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Aunque el precio fuera su propia destrucción

Summary:

Cuando los guardias entraron esa noche para llevarse a Tim a un “entrenamiento especial”, Jason se lanzó contra ellos como un animal iracundo. Recibió una paliza brutal. Patadas en las costillas, golpes en la cara, un latigazo que le abrió la piel de la espalda.

Pero Tim se quedó en la celda esa noche.

Al día siguiente, Tim se acercó al niño mayor que sangraba en el suelo y le limpió la cara con la manga rota de su túnica.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, horrorizado y esperanzado en partes iguales.

—Porque no les perteneces a ellos —respondió Jason con voz ronca—. No van a tocarte mientras yo esté aquí.

Desde ese día se volvieron inseparables.

Día 1: UA Asesinos + Amigos de la Infancia

Notes:

Bien, bien, voy a intentar participar en la JayTim week de este año, como práctica de escritura y, claro, para mi propio entretenimiento.
Giré la ruleta dos veces este día, fue complicado pero estoy bastante conforme con el resultado final.

Día 1: UA Asesinos + Amigos de la Infancia

Canción sugerida: Demons - Imagine Dragons

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Había cierta belleza en cómo la lluvia caía con fuerza sobre Gotham, golpeando los tejados de metal y creando un ruido constante que ahogaba los lamentos de la ciudad, volviéndolo solo un murmullo reconocido por sus habitantes.

Jason - Havoc, para cualquiera que tuviera la mala suerte de cruzarlo de servicio- estaba agachado en el borde de un edificio abandonado, revisando sus armas enfundadas. El agua fría se colaba por el cuello de su traje y le bajaba por la espalda, pero apenas lo sentía. Llevaba demasiado tiempo viviendo entre la sangre y la inmundicia como para que algo tan insignificante le molestara.

A su lado, Tim -Mirage- revisaba los datos en su visor táctico, con el rostro oculto tras la máscara. Su presencia era lo único que lograba calmar el ruido constante en la cabeza de Jason.

— ¿Cuántos? —preguntó Jason en voz baja.

—Nueve en total —respondió Tim con calma—. El empresario está en la oficina del segundo piso, custodiado por tres hombres. Ra's quiere información sobre los envíos de armas antes de que lo eliminemos.

Jason asintió. Sin más palabras, saltaron.

Cayeron sobre el tejado del almacén como dos sombras letales. Entraron por una ventana del segundo piso que Tim abrió en cuestión de segundos. Avanzaron por el pasillo oscuro. Dos guardias doblaron la esquina hablando en voz baja y Jason no les dio tiempo, se lanzó hacia adelante, clavó el cuchillo en la garganta del primero con tanta fuerza que la hoja salió por la nuca. La sangre caliente salpicó su máscara y su pecho. El segundo guardia intentó levantar el arma, pero Jason ya estaba sobre él, le golpeó la cara con el codo, rompiéndole la nariz con un crujido húmedo, y después le rebanó el cuello de lado a lado. El hombre cayó de rodillas, gorgoteando y agarrándose la garganta mientras la sangre brotaba entre sus dedos.

Tim pasó por su lado sin detenerse, limpiando su propio cuchillo en el pantalón de uno de los muertos.

—Un poco excesivo, Havoc —murmuró, pero sus ojos se detuvieron en la sangre que manchaba el traje de Jason.

Siguieron avanzando. En la siguiente habitación había tres hombres revisando cajas de munición. Esta vez Tim atacó primero. Se deslizó detrás del más cercano y le clavó el cuchillo en la base del cráneo. El hombre se convulsionó y cayó sin emitir sonido. Jason se encargó de los otros dos, disparó a uno en la rodilla para derribarlo y luego le metió dos balas en la cabeza. Al último lo agarró por el pelo, le estrelló la cara contra una caja de metal y le rompió el cuello con un giro brutal.

Finalmente llegaron a la oficina del empresario. Jason abrió la puerta de una patada tan fuerte que la madera se astilló. Los tres guardias personales reaccionaron rápido, pero no lo suficiente. Jason recibió un disparo que rozó su brazo izquierdo, dejando un surco ardiente en la carne. Gruñó de dolor y rabia, y se lanzó contra el tirador. Le clavó el cuchillo bajo las costillas, retorciéndolo hacia arriba hasta que sintió cómo atravesaba los órganos a su paso. El hombre soltó un grito ahogado que terminó en borbotones de sangre.

