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Todo empezó con unos zapatos.
Sanji no sabía cuándo Zoro había empezado a acompañarlo en los recados, en parte porque se había vuelto tan habitual que apenas recordaba una época en la que no fuera así. Era un cambio de ritmo sorprendentemente agradable en comparación con sus usuales discusiones y burlas; el tiempo que pasaban en la ciudad era en su mayor parte tranquilo y silencioso. Zoro se mantenía cerca y era de gran ayuda cuando llegaba el momento de llevar todo de vuelta al Sunny, pero, aparte de algunos comentarios esporádicos y algún que otro trago compartido, los dos rara vez conversaban. Nunca lo habían hablado realmente, pero habían llegado a comprender que ese era un tiempo valioso que Zoro había decidido pasar con Sanji, y ambos habían decidido pasarlo simplemente… juntos.
Así que cuando Zoro se detuvo un día frente a una pequeña tienda y se dirigió directamente a Sanji, pilló al cocinero desprevenido.
—Disculpa… ¿qué?
—¿Esos zapatos te gustan? —volvió a preguntar Zoro.
Sanji se acercó un poco más, estirando el cuello para mirar por encima de Zoro, hacia el escaparate de la tienda—. Oh… sí, son lindos.
Zoro lo miró con una expresión indescifrable. Sanji observó cómo la mirada del espadachín se movía entre él, los zapatos en el escaparate, los pies del rubio y viceversa—. ¿No… no te gustan?
—¿Qué? No, están bien.
—¿En… en qué se diferencian de los zapatos que llevas puestos?
—En el color.
—No me digas.
Sanji se encogió de hombros—. Eso es todo. Por lo demás, son prácticamente iguales. Como ya dije, son lindos.
Zoro lo observó por un momento—. ¿Pero no comprarías estos porque ya tienes un par similar…?
Sanji asintió—. Varios pares, en realidad.
—Entendido. —Zoro reanudó su marcha y Sanji se le quedó mirando por un momento antes de correr para alcanzarlo de nuevo.
—¿Qué… acaba de pasar?
—¿A qué te refieres?
Sanji hizo un gesto hacia la tienda—. Eso. ¿Qué fue eso? ¿Lo de los zapatos?
—Solo quería preguntar. —Zoro podía sentir la mirada de Sanji clavada hacia él y optó por ignorarla. Eso duró solo unos instantes hasta que se irritó y le gritó—: ¿Qué?
—No sé si me estás tomando el pelo o no —dijo Sanji, imperturbable ante el temperamento de Zoro—. Siento que te estás metiendo conmigo, pero no logro entender el chiste.
—No te estoy tomando el pelo, solo… —Zoro desvió la mirada, un ligero rubor tiñendo sus mejillas—. Solo parecían algo que te podría gustar, es todo.
Tomado por sorpresa por segunda vez esa tarde, Sanji solo pudo asentir con la cabeza y caminar junto a Zoro. El resto del día transcurrió en silencio, sin que se intercambiara ni un solo comentario sarcástico entre ellos, ni siquiera después de haber regresado al Sunny.
Pero la cosa no terminó ahí. Con el paso del tiempo y a medida que la tripulación frecuentaba más y más ciudades, las preguntas de Zoro aumentaban, volviéndose más incisivas y detalladas con cada nueva respuesta, hasta que este empezó a arrastrar a Sanji a las tiendas para preguntarle sobre materiales, colores y estampados. Sanji nunca se resistía; jamás lo admitiría en voz alta, pero tener las manos de Zoro constantemente sobre él mientras este le preguntaba por varias camisas, chaquetas, etc., resultaba de alguna manera tranquilizador. Las pequeñas e increíblemente gentiles caricias le dejaban la piel con un cosquilleo horas después de que se hubieran marchado, y le resultaba difícil no sonreír durante todo el día al pensar en ello.
Sanji no podía elegir su parte favorita de esos momentos. ¿Era la intensa concentración con la que Zoro lo estudiaba? ¿O la forma en que este intentaba pensar como lo haría Sanji? ¿Eran los pequeños cumplidos que soltaba de vez en cuando ("este color te queda genial", "este estilo te sienta de maravilla", "seguro que te verías increíble con esto", etc.) o la forma en que, distraídamente, acercaba a Sanji mientras paseaban por una tienda? O tal vez era la manera en que parecía sentirse atraído por cosas bonitas cada vez que hablaban de accesorios, con una pequeña sonrisa mientras comentaba lo bien que le quedaría esto o aquello al cocinero. Tal vez era simplemente el hecho de que Zoro se había esforzado por aprender sobre algo que sabía que le interesaba a Sanji… de cualquier modo, Sanji descubrió que cada vez esperaba con más ansias la siguiente tienda, las siguientes preguntas, los siguientes tactos.
