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Por algo dicen que los lunes son el peor día de la semana.
No hicieron falta cuarenta y ocho horas para que el desorientado y extrañamente familiar erizo negro interrumpiera la programación de todas las estaciones habidas y por haber. El desastre se convirtió en noticia mundial antes siquiera de salir de Station Square. Sonic cambiaba de canal con tanta frecuencia que ya sentía el dedo acalambrado cada vez que se desplomaba en el sofá.
Hacía unos días, los agentes de G.U.N. habían irrumpido en la mansión de los Thorndyke buscando al culpable de los estragos. Topaz, Rouge y —por razones técnicas— Knuckles no tardaron en interrogar a los residentes. Sin embargo, en lugar del terrorista prófugo, se encontraron con una bella damisela preocupada. El equidna no perdió ni un segundo en asistirla como todo un galán… solo para que su orgullo se desinflara segundos después por la bochornosa incredulidad. Seguro que para el fugitivo fue todo un alivio descubrir que contaba con la protección de un extraño tan bondadoso y fornido.
Sonic nunca imaginó que vería a Knuckles tan encantado de acompañar a Rouge a las sedes del gobierno para un interrogatorio.
¿Por qué este tipo de cosas siempre le pasaban justo los lunes? Primero, ni bien empezó aquel día, ya estaba lidiando con dividir su tiempo entre sus amigos para lo que sea que necesitaran. Luego lo humillaron en televisión nacional por culpa de la Mobian a la que supuestamente debía salvar de los “malévolos planes” de aquel Shadow no tan Shadow. Y ahora tenía que encubrir a ese mismo experimento perdido del Doctor Robotnik en la casa de su amigo humano —cuando se supone que solo se quedaría un rato—. Aunque, siendo honestos, tampoco es que tuviera una agenda llena o responsabilidades de las que andar quejándose . No era como si este “pequeño inconveniente” le estuviera arruinando la vida… ¿O sí?
Sonic no era de este mundo. Lo único que podría considerarse su deber era salir a salvar a los habitantes de aquel huevo con título de doctor. Pero luego ahí estaba él, echándose una siesta con los brazos detrás de la cabeza, recuperando fuerzas después de la exhaustiva búsqueda del lugar y momento perfectos para descansar. En realidad, que hubiese ocurrido un lunes, martes o jueves daba igual. Pero la irritación crónica que le provocó la mera llegada de “Shadow” fue razón suficiente para no gustarle particularmente ese día.
Por suerte, la semana no se detiene.
Tenerlo bajo el mismo techo por tanto tiempo, y no estar cien por ciento convencido de ello, parecía completamente injustificado a los ojos de sus amigos. Algo a lo que Sonic se había resignado con notable estoicismo.
Serán “compañeros de litera” para siempre…
Esta mañana, el ambiente en la mesa del comedor estaba lleno de risas, del aroma delicioso y ligeramente quemado del café que solo bebían Vanilla y Chuck, y de una calidez nueva que no pasó desapercibida para Sonic. Era como si todos ya conocieran cada aspecto del torpe erizo que ahora respondía al nombre de Shades.
¿Shades? ¿A quién rayos se le había ocurrido ese nombre?
A él, por supuesto. Al propio Sonic.
El erizo azul sentía que había sido lo mejor que pudo hacer por ese clon. Pues cualquier cosa era mejor que llamarlo “El blandengue de la esquina”.
Vamos, nadie podía negarlo: parecía exactamente eso, un Shadow sin una sola pizca de rudeza. Habían traído al mundo a un reflejo completamente diferente del tipo que lo había metido en confinamiento apenas unas semanas atrás.
Los demás dirían que esa era la razón más sólida por la que su presencia “no le sentaba nada bien”. Sin embargo, esa no era ni por asomo su mayor inquietud.
Era la forma en que Shades acaparaba la atención de todos… no solo de Tails o Cream, sino especialmente de la eriza a la que, hasta ahora, Sonic nunca había visto desde otra perspectiva.
Amy.
Antes se burlaba de la sola idea de llegar a querer a Amy de forma romántica. Sus exasperantes intentos por llamar su atención solo lo alejaban más. Amy era linda, claro, y nadie podía cuestionar la pasión con la que amaba. Sin embargo, Sonic siempre se había regido por una sola regla: nada de ataduras. Era un espíritu libre. ¿Por qué debería preocuparse por citas sorpresa o recordar una fecha en específico?
…Qué excusa más patética.
Era tal como mencionó su amigo equidna: tiene la vida resuelta. Gente que lo ama, pretendientes por donde sea que mirase, y aun así solo los apartaba del “camino inexplorado” por el que se ha mantenido corriendo durante años.
No conoce a muchos de su género opuesto con los cuales haya entablado una conversación mayor a los cinco minutos. Amy es de las pocas —por no decir la única— erizas con las que ha mantenido una prolongada amistad; mas apreciar su compañía no significa que cabe en el concepto de aceptarla como posible pareja. O sea, no está necesitado ni perdiendo la cabeza porque su especie está al borde de la extinción, como sucede con el pobre Knuckles.
Maldita sea… ¿Entonces por qué ahora la idea de perderla en el futuro le es igual de insoportable que la de formar algo serio en el presente?
En definitiva, su situación no pudo haber sido más enredada.
Sentado en el taburete frente al desayunador, Sonic sentía escurrir por su espalda la horrible corriente de incertidumbre. Es afortunado de tener la altura insuficiente para que sus pies tocaran el suelo; su tic en el pie hubiera evidenciado su incomodidad rápido. ¿Por qué no sentirse de esa manera cuando Amy no para de recalcarle a todo el mundo sobre su nuevo novio?
Sí, novio. Le importó un bledo al inicio, pero eso era al inicio. El peso de esa palabra cobró sentido ahora que los ve tan melosamente pegados, tan insufriblemente… contentos.
¿En qué momento esto se volvió una competencia en donde Shades ya ha cruzado la meta?
Era casi irónico que a él, Sonic, se le hiciera tarde.
—Oh, vaya, ¿a dónde han ido los ingredientes? —El inconfundible acento de Ella llegó a oídos del cobalto, sacándolo de su dilema mental.
Vanilla llegó al costado de la mujer robusta, inspeccionando también el interior de la gran nevera de doble puerta. La coneja reposó la diestra en su cadera, meditando si había una alternativa que hiciera posible llevar a cabo el almuerzo este día.
—Creí en la mañana que podríamos hacer algo con lo que teníamos, pero ya veo que no lo medimos mucho. —Se acercó a la fila de ganchos en la cocina, retirándose el delantal rosado para seguidamente colocarlo en donde lo había encontrado—. No será suficiente contando que tenemos a una nueva panza en la casa e invitados en camino.
La criada asintió, aunque esta siguió conservando su típico delantal blanco. Decididas, ambas mujeres salieron del espacio en la cocina, pasando al costado de un Sonic con la ceja arqueada.
Ah, cierto. Ayer Vanilla, a pesar de la pequeña escena que formaron hace unos días, invitó a Topaz, Rouge y Knuckles para almorzar. Obvio que el trío no pudo negarse, aunque hubiera otras cosas pendientes.
—¡Cream, cariño! Saldremos al supermercado. ¿Nos acompañas?
Ella cogió su bolsa de la compra y Vanilla avisó al otro adulto de la casa de que se marchaban mientras esperaba a que Cream entrara por la puerta que daba al patio.
—¡Voy! —dijo emocionada la coneja joven, seguida por su apapachable Chao Cheese.
Cream se sacudió el polvo del vestido antes de entrar, dejando atrás un bonito arreglo floral, pero no sin antes colocar la pequeña corona de margaritas en la cabeza de Cheese.
La puerta se abrió de par en par, exaltando un poco a la eriza que cruzaba frente a ella. Amy observó a Cream y a las dos mujeres preparándose para salir; sus manos se olvidaron por completo del cuaderno de anotaciones que cargaba.
—¡¿Saldrán?! ¡Ay, perfecto! —La libreta voló hacia alguna parte de la sala—. Justamente tengo que recoger mi vestido.
Vanilla se volvió hacia la rosada, asintiendo con una sonrisa acogedora.
—Puedes acompañarnos hasta el supermercado. La plaza queda cerca.
Sonic deglutió saliva inconscientemente al ver llegar a la eriza. El muro que separaba la cocina de la sala principal le permitía espiar a las cuatro figuras reunidas a través del umbral.
—¡Amy! ¡Amy! ¿Existen globos de animales? ¡Sería muy lindo!
Las orejas de Sonic se aguzaron.
Esa voz.
Esa profunda pero dulce voz.
El erizo de vetas rojas se unió al grupo, caminando tras Amy en busca de su opinión sobre la decoración.
Oh, ¿aún no se había dicho?
Amy se había despertado con la grandiosa idea de hacerle una fiesta de bienvenida a su increíble novio. A este último, con solo mencionarle pastel y globos, se le habían iluminado los ojos, disponiéndose a ayudar a la rosada en todo lo que necesitara.
Amy giró el rostro; su sonrisa se ensanchó cuando una idea mucho mejor apareció en su cabeza.
—¡Terroncito, ven con nosotras! —pidió en cuanto el erizo ébano se posicionó frente a ella.
Los ojos esmeralda de Sonic casi se salen de sus órbitas al ver a Amy entrelazar en alto sus manos con las de Shades con total naturalidad.
—¿Eh? ¿Por qué? —cuestionó él, plenamente confundido al ver que la contraria dejaba de anotar los preparativos—. Yo quiero seguir eligiendo el sabor del pastel.
—Eso puede esperar. ¡Necesito que me veas lucir el vestido que compré!
Shades lucía increíblemente desorientado. Aun así, no pudo negarse al torbellino impulsivo que tenía como novia, limitándose a asentir mientras ella lo arrastraba hacia la puerta.
—¡Ah! ¡Me probaré un montón de ropa solo para ti! Entonces me dirás lo linda que me veo, nos tomaremos fotos juntitos, y…
—Amy, ¿a dónde llevas a Shades?
La voz serena de Tails interrumpió la escena. La rosada volteó lentamente la cabeza, mascullando con el ceño fruncido y párpados caídos. Por otro lado, Shades reaccionó al escuchar su nombre y saludó con la mano al zorro de dos colas que venía del taller.
—Pues a la tienda conmigo. Estaremos ocupados —aclaró ella, rodeando posesivamente su brazo con el del ébano, como si lo protegiera de cualquier intento de arrebatárselo.
—¿Sabiendo que aún no es seguro para él estar afuera? —cuestionó, examinando de pies a cabeza a la parejita.
Amy se encogió de hombros, virando la mirada hacia las otras tres figuras esperándolos en la puerta principal.
—Vamos, ¿cuánto tiempo ha pasado? No es como si G.U.N. siga con su cacería. Chuck se encargó de eso.
—La “fianza” que se hizo no lo deja automáticamente sin riesgos, Amy. Recuerda que las pocas veces que ha salido ha sido a escondidas de la prensa. ¿Cómo crees que reaccionará a emociones muy intensas?
—¡Ay, se soluciona con una bolsa en la cabeza! —exclamó sin pena alguna por su absurda solución definitiva al problema.
Tails negó ante el ademán indiferente de la mano de Amy. Masajeándose la línea del hocico, trató de explicarle nuevamente a su amiga el posible conflicto al que Shades todavía es propenso. La eriza pareció escucharlo, aunque sus brazos cruzados y el débil puchero en sus labios transmitían tácitamente sus horribles ganas de llevarse a su novio por aquella puerta.
