Work Text:
Julián sale al parque, el entrenamiento del día ya finalizado, esta vez no esperó a Enzo que estaba duchándose en la habitación, tenía ganas de aprovechar un rato de solcito ahora que el calor aflojó.
La mayoría de sus compañeros ya estaban por ahí, sentados en rondas, charlando.
Se acerca a uno de los grupos y se acomoda sobre el pasto.
Licha pregunta:
—¿Te tomás unos verdes con nosotros?
—Si, dale –acepta el cordobés—
El entrerriano le pasa un mate y Julián lo acerca a su boca para tomarlo.
—Che, Juli, ¿no tomabas dulce vos? —cuestiona Dibu—
—¿Eh?, sssi —duda un momento, pensando la razón de su cambio de gusto— ahora tomo amargo, dulce me da acidez —titubea al responder—
—Ahora le dicen acidez a un morocho lleno de tatuajes que solo toma amargos —ríe fuerte el arquero, adivinando el motivo—
Julián se sonroja, y lo salva como un campeón Cuti que llega a los gritos, reclamando no sabe qué pero todos se enganchan en esa conversación.
Unos minutos después el morocho cruza la puerta pispeando dónde está Julián, no llega a encontrarlo cuando escucha:
—Che, acidez —grita Dibu en dirección a Enzo—
El morocho mira a los costados sin entender el porqué del apodo, y si se dirige a él.
—Sí, a vos te hablo —continúa el arquero— acercate a tomar unos amargos —sonríe y estira el brazo para ofrecerle el mate—
Enzo levanta una ceja sin descifrar a qué se refiere, lo mira a Julián que encoge los hombros totalmente sonrojado. Estira la mano para tomar el mate y se sienta al lado del cordobés que se hace el desentendido.
Las risas de los muchachos se escuchan fuerte. Enzo devuelve el mate al cebador y la charla continúa como si nada hubiera pasado.
El morocho entiende que no debe decir nada al respecto y se hace el boludo. Los termos se vacían y la ronda comienza a dispersarse, la tarde está cayendo y todos empiezan a retirarse.
Enzo ceba el último mate olvidado por ahí y se lo pasa a Julián con una sonrisa chiquita.
—El último —se inclina mientras se lo ofrece—
Julián niega con la cabeza y se queda mirándolo fijamente, una mirada que el morocho no logra descifrar.
Enzo se acerca un poco más al cordobés mientras chupa de la bombilla.
—¿Me explicás eso de acidez? —le pregunta demasiado bajito y demasiado cerca—
Julián no aparta la mirada, pero se lo nota pensativo.
–Vamos a la pieza y te cuento —responde—
Enzo sonríe y lo mira con picardía.
—Bueno, pero no necesitás excusas para llevarme para la pieza —cancherea—
—Dios, te creés mil, no te aguanto más, culiado —sonríe mientras se levanta y se sacude el pasto–
Enzo extiende su brazo para que el cordobés lo ayude a levantarse, y cuando lo hace, aprovecha para tirar de él y acercarlo, Julián trastabilla y el morocho lo toma de la cintura para que no caiga, sus caras quedan innecesariamente cerca y Enzo deja un sonoro beso en su mejilla.
—Sos tan lindo, vamos que ya quiero llenarte de besos.
Julián se separa y lo mira con ternura, y Enzo sabe que zafó del reto por lo que acaba de hacer.
El camino hasta la habitación lo hacen en silencio, Julián pensativo, Enzo tratando de interpretar qué lo tiene así al cordobés.
Ni bien cierran la puerta de la habitación, Enzo ya está pegado a la espalda del cordobés, besa su cuello tiernamente y Julián acaricia con delicadeza su pelo mientras lo sostiene en ese lugar que le encanta.
—¿Por qué tan pensativo? ¿Pasó algo? —pregunta mientras hace un camino de besos de su cuello a su mejilla—
—No, nada —sonríe tranquilo—
—Mmm, estás raro —lo mira con duda el morocho—
—En serio, no pasa nada, me quedé pensando por algo que dijo Dibu —responde Julián—
—Ah, hablando de Dibu, ¿me contás qué fue eso de acidez? —habla intercalando besos por su cara—
—Me estaba cargando a mí —se ríe el cordobés—
Enzo frunce el ceño confundido, tratando de comprender el motivo.
—Me preguntó si ya no tomaba mate dulce —dice alzando los hombros como si fuera irrelevante—
—Ah, ¿si? —el morocho baja a besar su mandíbula—
Julián se gira para quedar de frente al morocho y mirarlo casi, casi con devoción. Enzo lo besa, suavecito, despacio y ahí está el motivo que lo dejó recalculando ante la pregunta del arquero, nunca había reparado en ese detalle, algo tan simple y significativo a la vez, ese sabor amargo del último mate que tomó unos minutos atrás, ese que hace que cada vez que están a la distancia le recuerde a su boca, su delicadeza, el calor, el amor con que el morocho entrega sus besos.
Pasan por su mente las mañanas haciendo un ratito de fiaca, el morocho acercándole un mate calentito para ir despabilándose y él quejándose de que nunca lleva azúcar, y Enzo entre risas diciendo que para dulce ya está él y besándolo, mucho, con sabor amargo pero de la manera más dulce del mundo y Julián tiene que aceptar que tiene razón, y a fuerza de besos dulces y mates amargos, puede decir que ya no quiere azúcar, quiere los mates amargos más dulces del mundo de Enzo.
El morocho suelta la boca de Julián pero no se aleja, sus narices en contacto y la mirada oscura, amorosa.
—¿Y qué le dijiste? —continúa muy entretenido atacando nuevamente su cuello—
—Que ya no tomaba dulce porque me da acidez —susurra perdido en la sensaciones que le está regalando el morocho—
Enzo sonríe porque ya entendió todo y sube lentamente sus besos hasta su lóbulo, lo muerde y susurra:
—Nunca te escuché quejarte por acidez, ¿de verdad es por eso? —ya sabe la respuesta, pero le gusta el juego—
Julián suspira embelesado mientras Enzo toma el borde de su remera, sin dejar de besarlo, para quitársela y tirarla por ahí.
Se aferra a su cintura pegándose más a su cuerpo, y un poco se olvida de lo que estaban hablando.
—Mmm —el morocho busca una respuesta—
—No —contesta sin poder pensar demasiado—
—Es… porque… me gustan… tus mates… y amargo me recuerda… siempre… a vos —responde como puede y se aleja un segundo para que Enzo salga de su cuello y buscar su boca para besarlo, ésta vez con hambre, impaciencia, con ganas de más.
Enzo va llevándolo entre besos desesperados hasta el borde de la cama, donde se separa un momento.
–Ah, mirá —dice agitado— ¿y querés que siga haciéndote mis amargos? —lo mira intensamente, desafiando, esperando una respuesta y bajando los besos por su pecho—
—Si, quiero —es todo lo que dice— y la respuesta es más amplia, sí, quiere, a Enzo en ese momento, en ese lugar, a él y sus mates amargos, a todo lo que representa y siente, siempre.
Enzo vuelve a mirarlo a los ojos, con ese brillo, esa pasión y mientras lo tira sobre la cama y lo cubre con su cuerpo sonríe de lado diciendo:
—Amargo y retruco— y las palabras se diluyen entre suspiros, jadeos y el ruido de los cuerpos siempre redoblando la apuesta.
