Chapter Text
Correr tras niños anormalmente rápidos y revoltosos se había convertido en una de las actividades matutinas de Richard. Ese día no estaba cuidando a uno, sino a tres pequeños, pequeños con más energía de la que él podía manejar.
Pero se había acostumbrado. Su título de niñero estaba sobre su cabeza desde los 15, cuando la reconstrucción de la muralla (ahora más alta) de Intercity demandaba más mano de obra de la prevista. Por lo que los ciudadanos debían colaborar entre todos para terminarla, garantizando así la seguridad. Ahora, la muralla medía orgullosamente 10 metros de alto, y Richard cuidaba niños casi todos los días...
Cuando los demonios que llamaban niños se ponían particularmente desastrosos, demasiado para la pequeña habitación que tenía en Intercity, Richard tenía su arma secreta, infalible, una que en 6 años jamás le había fallado: el parque.
En un principio, el parque de Intercity no era nada más que un triste tobogán y unos columpios, pero con los años, y a medida que más niños nacían (aunque no eran muchos) este se extendía cada vez más y más, hasta llegar a lo que era ahora, un parque sencillo, pero suficiente para mantener a esos niños tres entretenidos.
No había puesto ni un pie fuera del apartamento cuando uno de los niños exclamó con emoción:
— ¡El que llegue último es un infectado!
Y salió corriendo. Richard quiso detenerlos, pero los otros dos corrieron tras el primero, bajando a toda prisa las escaleras. Richard suspiró. La frase era simplemente devastadora. Saber que los niños veían a los infectados como algo aterrador, pero a la vez normal, era algo que a Richard siempre le provocaba un pequeño pinchazo en el pecho. La infección había sido devastadora. Sólo esperaba que algún día recibieran alguna ayuda. El gobierno jamás había aparecido cuando todo comenzó, ocultándose como cobardes, y dejando a la gente sufrir. Richard solo esperaba que algún día se pudiera volver a tener la normalidad de antes. Aunque tampoco iba a quejarse de lo que había ahora, en definitiva, eso era mejor que hace diez años.
Caminar por las calles con tres niños era mucho más complicado de lo que la gente podría pensar. Podría estar sacando a pasear al mismísimo perro del Inframundo, y sería, probablemente, una tarea más sencilla.
Hacía unas dos o tres cuadras que se había rendido en intentar alcanzarlos. La ciudad tenía bastante movimiento ese día, y tenía que estar constantemente esquivando gente y rechazando lo que querían venderle.
El parque estaba al frente. Los niños corrían a unos metros, y Richard vio al más pequeño de ellos correr con emoción directamente hacia la carretera.
- ¡Ey! ¡Cuidado! ¡Para! ¡Ven aquí!
Intentó gritar para llamar la atención de la pequeña, pero esta estaba más concentrado en correr hacia el parque. Las carreteras no eran demasiado concurridas, pues en un mundo apocaliptico, era raro ver autos en funcionamiento. Pero ese día en particular, una gran camioneta avanzaba a toda velocidad (o así lo veía Richard) por la calle. Richard intentó correr para alcanzar al niño, que iba distraídamente directamente a las garras de la muerte.
Justo en el último segundo, cuando la camioneta ya estaba llegando a la esquina, una mano enguantada emergió del costado, sosteniendo al pequeño por el cuello de la camisa, levantándolo apenas unos centímetros del suelo. Los otros niños detrás de él se frenaron en seco, y la camioneta siguió su rumbo como si nada. Richard pudo respirar aliviado...
Se acercó rápidamente a la esquina, apoyando las manos en sus rodillas, jadeando tanto por el susto como por el pequeño maratón que tuvo que correr. Levantó la vista para agradecer a quien sea que fuera su salvador, cuando una voz lo interrumpió. Pero no iba dirigida hacía él.
— ¿Que estabas pensando? ¿Sabes lo pesada que es esa camioneta? Hubieras terminado aplastado. Probablemente con todas tus extremidades hechas polvo. Y eso en el caso de que hubieras sobrevivido. Casi pierdes la vida no sólo por imprudente, sino por no hacerle caso a tus mayores.
A pesar de ser un regaño, la voz de aquel hombre se mantenía serena, mientras aún sostenía al niño como si de un gato mojado se tratase.