Con el discurso lógico de fondo, la atención de Ella fue dirigida al reloj de péndulo reposando en la sala. Los hombros de Vanilla se agitaron cuando la mujer le codeó suavemente el brazo. Ladeó la cabeza y elevó una oreja para comprender las palabras susurradas que le soltó la pelicastaña, mirando hacia el interior de la cocina.
—¿No ves que ni tiene zapatos? —Tails apuntó a las patas desnudas del ébano, sin medias ni nada. Al parecer, en ese momento la privacidad que amerita esa parte no era importante para Amy.
—Entonces que se ponga unos. Shadycito, ¿dónde están tus patines caros? —entonó con voz ridículamente cursi, revoloteando aquellas pestañas que resaltaban sus ojos resplandecientes.
En su posición, Sonic sacó la mitad de la lengua, gesticulando su irritación con una desviación asqueada de su cabeza. El zorro puso los ojos en blanco, por poco cayendo en decantar que simplemente la rosada hiciera lo que quisiera.
—Ellos-... —Shades habló como si ya estuviera muy atrás del rumbo de la conversación.
Tails lo interrumpió.
—Le estoy dando unos ajustes en el taller. Pese a que Shades ya sepa controlarlos, pude notar que se mueve distinto a como lo hacía Shadow. Estime que sería ideal adaptarlos a su rango de energía chaos —explicó, vocalizando lentamente como profesor de niños preescolares.
—Ya... —Amy asintió solemne, ajustando su mano en su cintura—. Le prestaré mis pantuflas.
El zorro se dio una palmada en el rostro, metafórica y literalmente.
—¿Las rosadas? —el erizo ébano preguntó de inmediato, sonriendo con expectativa. Por fin le causa interés el tema de conversación.
Amy asintió con gusto, dirigiendo una mirada ganadora al de dos colas.
En su estadía aquí se le ha empedernido la costumbre de estar rodeado del color rosado y cosas encantadoras para la vista, aun más teniendo en cuenta que pasaba la mayor parte de su día participando en los juegos improvisados de su ahora compañera de fiestas de té.
Justo en ese instante, Vanilla carraspeó lo suficientemente fuerte para detener la palabrería de los presentes. La coneja avanzó unos pasos hasta detenerse delante del par de erizos y el zorro, inmiscuyéndose con porte firme.
—Perdonen, chicos, necesito que se decidan rápido. Debemos estar preparando todo antes de que lleguen los invitados. Regresaremos con más tardar a las doce.
—¡Y todavía hay que hacer el postre! Con ustedes discutiendo, al final comeremos maíz enlatado —agregó Ella con los brazos en jarras, mosqueada por la escenita empleada por las criaturas parlanchinas viviendo en la casa.
Tails se rascó la nuca, algo avergonzado. Amy entrelazó las manos tras su espalda, haciéndose la desentendida.
Cream, que hasta ese entonces permaneció callada, se echó hacia adelante para jalar el vestido de Amy, atrayendo la atención de esta sin complicaciones.
—Señorita Amy, pienso que sí debería considerar cómo se sentirá Mr. Shades si sale al exterior con todo ese ruido de las calles. Puede agobiarse o incomodarse… como yo cuando entro a un lugar muy grande y con mucha gente —murmuró lo último, jugando involuntariamente con el lazo adyacente al collar de su vestido.
—¡Chao, chao, chao! ¡Chao! —Cheese actuó como respaldo, agitándose en el aire y rogándole a la eriza con una ternura comparable con la de un perrito moviendo con desenfreno la colita.
Las orejas de Amy se alzaron en sorpresa, observando con detenimiento a la conejita que portaba preocupación genuina en sus brillantes ojos claros. Seguidamente, miró al Chao, cuyos ojos se arrugaron formando dos triángulos estrechos, y finalmente volvió una vez más al rostro de Cream. Vanilla sonrió enternecida, seguido de Tails, que suspiró con alivio visible. Amy le sostuvo la mirada por otros pocos segundos; finalmente, exhaló languidamente, contagiándosele también la sonrisa por la típica empatía de la contraria y su pequeño amigo.
Con eso en mente, Tails se llevó una mano a la barbilla, pensó en lo que había dicho Cream y silenciosamente empezó a considerar opciones que satisfacieran a ambas partes.
—Creo que tengo unos audífonos con cancelación de ruido en algún lugar de mi habitación. Voy a buscar. ¡No tardo!
Los ojos verdes de Amy brillaron al oír sus palabras, y se rio entre dientes antes de agradecerle a su amigo zorro. Shades le preguntó en voz baja qué eran aquellos audífonos.
Cream, agradecida de que la pequeña disputa entre sus amigos se hubiera resuelto, miró a su madre. Ladeó ligeramente la cabeza, curiosa por ver cómo la adulta lucía una expresión pensativa mientras miraba de reojo al erizo azul, quien fingía estar distraído con las servilletas en la barra de desayuno.
—Espera, Tails, cariño.
El mencionado en cuestión se detuvo de repente, girando la cabeza hacia Vanilla.
—Probaremos los audífonos más tarde. Ahora mismo… necesito un par de manos en la cocina para adelantar lo mayor posible.
Todos los demás permanecieron en silencio, esperando expectantes la decisión mientras la mirada evaluadora se deslizaba sobre ellos. Los ojos color avellana se detuvieron en la figura con vetas rojas, y una sonrisa cómplice y ladeada se extendió por su cara.
—Shades y Sonic se quedarán a preparar el postre.
Sonic casi se atraganta con su propia saliva, Amy abrió los ojos de par en par, Cream puso su boca en forma de “o” y Tails ladeó ligeramente la cabeza con una ceja arqueada y sonrisa ligera, discerniendo al instante las intenciones de Vanilla.
—¿¡Yo?!
—¿¡Él?!
El azul y la rosada exclamaron al unísono, y del mismo modo, giraron sus cabezas al mismo tiempo para fijarse en el otro.
—¿Sonic? —dijo Shades, sosteniendo su muñeca mientras observaba al erizo azul. Sonic, incrédulo y desarmado de su postura cómodamente tensa a una con la espalda encorvada y las manos sujetando las rodillas, parecía que estuviera a punto de resbalarse del taburete.
Vanilla asintió, conteniendo la risita atorada en su garganta por la exagerada reacción. Amy dio un paso al frente con una expresión que denotaba sus urgentes ganas de protestar, esfumándosele de la mente la conversación de hace apenas unos segundos atrás. Pero antes de que tomara una bocanada de aire, un borrón de azul trajo consigo una diminuta ráfaga, manifestándose en medio del círculo, específicamente al lado de Vanilla.
—Okay, Nilly, no creo que sea… posible. —Se sumó a la conversación, reciclando su habitual dejo relajado e indiferente. Sin embargo, un matiz de desconcierto temblaba entre las sílabas—. En primera, Shades no sabe hornear. Te puedo asegurar que no ha tocado una batidora en su vida.
Sonic rio entre dientes, depositando el dorso de la mano en su cadera. Amy pestañeó dos veces, dejándola con la palabra en la boca y con una mano entreabierta suspendida en el aire.
Vanilla desvió la vista al cobalto, asintiendo nuevamente. Sonic de a poco frunció el ceño ante esto, congelándosele la sonrisa. Tails, silbando hacia el techo, se dio la vuelta con los brazos tras la espalda, leyendo que su presencia ya no era necesaria con los nuevos cambios en la receta súbitamente armada de la adulta.
—Así es, Sonic. Por eso pensé, ya que estabas en la cocina sin nada que hacer, que podrías enseñarle a Shades cómo moverse con ingredientes sobre la mesa. —La sonrisa satisfecha no se borró de Vanilla tras ver cómo al fin el velocista ya no finge demencia—. No hay problema, sabiendo que ya has hecho conmigo algunos postres sumamente deliciosos, ¿no lo crees?
Sonic no supo cómo responder; desvió la mirada, dejándola vagar brevemente por el suelo. Demonios… no podía negar que cocinar no le suponía ningún problema después de las exhaustivas lecciones de Vanilla, con un poco de ayuda extra de Amy. Y, hablando del rey de Roma, ahí estaba ella, haciendo el comentario que había estado conteniendo con impaciencia.
—O sea, pero ¿no sería más adecuado enseñarle en un momento más calmado? Dudo que con Sonic… —masculló, pareciendo cortarse a propósito. El mencionado alzó una ceja, captando que su amiga o… crush confuso, probablemente se refería a que su ritmo no es el más apropiado para Shades.
Vanilla se tapó la boca, no resistiendo más en soltar esa pequeña risa que hizo espasmar a las orejas rosas.
—Oh, Amy. Estoy segura de que Shades sabrá cómo adaptarse rápido; hasta ahora lo ha hecho bien en estos pocos días que se ha quedado en esta caótica residencia. ¿Qué mal podría hacerle convivir un poco más con Sonic?
Amy escondió los labios, mirando por el rabillo del ojo a la figura parada a su costado. La astucia de Vanilla siempre era difícil de contrarrestar; con un poco más de palabras, seguro la dejará fuera de juego. Cruzó los brazos, notando a Cream con una sonrisa suave pero entretenida, intercalando su vista de su madre al par de erizos quejumbrosos.
—Shades, ¿tú qué quieres hacer?
Amy y Sonic aguzaron el oído y, sin pensarlo, dirigieron la mirada hacia el erizo vetado. Su lenguaje corporal delataba un nerviosismo evidente, aunque intentara ocultarlo. Tenía las manos entrelazadas con nerviosismo sobre el estómago y sus ojos escarlatas recorrían la sala de un lado a otro, como si no fuera el centro de todas las miradas. Shades fijó la vista en Vanilla, quien le dedicó una dulce sonrisa para animarle a responder.
Lo medita por un minuto. Sonic retuvo involuntariamente la respiración y Amy se mordió la esquinita del labio en espera de que Shades la eligiera a ella, para posteriormente tomarla de la mano y salir por lo que en ese momento percibió como las puertas del cielo.
—Me gustaría…
Todos los presentes se inclinaron hacia adelante; Shades por poco se tambalea. Vio la mirada suplicante de su novia, el semblante tranquilo de Vanilla y la tensión en la musculatura de Sonic. De puro reflejo, con una cómica gota de sudor resbalándosele por la sien, una sonrisa endeble se asomó en su hocico y musitó lo que llevaba pensando desde la indicación que dio la coneja adulta.
—Me gustaría quedarme a hacer el postre. —Giró su cabeza a Amy, quien al instante se vio con las orejas caídas y sonrisa desilusionada. Shades arrugó apenas las cejas hacia abajo, sintiéndose un poco culpable por ver los ojos verdes de su novia como los de un perrito triste y mojado—. Perdón, quiero hacer eso que la señora Vanilla dijo; me parece más interesante que ir a ver un vestido.
Los ojos de Amy se abrieron ante la inesperada respuesta, directa y con veracidad. Su tono era completamente monótono, como si el hecho de desistir —al menos con jugueteo— de la idea de Vanilla fuera insensato e innecesario.
Vanilla cerró los ojos con satisfacción ante la efectividad de su plan, entrelazando sus manos antes de darle una mirada de complicidad a Ella. Sonic retrocedió, caminando hacia la cocina con una expresión de incertidumbre y el dedo índice rascándole la mejilla. Amy suspiró derrotada y, después de perder como ocho minutos entre argumento y argumento, al fin se sentenció su aprobación, causando que las orejas de Shades se eleven con emoción desbordante.
Amy, más frustrada por la idea de que Sonic le estuviera robando el tiempo que podría haber pasado con Shades que por el hecho de que él se quedara, tuvo que decir una última cosa. Con un pie apoyado en los escalones de mármol de la entrada, le aseguró a Shades que esa misma noche tendrían una cita en toda regla, en la que podría estrenar su glorioso vestido, capaz de derretir corazones, uno que sería la envidia de todos los erizos azules que no pudieran deleitarse y verlo de cerca.
