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Nuestras tardes en el patio

Summary:

El pequeño Jiseok tocó la puerta de Hyeongjun un día cualquiera, con las rodillas sucias y ganas de jugar. No sabía que, desde ahí, nunca dejarían de estar juntos. Años después, aún es la persona que mejor lo conoce, en quien más confía, a quien más quiere. Pero ese espacio especial en el corazón de Hyeongjun pareciera ya no tener lugar para él.

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Hyeongjun, a lo largo de su vida, ha aprendido que el amor no es algo que le falte. Sin embargo, ahora que hay un chico nuevo ocupando su mente y sus tardes. Ahora tiene un sentimiento que no conoce, un nuevo amor que no está seguro como nombrar, y una amistad que se le complica cada vez más.

Chapter Text

Hyeongjun siempre ha sido un buen hijo, un buen niño, un buen amigo. Desde pequeño, incluso si se le hacía más complicado hacer amigos por su naturaleza introvertida y reservada, nunca se había sentido solo en realidad. 

 

Su casa era un lugar bonito y acogedor. Sus papás se habían asegurado de que su adopción nunca fuera motivo de burla o algo que esconder. Desde que entró a esa casa, siendo un bebé tan pequeño que la manta en la que estaba envuelto parecía tragárselo, había sido amado incondicionalmente por Gunil y Jungsu.

 

Gunil se aseguraba de que tuviera todo lo necesario, de animarlo con sus chistes, y de siempre guiarlo y brindar su ayuda donde sea que se necesitara. Le leyó todos los cuentos que pedía y le enseñó a amarrarse la corbata para el colegio. Jungsu se dedicaba a ser secretario en una empresa. Siempre estaba atento a las necesidades de Hyeongjun; se encargó de ponerlo a dormir, contarle cuentos y darle todos los abrazos y cariño que podía. Le enseñó a escribir y le demostró que el amor de sus padres siempre estaba asegurado.

 

Protegido por el cariño de Jungsu y el apoyo de Gunil, Hyeongjun se convirtió en un niño tranquilo, empático y observador, sin disculparse de su propia timidez o silencio. Aunque, incluso si era tímido, no creció solo, al contrario. 

 

Un día al azar, un sábado a las 3 de la tarde, Gunil estaba lavando los platos luego de almorzar. Alguien estaba tocando la puerta, y se asustó un poco, con la rapidez de los golpes. Se secó las manos y se dirigió a la entrada, y al abrir, no vio nada. No hasta que bajó la vista. Había un niño pequeño, de alrededor de 4 años, como Hyeongjun. Su cabello marrón estaba despeinado, tenía las mejillas rojas por el sol, las rodillas sucias con tierra, y miraba arriba a Gunil con unos ojos gigantes y redondos. La sonrisa amplia que llevaba se desvaneció por un segundo, intimidado por el adulto. 

 

“Oiga señor…” Dijo, su voz aguda e infantil. “Disculpe. Vive algún niño acá? Es que quiero jugar con alguien pero en el resto del vecindario, cuando fui a tocar la puerta, sólo viven abuelitos.” 

 

Gunil estuvo enternecido al instante. Se agachó un poco para mirar mejor al niño, y sonrió suavemente. “Aww, sí claro. Déjame lo buscó.” Respondió, dejando la puerta entreabierta y yendo a buscar a Hyeongjun, que estaba en la sala armando un rompecabezas, pero se asomaba desde la pared para escucharlos. Al ver a su papá asintiendo con la cabeza cuidadosamente, se armó de valor, le tomó la mano, y caminó con él hasta la puerta. 

 

“Hola!” Dijo el niño, acercándose a Hyeongjun quien se medio escondió detrás de una de las piernas de Gunil. “Quieres salir a jugar? ¡Tengo una pelota, mira!” Se agachó y tomó el balón que había dejado en el piso a su lado. 

 

Hyeongjun miró primero el rostro entusiasmado del niño despeinado y luego levantó la vista hacia Gunil, buscando su aprobación. Su papá le dedicó una sonrisa cálida, dándole la confianza que necesitaba. 

 

“Dile como te llamas.” Susurró Gunil. 

 

Luego de unos largos segundos de silencio, Hyeongjun miró al niño de nuevo. “...Me llamo Hyeongjun.” 

 

“Hola Hyeongjun! Me llamo Jiseok. Quieres salir?” 

 

El niño miró a su papá. “Puedo salir a jugar por favor?” 

 

“Claro, anda Hyeongjunnie.” Sonrió. 

