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Servicios de Limpieza Paranormal
—Tsk. De todos los charlatanes con ínfulas de ocultistas en esta ciudad, tenías que ser tú.
Levi cargó el rifle de sal de roca con un movimiento seco, sin apartar la vista de la imponente y decrépita mansión victoriana que se alzaba frente a ellos. Llevaba seis meses esquivándola con éxito. Seis meses de trabajos limpios, rápidos y sin complicaciones. Pero el cheque que le habían ofrecido por "limpiar" esa propiedad tenía demasiados ceros como para rechazarlo, incluso si el intermediario le había impuesto a una especialista en lo oculto.
—¡Oh, vamos, Levi! ¡Admite que me extrañabas! —Hange ajustó sus pesadas gafas de visión espectral, luciendo una sonrisa deslumbrante que contrastaba absurdamente con la lúgubre niebla del lugar—. Nuestras colaboraciones siempre son... memorables.
—Son un desastre ruidoso y terminan con mis botas llenas de ectoplasma —masculló él, avanzando hacia el porche podrido—. Cíñete al plan, cuatro ojos. Tú mides las fluctuaciones, yo vuelo en pedazos a la cosa que está espantando a los obreros, cobramos y no volvemos a vernos hasta el próximo año.
Hange soltó una carcajada brillante, sacando una libreta de cuero desgastado llena de diagramas esotéricos. Levi jamás lo admitiría en voz alta, pero verla tan en su elemento, sin una gota de miedo ante lo que para cualquiera sería una pesadilla, le generaba un respeto reacio.
El interior de la casa los recibió con un frío sepulcral. El aire era denso, oxidado, y olía a carne descompuesta y ozono. Levi encendió su linterna táctica, empuñando una barra de hierro bendecido en la otra mano.
Fue entonces cuando la temperatura cayó en picado. Las puertas principales se cerraron de golpe a sus espaldas con un estruendo que hizo temblar los cimientos.
—¡Interesante! —exclamó Hange, anotando frenéticamente a la luz de su propia linterna—. Cierre telequinético de nivel cinco. La energía residual aquí es abrumadora.
—Deja de babear por el fantasma y busca dónde está —ordenó Levi, poniéndose en guardia.
No tuvo que buscar mucho. Del techo del vestíbulo comenzó a gotear una sustancia negra, viscosa y fétida. Una masa de sombras se desprendió de las vigas, cayendo pesadamente al suelo. No era un espíritu translúcido común; era una aberración grotesca. Sus extremidades eran desproporcionadas, alargadas como las de una araña, y su rostro era un abismo retorcido del que emanaba un chillido agudo que taladraba los tímpanos.
—Es asqueroso —sentenció Levi, arrugando la nariz con profunda repulsión—. Va a manchar la alfombra.
Levi alzó el arma y disparó. La sal de roca golpeó a la criatura en el centro del pecho, pero en lugar de disiparla, la entidad simplemente absorbió el impacto, rugió con una furia ensordecedora y se abalanzó hacia ellos.
—¡Las armas físicas no van a funcionar, Levi! —gritó Hange, con los ojos muy abiertos, más por fascinación que por pánico—. ¡No es un poltergeist residual, es un ente parasitario atado a la tierra! ¡Está materializando su propia pudrición!
La criatura lanzó un zarpazo con garras afiladas hechas de pura oscuridad. Levi se interpuso en una fracción de segundo, bloqueando el golpe con la barra de hierro. El metal chirrió horriblemente. La fuerza del impacto lo hizo retroceder un paso, pero mantuvo su posición, actuando como un escudo humano impenetrable entre el monstruo y Hange.
—¡Entonces usa ese enorme cerebro tuyo y dime cómo matarlo de una maldita vez! —gruñó él, empujando a la criatura hacia atrás y asestándole un golpe en lo que sería el cráneo, ganando apenas unos segundos.
—¡Necesito anclarlo! ¡Un sello de destierro! —Hange cayó de rodillas, sacando un grueso trozo de tiza infundida en salvia y plata. Su mente brillante trabajaba a mil por hora, calculando la frecuencia de la entidad y la geometría sagrada necesaria—. ¡Voy a trazar un círculo de contención usando el alfabeto Futhark! ¡Mantenlo a raya un minuto!
—Tienes treinta segundos.
Comenzó una danza letal que, en el fondo, ambos conocían de memoria. A pesar del tiempo que llevaban sin verse, la sincronía era perfecta. Levi se movía como una exhalación letal, atrayendo la atención del monstruo, esquivando chorros de fango negro y bloqueando ataques brutales. Cada vez que el ente intentaba mirar hacia Hange, Levi se interponía con un golpe preciso o un disparo de distracción.