Tim eliminó a los otros dos con frialdad y eficiencia. Le cortó el tendón de Aquiles a uno, haciéndolo caer, y luego le rebanó la garganta mientras este intentaba gatear. Al último le disparó en la nuca a quemarropa.

El empresario, un hombre calvo y sudoroso de unos cincuenta años, intentó esconderse debajo del escritorio. Jason lo sacó de allí agarrándolo por el cuello de la camisa y lo estrelló contra la pared con fuerza suficiente para romperle un par de costillas, lo supo cuando el hombre gimió de dolor.

—Habla —ordenó Jason, presionando el cuchillo ensangrentado contra su mejilla—. O te voy a hacer sufrir mucho más de lo necesario.

Tim se acercó con la jeringa, y en sincronía, mientras Jason sujetaba al hombre sin mínimo esfuerzo, Tim le inyectó el suero. Durante los siguientes minutos escucharon nombres, rutas de envío, contactos y cantidades.

Cuando el empresario empezó a llorar y suplicar, Tim le lanzó una mirada rápida a Jason. Este asintió y le rompió el cuello de un movimiento seco y limpio. El cuerpo cayó al suelo como un saco de papas.

Se quedaron un momento en silencio, rodeados de cadáveres y olor a sangre fresca. Jason respiraba con fuerza, el brazo izquierdo le ardía. Tim se acercó y presionó los dedos enguantados sobre la herida superficial.

—No es grave —murmuró—. Pero te va a molestar después.

Jason lo observó. Incluso en medio de toda esa carnicería, la presencia de Tim logró regresarlo a sus cabales.

—Estoy bien mientras tú estés bien —respondió en voz baja.

Tim limpió un poco de sangre de la máscara de Jason con el pulgar, un gesto extrañamente tierno en medio del desastre.

—Siempre lo estoy cuando tú me cubres la espalda.

Limpiaron su rastro, borraron las cámaras y colocaron un explosivo con temporizador en la oficina. Salieron por el mismo camino, saltando entre tejados bajo la lluvia torrencial hasta llegar a un edificio abandonado varias calles más allá.

Allí, por fin, Jason se quitó la máscara. Tim hizo lo mismo. El cabello negro de Tim estaba pegado a su frente, y tenía salpicaduras de sangre en la mejilla y el cuello, dándole un aspecto tan salvaje como encantador.

Jason extendió la mano y le limpió las manchas del rostro, demorándose en apreciar el calor de la piel debajo de sus dedos callosos.

Tim sonrió de medio lado, exhausto.

—Nunca me cansaré de verte en acción… aunque, preferiría que no te dejaras herir, Havoc.

Jason soltó una risa baja y oscura.

—No tienes que preocuparte por mí, Mirage, deja que me asegure de que esa cabeza brillante tuya siga intacta.

.

.

Tres noches después, el trayecto hasta su refugio improvisado en Crime Alley lo hicieron bajo un silencio sofocante. Saltaron tejado tras tejado, con los trajes pesados por la sangre y la mugre. Jason sentía el ardor del cuchillazo en el muslo izquierdo, pero lo ignoraba eficientemente.

Lo único que le importaba era tener a Tim a su lado, vivo y entero.

Llegaron al edificio viejo y deteriorado. El apartamento estaba en el tercer piso, sin ascensor y con escaleras que crujían pobremente. Jason abrió la puerta y entró primero, revisando rápido el interior por costumbre. Tim cerró detrás de él y activó una serie de trampas.

Decir que el lugar era miserable sería quedarse corto. Paredes con humedad, un sofá roto, una cama grande pero desgastada y una cocina que apenas funcionaba. Olía a concreto húmedo y pólvora, y, aun así, era lo más parecido a un hogar que habían tenido en años.

