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The Echo of the Forgotten Side

Summary:

¿Qué hubiera pasado si el destino de la galaxia no hubiera estado solo en manos de la República y los Separatistas?

Kael Varn abandonó la Orden Jedi por voluntad propia, dejando atrás los dogmas y la política para convertirse en la esperanza silenciosa de los inocentes en el Borde Exterior. Pero ahora, mientras el Consejo Jedi se ciega con la guerra y los ejércitos de clones se preparan para el conflicto, las visiones del futuro comienzan a acecharlo.

Con una galaxia al borde del abismo, Kael deberá tomar una decisión: seguir protegiendo a los olvidados desde las sombras... o empuñar su sable de luz una vez más y alterar el curso de la historia.

¿Se repetirá la tragedia de las Guerras Clon, o cambiará todo para siempre?

Chapter 1: Prólogo: No todos saben la verdad

Chapter Text

—En mi experiencia, no existe algo llamado suerte.

—Sargento, ¿por qué está tan seguro de que nadie vendrá a buscarnos?.

—Que sea pacifista no significa que no me vaya un defensor.

—No puedo abandonar a mis hombres.

—Alguna vez fuiste esclavo, ¿cierto?.

—Por desgracia para ti, la historia no lo verá así. ¡Ejecútenlos!

—El enemigo de mi enemigo es mi amigo.

—A vivir para pelear otro día muchachos, a vivir para pelear otro día.

—Las pesadillas, la misión, finalmente... terminaron...

...

...

—Solo ayúdame a salvar la vida de Padmé.

—Ejecutar la Orden Sesenta y Seis.

—Maestro Skywalker, son demasiados. ¿Qué haremos?.

—Encuéntralo... encuéntralo... Cincos. ¡Encuéntralo!.

 

—¡MAESTRO VARN, AYUDA!

—...te amo, quédate.

 

 

 

 

Naboo 32 DBY - Funeral de Qui-Gon Jinn

El calor abrasador de la pira funeraria golpeaba el rostro de Kael Varn, pero la verdadera frialdad residía en el ambiente. El patio sagrado de Naboo estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crepitar de las llamas que consumían el cuerpo del Maestro Qui-Gon Jinn y los solemnes cánticos rituales que resonaban en la noche.

Kael, con sus veintidós años y vistiendo las túnicas Jedi, mantenía los brazos cruzados, ocultando las manos en sus mangas. Sus ojos lilas reflejaban el vaivén del fuego. De forma casi inconsciente, pasó un dedo sobre la cicatriz de su labio, tratando de procesar la magnitud de la tragedia. A su lado, la silueta de Obi-Wan Kenobi permanecía rígida, con una mirada perdida pero firme, cargando un dolor que Kael, siendo tres años menor, apenas alcanzaba a vislumbrar.

Un poco más allá, el pequeño Anakin Skywalker rompió el silencio con un hilo de voz, buscando la seguridad que el destino acababa de arrebatarle.

— ¿Qué va a pasar conmigo ahora? —preguntó el niño, con los ojos fijos en las llamas.

Obi-Wan no apartó la mirada del fuego al responder, pero su voz, aunque baja, arrastraba una determinación inquebrantable.

—El Consejo me dio permiso de entrenarte. Te convertirás en Jedi, te lo prometo.

Kael observó de reojo a Anakin, quien bajó la cabeza, asimilando la promesa en la mitad del luto. El peso que ahora caía sobre los hombros de Obi-Wan era inmenso, y el joven de ojos lilas sintió una profunda punzada de preocupación por su amigo.

Mientras el humo ascendía hacia el cielo oscuro de Naboo, la atención de Kael se desvió hacia las sombras del templo elevado, donde el Maestro Mace Windu y el Gran Maestro Yoda contemplaban la escena con una gravedad inusual. El peligro no había terminado con la muerte del asesino de Qui-Gon; solo acababa de mostrar su rostro.