 

No parecía estar del todo convencido, pero soltó la mano de Gunil y se dirigió al niño de nuevo. 

 

“...Bueno.”

 

Esas tímidas palabras hicieron que su primera tarde corriendo tras la pelota se convirtiera en semanas, luego meses, y sin darse cuenta, tuvieron una infancia y ahora una adolescencia juntos. 

 

Durante los primeros años, su vecindario se convirtió en su sala de juegos. Jiseok siempre llegaba con toda su energía después de la primaria a tocar la puerta de Hyeongjun, que lo esperaba en la entrada con los zapatos bien amarrados y el bloqueador solar puesto por Jungsu. Jugaron a las escondidas en los arbustos y los árboles, hicieron carreras y aprendieron a andar en bicicleta juntos, dejando que Gunil les tomara fotos mientras corrían o que la madre de Jiseok les diera curitas de colores cuando se caían de la bici.

 

Hicieron amigos en la escuela, pero simplemente no se comparaban. Si Hyeongjun lloraba porque se rasmilló la rodilla, Jiseok lloraba porque Hyeongjun estaba herido. Si Jiseok lloraba porque perdió una carrera, Hyeongjun decía que hicieran una revancha, y lo dejaba ganar —y también lloraba—  

 

Cuando ya crecieron y eran “muy grandes para jugar a la pelota” —incluso si apenas eran unos pubertos de 12 años— las tardes las pasaban en la casa de uno o del otro, viendo animé, usando los vinilos de Gunil sin permiso, o intercambiando cartas pokemon. Se ayudaron en los exámenes de secundaria incluso si iban a escuelas diferentes, estudiando juntos. Jiseok amaba hablarle a Hyeongjun, y Hyeongjun amaba escuchar a Jiseok. 

 

Luego, cuando crecieron aún más y sus voces se volvieron más gruesas, nada cambió. Excepto que ahora simplemente saltaban la cerca del patio del otro o se mandaban un mensaje. ‘estás ocupado?’ ‘no, dame un segundo :]’

 

Su amistad sobrevivió sus rutinas diferentes, sus personalidades distintas, y el hecho de que cada uno tiene su propio grupo de amigos en la escuela. Jiseok conoció a Jooyeon y otros compañeros más como Kai o Beomgyu, Y Hyeongjun por su parte se hizo amigo de Haru y Hyun. El espacio que compartían ellos dos era único y de suma confianza, irremplazable.

 

Por lo tanto, fue sumamente extraño cuando Jiseok le escribió a Hyeongjun uno de estos días.

 

>’junnieee estás ocupado?’

 

’perdón jiseokkie :( me voy a quedar hasta tarde en la escuela hoy.’ <

 

>’aah no pasa nada ntp, tienes extraprogramáticas ahora? no me dijiste jaksj’

enviado hace 2h

 

 

Para Gunil y Jungsu, la actitud de su hijo se había vuelto un misterio en su casa. Hyeongjun siempre había sido un libro abierto incluso en su introversión, siempre amable y cooperador. Sin embargo, ahora se encerraba en su habitación por razones que ellos no conocían, y la simple incertidumbre los estaba volviendo locos. Jungsu notaba los pequeños cambios en su rutina diaria y, aunque respetaban el espacio personal de Hyeongjun desde el día uno, intercambiaba miradas de preocupación con Gunil en la cocina. Sus respuestas a preguntas simples eran cada vez más cortas. ‘¿Qué hiciste en la escuela, cielo?’ ‘Cómo lo pasaste?’ ‘No mucho.’ ‘Bien, gracias.’

 

Su intuición de padres les decía que algo ocurría, pero la naturaleza reservada del adolescente y el desconocimiento de por qué llegaba tarde de la escuela los hacía sentir extraños, preguntándose por qué Hyeongjun no se animaba a decirles. 

 

Esa tarde, ya eran las 7pm. En la casa de la familia, acostumbraban a cenar a las 7:30pm. Hyeongjun dijo que llegaría a esa hora a más tardar, pero cada vez estaba más cerca y no había pista de su llegada. Jungsu mantenía la mirada fija en el reloj, jugando con sus dedos, lleno de ansiedad. Gunil se sentó a su lado en la cocina, poniendo una mano en su hombro.

 

“Crees que va a llegar pronto?” Murmuró el más alto, mirando al otro. Sus ojos rasgados brillaban de preocupación. 

 

Gunil suspiró. “No lo sé… Odio no saber dónde está.” Murmuró, apoyando la cabeza en el hombro de Jungsu. “Pero no es sólo eso, ha estado actuando diferente.” 