Se quitaron las máscaras y se quedaron mirándose en la penumbra, todavía con la adrenalina de la misión corriendo por sus venas. Había sido, un éxito, sí, la sangre ajena salpicaba sus trajes, comprobándolo. Pero habían sufrido una serie de incidentes debido a la reticencia de Jason de separarse de Tim para cubrir terreno y eliminar a sus objetivos mucho más rápida y limpiamente.

—Déjame ver esa herida —dijo Tim, acercándose.

Jason comenzó a desvestirse, haciendo una mueca al llegar a la parte inferior del traje. El corte no era profundo, pero sangraba lo suficiente para manchar el vendaje improvisado. Tim fue al pequeño botiquín que tenían escondido, sacó alcohol, hilo y aguja, y lo obligó a sentarse en el borde de la cama.

Mientras Tim limpiaba la herida con movimientos precisos e impasibles, Jason lo observaba. Incluso después de matar a diez hombres esa noche, los dedos de Tim eran suaves al tocarlo. Esa contradicción siempre conseguía estremecerlo.

—Duele menos cuando eres tú quien me toca —murmuró Jason.

Tim levantó la vista un segundo, con una sonrisa hosca y cansada.

—No intentes endulzarme. Te estoy suturando, no seduciendo, imbécil.

Aun así, Jason levantó la mano y le apartó un mechón de cabello negro pegado a la frente. Había una pequeña salpicadura de sangre seca sobre su ceja, la limpió con una caricia firme, bajando por su pómulo y hacia su mandíbula.

Cuando Tim terminó de vendarle el muslo, el ambiente cambió. La adrenalina se transformó en necesidad y alivio, toda esa hambre profunda que solo sentían el uno por el otro.

Jason lo atrajo hacia sí hasta que Tim quedó de pie entre sus piernas.

—Perdóname —pidió Jason en voz baja, casi como una súplica.

Se besaron despacio al principio. Tanteando, un beso lánguido, con sabor a sangre y sudor. Pero pronto se volvió más profundo. Jason tiró de la cremallera del traje de Tim, bajándola con lentitud, y deslizó las manos por su piel caliente. Tim hizo lo mismo, quitándole el resto de la ropa a Jason con ansias.

Se desnudaron mutuamente sin prisa, dejando que sus manos exploraran las cicatrices conocidas. Jason besó la antigua marca de cuchillo que Tim tenía en las costillas, luego subió hasta su cuello y mordió suavemente. Tim soltó un suspiro tembloroso y empujó a Jason hacia atrás hasta que ambos cayeron sobre la cama.

Jason se colocó encima, apoyando su peso en los antebrazos y en la pierna sana. Observó a Tim durante unos segundos, su cabello revuelto, los ojos azules oscurecidos por el deseo, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Era lo más hermoso y lo más peligroso que jamás se cansaría de admirar.

—Te necesito —susurró Jason contra sus labios—, y te juro que estaré bien en tanto tú estés conmigo.

Desplegó todo su arsenal de caricias, besando, lamiendo y mordiendo a Tim de punta a punta, desarmándolo entre gemidos y sollozos de placer. Una vez listo, se adentró despacio, centímetro a centímetro, observando cada reacción en el rostro de Tim. Este arqueó la espalda con un gemido largo y bajo, clavando las uñas en los hombros de Jason, instándolo a moverse más rápido y duro. Les gustaba sentirlo todo; el ardor, la fricción, la forma en que sus cuerpos se reclamaban mutuamente de manera casi desesperada.

—Jay… Jason… —jadeó Tim, rodeándole la cintura con las piernas para atraerlo más profundo.

Jason empezó a moverse con embestidas firmes y profundas. No era violento, pero sí intenso. Cada movimiento estaba cargado de devoción y de esa desesperación silenciosa que sentían por el otro. Mordisqueaba el cuello de Tim, su clavícula, el centro de su pecho, mientras sus caderas seguían un ritmo constante y profundo. Tim gemía su nombre una y otra vez, arañándole la espalda, los brazos y el cuello, dejando marcas rojas que Jason llevaría con orgullo.

La habitación se llenó de los sonidos de sus respiraciones entrecortadas, del choque de piel contra piel y de palabras susurradas entre gemidos.

—Eres mío… Y yo soy tuyo…. —susurró Jason, como quien profesa una verdad absoluta—. Nadie… podrá cambiar eso… nunca.