—No cabe duda —habló Windu, con la voz cargada de una sobria certeza— el guerrero misterioso era un Sith.

Yoda avanza lentamente, apoyándose en su bastón, con sus grandes ojos entornados por la preocupación de los siglos.

—Siempre dos hijos. Ni más, ni menos. Un maestro... y un aprendiz.

Windu desvió la mirada hacia la multitud de dignatarios y senadores.

—¿Quién ha sido destruido? —cuestionó al maestro Jedi en voz alta, dejando la duda flotando en el aire—. ¿El maestro... o el aprendiz?

Kael Varn sintió un escalofrío helado a pesar del calor de la pira. Las palabras de los maestros resonaron en su mente, entrelazándose peligrosamente con los caóticos ecos y visiones fragmentadas que habían plagado su prólogo. Miró una vez más el fuego purificador, sabiendo en lo más profundo de su ser que la paz de la galaxia pendía de un hilo sumamente delgado.

El calor de la pira funeraria seguía golpeando su rostro, pero por un instante, el crepitar de la madera y los cánticos de Naboo desaparecieron por completo. Un estallido de estática mental golpeó el cerebro de Kael como un disparo de ampolla. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo una presión insoportable detrás de las órbitas.

"...Fives. ¡Encuéntralo!"

La voz resonó en las paredes de su cráneo, distorsionada, desesperada, rota por el dolor. Era un eco idéntico al de sus visiones, desde hace unos días sigue, pero esta vez se sintió tan nítida y cercana que Kael levantó una mano temblorosa de inmediato y se sobó las sienes con brusquedad, tratando de acallar el grito que nadie más parecía escuchar. Sus dedos presionan la piel, buscando un anclaje con la realidad mientras el aire se le escapa de los pulmones.

—¿Kael? —el susurro de Obi-Wan a su lado fue lo único que logró romper el trance.

Kael abrió sus ojos de golpe, parpadeando para disipar las luces parásitas que bailaban en su visión. El sudor frío empezaba a perlar su frente y se tensó cuando presionó la mandíbula. Miró a Obi-Wan, quien seguía con la vista fija en el fuego pero con el cuerpo ligeramente inclinado hacia él, habiendo notado su repentina rigidez.

—Estoy bien... —alcanzó a mentir Kael en un hilo de voz, bajando la mano de sus sienes pero manteniendo los puños cerrados dentro de sus mangas—. Solo... el calor.

Obi-Wan no insistió, asumiendo que el dolor por la pérdida de Qui-Gon estaba afectando a todos de maneras distintas. Kael exhaló despacio, regulando su respiración mediante la Fuerza, pero la perturbación en su mente permanecía. ¿Quién era Fives? ¿Por qué esa voz insistía con tanta urgencia en medio del funeral de un Maestro Jedi?

Kael negó con la cabeza repetidamente, intentando con todas sus fuerzas disipar la bruma mental que lo asfixiaba. Incapaz de soportar la rigidez del protocolo y la cercanía de la pira, dio unos pasos hacia atrás, separándose sutilmente del círculo principal del funeral. Quería aire, pero la Fuerza parecía negárselo.

Justo cuando creía haber recuperado el control, el murmullo de los cánticos de Naboo se volvió a distorsionarse, y una última voz, suave pero cargada de una desesperación que le encogió el corazón, resonó directamente en su oído:

"...te amo, quédate".

Kael volvió a negar con la cabeza, esta vez con más brusquedad. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un dolor punzante en la línea del rostro. Aquello no tenía sentido. Los Jedi no amaban, no tenían apegos. ¿De quién era esa voz?

A unos metros, Obi-Wan Kenobi no había pasado por alto el comportamiento de su amigo. Notando su palidez y la forma en que se alejaba, el recién nombrado Caballero Jedi desvió la mirada hacia el pequeño niño que estaba a su lado. Se agachó ligeramente y le susurró a Anakin:

—Un momento. Quédate con el Canciller Palpatine.