—Por lo menos preparen algo rico, Sonic no es bueno eligiendo postres —dijo con confianza, mirando de reojo al azul—. ¿Crees que puedes hacer mi postre favorito?
Amy entrelazó las manos, inclinándose hacia el otro mientras lo observaba con brillos fantasiosos que titilaban alrededor de ella.
—Claro —expresó con simpleza.
La eriza soltó un chillido emocionado, lanzándose a abrazarlo mientras frotaba su mejilla contra la del otro.
—¡Gracias, Shadsy! ¡Eres el mejor!
Esto hizo que Shades soltara un par de risitas adorables, abrazándola hasta que la fuerza involuntaria de su abrazo empezó a resultarle incómoda.
A lo lejos, Sonic observaba tamborileando los dedos, de vuelta al mismo sitio donde se encontraba sentado. Shades despidió a las chicas agitando su mano con su energía usual; después de cerrar las puertas de la entrada, se giró sobre sus talones, encontrándose con los orbes esmeraldas fijamente sobre él.
Sonic frunció el ceño cuando Shades le sonrió, caminando hacia su dirección. Las esmeraldas viajaron con lentitud hasta abajo y… wow, ¿en serio no podía ponerse al menos unas medias? No es que le importe, pero era muy raro que un Mobian ande sin nada de calzado. Con los humanos no contaba —porque es obvio que no comprenderán al cien tal cultura—, ¿pero Tails, Vanilla? Hasta Cream podría recriminárselo en la cara.
Shades se posó delante de él, desviando por unos segundos la vista a los electrodomésticos de la cocina, aunque, de todos modos, no era de sostener el contacto visual mucho.
—¿Y cómo iniciamos, señor Sonic?
El azul suspiró, cerrando los ojos cuando escuchó aquello.
—Ya te dije que no es necesario llamarme de esa manera, Shades —habló solemnemente, abriendo los ojos para verlo de vuelta.
—Ah, cierto.
Iban a ser las horas más largas de su vida.
Sonic siguió con la mirada los movimientos indecisos de Shades. Todavía está sentado frente a la barra de desayuno, recuperando su estado desinteresado, aunque sus ojos no dejaban de desviarse hacia los pies descalzos de Shades sobre el limpio azulejo de la cocina. Esas almohadillas eran realmente distractoras.
De solo pensar que Amy ya lo ha estado presenciando de esa forma todo este tiempo como si nada…
Ugh, qué asquerosa corriente de envidia.
El de vetas volvió los ojos a una esquina de la cocina, iluminándose estos tras encontrar lo que buscaba. El banquito chocó contra la parte inferior del mueble; Sonic lo observó subir sus patas y estirar sus manos para alcanzar el grueso y polvoriento recetario.
El azul suspiró, ajustando con una elevación de sus brazos su espalda —algo exhausta de la misma posición—, emitiendo un gruñido perezoso en el proceso. Apenas terminó, en vez de bajarse de la silla para ir a ayudar, dirigió sus extremidades a ocultarse en su vasto mar de púas. Shades miró curioso cómo ahora le daba la espalda con las manos apoyadas en su nuca.
Su mano enguantada pasó la primera página. Las imperceptibles motas de polvo subiendo a su nariz casi provocan que suelte un inminente estornudo.
—¿Con qué comenzamos? Hay muchos postres. —Arrugó su nariz para evitar estornudar. No llevar nada que cubra sus patas también permitía que la textura del banco de madera le causara un cosquilleo al cual no está acostumbrado.
En parte no le molesta; si sus medias se están lavando con la demás ropa sucia, podía sacrificarse a seguir de esa manera hasta que Amy le preste aquellas pantuflas que ha mencionado antes. Se ha quedado con las ganas desde que supo que eran las que exactamente combinaban con su preciado suéter.
La oreja de Sonic se torció para atrás, mas seguía de espaldas.
—Um, no sé, sigue las instrucciones de la que tenga mejor imagen.
¿Qué demonios se supone que van a cocinar?
Sonic podría aprovechar este momento, elegir un postre que sabe que le encanta a Amy y demostrarle a Shades que debe quedarse haciendo sus delicadas fiestas de té con Cream.
Lo haría perfecto con o sin ayuda de él, pero eso significa venderse a la posibilidad —que obviamente iba a pasar— de que Amy crea que Shades es un genio culinario, incrementando todavía más su enamoramiento.
Una pequeña y molesta punzada de celos le pinchó el pecho.
¿Es impertinente de su parte actuar como si no le interesara ni lo más mínimo cuando el postre era para todos en ese lugar? Respuesta corta: sí. Pero solo denle un tiempo; la posición que tiene ahora es malditamente cómoda.
Shades tarareó con indecisión, analizando las imágenes que tenía a disposición.
—Pero todas saben bien —expresó con un mohín en los labios.
Sonic alzó una ceja por la frase algo torpe.
—Se ven bien —corrigió, revoleando los ojos antes de cerrarlos, como si tratara de caer rendido en una siesta. Si contaba con suerte, cuando despierte, Shades ya habrá horneado el postre sin incendiar la cocina—. Entonces elige el más sencillo de hacer.
—Hmm…
Transcurrieron unos segundos en los cuales ninguno pronunció ni una palabra. El único ruido reinante en la cocina era el crujido de las hojas y el tic-tac de las manecillas del reloj circular de la pared.
Sonic torció los labios ante el inmenso e incómodo silencio —al menos para sí mismo—, ocupándose en permanecer con los ojos cerrados. Sus orejas por fin reaccionaron a la voz del ébano, pero no reconoció el barítono. En su lugar, murmullos de vocablos inentendibles se fueron a escuchar, desconcertándolo en cuanto unió los clavos de la más evidente posibilidad.
—No me digas que…
Giró su cuerpo ciento ochenta grados, posicionando un brazo sobre el mesón y dejando al otro colgando. Dándole la cara al erizo, se encontró a este sujetando el libro con los dedos tensados, los labios ocultos y aplastados, cejas curvadas hacia abajo y dos ojos carmesí bien abiertos incinerando con su intensa fijación las letras impresas con una tipografía legible.
Sonic resopló, cubriéndose el rostro con la diestra.
—Debí suponerlo.
Shades desvió la mirada, las orejas ligeramente caídas, destilando su vergüenza. Sabía que sus esfuerzos por unir aquellos caracteres con una palabra conocida no eran adecuados para su tamaño. Hasta el Chao de Cream lo sabría.
El cobalto bajó de un salto del taburete, rodeando por la mitad al desayunador para estar del mismo lado que el otro erizo. Su deficiencia lo obliga a involucrarse en esto, pese a haber puesto sus intentos para no cometerlo.
—Ya, dame eso.
Sin que Shades se percatara a tiempo, Sonic atrajo otro banquito, ahora a su altura. Reemplazó las manos trémulas con las suyas.
Suspiró.
Manos a la obra.
—Bien, primero lo primero. —Hojeó con rapidez las páginas, causando el inevitable evento de que Shades estornudara—. Hay que hacer algo fácil. ¿Panecillos? ¿Flan?
Shades se sorbió la nariz, puliéndola con su dedo. Sus ojos carmesí se abrieron levemente, concibiendo una respuesta. Y en cuanto el bombillo se prendió en su cabeza, sus orejas se irguieron y sus comisuras trazaron una línea hacia arriba.
—¡Porcu-Pie me contó antes de irse que hagamos su postre favorito! —exclamó con las manos apoyadas en el borde de la encimera, echándole un vistazo a las hojas que el azul volaba.
Sonic ahogó una risa, flaqueándole su semblante aburrido. Aún no supera que Amy insista tanto con que la llame con esos apodos estúpidamente cursis. “Pinky-Pie”... claro. Él sí encontraba mejor —y más gracioso— “Porcu-Pie” o “Stinky-Pie”. No puede negar que el clon le saca una que otra risa con su ingenuidad.
—Pfft, sí, aja. ¿Y cuál es su postre favorito? ¿Sabes cuál es… o solo dijiste “claro” allá atrás para quedar bien frente a ella?
En realidad, esto lo desanimaba. Todo este tiempo Sonic había estado cruzando los dedos para que Shades no se acordara de la petición de Amy.
Bueno, no pudiendo realizar una cosa simple para salir del paso, estará condenado a preparar ese… Espera, a menos de que…
Shades parpadeó, sin captar el tono competitivo en la voz de Sonic.
—No… lo sé, no me lo dijo —admitió con honestidad, su voz cayendo en ese dejo bajo y monótono—. Pero se veía muy feliz cuando dije que sí. ¿Cuál es su favorito?
Y ahí está.
Una sonrisa engreída apareció en el rostro de Sonic.
Por supuesto que no lo sabe.
Sonic sabía exactamente lo que le gustaba a Amy. Había pasado suficientes tardes siendo arrastrado por ella a cafeterías, escuchándola hablar sin parar de repostería mientras disfrutaba de innumerables pasteles con sabores diversos, que ya tenía memorizado que había uno en concreto que siempre era apartado en el menú con su nombre sobrepuesto. Lo único que disfrutaba Sonic de esas salidas era el ver cómo se le iluminaban los ojos a Amy. No se crean, tampoco es que fuera a admitirlo en voz alta.
Cerró los ojos, petulante, mostrándole una sonrisa amplia a Shades mientras decía con la seguridad de un especializado:
—Pastel de fresas —declaró triunfante, apoyándose de lado contra la encimera y cruzando los brazos—. Y no cualquier pastel de fresa. Tiene que ser suave. La crema debe estar batida a la perfección y las fresas tienen que estar glaseadas justo como debe ser, o ella lo notará. Es toda una jueza cuando se trata de dulces.
Sí que le encantaba la palabrería.
Sonic abrió los ojos, esperando ver la expresión de derrota del supuesto novio.
Sin embargo, fue mucha su sorpresa al ver a Shades sumamente cerca; las puntas de sus narices casi se rozaban. Shades lo miraba con interés innato, como si repasara lo dicho por Sonic como un informe militar. Al ser carente de arrugas en su ceño que expresen por él un pesar físico y mental, sus ojos lucían grandes y resplandecientes con aquellas pestañas largas y delgadas, y Sonic no contaba con que su postura presumida se arruinara con un descuido de su parte; sus manos cayeron, dejando la izquierda sobre la encimera.
Ups, error.
Las púas de Sonic se encresparon sutilmente cuando un hormigueo viajó como descarga eléctrica por sus dedos: las puntas de sus falanges cayeron en las de Shades. Apenas se tocaban, pero aquel contacto parecía una invitación implícita a lo que sea que aquellos agradables orbes carmesí le comunicaban.
Sonic se apartó como si el material del guante quemara, por poco trastabillando del soporte donde está parado. Frunció las cejas, no sabiendo qué hacer con sus manos, que sin pensarlo ancló al libro de recetas.
¿Qué acaba de pasar?
¿Por qué algo distinto se removió en su interior por ese mero roce?
Nunca había visto al otro erizo así de cerca. ¿Su rostro siempre ha sido así de tierno?
…
¿¡TIERNO?!
—Entiendo. Entonces debes enseñarme a-...
—No te vuelvas a pegar así.
Shades suspendió su hablar, no tardando en ladear ligeramente la cabeza en signo de confusión. Pestañeó una sola vez y… fue suficiente para que Sonic lo compare con el gatito más adorable del siglo.
—¿Qué? ¿Qué hice?
¡Hipnotizarlo con tus bellos ojos!
¡Lo hiciste cuestionarse todo en cuestión de segundos!