La primera vez que Zoro le compró algo, el rubio había querido disolverse en ese mismo instante.
Sanji se había fijado en el brazalete casi en cuanto habían entrado a la tienda; estaba en una pequeña vitrina de cristal cerca del mostrador y algo en él parecía llamarle la atención. No tenía nada de especial a simple vista, era solo una sencilla pulsera de plata, pero cuando la gente se apoyaba en el mostrador o se chocaba con la vitrina, el metal se movía y ondulaba como una tela. Se había obligado a ignorarlo, sabiendo en el fondo que solo tenía suficientes berries para reabastecer la cocina y nada más, pero en cuanto la conversación derivó hacia los accesorios, sus ojos volvieron a posarse en el brazalete y, una vez más, hipnotizado, lo observó mientras el metal danzaba y fluía como un líquido.
Zoro lo pilló mirándolo enseguida y, a pesar de las protestas de Sanji, lo arrastró hasta el mostrador para preguntar por la pulsera. El dueño de la tienda estuvo más que dispuesto a dejar que Sanji se lo probara y, por muy bonito que fuera, no era nada comparado con la sensación del frío metal contra su piel. Era casi suave, lujoso de una manera que no podía expresar con palabras, y Sanji no pudo evitar pasar sus dedos sobre él una y otra vez. Apenas registró su confirmación cuando Zoro le preguntó si le gustaba, el sí sonando más como un suspiro que como una palabra, pero la ilusión se hizo añicos una vez que el dueño de la tienda les dijo cuánto costaba. Completamente desanimado, Sanji comenzó a desabrocharse el broche, deteniéndose solo cuando Zoro colocó una mano sobre la suya.
—¿Lo quieres?
—No puedo pagar esto —dijo Sanji—. Necesito–
—Cocinero —dijo Zoro, con voz suave—. Te pregunté si lo querías.
—Yo… —Sanji bajó la mirada, sintiendo cómo se le ruborizaban las mejillas—. Sí, pero…
—Nos lo llevaremos.
Los ojos de Sanji subieron de golpe y se ampliaron por el shock mientras el otro finalizaba la transacción. Sin decir palabra, el rubio siguió a Zoro fuera de la tienda y calle abajo, con la mente a mil por hora. Zoro le preguntó periódicamente qué necesitaba para el Sunny y Sanji repasó su lista en piloto automático, con la consciencia absorta en intentar comprender qué diablos acababa de suceder. Le ardían la cara y las orejas, y sentía un nudo en el estómago como consecuencia de una emoción que no lograba identificar, y no fue hasta que casi habían terminado con todo y se estaban dirigiendo de vuelta al Sunny que consiguió hablar.
—No sé cuándo podré devolverte el dinero —murmuró él, con una voz tan suave que Zoro casi no la oyó.
—No tienes que devolverme el dinero —dijo él—. Eso le quita un poco el sentido.
—¿A qué?
Zoro lo observó por un momento hasta que se rió entre dientes y negó con la cabeza—. Es un regalo, cocinero.
—¿Por qué razón?
—Porque quería comprártelo.
—Pero… ¿por qué?
—Porque me gusta cómo te queda, e hizo que tus ojos hicieran… eso.
—Pero era muy caro.
Zoro se encogió de hombros—. Tengo un poco de dinero ahorrado.
—¿Pero cuánto? —preguntó Sanji, con la voz cargada de preocupación—. Esto debe haber tomado una parte bastante grande, y si estás ahorrando para algo–
—Basta —dijo Zoro, girándose y agarrando al rubio por los hombros, obligándolo a mirarlo—. Lo tengo apartado precisamente para esto, ¿de acuerdo? No te preocupes por ello.
—¿Para… esto…? —Sanji pensó por un momento—. ¿Para… comprarme… cosas? —Sonaba ridículo en su cabeza, aún más tonto en voz alta, y Sanji se preparó para la risa que sabía que llegaría. Para su sorpresa, sin embargo, Zoro no se rió.
Este asintió.
—¿Algún problema con eso?
Sanji solo pudo negar con la cabeza, su mente intentando una vez más con todas sus fuerzas procesar la información que había acabado de recibir.
Zoro lo tomó de la mano y le dio un beso en la muñeca, justo debajo de donde el brazalete descansaba sobre su piel. Este pasó el pulgar por el metal frío, con una leve sonrisa en los labios—. Te queda bien —dijo él.