Anakin, con los ojos aún brillantes por la pérdida de Qui-Gon, se acercó en silencio. Obi-Wan se incorporó y caminó a paso rápido pero silencioso hacia la penumbra donde Kael intentaba estabilizarse.

Ninguno de los dos jóvenes Jedi notó que, desde el centro del patio, una mirada gélida y calculadora seguía cada uno de sus movimientos. El Canciller Palpatine observó la retirada de Kael y la reacción de Obi-Wan con un brillo de fría curiosidad en sus ojos. Sin embargo, en cuanto sintió que el pequeño Anakin se acercaba a él, Palpatine bajó la mirada de inmediato. Su rostro mudó la severidad por una calidez paternal y perfecta; esbozó una sutil sonrisa de consuelo y, con fingido afecto, le acarició el hombro al niño, manteniéndolo bajo su ala.

Mientras tanto, Obi-Wan llegó al lado de Kael. Al verlo tan perturbado, extendiendo la mano y le tomó firmemente el hombro, buscando ser un anclaje para él en medio de la tormenta.

—Kael, ¿qué pasa? —preguntó Obi-Wan, con la voz teñida de una genuina preocupación de su amigo.

Kael exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Miró a Obi-Wan con sus ojos completamente dilatados por la confusión y el cansancio mental.

—Las voces... —susurró Kael, con la voz rota—. Obi-Wan... son las voces otra vez.

— ¿Otra vez? —preguntó Obi-Wan, frunciendo el ceño. La preocupación en su rostro se profundizó, haciendo que las líneas de su frente se marcaran bajo la tenue luz de la pira.

Kael avanza lentamente, frotándose la nuca con frustración.

—Ya no sé qué pasa... Llevo meses así, Obi-Wan —confesó en un susurro, bajando la mirada hacia el suelo de piedra—. Al principio eran solo susurros lejanos, pero ahora... es como si estuvieran gritando dentro de mi cabeza.

Obi-Wan suspir de forma pausada, tratando de infundirle algo de la calma que él mismo luchaba por mantener.

—Tú tienes clarividencia, Kael. Eso lo sabes. El Maestro Plo Koon siempre te dijo que tu conexión con la Fuerza a través de las visiones es un don, aunque a veces se sienta como una maldición.

—Sí, lo sé —respondió Kael, y sus ojos lilas brillaron con una mezcla de cansancio y temor—. Pero últimamente es más fuerte... esas voces son demasiado reales. No puedo dormir bien. Siento que si cierro los ojos, me ahogaré en ellas. Intentaré ignorarlas, de verdad, pero es que ni siquiera sé qué significan. Una dice "encuéntralo", otra me llama "Maestro Varn" y otra—

—Maestro Varn? —lo cortó Obi-Wan, arqueando una ceja. Una chispa de su habitual escepticismo Jedi asomó en su mirada—. ¿Seguro que eso era parte de tu clarividencia... o era algo que deseas? ¿Un anhelo de tu subconsciente por ascender rápido?

Kael soltó una débil bocanada de aire, mitad risa, mitad queja, y le dio un pequeño golpe a Obi-Wan en el hombro.

—Es cierto, no juegues con eso —protestó Kael, aunque el gesto sirvió para relajar la tensión en la línea de su mandíbula.

Obi-Wan asimiló el golpe sin moverse, pero su expresión se volvió severa y fraternal otra vez.

—Mira, Kael... debes aprender a diferenciar entre la realidad y los sueños. La Fuerza puede mostrarnos caminos, pero la mente también puede jugarnos malas pasadas cuando estamos exhaustos.

—No estoy loco, Obi —replicó Kael, cruzándose de brazos y clavándole una mirada seria.

—Deja de llamarme así —le reprendió Obi-Wan de inmediato, usando ese tono formal que adoptaba cuando quería sonar sumamente disciplinado.