Cuando Richard por fin se concentró en el hombre, se encontró con una persona vestida completamente de negro. Solo podía ver una pequeña parte de sus ojos bajo aquel gran sombrero negro que proyectaba una sombra casi aterradora sobre él.
Finalmente, el chico soltó al niño, que estaba demasiado en shock como para siquiera llorar. El pequeño asintió rápidamente, murmurando una disculpa apresurada. De inmediato se aferró a Richard, ocultándose detrás de su pierna y mirando desde abajo a aquel hombre aterrador.
Richard podría reclamar... Pero no es como si aquel misterioso sujeto no estuviera en lo correcto al regañarlo. Tal vez no fue la mejor manera, pero no alzó la voz ni lo golpeó. Simplemente... Expuso de una forma demasiado detallada para un niño de siete años lo que podría haberle pasado.
Miró al hombre, sonriendo algo avergonzado.
— De verdad, muchas gracias por-—comenzó el conejo, algo nervioso por no saber quien diablos era este hombre. Jamás lo había visto antes en la ciudad. ¿Será un bandido? ¿Planeaba saquear todo?
— Controla a tu hijo.—contestó el desconocido, bajando más su sombrero y pasando al lado de él como si nada. Ahí fue cuando Richard se dio cuenta de la diferencia de altura de ambos, pues a pesar de tener un aura que durante unos minutos lo hizo parecer que media dos metros, Richard notó que era considerablemente más bajo que él.
Al escuchar la reprimenda, Richard se excusó rápidamente.
— ¡N-no! Te confundes, él no es mi-
— No te he preguntado los detalles.
Lo interrumpió de forma seca, pasando a su lado como si nada. El rubio quedó con la boca abierta, aún procesando lo que acababa de pasar.
Frunció su ceño de inmediato y se dio la vuelta para replicar.
— ¡Oye! ¡Eso no es muy educado... De tu parte...! ¿Pero que?
Cuando volteó, el hombre no estaba por ninguna parte. No estaban cerca de una esquina en la cual haya podido desaparecer, ni siquiera de negocios abiertos en los que el desconocido pudiera haberse refugiado.
Algo anonadado, tomó las manos de los niños, y decidió que iba a ignorar eso por el momento.
Cuando al alcalde le notificaron acerca de un extraño sujeto vestido completamente de negro, que no se sabía en que momento había entrado, pues los guardias no tenían un registro de él, inmediatamente creyó que se trataba de un bandido infiltrado en la ciudad.
En un principio, intentó mantener la calma. Pero cuánto más lo pensaba, más se preocupaba por la integridad de sus ciudadanos. ¿Por qué venía solo? ¿Planeaban una emboscada? ¿Tenían poco tiempo para prepararse? ¿O el sujeto era lo suficientemente fuerte como para pelear con lo que sea? La última era la menos probable, pero aún así, nada dejaba de preocuparlo.
Acompañado de dos guardias, decidió ir en busca de este extraño hombre, que en este momento aterrorizaba las calles de su ciudad. Cosa que él, como el alcalde, no podía permitir, y en caso de ser un bandido, debía neutralizarlo cuanto antes.
Le costó encontrarlo. Habían sido pocos avistamientos, pero los suficientes como para preocuparlo. Estuvo alrededor de media hora buscando, hasta que vio a una figura completamente cubierta desaparecer tras un callejón. Comenzó a seguirlo de inmediato, y logró interceptarlo en una esquina.
El sujeto se detuvo en seco frente a él, ladeando un poco la cabeza. El alcalde no pudo distinguir nada extraño, además de su monótona vestimenta, pensada para no llamar la atención, pero que había conseguido exactamente lo contrario.
Poniendo su mejor sonrisa pacificadora, y aclarando su garganta, comenzó a hablar.
— ¡Hola! Soy el alcalde de Intercity. No te has identificado, mis guardias no te han visto entrar, y como alcalde... Ya sabes, debo... Asegurar la integridad de mis ciudadanos... No eres un bandido, ¿verdad?
Cuestionó, juntando sus manos, rezando por dentro que no lo sea.
El hombre ladeó más la cabeza. Creyó poder ver cómo alzaba una ceja, pero era dificil distinguir bajo el sombrero y con esa bufanda cubriendo casi la totalidad de su rostro.
— Supongo que depende de la definición de "bandido".— contestó el hombre, con voz monótona. El alcalde respiró hondo, intentando alejar su nerviosismo.