Tim apretó los párpados y se corrió primero, temblando como una hoja entre sus brazos, manchando sus estómagos. Jason lo siguió poco después, enterrando el rostro en el cuello de Tim, aspirando fuertemente su aroma mientras se vaciaba dentro de él con un gruñido ronco.

Se quedaron unidos un largo rato, respirando agitados. Jason no se retiró inmediatamente, porque le gustaba quedarse así, tonto, vulnerable, solo sintiendo a Tim apretándose alrededor de él. Rodó a un lado y atrajo a Tim contra su pecho, abrazándolo con fuerza. Sus dedos acariciaban lentamente la espalda de Tim, trazando cicatrices viejas y nuevas.

—Cada vez que completamos un trabajo juntos —habló Jason en voz baja, mirando el techo agrietado—, recuerdo por qué sigo haciendo esto. No es por Ra’s. Ni por el dinero… Es por ti. Para poder volver a tenerte así.

Tim levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos azules estaban cansados, pero mantenían un brillo encantador.

—Y yo sigo vivo porque tú estás a mi lado —respondió—. Si alguna vez nos separan… no sé qué sería de mí.

Jason apretó el abrazo, enterrando la nariz en el cabello húmedo de Tim. No dijo nada. No hacía falta, ambos sabían que esa separación era cada vez más probable. Ra’s no toleraba debilidades, y su relación era la mayor de todas.

Se concentraron en el momento donde solo existía el calor de sus cuerpos, el aroma inusualmente reconfortante de sangre y sexo. Agradecieron a la ciudad que se tragaba sus penas y que todavía se tenían el uno al otro.

.

.

La celda era diminuta, fría y olía a piedra húmeda. Jason tenía doce años y el cuerpo lleno de moretones recientes. Lo habían arrastrado desde las calles de Gotham después de que su madre muriera. Ra’s vio potencial en el niño rabioso.

En la esquina opuesta estaba Tim. De diez años, flaco, de ojos enormes y azules, temblando. Lo habían “rescatado” de un accidente aéreo en el murieron sus padres. Ra’s quería su mente brillante y los recursos que los Drake habían dejado a su único heredero.

Cuando los guardias entraron esa noche para llevarse a Tim a un “entrenamiento especial”, Jason se lanzó contra ellos como un animal iracundo. Recibió una paliza brutal. Patadas en las costillas, golpes en la cara, un latigazo que le abrió la piel de la espalda.

Pero Tim se quedó en la celda esa noche.

Al día siguiente, Tim se acercó al niño mayor que sangraba en el suelo y le limpió la cara con la manga rota de su túnica.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, horrorizado y esperanzado en partes iguales.

—Porque no les perteneces a ellos —respondió Jason con voz ronca—. No van a tocarte mientras yo esté aquí.

Desde ese día se volvieron inseparables.

Entrenaban juntos hasta desmayarse. Jason usaba su fuerza bruta para proteger a Tim cuando los instructores lo castigaban por ser “demasiado frágil”. Tim usaba su inteligencia para salvar a Jason de posibles ejecuciones por insubordinación.

Aprendieron a matar juntos. La primera vez que Tim cortó una garganta, vomitó después. Jason lo sostuvo toda la noche, acariciándole el cabello compasivamente.

Cinco años después, luego de una misión donde casi mueren, se besaron por primera vez en un pasillo oscuro. Fue torpe, desesperado y lleno de lágrimas.  Dos años más, y su primera vez fue sobre el suelo frío de una sala de entrenamiento abandonada, con las manos temblando y el miedo constante de ser descubiertos. No fue tierno, la necesidad pura los consumía; piel contra piel, mordiscos, lágrimas y promesas susurradas entre gemidos.

—Eres lo único que tengo en este mundo —había confesado Jason esa noche.

—Y tú eres lo único que me impide volverme completamente loco —respondió Tim, abrazándolo con fuerza.

Años después, cuando Jason, moribundo, fue arrojado en el Pozo de Lázaro y salió rabioso y tan, pero tan roto, Tim fue el único que pudo -y quizo- entenderlo. Se quedó a su lado durante las noches de locura, dejando que Jason lo arañara y lo mordiera, soportando su violencia incesante porque sabía que debajo de toda esa rabia había amor. Y Jason, a su vez, mataba sin piedad a cualquiera que intentara tocar a Tim.