—¿Por qué? Ya tienes que acostumbrarte. Eres mi mejor amigo.

Obi-Wan desvió la mirada un segundo hacia la pira, tragando horrible antes de volver a enfocarse en su amigo.

—Kael, podrás pensar en todo esto... tus voces y tus sueños, pero tendrás que hacerlo solo. En tu viaje.

Kael lo miró fijamente, y una fijeza inquebrantable se apoderó de sus facciones.

—No me iré.

Obi-Wan parpadeó, desconcertado por el cambio tan drástico en la actitud del joven.

—¿Qué?

—No me iré... —repitió Kael, dando un paso al frente para acortar la distancia entre ambos—. Mira a tu alrededor, Obi-Wan. Mi mejor amigo acaba de perder a su maestro. Te volviendo maestro de la noche a la mañana, y no de cualquiera, sino de "el elegido". ¡Kriff! No te voy a dejar solo acá. No en estas condiciones.

—No, Kael, escúchame —intervino Obi-Wan, extendiendo las manos en un gesto de súplica contenida—. Ya te despediste de todos. De tu maestro Plo Koon, de tus compañeros... de todos. No tienes que quedarte por mí. Estaré bien. El Consejo me respalda. Además... hace años que querías irte de la Orden Jedi. Esta era tu oportunidad de buscar tu propio camino, lejos de los muros del Templo.

Kael apretó los labios. Sabía que Obi-Wan tenía razón sobre sus dudas pasadas con la Orden, pero las circunstancias habían cambiado drásticamente en las últimas horas.

—Eres mi mejor amigo... —dijo Kael, con una honestidad descarnada—. Literalmente tienes que ser maestro y... el hermano mayor de ese niño. No tienes idea de en lo que te estás metiendo.

—Los Jedi no... —empezó Obi-Wan de forma automática, recurriendo al dogma.

—"No tenemos que apegarnos a una persona", lo sé, me sé el código de memoria. También recuerda que... no soy un jedi —lo interrumpió Kael, rodando los ojos con frustración—. Pero tú sabes perfectamente que ese niño... Anakin... va a estar completamente solo si no estamos ahí. Qui-Gon era el único que creía en él. Ahora solo te tiene a ti. Y tú me tienes a mí, te guste o no.

Obi-Wan negó con la cabeza de forma rotonda, apartando la mirada hacia el resplandor naranja de la pira. La luz parpadeante marcaba las sombras de su rostro, haciendo lucir mucho más cansado de lo que admitiría jamás.

—Estaré bien... —insistió Obi-Wan, y su voz tembló apenas un milisegundo antes de recuperar la compostura—. Mi maestro... me dejó esto antes de morir. Me encargó a Anakin. No puedo dejarlo. No puedo dejar esta responsabilidad de lado.

Kael lo observa fijamente, con sus ojos lilas cargados de una profunda empatía, pero también de una firmeza absoluta.

—Sí puedes... Tú lo sabes perfectamente, Obi-Wan. El Consejo habría buscado a otro maestro si tú se los pedías. No tenías que cargar con esto tú solo.

—Tú puedes irte... —lo cortó Obi-Wan, girándose de nuevo hacia él, tratando de desviar la atención de sus propios miedos—. Ya tienes todo listo, Kael. Tus naves, tus planos, tus permisos del Consejo. Puedes irte. No dejes que mi situación arruine lo que has planeado por tanto tiempo.

Kael bajó la mirada por un instante, asimilando las palabras de su amigo, y luego volvió a conectar sus ojos con los de él.

—¿Puedo...?

—Hace años anhelaste esto... —le recordó Obi-Wan en un susurro, dando un paso hacia él—. Irté. No seguir las reglas ni las órdenes de la Orden Jedi. Ser tú mismo, como siempre decías en el Templo cuando nadie nos escuchaba. Tienes un universo entero esperándote afuera de Coruscant. Hazlo.