 

“Demasiado. Miro las fotos de antes y el tiempo realmente pasa muy rápido. Ha crecido tanto…” Bajó la mirada. “Pero siento que se nos está escapando de las manos. Siempre le hemos hecho saber que siempre lo vamos a amar, que siempre lo vamos a apoyar y escuchar… Me preocupa por qué nos esconde las cosas.”

 

“Y qué esconde.” Respondió Gunil. “Ayer cuando fui a dejarlo a la escuela traté de bromear con él pero no dejaba de mirar el teléfono.” Exhaló. “No lo sé, amor. Me preocupa que esté metido en problemas en la escuela y piense que debe cargar con ello por su cuenta.” 

 

Con cada palabra, Jungsu sentía el nudo de su garganta enredarse más. “A mí también me asusta. Es tan tímido que me da miedo que lo esten molestando y que no esté haciendo nada para defenderse. O que haya discutido con sus dos amigos del colegio.” 

 

El silencio regresó a la cocina, volviéndose pesado mientras los minutos continuaban avanzando. El hecho de que estuvieran perdiendo la rutina tranquila a la que estaban acostumbrados dolía, pero era peor el vacío que dejaba la falta de comunicación del niño que siempre había sido honesto con ellos.

 

“Y Jiseok?” Preguntó Gunil de repente. “No lo vino a buscar hoy? Tal vez lo que ocurrió es que discutieron.”

 

Jungsu negó con la cabeza. “No, vino a preguntar por él hace un rato, que si había vuelto. Me dijo que no le contestaba los mensajes. ¿Qué tan grave debe ser para que ni a Jiseok le cuente?” 

 

“Hablemos con Hyeongjun cuando llegue.” Gunil suspiró, entrelazando sus dedos con los de Jungsu para reconfortarlo. Sabían que su hijo se escondía cuando estaba abrumado o frustrado, pero esto ya no era timidez, se estaba aislando voluntariamente, y con ello, quebrando la dinámica que los dos padres pensaron que conocían mejor que nada. 

 

Mientras tanto, a unos metros de distancia y bajo la tenue luz que brindaban los postes de la calle, lo que vivía Hyeongjun no era nada parecido a molestias en la escuela o problemas con Haru y Hyun. La razón por la que llegaba tarde tenía nombre y se sentaba a su lado en clase de historia desde hace 4 meses. 

 

Seungmin caminaba lentamente junto a él, con las manos hundidas en lo más profundo de sus bolsillos y la vista fija en sus zapatos. Hyeongjun miraba al frente, sintiendo que su corazón daba mil vueltas y que le dolía el pecho. 

 

Lo que sentía por Seungmin lo hacía sentir extrañamente vivo. Era lindo sentir cómo el nerviosismo se mezclaba con el entusiasmo, y cómo se le teñían las mejillas de rojo. Se sentía bien corresponder sus sentimientos. 

 

Seungmin es una buena persona, es un buen chico con buenas notas, deportista del colegio, divertido y servicial. Estar con él le daban ganas de compartir sus pensamientos más aleatorios, de reírse de chistes bobos que nadie más entendería y de quedarse despierto hasta tarde solo para ver un mensaje suyo en la pantalla. Él, por su lado, se sintió atraído por el enigma que parecía ser Hyeongjun. Siempre callado, mirando a la ventana en las clases. Se veía tan calmado y lindo. Y luego, al conocerlo, no pudo evitar fijarse en sus risas suaves y sus ojos oscuros. 

 

Sin embargo, incluso si Seungmin es más popular en la escuela, la idea de confesar sus sentimientos lo avergonzaba. Y ni hablar de Hyeongjun, que era incluso peor. Entonces, a pesar de la obvia atracción entre ellos, ninguno dio el último paso que faltaba por ahora. Estaban bien con el espacio que habían construido en esos meses de compartir banco, porque para ambos, las acciones dicen más que las palabras. 

 

Al llegar a la esquina antes de doblar hacia la calle de Hyeongjun, bajo la luz de la calle, ambos detuvieron su paso sin realmente querer hacerlo. 

 

“Se nos hizo un poco tarde.” Murmuró Hyeongjun, mirando a su casa de reojo antes de ver los ojos de Seungmin. “Mis papás me esperan a cenar.” 

 

El otro se giró hacia él, sacando sus manos del bolsillo. Sentía un hormigueo en los dedos, quería entrelazarlos con los de Hyeongjun. Pero no se lo permitió, y sólo acomodó un mechón de su cabello, dejando que sus dedos se quedaran un segundo más de lo necesario antes de avergonzarse y que sus manos vuelvan a su polerón. El contacto hizo que las mejillas de Hyeongjun se pintaran de rosa, mientras desviaba la mirada al suelo un segundo. 