Sonic carraspeó con fuerza, sintiendo de repente la urgente necesidad de desviar el tema. Las esmeraldas aterrizaron en la primera imagen en la parte superior de la página.
—Olvidalo. —Forzó una sonrisa—. Hagamos galletas.
Shades emite un sonidito curioso cuando escucho al otro.
—¿No íbamos a hacer el pastel de fresas?
—Es muy complicado. Además, A Amy también le gustan de estas —habló con velocidad, casi imitando a un trabalenguas.
La vista de Shades cayó en la misma foto. Unas clásicas galletas de chispas de chocolate y otro par con chispas de colores, bañadas en glaseado blanco.
El ébano se inclinó un poco para ver mejor el postre. Sonic contuvo la respiración, asegurándose esta vez de darle su espacio de forma muy discreta.
—¡Aah! ¡Eso es lo que come en la hora del té! Pero entonces, ¿no habrá que hacer té también?
Sonic dejó descansar el libro en la encimera, suspirando con los párpados apretados.
—Ya veremos.
Su plan, que reviviría su vanidosidad y el gancho perfecto para impresionar a Shades con su profundo entendimiento de los gustos de Amy, se fue por el drenaje. Estúpido Sonic.
Bueno, no importa. Las galletas son deliciosas.
Cualquier cosa es mejor que el adefesio culinario llamado pastel de fresas.
Puaj.
Shades depositó la barra de mantequilla en la superficie, acomodándola junto a la harina, el azúcar y varias herramientas de repostería. Sonic llegó con un bol de acero, tomó el recetario, ubicándolo en el soporte de acacia para libros de cocina. Una vez la receta abierta de par en par, Sonic se aclaró la garganta, viendo de soslayo a Shades jugando con sus dedos distraidamente.
—Okey, te voy a leer las instrucciones, ya que supongo que sabes seguir órdenes… —murmuró.
Shades levantó la cabeza de inmediato, saliendo de su pequeño ensimismamiento y asintiendo en automático. Pues claro, fue creado para recibir mandatos de un maniático. Sonic se apresuró a recitar las primeras líneas.
—Hay que usar los doscientos veinte y cinco gramos de harina con los de azúcar, una pizquita de sal y una cucharadita del bicarbonato sódico. Necesitaremos más cantidad, ¿cuántos somos? Yo, Tails, Chris… Agh, da igual, haremos de sobra.
Con rapidez organizó en una fila horizontal los ingredientes que mencionó.
—Mezclamos lo seco primero, luego añadiremos lo húmedo, mezclamos de nuevo y ponemos las chispas de chocolate… mezclamos de nuevo, dejamos reposar, preparamos el glaseado, precalentamos el horno y, de mientras…
Shades pestañeó en cámara lenta, ingiriendo toda la información que Sonic le soltaba como un rap freestyle; la voz del contrario pasó a segundo plano. Congelado en su sitio, dirigió la vista a los ingredientes, luego a la boca de Sonic, soltando más indicaciones, después al libro, siguiéndole el recipiente, y…
—Toma, rellena de harina esta taza tres veces.
Shades pegó un pequeño salto, ahuecándola de puro instinto. Miró por encima la taza mediadora, asintiendo de forma endeble ante el comentario de su compañero, mencionando que él buscaría la batidora. Sin más, recogió las algo holgadas mangas de su suéter de lana y se acercó al recipiente donde harán la primera mezcla: galletas de chispas de chocolate.
El suspiro que escapó de su nariz dejaba entrever la inseguridad que estrujaba su pecho. Un postre, solo era hacer un postre para la cena, ¿por qué rayos su corazón golpeaba sus costillas como si fuera la próxima inofensiva presa del rey de la selva?
—Calmate, lo harás bien...
El dorso de sus falanges acarició el cuenco de acero, retrocedió apenas. No, así no era. Sus iris carmesí se desviaron a la bolsa mediana de papel puesta entre los demás ingredientes, esperando a que la notara.
Claro, el primer paso.
Estiró su brazo izquierdo hacia la harina.
La cocina poseía ventanas abiertas que permitían el paso de la brisa vespertina, delicada y considerada al trazar caricias reconfortantes por el pelaje de sus mejillas. Abrió la bolsa de harina de un tirón, asustándose un poco por su propia acción. Se recriminó mentalmente. En ese instante, el trinar melódico de un ave se extendió hasta su oreja izquierda, provocando que la irguiera por inercia.
Volvió lentamente su rostro, encontrándose en el alféizar un ruiseñor ladeando cautivado su cabecita hacia su dirección. Una sonrisa jaló una comisura de su labio, olvidándose de la bolsa por un momento para acercar su mano desocupada, curvando los dedos. El ave aleteó las alas, inclinándose apenas en el borde. Shades insistió, cortando la distancia, inclinando también su propio cuerpo.
Ahora su oreja se desplegó hacia atrás cuando oyó el choque metálico de utensilios, como pares de tenedores y cuchillos, siendo revueltos dentro de un cajón.
—¿Dónde estás, batidora? —Sonic canturreo al aire, su torso recostado en el cajón, donde dentro removía los cientos de pares de cuchillos y tenedores, cucharones y otros utensilios—. ¿Acaso Ella mezcla todo con la cuchara de sus guisos? Qué martirio…
Shades dirigió la cabeza a sus espaldas —siempre de curioso— y, como consecuencia, se llevó un susto cuando la bolsa de papel se tumbó en la encimera. Jadeó y se giró rápido; el ave huyó asustada. Abriendo los ojos de par en par, una explosión blanca se desplegó, presenciando segundos después el absurdo efecto dominó más burlesco que creyó ver jamás: la bolsa pesada empujó a la botella de extracto de vainilla coincidentemente mal cerrada, la cual fue a caer sobre el cartón de huevos que, así es, estaba abierto; la tapa roja salió disparada, el impacto mandó a los huevos a volar hacia quién sabe dónde y la botella, rodando por la encimera, se llevó consigo al vaso con la azúcar morena.
La harina terminó derramada en todo menos en la taza.
Shades tosió, agitando la mano para aclarar el aire.
—¡Ay, miércoles! —susurró un chillido.
Alarmado, se llevó la mano a la boca, retornando con nervios el fijarse tras su espalda. Las púas azules se sumergían en otro cajón. De vuelta a lo que le concierne, Shades deslizó sus manos por la superficie rápidamente, atrayendo la harina a su dirección con una formación de círculo, ignorando olímpicamente el otro reguero.
—La taza, la taza… —murmuró veloz, bajando la taza medidora a la altura de su vientre para echar directamente la harina que caiga.
Uso el canto de su mano como pala. Por suerte, sus guantes siempre han sido blancos.
—¡Por fin! —La voz hastiada sonó detrás de él.
Shades estampó arriba el objeto rebosado de harina justo a tiempo. Por la rapidez y fuerza desmedida de la acción, salpicó los otros ingredientes. Su mano no serviría para desvanecer todas las partículas blancas restantes.
—¿Puedes creer que la única batidora está guardando polvo en el cajón más discreto posible? ¡Y ni siquiera es eléctrica! Me pregunto si usarán las cucharas de café para…
La voz sarcástica fue decayendo en cuanto visualizó el desastre del espacio anteriormente pulcro. Obvio que noto los vestigios de la harina; el color de la caoba tampoco colaboraba. Hasta pudo jurar que había más regado por el suelo.
Y, por supuesto, parte de la gran evidencia de lo sucedido fue el mismísimo erizo ébano.
El suéter rosado fucsia que le prestó —o regaló, a este punto era prácticamente suyo— Amy parecía que tenía espolvoreada la harina encima, y no solo su ropa, su hocico moreno y ojos, o sea, casi todo el rostro, está cubierto de blanco. Shades se bajó del banquito con cuidado, temblándole la sonrisa una vez estuvo inmóvil delante de Sonic.
—Je… ya llené la taza.
Sonic en serio quería comprender cómo es que ese polvo blanco logró invadir desde las orejas hasta las púas de su cabeza…
Shades parpadeó para quitarse el polvo blanco de las pestañas, pareciendo un fantasma con los nervios de punta.
Sonic, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, intercaló su mirada del erizo ensuciado a la taza ahogada de harina. El pote de vainilla llorando su contenido y la caja de huevos vacía.
—Ah…
No pudo ni terminar de articular una palabra cuando una esfera amarilla cayó frente a sus ojos. Sonic elevó la cabeza, confirmando que aquello fue la clara del huevo que ascendió para romperse en el techo.
Las orejas oscuras se aplastaron en la cabeza de Shades.
Por un momento, Sonic quiso reírse. Quiso hacer una broma, tal vez usar el ridículo apodo de Amy. Pero al mirar a Shades, sintió que su pecho se apretaba.
No era solo irritación. Era esa misma sensación mareadora y cálida que sentía cuando Amy lo miraba con esos ojos estrellados. Al ver el rostro sonrojado de Shades bajo el polvo blanco, Sonic se dio cuenta con un sobresalto de pánico de que estaba completamente fuera de su elemento.
Cuando vino la primera señal, trató de ignorarlo, pero ahora…
—Lo siento, l-lo limpiaré de inmediato. —Las palabras de Shades se atropellaron.
Carajo.
Con un suspiro pesado y derrotado, Sonic meneó la cabeza, demostrando con la mano alzada que no se moleste.
Con resignación levantó la botella ya por la mitad de contenido, agarró la taza medidora y empujó con su dedo el montículo de harina excedida de vuelta a la bolsa, echando el resto dentro del bol.
—No te preocupes, no hay problema… —Sonic desvió la mirada hacia el suelo sucio de harina—. Fue un accidente, ¿no?
Las comisuras de Shades descendieron; el hilo de extracto de vainilla resbalando del borde comenzaba a formar un diminuto charco a centímetros de sus patas.
—Sí —dijo apenas audible.
Sonic agarró un trapo húmedo y comenzó a fregar la encimera, evitando agresivamente el contacto visual, pues su propio rostro también le ardía.
Y eso que antes consideraba darle intencionalmente una tarea difícil a Shades, capaz con la esperanza de arruinar aquella imagen perfecta por la que Amy se derretía.
Pero qué idiota.
Rumiendo en sus pensamientos, Shades podía ver, gracias a la vista periférica, las estelas azules ir y venir. El murmullo del agua, el abrir y cerrar de gabinetes y el zumbido eléctrico del refrigerador existieron una cantidad de segundos antes de que levantara la cabeza, recibiéndolo una barra limpia con una fila de nuevos ingredientes ordenados en su posición inicial.
Sonic hizo posible que todo esté como si nada hubiera pasado.
Al cobalto se le escapó un suspiro retenido una vez tuvo el recipiente con harina delante, vertiendo los otros ingredientes secos de forma mecánica. Alcanzó la batidora luego de acomodar los últimos tres huevos que de puro milagro quedaban en el refrigerador. Aparto uno para más tarde.
—¿Sonic?
La voz mesurada cortó el silencio. Sonic no se interrumpió de batir la mezcla heterogénea.
—¿Sí? Agarra una toalla, Shadsy, tienes media pastelería en la frente.
Shades no alcanzó ninguna toalla. En cambio, mantuvo las manos aferradas al final de su suéter, esperando el momento exacto en que Sonic terminara de batir. No fue lo suficientemente valiente para sostener la mirada de los ojos que ahora lo observaban.
—¿Estás enojado?
Sonic, quien con precisión terminó de batir en el tiempo que duraba en darle tres vueltas al continente, paulatinamente sacó el utensilio del recipiente, dejándolo a un lado. Escudriñó a Shades por un instante, moviendo al mismo tiempo su mano al empaque de mantequilla.