Kael guardó silencio durante unos segundos. Con un movimiento lento y deliberado, metió la mano entre los pliegues de su túnica y sacó su sable de luz. No lo encendió de inmediato; simplemente lo sostuvo entre sus dedos, permitiendo que Obi-Wan viera el diseño detallado de la empuñadura.

—El Maestro Plo Koon me dejó un recuerdo... —dijo Kael, acariciando el metal frío del arma—. También me lo dio para poder defenderme allá afuera.

—Guarda eso, Kael. No es el lugar ni el momento y si alguien te ve... —le recriminó Obi-Wan de inmediato, mirando de reojo hacia el funeral para asegurarse de que nadie estuviera prestando atención a su rincón sombrío.

Pero Kael ignoró la advertencia. Con un ligero movimiento del pulgar, presionó el activador.

Un zumbido sordo y vibrante llenó el espacio entre ellos cuando la hoja de plasma emergió. El color era único, un tono rojizo y denso, tan intenso que tiñó las túnicas de ambos y resaltó los ojos lilas de Kael en la oscuridad.

— ¿Qué te parece? —preguntó Kael, sosteniendo el arma con elegancia.

Obi-Wan quedó congelado por un instante, mirando el color inusual de la hoja. El reflejo bailaba en sus propios ojos, arrancándole por un segundo de la profunda tristeza del funeral.

—Parece lava... —admitió Obi-Wan, cautivado por el tono inusual del cristal—. ¿Bien? Es un color extrañamente cálido... Ahora guárdalo, por favor.

Kael esbozó una sutil sonrisa y apagó el arma. El zumbido cesó y la oscuridad de la noche de Naboo volvió a envolverlos, rota solo por el fuego lejano de Qui-Gon. Volvió a asegurar la empuñadura en su cinturón.

—Sabes que puedo quedarme si quiero, Obi —insistió Kael, suavizando el tono.

Obi-Wan exhaló un largo suspiro, sintiendo cómo las defensas emocionales que había construido durante todo el día empezaban a flaquear ante la insistencia de su amigo.

—Vete... Haz tu vida. Yo estaré bien, te lo prometo.

Kael lo miró por última vez, viendo más allá de la máscara de Caballero Jedi disciplinado. Vio al chico de veinticinco años que extrañaba a su figura paterna y que estaba aterrorizado por el futuro. Sin previo aviso, Kael dio un paso al frente y rodeó a Obi-Wan con sus brazos en un abrazo firme y protector.

Obi-Wan se tensó de inmediato. El código Jedi dictaba distancia, control y contención, y su cuerpo reaccionó de forma automática ante el contacto físico imprevisto. Se quedó rígido como una roca durante un segundo, pero la calidez de Kael y la pura honestidad del gesto hicieron que bajara la guardia. Lentamente, Obi-Wan levantó las manos y le dio un par de pequeñas y torpes palmadas en la espalda a Kael, tratando de mantener la compostura.

—Ya... Ya suéltame —murmuró Obi-Wan, con la voz un poco ahogada.

Kael alarmantemente y se separó, soltando a su amigo. Sin embargo, en cuanto se alejó un paso, tomó aire y comenzó a abrir la boca para formular otra réplica, decidido a no rendirse con la idea de quedarse a su lado en Coruscant.

Al ver la intención en su rostro, Obi-Wan se le adelantó, levantando un dedo acusador con total firmeza antes de que Kael pudiera emitir un solo sonido.

—Ya no digas nada de que quieres quedarte. No lo hagas más difícil, Kael.

Kael cerró la boca despacio, dejando ir el argumento que tenía preparado. Miró fijamente a su amigo por última vez, rindiéndose ante la obstinación que siempre había caracterizado a Obi-Wan. Levantó las manos en un gesto de paz y exhaló un suspiro resignado.

