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Español
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2026-07-02
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1/1
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Mi tormenta favorita

Summary:

Armando estaba convencido de que ya había superado la etapa más difícil: aceptar que estaba enamorado de Brian.

Después descubrió que existían las habitaciones de hotel con una sola cama.

Notes:

Estoy procrastinando mi long fic, pero no puedo dejar de escribir sobre estos dos :)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Armando González había aceptado una verdad muy incómoda hacía exactamente dieciocho días: le gustaba Brian, no como compañero ni como amigo, tampoco por admirarlo como futbolista, sino de la forma más inconveniente posible.

Cada vez que lo pensaba, algo en su pecho se tensaba como si quisiera negarlo a la fuerza; a veces incluso sentía un calor incómodo subirle por el cuello, una mezcla de vergüenza y rechazo que no sabía bien hacia quién iba dirigido.

Lo había descubierto una tarde cualquiera, mientras Brian hablaba durante veinte minutos seguidos sobre cuál era el mejor puesto de tacos de Guadalajara con la misma seriedad con la que Javier Aguirre analizaba un partido.

Fue ridículo, porque no hubo un gran momento, ni una revelación, ni música dramática, solo un pensamiento completamente inoportuno cruzándole la cabeza: “Creo que me gusta este cabrón.”

Y en cuanto lo pensó, intentó convencerse de que era una tontería, que estaba confundiendo cercanía con otra cosa, pero el pensamiento volvió, insistente, como una espina que no lograba sacarse.

Desde entonces, su único objetivo había sido que Brian jamás se enterara.

No era tan difícil: llevaban meses compartiendo entrenamientos, viajes, concentraciones y comidas, y siempre habían sido cercanos. Brian era de esas personas que saludaban con abrazos, que te revolvían el cabello al pasar o que, sin pedir permiso, terminaban recargados en tu hombro mientras esperaban al resto del equipo, con cualquiera.

Y precisamente ese era el problema, porque Brian no hacía ninguna de esas cosas con una segunda intención; Armando sí las sentía todas.

Eso lo desesperaba más de lo que quería admitir, porque una parte de él quería apartarse, poner distancia, dejar de reaccionar a cada roce como si le quemara la piel, pero otra, mucho más traicionera, se quedaba quieta, esperando el siguiente gesto.

Así que decidió hacer lo único que le pareció sensato: seguir siendo su amigo, nada más.

Le salía bastante bien, hasta aquel viaje.

El partido amistoso de la Selección había terminado cerca de las diez de la noche y, después de casi una hora entre entrevistas, utilería y el traslado al hotel, lo único que quería era darse un baño y dormir ocho horas seguidas antes de regresar a Guadalajara.

Lástima que el universo parecía estar conspirando en su contra.

El lobby del hotel estaba sorprendentemente lleno para ser casi medianoche. Entre huéspedes haciendo fila, maletas atravesadas en medio del pasillo y un par de empleados hablando por teléfono con evidente cara de estrés, el equipo comenzó a acomodarse frente a la recepción mientras el auxiliar encargado de la logística revisaba una carpeta por cuarta vez.

—¿Qué pasó? —preguntó Romo, dejando caer la mochila al piso.

El auxiliar levantó la vista con una sonrisa que no convencía a nadie.

—Hubo un problema con la reservación.

Varios soltaron un quejido casi al mismo tiempo.

—No me digas que nos dejaron sin habitaciones —murmuró Piojo.

—No, no. Habitaciones sí hay… el problema es que no son las que estaban confirmadas.

Hubo un silencio breve.

—El hotel donde nos íbamos a quedar tuvo un inconveniente de último momento y nos movieron para acá. Alcanzamos lugar para todos, pero la distribución cambió un poco.

—¿Qué tan “un poco”? —preguntó Mateo, cruzándose de brazos.

El auxiliar hojeó las hojas una vez más antes de empezar a leer.

—Romo con Piojo.

—Ya valió madre —protestó Romo entre las risas del resto.

Las llaves fueron pasando de mano en mano entre bromas y reclamos hasta que el auxiliar volvió a detenerse.

Frunció ligeramente el ceño.

Miró la hoja.

Luego levantó la vista hacia Brian y Armando.

—Gutiérrez… González.

Los dos dieron un paso al frente al mismo tiempo.

—Ustedes comparten habitación.