—Sé que tú no quieres que yo esté aquí —continuó Shades suavemente. No había ira en su voz, solo una observación factual—. Tú y Amy están peleados por alguna razón. Y estás incómodo conmigo porque… estoy aquí, invadiendo tu espacio. Puedo irme si mi presencia te molesta. No quiero complicarte las cosas.
La mano de Sonic se congeló a mitad de camino.
Aquellas palabras le golpearon como un puñetazo en el estómago. Shades no era para nada ajeno a lo que pasaba. Había captado hasta la más mínima pizca de su energía tensa, territorial y profundamente confusa; simplemente no había entendido por qué. Sonic entreabrió los labios, dudando a la hora de elegir las palabras. No era solo el enfrentamiento lo que le sorprendía, era la repentina y abrumadora sensación de calidez que se apoderó de él para sustituir a su anterior ansiedad.
Al pensar en un escenario donde tenía que estar en una situación así, junto a Shades, ese pinchazo de angustia se manifestaba, tal como había dicho el otro. Pero ahora… ¿Ahora por qué le atacaba un sentimiento contradictorio a los anteriores?
Sonic miró el trapo andrajoso en el borde del mueble, a solo unos centímetros de caerse, con la garganta repentinamente seca. Al recordar su propio comportamiento durante la última media hora —los comentarios indiferentes, la actitud presumida, los celos ocultos—, Sonic finalmente abrió los ojos. No estaba enfadado con Shades por ser un clon, ni estaba enfadado con Amy por querer una cita. Ha estado destrozado porque le arrebataron el título del dueño de la casa, el centro de atención que tenía por naturaleza, la necesidad egoísta que nunca vio como un problema.
Le era inefable reconocer celos en sí mismo; pero solo esa frase le hizo ver cuán transparentes sus emociones han sido.
Shades creía que Sonic simplemente lo odiaba.
Empuñó las manos.
Como si fuera poco, en ese preciso momento se percató, avergonzado, de otro hecho que intentaba tapar como dedo con el sol:
Solo era un cobarde que no sabía cómo manejar el hecho de que su corazón de repente lo estaba jalando en dos direcciones opuestas.
Su dulce amiga, que siempre está protegiendo sus espaldas.
El caprichoso erizo con cero parecido con su anterior rival, salvo por la apariencia.
La bruma mental al final no terminará siendo causada por la presencia de Shades, sino por la extremada confusión que está atravesando.
—Shades.
Shades no reaccionó al instante ante el llamado. Aun así, noto al contrario bajarse del banquito, deteniéndose delante de él. Sufrió un espasmo cuando el tacto cálido cubrió uno de sus hombros, sintiendo la garganta cerrarse tras oír la voz del otro dirigiéndosele con cuidado.
—No eres una molestia...
Los dedos aliviaron la presión sobre el borde del suéter.
—Perdóname por hacer que mi comportamiento creara esa percepción de ti. —Sonic buscó en todo momento la mirada del otro—. Es que yo… La razón por la que yo…
Apretó los labios.
«Joder, Sonic, ¿cómo puedes ser este nivel de patético?»
Tragó con dificultad.
—Yo... Yo soy el que se ha comportado algo inmaduro aquí. No eres un estorbo.
Odiaba lo muy hipócritas que podían sonar sus palabras.
Sin embargo, lo cierto es que no lo odia. Todo lo que lo ha llevado a fastidiarse al tenerlo cerca ha sido regido por nada más ni nada menos que inseguridad y celos.
En verdad, muy pocas veces ha sentido celos. Y los que han ocurrido fueron solamente por tonterías.
Como la de ahora.
¿Siente celos por lo bien que Shades se entendió con los otros? ¿Siente celos porque Amy lo reclamó como su novio?
Sea cual sea la razón, no justificaba su condescendencia.
Sus amigos siempre estarán para él, pase lo que pase; mas a veces aceptaba a regañadientes hacerles favores o pasar con ellos su extenso tiempo libre.
Amy reservó su corazón para el momento indicado en el que él esté listo para formalizar sus sentimientos. ¿Pero cuándo será eso?
Tal vez Sonic al principio no quería a Shades cerca porque, para él, es la materialización de lo que anhela tener.
El cobalto se alivió al ver los brillantes y llorosos ojos saludar los suyos.
—¿Inmaduro? Pero… yo soy torpe, tú no-…
—Son temas personales que no tienen caso —habló apresurado; tampoco quería entrar en tantos detalles. No en ese momento—. Me disculpé recién porque me di cuenta de que no manejo muy bien lo que siento.
Sonic se rascó la nuca escondida en sus largas púas. Ambos erizos lucían avergonzados de sí mismos por distintos motivos. Suspiró, botando por completo la amargura de hace rato, para seguidamente palmear amistosamente el hombro de Shades.
—En fin, no estoy enojado. —La distancia apareció entre ellos. Sonic sostuvo el tazón metálico con una mano—. ¡Vamos, no creas que te libraste del trabajo!
Shades se quedó en silencio, mirándolo fijamente.
La gran sonrisa de Sonic amenazó con distorsionarse. Aquellos ojos dulces podían servir como dagas si se lo propusieran.
El erizo ébano se limpió la cara con su propio suéter. Cuando la prenda volvió a caer y quedó al descubierto su rostro, Sonic se fijó en aquella amplia y tímida sonrisa que alteraba el latido rítmico de su corazón abrumado.
Shades rio entre dientes.
—¿Qué debo hacer ahora?
La cocina parecía estar sumida en una quietud suspendida por el tranquilo silencio que reinaba en aquel momento. Una música suave, que al principio no era más que un ruido de fondo imperceptible, marcaba el ritmo con el que Shades removía la mezcla. Ninguno de los dos sabía cuántos minutos habían pasado desde que se había roto el fino velo de tensión mutua; había un reloj colgado a sus espaldas, pero no se molestaron en contar los minutos hasta que aquella sensación reconfortante llegara a su fin.
—La “A” con la “R” suena “AR”.
Sonic recostaba su barbilla en la palma de su mano derecha, mientras que con la otra apuntaba a la palabra escrita en la página amarillenta.
—¿“A-zú…car”? —vocalizó Shades, atento a lo que su reciente profesor le dictaba.
—¡Vaya, aprendes rápido!
Shades sonrió con plena autoeficacia. Para matar el tiempo que conlleva batir las dos mezclas, a Sonic no se le ocurrió mejor idea que enseñarle a leer a ese erizo aquí y ahora. Había buen progreso y Shades contaba con una racha de dieciséis palabras, significando que a este ritmo Cream ya no tendrá que leer el cuento que se supone va dirigido a ella.
En el poco tiempo que se ha quedado en esta casa —una semana para ser exactos— ha aprendido muchas cosas que sin lugar a dudas Robotnik nunca se molestaría en instruirle. Como el sabor de la comida, la suavidad de una cama, lo gritona que puede ser una eriza y que está estrictamente prohibido poner los codos y pies sobre la mesa. Actualmente ha aprendido modales en general; ahora domina los cubiertos como un experto y dice “gracias” y “por favor” cada que tiene la oportunidad.
Prácticamente, era otro miembro más de esta extraña pero divertida familia.
¿“Ser parte” es como se llama?
Qué bien se sentía.
La sonrisa no se le había ido desde que la canción moderna lo acompañó en su trabajo de manipular la batidora de mano. La voz vulnerable de la cantante lo tranquilizaba sobremanera. No sabía su nombre, pero la identificaría como su favorita cuando escuché otra vez ese excepcional rasgado de guitarra. Sonic no podía despegar los ojos de él. Verlo tan feliz realizando un acto tan mundano como batir hasta que se le acalambre la mano —aunque la biología de Shades se lo impedía— era algo divertido y hasta cierto punto enternecedor.
Cómo tararea distraidamente, cómo repasa en voz baja las palabras mientras leía, cómo sostiene el bol por la base con total confianza, revolviendo con una velocidad moderada que rozaba la parsimonia…
Las esmeraldas se desviaron hacia abajo, de inmediato encontrando la sorpresa más encantadora hasta ahora: la cola sobresaliendo abajo del suéter se agitaba de lado a lado. Obvio que no es suficiente con solo su rostro reflejando su comodidad. Por esto Sonic sonrió sin poder evitarlo, suspirando por la nariz y alzando una ceja, divertido por ello.
Shades era ajeno a tal análisis de su persona, fiel a su tarea.
—¿Crees que le gustará?
El comentario casual sacó a Sonic de su mente. Este emitió una vocal con dejo ligeramente nervioso al pensar que el erizo lo atrapó concentrado justo en esa parte del cuerpo.
—Eh, ¿gustará… a quién?
Shades por algún motivo rio bajo; los pómulos del cobalto estallaron en un ligero rosado.
—¡A Baby Cakes! —Sonic frunció las cejas, su expresión apenada evolucionando a una incómoda. ¿Era ese otro apodo para Amy?—. Claro que también pienso en los demás, pero si logro hornear... B-bueno, si logramos hornear algo muy rico, ella será feliz y no estará molesta cuando la ignores otra vez.
Sonic parpadeó dos veces, elevando un poco su espalda para quedar recto. Su expresión se tornó sobria en cuestión de segundos. Sus dedos enguantados delinearon el borde del mueble brevemente, quedándose pensativo por lo último dicho.
Algo en que se diferenciaban él y Amy es que la segunda era mucho peor disimulando sus emociones —de por sí ella no las ocultaba—. Siempre le dejaba saber cuántas veces le ha “roto el corazón” por medio de dolorosos martillazos cada vez que le rechaza una salida.
No obstante, ambos siguen pareciéndose en más de lo que admiten.
Sonic se cuestiona cómo es que nadie en esa casa no ha sentido la inmensa tensión entre ellos tres —excluyendo a Vanilla. Vamos, claro que Sonic sabe que ella se dio cuenta el mismo día en que sus interacciones se redujeron exclusivamente a Tails y Chris.
Shades pausó un segundo su actividad cuando Sonic se subió con agilidad sobre el mesón, sentándose y acomodando el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha.
—Dime algo —inició hablando, teniendo contacto visual mientras recargaba los brazos tras su espalda—. ¿Qué sientes por Amy?
Pareció que la pregunta lo tomó desprevenido —pues claro, bien directo—. Sus orejitas se alzaron, devolviéndole la misma intensidad a los ojos expectantes.
—Bueno…
Su mirada por momentos decayó hacia la masa espesa en el tazón, un desapercibido sonrojo pintando su hocico moreno. Retomó lo que estaba haciendo. Una cálida sonrisa se asomó en su hocico.
—Es muy linda, me siento bien con ella. Es siempre amable y atenta conmigo. Se la pasa cerca de mí en todo momento.
Sonic le prestó más atención de la debida a aquellas palabras, como si entendiera descifrar un mensaje encriptado que el vetado no quiere revelarle. No le respondió como esperaba.
Ugh, encima, todavía siente esa incomodidad molesta cuando el otro habla así de la eriza rosada.
¿Pero… era solo por ella y lo que eso conlleva?
—¿Y no te parece raro que aun así esté tirándome indirectas pasivo-agresivas todo el rato? —Apartó la mirada, aterrizándola en el reloj de la pared del fondo—. Ya que son novios…
Habían pasado más de veinte minutos.
En cuanto retornó su mirar, el encuentro entre las esmeraldas y los rubíes fue inevitable. Sonic tragó en seco cuando la tierna sonrisa de Shades todavía seguía viva, presente, inocente.
—Al Amy hacerme feliz desde que llegué aquí, entiendo que la forma para yo hacerla feliz a ella es de esta manera. No sé qué pasó entre ustedes dos, pero ella me dijo que soy un buen novio. No quiero decepcionarla.
