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Yacía enterrado, la madera que daba tus pasos te murmuró sobre su presencia. Frente a tí, un rastro que no tuviste más opción que seguir. Bajo la tierra mojada aún escurría la sangre. Un pequeño cuerpo, lo pensaste inerte.
No. Un soplo de vida acarició su mejilla.
Retumbó su pecho, y, de a poco, un ojo se abrió. Notaste la ausencia en su otra cuenca, una marca que no pasará desapercibida. Bien conoces lo que es ser diferente.
Desde lo hondo de su desgarrada garganta reptó un sonido.
Los brujos se lo llevaron
Eso es lo que alcanzaste a entender, antes de partir lejos de la oscuridad de Thristas. A tu lado, el niño envuelto en los brazos enguantados y fríos de los caballeros.
Ya en el gran auditorio, la inspección fue minuciosa. Su pequeño cuerpo parecía querer engullirse a sí mismo bajo el incesante temblor. En su piel no había rastro de tinta tallada, y la cuenca no estaba del todo vacía, aunque lo que en ella dormitaba sólo podría ser comprendido si algún día volvías a escarbar entre las sombras del pacto.
¿Qué va a ser del niño?
Sabes lo que debes de hacer.
El viento helado se eleva, congelando hasta el último de tus huesos. Aún cuando cada articulación de tu cuerpo grita de dolor, tu mano abierta se extiende hacia él. Entre tus entintados callos, se asoma una vez más el regalo de la magia.
Esta vez, prometes, será diferente.
Cuando la desesperación toque tu puerta, ella se volverá tu espada y escudo.
Entre las paredes del Gran Auditorio, no volverás a encontrar el hambre ni el frío.
Y, en mi regazo, tendrás un lugar seguro.
Qifrey, ¿te parece bien?
Al principio, sus respuestas no solían ser mucho más que monosílabos. Su mirada permanecía fija en tí, con una precisión milimétrica estudiando cada movimiento, alistando su próxima decisión.
El azul de su ojo te pareció opaco en ese entonces, una ventana cerrada que mantenía el interior del joven Qifrey indescifrable, incluso para él mismo. Con los meses, te diste cuenta del mar tempestuoso que en él se proyectaba, asfixiándolo desde adentro.
Aún así, el tiempo apenas te ha permitido vistazos a las profundidades que lo componen. Recuerdas la última vez que viste sus lágrimas, una noche en la que los sollozos se rehusaron a morir ahogados en la almohada.
Tocaste la puerta. Silencio. Un poco más. Pasos. Un toque en el metal del pomo. Se abrió. Tras ella, su mano cubriendo su rostro, en un intento vano de ocultar la tormenta que a ambos les robó el sueño.
Gotas escurrían por su mentón, en el que aún brillaba enrojecida una cicatriz. Sus manos se habían vuelto hábiles con la pluma, pero la maestría con la navaja que insistía en usar cada mañana aún parecía distante. Más distante aún era ese tiempo en que su mano entera cabía en la tuya, y, caminando a tu lado, su mirada recorría el mundo como un extraño a él. Con la misma extrañeza, el mundo que ahora conocía lo miraba de vuelta.
Aún así, pensaste que jamás en tu vida lo habías visto tan vulnerable. A día de hoy, crees que lo que se te permitió ver aquella noche fue un evento de nunca repetirse.
¿Qué hace aquí, Maestro Beldaruit?. Cada sílaba se tensaba y torcía, amenazando con romperse.
Ah, sabes bien mis motivos.
Giró la cabeza, su ojo oculto entre las sombras que cubrían su espalda.
¿Qué es lo que te amarga, mi querido Qifrey?
Estrujó su rostro, queriendo frenar las lágrimas. Sus labios temblaban, se retorcían, luchaban, hasta que escapó un sollozo. Y otro. Y cuántos más. La tempestad ya no podía ser contenida.
Su mano se ancló en el reposabrazos de tu silla. Tu mano acarició la suya. Sus rodillas colapsaron en el helado piso. Su cabeza se refugió en tu regazo. Tus dedos recorrieron su cabello, como hace tiempo no lo hacían, cuando deseabas que entre ellos se deslizaran las pesadillas que lo agobiaban. Una vez más palpaban la fatiga de llorar que humedecía cada hebra, pero esta vez su causa te era ajena. No supiste qué más hacer, no cuando aún se retorcía en su dolor.