Brian tomó la tarjeta sin darle demasiada importancia.

—Va.

El auxiliar no la soltó de inmediato.

—Hay otro detalle…

Armando tuvo un mal presentimiento instalarse en el estómago.

—¿Cuál?

El hombre carraspeó con evidente incomodidad.

—Es la única habitación que queda disponible.

Hizo una pausa.

—Y… solo tiene una cama matrimonial.

Silencio.

Piojo fue el primero en romperlo.

—¡Nombre! ¡Qué romántico!

Las carcajadas estallaron en el lobby.

Mateo se dobló de la risa antes siquiera de poder hablar.

—Ni mandado a hacer.

Brian soltó una risa incrédula y negó con la cabeza.

—No manchen.

En cambio, Armando sintió que el alma acababa de abandonarle el cuerpo.

Las burlas los acompañaron hasta el elevador. Piojo todavía alcanzó a gritarles un “¡No hagan nada que yo haría!”, provocando otra ronda de carcajadas antes de que las puertas se cerraran.

Por fin, silencio.

Brian acomodó la mochila sobre un hombro mientras observaba distraídamente cómo los números del elevador iban cambiando. Armando, en cambio, llevaba la vista fija en el piso.

Había compartido habitación con compañeros de equipo desde fuerzas básicas: concentraciones, torneos juveniles, pretemporadas… no era algo nuevo.

Lo diferente era Brian.

“Compórtate como una persona normal.” Pensó.

Eso era todo lo que tenía que hacer: entrar, dormir, levantarse al día siguiente. Fin de la historia.

No era tan difícil… ¿verdad?

Sintió cómo el pulso se le aceleraba sin razón aparente, como si su propio cuerpo se empeñara en traicionarlo cada vez que Brian estaba cerca. Y lo peor era que, por más que intentaba ignorarlo, había una parte de él que no quería que esa sensación desapareciera.

Las puertas del elevador se abrieron con un sonido suave.

Caminaron por el pasillo en silencio hasta encontrar la habitación 317. Brian pasó la tarjeta por el lector; la luz cambió a verde y empujó la puerta. Los dos entraron casi al mismo tiempo.

La habitación era amplia, impecable y perfectamente funcional. Tenía un escritorio, un sillón junto a la ventana, un televisor enorme…

Y, justo en el centro, una cama matrimonial.

No había sofá cama. No había cama plegable. No había absolutamente nada que pudiera salvar la situación.

Brian dejó caer la mochila junto al clóset y observó la habitación un par de segundos.

—Pues al menos está amplio.

Armando soltó una risa incrédula.

Brian se giró hacia él con toda la tranquilidad del mundo.

—Bueno… ¿de qué lado duermes?

Su cerebro decidió que aquella era, sin duda, la pregunta más difícil que le habían hecho en toda la semana.

Brian esperó unos segundos.

Armando carraspeó y señaló al azar.

—Del… de la izquierda.

—Va.

Brian sonrió con naturalidad, tomó una almohada y la dejó de ese lado de la cama.

—Entonces yo me quedo de este.

Problema resuelto. Al menos para él.

Armando lo observó acomodar sus cosas con tranquilidad. Y no pudo evitar pensar que esa era, precisamente, una de las razones por las que le gustaba tanto.

Brian tenía una forma desesperantemente sencilla de vivir las cosas.

Él, en cambio, llevaba cinco minutos intentando descubrir cómo iba a sobrevivir una noche entera durmiendo a menos de treinta centímetros de la persona que le gustaba. Y cada vez que Brian se movía, su atención se iba detrás de él sin permiso, como si no pudiera evitarlo.

Y apenas acababan de llegar.

Brian terminó de sacar un par de cosas de la mochila y las dejó sobre el escritorio con movimientos tranquilos, como si aquella fuera una habitación cualquiera.

—Voy a bañarme antes de que se haga más tarde—dijo mientras buscaba entre su ropa.

Armando levantó la vista apenas un segundo.

—Sí… dale.

Brian sacó ropa limpia y un neceser negro.

—No tardo.

—Ajá.

Cerró la puerta del baño detrás de él. El clic del seguro resonó más de lo normal, y de pronto el cuarto quedó envuelto en un silencio que a Armando le pareció ridículamente fuerte.

Soltó el aire de golpe. Negó con la cabeza y se levantó, incapaz de quedarse quieto.