Sonic ladeó la cabeza, entornando los ojos. Asintió tras unos segundos, cambiando la posición de sus piernas para que ambas patas queden colgando.
—Entiendo.
Sería estúpido seguir cuestionándolo.
Ya no importaba el motivo por el que Amy eligió a Shades. No quitaba el hecho de que, aunque esa relación pueda terminar en cualquier momento, nada realmente cambiaría.
No se sentía capaz de darle lo que ella quería.
En un suspiro agotado, Sonic bajó de la encimera, yendo al otro extremo de ella en menos de un parpadeo. Ahí obtuvo el azúcar glas y el último solitario huevo que esperaba ser utilizado.
Se acercó un recipiente de plástico para comenzar con el glaseado. En ese instante, Shades dejó su tazón, retirando la batidora para pasar la lengua por la parte metálica con la mezcla pegada.
—¿Harás la cosa para las galletas bonitas?
Sonic rio por lo bajo, comprendiendo después de ese rato que todo lo que tenga color brillante era cautivador para el vetado. Vertió la clara del huevo antes de buscar el colador, volviendo su cabeza a Shades con una sonrisa cómplice.
—Sep. Amy merece el glaseado y chispitas, ¿no es así?
Shades asintió con entusiasmo. Su brazo rozó con el del azulado tras acercarse con naturalidad. Se lamió el borde de la boca antes de hablar.
—¡Sí! ¡Todas ellas!
La sonrisa de Sonic fue ligera, pero la contraria fue tan radiante que inevitablemente sucumbió a su encanto, ensanchando la suya propia.
Bien, si eso es lo que desea…
No le importaría volverlo “el mejor novio” si a cambio vería aquella sonrisa todos los días.
Si él no puede hacerlo, se aseguraría de que Shades lo sea.
Con la guía de Sonic, Shades echó las mezclas de galletas en las bandejas, moldeando círculos, algunos más deformes que otros, pero saliendo exitoso. Lo que quedó del glaseado se fue para el congelador y el erizo ébano quiso darle el toque final a la bandeja con chispas de chocolate extra. Por último, abrieron la puerta del horno, adentrando las dos bandejas. Shades se apartó sutilmente cuando el calor abrasador de adentro acarició su pelaje.
Sonic alistó el cronómetro encima de la estufa, marcó distancia, retrocediendo en sus pasos. La barra de desayuno tras su espalda y Shades a su costado.
—Muy bien, solo queda ser pacientes —avisó, brazos detrás de la cabeza mientras se recargaba contra el mueble con desenvoltura.
Shades asintió, copiando la postura relajada de Sonic, aunque su musculatura se tensaba cuando Sonic lo miraba de soslayo.
Su oreja derecha tembló. Buscó qué hacer con sus manos, levemente sudadas bajo los guantes. Levantó la pata izquierda, rascándose la pantorrilla derecha con las garras. No fue cuando decayó su mirada que se dio cuenta de un detalle. Agarró la tela de su suéter, viendo el obsequio de Amy estropeado en harina y manchas crema que supuso que provenían de cuando estaba batiendo la masa.
—¡Santo cielo! —expresó preocupado y con un matiz de temor. Shades levantó el borde de la prenda, frunciendo sus labios en un puchero—. Ooow, ¿cómo le diré a Amy de esto?
Sonic irguió las orejas, viéndolo con cautela.
—Mmm, se me olvidó que había delantales —dijo quedamente, dándole una mirada fugaz al perchero con delantales. Se separó apenas de su respaldo improvisado—. No pasa nada, Shad, lo puedo llevar a lavar antes de que las chicas vengan.
Shades viró la cabeza para mirarlo, dudando al principio, ya sabiendo lo que implica esa idea. Estrujó con nerviosismo la flor bordada en el pecho. Desvió los ojos y Sonic arqueó una ceja cuando distinguió el leve rubor en esos mofletes.
Los dedos de Sonic tamborilearon en el borde, controlándose para no zapatear por un mero silencio de apenas diez segundos. Pues sí que le faltaba paciencia para cierto tipo de cosas.
Con lentitud, Shades apretujó el final del suéter, ascendiéndolo hasta deslizarlo hasta que quedó arrugado por encima de su pecho.
Y… Por Chaos. Sin duda, Sonic no imaginaba encontrarse tal cosa.
Él recuerda con facilidad la apariencia de Shadow: negro, líneas sangrientas marcando su cuerpo que gritaban “abstente de mirarlas de más" y, por último, pero no menos importante, ese manto blanco que desentonaba con toda el aura oscura. Sin embargo, con Shades siempre hay un elemento sorpresa.
—Sé que se ve mal, perdón que no tenga nada ahora mismo para cubrirlo —susurró, retirándose por completo la prenda.
No. Sonic deseaba que aquella vista no permaneciera oculta de ahora en adelante.
En vez de un parche de pelaje blanco y frondoso, yacía nada. Sí, nada, excepto un gran corazón de color caramelo. Ya decía que esa pelusa tenía una forma particular. Ahora se notaba mucho más el volumen de su pecho, el cual lucía, en contra de todo pronóstico, brillante, jugoso y bien trabajado.
La forma en que Sonic deglutió saliva fue verdaderamente patética. Podía jurar que Shades alcanzó a escuchar ese gulp fuerte y claro.
Esos segundos le sirvieron para confirmar su sospecha de que, en efecto, no es heterosexual.
—Eeh… —El cobalto por poco llega a cerrarse la mandíbula con la boca. Posicionó una mano en su nuca, su mirada adherida al encantador y delicado pecho de Shades.
¡Madre santísima! ¡Las manos le picaban! ¿Será suave o firme como la roca? ¡Apostaba por lo primero!
Sí cuestiono por qué Shades de un momento a otro se apareció vistiendo un suéter rosado chillón, pero nunca le busco una razón lógica cuando se le ocurrieron mil y un comentarios burlescos al respecto.
Es el ser más afortunado…
Espera un segundo, ¡él no fue el primero en ver tremendo tesoro! Es más, ¡seguro es de los últimos!
Sus dientes casi crujen al pensar en Amy, alardeando y sonriendo con malicia, merendándose aquel panorama las veces que se le da la gana.
De esos celos surgirá una embolia tarde o temprano.
—¿Sonic?
El aire salió de sus pulmones como un globo mal anudado.
—P-pues, si quieres cubrirlo… —farfulló, observando a su alrededor con el rostro caliente. Sus orejas se alzaron—. ¡Usa esto!
Shades cerró los ojos por reflejo, retrayendo su cuerpo como el de un gato cuando una fuerte ventisca lo abrazó. Abrió lentamente un ojo y, en cuanto se percató, ya llevaba puesto un delantal de casi el mismo tono rosado que anteriormente portaba.
Abrió los ojos con sorpresa, alzando las cejas y mirando tras su espalda, donde un nudo con apenas un ápice de ser un moño decente yacía ceñido a su cintura.
Sonic extendió los brazos con el ceño tembloroso y sonrisa insegura.
—¡Voilà!
Shades dio una vueltita en su eje, iluminándosele el rostro. Sonic estuvo así de cerca de apartar otra vez la mirada, el dobladillo del delantal danzando en el aire mientras Shades se volteaba a mirarle.
Ni siquiera le cubría la parte que lo saca de sus casillas.
—¿De quién es esto? Me agrada —dijo con calma, como si le hubieran dado el delantal en las manos.
Frunciendo ligeramente el ceño, Sonic se limpió la mejilla con el dorso para ver si así se le iba lo rojo.
—Ni idea… estaba ahí. ¿Así te sientes un poco mejor?
Shades se preguntó por qué el otro no lo miraba de frente, pero no le dio tanta mente, asintiendo con una timidez contenta. Sonic también le copió el gesto de la cabeza, dejando caer su espalda de vuelta al borde de la encimera.
El silencio se prolongó.
Sonic, cruzado de brazos, golpeó distraidamente su antebrazo melocotonado con el índice, vigilando supertenso las galletas en el horno, tal como un soldado en pleno campo de batalla. Salvo que aquel campo no yacía de sangre y pólvora. Era uno en donde sus emociones erráticas colisionaban y provocaban ese revoltillo insoportablemente agradable en el estómago.
Shades, también tieso como pan de ayer, se perdía en un punto invisible, pésimo en pensar en algún tema de conversación que pudiera interesarle al contrario. Chaos… con Amy todo era más sencillo; él ni tenía que abrir la boca para escuchar cientos de anécdotas entretenidas. Tal vez si le decía que practicaran más la lectura… No. Creerá que es un aburrido. Tal vez si le contaba aquella vez que él y Cream encontraron una paloma muerta en el patio… Definitivamente no. El entierro no fue nada memorable.
¿Dónde había quedado el ambiente cómodo entre ellos?
Inspiró cerrando los ojos, botó silenciosamente el aire y su boca se abrió por sí sola en un vago intento de soltar alguna tontería.
No obstante, alguien se le adelantó.
—¿Y ya te besaste con Amy?
Se pausó, su boca aún abierta. No giró la cabeza, pero sus orejas se movieron como antenas parabólicas, reaccionando a la voz grave del cobalto. Su boca se retractó, tomándose su tiempo para contestarle.
Ese no es un tema de conversación que hubiera elegido.
Una oreja de Sonic se tembló, la gotita de sudor cayendo por su mejilla.
¿¡Por qué se demora tanto?!
«La cagué, la cagué, la cagué, la…»
—Nop.
Sonic parpadeó, girando a verlo con sorpresa ostensiva.
Bueno, si te sentabas a pensarlo, en verdad no era raro.
Aunque sí creyó que la eriza rosada en poco tiempo daría ese primer paso.
—Hmm, ya veo —mencionó, empezando a relajar la postura.
Shades tragó en seco, dirigiendo lentamente los ojos a Sonic. La sonrisa pícara y esa pierna apoyada en el mueble no le dieron buena espina.
—¿No querías… —susurró, los ojos entornados y la ceja elevada con ironía— ser el mejor novio? ¿Qué es eso de que no se han dado ni un piquito, hombre?
El bochorno inundó el rostro del ébano, haciéndolo balbucear unos breves instantes. Encaro a Sonic con el ceño fruncido, pero no molesto. Esa imagen causaba una alteración inexplicable en el azulado.
—No es… tan fácil. Nunca se me había ocurrido… O sea… Sé que eso hacen las parejas, pero…
«Joder, qué lindo».
Sonic no necesitó escuchar más. Rio en voz baja, desconcertando a Shades, que selló los labios rápidamente.
—Okey, okey. Ya entendí.
Se descruzó de brazos, recargando la mano izquierda en la superficie del mueble mientras movía la diestra a su cadera. Shades arregló su cuerpo para también estar frente a frente. Encogió sus manos en puños, ansioso por lo que Sonic ahora tiene en mente.
—Se nota que requieres ayuda del mejor en el campo —dijo, con el ego de aquí hasta China.
Shades subió una ceja.
—¿Ya has besado?
—Pues claro.
Mentiroso del siglo.
—Es requete fácil, y es lo fundamental para expresarle amor a tu pareja. No saberlo es igual de tonto que pensar que estás formalmente casado si te dan un anillo de caramelo.
Sonic ladeó la cabeza, meneándola con diversión. Sin embargo, se congeló cuando las orejas ébanas decayeron apenas y aquellos bellos rubíes viajaron con duda hacia el piso.
Debería tratar aquel mecanismo suyo de bromear cada dos por tres cuando está con los nervios a flor de piel.
Se aclaró la garganta, volteando la cabeza hacia la izquierda.
—Así que supongo que no tengo problema con darte algunos consejos —agregó, entornando los ojos. La manera en la que habla casi no te permitía diferenciar una sílaba de la otra.