¿Habrán sido los fantasmas que quisieron enterrar junto a él?
Quizás, pero tu pecho pesaba con la sensación de que había algo más. Algo que crecía desde hace un tiempo, algo que por más que quisieras conocer, se escapaba de tu presencia para nunca ser diseccionado.
De a poco, la tormenta se volvió llovizna. Un sonido débil escurrió de sus labios.
¿Alguna vez… ha amado a alguien?
En cualquier otra ocasión, la instancia sería divertida, lo atípico de la cuestión dándote un momento fácil para ser el muy molesto Maestro Beldaruit contra el que gruñe y protesta hasta que su cara se pone roja y vuelve a ser un niño. Pero esta noche, con tu mano aún en su pelo, su llanto era tan amargo que no hizo más que hundir tu estómago.
Así que pensaste en una respuesta.
Sabes que la magia es tu gran amor; en ella encuentras la maravilla del día a día, la libertad de tu alma y en sus trazos fluye el latido de tu corazón. Sabes que en la educación está tu propósito, que el brillo de maravillados ojos frescos te mueve de una forma que trasciende las limitaciones de la carne.
Si lo piensas un poco más, la palabra amor no le queda grande a lo que sientes por aquel que encontraste como apenas una semilla a punto de volver a la tierra, aquel que a pesar del miedo, del dolor, de los incesantes murmullos, y de las preguntas que sólo han encontrado horrores difusos como respuesta, ha escarbado desde la profundidades del suelo para levantarse cada día como un brujo digno de proteger el regalo de la magia.
Creías que ninguna de esas respuestas era lo que buscaba.
Mi adorado aprendiz, ¿son males de amor los que han causado esto?
La mitad expuesta de su rostro reveló un ceño fruncido.
Pregunté primero, se queja.
No lo sé, aquellas pasiones parecen alejarse de tu maestro. Aún así, mis oídos están abiertos a lo que tu corazón necesite contar.
Su rostro se volvió a enterrar entre tus prendas. Bajo la tela, se asoma un murmullo.
No sé cuánto más resistiré así.
Se secó un poco las lágrimas antes de levantarse. Su mirada, esquiva como siempre, estaba más enrojecida y cansada que nunca.
Oh, Qif…
Antes de que pudieras decir nada más, te volviste a encontrar con una puerta en tu cara.
Ninguna palabra ha vuelto a ser dicha sobre ella, pero esa noche aún te visita cuando intentas dormir.
Al día siguiente, la vida parecía haber vuelto a su cauce habitual. La melancolía que por años lo ha acompañado seguía ahí, lo único novedoso fue poder verla otra vez aflorar destapada de aquella falsa sonrisa que ha entrenado hasta la casi perfección.
Recuerdas ese lejano día en que Qifrey volvió, pero algo había cambiado. Desde ese día, la melancolía en su mirada te es evidente. Siempre la ves cuando está con aquel amigo, aquel con quien sabes que su alma encuentra su hogar.
Sabes que él jamás le daría una respuesta a su pobre y viejo maestro, pero, pieza a pieza, has intentado reconstruir la historia. Con los años has aprendido cosas que te han llevado a comprender, al menos un poco, la raíz de tanto dolor.
Por eso, cuando anunció que aceptaría aprendices, te invadió el temor. ¿Podrá ver más allá del tormento que en él habita?
Cada día vuelve a demostrar ser digno del lugar por el que ha sudado y sangrado, y aún así, no puedes dejar de vislumbrar a aquel niño asustado, consumido por el dolor y la rabia.
Ahora, el niño duerme en el hospital, y por tu cuerpo aún corre el escalofrío de haber recibido tal noticia. Estará bien, siempre lo ha estado, te anclas a eso.
Frente a ti hay una niña con cabellera de hojas tiernas y una sonrisa dulce; tras ella, una historia difusa que por amor decidiste creer, y una familiar melancolía. Una vez más el frío aire eriza hasta el último de tus nervios.
En tu pecho se anida el calor de la primera vez que extendiste tu mano, pero tu cabeza sigue nublada.
