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El odio es un veneno que corrompe al corazón que rebosa de amor incondicional; una entrega de la mente y el espíritu hacia un objetivo específico; una intensidad cegadora e irracional que exige insistentemente, que no sabe cuándo detenerse y finalmente consume todo hasta sus cimientos, dejando sólo el abismo y la nada.
Satanás no se dio cuenta de la delgada línea que diferencia el amor del odio cuando Dios creó al Hombre, ni mucho menos cuando Dios sacó a Eva de la costilla de Adán para que fuese su compañera. Él sólo se aseguró, celoso y cegado por el veneno que corrompió su luz, de que el barro fuese exiliado del Paraíso porque no podía ni permitiría que nada ni nadie se convirtiese en el nuevo favorito de Dios.
Pero su engaño no alejó a Adán y Eva del Creador, tal y como había esperado, sino todo lo contrario. Y así, aún después de ser expulsados del Paraíso, Dios siguió teniendo preferencia por ellos.
Dios aún velaba por ellos.
Dios los protegía como ya no lo protegía a él.
«¿Por qué?»
¿Por qué a él lo había despojado del Paraíso sin promesas de volver, pero al barro hecho humano le ofrecía esta oportunidad de volver a gozar de una vida a su lado? ¿Por qué a ellos les ofrecía misericordia mientras que a él sólo le dio el exilio, la oscuridad y el pecado?
Estas dudas alimentaban su resentimiento de forma constante.
Mientras Adán oraba, Satanás se cuestionaba. Mientras Adán veía amor y perdón en las acciones de Dios, Satanás veía castigo y odio.
Para calmar su angustia y furia el ángel caído se convencía constantemente de que Dios era injusto y cruel, que lo orillaba a actuar como el traidor y el mentiroso, que lo había vuelto el malo porque no puede haber bien sin mal que superar, del mismo modo que no hay luz sin oscuridad.
Así que sí: él era el malo no por gusto, sino porque Dios no quería admitir que su benevolencia no era incondicional como el amor que le tenían sus estúpidas creaciones ignorantes, fieles y devotas y… temerosas.
Entonces, como él era el malo del cuento, como Dios era bueno y Adán y Eva se encontraban pasando su prueba, cuando Satanás descendió junto con sus huestes hacia la cueva en donde rezaban aquellos dos, el ángel caído se aseguró de demostrar, con más esmero aún, lo malo que podía ser, e imaginó que era Dios a quien atacaba, de quien se vengaba directamente, no a través del barro, y usó la violencia desmedida hasta saciarse.
Pero no hubo satisfacción ni placer… no de la forma en que lo esperaba, al menos.
En realidad, fue en ese momento cuando se dio cuenta de que el exilio lo había dejado hambriento por culpa de esa soledad que sus huestes no lograban apaciguar, y así, en lugar de que su mente siguiera encaprichada con desquitarse con Dios, se dio cuenta de que todo este tiempo Él había sido una excusa para ignorar ese algo que finalmente no pudo seguir ignorando cuando sus puños golpearon la carne blanda y cálida de Adán, y entonces sus gemidos se volvieron tan seductores a pesar de la agonía, y algo en la forma en cómo Adán lo miró con suplicia, con miedo, con decepción, despertó en su frío y vacío interior un calor tan extraño y embriagante capaz de endulzar su amargura a través de un éxtasis que jamás había sentido en el Paraíso.
Un éxtasis que no tenía nada que ver con Dios, sino sólo con él y el hombre de barro. Un éxtasis que impidió que acabara con él, y que permitió que Dios interviniera a su favor.
«Oh Adán, ¿dónde está su amor por ti?»
Y quizá… quizá fueron las palabras de Dios, tan entrometido como lo había sido desde hace tantos días, tan parcial con su Creación, las que despertaron en su consciencia una realización que no había creído posible, o quizá fue el simple hecho de mancharse con la sangre de Adán y saber que su vida dependía de él lo que le hizo recordar sus propios engaños pasados y darse cuenta, por fin, de que el amor y el odio son la misma cara de la moneda.
Porque el odio es el veneno que corrompe al corazón que rebosa de amor incondicional. Y él no era la cara del odio mientras que Adán era la cara del amor. No. Él… en realidad, si él odiaba a Adán era porque lo había amado cuando formaba parte del Paraíso. O quizá lo seguía amando. ¿O tal vez lo amaría eventualmente en la mundanidad humana, cuando Adán se resignase a que no volvería a casa en mucho, mucho tiempo?
Satanás no supo responder esta pregunta. No estaba seguro de querer hacerlo, tampoco, así que intentó ignorarla, intentó ignorar la punzada de tristeza que sentía de sólo pensar que Adán sufriría por alguien que no era él —o Eva… podía tolerar a Eva—, pero no pudo hacerlo.
«¿Dónde está mi amor por él?»
No cuando su mente repetía las palabras que Dios usó para alejar a Adán de él de una vez por todas.
Satanás entonces decidió, pese a que se rehusaba a responder esta pregunta por orgullo, que no iba a dejar que Dios le arrebatara a Adán como le arrebató el Paraíso, su luz, su todo.
Y si para conseguirlo debía mostrarse ante él con la única imagen que se prometió jamás usar y que ahora era la imagen que su corazón de repente anheló que fuese realidad, entonces que así fuese.
Porque si Eva había nacido de Adán y por ello seguía a su lado a pesar de la adversidad de un mundo ajeno al Paraíso, entonces tal vez, si convencía a Adán que él había nacido de su costilla, él se quedaría a su lado y lo elegiría por encima de Dios y lo aceptaría del mismo modo que lo había aceptado en el pasado.
Y lo amaría incondicionalmente, y transformaría el veneno en elixir, y lo ayudaría a responder la duda que Dios sembró en ambos sobre si su amor era historia pasada o si apenas estaba por germinar.
Y oh, cómo rogaba que fuese esto último, porque entonces tendría todo el tiempo del mundo para que Adán rompiera la promesa de volver con Dios cuando fuese el momento, y se quedaría con él para toda la eternidad.
Como errores perfectos en su imperfección.