De todos modos, Shades lo entendió a la perfección, alzando la cabeza como resorte. Sonic dio un diminuto respingo en cuanto Shades se inclinó ligeramente, sus ojos brillando ansiosos.
—¿En serio?
Sonic vaciló antes de asentir con la cabeza.
El de vetas retrocedió un paso.
—¿Qué debo hacer?
El cerebro polvoriento del cobalto maquinó como aparato industrial. Se mordió el labio.
Recuerda, recuerda…
¿Qué sucedía en esa serie romántica cliché que pasaban sin falta cada tarde?
—Primero… —Alzó el dedo índice—. Tienes que saber cuándo una chica quiere ser besada.
Shades ladeó la cabeza.
—¿Cómo sé si una chica quiere ser besada?
—Ya saabes —entonó con chulería, inclinando su torso para reposar el mentón en su mano—, te dará señales.
Las manos de Shades fueron al delantal, estrujándolo mientras imitaba la inclinación del torso.
—¿Qué tipo de señales? —indagó, el temblor en la voz haciéndose cada vez más evidente.
—Bueno, todo se trata del lenguaje corporal, amigo.
Shades lo pensó duditativo, asintiendo lentamente, pero el contacto visual volvió a romperse. Sonic soltó una risa nasal, negando con la cabeza.
—A ver, otra señal es hacer mucho contacto visual. Siempre te buscarán así.
Sonic tocó los hombros ébano, apretando sutilmente. Esto dio resultados exitosos, provocando que los ojos carmesí se quedaran permanentemente delante de las esmeraldas. Sonic percibió la tensión en el otro, quien lo observaba como ciervo a los focos de los autos.
—Ella probablemente se incline hacia ti, capaz incluso te toque…
Si no fuera por sus guantes, las manos de Shades estarían más resbaladizas que la mantequilla que llevaba rato derritiéndose.
—Luego separará los labios levemente y cerrará los ojos…
Bajaron y bajaron… hasta toparse con los labios entreabiertos del azul.
Pasó saliva.
—Yyy ahí es cuando vas con todo.
Termino de hablar con ese deje privado, alentándolo con unas palmaditas en el hombro.
—¿Todo cla-..?
Fue cortado a media frase cuando el cuerpo contrario se le abalanzó encima, estampando sus labios en un beso torpe, brusco y cálido.
Sonic quedó blanco como el papel.
Su corazón dio un brinco.
Shades agarraba firmemente los brazos melocoton, cerrando los ojos con fuerza mientras mantenía los labios pegados; no estaban ni entrelazados. Los dedos de Sonic temblaron, elevados en el aire sin rotunda idea de a dónde mover las manos. Tenía sus ojos como si se salieran de sus cuencas, las púas erizadas y el pelaje esponjado. Fue una corriente fría y eléctrica lo que lo perturbó desde los talones hasta la nuca, y en el segundo en que los labios morenos hicieron un mínimo movimiento, su cerebro despejó la neblina del shock.
Empujó a Shades por el pecho; este abrió los ojos de par en par por el susto. La respiración le fallaba a ambos, sus iris inquietos y rojos como tomate maduro. Shades supo de inmediato que metió la pata a lo más profundo.
—Bro, ¿por qué me besas?! —chillo bajando las cejas.
Shades meneó la cabeza con rapidez.
—N-no lo sé, ¡pensé que estaba leyendo las señales! —tartamudeó con cara espantada.
El silencio sepulcral que los rodeaba hacía que escucharan su corazón desbocado latiendo en sus orejas. La pulsación le dio un dolor de cabeza al de vetas, tomando gran distancia del otro como imanes repeliéndose.
Sonic agachó la vista, rozando con los dedos su boca, temiéndole a la capa de calidez que aún no se desvanecía y a la inquietud quemándole en el pecho. Cuando la levantó, Shades le daba la espalda, encogido de hombros y tapándose el rostro.
—Perdón, perdón, perdón. Soy un tonto. No debí… n-no… —Arrastró las vocales, escuchando amortiguado por la presión de sus manos.
El azul lo observaba en su emergente crisis mientras regulaba su respiración. Centenares de pensamientos le cruzaban por la mente. Los jadeos ruidosos de Shades llegaron a las orejas de Sonic, haciéndolas contraerse. La suela de su bota se arrastró en el suelo antes de detenerse, vacilando por unos segundos.
—Shades, no te preocupes. N-no hay problema.
Ahí está, pidiendo perdón una vez más.
Murmuró algo ininteligible cuando las orejas ébano se desplomaron. Extendió una mano, solo para bajarla después. Tragó en seco, ardiéndole la garganta.
—Yo en realidad t-te mentí… —admitió, viendo cómo la espalda contraria reaccionaba al comentario.
Alguien que traiga una sierra para este silencio exorbitantemente denso.
Sonic rio de los nervios, moviendo los dedos a los costados de sus muslos.
—Ese… Ese fue mi primer beso. Se puede decir que estamos en las mismas, ¿no? —habló cargado de timidez, rascándose la nuca involuntariamente.
Ojalá el zumbido continuo del horno detrás de él le diera ánimos; era como si su calor traspasara el metal para instalarse en su espalda, pecho y, a este punto, en todo el cuerpo. El sudor le resbalaba por la sien; el hecho de que sea verano lo hacía peor.
Se enderezó cuando la cabeza de Shades se viró, exhibiendo la expresión de horror que lo descolocó. Las córneas se empañaron y sus manos inquietas bajaron.
—Ay, no… te quité tu primer beso.
Los hombros del cobalto decayeron junto a sus orejas, soltando el aire de golpe al ver que solo ha empeorado las cosas.
Con prisa se acercó al erizo, negando varias veces al compás de la agitación de lado a lado de sus manos.
—No, no, no. O sea... Sí, ¡pero eso no importa! ¡No me molesta en absoluto! —expresó a trompicones, volteando todo el cuerpo de Shades para que lo mire a los ojos—. Sé que fue como un impulso.
Sollozó, arrugando la nariz y elevando los hombros cuando Sonic lo sostuvo por los brazos.
—Y es entendible, ¿no? Soy todo un bombón irresistible. ¡Deberías sentirte afortunado de ser el primero en probar estos labios, Amy se moriría de celos!
La sonrisa socarrona vivió en el hocico del azul. Siempre tenía que apaciguar la situación mediante comentarios tontos, quitándole la seriedad a todo. La expresión presumida de Sonic se paralizó tras ver el leve fruncimiento de cejas del contrario. Rayos, no debió mencionar a Amy, ¿cierto?
Claro, ¿qué más sucedería? Le recordo que también había perdido la oportunidad de su vida de que su primer beso sea con la eriza.
Esperó con nerviosismo a que Shade dijera algo, examinándolo con los ojos. Sus manos poco a poco cayendo por los brazos vetados. Retomó su risita desganada, arriesgándose a soltar más cosas de su desvergonzada boca. Sin embargo, el resoplido divertido le hizo parar las orejas y fijarse en la sonrisa incrédula.
—Amy te perseguirá hasta dejarte sin púas.
Sonic suspiró de alivio, uniéndose lentamente a las risas bajas de Shades. Inhalo despacio, exhalando por la nariz al mismo ritmo. Incito al otro a copiarlo, y en un momento ya estaban controlando sus respiraciones irregulares con un ejercicio de respiración.
—No si no se entera —susurró lúdicramente, limpiando sin pensarlo la diminuta humedad que escapó de los ojos carmesí.
Se quedaron mirando por segundos que daban la percepción de extenderse sin un final claro. Ambos pechos subían y bajaban en sincronía. Se perdían en el color y detalles del otro, como si estuvieran anclados a quedarse allí, en la espera de algo. ¿Pero el qué?
¿Por qué su corazón no seguía los mismos pasos de su respiración?
—Creo que debería revisar cómo van las galletas —dijo a media voz, queriendo girar la cabeza detrás de él.
—¿Puedo intentarlo de nuevo?
—¿Eh? —Regresó a él en un santiamén, alzando las cejas con asombro.
—El… este… besarte. Solamente para practicar y…
Sonic había entendido con la primera insinuación.
De vuelta, paso saliva. Tenía el desierto en la garganta. Primero observo los rubíes anhelantes, luego a los labios algo ocultos. Suspiró por la nariz, tornando su postura a una menos encorvada.
—Está bien.
Sintió un vértigo cuando el rostro del otro se inclinó con parsimonia, separando los labios mientras el soplido de su nariz le hizo cerrar los ojos con anticipación. Podía asegurar que sus mejillas se encendieron en un color carmín, luchando para no verse inquieto. No podía ver nada. Por el calor, descartó la idea de que Shades lo haya abandonado como un idiota mal parado. Y lo sintió; los belfos tiernos abrazaron sus labios con cuidado excepcional, deteniéndose en ese lugar en espera de la señal para continuar.
Su mente quedó en blanco.
Ascendió las manos, acomodándolas un instante en los hombros oscuros, y siguió subiendo, acariciando con los dorsos de los dedos las espinas erizadas. Acabaron en el rostro, ahuecando con ternura las mejillas calientes.
Ayudó a profundizar el acto, entrelazando los labios con movimientos leves y medidos que no precipiten el acto. Sonic indagó en su mente, ladeando la cabeza tras recordar la escena de la serie excesivamente empalagosa, la cual, por alguna extraña razón, nunca despegaba los ojos una vez sale en pantalla. Shades también tuvo la necesidad de ocupar las manos, subiéndolas hasta los hombros de Sonic. Los latidos retumbaban como si el corazón se le fuera a salir del pecho, pero no dolían como hace rato. Aunque sí temía que el otro alcance a oírlos. Sonrío entre el beso. Chaos, toda esta situación era impensable hasta para él. Se pregunta si a Shades le pasará lo mismo.
El contacto se humedece un poco, y cuando el aire salió expulsado de sus narices al mismo tiempo, el chasquido suave de sus labios solo existió cuando se separaron.
Lentamente, la claridad surgió, enfocando la vista en el erizo sonrojado, con emoción muda y pupilas dilatadas. Asomó la cabeza para ver el apéndice detrás de Shades moviéndose de lado a lado. Rio levemente con una sonrisa ladina.
—Oye, nada mal para ser tú-...
El breve destello lo cegó, provocando que se tapara con el antebrazo rápidamente. Pestañeó con suma incredulidad, bajando lentamente la extremidad para llevarse con la sorpresa de que el otro erizo había desaparecido de la cocina.
Miro a todos lados, retrocediendo un paso.
—¿Shades?
Sus orejas reaccionaron a un golpe sordo en el techo. Subió la cabeza, asumiendo que venía del piso de arriba.
—¿Acaso él…? —murmuró con una ceja alzada.
Un recuerdo fugaz de su amigo vulpino comentándole sobre los estudios analíticos del cuerpo de Shades se instaló en su cabeza. Shades es un clon de Shadow, pero tenía diferencias abismales; básicamente, eran dos seres que solo compartían parte del ADN de la especie exótica. ¿Cómo era su nombre…? ¿Black Arms?
El caso es que Tails evaluó que Shades no posee control absoluto de sus poderes. Habilidades como el Chaos Control y derivados se le dificultarían a no ser por estímulos externos.
Sonic exhaló por la boca, sobandose la mano por el rostro, después por el camino entre sus orejas, peinándose alguna que otra púa rebelde.
—Pero qué día más raro… —musitó, dibujándosele una amplia sonrisa.
Arriba, los pies de Shades tropezaron con el borde de la cama, cayendo como costal de papas sobre las almohadas esponjosas. Sus brazos abrazaron automáticamente la más cercana —una alargada de la mitad de la longitud de la cama— hundiendo su rostro en ella. Las pantorrillas le colgaban y las orejas no pudieron hacer más que aplastarse en su cabeza.