Abrió la maleta. La volvió a cerrar. Tomó el control de la tele y lo dejó otra vez sobre el buró.

Se acercó a la ventana, corrió apenas un centímetro la cortina y volvió a cerrarla, como si ese mínimo gesto pudiera cambiar algo.

Nunca en su vida una habitación de hotel le había parecido tan pequeña.

Entonces escuchó el agua caer del otro lado de la pared.

Cerró los ojos con fuerza.

“Concéntrate en otra cosa.”

Intentó hacerlo.

Pensó en el entrenamiento del día siguiente, en el vuelo de regreso, en el partido, en cualquier cosa que no fuera él.

No funcionó.

Porque su cabeza decidió recordarle, con una claridad casi cruel, que Brian estaba a unos metros de distancia… desnudo, bajo el agua caliente, con el cabello pegado a la frente y las gotas recorriéndole el cuello.

Armando tragó saliva.

—No… no empieces…

Pero ya era tarde.

La imaginación hizo lo suyo: la forma en que el agua debía deslizarse por su espalda, cómo se marcarían sus hombros, la línea de su cintura, el vapor empañando el espejo mientras él se movía con total normalidad, ajeno a todo.

Se dio un golpecito en la frente.

Intentó pensar en otra cosa otra vez.

Falló.

Ahora no solo lo imaginaba, sino que su mente se detenía en detalles que no debería notar: la forma en que Brian se quitaba la playera, cómo se estiraba después de entrenar, el calor que siempre parecía quedarse en su piel…

La puerta del baño se abrió antes de que pudiera seguir.

Armando levantó la vista por puro reflejo.

Brian salió secándose el cabello con una toalla. Todavía tenía algunas gotas de agua deslizándose por el cuello, y llevaba una playera gris, un short deportivo y esa expresión relajada de quien estaba listo para dormir después de un día larguísimo.

—Toda tuya.

Armando tardó un segundo de más en responder.

Porque ahora no era imaginación.

Era real.

Las gotas bajando por su piel, la tela húmeda pegándose ligeramente a su cuerpo.

—…Gracias.

Brian arqueó una ceja.

—¿Seguro que estás bien?

Armando forzó una sonrisa.

—Sí.

Brian lo observó unos segundos, claramente sin comprarle la respuesta, como si estuviera evaluando si insistir o dejarlo pasar.

Al final solo se encogió de hombros.

—Bueno… no te tardes mucho, porque ya es tarde.

—Sí.

Armando tomó su ropa y se refugió en el baño.

En cuanto cerró la puerta detrás de él, apoyó la frente contra la madera.

—Estoy jodidísimo.

Cuando Armando salió del baño, el vapor aún escapaba detrás de él. Se había puesto una playera negra holgada y un short; el cabello seguía húmedo, pero ya no le importaba.

Brian estaba recargado contra la cabecera de la cama, con las piernas estiradas y el celular en las manos, absorto en la pantalla y sonriendo de vez en cuando, sin siquiera levantar la vista al oír la puerta.

—Ya acabé —dijo Armando, guardando la ropa sucia en la mochila.

—Ajá.

La respuesta automática lo hizo sonreír; ni siquiera le había prestado atención. Mejor así.

Sacó el iPad y se acomodó en el lado izquierdo de la cama, dejando la mayor distancia posible. Se puso los audífonos, abrió su anime y dejó que el capítulo comenzara.

Su distracción funcionó solo unos minutos.

Hasta que sintió un leve golpecito en el brazo. Levantó la vista y vio a Brian inclinarse hacia él, curioso, moviendo los labios. Armando no entendió nada, así que se quitó un audífono.

—¿Qué?

—Te estoy hablando desde hace rato.

—¿Qué cosa?

Brian señaló la pantalla.

—¿Qué estás viendo?

—Un anime.

—Ya vi —rodó los ojos con una sonrisa—. ¿Cuál?

Armando le dijo el nombre y Brian dejó el celular en el buró.

—A ver.

Sin pedir permiso, se acercó lo suficiente para ver la pantalla. Todos los esfuerzos de Armando por mantener distancia se desmoronaron en segundos cuando Brian apoyó un codo en la almohada.

—Ponlo desde donde ibas.

—¿Lo quieres ver?

—Sí, me dio curiosidad.

