Chapter Text
James se podía considerar un chico bastante afortunado, con una gran suerte porque normalmente conseguía lo que quería y en general le iba bien en la vida.
Su madre siempre le decía que debería tener cuidado y que mantener esa suerte no era algo fácil, debía trabajarla todos los días y escoger donde, cómo y con quien usarla. James no pensaba igual. No tenía la necesidad, porque nunca tenía problemas desde su nacimiento.
Fue el milagro de sus padres, fue el niño más querido y consentido que hubiera pisado la Casa de los Potter. Tenía la belleza y el carisma, era atlético y aunque no le iba espléndido en la escuela, era muy muy bueno. James lo tenía todo a la edad de siete años.
Su suerte incrementó cuando entró a Hogwarts. Era popular, el chico dorado de Gryffindor, el crush de casi toda la escuela, el Auror que pronto arrasaría con los Mortífagos, o la nueva estrella que el equipo nacional de Quidditch estaba esperando; realmente no importaba, porque era James Potter.
El tiempo en la escuela solo hizo que la idea de que poseía una inmensa suerte se intensificara. Había sido todo perfecto, hasta el fin de su animosidad con el chico prodigio de Slytherin se lo confirmó.
Aunque ciertamente había tenido dudas, porque aunque tenía la mejor suerte del mundo, hubo ocasiones en donde dudó. Desde el primer día que vio a Severus, al otro lado del comedor sentado mientras comía un pastel de chocolate en la mesa de la serpientes, supo que había encontrado a su alma gemela, y normalmente James no tendría problemas en tratar de encantar a alguien con su sonrisa o con sus chistes, pero con Severus era difícil acercarse, más cuando había personas interponiéndose a cada rato.
El primer obstáculo fue Sirius, su mejor amigo, el que tenía un desprecio irreparable a los Slytherins; pero con algunas pláticas, James pudo convencer a su amigo de que Severus y él eran la pareja perfecta; eso y la exhaustiva exposición que realizó durante semanas sobre ‘Los grandes parecidos románticos que tiene un Slytherin y un Gryffindor. El cómo esto genera un impacto positivo en la sociedad mágica a largo y corto plazo.’, recuerda que fue agotador, pero valió cada maldito segundo.
El segundo obstáculo era la amiga de Severus, Lily Evans. La chica, a palabras de Sirius, era estorbosa; siempre se encontraba pegada al chico y cuando veía que James se acercaba casi empezaba a ladrar y morder en su dirección, por ende Severus terminó también molesto con su presencia. Evans no era nada fanática de la perspectiva que James normalmente optaba por utilizar para engatusar, como ella decía, a su mejor amigo; y aunque si que podía darle la razón a Evans sobre sus tácticas poco convencionales, James por primera vez pensó que las chicas eran odiosas.
El tercer obstáculo, y el que era el más difícil a su consideración, era que Severus pertenecía a la casa de la supremacía de sangre. James no tenía nada en contra de los Slytherins en general, su madre fue parte de la casa de las serpientes al final de cuentas; el problema era quienes lo rodeaban exactamente; Nott, Mulciber, Avery, y el más molesto, Lucius Malfoy. Los primeros años James tenía la idea de separar a como diera lugar a Severus del cuarteto de las serpientes, sin embargo, en su momento no sabía como acercarse sin terminar peleando con los chicos.
James estaba agotado, su primer año no fue tan grandioso como pensó que sería, sí que había conseguido a sus mejores amigos, sí que había ganado algo de popularidad entre los chicos, pero no había podido acercarse a quien realmente quería, Severus; por lo que cuando llegó a casa el primer verano no dudo en lanzarse a los brazos de su madre y entre lloriqueos explicaba como su supuesta inmensa suerte se había esfumado de la noche a la mañana, porque nada había resultado como el esperaba.