No había un día en que el cuarto de Amy no oliera bien.
Inhaló agresivamente el cubrealmohada, expandiendo sus fosas nasales, para luego exhalar como si se quitara el peso más asfixiante en sus pulmones.
Se acomodó mejor, subiendo todo su cuerpo al colchón. Levantó las rodillas hasta el pecho y envolvió la almohada, aferrándose con todas sus extremidades. Sus latidos desenfrenados se fundían en la almohada y sus ojos abiertos, brillantes en la luz mortecina, observaban la pared con unos pocos cuadros colgando y una estantería no tan alta que sustentaba todo tipo de cosas.
Shades soltó un gemido agotado. Iba a cerrar los ojos, pero flashes de lo sucedido hace un momento lo obligaban a permanecer con estos abiertos. Suspiró entrecortadamente, apretujando la almohada entre sus brazos.
—Perdóname.
La risa escandalosa vibrando en la sala de estar le contagió la gracia a Vanilla, quien pasaba al lado del sillón donde un murciélago de pelaje blanco se despedía de cualquier apariencia sofisticada y pícara, pataleando las piernas y aleteando las alas ante el reciente comentario bromista que dijo su compañera relacionado con un chisme. Rouge y Topaz yacían sentadas en los mullidos sillones verdes, compartiendo una taza de té después de haber almorzado un festín digno de dioses. Knuckles, sentado en el sillón individual con su taza de cerámica cuidadosamente en mano, rodó los ojos ante la risa de hiena de la murciélago.
El libro le tapaba la cara a Tails, quien hacía de oídos sordos ante la extensa charla flotando a su costado. Sus cejas se alzaron incrédulas cuando una sombra cubrió las páginas, mirando detrás de sí mientras soltaba el libro en su regazo.
Arrugo el ceño, notando de reojo cómo el resto permanecía en sus mismas posiciones.
—¿Eh? —exclamó en un susurro alto.
Por un instante creyó divisar la silueta de una araña, provocándole un escalofrío en su espina dorsal.
Todavía era muy joven como para perder la cabeza.
—¿Cómo puede ser tan estúpido? —dijo Rouge con respecto a la interesante conversación, sacándose una lagrimita de forma teatral.
—Ya sé. Qué vergüenza —añadió la humana.
—Esta mujer… —masculló Knuckles, negando con desaprobación. Bebió un sorbo del té de manzanilla, cuestionando internamente el paradero de aquel erizo particular.
Algo en la química de su cerebro cambió desde entonces.
Vanilla continuó su camino hasta la cocina, reposando los platos sucios al costado del fregadero. Miro un momento a Ella, quien lavaba los platos mientras cantaba meneando las caderas, y luego miro al erizo azul comiendo una manzana con las patas cruzadas sobre la mesa del comedor.
Sonic poseía su indispensable brazo tras la cabeza, recargándose despreocupadamente en el respaldo de la silla. Le dio una mordida a la manzana, balanceando el pie mientras oía desde ahí la amena charla en el salón. Tal vez después se pasaría a molestar a Knuckles.
—Qué bueno que estás libre, Sonic.
El mencionado pegó un respingo, casi escupiendo lo que masticaba, cuando las bolsas cayeron como cemento sobre la mesa; los vasos de vidrio sin recoger tintinearon de forma peligrosa. Bajo los pies de golpe, luciendo una sonrisa temerosa.
—¡Nilly! Jeje. Eeh… ¿Para qué exactamente? —preguntó, sonando algo amortiguado por la comida en su boca.
—Amy se olvidó sus compras en la entrada, ve a llevarlas antes de que me las quede yo —comentó como si nada, arrancando un último escalofrío al cobalto cuando sus ojos decayeron al sitio donde ha tenido descansando los pies.
—S-sí. Enseguida…
Vanilla se dio la vuelta con una sonrisa. Sonic botó el aire que retuvo en los pulmones, acabándose la manzana de un bocado resignado.
En la segunda planta, luz cálida y murmullos se filtraban por el bajo de la puerta.
La eriza rosada se paró frente al espejo de cuerpo entero, girando levemente con una expresión de duda.
—¿Crees que me quedan mejor los tacones blancos o los negros?
Shades jugaba con sus púas, viendo si podía formarse un flequillo que no le cubriera la vista. Se miraron a través del espejo. Amy modelaba los zapatos blancos, una mano en su cadera. Llevaba un vestido morado oscuro que dejaba un hombro al descubierto. Era por arriba de sus rodillas, brillando bajo la luz de la habitación; la fina calidad de la seda hacía dar la ilusión de que tenía lentejuelas.
—Los blancos se te ven muy bien —mencionó, retomando su atención a sus púas.
Amy suspiró por la nariz suavemente, desabrochando las correas de los tacones, colocándolos al lado de los negros. Shades se percató de cómo la otra se acercaba por detrás, y la respiración se le fue cuando la eriza le dio un casto beso en la mejilla. Alcanzó el peine, tocando primero con los dedos las púas erguidas sin percatarse del desorden emocional que causó en el ébano.
—Wow, te crecen rápido —comentó, pasando con delicadeza el peine por las hebras rojas y negras.
Shades apretó los párpados, espantando los pensamientos intrusivos mientras experimentaba un espasmo, producto del hormigueo relajante multiplicándose en su cabeza. Ladeó ligeramente la cabeza, observando a Amy cepillarlo con expresión tranquila.
—Me gustan así.
Un acogedor silencio inundó el cuarto. Amy dejaba sueltas algunas púas rojas a propósito, luego peinándolas hacia atrás al ver que no le gustaron. Una de sus actividades favoritas era experimentar peinados para su novio. Su naricita se movió tras olfatear con concentración rigurosa, descubriendo que el suave aroma del acondicionador se impregnó en las púas oscuras después de un requerido baño.
—Entonces, ¿sí tendremos nuestra cita romántica? —Cortó la quietud, acomodando el ángulo de las púas de abajo.
Shades tarareó bajito, a este punto con los ojos cerrados.
—Ya acepté, no puedo negarme ahora.
Amy rodó los ojos, sonriendo mientras le daba un jalonsito. Shades siseó, abriendo un ojo con expresión divertida.
—¡Oye! ¡Suenas como si te estuviera apuntando con un arma! —señaló, con claro toque bromista.
Por un instante se topó con el delantal rosa al borde del tocador. ¿Acaso Vanilla estuvo aquí?
Lo ignoró, deteniéndose en el peine, acariciando las mansas púas.
—Pero, ¿sí quieres ir, Shades? ¿Cien por ciento seguro? —consultó otra vez.
Un piquete en su pecho lo molestó. La voz tímida y esperanzada de su novia traía de vuelta el exasperante remordimiento. Abrió los ojos, sintiendo la inquietud manifestándose cuando sus ojos se encontraron en el espejo. Separo los labios; de solo verla así, se le contraía el estómago. Se lo dirá. No aguantaría un minuto más.
—Amy, yo-...
El toque constante de la puerta sacó a los dos de su burbuja.
Amy recostó el peine en el tocador, volteándose a abrir la puerta. Shades tuvo que morderse el interior de la mejilla.
—¿Sí?
Su sonrisa fue cuesta abajo cuando vio la figura parada en el umbral.
—Hey, Ames.
Sonic sujetaba la cuerda de dos bolsas en cada mano, aparentemente sin aliento, dejándolas en el piso. Eran jodidamente pesadas. En las escaleras se desistió de la idea de arrastrarlas, ya que el golpe con cada escalón podría dañar lo que está adentro. Por lo tanto, casi hizo malabares con las cuatro bolsas, tapando su rango de visión. Agradezcan que fue considerado.
Se fijó en el vestido brillante que llevaba la eriza rosa y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tragar saliva. ¿Era ese el mismo vestido que había dado pie a todo esto?... Menos mal que se había guardado para sí mismo sus quejas iniciales.
—Estas son tuyas. —Le extendió las cosas, sonriéndole con amabilidad.
Amy apoyaba su mano en el marco, acordándose de los cosméticos y ropa que compró en esa tienda en tendencia donde ofreció todos los ahorros de su vida.
—Ah, sí —soltó, alternando la vista de las bolsas al erizo rígido en el pasillo.
Las esmeraldas se desviaron lentamente, inclinando la cabeza para asomarse. Se echó para atrás cuando el cuerpo de Amy cayó en el marco, juzgándolo cruzada de brazos.
—¿Cómo te fue con Shades en la cocina, hmm?
A Sonic se le encendieron las alarmas. El tirón en el pecho le imploraba salir de esta, pero el comentario revivió un tema que todavía le rondaba la cabeza.
Sonrió de lado, recargando su brazo del mismo lado del marco.
—Pues, como viste, de maravilla —dijo apreciando la ceja alzada de la contraria—. Las galletas salieron tan buenas que no quedaron ni las migajas.
Amy asintió con suspicacia, zumbando con los ojos entornados. Sonic se quedó allí, paralizado, la máscara de confianza casi resbalando y el brazo cansado; aun con todo y pose, no soltaba las bolsas.
Amy lo escudriñó un segundo más, concentrada en cualquier movimiento en falso. Bufó, quitándole las cosas de encima al azul.
—Gracias por traerlas, Sonic —habló con dulzura.
El otro se apartó del marco, parpadeando varias veces cuando de la nada sus manos yacían vacías.
Cuando la vio alejarse, se puso ansioso, abriendo y cerrando la boca en busca de las palabras correctas.
—Espera. Amy, ¿podemos-...
Su nariz chocó con la puerta.
Amy la empujó con el pie, suspirando con pesar una vez le dio cara al interior de la habitación.
Tal vez esta dinámica entre ellos ya llegó a un nivel infantil e inmaduro.
Pero en serio no tiene ánimos para escucharlo.
Cargo las cuatro con una sola mano, traqueteando hasta que fueron dejadas en la cama, el colchón hundiéndose ligeramente. Shades se volvió hacia ella, ladeando con curiosidad la cabeza en cuanto distinguió las bolsas.
—¿Y eso?
—Lo que compré mientras te ocupabas haciendo las galletas.
Shades se irguió de la silla de terciopelo, activándosele la colita de solo pensar qué tipo de cosas compró su novia.
—Ah, por cierto, ¿qué me ibas a decir? —comentó Amy, hurgando en las bolsas de franjas rosas y blancas.
La sonrisa peligró en su hocico, quedándose mirando a un punto fijo. Su mano se cerró en el respaldo, ahora moviendo la cola por una emoción de incomodidad. Amy dejó de darle la espalda, regresando con entusiasmo en su mirada.
Capaz no era el mejor momento.
—No, nada. —Sonrió débilmente.
Amy inclinó la cabeza, pero el burbujeo de curiosidad fue efímero. Alzo las manos, exhibiéndole dos conjuntos de ropa en colores disparejos: una blusa roja con mangas largas y extremos de encaje negro y falda hasta los talones que da armonía. Otra blusa de color rosa fucsia con dibujo de estrella en el centro y unos pantalones deportivos con franjas del mismo color, mayormente blancos.
—Bueno, ¡mira lo que te tengo, Shadsy! Arregla esa cara, porque no saldremos de aquí hasta vernos di-vi-nos.
Shades rio por lo bajo, iluminándosele el rostro de inmediato.
¿Valía la pena soltarse aquella bomba cuando su aura era rayante como el sol?
¿Valía la pena cuando por fin tiene comodidad sin preocuparse por el "qué dirán"?
No, no quiere arruinarlo.
Puede sepultarlo por otro rato.