—Gracias —susurró Sanji. Quería decir más, pero fue un milagro que lograra siquiera pronunciar esa palabra.
Un cómodo silencio se instaló entre ellos mientras regresaban al Sunny, con las manos entrelazadas y ocultas entre ambos. Aun así, Sanji sentía todo el cuerpo ardiendo y la boca muy seca. No se le ocurría nada más que decir, por mucho que lo deseara.
En los días siguientes, se sorprendió a sí mismo jugueteando con el brazalete, sus pensamientos divagando hacia Zoro y a lo gusto que se sentían sus manos en las caderas de Sanji, cómo su tacto quemaba contra su piel, con qué facilidad este había puesto la pulsera en su muñeca, sabiendo que no se lo iba a quitar nunca más.
Porque quería comprártelo.
Un regalo sin otro motivo más que el que Sanji lo había querido, eso era lo más difícil de entender para él. Habría entrado en pánico si Zoro se lo hubiera regalado por su cumpleaños o algo así, pero ¿solo porque sí? Seguramente eso era demasiado… ¿verdad?
El siguiente regalo había sido una corbata que "me recordó a ti". Después vinieron algunas camisas con varios estampados y colores, seguidas de unas gafas de sol muy bonitas. Cada vez, Sanji sentía una extraña mezcla de emoción y culpa instalarse en su estómago. Por supuesto que le encantaban los regalos; cada uno le parecía un gran gesto, independientemente de lo que fuera el regalo en sí, y hacía que Sanji se sintiera indescriptiblemente feliz. Simplemente había algo en saber que Zoro pensaba en él cuando veía cosas bonitas que hacía que Sanji se sintiera más ligero que una pluma.
Pero al mismo tiempo, no se le ocurría nada que pudiera darle a Zoro a cambio. Había intentado algunas cosas, como no discutir tanto con él o iniciar los abrazos, cosas así, pero Zoro siempre resultaba demasiado para él, ya fuera provocándolo para discutir o simplemente siendo mejor a la hora de colar esos pequeños tactos o caricias antes de que Sanji pudiera siquiera pensar en acercarse más. La única área en la que confiaba en poder recompensar la amabilidad del otro era la comida, pero ni siquiera eso era una opción viable porque la dieta de Zoro estaba tan perfectamente adaptada a su régimen de entrenamiento demencial que Sanji no se atrevía a alterarla. Le había llevado meses averiguar con qué frecuencia y minuciosidad debía alimentar al espadachín para evitar que estuviera siempre tan cansado, y las pocas veces que se había desviado del plan, Zoro había terminado durmiendo la siesta durante toda una tarde.
Así que no tenía nada. Ninguna forma de demostrarle a Zoro que significaba tanto para Sanji como el cocinero claramente significaba para él. En el mejor de los casos, era algo frustrante, y muchas veces Sanji pasaba el poco tiempo a solas que tenía lamentándose por ser el peor novio del mundo.
Y aun así, Zoro le compraba cosas.
Al parecer, los accesorios eran su cosa favorita para regalar, ya que siempre hacía que Sanji se probara collares, pulseras o anillos, incluso cuando no tenía intención de comprarlos. Al nunca haber tenido una opinión formada sobre los accesorios, Sanji se dio cuenta de que esos regalos reflejaban más los gustos de Zoro que los suyos propios, lo que también hacía que fueran sus regalos favoritos. Zoro solía inclinarse más por piezas sencillas pero elegantes, sobre todo cosas que se posaran suavemente sobre la piel del rubio, y cada vez que lo llamaba para que se probara algo, el corazón de Sanji se aceleraba, llenándose de mariposas por todo su ser.
A Sanji eso le encantaba. Y lo detestaba. Adoraba recibir los regalos mientras que simultáneamente deseaba que Zoro dejara de hacerlo, estaba encantado de que pensara en él de esa manera, pero detestaba su propia incapacidad para corresponder. Lo peor de todo es que no tenía idea de qué hacer al respecto, porque, por lo que veía, su relación iba viento en popa, y Sanji pasaba demasiado tiempo preguntándose si eso estaba bien o si solamente significaba que era egoísta. Sí, claro que pensaba que la relación estaba yendo de maravilla, él era quien más se estaba beneficiando de ella. Pero, ¿y si era diferente para Zoro? ¿Y si, desde su punto de vista, él se estaba desviviendo por Sanji y este no estaba haciendo absolutamente nada por él a cambio? Ese era el pensamiento que le quitaba el sueño, la pregunta que tantas veces intentaba formular, pero que siempre abandonaba al último momento, porque ¿y si eso era todo lo que hacía falta para acabar con todo? Y eso solo lo hacía sentir peor, porque si Zoro era infeliz, entonces debían terminar la relación, y era egoísta por parte de Sanji retrasarlo solo porque le gustaba que lo consintieran.