Su madre lo calmó, le recordó todas las buenas cosas que le sucedieron y le ayudo durante todas las vacaciones. Durante días le explicaba como podía acercarse a un Slytherin, que tipo de humor normalmente era el bien recibido y que tipo de regalos podía darle a Severus sin despertar la sospecha del chico sobre el cortejo temprano. Su padre, por su parte, antes de volver a Hogwarts, lo llevó a un paseo de chicos y le dio algunos de sus mejores consejos para poder enamorar a Severus. James volvió a la escuela con fuerzas renovadas.
Y aunque el segundo año no fue el mejor, definitivamente había habido un gran avance en comparación a su primer año.
El tercer año fue muchísimo mejor. Severus, después de meses, le había permitido sentarse junto a él en las horas que pasaba en la biblioteca y si lo ponía en perspectiva, el chico se la pasaba casi todos los días y a todas horas en la biblioteca, por lo que en realidad le permitió a James pasar todo el día junto a él. Estaba que no cabía de la emoción cuando se dio cuenta de ello. Al compartir clases James intentaba siempre ganarle el lugar a Evans, y aunque no lo lograba todo el tiempo, todas las veces que sí lo hacía podía ver una sonrisa tímida en Severus. Lo mejor fue cuando interrumpió una conversación que estaba teniendo con Avery y en vez de lanzarle miradas asesinas, solo suspiró. James lo veía como una clara muestra de que estaba cayendo a sus pies.
Con los años James solo pudo darse cuenta que en realidad su suerte nunca se había ido, nunca lo había abandonado, simplemente y como su padre lo puso, se había tomado un descanso. Su madre difirió ante eso, trató de explicarle sobre como en realidad podía perder toda su suerte si no la cuidaba bien y si la malgastaba en cosas tontas, como en tratar de salirse con la suya en sus travesuras.
Por un tiempo James no le tomó mucha importancia realmente. Hacía algunos meses había cumplido veinte y uno años, y tenía todo lo que alguna vez soñó. Tenía el mejor trabajo en el mundo como el jugador número diez de Quidditch, se había casado con su alma gemela Severus Snape, ahora Potter; se habían mudado a una gran mansión a las afueras de Escocía y estaban en pláticas para tener un heredero. James no podía creer la suerte que tenía.
Pero, como su madre siempre decía, James debió tener más cuidado.
Todo inicio ese mismo día, cuando se levantó y su cuello estaba tenso. Trató de no darle gran importancia y cuando bajo a la cocina Severus ya estaba ahí tomando un té. Se pasaron la mañana entre risas suaves y charlas tontas; y cuando fue turno de ir al entrenamiento, su esposo lo despidió con un beso. Y aunque había tratado de ignorar la punzada, el golpe que recibió por no haber podido girar a tiempo la cabeza le había intensificado el dolor. El entrenamiento matutino fue bastante pesado, tanto que pensó que se derrumbaría en los vestidores.
A la hora del almuerzo el día empeoró cuando un grupo de adolescentes se tropezó y terminaron tirando sobre su camisa blanca varios batidos de fruta; cuando los chicos se empezaron a disculpar James estaba apunto de ignorar su molestia, al final, el día estaba soleado, no hacía frío ni llovía como el día de ayer lo había hecho y siempre podría volver al gimnasio por una buena ducha. Fue cuando abrió la boca para decir que no pasaba nada cuando un carro pasó al lado de él y salpicó todo el lodo que había en el suelo de la calle, algo de eso le entró en la boca.
Cuando los chicos quisieron decir algo James solo les lanzó una mirada y prefirieron salir corriendo. James estaba enojado, porque ahora no solo estaba sucio y asqueado, sino que el cuello le seguía doliendo. Al finalizar la hora del almuerzo, sus compañeros de equipo lo vieron sorprendidos al llegar y su mismo entrenador lo vio con ojos susceptibles; no era habitual que llegara lleno de lodo y oliendo a frutilla.