Armando dudó un instante, pero luego sacó un audífono y se lo ofreció. Brian lo tomó con naturalidad.

—Gracias.

Le puso play y ambos veían el mismo capítulo, hombro con hombro, en una cama demasiado pequeña para la paz mental de Armando. Y lo peor era que Brian parecía completamente ajeno al desastre emocional que acababa de provocar.

Brian resultó ser el peor compañero posible para ver un capítulo porque no dejaba de hacer preguntas.

—Espera… ¿ese quién es?

—¿Por qué hizo eso?

—¿Ese es bueno o es malo?

Al principio, Armando respondió con paciencia. Luego empezó a contestar con monosílabos.

Y, cuando el capítulo iba por la mitad, ya había aceptado que su amigo simplemente era incapaz de quedarse callado.

Aun así, terminó respondiendo cada una de sus preguntas.

Con el paso de los minutos, las interrupciones se volvieron menos frecuentes. Finalmente, Brian se enganchó a la historia y Armando, sin darse cuenta, dejó de fijarse en la distancia que los separaba.

Por un rato, el problema de compartir una cama desapareció.

Solo eran ellos dos viendo un anime después de un partido, comentando alguna escena de vez en cuando y riéndose de las teorías completamente equivocadas de Brian.

Cuando apareció el avance del siguiente capítulo, él levantó la vista hacia Armando.

—Está bueno.

Armando sonrió de lado.

—Te dije.

Brian estiró los brazos por encima de la cabeza y soltó un bostezo tan exagerado que terminó contagiándoselo.

—Creo que ya me dio sueño.

—A mí también.

Armando pausó la reproducción, guardó el iPad en su funda y dejó ambos audífonos sobre el buró.

—Buenas noches, Hormiga.

—Buenas noches.

Brian estiró un brazo y apagó la lámpara del buró, dejando la habitación a oscuras.

Durante unos segundos, ninguno habló. Armando permaneció boca arriba, con las manos cruzadas sobre el abdomen, mirando fijamente el techo.

“Solo duerme.”

Giró apenas la cabeza. Brian ya estaba acomodándose del otro lado de la cama, dándole la espalda.

Perfecto. Así era mucho más fácil.

Cerró los ojos, pero los volvió a abrir casi de inmediato. No tenía sueño. O, mejor dicho, sí tenía sueño; lo que no tenía era la capacidad de ignorar que Brian estaba durmiendo a menos de medio metro de él.

Soltó el aire despacio, intentando que su respiración no sonara tan evidente en el silencio. Intentó contar respiraciones, pensó en el entrenamiento del día siguiente, en el vuelo, en cualquier cosa. Nada funcionó.

Del otro lado de la cama, Brian se movió por primera vez. Armando apenas alcanzó a verlo cambiar de posición antes de volver a quedarse quieto.

Cinco minutos después… otra vez.

Primero un brazo, luego una pierna, después un suspiro largo.

Armando abrió un ojo.

”¿Siempre duerme así?”

Parecía incapaz de quedarse en la misma posición más de unos minutos; cada tanto se acomodaba de nuevo, arrugando las sábanas en el proceso, hasta que Armando perdió la cuenta de cuántas veces lo había hecho.

Soltó una risa silenciosa.

—Inquieto… —murmuró apenas, para sí mismo.

No esperaba respuesta. Brian seguía completamente dormido.

Finalmente, el cansancio empezó a ganarle. Los párpados le pesaban y su respiración se volvió más lenta, más profunda, como si su cuerpo intentara arrastrarlo al sueño a la fuerza.

Estaba a punto de quedarse dormido cuando sintió un ligero tirón en la cobija.

Frunció el ceño.

Después… sintió el calor de un peso suave apoyándose contra su costado.

Abrió los ojos lentamente.

Brian seguía dormido, pero con una naturalidad absoluta se había acercado durante la noche hasta quedar prácticamente pegado a él. Tenía un brazo rodeándole la cintura, la frente escondida a la altura de su hombro y una de las piernas enredada entre las suyas, como si hubiera encontrado la posición más cómoda del mundo.

Armando dejó de respirar durante un segundo. Luego el aire volvió de golpe, irregular, demasiado rápido, como si no supiera cómo acomodarse dentro de su propio pecho.

El corazón empezó a golpearle con fuerza, cada latido más intenso que el anterior, retumbándole en los oídos y subiéndole por la garganta.