Pero ni siquiera eso era del todo justo; a Sanji no le importaba lo que Zoro le diera, los regalos en sí mismos no eran lo que le hacían sentirse tan valorado y querido. Y aunque era pésimo demostrándolo, sí amaba a Zoro, mucho. Disfrutaba pasar tiempo con él y prefería estar con él la mayor parte del tiempo. El espadachín era una fuente de felicidad que Sanji jamás había soñado tener, y solo deseaba ser mejor expresando eso.
Sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que ese conflicto interno comenzara a manifestarse externamente, así que no fue una sorpresa cuando Zoro finalmente lo apartó un día para preguntarle qué ocurría. Por supuesto, este intentó restarle importancia, pero Zoro era terco y persistente, y lo amaba demasiado como para dejarlo pasar por alto. Sanji intentó distraerlo, dirigir su atención hacia las camisas que tenían delante, pero no pasó mucho tiempo hasta que Zoro tuvo las manos del otro entre las suyas y el cocinero tuvo que evitar activamente su mirada.
—Sé que algo anda mal —dijo Zoro, apretándole las manos—. Pareces estreñido.
Eso hizo que Sanji lo mirara, la protesta quedándose atascada en su garganta al ver la expresión juguetona en el rostro de Zoro.
—Ahí estás —dijo él con suavidad—. Háblame.
—Yo solo… —Sanji le apretó las manos en respuesta—. Yo también quiero darte cosas. Quiero aprender sobre las cosas que te gustan, quiero hacer cosas por ti, pero… no se me ocurre nada. Todo se siente forzado, barato o insuficiente. —Bajó la mirada de nuevo—. Quiero que tú también ganes algo con esta relación.
Zoro lo atrajo hacia sí y le dio un beso suave en la frente—. Eres un idiota.
Sanji frunció el ceño—. Lo sé. Pero simplemente no se me ocurre nada–
Una risa fuerte y estruendosa llenó la habitación, causando que Sanji diera un pequeño respingo. Zoro bajó las manos y, en su lugar, sujetó al cocinero por las caderas y lo atrajo aún más hacia sí, mientras apoyaba la frente en el hombro de Sanji—. No. Eso no es lo que te hace un idiota.
—Oh. Entonces, ¿qué…?
—No necesito que hagas nada, cocinero.
—Lo sé, pero aun así quiero–
—¿Por qué? Ya haces lo suficiente.
Sanji hizo una pausa, con el rostro contraído por la confusión—. No he hecho nada.
Zoro levantó la cabeza y observó al otro por un momento—. Te irritas cuando tus zapatos están desgastados —dijo él en voz baja—. O cuando se te rompe una de tus chaquetas, o algo así. Crees que no me doy cuenta, pero sí lo hago. Todos nos damos cuenta.
—Oh.
—Y aun así, incluso entonces, casi nunca te gastas un berry en ti mismo. Cualquier extra que tengas suele destinarse a algún corte especial de carne o algo parecido, algo más caro de lo habitual que nos puedas servir para cenar. Solo te compras cosas cuando es absolutamente necesario. —Zoro hizo una mueca—. ¿Sabes lo frustrante que es eso? Me esforcé mucho por observarte, ver qué comprabas para saber qué te gustaba. ¡Pero nada! ¡Nunca compras nada! Me hiciste preguntar. Intenté ser sutil al respecto, pero… creo que terminé hablando demasiado bajo como para que pudieras oírme.
Sanji se le quedó mirando, con los ojos abiertos de par en par. No se le ocurría nada que decir.
—Tú siempre cuidas de mí —prosiguió Zoro, las puntas de sus orejas volviéndose de un rosa pálido—. Siempre te aseguras de que coma bien y de que me cuide. No duermas demasiado, marimo, asegúrate de tomar descansos, marimo, ¿cuándo fue la última vez que bebiste agua, marimo? —Este apretó con más fuerza el agarre en la cintura de Sanji—. Pero tú nunca te preocupas por ti mismo. Así que deja que lo haga yo, ¿de acuerdo?
Sanji asintió y tragó saliva con dificultad, intentando deshacerse del nudo que tenía en la garganta. Atrajo a Zoro hacia un abrazo, escondiendo su rostro en el hueco del cuello del espadachín, apretándolo con más fuerza cuando sintió que la mano del otro comenzaba a acariciarle el cabello—. De acuerdo —logró decir él, con la voz tensa.
