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Obito notó que algo estaba mal cuando llegó a casa después de un día de caos con sus amigos y encontró a su padre ya Deidara jugando ajedrez. Se quedó en la entrada de la sala, observando la escena extrañada. Madara Uchiha, el hombre más estricto y aterrador que conocía, estaba sentado cómodamente frente a Deidara, analizando el tablero con concentración, por otro lado, el rubio tenía una expresión relajada, casi aburrida, mientras movía una pieza con la punta de los dedos.
Obito carraspeó. Deidara ni siquiera levantó la vista.
—Tu padre está perdiendo, un.
Madara resopló, frunciendo el ceño. —¡No estoy perdiendo! Estoy probando estrategias.
¿Desde cuándo juegan ajedrez juntos? —Obito los miró como si fueran dos alienígenas.
—Desde que tu novio se dio cuenta de que su cerebro servía para algo más que explotar cosas —respondió Madara con total calma.
—Eh, gracias, un… supongo —murmuró Deidara, sin saber si lo había dicho como cumplido o insulto.
Obito cruzó los brazos, sintiéndose ligeramente ofendido. —¿Y por qué nunca quisiste jugar ajedrez conmigo?
Madara ni siquiera lo miró mientras hablaba. —Porque ganar contra ti no tendría mérito.
—¡¿Por?!
Deidara se rió, disfrutando el momento mientras movía su alfil. —Jaque mate, suegro.
—… Maldición. —Madara entrecerró los ojos, mirando el tablero con incredulidad.
Deidara entusiasmada con satisfacción y se echó hacia atrás en la silla, estirándose. —Eso fue fácil, un.
Obito seguía en estado de shock. —"Suegro"?
Madara suspir, pasando una mano por su cabello. —Admito la derrota. Deidara, eres un oponente decente.
—Oh, vamos, un. Solo te dejé llegar tan lejos por respeto a tu edad.
—¿RESPETO A MI QUÉ?
Obito dejó escapar una carcajada, comenzando a divertirse por primera vez. —Bien, eso sí fue bueno.
Madara lo fulminó con la mirada.
—Cállate, perdedor nato.
El buen humor de Obito se evaporó en un instante.
—¡¿ME PUEDEN DECIR QUÉ PROBLEMA TIENEN TODOS EN ESTA CASA CON MI EXISTENCIA?!
Madara ignoró su berrinche y miró a Deidara con seriedad. —Bien, muchacho, otra partida. No perderé esta vez. — Se reclinó hacia el frente, como si poner los codos en la mesa y las manos entrelazadas frente a su nariz le fuera a otorgar la próxima victoria.
Deidara alzó una ceja. —Seguro, ¿un?
Madara ya estaba acomodando las piezas de nuevo. —¿Tienes miedo de que esta vez te gane?
—No, un. Solo me preocupa que tu orgullo de anciano no lo resista.
Obito soltó una carcajada, hasta que su padre le lanzó una mirada gélida.
—Tú, fuera.
—¡Pero yo también quiero jugar!
—Ya dijimos que no tiene mérito.
—¡¿PERO…?!
Madara y Deidara ignoraron sus gritos mientras empezaban una nueva partida. Con un suspiro frustrado, Obito se dejó caer en el sillón, cruzando los brazos. No podía creerlo. En su propia casa. Su padre y su novio se llevaban mejor entre ellos que con él.
Definitivamente, el favoritismo era real.