—Está bien, Obi... Tú ganas. Me voy —aceptó Kael, aunque sus ojos lilas mantenían una chispa de profunda preocupación—. Pero cualquier cosa que pase, la más mínima complicación con el Consejo, con la galaxia o con ese niño... sabes cómo contactarme. Tengo mi canal privado codificado.

Obi-Wan ascendió, visiblemente aliviado de que Kael finalmente hubiera cedido, aunque el peso de la soledad volvió a caer sobre sus hombros de inmediato.

—Sí, lo sé —respondió con un hilo de voz—. Ahora ve... Tu droide astromecánico, te está esperando en tu nave. No querrás que empieces a desmantelar los sistemas de navegación antes de despegar.

Kael fingio indignación, cruzándose de brazos y arqueando una ceja mientras su labio se curvaba en una mueca divertida.

—Oye, tiene un nombre y lo sabes perfectamente —lo reprendió con tono burlón—. Sabe que se llama R4-T5, u «Ocho» para los amigos. No le digas simplemente "tu droide". Tiene más personalidad que la mitad del Consejo Jedi.

Obi-Wan no pudo evitar que las comisuras de sus labios se elevaran ligeramente, un destello fugaz de su habitual humor seco en medio de tanta solemnidad.

—Sí, está bien... Ocho te espera —corrigió Obi-Wan, asintiendo con la cabeza—. Que la Fuerza te acompañe, Kael.

Kael le devolvió el asentimiento, dando un par de pasos hacia atrás para adentrarse en la oscuridad del pasillo que lo alejaría definitivamente del patio del funeral. Sin embargo, antes de girarse por completo, se detuvo, clavando una mirada traviesa en su amigo.

—Sabes... yo sería la persona más feliz de la galaxia el día que te comunicas conmigo para darme la gran noticia —soltó Kael con una sonrisa ladeada.

Obi-Wan frunció el ceño de inmediato, completamente descolocado por el cambio de tema. Dio un paso hacia el frente, barriendo el entorno con la mirada para asegurarse de que nadie los escuchaba.

—¿Cuál noticia? —preguntó, con un tono lleno de sospecha y desconcierto.

Kael continuó retrocediendo lentamente hacia las sombras, ampliando su sonrisa mientras disfrutaba del momento exacto en que iba a soltar la bomba.

—La noticia de que finalmente saliste de la Orden Jedi... y te comunicas conmigo diciéndome: «Me caso con Satine» —soltó Kael en un susurro perfectamente audible.

El rostro de Obi-Wan cambió de color en un parpadeo. Un intenso y evidente sonrojo le cubró las mejillas y las orejas, contrastando violentamente con la palidez que había tenido durante todo el funeral. Se tensó por completo, mirando frenéticamente a todas partes —hacia Yoda, hacia Mace Windu y, sobre todo, hacia el Canciller Palpatine—, aterrorizado de que alguien hubiera escuchado el nombre de la Duquesa de Mandalore en un momento como este.

—¡Cállate! ¡Cállate, Kael! —siseó Obi-Wan en voz baja pero exasperada, señalándolo con un dedo tembloroso por la mezcla de vergüenza y pánico.

Kael no pudo contenerse más. Siguió retrocediendo, riendo entre dientes con total libertad, logrando por unos breves segundos romper la sofocante tensión de la muerte de Qui-Gon.

—Que la Fuerza te acompañe, Obi —dijo Kael por último, permitiendo que la solemnidad Jedi regresara a su voz por un instante, aunque la sonrisa no se le borraba de la cara.

Con ese último saludo informal de dos dedos desde la frente, dio media vuelta y comenzó a alejarse. Al principio caminó a paso rápido, pero en cuanto el pasillo de piedra lo ocultó por completo de la vista del funeral, aceleró el ritmo hasta convertirse en una carrera fluida. Sus botas resonaban contra el suelo pulido del palacio de Theed mientras sorteaba las columnas, ansioso por dejar atrás la pesadez de Naboo y el dolor de la pérdida colectiva. Necesitaba el espacio, el silencio de las estrellas y la libertad que tanto tiempo había esperado.