El día no mejoro. El entrenamiento de la tarde fue peor que el de mañana, sin haber podido comer, ni quitarse la sensación pegajosa que provocaba la fruta, James se pasó cinco horas de su día sufriendo. Había sido derribado por varios bludgers, sus compañeros gritaban muy fuerte y el entrenador había pasado a una mirada decepcionante.
Lo jodido fue al acabar el día. Estaba a punto de darse una buena y merecida ducha, hasta se había enjabonado el cabello, cuando al abrir la llave el agua no salió. Tal parecía que pertenecer al mejor equipo de Quidditch del país no le garantiza agua para bañarse después de un día muy sudoroso de entrenamiento. James podría haber maldecido en diferentes idiomas que el mismo no conocía solo por lo furioso y atropellado que se sentía.
Con el estrés alcanzando sus niveles más altos, James salió de ahí volando, directo a la casa de sus padres, porque el día no había acabado, no señor. Su madre le había hecho prometer que pasaría por algunas malditas prendas de ropa, de las cuales no entendía muy bien el motivo, mucho menos cuando era muy sencillo comprar nuevas si se tenía el dinero, pero su madre insistió, y James podía estar pasando el peor día de su vida pero una promesa, con su madre, era una promesa inquebrantable.
Todavía bañado en lodo y pegajoso por la fruta, James tocó a la puerta color rojo, no pasaron ni tres minutos cuando fue recibido por los grandes y sorprendidos ojos dorados de su madre, quien veía una de las facetas más vergonzosas y humillantes de su hijo.
“¡James!” soltó un chillido su madre.
“Hola.” Su tono era cansado, no tenía ganas de nada en realidad, su día no había sido fácil y lo único que quería hacer era llegar a su casa, darse un muy largo baño y acostarse acurrucándose con Severus.
Su madre no lo hizo esperar y lo trató de invitar a entrar.
“No, gracias ma.” suspiró. “Solo vine por las ropa y me voy, no pienso quedarme.”
Su madre lo observó durante unos segundos hasta que soltó un suspiro de resignación. “Claro, dame un momento Jamie.”
James se quedó fuera de la casa, con la puerta abierta y las luces encendidas; el olor a comida casera lo hizo molestarse. La casa de sus padres se veía tan cómoda, sin complicaciones de cuello, ni adolescentes sin cuidado, solo un santuario donde no importaba que hiciera, todo saldría bien, pero aun así faltaba lo mejor de su vida, su esposo Severus.
Resignado, estaba por darse la vuelta para sentarse en los escalones de piedra de la entrada, cuando su padre apareció saliendo de la sala de estar con un libro entre sus manos; sus ojos negros lo miraban sorprendidos y no dudo en acercarse.
“James, ¿cómo has- ¡¿qué sucedió?!”
James suspiró. “Un mal, muy mal día padre.”
Su padre negaba con la cabeza, mientras se apoyaba en la puerta, quitándose sus anteojos de lectura. “Jamie, Jamie. ¿Cuánta de tu suerte has ocupado últimamente?”
James frunció el ceño, se sentía cansado y su padre lo estaba haciéndose quedar parado enfrente de la casa. “¿Eso que tiene que ver?”
“Sabes lo que opina tu madre al respecto.” suspiró y con un tono que trataba de parecerse al de su madre, recitó. “Deberías cuidarla y elegir cuando-”
“Cuando usarla. Si lo sé.” trató de pasar sus manos por su cabello, pero estas solo se atoraron por los rulos insufribles que tenía, empezaba a sentirse exasperado. “Solo fue un mal día, eso es todo.”
Su padre lo observó y negó con la cabeza. “Si tu lo dices.”
James estaba a punto de responderle a su padre algo sarcástico, pero por fortuna su madre regresó con una caja color amarillo en las manos, era muy pequeña para guardar ropas para un adulto.
“Oh, Fleamont debiste arrastrar a Jamie a un baño si es que te lo topaste.”
Su padre soltó una carcajada mientras su madre solo le lanzaba miradas gruñonas. James volvió a suspirar.
“Ma, te lo dije, no pienso quedarme.”