Se adoraban de forma enfermiza. Se herían. Se salvaban. Se destruían un poco más cada día. Pero siempre permanecieron juntos.

.

.

El cigarrillo se consumía lentamente entre los dedos de Jason. Estaban sentados en el alféizar de la ventana rota del apartamento, con la lluvia cayendo nuevamente afuera. Tim tenía la espalda apoyada contra el pecho de Jason, envuelto en una manta fina que apenas servía para combatir el frío húmedo de Gotham. Ambos estaban desnudos bajo la tela, piel contra piel, compartiendo el calor que aún quedaba después de la ducha rápida que se habían dado luego de otra misión exitosa.

Jason pasó un brazo alrededor de la cintura de Tim y lo atrajo más cerca, apoyando la barbilla en su hombro. El nuevo vendaje, esta vez sobre el antebrazo derecho, le tiraba y escocía un poco, pero el dolor era distante comparado con la sensación de tener a Tim así, relajado y pegado a él.

—Esta noche fue demasiado fácil —murmuró Jason—. No me gusta cuando todo sale tan bien.

Tim soltó una risa baja, sin humor.

—Estaba pensando lo mismo…

Se quedaron en silencio un momento, escuchando la lluvia. Jason sentía la tensión regresar poco a poco al cuerpo de Tim, y conocía esa rigidez demasiado bien.

—¿Qué pasa? —preguntó, besando el costado de su cuello.

Tim tardó unos segundos en responder. Tomó el cigarrillo de los dedos de Jason, dio una calada larga y lo devolvió.

—Talia contactó conmigo antes de que saliéramos de Nanda Parbat. No te lo dije porque… quería que tuviéramos al menos este trabajo juntos sin que esa mierda nos arruinara.

Jason se tensó y su brazo alrededor de Tim se apretó de forma instintiva.

—¿Qué te dijo?

Tim giró la cabeza lo suficiente para observarlo de reojo. Sus ojos azules estaban opacos, con esa oscuridad calculadora que Jason tanto amaba y que, en ocasiones, había aprendido a temer.

—Ra’s ha decidido que nuestra “asociación” se ha vuelto una debilidad. Dice que dependemos demasiado el uno del otro. Que eso nos hace predecibles. Vulnerables. Quiere enviarme a una misión larga en el este de Asia. Solo. Duración indefinida. Y después… probablemente me asignen otro compañero permanente.

El silencio que cayó entre ellos fue asfixiante. Jason sintió cómo algo frío y afilado le atravesaba el pecho, pero ni una sola gota de sangre cayó. Arrojó el cigarrillo por la ventana y enterró el rostro en el cuello de Tim, inhalando su olor compulsivamente.

—No —dijo simplemente—. No van a separarnos.

—Jason-

—No —repitió, más firme esta vez. Giró a Tim entre sus brazos hasta que quedaron cara a cara—. Llevamos quince malditos años juntos. Desde que éramos niños. Te protegí cuando apenas podías sostener un cuchillo. Tú me mantuviste cuerdo después del Pozo. Hemos matado por el otro, sangrado por el otro. ¿Y ahora Ra’s cree que puede simplemente apartarte de mí como si fuéramos piezas de ajedrez…?

Tim apoyó la frente contra la de Jason. Sus manos subieron hasta sujetarle el rostro.

—Sabes cómo es él. No tolera lealtades que no sean hacia la Liga. Y Talia… ella está de acuerdo. Dice que mi “obsesión” contigo está afectando mi juicio. Que me estoy volviendo blando.

Jason soltó una risa amarga y oscura.

—¿Blando? ¿Después de todo lo que hemos hecho? ¿Después de las ciudades enteras que reducimos a cenizas, de los objetivos que torturamos juntos, de las cabezas cercenadas de los traidores que les ofrecimos en bandejas de plata? ¿Eso es ser blando?

Tim cerró los ojos un momento.

—Ra’s tiene grandes planes para mí y quiere que demuestre lealtad. Si me niego a ir… me considerarán traidor. Y a ti también.