Llegó a la plataforma de aterrizaje secundaria donde su nave descansaba bajo la luz de la luna. Era una caza estelar modificada, perfecta para largos viajes por el Borde Exterior. Kael se acercó a la rampa y, con un rápido comando en su muñeca, la compuerta hidráulica comenzó a abrirse con un sistema de presión.

Subió los escalones de un salto y entró a la cabina principal. Nada más pisar el interior, una pequeña unidad astromecánica de color personalizado, giró su domo metálico de inmediato. Las luces del droide parpadearon en azul y verde.

—Hola, Ocho —saludó Kael, quitándose la pesada capa Jedi y arrojándola sobre uno de los asientos secundarios.

R4-T5 soltó una ráfaga rápida de pitidos agudos, chasquidos electrónicos y un sonido que imitaba casi a la perfección un bufido de reproche por la tardanza.

Kael soltó una pequeña risa, pasándose una mano por el cabello negro y acomodándose en el asiento del piloto. La cicatriz de su labio se curvó ligeramente hacia arriba.

—¿Listo para nuestra aventura? —preguntó, extendiendo las manos hacia el panel de control.

Ocho respondió con un pitido largo, agudo y entusiasta, haciendo girar su cabeza de un lado a otro mientras se conectaba directamente al ordenador central de la nave para iniciar las secuencias de vuelo.

Con un golpe de interruptor, la compuerta trasera se cerró por completo, aislando el interior del sonido del viento de Naboo. Kael comenzó con los preparativos de despegue. Sus dedos se movían con agilidad experta sobre los mandos, encendiendo los sistemas primarios. Los motores iónicos de la nave cobraron vida con un rugido sordo que vibró a través del fuselaje, y los paneles frontales se iluminaron, reflejándose en sus ojos lilas.

Antes de elevar la nave, Kael detuvo sus manos sobre las palancas de empuje. Movió la cabeza hacia el transparacero de la cabina principal y miró hacia abajo, buscando el patio elevado del palacio. A la distancia, la pira funeraria de Qui-Gon Jinn todavía se veía como un punto naranja y brillante que desafiaba a la noche. Y allí, recortada contra el fuego, alcanzó a distinguir la silueta solitaria de Obi-Wan.

Kael se quedó mirándolo unos segundos. Sabía el peso que su amigo llevaba encima, pero también sabía que Obi-Wan era el Jedi más tenaz que conocería jamás, si dice que estará bien, le creerá. En silencio, Kael levantó una mano hacia el cristal, despidiéndose de él una última vez, esperando que la Fuerza cuidara de su mejor amigo en su ausencia. Luego, empujó las palancas.

La nave se elevó verticalmente de forma suave, estabilizándose en el aire antes de inclinar el morro hacia la atmósfera superior. Con una ráfaga de velocidad, el caza dejó atrás las cascadas y los techos verdes de Theed, perdiéndose como una estrella fugaz en el cielo nocturno.

Abajo, en el patio del funeral, el viento provocado por el eco lejano del despegue agitó suavemente la túnica de Obi-Wan. El Caballero Jedi continuaba de pie, pero sus ojos ya no miraban el fuego de la pira, sino el rastro de luz que la nave de Kael había dejado en el firmamento.

Pensó en la madurez con la que Kael había decidido seguir su propio camino, en la advertencia sobre Anakin y, sobre todo, en el golpe bajo que le había dado al mencionar a la Duquesa de Mandalore. Sintiendo que el calor de la vergüenza todavía le pintaba las mejillas, Obi-Wan exhaló un largo suspiro, bajó la cabeza y susurró para sí mismo con una mezcla de frustración y afecto:

Kriff ...

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