“Brian…”

No hubo respuesta. Solo una respiración tranquila y constante contra su cuello, cálida, acompasada, completamente ajena al caos que acababa de desatar en él.

Armando tragó saliva. Sintió el calor del cuerpo de Brian filtrarse a través de la tela, el peso firme pero relajado, la presión exacta que hacía imposible ignorarlo.

Su propio cuerpo se tensó por reflejo.

Lo lógico era apartarlo. Lo correcto era apartarlo. Lo más sensato… era apartarlo.

Pero sus manos no se movieron. Sus dedos apenas se crisparon sobre la sábana, como si dudaran entre empujarlo o aferrarse.

Muy despacio, con un cuidado casi absurdo, relajó los hombros, obligándose a soltar la rigidez, a no reaccionar, a no romper ese equilibrio frágil. Sintió cómo el latido empezaba a bajar, aunque seguía presente, pesado, insistente.

Después cerró los ojos.

Se prometió que, en cuanto Brian volviera a moverse, recuperaría su espacio.

El problema fue que, por primera vez en toda la noche, Brian dejó de moverse.

Y, por primera vez desde que llegaron al hotel, Armando consiguió quedarse dormido.

 

Brian fue el primero en despertar.

No supo exactamente qué lo había sacado del sueño. Tal vez la claridad que empezaba a colarse entre las cortinas. Tal vez la costumbre de levantarse temprano después de años de concentraciones.

O tal vez…

El peso tibio que descansaba entre sus brazos, el calor constante que se filtraba a través de la tela de la camiseta y la respiración lenta que se expandía contra su pecho.

Parpadeó un par de veces antes de entender la escena frente a él.

Armando seguía completamente dormido.

En algún momento de la noche había terminado prácticamente pegado a él. Conservaba un brazo alrededor de su cintura, la cabeza escondida contra su pecho y una de sus piernas enredada con las de Brian, como si aquel hubiera sido siempre el lugar más cómodo para dormir. Su aliento cálido rozaba su piel a través de la tela, subiendo y bajando con un ritmo tranquilo que Brian empezó a notar casi sin querer.

Brian no pudo evitar sonreír.

Era raro, pero no incómodo. Todo lo contrario.

Bajó la vista hacia el rostro de Armando. Dormía profundamente, con el ceño relajado y algunos mechones de cabello cayéndole sobre la frente.

Nunca lo había visto dormir.

Y, por alguna razón, le pareció una de las imágenes más bonitas que había visto en mucho tiempo.

Con cuidado, apartó aquel mechón de su frente, sintiendo la suavidad del cabello deslizarse entre sus dedos.

Armando frunció un poco la nariz y abrió los ojos lentamente.

Durante un par de segundos no hizo nada.

Solo lo miró, todavía adormilado.

Brian tampoco dijo nada.

Simplemente le sostuvo la mirada con una sonrisa pequeña.

—Buenos días… —murmuró.

Armando parpadeó otra vez.

—¿Qué hora es?

Brian buscó el celular sobre el buró sin soltarlo del todo, notando cómo el cuerpo de Armando se acomodaba instintivamente contra él.

—Las siete.

Armando hizo una mueca.

—Cinco minutos más…

Y, para sorpresa de Brian, en lugar de apartarse, volvió a acomodarse.

Escondió otra vez la cara contra su pecho, su respiración cálida filtrándose a través de la tela, y soltó un suspiro largo que le erizó ligeramente la piel.

Brian dejó escapar una risa baja.

—¿Piensas levantarte para el desayuno?

Armando negó apenas con la cabeza.

—No quiero.

—Nos van a regañar.

—Que nos regañen…

Brian soltó una carcajada suave.

—Qué flojo eres.

No obtuvo respuesta.

Solo sintió cómo Armando se acercaba un poco más, abrazándolo casi por reflejo, sus dedos apretándose suavemente contra su costado.

Y, por un instante, Brian deseó que el tiempo dejara de avanzar.

Después de unos segundos, Armando terminó de despertar.

Abrió los ojos otra vez.

Esta vez sí fue plenamente consciente de la posición en la que estaban.

Se quedó completamente inmóvil.

Brian seguía abrazándolo.

Él seguía abrazando a Brian.

Ninguno hizo el menor intento por soltarse.