Jason se quedó callado. Sus manos bajaron hasta la cintura de Tim, sujetándolo con fuerza, pero sin lastimarlo. No era rabia ciega lo que sentía. Lo dominaba algo más profundo y peligroso, todos lo sabían; una devoción absoluta mezclada con el terror de perder lo único bueno que tenía en la vida.

—Entonces nos vamos —dijo finalmente—. Quemamos los puentes y los barcos. Matamos a quien sea necesario y desaparecemos. No me importa la Liga. No me importa Ra’s. Solo me importas tú.

Tim lo miró con una mezcla de amor y tristeza profunda.

—¿Y hasta dónde estarías dispuesto a llegar?

—Hasta el final —respondió Jason sin dudar—. Si tengo que matar a Ra's y Talia con mis propias manos para que no te aparten de mí, lo haré. Si tengo que quemar Nanda Parbat entera, lo haré. No voy a vivir en un mundo donde tú no estés a mi lado.

Tim soltó un suspiro tembloroso y lo besó. Fue un beso lento, cargado de desesperación. Cuando se separaron, tenía los ojos brillantes, llenos de lágrimas contenidas.

—Sabes que si hacemos eso… nunca podremos parar de correr. Seremos cazados el resto de nuestras vidas.

—Prefiero correr contigo que vivir sin ti —dijo Jason, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Te amo, Tim. No de una forma sana ni heroica, lo siento. Te amo como lo que somos: dos asesinos que solo saben existir el uno para el otro. Si nos separan, me volveré loco. O peor… me volveré exactamente lo que Ra’s siempre quiso que fuera. Un monstruo sin control.

Tim apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

—Yo también te amo. Tanto que a veces me da miedo. Porque si te pierdo… no sé si quiero seguir siendo Mirage. No sé si quiero seguir siendo nada.

Se quedaron abrazados en silencio durante un largo rato. La lluvia seguía cayendo afuera, indiferente a sus planes, a sus miedos y a su amor retorcido. Por ahora, todavía se tenían. Pero ambos sabían que el reloj había empezado a correr. Ra’s Al Ghul no era paciente, y Talia tampoco.

—Tenemos que decidir pronto —murmuró Tim contra su piel—. Antes de que vengan a buscarnos.

Jason le besó la coronilla y lo apretó más fuerte.

—Mañana. Esta noche solo quiero tenerte así.

.

.

El amanecer aún no llegaba cuando la muerte tocó a su puerta.

Jason despertó de golpe, con el instinto erizándole los vellos de la nuca. Sacudió a Tim, tapándole la boca.

—Están aquí.

La puerta estalló hacia adentro con una explosión que los hubiera desorientado de no ser por su entrenamiento. Los asesinos élite entraron en tropel, katanas desenfundadas y rostros ocultos tras velos negros.

No venían a capturarlos. Venían a ejecutarlos.

La pelea desató un infierno.

Jason rodó fuera de la cama y agarró su pistola. Disparó dos veces a quemarropa; la primera bala destrozó la mandíbula de un asesino, la segunda le atravesó el cuello, la sangre caliente salpicó su pecho desnudo. Tim se movió como un animal acorralado y lanzó un cuchillo que se clavó hasta el fondo en el ojo de otro atacante, luego giró y le cortó la arteria femoral al siguiente. El hombre cayó gritando mientras la sangre brotaba a chorros.

Un asesino alto atacó a Jason con una espada curva. La hoja le abrió un corte profundo desde el hombro izquierdo hasta el pectoral. Jason rugió de dolor y agarró la espada con la mano desnuda, cortándose la palma hasta el hueso. Tiró del hombre hacia él y le incrustó tres balas en el estómago. El asesino se dobló, vomitando sangre sobre el pecho de Jason.

Tim gritó cuando una daga le atravesó el muslo. Cayó sobre una rodilla, pero no se detuvo. Agarró al atacante por el pelo, le estrelló la cara contra su rodilla y luego le rebanó la garganta con un movimiento salvaje. La sangre le bañó el rostro y el torso.

