradamente y rebusca su tono más mordaz.
– Solo pensaba que te quedarías atrás o irías con los demás, no pensé que te gustará tanto mi compañía.
– Vengo para acompañar a mi hermana, una señorita soltera e indefensa que está paseando con un extraño. Es lo mínimo que se tiene que hacer en estás circunstancias.
– Yo no soy indefensa – se queja la princesa.
– Pero si soltera. Con eso me basta.
– En serio eres el más inoportuno del mundo.
– No necesitan privacidad si solo van a caminar y hablar. Continúen, hagan de cuenta que no existo, yo estaré aquí a dos pasos de distancia en silencio.
Un tanto divertido e irritado por su actitud, Ash se voltea hacia él, deteniendo su andar. Analiza todo su porte, desde los pies a la cabeza, omitiendo la molesta forma en que su cabello se volvía cobrizo al sol, para luego mirar a su hermana, sintiéndose poco caritativo con ese intento de general.
– ¿Realmente este es el General Supremo del Norte? Pensé que por su título debería estar protegiendo al rey.
– Nuestro padre le dió la orden de protegerme, algo que lo molestó y estuvo rebatiendo que no necesitaba protección horas antes de llegar al Régimen ya que puedo cuidarme perfectamente sola, pero al parecer ahora se toma su trabajo muy en serio.
– Siempre me tomo mi trabajo en serio, Molly – dice su hermano –. Sobre todo si es una orden de Padre y esta implica a la familia.
– Ese es un rasgo muy noble de su parte – admite Ash, volviendo los ojos al príncipe.
– Mi familia siempre es mi prioridad.
– Coincidimos en algo, al parecer – dice, entonando las palabras lentamente –. Supongo que podríamos llevarnos bien en el futuro.
El príncipe sonríe, pero de nuevo es una sonrisa sin nada cálido en ella.
– Lo dudo.
– ¡Aldo!
Las protestas de la princesa llenan la entrada del laberinto, reprendiendo a su hermano por la forma grosera en la que lo había tratado. Su hermano no dice nada, parado en silencio con suficiencia mientras presta toda su atención a las palabras de su hermana. Ash quiere acercarse y borrar su sonrisa pedante con un puñetazo en su rostro, pero se contiene con toda su fuerza de voluntad para no hacerlo y estropear su plan. Simplemente lo deja ahí, creyéndose el ganador de este jueguito infantil que estaba jugando él solo.
Entre el alboroto, el resto del grupo los encuentra y el rey se apresura a separar a sus dos hijos de Ash, comentando que nunca había visto un edificio como este. Aunque sabe que es una manera fácil de comprarlo, cede a su halago y le explica que él también tenía una obsesión por lo arquitectónico, aunque lo suyo fuera más por admiración que de hacerlo con sus propias manos.
A pesar de que el ambiente se aligera y hay más vida entre ellos ahora que el grupo es más grande, Ash no puede dejar de pensar en la altanería del príncipe, quien ahora se dedicaba a caminar detrás del grupo en completo silencio. Él había hecho todo lo posible para que su antipatía no aflorará al tratar con la realeza del Norte, pero que ese niño no disimulara un poco lo desquiciaba hasta el punto de juzgar si no era mejor aprisionarlos ahora y organizar una ejecución rápida. Después de todo, ¿no tenía aquí a la mayoría de los pilares más sólidos del Norte? El rey del Norte, el príncipe heredero, la única princesa y el General Supremo del Norte. Tres príncipes y el rey. Era perfecto, casi como una tentación del destino.
Una mirada rápida a Haiper y en sus ojos ve que él también está pensando lo mismo, pero luego mira a Tubbo y los suyos le dicen que no se deje llevar por su impulso. Claro, él mismo sabía que esa era una idea estúpida y no serviría de nada.
Sonriendo ante un comentario de la princesa, decide dejar pasar el momento. Después de todo, tendría todo el tiempo del mundo para destruir a este reino junto a todos sus gobernantes, uno por uno.