Mientras tanto, la mano de Hange volaba sobre las tablas de madera podrida. Trazó a Thurisaz para romper la voluntad del ente, luego a Algiz para protección. Su concentración era absoluta, confiando ciegamente en que Levi no permitiría que nada la tocara.
—¡Casi está! —avisó Hange, trazando la última línea de contención.
Pero la criatura, sintiendo que la energía del sello amenazaba con destruirla, enfureció. Ignorando a Levi, se lanzó en un salto desesperado directamente hacia Hange, con las garras extendidas listas para destrozarla antes de que cerrara el círculo.
—¡Hange!
Levi ni siquiera lo pensó. Se interpuso en el aire, recibiendo el embate de lleno. Las garras del ente rasgaron la gruesa chaqueta de cuero de Levi y se hundieron en su hombro izquierdo. Levi ahogó un grito de dolor, pero en lugar de retroceder, aferró los brazos de la criatura, inmovilizándola por pura fuerza de voluntad.
—¡Ciérralo ahora! —bramó, con la sangre comenzando a empapar su manga.
Hange golpeó la última runa con la palma de su mano y gritó un conjuro antiguo con una voz que resonó con poder absoluto.
El sello brilló con una luz cegadora. La criatura emitió un alarido final, desgarrador, antes de desintegrarse por completo en una lluvia de ceniza inofensiva que cayó suavemente sobre las tablas del suelo. Las pesadas puertas de la mansión se abrieron lentamente con un crujido, dejando entrar la luz pálida de la luna.
El silencio sepulcral volvió a reinar. Levi soltó un suspiro pesado, apoyándose en las rodillas mientras se sujetaba el hombro herido.
El aire frío de la madrugada golpeaba el maletero del auto negro de Levi.
Estaban sentados uno al lado del otro. El equipo estaba guardado, y la adrenalina había dejado paso al cansancio. Hange había sacado un botiquín de primeros auxilios y, con una delicadeza que contrastaba radicalmente con su caos habitual, estaba limpiando las profundas marcas de garras en el hombro de Levi.
Él siseó cuando el yodo tocó la herida, desviando la mirada hacia el bosque oscuro.
—Eres una imprudente, cuatro ojos —murmuró, aunque el tono de reproche carecía de veneno. De hecho, sonaba casi aliviado.
—Y tú eres un dramático —respondió ella en voz baja, con una pequeña y cálida sonrisa asomando en sus labios—. Podía terminar ese sello un segundo antes de que me tocara. No tenías que lanzarte así.
—Tsk. Si te mueres, la agencia me culpará a mí y perderé mi licencia.
Hange no respondió. Solo le dedicó una mirada suave, entendiendo perfectamente lo que él realmente quería decir. Terminó de colocar las vendas con firmeza, asegurándose de que estuvieran perfectas, y le dio un par de palmaditas suaves en el brazo sano.
—Listo. Sobrevivirás para quejarte otro día —dijo Hange, cerrando el botiquín.
Se hizo un silencio cómodo entre ambos. Normalmente, este era el momento en el que Levi recogería sus cosas, soltaría un comentario sarcástico y desaparecería en la noche durante otros seis meses. Hange comenzó a frotarse los brazos para espantar el frío, preparándose mentalmente para la despedida.
Levi cerró la puerta del maletero con un golpe seco. Se quedó quieto por un instante, mirando las llaves en su mano, como si estuviera debatiendo algo internamente. Finalmente, giró el rostro hacia ella, con su habitual expresión de fastidio, pero con una inusual suavidad en los ojos grises.
—Estás a punto de desmayarte del hambre y te ves fatal —comentó Levi, acomodándose la chaqueta con cuidado de no rozar la venda—. Conozco un lugar cerca de aquí. Sirven buen ramen a esta hora y los tazones están decentemente limpios.
Hange parpadeó, procesando las palabras. Sus ojos se abrieron con sorpresa y, poco a poco, una sonrisa inmensa y genuina iluminó su rostro cansado.
—¿El gran Levi Ackerman me está invitando a cenar? —preguntó, con un tono burlón pero lleno de emoción contenida.
—Yo invito, así que entra al maldito auto antes de que me arrepienta.
Sin borrar su sonrisa, Hange caminó hacia el asiento del copiloto. Mientras el motor del auto rugía, rompiendo el silencio de la madrugada, ambos sabían que, esta vez, la limpieza paranormal no había terminado en una despedida.
