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Dean pone el disco. La aguja toca el surco.

Y así, sin darse cuenta, empieza todo.

Una tienda de discos, un hombre que no sabe nada de rock clásico, y la historia lenta de cómo dos personas aprenden a estar en sintonía, capítulo a capítulo, canción a canción, hasta que el silencio entre ellos deja de doler y empieza, por fin, a sonar.

Chapter Text

La tienda huele a vinilo viejo y a café quemado, que son básicamente los dos pilares sobre los que se sostiene la civilización según Dean Winchester, o al menos según Dean Winchester antes de las diez de la mañana.

Son las nueve y cuarenta y siete.

Dean está detrás del mostrador con la taza en la mano y Back in Black sonando a un volumen que su vecina de arriba llevaría semanas quejándose si esto fuera un piso y no un local comercial en la calle más rara del centro, esa calle que tiene una tintorería, una tienda de cómics, una floristería que nunca parece abierta aunque nunca tiene el cartel de cerrado, y Winchester & Sons, que es el nombre oficial aunque el letrero de fuera lleva tres años con la & medio despegada y Dean no ha encontrado todavía el momento de arreglarlo.

El local es suyo desde hace dos años, técnicamente. Desde que John Winchester decidió que sus rodillas ya no aguantaban doce horas de pie entre estanterías y le pasó las llaves a Dean con la misma ceremonia con la que le habría pasado una lista de la compra. Aquí tienes. No la cagues. Dean no la ha cagado. El negocio no es exactamente próspero en la era del streaming, que es algo que Dean sabe y con lo que convive en una especie de paz armada, pero tampoco se hunde, y los clientes que entran son los que tienen que entrar, los que todavía saben que hay una diferencia entre escuchar música y tener música, entre el archivo digital y el peso de un disco entre las manos.

Hay cuatro clientes ahora mismo. Una chica con auriculares enormes revisando la sección de jazz con la concentración de quien está tomando una decisión importante. Dos chicos de unos veinte años en el fondo, junto a los clásicos del rock, que llevan diez minutos con el mismo disco de Sabbath en la mano sin decidirse. Y un hombre mayor que viene todos los martes a comprar exactamente un disco de blues y a contarle a Dean más de lo que Dean necesita saber sobre su divorcio.

Hoy es miércoles, así que el del blues no está. Dean bebe café y deja que AC/DC haga lo suyo y observa la tienda con esa satisfacción tranquila y un poco hosca que es su versión del bienestar.

La campanilla de la puerta suena.

Dean no levanta la vista de inmediato porque la campanilla suena varias veces al día y no todas las veces merecen atención inmediata. Levanta la vista cuando ha bebido otro sorbo de café, que son aproximadamente cuatro segundos después, y lo que ve es a un hombre de unos treinta años parado en el umbral con el aire de alguien que ha entrado en el sitio equivocado pero todavía no ha decidido si reconocerlo.

Es alto. Lleva un abrigo color crema que parece ligeramente anacrónico para la época del año y una corbata que está torcida exactamente el mismo grado que sugiere que se la ha puesto con intención pero sin espejo. Tiene el pelo negro y revuelto con la energía específica de alguien que no lo peina por decisión estética más que por dejadez, aunque Dean no podría justificar esa distinción si se lo preguntaran. Y tiene una expresión en la cara que Dean solo puede describir como intensamente perdido, que es diferente a simplemente perdido porque implica que la persona está siendo muy seria respecto a su propio desconcierto. Cuando el hombre gira la cabeza hacia el mostrador y sus ojos encuentran los de Dean, lo primero que este piensa, antes de poder evitarlo, es que ese azul no debería existir en una cara humana. Es el tipo de azul que uno espera encontrar en otra parte, en el cielo de agosto a mediodía o en el fondo del mar en una fotografía, no en un hombre con la corbata torcida parado en el umbral de una tienda de discos en una calle que huele a tintorería.

El hombre mira las estanterías. Mira el cartel de la pared donde Dean tiene escrito, con la letra de alguien que claramente no estudió caligrafía, si no sabes lo que buscas, probablemente no lo encontrarás aquí. Mira a Dean.

Dean lo mira de vuelta.

—Hola —dice el hombre.

—Hola —dice Dean.

Silencio. Back in Black sigue sonando. El hombre mira otra vez las estanterías como si esperara que le dieran alguna pista sobre cómo proceder.

—Estoy buscando un disco —dice finalmente.

—Estás en el sitio adecuado —dice Dean, que es lo más cercano a amable que está dispuesto a ser antes de las diez.

El hombre asiente con una seriedad que sugiere que está procesando esa información y encontrándola útil.

—Necesito un regalo —dice—. Para mi hermano. Le gusta la música. Bueno, le gusta todo, en realidad, Gabriel tiene una relación muy poco discriminada con el entretenimiento en general, pero específicamente me ha dicho que quiere música y que sea algo con personalidad, que es una descripción que no me ayuda especialmente.

Dean lo mira. El hombre lo mira de vuelta. Ninguno de los dos dice nada durante un momento.

—¿Qué tipo de música escucha tu hermano? —dice Dean, porque esta es la pregunta lógica y Dean es, a su manera, un hombre lógico.

—Todo —dice el hombre—. En serio, todo. La semana pasada lo escuché pasar de Beethoven a reggaetón en el tiempo que tardé en prepararme un sándwich.

—Útil.

—Lo sé. Lo siento.

Dean deja la taza sobre el mostrador y rodea la barra porque esto va a requerir movimiento físico, lo nota. El hombre lo sigue con la mirada mientras Dean se acerca, y hay algo en esa mirada que es difícil de catalogar, no es la mirada de alguien que está evaluando la tienda ni la de alguien que está matando el tiempo. Es más directa que eso. Más quieta.