Jason recibió otra puñalada, esta vez en el costado derecho. La hoja entró profunda, rozando sus costillas. El dolor fue tan intenso que por un segundo se le nubló la vista. Cayó pesadamente contra la pared, dejando un rastro rojo brillante. Aun así, siguió disparando. Mató a otro más antes de que la pistola se quedara sin balas.

Tim se lanzó sobre él, protegiéndolo con su propio cuerpo mientras mataba al penúltimo atacante con las manos desnudas; dedos clavados en los ojos, luego un giro brutal que le rompió el cuello. El último asesino consiguió clavarle una daga en el hombro a Tim antes de que Jason, con las últimas fuerzas, le hundiera su propio cuchillo bajo la barbilla, atravesándole hasta el cerebro.

El silencio reinó de repente.

El apartamento era un matadero. Cadáveres tirados en posturas grotescas, sangre cubriendo el suelo, las paredes y las sábanas. Jason y Tim estaban de rodillas en medio de la carnicería, respirando con dificultad, desnudos y cubiertos de heridas graves.

Tim gateó hasta Jason, temblando violentamente. Sus manos presionaron la puñalada del abdomen, pero la sangre seguía saliendo a borbotones, caliente y espesa.

—Jason… mírame —suplicó, con la voz rota—. Quédate conmigo. No cierres los ojos.

Jason tosió sangre. Su piel estaba pálida, sudorosa. El dolor era tan fuerte que apenas podía pensar. Levantó una mano temblorosa y tocó el rostro de Tim, dejando huellas rojas en su mejilla.

—Duele… —admitió en un susurro ronco—. Duele mucho más de lo que pensé.

Tim sollozó, presionando con más fuerza las heridas. Las lágrimas caían sin control, mezclándose con la sangre que cubría su propio cuerpo.

—No puedo perderte. No después de todo… No me dejes aquí solo.

Jason lo miró con una ternura devastadora. Sus ojos verdes estaban vidriosos por el dolor y la pérdida de sangre.

—Nunca quise esto para ti —murmuró—. Quería… darte algo mejor… Te mereces un final feliz, Tim…

Tim negó con la cabeza, desesperado. Su cuerpo temblaba por la pérdida de sangre de su propia pierna y hombro.

—Entonces levántate, por favor. Tenemos que correr. Tenemos que intentarlo.

Jason respiró con dificultad, cada inhalación era un suplicio. Miró alrededor, los cadáveres, la sangre, las ruinas de su breve refugio. Luego miró a Tim, herido, exhausto y aterrado, pero aún aferrado a él.

—Tal vez no salgamos de esto —dijo Jason con voz débil pero clara—. Tal vez nos alcancen en unos días… o en unas horas. Pero si tengo que morir, quiero que sea a tu lado. No en una celda de Nanda Parbat. No separados.

Tim apoyó su frente contra la de Jason, llorando abiertamente.

—Entonces moriremos libres —susurró—. O viviremos huyendo. Pero juntos.

Jason asintió apenas. Con un esfuerzo brutal, se puso de pie, apoyándose pesadamente en Tim. Ambos sangraban profusamente. Cada paso era una agonía. Recogieron armas, dinero y un botiquín con manos temblorosas.

Antes de salir por la puerta trasera, Jason miró una última vez el apartamento destruido.

—Que vengan a buscarnos —murmuró con voz rota—. Que intenten quitarnos lo único que hemos tenido.

Bajaron las escaleras apoyados el uno en el otro, dejando un rastro de sangre en cada peldaño. Cuando salieron al callejón frío, el cielo empezaba a aclararse en un gris sucio y despiadado.

No sabían si sobrevivirían al día siguiente. No sabían si lograrían salir de Gotham. No sabían si su amor sería suficiente contra toda la Liga.

Solo sabían que, mientras sus manos seguían entrelazadas y su sangre continuara mezclándose una con otra, todavía existía una posibilidad, por pequeña y frágil que fuera. Una posibilidad que les traería más dolores que alegría.

Seguir juntos hasta el final, aunque ese final estuviera escrito con sangre.

.

.

 

Notes:

Okay, okay.
Originalmente escribí un final mucho más trágico y triste... ¡pero es el primer día! Quería tomarlo con calma. Puede ser que lo adjunte en un futuro.

Saludos y gracias por leer ♡

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