Se quedaron así un rato, hasta que Sanji logró controlar mejor sus emociones y Zoro quedó satisfecho con la cantidad de besos que le había dado en la sien. Cuando finalmente se separaron, el cabello de Sanji estaba completamente revuelto y la camisa de Zoro estaba ligeramente húmeda cerca del hombro, pero ninguno de los dos dijo nada al respecto. Sin embargo, había algo que Sanji no podía dejar pasar, por mucho que amara tanto al tonto peliverde que tenía delante.
—Así que… —dijo Sanji, sopesando cuidadosamente sus palabras—, cuando estamos en estas tiendas y hablas en voz baja y suave…
—Cocinero…
—¿Ese es tu intento de ser sutil?
—Escucha–
—Una voz contundente pero más baja, ¿eso es lo que crees sutil?
Ambos se quedaron mirando por un momento hasta que Zoro se aclaró la garganta, miró a Sanji de forma seria y dijo—: Mira, sabías en lo que te estabas metiendo cuando aceptaste salir conmigo.
Sanji volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Zoro, intentando reprimir la risa que brotaba de él.
—No es tan gracioso, cálmate.
Sanji arrugó la camisa de Zoro con sus puños mientras reía, en voz baja al principio, pero lo suficientemente fuerte como para llamar la atención poco después.
—Y ya empezó. —Zoro no tuvo más remedio que frotar pequeños círculos en la espalda de Sanji mientras el cocinero se reía a carcajadas—. Sí, sí, está bien. No hay bien sin castigo, supongo.
Eso solo sirvió para que Sanji se riera aún más.
Tres semanas después, Sanji se encontró a sí mismo llamando a Zoro para mostrarle una camisa que había encontrado—. Te la voy a comprar —había dicho él. No una pregunta, ni una oferta. Un hecho—. No tienes que ponértela, pero la tela es suave y el color te quedaría genial. —Zoro simplemente lo abrazó por detrás y le dio un cálido beso en la nuca, para después arrastrarlo hacia otro expositor de camisas que, según sus palabras, parecían "fáciles de quitar".
Zoro no recordaba cuántos meses habían pasado desde que él y Sanji habían podido separarse del grupo y pasar un tiempo juntos. Echaba de menos esos momentos de tranquilidad, de solo pequeños roces y voces susurradas. La vida en el Sunny se había vuelto bastante ajetreada y los momentos a solas con el cocinero, incluso en el barco, eran escasos y espaciados, y eso fue antes de todo el caos en Dressrosa…
Intentó no preocuparse y, en general, toda la emoción del día anterior le había ayudado a mantener la mente distraída, pero ahora que estaba solo y escondiéndose del Barto Club, no podía evitar preguntarse si Sanji (y los demás, por supuesto) estaba bien. Sabía que el cocinero podía defenderse sin problemas, pero también sabía que enfrentarse a uno de los cuatro emperadores no era tarea fácil.
La mirada de Zoro se posó en la gran caja que había escondido bajo cubierta, un regalo espontáneo que esperaba que Sanji disfrutara. Este solía preferir los colores oscuros en lo que a trajes se refiere, pero desde el momento en que había visto este conjunto, Zoro no había podido dejar de imaginarse cómo le quedaría al rubio. Era una elección atrevida, y probablemente tendrían que llevarlo con un sastre, pero estaba bastante seguro de que había tomado una buena decisión.
—¡Zoro! —gritó Luffy—. ¡Zoro, ven acá! ¡Encontraron más vino!
Zoro pasó la mano por la caja por última vez antes de apartar una vez más sus preocupaciones al fondo de su mente. Sanji lo estaba esperando en Zou, y llegarían allí pronto. Lo estrecharía contra sí y se negaría a soltarlo, incluso cuando el cocinero se quejara de que le estaba arrugando la camisa o que le estaba acariciando mucho el pelo. Lo arrastraría a algún lugar donde pudieran tener un momento a solas, donde Zoro podría besarlo apasionadamente y asegurarse de que realmente estuviera bien. Se mantendrían cerca, intercambiarían historias y Sanji se quedaría dormido con la cabeza en el regazo de Zoro, como solía hacer cuando deambulaban. Zoro lo dejaría dormir, observándolo mientras lo hacía, para asegurarse por completo de que Sanji estaba allí, sano y bien. Hasta entonces, tenía vino, comida y la flota de sombrero de paja para mantenerlo distraído. Zoro podía esperar un poco más, podía ser paciente.
Pero Dios, cómo deseaba que el barco fuera un poco más rápido; echaba de menos a su maldito cocinero.