—Creo que… —murmuró Armando, con una sonrisa avergonzada— te agarré de almohada.

Brian bajó la vista hacia el brazo que rodeaba su cintura, sintiendo la presión firme pero cómoda.

Luego levantó una ceja.

—¿Tú?

Armando siguió la dirección de su mirada, al brazo Brian que seguía rodeándolo con la misma firmeza, manteniéndolo cerca.

Los dos soltaron una risa al mismo tiempo.

—Bueno… —dijo Brian—. Creo que fue mutuo.

Armando negó con la cabeza entre risas.

—Qué oso…

—¿Por?

—Porque seguro te incomodé toda la noche.

Brian lo observó unos segundos. Después negó despacio.

—La verdad… —Hizo una pausa. —Dormí bastante bien.

Las palabras cayeron entre los dos con una naturalidad desarmante.

—Yo también… —admitió Armando en voz baja.

El silencio volvió, cálido.

Brian levantó lentamente una mano y acarició su mejilla, dejando que sus dedos rozaran apenas su piel.

El gesto fue suave.

Armando no se movió. Al contrario, inclinó apenas el rostro hacia aquella caricia, buscando el contacto.

Brian sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Hola… —susurró al ser consciente de su cercanía.

Armando soltó una risa bajita al sentir su aliento rozándole los labios.

—Hola...

Brian dudó un segundo.

No supieron quién de los dos terminó cerrando la distancia.

Simplemente pasó.

Sus labios se encontraron con una lentitud casi desesperante, el primer roce cálido y suave, acompañado por el leve choque de sus respiraciones.

Fue un beso suave al principio, apenas un roce que se sostuvo un segundo más de lo necesario, sus labios explorándose con cautela.

Brian inclinó un poco más el rostro, intentando profundizar el contacto, sintiendo el calor del aliento de Armando mezclarse con el suyo.

Y fue ahí cuando Armando cambió el ritmo.

Sin previo aviso, deslizó su mano hasta la nuca de Brian y lo sostuvo con firmeza, inclinando ligeramente su cabeza para tomar el control del beso. Lo profundizó con seguridad, marcando el ritmo, presionando sus labios con más decisión, guiándolo sin darle mucho espacio para pensar.

Brian soltó un pequeño suspiro contra su boca, completamente sacado de onda por la intensidad repentina. Pero no se apartó.

Al contrario, terminó cediendo, dejándose llevar por la forma en que Armando lo sostenía, por la seguridad inesperada en sus movimientos.

Sus manos, que antes dudaban, terminaron aferrándose a su camiseta, respondiendo al beso con la misma intensidad que estaba recibiendo.

Entonces, una vibración rompió el silencio de la habitación.

Bzzzt.

El celular de Brian tembló sobre el buró.

Ambos se sobresaltaron y el contacto se rompió de golpe.

Permanecieron inmóviles, todavía demasiado cerca, respirando más rápido de lo normal.

Brian giró la cabeza por puro reflejo hacia la pantalla iluminada.

Un mensaje en el grupo del equipo.

Tomó el teléfono, apagó la pantalla sin siquiera abrir la conversación y lo dejó nuevamente boca abajo.

Cuando volvió a levantar la vista, Armando ya no lo estaba mirando.

Tenía la cabeza ligeramente agachada, como si aquel segundo de interrupción hubiera bastado para que toda la realidad le cayera encima de golpe.

Apoyó una mano sobre el colchón, dispuesto a levantarse.

No llegó muy lejos porque Brian le sujetó la muñeca para detenerlo.

Armando volvió a mirarlo.

Había una pregunta en los ojos de Brian.

Una que ninguno de los dos parecía saber cómo formular.

—¿Lo sentiste…? —preguntó en voz baja.

Armando sintió que el corazón volvía a desordenársele dentro del pecho.

Y solo atinó a asentir porque no lograba formular ni una palabra.

El segundo beso llegó con la certeza que al primero le había faltado.

No tenía la timidez del anterior.

Pero también el vértigo de saber exactamente la línea que estaban cruzando.

“Si sigo, ya no hay vuelta atrás.” pensó Brian, sintiendo cómo algo en su pecho se tensaba entre el deseo y el miedo.

Armando, por su parte, sintió el peso de cada consecuencia caerle encima incluso mientras se inclinaba más hacia él. “Esto puede arruinarlo todo.”