— El bando contrario a los libertarios.
Ahora si, el sujeto parecía genuinamente confundido.
— No sé quiénes son los libertarios, pero estoy seguro que no estoy en contra de ellos... Por ahora.
El alma volvió a su cuerpo. Sonrió de inmediato, tomando las manos del chico.
— ¡Genial! Entonces, ¡Bienvenido a Intercity! Soy el alcalde. Mucho gusto. ¿Cómo te llamas? ¿Estás de paso? ¿Vas a quedarte? ¡Tenemos habitaciones disponibles! ¿Cuantos años tienes?— dijo con rapidez, estrechando la mano del sujeto. Este se soltó rápidamente.
— Me llamo Georgie. Estoy de paso. No creo quedarme mucho tiempo. Se lo agradezco. Tengo veinte años.
— ¡Perfecto, Georgie! ¡Entonces, dejame mostrarte-! ... ¿Veinte años?— cuestionó de repente, mirando al desconocido con aún más emoción.
— ... Si, veinte años.
— ¿Veinte?
— Él número no ha cambiado.
El alcalde vio una oportunidad. Había poca gente de 20 años, debido que al comienzo de la infección, pocos niños de diez habían logrado sobrevivir. Encontrarte con un adulto joven era un caso raro. El primero que conoció fue Richard, a quien conoció como un adolescente. Richard no tenía muchos amigos.
Si, el conejo era alguien sociable. Se llevaba bien con prácticamente toda la ciudad, era amable y servicial... Pero siempre estaba rodeado o de niños pequeños, o de gente demasiado mayor con la que no podía conectar realmente... ¡Este chico debía ser amigo de Richard!
— ¡Entonces quiero que conozcas a alguien, Georgie! ¡Te caerá genial! ¡Te lo aseguro!
— No quiero conocer a nadie, solo estoy-
Sin embargo, decidió hacer oídos sordos, tomando la muñeca del chico y comenzando a caminar en dirección al parque, donde había visto que Richard se dirigía, mientras gritaba.
— ¡Richard! ¡RICHARD! ¿¡Donde se ha metido este chico!? ¡Richard!
El conejo finalmente apareció, con un niño pequeño subido en su cuello, y otro colgando de su brazo. Sonriendo, se acercó al alcalde.
— ¿Para qué soy bueno?— cuestionó, bajando a ambos niños, y enviándolos a jugar.
El alcalde sonrió mientras tiraba de Georgie, poniéndolo frente a Richard, quien pareció tensarse un poco.
— ¡Él es Georgie! Acaba de llegar a la ciudad... ¡Y como nuestro guía estrella, quiero que le muestres la ciudad! ¡Incluso tiene tu edad! ¿No es genial tener a alguien de tu edad en la ciudad?
Las orejas del conejo se bajaron un poco, pero sonrió, algo incómodo.
— Si, supongo que lo es-
— ¡Genial!
Tomando el brazo de Georgie, prácticamente lo lanzó contra Richard, quien rápidamente lo sostuvo por los hombros para equilibrarlo.
— Cuando terminen, ¡vengan a mi oficina!
Dijo, antes de darse la vuelta y caminar tranquilamente de regreso a la alcaldía.
Richard observó hacia abajo, donde el chico que acababan de lanzarle tenía una mirada tan enfadada, que parecía capaz de derretir una piedra.
— Ya puedes soltarme.— dijo, con voz monótona, aunque pudo reconocer un pequeño tinte de fastidio en ella.
— ¡Ah, si, claro, disculpame!
Exclamó apresuradamente, soltando al chico, quien respiró hondo tres veces antes de finalmente darse la vuelta a mirarlo.
— ¡Muy bien! Te daré un recorrido por la ciudad.
— Justo ahora no tengo tiempo para-
— ¡Será rápido, lo juro! ¡Vamos! Animate un poco. Te encantará saber de la historia de este lugar.— dijo, tomando el brazo de quien ahora sabía que se llamaba Georgie, y comenzando a guiarlo.
Georgie suspiró, dejando que Richard lo arrastrara a un día turístico que jamás pidió... Pero estaba demasiado cansado como para protestar. Con suerte, cuando termine de ver el lugar, finalmente pueda pagar por una habitación y estar en paz.