Dean decide no pensar en eso y centrarse en el problema del hermano con gustos musicales de cobertura universal.

—¿Edad? —dice.

—Treinta y cuatro.

—¿Tiene tocadiscos?

El hombre frunce el ceño.

—No lo sé.

—¿Escucha más música en casa o fuera?

—Fuera, creo. En el coche, sobre todo. Tiene una furgoneta. Tiene un sistema de sonido que probablemente vale más que la furgoneta.

Dean asiente. Esto ya es algo con lo que trabajar.

—¿Algún grupo que sepas con seguridad que le gusta?

El hombre abre la boca. La cierra. Piensa. La vuelve a abrir.

—¿Taylor Swift?

El silencio que sigue tiene una calidad específica. Es el silencio de Dean Winchester procesando información que no esperaba y decidiendo cuál es la respuesta adulta y profesional ante ella.

—Tu hermano —dice Dean, muy despacio— escucha a Taylor Swift.

—Entre otras cosas, sí.

—Y quieres comprarle un disco de vinilo.

—Es lo que me ha pedido.

—¿Te ha pedido un disco de Taylor Swift en vinilo?

El hombre lo mira con una paciencia que sugiere que está acostumbrado a que las conversaciones tarden un poco más de lo esperado en llegar a algún sitio.

—No específicamente. Me ha dicho que quiere algo con personalidad. Yo he pensado que quizás un vinilo tiene más personalidad que un archivo de Spotify. ¿Me equivoco?

Dean mira al techo. Mira al hombre. Mira las estanterías que llenan cada pared del local de suelo a techo con la historia completa del rock, el blues, el jazz, el soul, el country, décadas de música que importa apilada con el cuidado con el que otras personas apilan libros o guardan cartas.

—No te equivocas —dice Dean, que es la concesión más grande que está dispuesto a hacer en este momento—. Pero aquí no tenemos Taylor Swift.

—Ah.

—Ni la vamos a tener.

—Entiendo.

—Esta es una tienda de música de verdad.

El hombre lo mira. Hay algo en su expresión que en otra persona podría ser ofensa pero que en él parece más bien una consideración genuina de lo que Dean acaba de decir, como si lo estuviera sopesando en lugar de reaccionar a ello.

—¿La música de Taylor Swift no es música de verdad? —dice finalmente, con una curiosidad tan sincera que Dean no sabe muy bien si está siendo retado o si la pregunta es literal.

—Es... —Dean para. Empieza de nuevo—. Mira, no es lo que tenemos aquí. Lo que tenemos aquí es otra cosa.

—¿Qué cosa?

Dean lo mira un momento. Luego, sin terminar de saber por qué, camina hacia la sección de clásicos del rock, pasa los dedos por las fundas con la familiaridad de quien conoce cada centímetro de este lugar con los ojos cerrados, y saca un disco.

Lo pone sobre el mostrador cuando el hombre lo sigue hasta allí.

Led Zeppelin IV.

El hombre lo mira. Mira a Dean. Vuelve a mirar el disco.

—¿Stairway to Heaven? —dice, y lo pronuncia bien, lo cual es algo, aunque su tono es el de alguien que reconoce el nombre de un lugar sin haber estado nunca allí.

—Entre otras —dice Dean—. Tu hermano, si de verdad escucha de todo, ha escuchado esta canción en algún momento de su vida. Todo el mundo la ha escuchado. Pero el disco completo es otra historia. Si lo escucha de principio a fin, en vinilo, con un sistema de sonido decente, va a entender por qué existe la diferencia entre música de fondo y música que te para en seco.

El hombre mira el disco durante un momento largo. Luego levanta la vista hacia Dean con esa mirada directa y quieta que Dean ya ha notado antes y que sigue siendo difícil de catalogar. De cerca el azul es peor, o mejor, dependiendo de cómo se mire, porque no tiene la decencia de ser un azul normal sino ese azul que parece tener capas, que cambia ligeramente según desde dónde lo reciba la luz, y Dean lleva exactamente demasiado tiempo mirándolo.

—¿Tú crees que le va a gustar? —dice.

—No lo conozco —dice Dean—. Pero si tiene personalidad, sí.

Algo cruza la cara del hombre que podría ser el principio de una sonrisa, aunque no termina de llegar.

—De acuerdo —dice—. Me lo llevo.

Dean lo cobra, le da una bolsa con el logo de la tienda que su padre diseñó en los noventa y que sigue siendo la misma porque ninguno de los dos ha encontrado razón para cambiarla, y observa cómo el hombre se dirige hacia la puerta con el disco bajo el brazo y esa manera suya de moverse que es tranquila y un poco ajena al ritmo del resto del mundo, como alguien que va siempre exactamente a la velocidad que ha decidido ir.

En la puerta el hombre se para. Se gira.

—Gracias —dice—. Por cierto, me llamo Castiel.

Dean lo mira.

—Dean —dice.

Castiel asiente, como si eso fuera información que va a necesitar, y sale. La campanilla suena. La puerta se cierra.

No sabe cuándo pero Renegade ha terminado y en su lugar está sonando Whole Lotta Love, que empieza con esa guitarra que entra como una afirmación, como algo que no pide permiso para ocupar espacio. Dean se queda mirando la puerta durante tres o cuatro segundos más de lo que haría con cualquier otro cliente.

Luego vuelve al mostrador. Recoge la taza. Bebe café frío.

No piensa en la corbata torcida. No piensa en el azul de esos ojos que no tiene nombre propio en ningún idioma que Dean conozca.

O lo intenta.