Su madre negó con la cabeza, desaprobando la situación y prefirió extenderle la caja, no sin antes lanzar un encantamiento repelente. “No la abras hasta cuando estés con Sevie.”
“¿Por?” su madre ahora le lanzaba una dura mirada, retándolo silenciosamente a contestarle, James prefirió no hacerla enojar. “Entiendo.”
Tomando la caja y despidiéndose, salió en dirección a su casa. Dentro de los muros llenos de hechizos de protección que su hogar tenía, James empezó a sentirse mejor, estaba por fin en su santuario. Prefirió tocar la puerta y esperar a que Severus lo fuera a recibir en vez de simplemente entrar, sabía que a su esposo no le gustaba la mugre y James parecía que había salido de una bolsa de basura. No esperó mucho cuando Severus ya estaba en la puerta con varita en mano, pensando que tal vez estaba por recibir a un intruso. Grande fue su sorpresa cuando el que estaba frente a él era una versión muy sucia de su esposo, del cual recordaba haber despedido en la mañana muy limpio.
Sus ojos negros lo escanearon y le lanzó rápidamente varios hechizos de limpieza, James amaba los momentos en que su esposo podía ser así de práctico, porque si tuviera que soportar la pegajosidad de la fruta un minuto más podría tal vez cambiar su estilo de vida y convertirse en un loco. Sin las manchas de lodo y de licuados, James decidió entrar a su casa, fue bien recibido por los labios de Severus. Cuando se rompió el beso James estaba bastante sorprendido, el Slytherin era bien conocido por despreciar todo lo que no contara con la cualidad de limpio y aunque sabía de la capacidad de los hechizos de su esposo, también sabía que no estaba reluciente o no tanto para alcanzar los estándares mínimos de su pareja.
“No te hagas ilusiones, te ves realmente sucio… asqueroso hasta cierto punto,” sus facciones eran frías y juzgonas. “pero pensé que te alegraría.” sus mejillas se habían pintado de color de rosa y se asomaba una pequeña sonrisa.
Oh, como James amaba a su esposo.
No tardo en subir para acaparar la ducha, había sido un día bastante pesado, pero ya no importaba, estaba en casa, su esposo estaba preparando la cena y James solo tendría que pasar la noche entre sus brazos. Después de haberse limpiado tres veces salió vistiendo unos pantalones de algodón negros y el olor a comida inundaba toda la casa, era estofado de carne, su favorito.
Durante las siguientes dos horas se las pasaron comiendo y platicando del trabajo del pocionista, el como iba el proceso de su maestría y cuales eran los planes a futuro, sobre el presupuesto y las ideas que se tenían para la nueva boticaria que tenía pensado abrir en el callejón Diagon. James escuchaba atento cada una de las ideas de su esposo y sonreía por cada gesto de emoción que lograba captar de Severus. La cena paso sin mucho ruido y llena de alegría.
Ya en la sala, donde Severus había indicado a Goblet que colocara un juego de té relajante, se la pasaron leyendo durante unos minutos, antes de James sacara el tema de la caja misteriosamente pequeña de ropa que su madre le obligo a recoger.
“Casi se me olvida, mamá me entregó la caja, aunque es muy pequeña.” se levanto del cómodo sillón individual para acercarse a la entrada y recoger el paquete que había sido olvidado en pro de la baño. Cuando regresó a la sala, Severus ya había cerrado su libro y bebía de su taza mientras esperaba que James abriera la caja. “Me dijo que no podía abrirla hasta que estuviera contigo.” Severus había levantado una ceja. “Lo sé, no tengo ni idea del por qué.”
James se sentó a los pies de Severus y mientras iba quitando la tapa de la caja sintió la mirada curiosa de su esposo detrás de su hombro, sin tardar más la abrió y quitó el envoltorio, sus ojos se ensancharon rápidamente y pudo escuchar el jadeo de sorpresa de Severus, James también estaba bastante atónito por lo que veían sus ojos.