 

“Lo siento, Junjun.” Tienes razón, ya se está oscureciendo.” Dijo él, dedicándole esa mirada brillante y enternecida que era solo para él. “Nos vemos mañana en el colegio. Escríbeme cuando termines de cenar.”

 

Hyeongjun asintió con una sonrisa que intentó aguantar. “Mhm.” Murmuró, mirándolo por un instante más antes de darse la vuelta y caminar a su casa, apreciando los últimos segundos de su burbuja. Pero, al ver a sus padres a la distancia a través de la ventana, no pudo evitar sentirse culpable. 

 

No le gustaba ocultarles cosas, pero menos le gustaría exponerse y dejarse ver tan vulnerable, indeciso en sus propios sentimientos. No encontraba las palabras para decirle a Seungmin, mucho menos las encontraría para decirle a sus padres que ya no era un niño pequeño, o para decirle a Jiseok que ahora compartiría algunas tardes con alguien más. Con el pecho acelerado, introdujo sus llaves en la puerta.

 

La perilla se giró con un click que rompió el remolino de sus pensamientos. Al entrar a su casa, el olor y la calidez de su hogar lo envolvieron de inmediato. Se quitó la mochila y la colgó en el perchero lentamente, intentando ganar tiempo y así recuperar su color de piel normal, en vez del rojo en sus cachetes. 

 

“Ya llegué!” Exclamó entrando a la cocina, esperando sonar lo más normal posible. 

 

Jungsu se levantó de inmediato de su asiento, y Gunil seguidamente. El primero se acercó a abrazarlo para luego tomar sus mejillas. Le llenó de nostalgia sentir que ya no tenía las mejillas tan redondas como cuando era niño. 

 

“Hyeongjunnie, cielo, estábamos muy preocupados.” Dijo él, acariciando sus mejillas y mirando alrededor de su rostro, asegurándose de que no tuviera ninguna herida. “Están pasando cosas en la escuela? Últimamente llegas más tarde.” 

 

“No…No pasó nada malo, papá.” Dijo, tomando sus muñecas y alejándolas de su cara gentilmente. “Es que… Me quedé con Haru y Hyun haciendo un trabajo en grupo y nos distrajimos. No me di cuenta de que ya había pasado tanto tiempo. Perdón.” 

 

Gunil intercambió una mirada preocupada con Jungsu, y exhaló. Conocían a su hijo mejor que a nadie, y había algo en su voz, una pequeña tensión, que no pudieron ignorar. “...Ya, está bien, Hyeongjun. Lo importante es que ya estás aquí y estás bien. Ve a lavarte las manos para que cenemos ¿Sí?”

 

“Sí papá.” Asintió Hyeongjun. 

 

La cena avanzó en un silencio que fue incómodo para los 3. Los chistes de Gunil no hicieron nada para aliviar el ambiente, y las preguntas que hacía Jungsu sobre el día de Hyeongjun eran respondidas con frases cortas de pura cortesía. El adolescente tenía la vista fija en su plato, moviendo la comida de un lado al otro. Se sentía extraño, como si estuviera ahí, pero al mismo tiempo no. 

 

Una vez que terminó de recoger la mesa y guardar la comida quedó en la olla, se despidió en un susurro apresurado y de la misma forma subió las escaleras hasta su habitación. Cerró la puerta detrás de él, arregló sus cosas para el día siguiente, apagó la luz y se sentó al borde de la cama. Justo cuando iba a responder los mensajes preocupados de Jiseok, su papá abrió la puerta cuidadosamente.

 

Gunil traía una taza de leche tibia en las manos, entrando a la habitación con pasos suaves. Se sentó al lado de Hyeongjun, y dejó la taza en la mesita de noche. Permaneció en silencio, observando el perfil y la cabeza baja de su hijo, sintiendo como se le apretaba el corazón. 

 

“Hyeongjunnie…” Murmuró, su voz era dulce y medida. “Mi amor, tu sabes que siempre puedes confiar en nosotros, verdad?” Preguntó, poniendo una mano en la rodilla del hijo. 

 

Hyeongjun bajó la mirada a sus propias manos en su regazo, enredando sus dedos con ansiedad. Asintió levemente.

 

“Sé que estas creciendo y que hay cosas que prefieres guardarte, pero tu papá y yo estamos preocupados.” Se inclinó hacia él, intentando ver su rostro. “Desde que entraste a esta casa envuelto como un taco en tu mantita, prometimos cuidar de tí… Pero no podemos cuidarte si no nos dices de qué, qué te ocurre. Te sientes distante.” 