 

Las manos encontraron su lugar casi por instinto; Brian rodeó su cintura, acercándolo hasta borrar el espacio entre ambos, mientras Armando deslizaba una mano hasta su nuca, sosteniéndolo con una seguridad que ya no nacía del impulso, sino de semanas enteras intentando convencerse de que aquello nunca iba a pasar.

Y, aun así, estaba pasando.

Los dos habían tenido la oportunidad perfecta para detenerse y ninguno quiso hacerlo.

Brian terminó inclinándose un poco más sobre él. Recorrió su espalda baja, encima de la tela de la playera antes de detenerse ahí, firme, como si necesitara comprobar que Armando seguía tan cerca como sentía.

Armando soltó un suspiro contra sus labios.

Sin darse cuenta, terminó sujetándolo con las dos manos, una perdida entre el cabello todavía revuelto por el sueño y la otra aferrada a su espalda.

No quería que se alejara.

No todavía.

Brian tampoco parecía tener la menor intención de hacerlo.

Cada vez que el beso parecía terminar, alguno volvía a buscar al otro apenas unos centímetros más adelante, como si separarse fuera más difícil de lo que habían imaginado.

Hasta que el aire los obligó a detenerse.

No se apartaron; se quedaron ahí, con la respiración agitada.

—Hormiga…

La voz de Brian fue apenas un susurro.

Armando levantó la mirada.

Nunca lo había visto así: sin su sonrisa despreocupada, solo una expresión vulnerable, como si también intentara entender en qué momento aquello dejó de ser una coincidencia.

Brian tragó saliva.

—¿Desde cuándo?

Armando frunció el ceño.

—¿Desde cuándo qué?

—Desde cuándo me ves así.

La pregunta cayó entre los dos con una honestidad desarmante.

Armando soltó una risa nerviosa y desvió la vista hacia las cobijas.

—No sé…

Se pasó una mano por la nuca.

—Hace unas semanas lo admití. —Volvió a mirarlo. —Y traté de ignorarlo pero evidentemente no lo logré.

Brian guardó silencio.

Silencio.

—Pensé que dormir abrazados me había confundido. —Confesó Brian.

Le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

—Pero cuando casi te levantas…

Respiró hondo.

—Lo único que pensé fue que no quería que te fueras.

Armando sintió un nudo en la garganta; el corazón le latía con fuerza, pero no quería moverse, como si cualquier gesto pudiera romper el momento.

Brian levantó la vista.

—Y creo que nadie piensa eso de alguien que solo le cae bien.

Las palabras quedaron suspendidas.

Armando sintió que el pecho se le aflojaba por primera vez en dieciocho días; una calidez le recorrió el cuerpo, mezclada con el vértigo de saber que ya no había vuelta atrás.

—Entonces… —murmuró.

Brian sonrió, nervioso y aliviado.

—Entonces creo que me gustas. Mucho.

Armando no respondió de inmediato; en lugar de eso, entrelazó sus dedos con los de Brian y apoyó la frente contra la suya, dejando que el silencio dijera lo que aún no sabía poner en palabras.

Armando no respondió de inmediato.

En lugar de eso, entrelazó sus dedos con los de Brian y apoyó la frente contra la suya, dejando que el silencio hiciera por un momento el trabajo de las palabras.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Honesta.

—Yo pensé que iba a tener que guardarme esto para siempre.

—Qué bueno que no tendrás que hacerlo.

Se quedaron así unos segundos más, disfrutando de una tranquilidad que ninguno de los dos sabía que estaba buscando.

Hasta que Brian miró de reojo el celular sobre el buró.

—Si no nos levantamos ahorita…

Armando dejó escapar una risa sabiendo a qué se refería.

Brian hizo el intento de incorporarse.

No llegó muy lejos.

Armando volvió a tomarlo de la mano.

—Cinco minutos más.

Brian lo miró y sonrió con una ternura que ya no intentó esconder.

—Cinco minutos más.

Y, por primera vez desde que aquella habitación con una sola cama había dejado de parecer un problema, ninguno de los dos deseó que hubiera una segunda.

Notes:

Y gracias por el apoyo que me dan al leerme porque hace mucho que no publicaba nada en internet ni me metía de lleno a shippear, pero ha sido inevitable…

En fin, creo que ya es mi último os antes de actualizar En Un Solo Día.