Dentro de la caja se encontraban un pequeño conjunto de algodón en colores cremas, había unos pequeños calcetines y un gorrito, hasta abajo había una nota.
Que tenga buena salud, felicidad y suerte.
Bienvenido a la Familia Potter.
James sabía que el tema de un heredero no estaba en discusión, conocía las responsabilidades que conllevaba ser miembro de una familia pura sangre y sobre todo el peso que cargaba al ser el único hijo; el conocía bastante bien la historia de cuan difícil fue concebir para sus padres y aunque muy pocas veces hablara del tema, también sentía el miedo de no contar con su buena suerte de su lado cuando de niños se hablara.
El tema de un heredero no le provocaba pavor, todo lo contrario, estaba tan o más emocionado que sus padres en poder tener pequeños Potters corriendo por toda la casa, en poder celebrar con sus padres varias Navidades y Yules en la compañía de sus hijos y Severus; estaba más que entusiasmado con la idea de tener hijos, pero también sabía que no había sido un tema sencillo con Severus.
Su esposo le había repetido en incontables ocasiones que no era exactamente el momento para tener hijos, que podían esperar unos años para poder iniciar a tener una familia y James no le vio el problema, porque nunca le dijo que no, le dijo que esperara y esas eran palabras e intenciones completamente diferentes. Por lo que estaba bastante escandalizado con la premura de su madre, James había hablando con sus padres el mismo día de su boda sobre que Severus y el esperarían para siquiera intentar las tareas maritales; no tenían ni un año de casados y su madre había aventado sus palabras por la ventana.
Se giró para mirar a Severus, queriendo hacerle ver que no era su idea, él no era el esposo que decía que esperaría para luego ignorarlo, James era un hombre de palabra, pero cuando volteó a verlo, sus ojos se volvieron a ensanchar.
Severus tenía una linda y grande sonrisa esparcida por su rostro, agarraba con delicados movimientos los calcetines y tenía un hermoso brillo en los ojos.
“No estas enojado…” susurró James después de unos segundos.
Severus lo miró y soltó una leve carcajada. “Por supuesto que no, ¿por qué debería?”
“… porque es muy pronto (?)” su tono era inquisitivo, sin saber si había respondido o había terminado por hacer una pregunta.
“No creo que se tan pronto.”
Y los ojos de James empezaban a arder por estar ensanchándolos. “¿No lo es?” Severus negó. “Pero- pero pensé…” tartamudeó. “Tú dij- dijiste que deberíamos esperar.”
“Claro que deberíamos esperar, cuando me dijiste que querías tener cinco hijos teníamos quince.” Severus lo miraba con esos ojos que claramente decían ‘eres un tonto’.
“¡Pudiste haber sido más específico!” contraatacó James.
Severus rodó los ojos y dejó que se empezara a formar una sonrisa mientras se levantaba y se arrodillaba junto a James, a su altura dejo que sus brazos rodearan el cuello de su esposo, con el tono más bajo y coqueto terminó susurrando. “Entonces, señor Potter, ¿no quiere empezar a practicar para tener cinco hijos?”
Las mejillas de James se encendieron, el pequeño y sutil enojo que se estaba a punto de formar en su pecho fue completamente olvidado con la vista de esos ojos totalmente negros que lo miraban con tanto amor.
“Carajo, claro que sí.”
No tardaron en iniciar en una sesión de besos hambrientos, necesitados, pero sobre todo, llenos de cariño y respeto. James había estado soñando con el día que Severus decidiera empezar a tener hijos con él, siempre había sido su mayor sueño formar la gran familia con su alma gemela y el día de hoy parecía ser su día de suerte.
Sus manos acariciaban lentamente el cabello negro de su esposo mientras podía sentir como las manos contrarías moldeaban los músculos de su espalda y con luz tenues de la sala, James recostó a su esposo sobre la alfombra. Pasaron en el suelo varios minutos hasta que Severus interrumpió para acostarse en el sillón más grande y largo de la sala, se estaba empezando a sentir el frío de otoño; éste daba directo a la chimenea apagada.