 

Hyeongjun desvió la mirada hacia la taza de té en la mesita y volvió a mirar al suelo, sintiendo que el nudo de la culpa y la confusión amenazaba con desarmar la fortaleza de silencio que tanto se había esforzado en construir.

 

“Papá…” Sus hombros se tensaron. “No me pasa nada.” 

 

Gunil suspiró. “No es sólo yo y tu papá. Jiseok también está preocupado. No sabe por qué llegas tarde o por qué pasan menos tiempo juntos. Te peleaste con él? Solían ser inseparables.” Acariciaba la rodilla de Hyeongjun. “Vino hace un rato a preguntar si ya habías llegado, le dije que no y lo invité a pasar a esperar pero su mamá lo llamó a cenar y se fué.”

 

La mención de Jiseok fue lo último que necesitó para no poder seguir aguantando. Pensó en el mensaje sin responder que llevaba horas en su teléfono, en la culpa que lo consumía por estar dejando de lado las tardes en el patio, y en el remolino de emociones tan dulces como confusas que le provocaba Seungmin en la escuela. Se sintió pequeño y atrapado.

 

Suspiró. “Papá es que hay un chico en la escuela y…” Confesó en un hilo de palabras casi inaudible, encorvándose en sí mismo para esconder su rostro enrojecido. 

 

Gunil se quedó helado un segundo. Una pequeña sorpresa invadió su pecho, seguida de miles de pensamientos. No le molestaba que a Hyeongjun le gustara alguien en la escuela, estaba en la edad. Lo que realmente lo dejó confundido, era que no fuera Jiseok. Nunca anheló que Hyeongjun gustara de él, mucho menos que fueran algo, pero dada la prescencia tan constante de Jiseok en su vida, se sentía extraño que Hyeongjun de sus primeros pasos en su vida amorosa al lado de un desconocido. Tragando la sorpresa inicial, envolvió las manos temblorosas del niño en las suyas. 

 

“Un chico en la escuela?” Preguntó Gunil con cuidado. “Ay, Hyeongjunnie… Es por eso que te quedas hasta tarde en la escuela?”

 

Él asintió, sintiéndose aliviado pero aún asustado. “Mhm…” Confirmó. “Se llama Seungmin. Es divertido y es muy lindo… Me gusta mucho, pero no sé cómo decirle. O si siquiera le voy a decir.” Explicó. “No sé… Me da vergüenza decirles, es muy nuevo y me asusta a veces… Por eso no les dije. Y a Jiseok me da miedo decirle porque siento que lo estoy traicionando al pasar mis tardes con otro chico.” 

 

Gunil sintió que se le llenaba el corazón de ternura. Pasó un brazo alrededor de los hombros de Hyeongjun y lo acercó a su costado. “Ay, no cielo. No es así, no estás traicionando a Jiseok ni nada similar. Está bien?” Consoló. “Cuéntame de este chico, cómo es?”

 

Hyeongjun parpadeó, un poco tomado por sorpresa por el repentino interrogatorio, pero la calidez en la mirada de su papá lo hizo soltarse de inmediato. “E-Es muy lindo y es muy atento conmigo.” Respondió con vergüenza. “Hablamos mucho. Es atleta en el colegio y a veces lo veo entrenar de lejos…” 

 

 

Gunil no pudo evitar sonreír al ver a Hyeongjun actuar asi. “Sí? Cómo se ve? Es alto? Es guapo?”

 

“Papá!” Exclamó Hyeongjun, escondiendo la cabeza en su hombro. “Es un poco más bajito pero con los zapatos de la escuela no se nota… Y sí es muy guapo…” 

 

La conversación siguió entre las preguntas entrometidas de Gunil junto con sus risas, y Hyeongjun estando rojo hasta las orejas y quejándose de su papá. 

 

Gunil bajó las escaleras con cuidado, llevando la taza de leche vacía entre sus manos y sonriendo ampliamente. Al entrar a la cocina, se encontró con Jungsu, que lo miraba dando a entender que había escuchado todo. 

 

“Vaya. Y yo que estaba preocupado que estaba metido en pandillas o algo así.” Bromeó en voz baja. “Con razón estaba tan secretivo.”

 

“Crecen tan rápido…” Murmuró Gunil, lavando la taza mientras Jungsu se acercaba por detrás a abrazarlo.

 

“No digas eso que lloro…” Respondió Jungsu.