El día había iniciado muy mal para James, pero la noche se estaba tornando majestuosa. Severus empezaba a bajar sus manos por su pecho, hasta que se posicionaron al inicio de su pantalón y sin esperar mucho los bajo; James tampoco desperdiciaba el tiempo, desabotonando la camisa negra de su esposo.
Estaban ya casi desnudos y sintiendo los pequeños temblores del cuerpo del pelinegro, James cubrió ambos cuerpos debajo de una mantas que mantenían en la sala. Ambos reían, susurraban palabras cariñosas y se repartían caricias, los minutos pasaban y cuando James estaba por colocar su mano entre las piernas de su esposo, la chimenea que minutos antes estaba apagada ahora brillaba con llamas verdes. James no dudó en cubrir el cuerpo pálido de su esposo y en desesperación buscó lo más rápido que pudo su varita; cuando el intruso apareció se relajó, era Sirius.
“¡Corns!” de la chimenea salía el heredero Black bastante agitado.
“¡Maldición Sirius, ¿qué haces aquí?!” inquirió bastante irritado James.
Con el equilibrio recuperado, Sirius atrapó la vista de un Severus entre mantas con el claro torso desnudo y de un James con su propia manta entre la cadera, lo que hizo que soltara una carcajada estruendosa. No importaba que Sirius fuera el claro invasor en sus planes privados, las mejillas de Severus se tornaron totalmente rojas mientras trataba de cubrir su cuerpo lo más que podía; el menos avergonzado era James, que solo suspiró y terminó sentándose aun sin haber encontrado su varita.
“Sirius, ¿qué haces aquí?” repitió James un poco más tranquilo pero no menos enojado.
Quitando unas pequeñas lágrimas de sus ojos provocadas por las risas incontrolables, Sirius se aclaró la garganta. “Cierto, cierto. No vas a creer lo que acaba de pasar.”
La sonrisa que se colocaba en la cara de Sirius, James la conocía bastante bien, era la misma que había estado utilizando durante los últimos siete años cuando tenía e iba a contar una historia llena de detalles innecesarios que duraría horas y aunque normalmente estaría dispuesto a escuchar cual fuera el chisme que Sirius había descubierto, también tenía un problema entre las piernas y un compromiso en las piernas de Severus que no pensaba ni quería perderse.
“¿Y no puede esperar?” preguntó James.
“Aunque me gustaría darles privacidad para que pudieran…” los ojos se desviaron a Severus quien solo le contestó con una mirada retadora. “terminar sus asuntos, esto no puede esperar.” sus palabras eran sentenciadoras.
Severus estaba a punto de levantarse por su ropa porque si el maldito mejor amigo de su esposo no tenía pensado irse, preferiría estar completamente vestido en su presencia, sin embargo la vista de llamas verdes encendidas nuevamente en la chimenea lo detuvo.
“¡Sirius Black, no puedes simplemente irte así como así!” De las llamas salía un claro enojado Remus quien a diferencia de otros días esta vez estaba vestido con una camisa blanca planchada bastante pulcra y unos pantalones negro oscuros de vestir, se veía bastante elegante.
“¡¿Lunni?!” gritó James.
“Oh… hola James. Severus.” Remus asintió en su dirección con las mejillas coloradas, habiendo captado la situación comprometedora en la que se encontraban la pareja marital. Severus se enojo aún más.
Con la paciencia por acabarse, Severus hizo un nuevo intento de levantarse del sillón pero todo fue detenido cuando nuevamente las llamas verdes ahora arrogaban a una hermosa Narcissa fuera de la chimenea. Los ojos de la rubia no tardaron en escanear la sala de la Casa Potter y simplemente terminó levantando una ceja en dirección de Severus.
“Bendito Godric.” oyó el susurro de su esposo a su lado y Severus podía concordar con su irritabilidad.
